Capítulo 6

UNA vez en su dormitorio, Melody cerró la puerta y se sentó en la cama con los regalos en el regazo. Los miró un instante, pero su visión estaba nublada por las lágrimas, así que, se frotó los ojos. «No llores. No llores hasta que todo haya terminado». No podía ceder. Debía ser fuerte.

Desde el principio había sabido que la vida después del accidente iba a ser dura. No solo porque tendría que aprender a lidiar con el mundo real, fuera del hospital. También porque desde que había tomado la decisión de separarse de Zeke, sabía que tendría que enfrentarse a él. Si hubiese podido habría desaparecido de su vida sin más, no quería discutir, pero siempre había tenido claro que tendría que hacerlo.

Despacio, acarició los anillos que llevaba en la mano izquierda, recordando el día que los eligió. Después, abrió los regalos que Zeke le había entregado. Los pantalones plateados de seda eran preciosos y el top de color plata y crema también. Nunca se habría atrevido a mirar lo que habían costado, pero la etiqueta demostraba su exclusividad.

Deseaba que él no se los hubiera regalado. Cerró los ojos un instante. Se sentía como si estuviera a punto de partirse en mil pedazos y ya había perdido toda la energía que había recuperado con la siesta.

«Un baño», pensó. Necesitaba lavarse el cabello para borrar las huellas del antiséptico del hospital. Dejó la ropa sobre la cama y entró en el baño para llenar la bañera, añadiendo una buena cantidad de gel de espuma. Se quitó el albornoz y la ropa interior y se metió bajo la espuma. Fue entonces, cuando su cuerpo comenzó a relajarse en el agua caliente.

No estaba segura de cuánto tiempo estuvo allí, pero después de un buen rato, pensó que ya debía de ser la hora de marcharse y se lavó la cabeza antes de salir del baño. En los viejos tiempos, Zeke y ella se bañaban juntos a menudo, a la luz de las velas y con una botella de vino a mano. Solía ser un buen principio para las noches, sobre todo porque la intimidad que compartían en la bañera solía llevarlos a algo más. A menudo, terminaban cenando tarde a la luz de una vela y en albornoz.

No obstante, eso había terminado y los recuerdos eran peligrosos.

Melody frunció los labios con dolor y se puso el albornoz, anudándoselo con fuerza a la cintura. No había marcha atrás. No podía seguir cumpliendo las expectativas de Zeke y del mundo del espectáculo, y tampoco quería destruirse a sí misma por intentarlo. No dudaba de que la gente pudiera ser correcta y compasiva cuando estuviera delante de ella, pero también sabía que había mujeres ambiciosas y calculadoras como Katie y no quería vivir esperando a que una mujer más especial o más inteligente, consiguiera engatusar a Zeke.

Se envolvió la cabeza con una toalla y se miró en el espejo. Quizá esa mujer no apareciera nunca, quizá Zeke fuera lo bastante fuerte y continuara siéndole fiel, pero esa no era la cuestión. Sería ella la que estropearía lo que tenían si se quedase a su lado. Los celos y la desconfianza eran cosas terribles, y no quería que Zeke viviera con ello. En las semanas anteriores, ella había aprendido muchas cosas de sí misma, y aunque no se sentía orgullosa, era la realidad.

Quizá si no lo amase tanto, o hubiera tenido otro tipo de infancia… Negó con la cabeza y se volvió de espaldas al espejo. Demasiados quizás… El accidente había provocado que afloraran muchos fantasmas del pasado, y de lo único que estaba segura en aquellos momentos era de que debía comenzar una nueva vida en otro lugar. Quizá así encontrara la manera de aclararse y reunir el valor necesario para enfrentarse a la idea de vivir sin Zeke en el futuro. No le quedaba más remedio.

Se vistió deprisa, y cuando terminó se relajó una pizca. No pensaba que Zeke pudiera entrar en la habitación sin avisar, pero…

Se secó el cabello y se peinó antes de aplicarse un poco de maquillaje. Después de tanto tiempo sin acicalarse, el efecto fue tan llamativo que decidió que lo haría todos los días.

«Parte de mi rehabilitación», pensó, recordando las palabras que el médico le dijo el último día.

—He reparado tu cuerpo, Melody, pero de ti depende hacer lo mismo con tu mente. Sé que ha sido un golpe muy duro, pero todavía tienes parte de tu vida por vivir, algo que muchos de mis pacientes no tienen. No puedo comprender todo lo que sientes, pero cuando estés preparada me gustaría que vieras a un colega mío que puede ayudarte a asimilar las cosas.

Ella había mirado la tarjeta que él le había dado. Era del doctor Greg Richardson.

—¿Es psiquiatra? —había preguntado ella, sabiendo la respuesta. Todo el mundo pensaba que había perdido la cabeza.

El doctor le había contestado con voz suave.

—Es alguien que trabaja con personas que necesitan otro tipo de cura del que yo puedo ofrecer. Míralo así. Es un buen hombre. Y sobre todo, es un buen amigo y sé que te sentará bien ir a verlo —hizo una pausa y esperó a que ella lo mirara a los ojos—. Y Melody, no tomes ninguna decisión importante durante algún tiempo. Puede que sea un tópico, pero el tiempo lo cura todo.

—Se refiere a Zeke —había dicho ella.

—En parte sí.

El doctor Price se lo había dicho con buena intención. Y ella sabía que él no estaba de acuerdo con su decisión de terminar la relación con Zeke. Aunque claro, él no la comprendía. Era doctor y no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo del espectáculo. Un mundo diferente en el que ella había entrado nada más terminar la academia de baile. Había sido duro, injusto, imperdonable a veces, pero le había permitido hacer lo que más amaba. O lo que más amaba hasta que conoció a Zeke. Desde ese momento, él se había convertido en el centro de su vida.

Melody lo había tenido todo. Se mordió el labio inferior y notó que tenía los ojos humedecidos. Y a los dioses no les gustaban los mortales que habían probado el paraíso en la tierra. ¿Cuántas veces había pensado que aquello era demasiado bueno como para que durara? Pues tenía razón. No había durado.

Melody enderezó la espalda y respiró hondo varias veces. Tenía que adaptarse a la nueva situación. Era así de simple. Todo había cambiado, pero había millones de personas en una situación mucho peor. No estaba dispuesta a caer en la terrible depresión que amenazaba con apoderarse de ella. Existía más vida aparte del baile. Existía más vida aparte de Zeke.

—¿Melody?

Melody se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta y volvió a la realidad. Se tranquilizó una pizca, puso una fría sonrisa y abrió la puerta.

—Estoy preparada.

Zeke tenía un aspecto estupendo. Se había puesto un traje y llevaba el pelo peinado hacia atrás.

—Hola —dijo él—. ¿Tomamos el cóctel en el salón? Están preparados.

—Estupendo —dijo ella, tratando de que no se le notara su nerviosismo.

—Estás… —él sonrió, y la ternura que había en su mirada provocó que a ella se le acelerara el corazón—. Estás tan apetecible que te comería ahora mismo. Aunque siempre es así.

—Gracias —contestó ella—. La ropa es muy bonita.

—Me olvidé de darte esto cuando te di lo demás —le entregó otro paquete.

—¿Qué es? —preguntó ella, tratando de no pensar en lo atractivo que estaba él.

Zeke la agarró del brazo y la llevó al salón antes de decir:

—Ábrelo y descúbrelo.

—No lo quiero… Quiero decir, ya me has dado suficiente. No puedo aceptar nada más. Y menos cuando no te he comprado nada…

—Ábrelo —la interrumpió. Al ver que ella no le obedecía, la sentó en uno de los sofás y se acomodó a su lado para deshacer los lazos del paquete—. No muerde.

Cuando Zeke levantó la tapa, Melody miró las botas plateadas que había dentro. La piel tenía incrustados pequeños cristalitos desde la puntera hasta el talón, y era evidente que habían costado un riñón.

—No puedo aceptarlas. En serio, Zeke. No quiero nada más.

—¿Por qué no?

—No debería haber aceptado la ropa.

—La aceptaste —comentó él—. Y esto es parte del regalo —miró las botas de piel negra que ella llevaba puestas.

Melody apretó los dientes. Sabía lo que él estaba pensando.

—Lo siento, Zeke. Son preciosas, pero no.

—No pasa nada —dijo él—. Por si cambias de opinión antes de que nos vayamos, las dejó aquí.

—No lo haré —ella se puso en pie de pronto. El aroma a loción de afeitar que desprendía Zeke estaba causando estragos en su razonamiento.

Zeke se puso en pie también y se acercó a la bandeja donde había dos copas de Martini y licor azul.

—No brindaremos, pero espero que disfrutes de la velada —dijo él—. Cenaremos después del teatro, si te parece bien. Pensé que así tendríamos tiempo de abrir el apetito después de los pasteles.

Melody tomo un sorbo de la copa y sonrió.

—Está bien. No tengo hambre.

—Tendremos que buscar la manera de que vuelvas a tener apetito. Siempre me sorprendió lo mucho que podías comer.

Melody lo miró.

—Era bailarina. Quemaba las calorías. Ahora todo es diferente.

—No todo —se acercó a ella—. Tú y yo no hemos cambiado. Eso ya lo has entendido ¿verdad? Nada podrá interponerse entre nosotros. Estamos hechos para estar juntos.

Habría sido tan fácil abrazarse a él y decirle que estaba de acuerdo. Sentir la seguridad de su abrazo y su potente masculinidad. Durante los meses anteriores ella había estado luchando constantemente, para sentirse mejor, para controlar los pensamientos negativos que la asaltaban día y noche, para aceptar que Zeke no formaría parte de su futuro.

Melody se separó de él y lo miró.

—Ha terminado, Zeke —dijo ella—. Yo ya lo he aceptado, ahora has de aceptarlo tú. Si me quieres, me dejarás marchar. Ya no puedo formar parte de tu vida. Puede que suene dramático, pero yo sé hasta dónde puedo aguantar y eso será la gota que colmará el vaso. Me destruirá por dentro. Tengo que buscarme una nueva vida y descubrir quién soy ahora.

—Eres mi esposa.

Ella negó con la cabeza y lo miró fijamente.

—Es Nochebuena —Zeke se inclinó hacia delante y la besó con decisión— Y en este momento eres mi esposa y vamos a salir a pasarlo bien. No vamos a pensar en nada más. Ni en el futuro, ni en mañana siquiera. Esta noche viviremos el momento, minuto a minuto, y eso es lo que importa ¿de acuerdo?

El beso la había dejado temblando y con la respiración entrecortada, pero Melody consiguió forzar una sonrisa. Era la última noche que pasarían juntos y ella tenía una sensación agridulce, pero ¿por qué no podía ser una noche memorable? Además podría recordarla cuando se sintiera sola, durante los años siguientes.

Zeke había llevado las copas y ella se bebió el cóctel, consciente de que nunca podría beberse otro igual porque siempre lo asociaría con la última noche y el dolor que la invadía en esos momentos.

—En nuestro palco habrá canapés y champán, ¿estás preparada? —preguntó Zeke, mientras ella se terminaba la copa.

Melody respiró hondo. Era su primera salida al mundo real desde el accidente y estaba segura de que en el teatro habría gente conocida que sabría lo que le había pasado y la miraría de reojo. Por suerte, una vez en el palco tendrían cierta privacidad, pero hasta entonces… Enderezó los hombros y alzó la barbilla:

—Preparada.

Era mentira. Nunca estaría preparada. Y estaba asustada, muy asustada, pero podría hacerlo. Después de todo solo era una noche.

Zeke le colocó el abrigo por encima de los hombros y ella se estremeció. Siempre le sucedía lo mismo. Incluso cuando él la tocaba sin querer.

Justo antes de salir de la habitación, él la volvió para que lo mirara. Tomó su mano izquierda, donde llevaba los anillos de boda y de compromiso y se la llevó a los labios. Primero le besó la muñeca y notó su piel suave. Después, le dio la vuelta a la mano y le besó los anillos.

—No tienes nada que temer —dijo él—. Te prometo que nunca te haré daño.

Melody retiró la mano y dio un paso atrás.

—Estás a la defensiva —comentó él casi con un susurro.

Durante un instante, ella creyó haber percibido dolor en su mirada, antes de que pestañeara.

—Creía que nos íbamos —repuso ella, tratando de mantener la calma. No podía permitirse bajar la guardia. Ni por un momento.

—Así es —contestó él, pero no se movió.

Melody lo miró y tragó saliva. Zeke siempre había tenido algo de incivilizado, pero esa noche todos sus movimientos y expresiones lo eran. Su sensualidad era casi primitiva.

Entonces, él sonrió y abrió la puerta.

—Vamos.