XXV - 30 de agosto de 1989 - Quito
A pesar del cansancio, Stefan no durmió. Llamó a Toronto varias veces para encontrarse siempre con las mismas compungidas respuestas de Martin y la desolación de Charlotte, que no paraba de lamentarse y culparse.
Apenas tomaron un escueto desayuno, con el recelo de estar perdiendo el tiempo en algo inútil. En alguna parte, Agnes y Zeenat estarían sufriendo y enfrentando vejaciones. Stefan se seguía martirizando, soportando los minutos enajenado, desesperado por tener noticias de los secuestradores.
Éstas llegaron trágicamente en forma de dos paisanos, que se le acercaron bajo la cornisa de entrada, mientras él esperaba a los otros.
-¿Señor Prinz?
El que preguntaba era rechoncho, bajo y con secuelas de viruela en la cara, que lo afeaban siniestramente. Con gesto escondido mostró una credencial que Stefan no alcanzó a leer.
-¿Nos acompaña?
El segundo hombre, alto y delgado, con fisonomía enfermiza, se mantuvo a una distancia contenida.
-Me temo que no, señores. No tengo nada que decirle a la policía.
El flaco apartado negó con la cabeza.
-No somos de la policía, señor Prinz. Interpol, y bien haría en colaborar.
A Stefan se le confundieron las diferencias entre policía e Interpol, pero no estaba en su afán empezar tan pronto con el juego de policías y ladrones, e intentó apartarse bruscamente, buscando a sus amigos con la mirada.
El famélico de cara acartonada le cortó el paso, y bien hubiese querido Stefan soltarle un golpe por su impertinencia, cuando las palabras del gordo le cayeron como un hachazo de verdugo.
-¡No sea cojudo,mister, o sus hembritas se van a la verga!
El fehaciente gesto con el bolsillo de la chaqueta del mal encarado que habló, no le dio opción a seguir envalentonándose y Stefan, tensionado, se arrastró con ellos hasta el aparcamiento. Le hicieron entrar en una camioneta y ambos malandros se apostaron a sus lados. Perdió de vista la entrada del hotel y la angustia se le acrecentó.
-¿Dónde están ellas? -siseó Stefan, desafiante, y en respuesta el obeso le hincó con saña un violento codazo en las costillas, con tal arrebato, que a Stefan le costó recobrar el aire.
-Las putas aún están vivas -bramó el flaco– ¿Me entiende? Depende de usted de que eso siga así o se las carguen.
El dolor en las costillas casi le impedía hablar.
-¿Quiénes son? -Temió un siguiente golpe por lo que rápidamente añadió-: ¿Qué quieren que haga?
-Por ahora, callarse la puta boca y obedecer.
Le calzaron sobre la cabeza un pasamontañas con la mirilla en el revés.
-Agáchese lo más que pueda, maricón, y cuidado con alzarse. Si se mueve, le hago mierda la cabeza, ¿me oye?
La Ford arrancó y Stefan intentó calmarse para orientarse a oscuras con las curvas y avanzadas y tener un mínimo de noción del recorrido, pero le fue imposible. La camioneta avanzó y los hombres no se hablaron. En ocasiones, el gordo al volante arrojaba una especie de tenue silbido, lo que era la señal para el otro de hacer presión sobre la cabeza de Stefan y recordarle que no debía moverse. La única sensación que a Stefan le iba revelando que avanzaban hacia el norte, era que sentía el tenue calentamiento del sol sobre la parte derecha del pasamontañas.
Debió ser una media hora la que circularon, cuando abandonaron el asfalto, y por el crepitar bajo las llantas supo que ahora rodaban sobre un camino de gravilla.
Cuando pararon, le forzaron a empujones a entrar en una estancia, después de ascender por una especie de escalera metálica en caracol. Ahí lo sentaron en una suerte de taburete bajo que crujió con su peso. Le ataron de manos y pies, y ahí quedó abandonado, sin poder oír más sonidos que los de su propia agitación. El corazón le latía a ritmo desigual.
Pasarían otros cinco minutos hasta que oyó pasos y una mano le arrancó el pasamontañas. Tardó en enfocar y cuando lo hizo, frente a él, en otro taburete a no más de tres metros, vio a un hombre grueso de guayabera blanca, medio desabrochada, y una pesada cadena de oro que le caía sobre el pecho peludo. Debía tener la edad de Stefan, el cabello con menos canas, y su obesa corpulencia amenazaba con reventar las costuras de la camisa por todas partes.
-Es una lástima que nos conozcamos en esta circunstancia, señor Prinz -Tenía un deje de voz ronca y su postura parecía autoritaria, aunque no sonó desafiante. Sin duda, era originario de la costa, su modulación era cantarina. La papada se le asentaba con pesadez, ocultándole el cuello.
-¿Dónde están Agnes y Zeenat? -preguntó Stefan cortante.
-En camino. Pronto las tendrá cerca.
Stefan fue recuperando el arrojo.
-¿Cómo sé que están bien? Porque espero que lo estén por…
El hombre no se dejó apabullar.
-Lo sabe porque yo se lo digo. Están bien. Su mujer parece que tiene los huevos mejor puestos que usted, por lo que me cuentan.
A Stefan le vino el rostro de Agnes y se estremeció.
-Ellas no saben nada. Es inútil que las haya secuestrado. ¿Quién es usted?
El otro se levantó y empezó a andar por la diáfana estancia. La construcción era rudimentaria, como un gran galpón de almacenaje pero vacío.
-No le diré mi nombre por su seguridad, Prinz. Es mejor que no lo sepa todavía. Si no tiene inconveniente, llámemejefe simplemente. Como lo hacen los demás.
-Así que usted es el que está detrás de todo esto -afirmó Stefan-. Sin embargo me deja verle la cara. ¿Significa que piensa matarme después?
Tronó una risa absurda, fingida y lacerante.
-Mi intención no es esa. ¿Para qué? Estamos hablando entre colegas, ¿o no?
Stefan guardó silencio.
-No se aflija, Prinz. Todo es mucho más sencillo de lo que parece. ¿Somos o no colegas?
-No veo por dónde, ¡jefe!
De nuevo rugió una risa burlona antes de que el fortachón hablara.
-Usted roba y yo también. ¿Cómo llamaría a eso?
Stefan contrajo una mueca, con toda la intención de ofender al criminal.
-Usted roba, secuestra y posiblemente hasta asesine. No veo el parecido.
-Es una pena que lo vea así, Prinz. Mi intención es ofrecerle un trato favorable. Todos ganamos.
-Nuestras vidas por el oro. Es lo que pretende, ¿o me equivoco?
Eljefe arrastró la banqueta con el pie hasta dejarla amenazantemente cerca y se sentó de nuevo.
-Soy mucho más generoso que eso, Prinz. Digamos que podría seguir quedándose con una pequeña parte. Considérelo una cortesía. Con eso no les faltaría nada por el resto de sus vidas, yo me aseguro de que se siga sintiendo culpable y quedamos de amigos.
Stefan meditó y refrenó su ímpetu de seguirse exhibiendo hostil. ¿Quizás mostrar complicidad fuese una puerta de salida o al menos la llave para ganar tiempo?
-¿Dejaría que me quede con algo? No le creo.
-Eso depende únicamente de usted. Me han anticipado que viene con la intención de confesar el escondite. Devolverle al país el tesoro.
Se miró las puntas de sus zapatos italianos y, con una pausa intencionada, le limpió el polvillo a uno de ellos.
-Aquello lo veo como una mala elección, Prinz. Quiero seguir pensando que es usted mucho más razonable que eso que pretende hacer. El oro le sirvió en el pasado y puede seguir sirviéndole, la única diferencia es que ahora le tocaría compartir el botín. Podemos llamarlo una sociedad.
Sin exagerar, Stefan varió ligeramente el tono, con la convicción de que se granjearía mayor afinidad con el delincuente.
-Solo si deja libre a mis mujeres -desafió al gordo.
-Todo a su tiempo, socio, todo a su tiempo. Jamás pretendimos involucrarlas en esto. Fue Gregorio quien nos alertó de sus intenciones y nos vimos en la obligación de asegurarnos su colaboración.
Stefan fanfarroneó.
-Garcés Maduro es un aficionado -dijo-. Agnes ya me advirtió de lo bobo que es ese letrado que se han buscado. Cuando hablé con él me pareció más imbécil aún. ¿A quién se le ocurre creerse que me llegó la santidad después de tantos años y el arrepentimiento de mis pecados?
-¿Para qué vino entonces ahora, Prinz, y en compañía de ese francés? -El fortachón le clavó la mirada, escudriñando los ojos del alemán, para hostigarlo y ponerlo nervioso. Pero Stefan ya se había recuperado.
-Hay cosas que debe hacer uno mismo. Usted debería entenderlo. Y Faubré es solo un pretexto. Me ayuda a moverme, digamos, con más impunidad.
El jefe negó con la cabeza.
-El francés no es nadie, Prinz. Si usted ha llegado hasta aquí es porque nosotros así lo quisimos, no por él. Nuestro poder es casi total.
-¿Casi?
-Solo nos falta hacer milagros, por lo demás, no hay nada que no controlemos.
Stefan lo enfrentó.
-¿Entonces no está solo? ¿Quiénes son los otros?
-¡Tengo socios!
-¿Y yo por qué tendría que fiarme de ellos? Estaría haciendo un trato con usted, no sé nada de esos otros.
El criminal no miraba a Stefan Prinz con el mismo desdén de antes.
-Usted no debe preocuparse por esos detalles. No es de su incumbencia conocer o tener tratos con personas que, por otro lado, tampoco quieren verse relacionadas con usted. Deberá confiar en mí y yo, por mi parte, me fiaré de que las vidas de sus chicas le signifiquen algo.
Stefan sonrió.
-¿Así de fácil?
-¿Por qué complicarlo? ¿Quién más conoce el lugar?
Una milésima de segundo le bastó a Stefan para sobreponerse a la sorpresa. No sabían de los otros y la revelación le reconfortó.
-Soy el único. Nunca hubo nadie más. Bueno,… hace unos años sí.
-Desafortunado aquello. No debió suceder así.
Una rabia repentina lo vapuleó con recuerdos del pasado, pero consiguió disimularla. El gordo guardó silencio un instante. Un destello en su mirada hizo comprender a Stefan que la avaricia estaba latente.
-Iremos juntos. Dígame Prinz, ¿cuánto estima que hay? Me refiero al valor.
Ahí estaba esa codicia irrefrenable que era necesario usar de aliada.
-Es imposible saberlo con certeza. La experiencia de estos doce años me hace creer que unos quinientos millones.
-No parece tanto. ¿Se gastó el resto?
-¡Dólares, señor! Quinientos millones de dólares en oro y piedras puras.
Al de la guayabera le sudaban los sobacos, le brillaba la cara, y puso una expresión de zopenco que no atinaba a dimensionar la cuantía.
-¿Oro puro?
-¡Y gemas!
-Pero eso significa…-un ingrávido temblor le bailó en la voz al gordo.
-Eso significa que su valor de mercado, como piezas, se decuplica.
La cara de palurdo ya no se le borró al jefe.
-¿Decuplica?
-¡Por diez! El valor se puede decuplicar, si se sabe colocar las piezas en el mercado. Veo que aún le faltan cosas por aprender. Me desilusiona.
El juego de ponerse a la altura desafiante del criminal tenía sentido, y Stefan sabía que ayudaba mostrarse inquebrantable y resuelto.
-Quiero quedarme con la décima parte de lo que hay ahora, el resto me importa un carajo cómo lo reparta. Las corruptelas de sus clientes no son asunto mío. ¿Le parece si sellamos el pacto con su buena voluntad y me desata?
El maleante escrutó una vez más a Stefan y, rendido a su avaricia, lanzó un grito hacia la puerta.
-Desátalo -le dijo al subalterno obeso cuando entró, y este obedeció la orden con desgana.
-Un par de cosas más, jefe -dijo Stefan, frotándose las muñecas ceremoniosamente-. Quiero una evidencia de que Agnes y Zeenat se encuentran bien. Caso contrario, empiece a apalearme cuanto quiera, no conseguirá que hable.
El jefe asintió.
-Le digo yo que están bien. Debe bastarle por ahora.
Stefan entendió que no podía presionar más en ese sentido.
-La otra es mucho más sencilla. No soy hombre acostumbrado a dejarme zumbar por aniñados de mierda que no están a mi altura.
Con estas palabras y reflejos de gacela, Stefan giró sobre su eje, alcanzó a aferrar al vasallo obeso de la pechera con la izquierda y, con la suficiente viada desde atrás, hizo disparar con su derecha un certero puñetazo sobre la cara del rufián que lo había desatado y la nariz crujió con el impacto.
-La próxima vez me tratarás con más respeto, pobre infeliz, o te partiré el alma en mil pedazos.
El lacayo gordo quedó tendido en el suelo, y el jefe reía vivamente, para alivio de Stefan. Hablaron otros detalles y después Stefan se dejó obedientemente cubrir de nuevo con el pasamontañas. En la misma camioneta, el jefe y el otro rufián esmirriado, ahora intimidado, lo condujeron por cerca de diez minutos, hasta dejarlo en un sector que Stefan no conocía, cerca de la avenida Eloy Alfaro, desde la que no fue difícil encontrar el camino de vuelta al hotel.
Faubré y Jonathan se deshicieron en lamentos cuando Stefan reapareció. El francés no capitulaba en su insistencia de encontrarse con Roberto Sierra.
-Ahora mismo hemos de ir -sentenció-, y Roberto hablará a sus niveles con la policía.
-Nada de policía -lo frenó Stefan- No correré ese riesgo. Si hay alguna manera de salvar a Zeenat y a Agnes, solo será si les seguimos el juego a esos malnacidos. El tipo cree que solo quiero quedarme con una parte del oro y eso es nuestra mejor baza por ahora.
Jonathan estuvo de acuerdo. Faubré, sin embargo, no parecía capaz de lidiar con tanta incertidumbre.
-Entregarles el oro es una atrocidad, Prinz, me juró que…
Stefan se mantuvo sereno, pero repuso desafiante:
-¿El oro por encima de las vidas de ellas?
Clement Faubré templó su vehemencia.
-No me malentienda, Stefan. Por eso la policía.
-Faubré, no me fastidie. ¿De qué policía me voy a fiar?
-Dejemos eso a Roberto. El sabrá cómo…
Jonathan los cortó.
-Stefan, ese desgraciado te ha confesado que tus chicas pronto estarán cerca. Entiendo con eso que las están trayendo a Ecuador.
Stefan le lanzó una mirada agradecida por su intromisión.
-Cuento con ello. Esa gente debe pensar que lo controlan todo mejor teniéndonos a todos aquí. O quizás las intenciones sean realmente entregármelas.
Ambos se entendieron sin decirse mucho más, pero Clement Faubré seguía descorazonado. Stefan no quiso atribularle más y consintió en hablar al menos por teléfono con el ex cuñado del francés.
Ante la sospecha de que estarían siendo vigilados, juzgaron que era imposible un encuentro directo con Roberto Sierra de la manera como Faubré había reclamado. Sierra, catedrático reconocido en historia y lingüística se desempeñaba como asesor ministerial para asuntos de patrimonio y, aunque políticamente era un actor secundario, su reconocimiento y popularidad le venían por sus labores periodísticas en prensa escrita, radio y televisión desde hacía años. Hicieron la llamada desde la habitación de Jonathan.
-Señor Prinz, sepa de antemano que no cuenta con mis simpatías, pero sí lamento lo que está pasando con su esposa y su hija. Puedo movilizar de manera camuflada un operativo para intentar dar con ellas.
La dicción arrastrada y pausada del hombre hizo entender a Stefan que el otro era un hombre resuelto.
-No quiero eso, señor Sierra. No me juzgue mal, pero carezco de toda confianza en su policía corrupta. Si me quiere hacer un favor, no haga nada en ese sentido.
Roberto Sierra pausó aún más sus palabras.
-Es usted atrevido al pedirme favores. Devuelva el oro y a partir de ahí haremos lo posible por sus familiares. Si están en camino a Ecuador, no dude en que las encontraremos. ¿Está usted consciente de que hace semanas que podríamos haberlo arrestado por sus fechorías del pasado?
Stefan se alertó.
-¿Por qué no lo han hecho?
-¿Quiere ir a la cárcel?
-¿No es lo que merezco? -lanzó Stefan con ufana firmeza.
Como el otro se mantuvo callado, Stefan aprovechó para seguir con igual contundencia.
-Roberto, si no estoy aún en la cárcel, si me han dejado moverme a mi aire, es porque quieren el oro y tienen miedo. No nos engañemos.
Sierra creyó oportuno rebajar su tono arrogante.
-¿Miedo de qué, Stefan? Explíquese, por favor.
Stefan tuvo que sopesar la alternativa, si dejar sembrada la duda o dar un paso al frente. Sentía un genuino aprecio por Clement Faubré, pero se estaba jugando algo mucho más valioso que su propia seguridad. Zeenat y Agnes habían sido secuestradas. Decidió hablar claro.
-Miedo a que no hable y nunca diga dónde está el oro. Y a eso añadiría el miedo a quedar expuestos.
Fueron un par de segundos, en los que Stefan requirió de toda su concentración para captar sutiles señales de alguien a quien no estaba viendo ni mirando a los ojos.
-No sé de qué me habla, Stefan.
Había que dar un paso más para convertir las dudas en certezas.
-Roberto, vamos por partes. Estoy dispuesto a revelar los lugares donde se encuentra el oro. Para eso vine. También tengo claro que a partir de ahí deberé asumir las consecuencias, usted me entiende. Pero imagino que entenderá, que tomé ciertas precauciones. Ahora mismo hay una serie de información y artículos que están a buen resguardo, esperando que yo decida si hacerlos públicos o no.
Ahí apareció la vacilación que Stefan había intuido.
-Dígame una cosa, Roberto. ¿Con quién habló en su momento, cuando Clement le contó de sus sospechas de que yo poseía el secreto del oro? Porque a ustedes les debo el favor de haber pasado una noche entrañable en las dependencias del NYPD -New York Police Department).
-Tuvimos una reunión confidencial. El ministro, un subsecretario y tres asesores, entre ellos yo.
-Y de ahí avisaron al consulado en Nueva York.
-Sí, el ministro llamó, estuvimos presentes, pero no entró en detalles. Solo dio instrucciones de que se le denunciara por robo.
Stefan reflexionó.
-¿Y usted confía en la gente del ministerio?
La respuesta saltó, casi con rencor.
-Pero, por supuesto, Prinz, ¿cómo habría de dudar?
-Pues hace mal, Roberto. Escúcheme atentamente. Esto es lo que haremos -dijo Stefan para asegurarse la confianza del otro…