Sólo hay dos motivos que justifican que alguien comience un análisis. Uno de ellos es la angustia. Ese más allá del dolor que invade el ánimo y se siente como un desgarro lacerante en todo el cuerpo. Dos son las formas que puede tomar la angustia. La primera de ellas es la que llamamos angustia automática y que deviene en una explosión, una descarga de la ansiedad acumulada bajo la forma, por ejemplo, de un ataque de llanto o de ira. En esas ocasiones, pareciera como si de pronto las barreras de contención hubieran caído y un aluvión mudo e insensato nos llevara por delante. La otra forma es la que denominamos angustia señal, y alude a un quantum mucho menor, más tolerable, pero permanente y que se sostiene a lo largo del tiempo. Esta actúa como un mecanismo de defensa y se da, por ejemplo, en ocasiones en las que tememos una mala noticia. Entonces, el aparato psíquico moviliza esa cantidad reducida de angustia para que nos preparemos ante la posibilidad de un acontecimiento doloroso. En la angustia automática prevalece el imprevisto, en la angustia señal, el intento de anticipar el dolor y evitar que se convierta en padecimiento.

El otro motivo por el cual alguien reclamaría un lugar dentro del encuadre analítico es la existencia de una pregunta que se vuelve tan importante para el sujeto que lo impulsa a la búsqueda de su verdad.

De todos modos, cuando un paciente llega a análisis no siempre puede formular esa pregunta o entender el motivo de su angustia con claridad. Por el contrario, la enmascara y, generalmente, trae consigo sus síntomas. Pero ¿qué es un síntoma?

Antes que nada, un síntoma es una respuesta equivocada. Es el resultado de un modo patológico de defenderse ante algo que podría generar un dolor que el sujeto, inconscientemente, juzga como intolerable.

Por eso, los analistas no somos partidarios de suprimir los síntomas porque sí, ya que sabemos que están allí para cumplir una función y que de lo que se trata es de resolver el motivo que los generó. Si simplemente nos limitáramos a suprimirlos podríamos, aunque parezca extraño, generar un mal mayor pues no sabemos hacia dónde sería derivada toda la tensión psíquica que se concentraba en el síntoma.

En el caso de Horacio, fue esa angustia señal constante lo que motivó su consulta, aunque prontamente empezó a desplegar su sintomatología.

Al momento de iniciar su tratamiento tenía treinta y cinco años. Llegó vestido con un traje azul, camisa celeste desabrochada en el último botón y una corbata oscura que llevaba algo baja. Tenía una barba apenas crecida, de dos o tres días, pero descuidada y daba la impresión de estar agotado, como si llevara un tiempo sin dormir.

—Hace rato que me pasaron su teléfono, pero recién ahora me animé a llamarlo.

—¿Y por qué quería hablar conmigo?

—Porque no me estoy sintiendo bien. Por eso decidí retomar terapia.

—Ah, ¿ya hizo análisis antes?

—Sí, alguna vez.

Habla con reticencia. Va soltando sus palabras con dificultad, razón por la cual, al estar en una primera entrevista, me veo en la obligación de intervenir de un modo activo.

—¿Y por qué dejó?

Suspira.

—Porque ya no tenía ganas de ir. Todo bien con Analía, mi última terapeuta; me ayudó muchísimo, pero me cansé y no fui más. Pobre.

—Pobre ¿por qué?

—Porque ni siquiera le avisé que iba a dejar de ir. Simplemente desaparecí.

La frase es fuerte. Pero hace apenas unos pocos minutos que estamos hablando y no considero que sea el momento de poner sus dichos a trabajar. Me interesa más ir generando un vínculo y ver cuál es el motivo de consulta.

Por lo general, ese motivo consciente no siempre recorre el análisis, pero es importante constatar qué idea tiene el paciente acerca de lo que le está pasando. De modo que prefiero dejar que Horacio despliegue libremente lo que tenga ganas de decir.

—Bueno, Horacio, usted dirá.

—¿Por dónde empiezo?

—Por donde quiera.

Asiente y se queda pensando unos segundos.

—Bueno, a ver. Soy soltero, tengo treinta y cinco años y soy dueño de un estudio contable.

—¿Es contador?

—No, no soy contador. Hice la carrera de ciencias económicas pero dejé cuando me faltaban pocas materias.

—¿Y cómo hace, entonces?

—¿Con qué?

—Con el estudio.

Menea la cabeza.

—Tengo un socio. Un muchacho que conocí en la facultad y con el cual nos hicimos amigos. Es un buen tipo, aunque no sabe demasiado; pero tiene matrícula —sonríe—. Así que somos la sociedad perfecta: yo trabajo y él firma.

—¿Y ese tema le preocupa?

—No, para nada.

Vuelve a callar.

—¿Y qué es lo que lo llevó a tomar la decisión de consultar ahora?

Hace un gesto de contrariedad.

—Y…, me mandé una macana.

—¿Qué tipo de macana?

—Con Lucrecia.

—¿Quién es Lucrecia?

Lo noto inquieto.

—Mi novia; es decir, mi ex novia.

—¿Se pelearon?

Duda.

—Supongo que sí, e imagino que debe odiarme.

—¿Por qué piensa que ella está tan enojada con usted?

Mueve sus manos como diciendo que es algo inevitable.

—Y…, ¿cómo se sentiría usted si su pareja lo hubiera dejado en la puerta del Civil, con los invitados y el arroz sin siquiera avisarle que no iba a ir?

Silencio.

—¿Usted hizo eso?

Asiente.

—¿Y por qué?

—Me asusté.

—¿Y cuál fue el motivo de su miedo?

Respira profundamente antes de responder.

—Yo la quería mucho. Es más, todavía la quiero. Pero me vi casado, teniendo un hogar, hijos y dije: «esto no es para mí, no voy a poder». Hasta me había vestido para la ocasión, pero no fui. Me puse a pensar. Mi cabeza era una licuadora que no paraba nunca.

—¿Y luego?

—Dejé pasar las horas hasta que me animé y la llamé.

—¿Y ella qué le dijo?

—Nada, porque nunca me atendió. Más tarde, el hermano se comunicó conmigo para decirme que si volvía a verla o si tan siquiera intentaba contactarla de algún modo, me iba a matar a trompadas —agacha la cabeza—. Me lo hubiera merecido.

Puedo percibir su culpa. La actitud que tuvo no es algo de lo cual se jacte, ni siquiera que lamente, sino que lo ha llevado a una angustia tan grande que le cuesta soportar.

Dedicamos todo el tiempo de aquella primera entrevista a ese tema.

Me contó que había conocido a Lucrecia en una fiesta hacía cuatro años. Habló muy bien de ella y admitió estar aún enamorado. Necesitaba contar lo ocurrido y me pareció pertinente dejar que lo hiciera.

Las palabras horadan la angustia, y por esa razón es tan importante que el paciente pueda hablar de los temas que lo acongojan. Hay que ayudarlo a «desgastar» la emoción para evitar que aquello que no puede simbolizar le genere algo pernicioso.

Pero como sospechaba una estructura obsesiva grave, no quise que ese hecho se instalara como el único, porque Horacio podría quedar atrapado y dando vueltas sobre esa cuestión sin abordar otros temas. Por ese motivo, en nuestro segundo encuentro, le propuse que hablara de otra cosa.

—Cuénteme, Horacio, ¿cómo es su familia?

Pausa.

—Mi familia es mi viejo. Mi mamá murió en el parto, así que no tuvo tiempo ni de darme un abrazo —se conmueve—. Pero, bueno, dicen que Dios aprieta pero no ahorca.

—¿Y qué quiere decir con eso?

—Que por suerte estuvieron mi tía y mi abuela para encargarse de mí. Fue como una compensación. Perdí una madre pero gané dos. Pero, por sobre todo, estuvo mi viejo.

Lo nombra y su voz se quiebra. Está visiblemente emocionado y, por eso mismo, decido avanzar en esa dirección.

—¿Quiere hablarme de él?

Se seca unas lágrimas con la mano.

—Mi viejo fue increíble.

—¿Por qué lo dice?

—Por todo. A veces miro los boletines o los cuadernos de la primaria y en todos están su firma, sus correcciones, sus dibujos. ¿Sabe?, él jamás dejó de venir a un acto. Además, trabajaba mucho, pero aun así, se hacía el tiempo para llevarme a la plaza o hacer los deberes conmigo. Y no recuerdo una sola noche en la que no me durmiera con un cuento. La verdad es que no sé cómo hizo para estar en todo.

Habla de su padre con un profundo orgullo, pero también con tristeza, y me pregunto si ese sentimiento no vendrá de otro lado, ya que todo lo que ha dicho acerca de él es muy emotivo pero no triste.

—¿Y qué sabe de su madre?

—No mucho.

—¿Alguna vez vio una foto de ella?

—Sí, varias. Tengo una, incluso, en la que está embarazada de mí —se detiene—, el único momento en el que estuvimos juntos.

Lo dice con una enorme pesadumbre.

—Dicen que era una buena mina —continúa—. Hubiera sido lindo conocerla.

Pausa.

—¿En qué se quedó pensando?

—En mi papá y lo difícil que debe de haber sido para un hombre quedarse solo, con un bebé.

—Bueno, no tan solo. Usted dijo que también estaban su tía y su abuela, ¿no?

Horacio había hablado de una cierta compensación, del hecho de haber perdido una madre pero haber ganado dos. Y eso no era cierto. Seguramente para defenderse de la angustia de la pérdida armó en su pensamiento este esquema, pero era necesario que admitiera el tamaño de la pérdida ya que sólo puede duelarse lo perdido. De allí que mi intervención buscara que él mismo pusiera en palabras esta falacia. Lo hizo inmediatamente.

—Sí, pero no es lo mismo.

Asiento.

—Horacio, su padre era un hombre viudo, joven. ¿Nunca volvió a formar pareja?

Se sonríe.

—¿Qué le causa gracia?

—¿Usted cree en ese mito de que las mujeres se derriten por un viudo joven con un hijo?

—Yo no creo nada. Es sólo una pregunta.

Se toma unos segundos.

—No. Y no recuerdo que haya habido nadie en especial. Ojo, no soy tonto y tengo claro que a veces salía con mujeres, pero nunca las trajo a casa. Tal vez no se permitía tomarlas en serio.

—¿Y por qué haría eso?

Me mira.

—Por mí, para que nadie nos separara.

Le devuelvo la mirada sin hacer ni un solo gesto.

Trabajamos durante algunos meses. Horacio era un hombre inteligente pero a veces una enorme sensación de culpa lo invadía y lo obnubilaba. Cuando atravesaba esos procesos parecía deteriorarse. Su aspecto era el de alguien mucho más grande, abatido y descuidado.

Una tarde tocó el timbre y al abrir advertí que estaba borracho. Había apoyado su hombro contra la pared, tenía la cabeza gacha y un notorio olor a alcohol. Al verme intentó enderezarse pero trastabilló. Después quiso entrar al consultorio, pero no se lo permití.

—Horacio, me parece que usted no está en condiciones de hablar. Y para eso viene acá, de modo que mejor demos por terminada la sesión ahora mismo.

Parece desubicado ante mi intervención. Yo me mantengo firme pero calmo.

—De todos modos —agrego—, lo que quería decirme ya me lo dijo.

Confundido, Horacio se da la vuelta como puede y comienza a caminar torpemente, pero lo detengo. Él me mira como no entendiendo, por eso se lo aclaro.

—No me ha pagado usted la sesión.

Su cara se contrae en un gesto de disgusto. Mete la mano en su bolsillo no sin alguna dificultad. Luego cuenta el dinero y me lo da.

—Hasta la próxima —le digo y cierro la puerta.

Después de una intervención tan dura es difícil predecir cuál será la reacción del paciente. La semana siguiente, Horacio faltaría a su sesión.

Pensé cuál sería la actitud correcta para este momento particular y complejo del análisis y tomé una decisión. Esa misma noche lo llamé por teléfono.

—Hola.

Me costaba escucharlo porque el ruido de fondo era muy fuerte. Parecía provenir de un bar.

—Buenas noches, Horacio. Soy Gabriel Rolón.

Se hizo una pausa.

—Hoy no vino a sesión —continué—, y tampoco me avisó.

Me doy cuenta de que lo ha sorprendido mi llamada. Titubea.

—Bueno, lo que pasa es que…

—¿Qué es lo que pasa?

No me responde y decido tomar el toro por las astas.

—Horacio, ¿en qué horario de mañana puede recuperar la sesión?

—Mire, en realidad… —lo interrumpo.

—Sólo dígame en qué horario. El resto lo hablamos acá.

A disgusto me dijo que podía a las 20 horas.

—Perfecto. Lo espero.

Al día siguiente, según lo acordado, llegó puntualmente. Se lo veía nervioso. No podía dejar las manos quietas y un gesto tenso le fruncía el ceño. Decidí encarar el tema sin vueltas.

—Si yo no lo llamaba usted no pensaba volver, ¿no?

—No.

—¿Tampoco iba a avisarme?

Niega con la cabeza.

—¿Puedo saber por qué?

—Es que me fui muy mal de la última sesión —se interrumpe—, bah, eso ni siquiera fue una sesión.

—Se equivoca —lo corrijo—, sí fue una sesión; y muy productiva.

Me mira extrañado.

—Dígame, ¿siempre toma de esa manera?

Se mueve inquieto. Está muy incómodo con la situación.

—Yo no quería hablar de eso.

—Se equivoca.

—No lo entiendo.

—Usted sí quería hablar de eso, pero no podía, y por eso mismo, como no se animaba a ponerlo en palabras, me lo mostró —pausa—. Pero no respondió a mi pregunta.

Duda.

—¿Cuál era la pregunta?

—Si siempre toma de esa manera.

Niega.

—No, no muchas veces. Sólo cuando me angustio mucho.

—¿Y por qué se angustió esta vez?

—No lo sé.

Es evidente que está confundido y le cuesta pensar con claridad. Por eso intento ayudarlo.

—¿Ocurrió algo inesperado?

—No, nada.

—¿Está seguro?

—Sí, o al menos eso creo.

En estas situaciones en las que todo parece empantanarse se hace necesario apoyarse en la teoría. Está ganado por una resistencia feroz y sé que eso sólo ocurre cuando se está muy cerca de algo importante. La conciencia se niega a dar lugar a las representaciones psíquicas y las sostiene en la oscuridad del inconsciente. Pero para enfrentar esos momentos los analistas hemos desarrollado un concepto técnico: la asociación libre; y en él me apoyo.

—Horacio, diga lo primero que se le venga a la mente, aunque no le parezca importante.

—No me viene nada; o sí, qué sé yo.

—No piense. Simplemente hable.

—Es que no tiene nada que ver.

—Ya le dije, eso no importa. Dígame, ¿qué pensó?

—Pensé que el otro día me encontré con Malena.

—Ajá. ¿Y quién es Malena?

—Malena es… mejor dicho, fue mi primera novia.

—Cuénteme.

Asiente.

—Estaba yendo a almorzar a casa de mi viejo y me la crucé de casualidad. Es que sigue viviendo en el barrio. Ella venía caminando con su bebé en brazos, un nene hermoso. Y nada más. Eso.

—Pero ¿qué pasó en ese encuentro?

—Nos saludamos, hablamos un minuto y listo, nada más.

Pienso.

—¿Le molestó verla con su hijo?

—No. ¿Por qué iba a molestarme? Al contrario.

—¿Por qué al contrario?

—Porque ella siempre soñó con tener una familia, hijos, un esposo —sonríe con afecto—. Malena siempre fue una gran persona y me hizo bien verla y saber que lo logró.

—¿Y qué es lo que logró?

—Eso, cumplir su sueño.

Su gesto se ha suavizado. Es como si el recuerdo de esa mujer fuera algo grato para él.

—Habla de ella con mucho cariño.

—Es que eso es lo que siento.

—¿Y puedo saber por qué terminaron?

Niega con la cabeza.

—No lo sé.

Hasta aquí parece haber llegado con el tema. Pero es necesario que siga hablando.

—¿Qué pasó después?

—¿Después de que terminamos?

—No, después del encuentro del otro día.

Piensa.

—Nada raro.

—Bueno, cuénteme, aunque no sea nada raro.

—Almorcé con mi papá. Conversamos un rato y después, cuando llegué a la oficina, empecé a sentirme mal.

—¿Mal? ¿Puede describirme lo que sintió?

Asiente.

—Me faltaba el aire, tenía taquicardia y empecé a ponerme muy nervioso. Intenté trabajar, pero no pude.

—¿Y qué hizo, entonces?

—Salí a caminar y…

—¿Y qué?

—Y un rato después me metí en un bar esperando a que se hiciera la hora de venir acá. Tomé un poco —pausa—, bueno, el resto ya lo sabe.

Horacio asoció su angustia a la aparición de Malena. De modo que algo debe de haber allí que lo angustió. Por eso insisto, para ver si puede decir algo más acerca de esto.

—Horacio, ¿Malena dijo o hizo algo que usted recuerde?

Niega con la cabeza, pero percibo que otra vez se ha angustiado. Noto su confusión y siento el esfuerzo que hace por reprimir el recuerdo de lo acontecido. Sé que allí hay algo, pero sé también que no es esta la sesión en que saldrá a la luz. Por eso me quedo en silencio.

No siempre es el pensamiento la forma en la que aparece en la conciencia el recuerdo de aquello que nos aqueja. Por el contrario, el inconsciente manifiesta una manera muy diferente de recordar. Lo hace bajo formas extrañas, pero claras para un analista. En esta ocasión, la forma que tomó ese recuerdo reprimido para aparecer fue un sueño.

Horacio vino a sesión y, extrañamente, estaba relajado.

—Anoche tuve un sueño bastante cómico —me dijo.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo era?

—Le cuento. Yo estaba en un aeropuerto lleno de gente y conversaba con un pasajero mientras esperábamos para embarcar. El tiempo pasaba y no nos llamaban. En un momento el hombre me dice que ya es la hora, entonces nos acercamos al mostrador y el empleado nos informa que debemos esperar porque el avión no está en condiciones todavía y que ya nos van a llamar. Pasa un rato largo y vamos a preguntarle de nuevo y el tipo nos dice que el vuelo ya se fue. La gente muestra su pasaje y se pone como loca porque no lo habían anunciado. Yo miro al empleado, que se hace bien el boludo, y me empiezo a reír. De repente todos, al ver que me estoy riendo comienzan a increparme. Yo trato de explicarles que no tengo nada que ver. Discutimos y cuando me doy vuelta, veo que el pasajero con el que yo estaba hablando ya no está. Se fue. Lo busco con la mirada y me doy cuenta de que logró pasar. El hombre me mira, me sonríe y me saluda con la mano mientras entra en la manga. Yo también lo saludo en tanto que los demás siguen puteándome. Y ahí me desperté.

Dejo pasar unos segundos y miro el rostro sonriente de Horacio. Luego comienzo con el trabajo de interpretación.

—¿Qué se le ocurre con respecto a este sueño?

—No mucho. De hecho, yo nunca me subí a un avión.

—¿Ah, no?

Hace un gesto de negación.

—Varias veces estuve a punto pero siempre, por una cosa o por otra, terminé no haciéndolo —pausa—. No sé. No tengo nada más para decir.

—Cuénteme sobre el pasajero que conversaba con usted.

Piensa un instante.

—Era un hombre amable. Se ve que no era de acá porque dijo que tenía ganas de reencontrarse con su familia. No me acuerdo más.

Cuando la resistencia es muy fuerte ocurre que borra el recuerdo de lo soñado; otras veces, como en este caso, reprime la asociación.

Analizar un sueño es un trabajo que requiere paciencia. De modo que sigo adelante incentivándolo a hablar.

—¿Y el otro hombre? El empleado con el que usted se ríe.

—No sé. ¿Qué es lo que quiere que le cuente?

—Cualquier cosa. Un detalle, lo que se le ocurra.

Se queda pensando un rato.

—Parecía agradable pero, sin embargo, nos cagaba a todos.

—¿Por qué?

—¿Cómo por qué? Porque no nos avisaba, los vuelos se seguían yendo y nosotros nos quedábamos esperando como boludos.

Lo miro y acoto con voz calma:

—Como Analía.

Me mira como preguntando de quién estoy hablando.

—Su anterior psicóloga. Usted dijo que nunca le avisó que no iba a ir más. Supongo que se debe de haber quedado esperándolo como una boluda, ¿no?

Horacio enmudece y su sonrisa comienza a desaparecer de a poco.

—O como Lucrecia —continúo—. Sospecho que también ella se quedó esperando en vano en el Registro Civil, e imagino que los invitados deben de haber estado tan furiosos con usted como los pasajeros de su sueño.

Me mira.

—¿Qué quiere decir? ¿Que yo soy ese empleado?

—No lo sé. ¿Usted qué cree?

Duda.

—Puede ser.

—Y si así fuera, ¿quiénes son los pasajeros que se quejan?

Silencio.

—Horacio, usted me dijo que ellos tenían derecho a ser avisados porque habían sacado sus pasajes. Dígame, ¿quiénes tendrían derecho a increparlo a usted porque se fue sin avisarles?

—Bueno, usted lo dijo. Analía, Lucrecia…

—¿La facultad, Malena?

Horacio acababa de decir que no recordaba por qué había terminado aquella relación, pero baja la cabeza y asiente, con lo cual queda claro que también en esa ocasión él debe de haberse ido sin decir nada.

—Incluso, yo mismo, ¿no?

—No entiendo —me dice confundido.

—Si yo no lo hubiera llamado después de esa sesión a la que usted faltó sin avisar, también me habría quedado esperándolo como un boludo, ¿no le parece?

Ahora ya no quedan rastros de su sonrisa inicial. Está claramente angustiado. Pero debo continuar.

—¿Por qué hace eso, Horacio? ¿Por qué deja esperando en vano a la gente que se ha ganado el derecho a acompañarlo en la vida?

Piensa. Duda. Aparecen algunas lágrimas.

—No lo sé. A lo mejor, porque como el empleado de mi sueño, parezco un buen tipo pero soy un hijo de puta.

Baja la mirada.

—¿Le parece? ¿Quién sabe? Tal vez no sea tan así. Digo, porque en el sueño usted era uno más de los que se perdían el vuelo. Y en la vida, también —pausa—. Se ha quedado sin título, sin familia, como dijo recién: varias veces estuvo a punto de subirse al avión, pero por un motivo u otro, nunca lo hizo, ¿por qué?

Está confundido, quebrado y aquellas lágrimas iniciales se han convertido ahora en llanto.

—No lo sé, Gabriel. Le juro que no lo sé.

El sueño. No tengo que olvidar que estamos trabajando un sueño que, por lo que veo, dice mucho más de lo que parecía. Cuando se llega a una instancia como esta, puede surgir la tentación de contener a un paciente que se ha desmoronado. Pero, en este caso, siento que hay mucho por extraer todavía. Por eso continúo a pesar de su estado emocional.

—El empleado dijo que el avión «no estaba en condiciones». ¿El avión es usted, Horacio? ¿Usted cree que no está en condiciones de «embarcarse» con alguien en un proyecto de vida?

Me mira como pidiéndome que me detenga. Lo que empezó como un sueño gracioso se le ha transformado en un hecho revelador y angustiante. Lo sé. Quisiera continuar. Pero, verdaderamente, ya no puede más.

—Seguimos la próxima.

Horacio se pone de pie. Caminamos hacia la puerta. Le doy la mano para despedirlo y percibo un gesto en su rostro.

El inconsciente es también repetición. Y tengo claro el modo en el que Horacio repite. Por eso hago una última intervención.

—Horacio, sepa que si decide no venir, esta vez no voy a llamarlo. Este es su viaje. Y tiene el derecho de subirse o seguir esperando en vano.

La semana siguiente Horacio vino a sesión.

—El otro día me quedé mal después de lo que hablamos, y siento que usted tenía razón.

—¿A qué se refiere?

—A que yo siempre me fui de los lugares y de las personas que podían hacerme bien. Es como si sintiera que no tengo derecho a ser feliz.

—¿Y por qué podría sentir eso?

—Me encantaría responder a esa pregunta, pero no puedo.

El analista no es sólo alguien que escucha. Es, por sobre todas las cosas, alguien que todo el tiempo teje hipótesis acerca de los motivos posibles del sufrimiento de sus pacientes. Cuando alguien habla en mi consultorio, voy generando ideas, preguntas, incluso respuestas que den cuenta de por qué ese sujeto padece de ese modo particular y único. Y en algunas ocasiones hay que contrastar esas hipótesis y ponerlas a consideración del paciente. Eso fue lo que hice con Horacio.

—Tal vez usted se sienta culpable de que su vida siempre haya tenido un costo tan alto para los demás, ¿no?

—¿Podría ser más claro?

—Sí. A su mamá, por ejemplo, su nacimiento le costó la vida. Su tía y su abuela, sólo se dedicaron a cuidarlo. Y su padre…

—¿Qué pasa con mi papá?

—Bueno, usted dijo que prefirió no rehacer su vida y quedarse solo para que nadie pudiera separarlos. Demasiado peso sobre sus hombros, ¿no le parece? Y demasiada culpa.

Hago una pausa para que pueda procesar lo que le estoy diciendo antes de continuar.

—Usted acaba de decir que siempre se fue de los lugares que podían hacerle bien, pero eso no es cierto. Usted no se va, Horacio. Usted se escapa porque tiene miedo de dañar a los que ama. Pero ¿quién le dice? A lo mejor, huyendo los daña aún más.

Me mira como pidiéndome que lo ayude a decir algo.

—¿En qué se quedó pensando?

—En que en otra sesión usted me preguntó desde cuándo había empezado a beber.

—¿Y?

—Que yo empecé a tomar cuando murió mi abuela —pausa—. No lo podía creer. Sé que voy a decir una estupidez, pero yo pensaba que no se iba a morir nunca.

Horacio me está indicando la situación inicial de este síntoma. Y es algo muy importante saber cuándo esa manera patológica de defenderse contra la angustia hizo su aparición por primera vez. Porque marca cómo y ante qué circunstancias volverá a hacerlo. En este caso, evidentemente, él recurría al alcohol frente pérdidas que no podía procesar. Pero era necesario que pudiera decirlo y, sobre todo, escucharse.

—¿Y cuáles fueron las otras ocasiones en las que se emborrachó de esa manera?

Piensa.

—Distintas. Cuando dejé la facultad, cuando abandoné mi análisis con Analía, cuando no fui al Civil.

—Bueno —lo interrumpí—, no tan distintas, entonces.

Me mira extrañado.

—Horacio, en todas esas ocasiones hay algo en común: la muerte.

—No lo entiendo.

—Sí. La primera vez fue la muerte de su abuela; luego, la muerte de su proyecto profesional. Más tarde la muerte de su espacio analítico, después de su sueño de tener una familia —pausa—. ¿Y esta vez, Horacio? ¿Cuál fue la muerte que lo llevó a tomar?

Mi pregunta lo angustia y empieza a lagrimear a medida que el recuerdo se abre paso en su mente.

—Le dije que ese día me encontré en la calle con Malena, ¿lo recuerda?

Asiento.

—Bueno, ella me dijo que se había cruzado con mi papá el día anterior y…

—¿Y qué, Horacio?

Le cuesta hablar.

—Y que lo había visto muy cansado.

Se quiebra y yo hago un respetuoso silencio.

—En ese momento no le di importancia, pero cuando llegué a su casa lo miré y vi que Malena tenía razón —me mira acongojado—. Mi papá está viejo, Gabriel —pausa—. Mi papá también se me va a morir.

Dejo que se desahogue unos segundos. Sé que mi intervención le va a doler. Pero es la que debo hacer.

—O sea que su padre es ese hombre que hablaba con usted en su sueño; el que le decía que ya era la hora. El que quería ir a reunirse con su familia en otro lado —le hablo en tono comprensivo—: ¿Sabe qué?, tiene razón, Horacio. También su papá se va a morir y usted no lo va a poder evitar. ¿Recuerda que me dijo que su padre había rehusado hacer su vida para que nadie los separara?

—Sí.

—Bueno, creo que usted hizo lo mismo. Renunció a su profesión, a sus proyectos de pareja, incluso a su análisis para que nada se interpusiera entre ustedes. Pero tal vez se equivocó.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que a lo mejor no era la vida la que los iba a separar, sino la muerte.

Deja escapar un quejido desgarrado.

—Pero yo ya perdí a mi mamá, a mi abuela, ¿y ahora mi viejo? —se enoja—. ¿Por qué siempre lo mismo? No es justo, Gabriel.

Asiento.

—Horacio, la vida no siempre es justa. Pero se equivoca, porque no es lo mismo. Usted vivió esas muertes como si lo fueran, que no es igual. ¿Recuerda que me dijo que su madre había muerto sin siquiera haberle podido dar un abrazo?

—Sí.

—Pues bien, según lo que me dijo, su abuela le dio muchos; y con su padre, aunque ya esté viejo, tal vez le queden cosas para compartir todavía, ¿no le parece?

Se queda pensando en lo que le acabo de decir. Estoy tratando de romper una cadena de sucesos que ha enlazado como si fueran eslabones similares. Intento introducir la diferencia para que pueda correrse de ese lugar en el que cada pérdida es igual y, sobre todo, en donde siempre Horacio es el culpable de que ocurra.

Nos quedamos en silencio. Minutos después doy por terminada la sesión. Camina cabizbajo hasta la puerta, pero antes de salir me mira suplicante.

—Ayúdeme. ¿Qué debo hacer?

No debo responder a esa pregunta. Es él quien tiene que encontrar el modo de salir de este laberinto; yo sólo puedo acompañarlo en el recorrido. Sin embargo, ha sido profundo y generoso en su entrega con el análisis y considero que merece algunas palabras que mitiguen, al menos un poco, tanta angustia.

—Bueno, hasta ahora lo ha atormentado el tema de la muerte de los otros. A lo mejor podría intentar pensar en su propia vida, ¿no le parece?

No responde. Apenas si esboza una sonrisa y sale a la calle.

Durante toda la semana me encontré pensando en Horacio. Muchos suponen que los analistas debemos analizarnos para descargar el peso que los pacientes dejan sobre nuestros hombros. Pero no es así. Nos analizamos para intentar hacer algo con nuestro propio sufrimiento. De la angustia de los pacientes nos defiende nuestra propia angustia, que se impone y nos obliga a hacer algo con ella.

Sin embargo, en esta ocasión, había quedado muy movilizado por lo que Horacio trajo a sesión. Las pérdidas, la muerte, el padre. Todos temas que me resultaban demasiado cercanos como para no sentirme conmovido.

Sé que la distancia es necesaria y que de nada sirve esa empatía que me hubiera llevado a abrazarlo y llorar junto a él. Por el contrario, si en algún lugar podía ayudarlo, era desde la comprensión profunda de su situación y la convicción de que era su dolor y no el mío el que contaba en este análisis.

A la semana siguiente, cuando se hizo la hora en la que debía venir y no llegaba, me preocupé. Sabía que la sesión anterior había sido muy dura, pero reveladora. Horacio no venía y esta vez no iba a llamarlo. Él y sólo él debía defender este espacio. Por suerte el timbre del teléfono me sacó de mis cavilaciones.

—Hola.

—Hola, Gabriel. Soy yo, Horacio. Le pido mil disculpas, pero se me complicó algo en el trabajo. ¿Podría recuperar la sesión mañana? No quiero dejar de ir.

Sentí alivio al escucharlo y sonreí sabiendo que Horacio quería cambiar y se estaba dando una oportunidad.

—Claro. Por supuesto que puede —le dije y acordamos un horario para el día siguiente.