Recuerdo aquella mañana de un modo preciso. Comencé a atender desde muy temprano, de modo que a las 11.30 ya había recibido a cinco pacientes, y el día no iba a cambiar. Un viaje editorial me ausentó toda la semana de Buenos Aires y debía recuperar algunas sesiones perdidas. A pocos minutos de terminar una de ellas, el teléfono empezó a sonar de manera insistente.

No suelo atender cuando estoy trabajando, pero la persistencia era tanta que me disculpé con mi paciente y le pedí autorización para subir el volumen del contestador y averiguar quién llamaba de ese modo.

La voz que escuché me puso en alerta de inmediato.

—Licenciado Rolón, por favor, si está ahí atiéndame. Necesito hablar con usted.

Mi primera intención fue volver a bajar el volumen y continuar con la sesión, pero algo en esa voz me convocó a seguir escuchando un poco más. De todos modos, no podía imaginar lo que diría a continuación.

—En este momento tengo un revólver en la mano y estoy decidiendo si me mato o si me doy una oportunidad.

Mi paciente se dio vuelta en el diván para mirarme.

—¿Es una broma? —me preguntó.

Dudé un instante y le respondí que no.

Hay ocasiones en las que tengo la sensación de que el tiempo transcurre a una velocidad diferente. Como si de golpe el mundo ralentara y sólo mi pensamiento siguiera funcionando del modo habitual. Es una experiencia extraña, para nada mística; simplemente que en un instante pasan por mi cabeza diferentes pensamientos, los considero, los evalúo y determino qué hacer. No lo he conversado con otros analistas, pero supongo que a todos aquellos que debemos decidir en pocos segundos sobre cosas importantes debe pasarnos algo parecido.

En esta ocasión, la duda central se planteó entre si debía considerar a la persona que me llamaba como un psicópata, un manejador, alguien que utilizaba una amenaza tan grave sólo para ser atendido con premura, en los tiempos que él quería y manejaba o si, por el contrario, tenía que dar crédito a ese pedido desesperado.

—Hola —del otro lado de la línea escuché una respiración agitada—, ¿quién habla?

Silencio.

Somos sujetos del deseo y la palabra, y sé que cuando alguien realmente decide morir corta su relación con el lenguaje. Por eso era fundamental hacerlo hablar.

—Dígame, ¿cuál es su nombre?

—Alejandro —me respondió, y después de una breve pausa agregó—, por favor, ayúdeme.

En ese momento supe que no se trataba de un psicópata, de ese modo inexplicable en el que los analistas sentimos aquello que las palabras no alcanzan a decir. Considero que eso se da cuando el inconsciente del paciente se anuda al del analista. Esa conexión genera un vínculo diferente a cualquier otro y establece las posibilidades de la cura. El nombre que damos a ese vínculo tan particular es transferencia, y sabía que si decidía hacer cualquier intervención bajo el efecto de esa transferencia debería hacerme cargo del caso, y en esos segundos que parecen eternizarse tomé la decisión.

—Alejandro, soy el licenciado Rolón. Mucho gusto. Hoy es un día muy complicado para mí —del otro lado de la línea me llegó un suspiro—, pero me gustaría que viniera ya mismo al consultorio y esperara aquí. Estoy seguro de que en algún momento vamos a encontrar un espacio para hablar, ¿le parece? —y sin darle tiempo a pensar le pasé la dirección—. Pero eso sí —agregué—, por favor, no traiga el revólver. Detesto las armas.

Mi paciente, nada acostumbrado a estos avatares de la clínica, se sentó en el diván y me miró asombrado.

—¿Le dijiste que no trajera el revólver? —asentí—. ¿Y eso qué fue?

—Una broma.

Se quedó en silencio unos segundos.

—Ah, ¡qué gracioso! —ironizó—. ¿Y él qué hizo?

Pausa.

—Creo que sonrió.

En realidad me había parecido percibir una sonrisa, y esa mínima sospecha alimentaba mi expectativa. Porque si había comprendido y participado de una broma, eso implicaba que todavía no había roto su relación con la palabra. Si eso era así, aún podría hacer algo para ayudarlo o al menos iba a intentarlo.

Alejandro llegó al consultorio una hora después de haber cortado conmigo. Era un hombre joven, de aproximadamente cincuenta años, sin embargo su aspecto era el de alguien mayor, ya cansado de vivir. Su barba estaba descuidada, su apariencia algo desalineada y un gesto de extrema tensión le contraía el rostro.

Lo hice pasar, lo traté con mucha amabilidad, incluso le ofrecí un café mientras esperaba, cosa que no suelo hacer, y volví a mi sesión. Casi dos horas y media después la ausencia de una paciente me permitió darle el espacio para que pudiera hablar.

El lugar en el que atiendo es amplio y para llegar a él hay que pasar por una especie de túnel oscuro de concreto, hermoso capricho del arquitecto, que genera la sensación de estar entrando en otro espacio, en otro tiempo.

A la izquierda está el sitio que reservo para la atención de los pacientes, ya se trate del sillón para trabajar cara a cara o el diván. En el medio, el escritorio en el que escribo, estudio y tengo las entrevistas preliminares. A la derecha, un piano le da un poco de dulzura al ambiente, a la vez que me brinda la posibilidad de distenderme en mis momentos libres.

Alejandro entró nervioso, caminó hacia la izquierda y se paró frente a la ventana que da a la calle dándome la espalda. Luego giró hacia mí, que lo esperaba de pie al lado del escritorio. Sacó de uno de los bolsillos de su campera un paquete de cigarrillos y extrajo uno. Después revolvió los demás en busca del encendedor, el cual se le cayó de las manos. Estaba muy nervioso y yo, desde mi lugar, intentaba registrar cada uno de sus movimientos.

Lo gestual, sobre todo en las primeras entrevistas, juega un papel fundamental y, sin embargo, es algo que muchos analistas desestiman. Obviamente que lo principal en el análisis es la palabra, pero ese lenguaje no verbal, sobre todo cuando recién conocemos a un paciente, brinda una información de muchísima importancia.

En este caso, por ejemplo, me daba cuenta de la profunda tensión que sentía Alejandro, del sufrimiento, incluso corporal, que estaba experimentando, lo cual hablaba de un altísimo nivel de angustia. Un grado tan alto que ya no podía ser contenida solamente con el padecimiento físico. Intuí también que no iba a ser fácil hacerlo hablar ya que, cuando el cuerpo se hace cargo del dolor, volver a la palabra suele demandar un tiempo de trabajo prolongado. Pero para eso estaba y he aprendido hace mucho que el mayor enemigo de un analista es la impaciencia.

Le agradecí que hubiera esperado, me senté detrás del escritorio y le señalé la silla frente a mí. Él se acercó sin dejar de mirar la mesa baja y la biblioteca, como si estuviera buscando algo.

—Disculpe, ¿no tendría un cenicero? —preguntó al tiempo de sentarse.

—No.

Hizo un gesto de contrariedad.

—Entonces, acá no se puede fumar —asentí—. Entiendo. No se preocupe, sé cumplir reglas, fui soldado. Estuve en Malvinas.

Me quedé mirándolo mientras procesaba lo que me había dicho. La Guerra de Malvinas es un tema ante el cual tengo una especial sensibilidad.

Recuerdo con toda precisión aquel 2 de abril de 1982. Trabajaba como docente en un colegio secundario y al llegar esa mañana, el ambiente estaba convulsionado. La directora buscaba algún casete en el que estuviera la marcha de las Malvinas. Uno de los profesores escribía rápidamente un esbozo de discurso y me dijo que formaríamos a todos los alumnos en el patio. Yo, que había salido de mi casa sin tener noción de lo ocurrido esa madrugada, me sorprendí cuando uno de mis compañeros me dijo:

—¿Viste? Recuperamos las islas.

—¿De qué islas me estás hablando?

—De las Malvinas.

Ante mi gesto de confusión me explicó lo acontecido. Todos estaban exultantes y no pude evitar emocionarme por la noticia. Desde ese día hasta el final de la guerra, cada mañana se cantó aquella marcha que aún recuerdo de manera precisa.

Con el paso de las semanas, la emoción fue transformándose en angustia. Los pueblos latinoamericanos, los de la Patria Grande, casi en su totalidad apoyaron a Argentina, pero percibí muy pronto que de nada valdrían ni este apoyo ni el hecho de tener la razón: no podía ganarse esa guerra.

Cuando llegó la rendición, la euforia trocó en una bronca indignada que marcó el comienzo del final de una época trágica. Al grito de «Se va a acabar la dictadura militar», la gente ganó la calle y obligó a llamar a elecciones. Pero lejos del bullicio, en un silencio vergonzoso, los chicos de Malvinas retornaron ignorados por casi todos.

Vino a mi mente el recuerdo de un ex combatiente que llorando se preguntaba qué había hecho mal para que lo volvieran escondido al país. «Fui, peleé por mi patria, pasé frío, maltrato y hambre. ¿De qué tenía que sentirme culpable?».

Pero el mundo actual, desgraciadamente, parece valorar solamente a los que ganan sin darse cuenta de que hay éxitos que avergüenzan y derrotas que enaltecen.

La voz de Alejandro me sacó de mis cavilaciones.

—Bueno, supongo que tengo que hablar, ¿no?

—Al menos eso dijo cuando me llamó, ¿lo recuerda? Que quería hablar.

—En realidad —dijo luego de una breve pausa—, lo que quería era morirme.

Me sonreí.

—Ah, bueno, me alegro, entonces.

Alejandro me miró sin comprender, esperando una explicación.

—Claro —continué—, cuando me llamó hace un par de horas y me dijo que tenía un revólver en la mano, pensé que se quería matar. Pero ahora veo que no. Que solamente se quería morir. Y no es lo mismo, ¿no? —pausa—. ¿Quiere contarme por qué?

Él se tomó un tiempo y se movió inquieto en la silla. Cuando habló su voz sonaba muy angustiada.

—Porque no doy más. No puedo seguir.

—¿Con qué no puede seguir, Alejandro?

—Con esta vida. Hace tiempo que estoy mal, pero ahora todo empeoró. Tengo terrores nocturnos; ni siquiera puedo dormir, y tal vez es mejor que sea así.

—¿Por qué dice eso?

—Porque cuando duermo tengo unos sueños espantosos.

Hace un gesto de negación y se muerde los labios. Sus manos se retuercen sobre sus piernas en una clara muestra de ansiedad.

—¿Qué tipo de sueños?

Alejandro hizo una pausa, como si tuviera miedo de poner en palabras aquellas imágenes que lo abrumaban cada noche.

—Veo las caras de mis compañeros, oigo sus voces; sus voces que me atormentan.

—¿Y qué le dicen esas voces?

Se resiste. Noto la lucha que se libra en su interior.

—Me dicen: «No hiciste nada. Nos dejaste acá».

Después de una pausa levanta la cabeza y me mira a los ojos, como si estuviera dándome explicaciones.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Si cuando entré a ese infierno era un pibe que ni siquiera sabía limpiarse el culo —aprieta sus ojos con rabia—. ¿Sabe cómo fue? Fácil. Me dieron un fusil y arreglate, hermano; andá y hacé lo que puedas —se quiebra—. Fue tan difícil estar ahí.

Lo miro y siento el peso de esa angustia que se adueña del consultorio. Conozco la sensación. Hace años que convivo con ella y, sin embargo, no puedo acostumbrarme. Por suerte.

Alejandro llora un dolor presente y antiguo a la vez. Le ofrezco un vaso de agua que él acepta y bebe de modo pausado. En un momento, al mirarlo, tuve una sensación rara. Podía sentir que su angustia era real y, sin embargo, algo no terminaba de cerrar en su relato. Algo que no sabía qué era, pero tomé nota de eso aunque, en ese momento, aún no tenía importancia. Lo único importante era que Alejandro había hablado y llorado su dolor y eso me hizo sospechar que su arrebato suicida había pasado.

Luego de unos minutos decidí dar por terminada la entrevista. Arreglé con él para verlo tres días después y seguir conversando. Algo me decía que Alejandro era un enigma. Un enigma que quería descifrar.

Al iniciar nuestro segundo encuentro, volvió a centrarse en la guerra.

—Le juro que no se lo deseo ni al peor de mis enemigos.

—¿Qué cosa?

—Aquel infierno.

Alejandro sigue conmovido por su relato, pero de todos modos decido cambiar de tema.

Es sabido que la regla fundamental del Psicoanálisis es lo que llamamos asociación libre, ese acuerdo que hacemos con el paciente para que diga lo primero que le venga a la mente, sin seleccionar, simplemente dejando fluir sus palabras. Sin embargo, a pesar de que ese relato guía la sesión, es el analista quien dirige la cura. Y amparado en esa potestad que me da mi técnica le propongo un nuevo tema.

—Cuénteme, ¿con quién vive?

Me mira sorprendido por el repentino viraje.

—Con Marcela, mi mujer, y mi hijo, Facundo.

—¿Y cómo se lleva con ellos?

—Bien. Mi mujer es maravillosa. La conocí en el 83, y siempre fue un apoyo para mí. Me bancó en todo; y mire que no fue fácil. Pero ella aprendió a respetar mis tiempos, mi silencio.

—¿Y su hijo?

Alejandro suspira.

—Facundo siempre fue un buen chico, a pesar de su carácter fuerte.

Lo dice remarcando la frase, y ese énfasis denuncia que detrás de ella puede haber algo más.

—¿Le molesta eso?

—¿Qué cosa?

—El carácter fuerte de su hijo.

Sonríe.

—No, qué va. ¿Sabe?, la vida es un lugar difícil, y sólo los fuertes sobreviven.

Lo dice seguro, de manera contundente, sin embargo noto un gesto de contrariedad.

—¿Pero?

Pausa.

—Nada; sólo que desde hace un tiempo nuestra relación se complicó un poco.

—¿Y tiene idea por qué?

Levanta sus hombros.

—Creció, supongo. Y quiere saber, me vuelve loco con sus preguntas.

Lo miro.

—¿Está seguro de que se trata de eso?

—No entiendo.

—Lo que quiero decir es si de verdad a usted le molestan esas preguntas o será que le teme a las respuestas.

Alejandro se pone serio y baja la mirada. Sé que por ese camino deberé seguir.

Al finalizar esa sesión acordamos empezar el análisis. Transcurrido un mes de aquel comienzo, el conflicto con su hijo volvió a hacerse presente.

—Facundo quiere saber. Todo el tiempo me pide que le cuente cosas de la guerra, cosas que yo no quiero recordar. Pero él insiste e insiste con que le hable de la nieve, de los ingleses. Y yo, la verdad es que no sé qué decirle.

—Bueno, es de esperar que él quiera saber lo que usted vivió, ¿no le parece?

—No. ¿Para qué? Después de todo, lo que yo pasé no tiene nada que ver con él.

Alejandro nunca había hecho análisis hasta este momento y, por lo que veo, tampoco ha leído sobre el tema y desconoce la importancia que los orígenes tienen en la psiquis de toda persona, por eso decido explicárselo.

—Se equivoca. Todo lo que a usted le haya pasado también forma parte de la historia de su hijo. Alejandro, sepa que todos existimos mucho antes de nacer. Existimos en la fantasía de nuestros padres, en sus deseos y por eso mismo todo lo que tenga que ver con la historia de ellos resulta fundamental en la vida de los hijos. Forma parte también de su verdad.

Se muestra inquieto y se pone de pie. Yo permanezco sentado.

—¿Pasa algo? —le pregunto.

—No aguanto más. Necesito un cigarrillo. ¿Puedo salir?

—Sí, claro. Vaya, si quiere.

Alejandro se levantó y caminó hacia la puerta. Yo lo seguí y la abrí. Ni bien pisó la vereda sacó un cigarrillo y lo encendió dándole una profunda pitada. Lo miré y tomé una decisión.

—Lo espero la próxima, entonces —dije con una sonrisa y cerré la puerta.

Sabía que del otro lado Alejandro estaría sorprendido y, probablemente, enojado.

Muchos tienen la idea de que la única intervención de un psicoanalista es el silencio, pero no es así. Por el contrario, podemos preguntar, interpretar, por qué no alentar o desanimar alguna de las decisiones de nuestros pacientes según lo creamos conveniente o no.

En esta ocasión yo había decidido realizar un acto analítico. Di por cerrada la sesión cuando Alejandro pidió mi aval para salir a fumar y le cerré la puerta en la cara. Supuse que ese acto tendría consecuencias y no me equivoqué.

Al comenzar nuestro próximo encuentro estaba distante.

—Hoy casi no vengo.

—¿Por qué?

—Porque el otro día me fui mal, enojado.

—¿Y cuál fue el motivo?

Me mira furioso.

—¿Me está cargando? Usted me echó.

En situaciones como esas, lo más importante es no dejarse impregnar por la emoción del paciente y permanecer calmo. Por eso pongo especial énfasis en que mi tono suene tranquilo y amable.

—Eso no es cierto, Alejandro. Usted dijo que quería salir.

—Sí, pero para fumar y volver.

Está visiblemente molesto y mi gesto inmutable pareciera incomodarlo aún más.

—Mire —me increpa—, ya sé que aquí juego con sus reglas, pero ¿sabe qué?, estoy harto.

—¿Harto de qué?

—Ya se lo dije —contesta molesto—, toda mi vida tuve que cumplir las reglas que me imponían los demás.

Escucho la rabia y el dolor con el que lo dice. Pero además otra cosa.

—¿Toda su vida? Alejandro, la guerra duró apenas unos meses. Dígame, ¿de qué está hablando en realidad?

Se pone aún más tenso. Se mueve en el sillón sin decir nada y yo sé que, cuando la palabra calla, es porque algo en el paciente se resiste a develar algún secreto. Pero es el desafío de todo analista acompañarlo hacia ese misterio.

—Nunca me ha contado nada acerca de su infancia. Dígame, ¿cómo eran sus padres?

Me mira entre sorprendido e incómodo.

—¿Qué sé yo? Normales, supongo; como todos los padres —pausa—. Aunque, para ser sincero, casi ni los recuerdo. Murieron en un accidente cuando yo era muy chico.

Asiento.

—¿Algo más que pueda decirme?

—¿Qué más?

—Lo que sea. ¿Qué hacían, de qué trabajaban?

Me mira y comienza una respuesta obligada.

—Bueno, mi vieja era ama de casa y mi viejo… —se interrumpe enojado—: Dígame, ¿adónde quiere llegar con todo esto? ¿Qué es lo que quiere saber?

Nos miramos unos segundos en silencio.

—Por lo que veo, no son sólo las preguntas de su hijo las que le incomodan.

La reacción de Alejandro es intempestiva. Se levanta y agarra sus cosas como para irse. No me muevo de mi sillón y le hablo, tranquilo pero firme.

—Mire, yo no sé qué reglas le impusieron en el pasado que le hicieron tanto mal. Pero sé cuáles funcionan en este espacio. Y aquí, el que decide cuándo termina la sesión soy yo.

Alejandro, que había empezado a caminar hacia la puerta, se frenó, su mirada tomó un tinte diferente y su actitud semejó la de un chico al que están retando.

—Por lo visto —continúo— es evidente que hay cosas de las que no quiere, o no puede hablar. Pero me gustaría que lo intentara —vuelve a sentarse y siento que la intervención lo ha instalado en un lugar en el cual podremos continuar trabajando—. ¿Se acuerda? Usted me dijo que desde hace un tiempo empezaron las pesadillas y los temores nocturnos. ¿Desde cuándo?

Duda.

—No lo sé. Un año, quizás un poco más.

—¿Y qué pasó en ese momento que pudiera haberlos provocado?

Mira hacia abajo, luego hacia los costados, y me doy cuenta de que está esquivando mi mirada. Es una de las dificultades de elegir no utilizar el diván: lo gestual en general, y las miradas en particular, juegan un papel fundamental.

—No lo sé.

—¿Está seguro? —me observa como si fuera un chico descubierto. Está asustado y puedo percibir que se siente incluso amenazado por mí. De todos modos, no pienso detenerme justo en ese momento—. Alejandro, usted aquí puede hablar de lo que quiera. Puede callar o, incluso, hasta puede mentir. Pero, dígame, ¿hasta cuándo piensa escaparse de eso que tanto lo atormenta?

Se hace un pesado silencio que dura unos minutos, al cabo de los cuales me pongo de pie dando por terminada la sesión.

—Ahora sí, vaya. Nos vemos la próxima.

Un analista no debe contentarse con comprender lo que el paciente quiere decir. Muy por el contrario, su oído debe tomar nota de la manera en la que cuenta aquello de lo que habla. Cómo construye su relato. Y en el discurso de Alejandro, dos palabras se imponían: noche y sombras.

Por eso tomé la decisión de realizar un nuevo acto analítico. Le cambié el horario de una de sus sesiones y le pedí que viniera por la noche. El clima del consultorio es diferente, la luz es tenue y el ámbito, algo más sombrío. Ni bien entró, notó la diferencia.

—Está raro.

—¿Raro?

—Sí, no sé… está oscuro.

Asiento.

—¿Le molesta?

—No, no —responde sin convicción.

Sostengo unos segundos su silencio antes de hablar.

—¿Sabe, Alejandro?, estuve pensando en lo que hablamos. Dígame, ¿cuándo dijo que empezaron sus terrores nocturnos?

Duda.

—Ya le dije, desde hace un tiempo. No puedo precisar cuándo.

Sus palabras me hacen eco.

—«Desde hace un tiempo» —lo cité—. Es la misma frase que utilizó para referirse al malestar que siente con su hijo. ¿Cree que puedan estar relacionadas una cosa con la otra?

Se hace un silencio.

—Puede ser; no sé.

Nuevamente se está resistiendo, pero otra de las tareas de un analista es ayudar a que su paciente venza esas resistencias.

—Usted dijo que su hijo le preguntaba cosas que no quería responder. ¿Qué cosas?

Algo molesto.

—Cosas sobre la guerra. Primero me pidió que lo llevara a las reuniones de ex combatientes, que fuéramos a las marchas. Después insistió en que le contara todos los detalles de lo que pasé, y no me pareció necesario. Era muy chico.

Lo siento titubear. No está diciendo la verdad y debo impulsarlo a que la diga.

—A ver, yo no soy un chico. Así que, cuénteme. ¿Cómo es combatir bajo la nieve, Alejandro? ¿Cómo es estar adentro de una trinchera? ¿Qué se siente al matar? ¿Cómo es ver morir a un amigo?

Hago una pausa. Alejandro baja la mirada.

—¿Se acuerda que me dijo que cuando Facundo le preguntaba, usted no sabía qué decirle? Bueno, por lo visto, a mí tampoco. ¿Por qué? ¿Por qué no tiene nada que decir acerca de un hecho tan importante de su vida?

De pronto, para mi sorpresa, escucho un quejido, casi un alarido que invade el consultorio y Alejandro estalla en un llanto desconsolado y durante tres o cuatro minutos llora con desesperación, hasta que puede hablar.

—¿Sabe por qué no puedo decir nada de eso? —pausa—. Porque yo nunca estuve en Malvinas.

Silencio.

—¿Y por qué mintió durante todos estos años?

Está conmovido, vulnerable, pero es menester seguir adelante.

—Porque yo no existo. Todo en mi vida es una mentira.

—Eso no es cierto. Mírese. Esta angustia es verdadera, ¿no le parece? —asiente—. Alejandro, a lo mejor mintió para tapar algunas verdades que le resultan demasiado dolorosas. Usted dijo que cuando entró a ese infierno era un chico que ni siquiera sabía limpiarse el culo, ¿lo recuerda?

—Sí.

—Dígame, ¿qué edad tenía? Y por sobre todo, ¿de qué infierno hablaba, Alejandro?

Se toma unos segundos antes de responder.

—Gabriel, usted me preguntó hace unas sesiones por mis padres, qué hacían, de qué trabajaban —me mira fijo—. ¿Quiere la verdad?

Le devuelvo la mirada sin hacer gesto alguno.

—No lo sé. No tengo ni la más puta idea —pausa—. ¿Y sabe por qué?

—No, ¿por qué?

—Porque no conocí a mis padres. Simplemente me tiraron en un hogar cuando yo tenía un año y nunca más vinieron a verme. Nunca más.

Vuelve a llorar y me doy cuenta de que está descargando una angustia contenida durante años.

—Es cierto —continúa—, yo nunca estuve en Malvinas, pero le juro que sé lo que es el frío, el hambre, la soledad y el maltrato.

En momentos como estos, para poder seguir, los pacientes necesitan sentir que el analista es capaz de alojar su dolor. Y esa es, entonces, la intervención que decido jugar.

—Lo imagino, Alejandro. Pero, dígame, esas caras que lo atormentan en sus sueños, ¿de quiénes son?

Suspira.

—Son las de mis compañeros del orfanato.

—Pero ¿por qué lo persiguen? Usted dijo que le reprochaban que los hubiera abandonado allí. ¿Quiere hablar de eso?

—¿Sabe?, aquello nunca fue un lecho de rosas. Por el contrario, siempre fue un lugar difícil. Pero en un momento empeoró aún más.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Pasó que nos mandaron un director tremendo, perverso, que incluso…

Se interrumpe.

—¿Que incluso qué?

—Que incluso abusó de algunos de los chicos.

Pausa.

—¿Y usted fue uno de esos chicos?

Alejandro duda, avergonzado, pero finalmente asiente.

—Sí, yo también. Hasta que una noche dije basta.

—¿Quiere contarme qué pasó esa noche?

—Me acuerdo de que llovía y había un corte de luz en el pueblo, y yo sentí que ese era el momento justo para irme. Ya les había dicho a los chicos que iba a escaparme y algunos me pidieron que los llevara conmigo. Pero no podía hacerme cargo de ellos. Eran muy chicos, ¿me entiende?

—Claro. Muy chicos. Como su hijo, ¿no?

Silencio.

—Es verdad —prosigo—, ellos eran muy chicos. Y lo que dice es cierto; no podía hacerse cargo de ellos porque usted también lo era. Pero ya no lo es y ahora sí hay un chico que, con justo derecho, le está reclamando una historia que también le pertenece, ¿no cree?

Hace un gesto de asentimiento. Está descorazonado.

—Ya lo sé, pero ¿qué quiere que haga? No puedo contarle la verdad.

—¿Por qué no?

—¿Y con qué cara lo voy a mirar después? —se cubre el rostro y llora—. Me quiero morir.

Alejandro dice que se quiere morir. Como cuando me llamó por teléfono por primera vez, e intuyo que por la misma razón que entonces. Pero ahora es diferente porque ya no está solo. Tiene su espacio, su análisis, y desde este lugar algo podemos hacer para modificar la situación, para que esta no sea una mera repetición de ese sentimiento de orfandad sin salida que lo recorre desde siempre.

En ocasiones como estas, en las que el paciente devela una verdad tan dura y está tan frágil, hay que cuidar especialmente las palabras que se usan. Por eso me tomo unos segundos antes de intervenir.

—¿Se quiere morir? Bueno, ¿sabe qué?, me parece bien. Creo que es hora de que se muera —me mira desconcertado—. De hecho, usted me dijo que no quería seguir más con esta vida, ¿lo recuerda?

—Sí.

—Y bueno, no siga. Pero puede intentar cambiar esta vida que ya no soporta por otra.

—¿Otra?

—Sí. Una vida en la que no tenga que esconder su pasado —pausa—. Alejandro, usted fue una víctima y no tiene de qué avergonzarse.

Se pasa la mano por la cara, secando algunas lágrimas, y habla de modo entrecortado.

—Es que yo quería que Facundo estuviera orgulloso de mí, que pensara que yo era alguien.

Lo interrumpo.

—Usted es alguien. Y esa historia tremenda es parte de su vida. Y va a tener que asumirlo y vivir con eso, porque esa es su verdad.

Su cara se transfigura y vuelve a tener la expresión de ese niño triste que no sabe cómo pedir ayuda.

—¿Y qué tengo que hacer?

Le sonrío.

—Tal vez, renunciar a ser un ex combatiente, un sobreviviente. A lo mejor llegó el momento de dejar de sobrevivir y hacer el intento de vivir, ¿no le parece?

Me mira desconcertado.

—Y eso, ¿cómo se hace?

—No lo sé. Pero Facundo y Marcela lo aman, y quieren saber de usted. A lo mejor podría contarles acerca de esa guerra que libró, mucho antes del 82, en ese infierno que, según me dijo, no le desearía ni a su peor enemigo.

Alejandro está conmovido. Ha sido una sesión muy dura, pero es momento de darla por terminada. Sé que se irá movilizado, angustiado incluso, pero así debe de ser. Gran parte del análisis no transcurre en el consultorio, sino en la soledad de ese paciente que tiene que decidir qué hacer con sus temores y su verdad.

Durante muchas semanas trabajamos sobre esto. Alejandro tenía miedo de lo que pudiera pensar su familia cuando les develara su secreto. Fueron sesiones intensas y movilizantes, en las que habló por primera vez en su vida del orfanato, de aquellas noches encerrado, del ruido del candado al cerrar el salón en el que dormía junto a otros chicos en camastros de hierro con colchones insuficientes. Habló incluso de cómo fue abusado en más de una ocasión por aquel director perverso.

Son muchos los horrores que debo escuchar en el consultorio, y en más de veinte años de profesión he sabido de historias tremendas. Pero nada, jamás, me ha causado tanto dolor, tanta impotencia como el relato de un abuso. Esa situación en la que alguien ha quedado indefenso y asustado frente a un otro poderoso que decide qué hacer con su vida y, sobre todo, con su cuerpo.

Le costó mucho, hasta que al final tomó la decisión de hablar con su familia.

—Fue difícil, pero lo hice.

—Cuénteme.

—¿Sabe?, yo no sabía que tenía tanta tristeza adentro.

—¿Y cómo fue?

—Al principio me costó, pero una vez que empecé no podía parar. Mi mujer y mi hijo lloraban y me abrazaban. No sabe cómo me contuvieron. Hablé más de dos horas.

Asiento.

—¿Y cómo se sintió después?

Por primera vez en tantos meses me devuelve una sonrisa.

—Aliviado. Como si por primera vez pudiera mirarlos sin sentir vergüenza. Pero esto no va a ser fácil.

—¿Por qué lo dice?

—Porque me preguntaron un montón de cosas y me di cuenta de que ni yo mismo sé quién soy ni de dónde vengo.

—¿Y le gustaría saberlo?

Duda.

—No lo sé. Tengo miedo.

Es natural que lo tenga. Es un hombre que ha vivido torturado por una culpa injusta y que debe aprender a darse espacio para resolver las cosas.

—Bueno, no hay apuro. Después de todo, tiene todo el tiempo que necesite —sonríe nuevamente—. ¿Qué pasa?

—Que Facundo y Marcela me dijeron que les gustaría conocer el hogar en el que estuve.

—¿Y usted? ¿Tiene ganas de volver a ese sitio?

Menea la cabeza.

—Tampoco lo sé. Tengo todo tan confuso.

—Lo imagino. Pero al menos ya no está solo. Su familia está a su lado y, por lo que veo, están orgullosos de usted.

Unas lágrimas aparecen en sus ojos.

—Gabriel, no sé cómo agradecerle. Estoy dolido, hecho mierda, pero mejor. Y se lo debo a usted.

Me levanto y le sonrío.

—No, Alejandro. A mí, no. Se lo debe al análisis. Por eso, ¿qué le parece si seguimos, pero en otro sitio?

Me mira confundido, y yo le señalo el diván. Él lo observa extrañado.

—¿Qué, quiere que me acueste ahí?

Asiento.

—Me parece un buen momento para empezar.

No voy a darle opción ya que esa es una decisión técnica del analista. Permanezco en silencio sin hacer gesto alguno. Alejandro duda un instante, pero luego deja el paquete de cigarrillos sobre la mesa y se acuesta.

—Y bueno. Después de todo —me sonríe—, aquí las reglas las pone usted.