El deseo de reconocimiento

Hegel dijo que solamente podía ser considerado un ser humano aquel que estuviera dispuesto a arriesgar su vida animal por algo más que la propia subsistencia. Es decir, que un sujeto es alguien capaz de morir por algo tan abstracto como un ideal.

En su libro acerca de la dialéctica del amo y el esclavo, plantea, además, que para ser un sujeto humano, este debe ser reconocido como tal por otro sujeto humano. De allí la compleja interrelación que hace que ni el amo ni el esclavo lo sean completamente. El esclavo, según el postulado hegeliano, no lo es porque renuncia a un ideal, la libertad, y acepta la esclavitud sólo por conservar su vida biológica. Y el amo, porque es reconocido como tal, no por otro sujeto, sino por un esclavo.

Sea como fuere, el reconocimiento aparece como el pilar fundamental para alcanzar la legitimación de la condición humana. También el Psicoanálisis le da trascendencia a esto.

Todo sujeto requiere del reconocimiento ajeno. El cachorro humano nace en un estado de indefensión tal que, si no recibiera el auxilio de otro, no podría vivir. Y para que esta ayuda venga, él debe pedirla, aunque al principio ese pedido se limite al llanto. Pero es necesario, además, que ese llanto se encuentre en su camino con el otro, un otro tan importante que los analistas lo escribimos con mayúscula: el Otro. Y es este Otro, por lo general la madre, quien acudirá al llamado de su hijo.

A partir de ese momento, cada llanto tendrá para el bebé un sentido y encarnará diferentes demandas dirigidas a ella. El bebé ha comprendido que si no es reconocido por ese Otro y si este no acude a su llamado, podría morir. De ahí que el deseo de ser reconocido y amado por él se instale como el primer motor de sus comportamientos.

Pero esto no concluye en la niñez. Muy por el contrario, durante toda la vida, el ser humano buscará ser reconocido por los demás, ya sea en el trabajo, la familia o la pareja. Y cuando este reconocimiento no llega, aparece la angustia.

Pongamos un ejemplo.

Pocas cosas se parecen tanto a la muerte como el desamor. Por eso no es casual que en psicoanálisis utilicemos el mismo nombre para el trabajo que debe hacer una persona cuando alguien lo deja de amar o cuando muere un ser querido: duelo.

¿Y qué otra cosa es el desamor sino la pérdida del reconocimiento de un otro amado y deseado?

Observemos la reacción de aquel que sufre por esto y veremos su desesperación, su imposibilidad de comprender lo que le está ocurriendo e incluso su sensación de incredulidad. Y en medio de todo esto, por supuesto, la angustia.

La historia es conocida. Goethe se había enamorado perdidamente de una joven que lo abandonó y, con el dolor propio del amante rechazado, su vida se vio invadida por un profundo sufrimiento.

Asediado por las imágenes de su amada, comenzó a escribir una novela: Las desventuras del joven Werther, en la cual el protagonista es abandonado por la mujer que ama y es tanto su dolor que se suicida. Tal fue el furor causado por esta obra que muchos enamorados rechazados, identificándose con el personaje, optaron por suicidarse. Ante esto que se conoció en su época como «El mal de Werther», el propio autor salió al cruce aludiendo que una cosa era que, ante un desengaño amoroso, alguien escribiera la novela de un joven que se mata por amor —eso es hacer arte del dolor, sublimar— y otra muy distinta es suicidarse porque han dejado de amarnos. Eso es sólo un acto enfermo y trágico.

Obviamente, pocas personas tienen el genio de Goethe, pero lo cierto es que, de todos modos, algo puede hacerse para no quedar atrapado por la angustia que genera la falta de reconocimiento.

Pues bien, las relaciones filiales no escapan a esto. Por eso es necesario entender que el lazo biológico no basta para establecer el vínculo entre padres e hijos. Por el contrario, el armado de este enlace se realiza muy de a poco, requiere de tiempo y, sobre todo, de lugares que se van ocupando a lo largo de la vida.

¿Qué es un padre?

Esta, que parece una pregunta superflua, no lo es en lo más mínimo; pues mientras que la maternidad es, generalmente, percibida desde los sentidos, el padre, en cambio, requiere de una construcción abstracta.

El chico sabe que esa mujer es su madre porque lo tuvo en su panza, porque le da la teta. Pero ese hombre que está allí, participando de su familia, ¿por qué es su padre? No olvidemos que hasta que el niño entienda el papel que en la concepción juega el esperma pasarán muchos años y, sin embargo, ya tiene un papá.

Digamos, antes que nada, que es el padre porque lo dice su mamá. Es ella quien lo habilita cada vez que lo nombra y lo ubica en el lugar de la ley: «Vas a ver cuando venga tu papá».

Pero, sobre todo, porque es el hombre que está en su deseo.

Por supuesto que también se da el vínculo con una madre adoptiva, aunque no lo haya llevado en su vientre ni le dé la teta, pero ese es otro tema.

Pensemos esto desde el caso de Esteban.

Claramente, él siente el peso de la duda. En algún lugar teme no ser reconocido como padre por Rodrigo. Sin embargo se maneja con gran sabiduría. Cuando le pide a su mujer que no lo obligue a llamarlo papá y espera a que surja de él, está marcando que sólo puede darse esta relación si, y sólo sí, el hijo lo reconoce en ese lugar. Por eso espera, paciente, hasta que en esa escena, a la salida de la escuela, Rodrigo lo nombra por primera vez «papá».

Pero esto no basta para aquietar su miedo. Sin embargo, sigue adelante y va construyendo un lazo de reconocimiento mutuo hasta que, en la adolescencia de su hijo, llega el momento en el cual él, en apariencia, le niega este lugar: «¿Con qué derecho te metés en mi vida si ni siquiera sos mi padre?».

Esteban se angustia y se desestabiliza ante esto, pero no comprende que en esa misma negación, lo único que Rodrigo está haciendo es afirmando el vínculo. No hay mayor reconocimiento de su lugar que esta agresión. Se lo señalé, lo trabajamos y pudo comprenderlo y relajarse.

Pero le esperaría un golpe más. La aparición de Daniel, el padre biológico de Rodrigo. Y esta vez sí, todo su andamiaje se derrumba. Está confundido, le cuesta pensar y siente que ante la llegada del hombre no le queda más que hacerse a un lado, con rabia y dolor.

Lo convoco a que no lo haga, a que hable con su mujer y tome el toro por las astas, ya que el que está en juego es su hijo. Y es en ese momento en el cual comienza a dirimirse seriamente el reconocimiento de su lugar.

Primero de parte de Julia, su esposa, quien decide que sea él quien hable con Rodrigo. Dijimos que un padre accede al hijo por mediación de la madre, y eso es lo que ella hace. Lo habilita y le dice que se encargue del tema; le da la autoridad y el derecho que como padre debe tener.

Apoyado en esto, Esteban habla con Rodrigo y recibe de él, el mayor de los reconocimientos: «Mirá, yo no sé si sos el mejor papá del mundo ¿sabés? Pero sos mi viejo. Y no tengo que conocer a nadie. Porque yo, ya tengo el padre que quiero tener».

George Berkeley (Irlanda, 1685-Reino Unido, 1753) postuló que ser es ser percibido. Pues bien, desde el Psicoanálisis, podríamos decir que ser es ser reconocido y, en este sentido, Esteban sabe hoy algo que ocurre desde hace mucho tiempo pero que sus miedos no le permitían comprender: es el padre de Rodrigo y no hay nada ni nadie que pueda cambiar lo que él y su hijo construyeron a lo largo del tiempo.