Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros.

Débiles aún, su peso nos impide la marcha,

Pero luego se vuelve cada vez más liviano,

Hasta que un día deja de sentirse y advertimos que ha muerto.

Entonces lo abandonamos para siempre en un recodo del camino y trepamos a los hombros de nuestro hijo.

HORACIO CASTILLO