Mascaradas de la histeria

Hablar de la histeria es poner el acento en dos cuestiones fundamentales: la identificación y el deseo. El desarrollo del primero de estos conceptos forma parte del capítulo siguiente, pero digamos algo acerca del deseo.

Para pensar en cómo surge debemos remitirnos a algo que llamamos vivencia primaria de satisfacción. A esta idea, que se parece un poco a un cuento, podríamos narrarla diciendo que érase una vez un bebé que llegó al mundo y lo encontró extraño y hostil. Durante los meses de su gestación no había experimentado ninguna necesidad ya que la simbiosis con su madre lo había provisto de todo sin que se diera cuenta siquiera. Pero una vez fuera de ella y cortado el cordón umbilical, percibió que algo había cambiado para siempre.

A las horas comenzó a sentir una molestia, algo desconocido que lo perturbaba y no lo dejaba en paz. Su ansiedad crecía y no sabía cómo detener esta sensación que ya se tornaba insoportable, hasta que una puerta se abrió y le permitió descargar, en parte, tanta tensión. Esa puerta fue el llanto.

Pero resulta ser que, por haber llegado al mundo del deseo y de la palabra, ese llanto fue escuchado y codificado por su madre que, de inmediato, dictaminó que ese bebé tenía hambre. Entonces, lo tomó en brazos, lo puso en su pecho y calmó su ansiedad saciando el apetito.

Pues bien, este sería el final feliz del cuento. Pero, como en casi todas las historias, el final suele no ser tan rosa. En este caso, digamos que el encuentro con el cuerpo de la madre y el alimento no sólo colma su necesidad sino que le agrega un plus. Porque a ese niño que no sabía qué esperar, esta respuesta que le llega de afuera lo sorprende y le brinda, además de la saciedad, el placer.

A partir de ese momento, el chico ha perdido su ingenuidad y cada vez que vuelva a experimentar esa sensación va a fantasear con el objeto que la calma, la teta, y va a esperar de ella una satisfacción total. Pero ese anhelo que no tenía en la primera experiencia, será justamente el que haga que esa satisfacción plena sea algo imposible de alcanzar. Porque siempre habrá una diferencia entre el placer esperado y el placer obtenido; y esa diferencia generará un impulso que moverá al sujeto a ir por más. Pues bien, esa diferencia es lo que pone en movimiento el motor de la vida: el deseo.

Diremos, entonces, que todo deseo es, antes que nada, un deseo condenado a la insatisfacción. Y la estructura histérica es la que denuncia claramente esto; y lo hace convirtiéndolo en un enigma que angustia al otro. No hay nada más frustrante que intentar hacer todo para satisfacer a una histérica, pues no importa lo mucho que se haga, siempre será insuficiente. Porque, repito, ella develará algo con lo que todo sujeto humano debe aprender a vivir: que el deseo es siempre deseo de otra cosa.

Aclaro que me refiero a «la histérica» por una comodidad expositiva, pero que también existen hombres histéricos en los que la estructura se comporta de la misma manera.

Pero tal vez la característica más saliente de la histeria, y lo que la vuelve tan interesante para el trabajo analítico, es el modo particular en el que enmascara su deseo. Lo vela, lo cubre y lo sostiene en ese lugar de enigma que angustia y frustra a los demás hasta el punto tal de despertar el reclamo: «Pero ¿qué más querés?». La respuesta a esa pregunta será que jamás lo va a saber, y que no se trata de que quiera más, sino de que quiere otra cosa… siempre.

La palabra mascarada remite a la idea de fraude, de farsa o engaño. Y esto es así. La histeria engaña. Pero no se trata de que la persona histérica sea mentirosa o poco confiable. No es ella quien engaña, sino su deseo. Porque se enmascara y requiere ser develado para entender de qué se trata en realidad.

Sin embargo, ese deseo enmascarado no sólo oculta, sino que a la vez muestra: dice algo de lo que le ocurre a ese sujeto e incluso da cuenta de su lucha interior por hacer algo con eso, ya que muchas de esas máscaras le producen un profundo sufrimiento.

¿Qué nombres les damos a estas máscaras del deseo en la histeria?

Intriga, conversión, provocación y reivindicación.

Veamos de qué se trata cada una de ellas.

La intriga histérica tiene la estructura de una escena casi teatral en la que el sujeto aparece como inocente, alguien que no tiene nada que ver con esto que le está pasando. Ya sea en las relaciones de trabajo, en la pareja o con sus amigos, vivirá episodios y se encontrará diciendo: «pero si yo no hice nada».

Esta manera de enmascarar el deseo hace que le cueste hacerse cargo de sus actos. Cierta vez, mi maestro, Horacio Manfredi, bromeó diciendo que el Cristo evidentemente era un obsesivo y que por eso cargó con la cruz y dijo que había venido a llevar sobre sus hombros los pecados del mundo. Si hubiera sido una histérica —agregó— hubiera protestado: «Yo no tengo nada que ver. Pasaba por acá y la cruz se me cayó encima».

En la intriga histérica el sujeto se propone como espectador o, a veces, actúa como un actor de reparto cuando en realidad es protagonista, productor y director de la obra.

¿Por qué hace esto? Generalmente para sostener un deseo que no es el suyo, que es el de algún otro.

Piensen en la siguiente situación: una mujer le habla todo el tiempo a su pareja de una amiga. Le dice que es hermosa, que ya la va a conocer, que es inteligente y sensual. A su vez, a ella le dice maravillas de su hombre, de su sexualidad, de su comprensión y su inteligencia. Luego de haber alimentado esta tensión entre ellos, que aún no se han visto siquiera, los presenta, quizás hasta haga una cena en su casa e incluso es posible que en algún momento los deje a solas con alguna excusa.

Por supuesto, luego le preguntará a uno y otro con qué impresión se han quedado después del encuentro y, probablemente, seguirá alimentando el interés de ambos.

He aquí el ejemplo de un armado de intriga histérica. Ella ha generado un deseo, lo sostiene, lo alimenta, pero exige a cambio una condición fundamental: que no se satisfaga.

De ningún modo quiere que eso se concrete, porque no busca la traición, sino que haya un deseo fuerte y permanente que no deje de circular.

En la conversión, es el cuerpo el que se transforma en escenario. Según palabras de Freud: «Los síntomas histéricos son efecto y resto de excitaciones que han actuado en calidad de traumas por el sistema nervioso… en la histeria estamos acostumbrados a comprobar que una parte importante de la magnitud de la excitación del trauma se transforma en síntomas puramente somáticos».

Aclaremos un poco esto. Cuando se da este fenómeno, ocurre que una cantidad de energía psíquica se desplaza sobre alguna parte del cuerpo transformándola en una zona erógena, en un espacio capaz de generar un monto desmedido de excitación, aunque dicha excitación sea experimentada como algo displacentero.

Esas partes del cuerpo afectadas por el síntoma representan una escena vivida con anterioridad, una situación de deseo o una situación traumática.

En un artículo de 1894 llamado «Las neuropsicosis de defensa», Freud introduce la idea de que el afecto (angustia, ansiedad) que generó una situación traumática cuyo recuerdo fue reprimido, puede ser derivada al cuerpo y generar dolor en él. Es decir que lo que era tensión psíquica se convierte en tensión somática. De allí el nombre de conversión.

En la provocación, la histérica se propone a sí misma como La Mujer, esa capaz de generar el deseo del otro. No necesita de una amiga, porque es ella el objeto causa de deseo.

Observemos cuán diferente es aquí la posición del sujeto con respecto a la que tenía en la intriga. En esta mascarada se hace cargo de ser quien suscita el deseo, la que encarna el misterio del placer.

Se presenta como teniendo algo que promete al otro, algo que supone que lo excita y, por ende, capaz de despertar su deseo.

Cierta vez vino a sesión una paciente. Se acostó en el diván y dijo: «Disculpe que haya venido con un vestido tan corto… se me ve todo… pero es que después de acá voy a una fiesta. Igual, usted no va a mirar, ¿no?».

Observemos cómo se proponía ante mí como alguien que tenía algo que yo podía querer mirar, que podía desear. Y en ese mismo acto, a la vez que lo muestra e intenta incentivar mi deseo, se encarga de sostenerlo insatisfecho al recordarme que no es algo que yo pueda hacer.

La última forma en la que se enmascara el deseo en la histeria es la reivindicación.

Junto con la conversión, es la mascarada en la cual es más común que lleguen a la consulta. Porque se trata de una circunstancia que genera incomprensión, odio y dolor.

Básicamente es un reclamo, generalmente enojado, que hace el sujeto por haber sido excluido de la situación de deseo.

Volvamos a la escena que utilizamos para ejemplificar la intriga. Si aquella mujer que alimentó el interés de su pareja por su amiga y de ella por él, los hubiera dejado a solas para ir a comprar algo o terminar de arreglarse y al volver los encontrara besándose, estallaría de rabia, de angustia y se sentiría descolocada. Incluso podría preguntarse: «¿Cómo pudieron hacerme esto?» —sin registrar su necesaria participación en el armado de la escena—, y vendría a análisis destrozada en un estado al que llamamos reivindicación.

Pero ¿de qué se quejaría en verdad? De que la hayan dejado fuera de la situación de deseo. Su amiga y su novio la excluyeron, como si ella no importara, como si no fuera nadie. Diría Débora: «Si te he visto, no me acuerdo». Y además, como si esto fuera poco, concretaron. Intentaron satisfacer un deseo que ella necesitaba que se sostuviera insatisfecho.

En el marco del análisis también puede darse que un paciente reaccione de este modo. Esto suele ocurrir cuando el analista es excesivamente neutral; cuando pareciera ser que no desea nada. Entonces puede ocurrir que se enoje, que nos diga que no nos importa lo que tiene para decir, o que no lo tenemos en cuenta.

Por eso, en casos como estos, y con muchísima precaución, a veces es necesario perder un poco de esa neutralidad que caracteriza al analista. ¿Qué quiero decir? Que en ocasiones, con pacientes histéricos, no está mal mostrarnos un poco deseantes, poner en duda nuestro saber, aparecer humanos y falibles, es decir: como alguien capaz de desear.

Las mascaradas en Débora

La provocación quizás sea la que más fácilmente podamos ubicar en ella. Todos sus rituales al llegar a sesión, el modo en el que humedece sus labios, como juega con su pelo, el acto de mirarse en el espejo, como diciéndome que hay algo para observar en ella.

Al citar a Nelson Rodrigues dice que hasta para pronunciar su nombre hay que estar dispuesto a mover muchos músculos de la boca, o en el momento en el que manifiesta saber que le gusta a los hombres, que los «calienta», se pone claramente en el lugar de ser quien tiene algo que los demás desean.

Cuando esto ocurre, se muestra completa, una mujer a la que no le falta nada. Teóricamente diríamos que, en esos momentos, Débora se presentifica como la poseedora del falo. Y aclaro que llamamos falo a todo aquello que es capaz de suscitar el deseo en otro.

En la sesión en la que refiere a su debut sexual con el profesor, vemos interactuar la provocación, la intriga y la reivindicación.

La primera aparece cuando habla de sí misma: «yo era una yegua. Tenía el culo acá —se señala la nuca—, las tetas perfectas, la piel joven y divina. Era la princesa de la escuela, la mina que todos querían cogerse».

Es claro que, a pesar de tener diecisiete años, ya se consideraba una mujer capaz de excitar a un hombre.

La intriga entra en juego cuando narra cómo fueron los sucesos durante el viaje de egresados. Fue ella quien se emborrachó, quien quiso irse del boliche antes que sus compañeras, quien se hizo acompañar por su profesor, lo sedujo y finalmente se acostó con él. Sin embargo se presenta como si no hubiera tenido nada que ver. El responsable fue él, que quiso acompañarla, se le insinuó y la «desvirgó». Llega, incluso, a responsabilizar a la noche, que era tan «linda y romántica». Todos tienen que ver, menos ella que, como dice, fue «una pobre boluda».

Al volver del viaje y encontrarse con que la actitud del hombre no fue la que ella esperaba, aparece la reivindicación. Estalla enfurecida y arremete contra él. Arma una nueva intriga para lograr que el padre de una compañera se entere y conseguir así que lo echen del colegio y de su casa.

Obviamente, tampoco tuvo nada que ver, sino que toda la culpa fue de él que no se cuidó de generar falsas expectativas.

No era así.

La histérica nunca es inocente, pues su estructura participa activamente de lo que provoca y lo sostiene aun en ausencia.

La conversión es una constante en ella, aunque no me haya explayado mucho acerca de esto. Pero casi siempre está tensa, contracturada y con dolores de cabeza.

Débora intentó repetir con su jefe lo mismo que venía haciendo desde muy chica, pero en esta ocasión fue desenmascarada. La intervención del hombre expuso su juego de un modo descarnado, pero esta vez, en lugar de ir contra él en busca de una nueva reivindicación, sintió vergüenza y se cuestionó su actitud. Cambió de empleo y buscó un modo diferente de proceder.

Al fin de cuentas, de eso se trata en un análisis. De que el paciente cambie sus reacciones patológicas, de que se haga cargo de la responsabilidad que le cabe en las cosas de las que se queja. (O dicho de otra manera: de que allí donde Eso —el síntoma— era, un Sujeto nuevo pueda advenir).