Aire berlinés
¡Ay mis amigos! Cuando el tren se puso en marcha, Franz Witte seguía haciendo payasadas. Agitaba brazos y piernas en el andén, como una figura al viento, imposible de sujetar porque continuamente adoptaba poses diversas. Unas veces pavoneándose sobre sus largas piernas, como una grulla, otras aleteando, como si quisiera independizarse, irse de allí. Y sin embargo se quedó, quedó atrás, cambiado otra vez por sí mismo, un Prontootro, como no hay otro, pero que ahora cobraba forma en imágenes que lo ponían en escena con colores cambiantes, y por último con una estilización exagerada: un Greco distinto.
Todavía recientemente estábamos en uno de los pequeños talleres en los que podían estar solos los alumnos especiales de Otto Pankok, recorriendo juntos caminos distintos: él, como bailarín, yéndose por los escalones multicolores del arco iris; mis huellas se sucedían y se cruzaban en blanco y negro.
A veces yo lo observaba cuando, con varios pinceles al mismo tiempo, contaba leyendas de santos, haciendo que la sangre de los mártires saltara como de una fuente.
En sus lienzos hablaba de forma clara y sin mezclar —rojo junto a azul, amarillo junto a verde—, pero normalmente su discurso se enredaba, revolviendo esa poesía que tiene una belleza aérea pero, escrita, pierde enseguida su perfume.
Podía formar torres de nubes con palabras y derribar esas torres mediante una paulatina disminución de sílabas. Él, frágil, se proclamaba ángel vibrante, ante cuya voluntad no podía existir nada firmemente establecido. Con placer y un cuchillo de cocina destrozaba sus cuadros.
Poco después de mi partida en la mañana de Año Nuevo —¿o sucedió luego, un año después?—, el ladrillo que hacía tiempo apuntaba a su colodrillo le alcanzó en la cabeza.
Se habló de una riña en el barrio viejo de Düsseldorf, cerca de la iglesia de San Lamberto. Luego se dijo que un bromista llamado Franz Witte había ejecutado su baile sobre los techos cubiertos de nieve de unos coches aparcados muy cerca unos de otros, sobre Opel, Borgward, Mercedes, sobre encorvados Volkswagen. Sin embargo, como el que saltaba era un bailarín que se elevaba con ligereza y descendía con suavidad, ninguna de las carrocerías había sufrido daños.
Eso se confirmó más tarde. El caso es que, mientras saltaba de techo en techo, y aun saltando hacía payasadas —sabía hacerlo—, su nuca había sido alcanzada por un ladrillo… ¿O fue un adoquín? Así puso fin a sus saltos hacia Ningunaparte la cólera concentrada de los propietarios de los coches.
Más tarde, cuando la herida estaba exteriormente curada, fue llevado a Grafenberg: internado a la fuerza por haber llamado la atención repetidas veces. En el año siguiente a mi partida lo visité en el psiquiátrico. Le llevé algo dulce. Su figura parecía estar todavía más agitada por el viento. Decía en voz baja cosas extrañas y señalaba con unos dedos alargados a los árboles de hoja caduca que había tras la ventana del pasillo.
Y por esa ventana, al parecer, Franz, el favorito mimado de los dioses, saltó un día. Con impulso, a lo largo del pasillo y por último sin hacer caso del cristal. Quería volar otra vez, convertirse en pájaro o en aire, en viento en los árboles.
Como él, mi amigo muerto, se llama uno de mis hijos, y como aquel tío que, en el Correo Polaco, se convirtió en héroe sin quererlo. Este y aquel Franz. Cuando partí al alba, Fränzchen, como nosotros lo llamábamos, se quedó en el andén.
Junto a Franz Witte, al que una terrible inquietud agitaba, estaba inmóvil Horst Geldmacher, cuyo nombre —«fabricante de dinero»— inducía a error: aunque podía hacer todo lo imaginable —sabía dibujar con ambas manos y arrancar con muchos dedos a sus flautas sonidos nunca oídos—, para hacer dinero no estaba dotado.
Y sin embargo asusté a mi madre con ese nombre que tanto prometía, cuando, a sus preguntas temerosas sobre de qué pensaba vivir su hijito como artista: por ejemplo, cómo adquirir un mes tras otro el abono del tranvía —«¿Y con qué te compras realmente el tabaco y quéséyoqué?»—, sólo se me ocurrió una descuidada alusión a Geldmacher y a mi habilidad para manejar colores y papel: podríamos, en un santiamén, hacer ese tipo de cosillas que parecieran «auténticas».
No es de extrañar que mi pobre madre dedujera del nombre del amigo lo peor: el funcionamiento en el sótano de un taller de monederos falsos, en el que veía actuar, no sólo a aquel Geldmacher, sino también a su hijo, el niño problemático, que sería su cómplice. Ella sospechaba que en esa punible fabricación de dinero —igual daba billetes que monedas— intervendrían mis dedos.
Más tarde o, dicho más claramente, años después de su muerte, mi hermana me contó que nuestra madre, siempre que, en Oberaußem, se oía el timbre de la puerta del piso de los padres, se asustaba, esperando al policía del pueblo o, peor aún, a los funcionarios del Departamento de Investigación Criminal.
Con todo, «Flautas» Geldmacher sólo era peligroso para sí mismo y su cabeza, con la que, para demostrar sin que se lo pidieran su dureza, golpeaba contra paredes revocadas o muros desnudos. Eso solía ocurrir con intervalos irregulares. Por lo demás, se mostraba como hombre suave y marcadamente cortés, que saludaba con ceremonia varias veces y no sólo se limpiaba cuidadosamente en la esterilla las suelas de los zapatos cuando entraba en viviendas ajenas, sino que, de forma igualmente minuciosa, se las limpiaba al abandonarlas.
Sus desaceleradas entradas y salidas seguían extrañas reglas: cuando venía, cuando se iba, siempre llamaba a la puerta. Sin embargo, trataba a sus flautas con la misma intolerancia que a su cabeza. Varias veces vi cómo las rompía, una tras otra, y tiraba los pedazos por el puente del Rin, para luego llorar por ellas.
No tocaba con partitura, pero su música hacía brincar tan sonoramente las canciones infantiles, navideñas y de criadas, con los ritmos de los cantos de recolectores negros de algodón, que se podía pensar que tenía delante una partitura recién impresa. Además, como hábil decorador y apasionado por el detalle, podía transformar la más vulgar taberna de la ciudad vieja en un saloon del Oeste listo para filmar, o en las distintas cabinas de un vapor de ruedas del Misisipi lujosamente decorado; Düsseldorf, además de una clientela forrada de dinero, ofrecía la posibilidad de una gastronomía virtual.
Él era John Brown y la madre de John Brown al mismo tiempo, Old Moses y Buffalo Bill. Como Jonás, se metía en el vientre de la ballena y lloraba con Shenandoah, la hija del cacique, de forma que un río se convertía en agua de manantial. Mucho antes de que el pop art se pusiera de moda, él fue su inventor a la chita callando. Con contornos negros limitaba colores lisamente saturados.
En el año en que apareció El tambor de hojalata, y como me había pronosticado una vez una mujer de la limpieza en los posos del café, comenzó a salpicarme una fama sospechosa y conseguí, por medio de Dieter Wellershoff, entonces lector de la editorial Kiepenheuer, meter en su programa de publicaciones Oh Susana, los dibujos de jazz y libros de notas de Horst Geldmacher. Esta obra de arte, hace tiempo agotada, de formato apaisado, que pone en escena con muchos colores blues, spirituals y gospelsongs, sólo puede encontrarse en librerías de viejo o a través de Internet.
«Flautas» aguantó más que Franz Witte. A principios de los sesenta, cuando comencé a perderme en el manuscrito de Años de perro, vino a Berlín y a nuestra casa de la Karlsbader Straße, abotargado ya por demasiada cerveza.
Allí, en aquella semirruina, que de todas formas parecía estar habitada por los horrores de la guerra hasta en la resquebrajada armadura del techo, asustó a Anna, los hijos y la pequeña Laura, nacida en el año de la construcción del Muro, una niña seria que sólo sonreía tentativamente.
Él mismo, asustado y empujado por el miedo, asustaba y amedrentaba a los demás.
Se creía perseguido, salía de las habitaciones andando hacia atrás, evitaba las aceras, intentaba borrar de la calle su rastro al andar, eliminaba las huellas dactilares, quería que yo lo escondiera, de unos sospechosos amenazantes, en la habitación de la galería de mi estudio y me rogó que le comprara una cámara fotográfica especial, y por eso no barata, con la que, según me dijo en susurros, se podía fotografiar el pavimento a través de la pernera del pantalón.
Se reía y lloraba al mismo tiempo. Golpeaba con la frente contra la pared, peor que nunca, andaba perdido sin sus flautas y desapareció un día, sin volver jamás.
Poco antes, tuvo aún una fase de claridad en la que, juntos, grabamos un disco de homenaje a Willy Brandt —entonces alcalde del Berlín occidental—: él con distintas flautas, desde el piccolo hasta la contralto, yo con media docena de poemas de mi tercer libro, Triángulo de vías, en el que se podía encontrar mi credo: «Ascetismo».
Desgraciadamente, se perdió la cinta en la que él, hacia finales de los cincuenta, puso música a un libreto de ballet que yo había escrito para Anna, La oca y los cinco cocineros, con empalagoso sentimentalismo y estridentes notas prensadas. Se estrenó en Aquisgrán, pero por desgracia sin Anna.
Todo aquello se desvaneció. Sólo quedan algunos discos, piezas de coleccionista con las que cicateo. Y dos amigos, que dejé atrás, permanecen encerrados en mi recuerdo: una prisión abarrotada, de la que no se deja salir a nadie.
¿Nos habíamos citado? ¿O fue otra vez la casualidad la que dirigió todo? Frente a mí se sentaba alguien al que sólo con precaución podía uno acercarse. En el escasamente ocupado tren interzonal de Berlín, él o yo hubiéramos podido encontrar asiento también en otro compartimento.
Ludwig Gabriel Schrieber, llamado Lud, tenía veinte años más que yo. Como pintor y escultor pertenecía a una generación de artistas que en el treinta y tres estaban demasiado inmaduros para ser prohibidos enseguida. Y cuando ya no pudo exponer sus cuadros en la galería Stuckert o con «Mutter Ey», comenzó la guerra y, durante toda la guerra, fue soldado.
Hacía poco que lo habían nombrado profesor en la Grunewaldstraße, en donde, en un edificio ileso, se formaban futuros pedagogos del arte. Yo lo conocía como cliente, gran bebedor, del Czikos. La mayoría de las veces estaba solo y, entre trago y trago, se humedecía la frente con orujo, como si tuviera que bautizarse una y otra vez.
En algún momento, sin duda durante una pausa de la música, dejé mi tabla de lavar y los dedales a un lado y me atreví a hablarle. Cuando supo que yo quería ir a Berlín, al taller de Hartung, me aconsejó, sorprendentemente servicial, que, además de la obligada carpeta, presentara una carta escrita a mano: eso causaba buena impresión y transmitía algo personal.
Ahora estaba sentado frente a él. Fumaba Rothändle, y yo lié, con mi reserva de Schwarzer Krauser, cigarrillos anoréxicos. Nos mirábamos sin vernos.
En Düsseldorf, donde era conocido como individualista fácilmente irritable y temido como alguien que, de pronto, agredía, había visitado a su amante, que sólo sobre el papel pasaba por casada. También Lud vivía separado de su mujer.
Cuando el tren arrancó, la amante se habrá quedado en el andén, lo mismo que mis amigos, que me habían despedido con bajo, flauta y contrabajo, se habían quedado atrás.
Lud suspiraba de vez en cuando, guardaba silencio. Yo hubiera querido decirle algo, pero no me atreví. Él viajaba continuamente entre Berlín y Düsseldorf, entre el estudio y la amante.
El rostro estrecho de ella me era conocido por encuentros fugaces, y su perfil por las pequeñas esculturas de madera de él. Sin duda, Itta, así llamaba a su amante, lo había acompañado a la estación, aunque no hasta el andén.
Sólo en la Cuenca del Ruhr iluminó la mañana de enero una luz pálida. Lud era amigo de pintores, que se llamaban Goller, Macketanz y Grote, desde antes de la guerra. Los años de dominio nazi y de la contienda habían frenado su desarrollo. Más tarde, trataron de escapar a sus modelos. En sus cuadros, las delicadas transiciones de color tenían que afirmarse frente a una severa composición.
Yo guardo dos acuarelas de Schrieber, surgidas durante su cautiverio inglés: paisajes de parques de colores claros, aplicados con discreción. Más tarde, cuando éramos amigos, hablaba, después de tres o cuatro vasos de aguardiente de treinta y ocho grados, de sus años perdidos, encolerizándose, y para compensar, golpeaba con el canto de la mano a inocentes clientes de la taberna.
Durante el viaje, al principio no cambiamos muchas palabras. ¿Dormimos? Apenas. ¿Había en el tren interzonal algún coche restaurante Mitropa? No.
Una vez —ya en la nevada Baja Sajonia— trató de explicarme con insinuaciones algo que tenía que ver con cambios físicos. Yo pensé que, añadiendo yeso, quería hacer más voluminosa alguna de sus esculturas. Finalmente se pudo adivinar que su amante estaba embarazada. Y de pronto Lud tarareó y luego cantó algo católico, según cuyo texto aproximado había que celebrar la llegada de un tal Emanuel; sin embargo, su hijo y el de Itta fue bautizado luego con el nombre de Simon.
También la mujer de Lud era, de estricto perfil, de rostro estrecho y ojos juntos y abultados. Durante la inauguración de una exposición la había visto, abandonada y muda, en medio de apreturas y conversaciones.
En Marienborn, los controles de la policía del ferrocarril de la RDA pasaron sin incidencias, por sombrío y titubeante que se mostrara Lud al sacar del bolsillo su pasaporte.
Los dos viajábamos con poco equipaje. En el baqueteado maletín de comadrona, encontrado en un mercadillo de viejo, yo había metido, entre camisas y calcetines, mis herramientas, entre ellas los cinceles, un rollo de dibujos y la carpeta llena de poemas, y envuelto un trozo de asado de cordero entre panes de comino, provisiones de viaje del Czikos. Llevaba puesto el traje de los tiempos de Cáritas.
Si supiera al menos qué me pasaba por la cabeza, además del deseo de cambiar de lugar y el afán de escapar al aire asfixiante de Düsseldorf. Por mucho que me esfuerzo, con mis medios de ayuda no se oye ni el eco de un pensamiento.
Sólo exteriormente, en lo que se refiere al maletín de comadrona del portaequipajes y al joven de la chaqueta de dibujo de espiga, estaba yo presente. Sin embargo, es seguro que, durante el viaje del Oeste al Este, la aglomeración de palabras me habrá hecho saltar casi la tapa de los sesos: tanta basura voluminosa producto de cavilaciones, tanto ruido acallado, vi espantajos venir hacia el tren interzonal… Partos mentales que no querían dejarme.
Físicamente palpable, y por ello cierto, es mi vecino de enfrente, Ludwig Gabriel Schrieber, al que sólo más tarde, cuando de forma tentativa y luego inquebrantable nos hicimos amigos, llamé Lud.
Y así abreviado, pero también ampliado a Ludkowski, Ludström, el prelado Ludewik y el compañero de borracheras Ludrichkait, luego al verdugo Ladewik o al tallista de madera Ludwig Skriever y transformado de siglo en siglo, está entretejido en la historia narrada, siendo partícipe a la vez de mi novela El rodaballo, en la que me agoté trabajando a mediados de los setenta. Entre sus capítulos breves hay uno titulado «Lud», porque mi amigo se me murió mientras yo no hacía más que escribir.
Desde entonces falta Lud. Desde entonces vive Lud en mi memoria, por lo que no lo puedo dejar. Y como describí, lo viví durante los primeros años en Berlín, cuando nos veíamos a menudo y a veces nos acercábamos demasiado: «Como si anduviese contra un fuerte viento. Inclinándose hacia delante y feroz cuando entraba en lugares cerrados, en el taller lleno de alumnos. La frente y los pómulos salientes, pero todo cincelado con finura. El cabello claro, suave. Los ojos enrojecidos, porque siempre soplaba el viento en contra. Delicado en torno a la boca y las aletas de la nariz. Casto como sus dibujos a lápiz…».
Y algo así, esbozado en contornos y con poco dibujo interior —aunque fuera veinte años más joven que en la época de mi necrológica—, estaba sentado en el tren interzonal hacia Berlín, enfrente de mí. Humo de tabaco en el compartimento, vacío si se prescinde de nosotros.
¿Estaba demasiado frío, sobrecalentado? ¿Se enfurecía ya contra los pintores no figurativos como un iconoclasta, o eso fue sólo durante ulteriores conversaciones de mostrador?
¿Compartimos ya entonces el asado de cordero y el pan con comino?
Fuera adelantábamos al paisaje que, escasamente nevado, yacía plano: como estaba vacío, poblado por seres inventados. Desde Magdeburgo, cuyos restos de ruinas sólo podían adivinarse a un lado, habló Lud: del hijo que, estaba seguro, había engendrado y que, cantado en alta voz, debía llamarse Emanuel; del arte de los hititas y la Gran Forma que habíamos perdido; de Micenas y la serenidad del arte miniaturista minoico. También habló con medias frases de los bronces etruscos, para luego llegar a las esculturas románicas del sur de Francia y de su época de soldado allí, de la posterior en Noruega y en el frente del Océano Glacial Ártico —donde «apenas se podía reconocer a los ruskis con camisa de nieve»—, y finalmente, tras apuntar de forma significativa hacia la catedral de Naumburgo y sus figuras de donantes gótico tempranas, volver otra vez a Grecia, pero sin mencionar su servicio militar en esta o aquella isla, sino más bien celebrando la severidad arcaica, la forma que alcanzó la calma, y su serenidad interior que todavía hoy nos irrita. Habíamos llegado tarde, sólo éramos seguidores, ptolomeos…
Y, entre las etapas en toda Europa de su época de soldado, sólo obsesionada, al parecer, por el Arte, citaba, sin que hubiera vasos hasta el borde a los que echar mano, su libro favorito, el Ulenspiegel, el brindis del viejo Baas:
—Tis tydt van te beven de klinkaert…
Él, bebedor acreditado, también sin aguardiente hablaba hasta embriagarse.
Luego vino Potsdam, nos serenó. El andén lleno de vopos. Avisos sajones, traducidos por los altavoces al alemán de dar órdenes. A petición de la policía de fronteras, mostramos de nuevo nuestros pasaportes y seguimos poco después a la zona del Berlín occidental: pinares, huertos familiares, primeras ruinas.
Ludwig callaba repetidamente, suspiraba como por costumbre, rechinaba de pronto y sin motivo aparente los dientes, resultó útil así al posterior autor de novelas para el personaje llamado «el Rechinador» y me ofreció, como casualmente, cuando el tren entró en la estación del Jardín Zoológico, pasar la noche en su estudio de la Grunewaldstraße.
¿Cómo sabía que yo buscaba alojamiento? ¿Tenía miedo a, si lo dejaba solo, estar solo entre sus esculturas inacabadas?
Allí bebimos, pero sin citar a Ulenspiegel, en vasos de agua, aguardiente de más de treinta y ocho grados, y comimos lo que previsoramente había traído él: caballa ahumada con huevos, a los que, sobre el hornillo eléctrico de la cocina del estudio, echó sal y pimienta, y revolvió.
Cuando me acosté en el anexo de su taller en uno de los dos catres, me dormí enseguida, pero vi aún cómo, entre las figuras de arcilla cubiertas de paños, alisaba con papel de lija la superficie de uno de los bustos de yeso, que, de perfil, se parecía a su amante lejana.
Al día siguiente encontré en la Schlüterstraße una habitación, que una viuda de pelo blanco ondulado subarrendaba por veinte marcos al mes.
—Naturalmente, nada de visitas femeninas —dijo.
En la habitación, llena de muebles inútiles, correspondía al inquilino una cama de cajón de tiempos del abuelo. El reloj de pared no funcionaba y, sin duda, debía garantizar la inmovilidad del tiempo. A mí se me dijo:
—Sólo mi marido podía darle cuerda; si no, nadie, ni siquiera yo.
La estufa de cerámica prometió la viuda que se encendería todos los fines de semana, a cambio de un sobreprecio, naturalmente.
Hacía poco, mi beca de la caja de mineros había sido aumentada de cincuenta a sesenta marcos al mes. Además, la dueña del Czikos —Otto Schuster había perdido la vida en accidente, de forma no aclarada— me pagó a tocateja un precio como era debido por el relieve que representaba a su marido. Yo pagué el alquiler más el sobreprecio por adelantado.
El adornado revoque de la fachada exterior de la casa de alquiler, a la que ahora debía una dirección fija, se había mantenido, sólo moderadamente dañado por la metralla. Cuando la construcción de al lado fue destruida por las bombas hacia el final de la guerra, el edificio delantero y el trasero quedaron en pie, como una última muela. Más tarde, a partir del comienzo de la primavera, veía desde la ventana que en el estrecho patio había aguantado un castaño, con gruesos botones relucientes.
Frente a la casa de alquiler había un resto de fachada en un terreno de ruinas, pero a derecha e izquierda de la calle no quedaban ya escombreras, sólo superficies desocupadas y despejadas, en las que el viento giraba, todavía se arremolinaba nieve en polvo, luego polvo, y se repartía tan por igual por toda la ciudad que, adondequiera que fuera —a la Escuela Superior cercana a la Steinplatz o a la oficina de registro de habitantes—, las partículas de ladrillo me rechinaban entre los dientes.
En todo Berlín, en el oriental, en las tres zonas de ocupación occidentales, había polvo de piedra. Sin embargo, cuando cayó nieve que se quedó en el suelo, el aire, como aire berlinés auténtico, tal como canta la canción, no parecía tener polvo; en la radio de la dueña de mi casa, que estaba en la cocina, la imperecedera canción de moda berreaba: «Es el aire berlinés, más, más…».
Sólo un año después escribí el largo poema «La gran desescombradora habla», que en su última estrofa dice amén: «… Esparcida yace Berlín. / Se levanta polvo, / luego otra vez la calma. / La gran desescombradora es canonizada».
Aquí todo se extendía con amplitud, parecía miserablemente lleno de huecos y más próximo al fin de la guerra. Mucho espacio entre muros cortafuego de gran superficie. Apenas edificios nuevos, pero muchos puestos y tenderetes. El Kurfürstendamm se esforzaba inútilmente por ser una elegante milla de paseo. Sólo en la Hardenbergerstraße, entre la estación del Jardín Zoológico y la de metro Am Knie, luego llamada Ernst-Reuter-Platz, vi, cerca de la Steinplatz, un andamio, detrás del cual se elevaría pronto el Berliner Bank, un espanto de muchos pisos.
En Aschinger había, por pocos pfennige, sopa de guisantes y —tantos como se quería— schrippen, que así se llamaban los panecillos. Todo era más barato, incluso el papel de escribir marca Max Krause: «¡Escríbeme a mí, escríbela a ella, el papel MK es la estrella!», decía el anuncio, que se me quedó a la larga, de los autobuses de dos pisos que iban de un distrito a otro de la ciudad.
Había llegado. Apenas allí, se despidió todo lo que me quedaba colgado de Düsseldorf. ¿O quizá fue siempre así, que me resultaba fácil soltar lastre, no mirar atrás, llegar enseguida y permanecer allí?
En cualquier caso, me aceptó con tanta naturalidad la Escuela Superior de Bellas Artes, como si se hubiera conservado ilesa en tiempos de guerra especialmente para mí. Y tampoco Karl Hartung, mi nuevo maestro, necesitó muchas palabras. Me presentó a sus alumnos, e igualmente a la modelo, que en aquel momento descansaba y tejía algo parecido a unas medias.
Se me asignó un gancho en el guardarropa para mis pantalones de dril y un caballete de modelar vacío. Lothar Messner, que era del Sarre y, como yo, liaba sus pitillos, me ofreció tabaco. Me acogió un grupo de hombres, a la que se sumaba la única alumna de Hartung, Vroni, que era de aspecto fornido.
Detrás del edificio principal de la Escuela Superior y del patio interior lleno de árboles, estaban los talleres de los profesores de escultura Scheibe, Sintenis, Uhlmann, Gonda, Dierkes, Heiliger y Hartung, e igualmente los talleres de sus alumnos. Desde la ventana de nuestro taller podían verse a la izquierda, por encima de terrenos baldíos, los edificios de la Universidad Técnica, y a la derecha una esquina del Conservatorio de Música. Más lejos se alzaban como muñones ruinas que quedaban, semicubiertas por arbustos.
Las esculturas de arcilla, según modelo, hechas por los alumnos de Hartung, aunque marcadas por la voluntad formal del maestro, parecían independientes. La única alumna daba a sus desnudos yacentes las hinchadas dimensiones de su propio cuerpo. Parecía la más dotada.
En nuestro taller todo se desarrollaba de forma más bien sobria. Nada de modales bohemios, nadie trataba de dárselas de genio. El alumno más joven, Gerson Fehrenbach, venía de una familia de tallistas en madera de la Selva Negra. Dos o tres procedían del Berlín oriental, y eran alimentados por la cercana Universidad Técnica con la comida más barata de la mensa. Fehrenbach me enseñó dónde podía comprar cerca, en Butter-Hoffmann, pan, huevos, margarina y queso de untar baratos.
Ya en la primera semana asé para todos en un hornillo eléctrico —para celebrar mi ingreso— arenques frescos, que había rebozado en harina y que podían comprarse por treinta y cinco pfennige la libra. Recién comprados en el mercado de los fines de semana, de ahora en adelante me llenarían.
Apenas llegado, comencé a hacer como ejercicio libre, además de un desnudo de pie, según modelo, una gallina de forma compacta, que luego, con arcilla de alfarero, roja al cocerse, fue introducida en el molde de yeso, de delgadas paredes, y se convirtió en mi primera terracota. Los dibujos de gallinas del viaje a Francia del año anterior hicieron su efecto; lo mismo que todavía mucho tiempo después, hasta llegar al poema «Las ventajas de las gallinas de viento», me incitaron a dibujos y poemas.
Después de uno de sus recorridos de corrección, Hartung, que normalmente se esforzaba más bien por guardar distancias con sus alumnos, habló de una visita al estudio de París del escultor rumano Brancusi. «Como invasor, en mi época de soldado», completó correctamente. En el lenguaje formal de Brancusi, dijo, le había impresionado la «condensación de la forma básica». Luego repitió, aludiendo a mi incipiente gallina, una de sus frases habituales: «¡Natural y, sin embargo, consciente!».
Lo mismo que la luz del norte a través de la gran ventana del estudio, tan sobriamente pronunciaba las palabras. Y lo mismo su oscura perilla, recortada y podada. Alguien que se sometía siempre a una disciplina. Sabía relacionar el concepto entonces de moda y usual, «abstracto», con todo objeto o cuerpo del que se podía abstraer algo. El que yo siguiera siendo figurativo correspondía a su idea de la abstracción. Sin embargo, le molestaba el olor a arenques fritos que, por una puerta intermedia, llegaba hasta su vecino estudio de maestro, aunque comprendía nuestra necesidad y, de vez en cuando, nos invitaba a albóndigas con ensalada de patata de Butter-Hoffmann. Era amigo de Schrieber y toleró luego su creciente influencia en su alumno.
En algún momento, todavía en enero, tuve que someterme, al haber sido admitido a mitad de semestre, a un examen oral. El director de la Escuela Superior, Karl Hofer, que de momento no dijo palabra, y tres o cuatro profesores de Bellas Artes entablaron una conversación tentativa, en cuyo transcurso mis poemas que acompañaban a la carpeta de solicitud suscitaron el interés especial del profesor Gonda. Elogió algunas cosas del ciclo del santo estilita y citó varias metáforas de genitivo que calificó de «audaces, aunque también extremamente arriesgadas», lo que me resultó penoso, porque yo creía haber dejado atrás ese tipo de fabricación lírica de imágenes.
Por las irónicas observaciones de los otros profesores podía deducirse que Gonda, hacía años, había escrito e incluso publicado una novela. Además, pasaba por ser admirador de Rilke. Y entonces introduje en la conversación el provecho obtenido de mi hambre de lectura, enriquecido por el padre Stanislaus: Los apuntes de Malte Laurids Brigge.
En consecuencia, comenzamos a hablar de Rilke como secretario y biógrafo del escultor Auguste Rodin. Gonda y yo soltamos lo que habíamos leído. No sé lo que él o yo citamos, probablemente el poema del carrusel de París: «Y de cuando en cuando un elefante blanco…».
La mesa de profesores, a la que pertenecía también Hartung, enmudeció entonces, hasta que Hofer, saliendo de su silencio, declaró concisamente que ya bastaba: el ingresado había sido aprobado y sobre Rilke se podía hablar indefinidamente.
Todavía hoy me asombra ese examen, que no lo fue, y la apreciación poco crítica de los poemas, que adolecían todos de ansia de metáforas avanzadas; quizá para el nuevo ingresado fue una ventaja ser considerado como poeta futuro, y por ello prometedor.
Más sorprendente aún fue la paciencia con que Karl Hofer, que se sentaba en medio del grupo como aislado, soportó mi aparición en escena, al principio tímida y luego segura de sí misma. Yo me hubiera interrogado más severamente.
Se me ha quedado el rostro de Hofer, caracterizado por la derrota. Presidía la mesa, presente y a la vez ensimismado, como si sus cuadros quemados en noches de bombardeo no quisieran abandonarlo, como si debiera pintarlos otra vez con el pensamiento, cuadro por cuadro.
Sólo lo vi pocas veces y, cuando ocurrió, él recorría con pasos lentos el vestíbulo de la Escuela Superior. Pronto lo afectaría una polémica con un papa del arte, a la que no sobrevivió y que hasta hoy no se ha resuelto.
Ya el primer día me llamó la atención a la izquierda, detrás del vestíbulo de entrada de la Escuela Superior, la cabina telefónica. Me sentía aliviado cuando la veía ocupada. Se me quitaba una carga de encima cuando delante había tres o cuatro personas que aguardaban en fila. Evitar temerosamente su mirada se convirtió en costumbre. Porque, en cuanto estaba vacía, invitándome sin rodeos a utilizarla, sentía siempre la tentación: ahora, ahora, ahora…
Repetidas veces entré, y marqué, después de haber reunido valor, el número que sabía de memoria, pero volví a colgar enseguida después de la primera llamada. Una o dos veces contestó la secretaria y se quedó sin respuesta. Las monedas habían sido despilfarradas.
Sin embargo, no se podía evitar a la larga la cabina telefónica. Aguardaba, mostraba paciencia, parecía esperarme a mí, el irresoluto: una trampa acechante. Pronto se me ponía otra vez ante los ojos, cuando todavía estaba de camino hacia la Steinplatz o, viniendo del taller, entraba en el patio interior de la Escuela.
Venía a mi encuentro, me corría detrás. Para el subarrendatario de la Schlüterstraße seguía abierta en el sueño, invitándome vacía. Me convertía en habitante de cabina, me tentaba con el disco de marcar, las cifras. En sueños, yo fracasaba contra el tono continuo de teléfono ocupado. Y sólo en sueños recibía respuesta y, deleitándome, pegaba la hebra largamente.
Calificarme de cobarde hubiera hecho justicia en cierto modo a mi comportamiento. Recitar cifra a cifra el número como parte de la letanía de un rosario, y dejarlo estar así, sólo ayudaba a corto plazo.
Una vez, cuando me situé con los que aguardaban ante la cabina telefónica, un forzado coqueteo con una alumna de la clase de Sintenis, que se llamaba Christine y tenía algo de potrillo, me fue de ayuda: su peinado de cola de caballo. Se hubiera querido acariciarlo, más no. Sin embargo, cuando entró antes que yo en la cabina, alguien, que se parecía a mí y cuyo miedo a las palabras comprometedoras estaba arraigado, se largó.
Tan celosamente se protegía mi amor en estado bruto, tan no vivido y enterrado bajo palabras cariñosas debía bastarme, tanto disfrutaba yo de mis titubeos, tanto había que temer, y por tanto evitar lo que pudiera llevar más lejos, porque, siempre que empezaba a tomar impulso para entrar en la caseta, sabía que si sacrificas dos monedas, marcas un número tras otro, aceptas sumiso timbrazo tras timbrazo, oyes cómo se pone la secretaria del estudio Mary Wigman, y tú, preguntado cortés o groseramente qué deseas, das el nombre y apellido de una persona con la que tienes urgente necesidad de hablar, esperas entonces hasta que ella llegue bailoteando y, en su más hermoso alto alemán, diga: «Sí, dígame», estás perdido, ya no hay vuelta atrás, estás atado, porque te has dejado sujetar, necesariamente. Ya no puedes largarte, sino que algo empieza a ponerse al alcance de tu mano y a convertirse en persona viva cuyo nombre, hasta ahora, sólo estaba escrito en el aire.
Y cuando yo, entonces, intercambié por teléfono unas breves frases con una alumna de baile llamada Anna Schwarz, surgió nuestra primera cita. Tan deprisa ocurrió todo. Una llamada bastó.
A pesar de todos los esfuerzos con las fechas de nacimiento de nuestros hijos y nietos posteriores, todavía sé la fecha: nos encontramos el 18 de enero de 1953. Es posible que, para mí, los acontecimientos históricos memorables, por ejemplo batallas y tratados de paz, hayan estado siempre como presentes, y que el día de la fundación del Segundo Reich, por voluntad de Bismarck, me haya sido de ayuda hasta hoy, cuando recuerdo aquel día helado —¿era sábado o domingo?— y, ya de manera menos clara, cómo transcurrió.
Habíamos convenido como hora las trece y como lugar de encuentro la salida de metro de la estación del Jardín Zoológico. Dado que, desde mi herida entre Senftenberg y Spremberg y la pérdida del reloj de pulsera marca Kienzle, no llevaba nada sobre mí que me hiciera saber la hora exacta, estuve demasiado pronto bajo el reloj de la estación. Anduve indeciso de un lado a otro, tuve la tentación, la resistí un rato y bebí luego, sin embargo, en el mostrador de uno de los chiringuitos que se alineaban enfrente, dos aguardientes, por lo que me olía el aliento cuando llegó Anna, puntualmente y pareciendo más joven que sus veinte años.
En sus movimientos había algo anguloso y de chico. El frío le enrojecía la nariz. ¿Qué se podía hacer con aquella jovencita a partir del mediodía y durante toda la tarde? Arrastrarla a la habitación del subarrendatario, al que la viuda había prohibido las visitas femeninas, no se me pasó por la cabeza o, en el mejor de los casos, sólo como práctica que había que evitar absolutamente. Ir al cine, muy cerca, en la Kantstraße, era una posibilidad, pero, de forma poco oportuna, daban una película del Oeste. Así que hice lo que nunca había hecho antes, e invité a la señorita Schwarz, con buenos modales, a tomar café y pasteles en el Schilling, en la Tauentzienstraße, ¿o fue en el Kranzler, en el Kudamm?
No es posible encontrar en palabras cómo y dónde superamos la larga tarde. Supongo que charlando: ¿Qué tal va eso de la danza de pies desnudos? ¿Dio clases de ballet ya de niña? ¿Y cómo es su nueva profesora, la famosa Mary Wigman? ¿Severa y exigente, como usted quería?
¿O hablamos incluso de los reyes sin corona de la poesía, sobre Brecht al otro lado, en la parte oriental de la ciudad, y Benn, aquí en el Oeste? ¿Hablamos de política entonces?
O, ya desde el primer trozo de pastel, pensando deliberadamente en el efecto, ¿me presenté como poeta?
Puedo sacudir y sacudir el cedazo como un buscador de oro: ninguna palabrita brillante, ninguna migaja ingeniosa y ninguna resonancia de una metáfora arriesgada quiere quedarse. Y tampoco se enumera en ninguna piel de cebolla cuántos trozos de pastel o incluso de tarta nos liquidamos. De una forma o de otra pasamos el tiempo.
El verdadero encuentro con Anna no comenzó hasta el atardecer, cuando nos dejamos llevar por la atracción del entonces famoso local de baile Eierschale («cáscara de huevo»). Si se dice aquí que bailamos, se dice poco. Nos encontramos en el baile se acerca más a los hechos. En realidad, tendría que confesar en retrospectiva, de los dieciséis años de nuestro matrimonio: realmente cerca, hasta que éramos uno y como hechos para ser pareja, sentía a Anna sólo al bailar, por mucho que, en general, nos esforzáramos con cariño por acercarnos. Con demasiada frecuencia nos mirábamos sin vernos, vagábamos por otro lugar, buscábamos lo que no existía, o existía sólo en la imaginación. Y luego, cuando fuimos padres —atados por obligaciones— y sin embargo nos perdimos mutuamente, sólo nos quedaron cerca los hijos: el último, Bruno, que no sabía dónde quedarse.
La banda del Eierschale oscilaba entre dixieland, rag y swing. Lo bailábamos todo olvidados de nosotros mismos. Resultaba fácil, como si durante toda una vida anterior hubiéramos ensayado juntos. Una pareja lograda como por capricho de los dioses. En medio de los danzantes, ocupábamos un espacio. Apenas nos dábamos cuenta de que nos miraban. Hubiéramos podido bailar así una pequeña eternidad, abierta y estrechamente, con miradas breves y ligera presión de dedos, aislados para encontrarnos, emparejados al girar, sobre unos pies que querían eso, sólo eso; de juguetones a mortalmente serios, separarse y volver a ser uno, despegarse, ser ingrávidos, más rápidos que el pensamiento, demoradamente más lentos que el tiempo que pasa.
Después del último blues, en algún momento hacia medianoche, llevé a Anna al tranvía. Vivía en subarriendo en Schmargendorf. Y entre los bailes dije al parecer: «Me casaré contigo», y entonces ella, al parecer, habló de un amigo al que estaba ligada, lo que a su vez me indujo a decir: «No importa. Esperaremos».
Son los comienzos ligeros los que compensan todo lo que, con enorme peso, viene después.
Ay, Anna, cuánto tiempo dejamos atrás. Cuántos huecos que no pueden llenarse, cuánto que debe ser olvidado. Lo que sin ser llamado vino a entrometerse y tuvo que pasar por ardientemente deseado. Con qué nos hacíamos mutuamente felices. Lo que era bello para nosotros. Lo que era engañoso. Por qué nos volvimos extraños y nos herimos mutuamente. Por qué todavía mucho tiempo después y no sólo por amor a los diminutivos, te llamaba, una y otra vez, «Annchen».
Que éramos una pareja de película, nos decían. Parecíamos inseparables y hechos el uno para el otro, y lo éramos: de la misma categoría. Tú, intencionadamente orgullosa; yo, experimentadamente seguro de mí mismo. En imágenes que cambian deprisa, apropiadas para festejar a la joven pareja, nos veo unidos sin dejar de ser dos. En el teatro del Este y el Oeste, en donde asistimos al Círculo de tiza caucasiano y Esperando a Godot, o en el cine de la Steinplatz, donde vimos los clásicos franceses Hôtel du Nord, Casque d’Or y La bête humaine. Yo subí a tu cuarto, tú decías aún no. Con Lud Schrieber, aguantamos vaso tras vaso en el largo mostrador, hasta que tú, porque yo estaba totalmente borracho, tuviste que llevarme a casa. Viniste a visitarme en mi taller de alumno, donde Hartung te llamó «Musa Helvetia», yo asistía a tu baile de pies desnudos en el establecimiento disciplinario de Mary Wigman. Tú no sabías cocinar, yo te demostré lo buena y barata que es la falda de costillar de cordero, que sabe especialmente bien con lentejas, y lo fácil que es separar de los arenques asados la carne de la espina principal. Y cuando perdí el último tranvía y quise quedarme por la noche, confiamos en que tu propietaria, una bruja gordita, no se diera cuenta de nada.
Nuestros amigos comunes: Ulli y Herta Härter, con los que despotricábamos contra todo lo divino y lo humano. Rolf Szymanski, al que llamábamos Titus, y con el que, totalmente borracho, oriné ante el portal del Berliner Bank, porque creíamos que el nuevo edificio era un urinario, con lo que tuvimos que pagar cinco hermosos marcos de multa. Más tarde Hans y Maria Rama, que te hicieron las primeras fotos de baile: tú, claramente iluminada, con tutú y zapatillas de puntas; tan pronto ya quisiste dejar la danza de expresión y dedicarte al ballet clásico, aunque tu empeine fuera demasiado bajo y tus piernas insuficientemente largas.
Con más frecuencia de la que hubiera querido veíamos funciones de ballet en el Hebbel-Theater: aquellas piruetas numerables y grands jetés para admirar. Ulli y yo silbábamos en cuanto caía el telón.
También sobre el papel quisimos vernos entretejidos: yo esbocé el libreto para una escena de baile, en la que un joven de gorra con visera huye de un lado a otro, tiembla impulsado por el miedo, es perseguido de cerca por dos policías y finalmente se refugia y encuentra acogida bajo las faldas de una bailarina disfrazada de aldeana, que hubieras podido ser tú, hasta que ha pasado el peligro y los dos bailan un pas de deux final: vulgarmente cómico y lejos de toda disciplina clásica.
Ese boceto, que nunca fue llevado a la escena, se convirtió más tarde en prosa narrativa y llegó, con saltos retardados y desarrollos pantomímicos de movimientos convulsivos de cine mudo, al primer capítulo de El tambor de hojalata.
Cuánto nos amábamos y amábamos el arte. Y cuando, a mediados de junio, estábamos al borde de la normalmente despoblada plaza de Potsdam y vimos desde allí cómo los trabajadores lanzaban piedras a los tanques soviéticos, no dejamos el sector norteamericano, sino que nos quedamos en su borde oriental, experimentando sin embargo el poder y la impotencia desde tan cerca que los gestos y el rebote de las piedras se nos quedaron grabados; por lo que doce años más tarde escribí mi tragedia Los plebeyos ensayan la rebelión, en la que los trabajadores rebeldes carecen de plan y se mueven en círculo sin rumbo, mientras los intelectuales, a los que siempre ayuda un plan para formular bien las palabras, fracasan por su soberbia.
Entonces nos limitamos a observar. No nos atrevimos a más. Porque tú, protegida, venías del seguro cercado de Suiza, el susto era nuevo para ti; el mío despertó un miedo ya prescrito. El tipo de tanque lo conocía: T-34.
Cuando habíamos visto bastante, pensamos que teníamos que irnos. La violencia nos intimidaba. Hacer algo, tirar piedras a los tanques, era algo que sólo podía hacerse, en el mejor de los casos, con el pensamiento. Al fin y al cabo, nos teníamos a nosotros mismos y al Arte. Eso casi bastaba.
De modo que compramos una tienda de campaña pequeña, para dos personas. Era de color rojo anaranjado. Y con esa tienda, enrollada en la mochila, quisimos viajar en verano en dirección al sur. Ay, Anna…