Con invitados a la mesa
Una vez que el policía militar me hubo entregado en Marienbad y, febril, me acostaron en una cama de sábanas limpias, el Führer no existió ya. Se decía que había caído luchando por la capital del Reich. Su desaparición se aceptó como algo previsible. Y tampoco a mí pareció faltarme, porque su grandeza, con frecuencia evocada y nunca puesta en duda, se disipaba bajo las manos de unas enfermeras cada vez más apresuradas, cuyos dedos, es verdad, sólo se apoderaban de mi brazo izquierdo, pero a los que yo sentía en cada miembro.
Ni siquiera más tarde, cuando mi herida estuvo completamente curada y, como uno de tantos miles, estuve en extensos campos de prisioneros de guerra, primero en el Alto Palatinado y luego bajo el cielo de Baviera, sufrí por esa privación. Se había ido, como si no hubiera existido nunca, como si nunca hubiera sido real y pudiese ser olvidado, como si se pudiera vivir muy bien sin el Führer.
También se perdió, en medio de la multitud de muertes individuales, su anunciada muerte de héroe, convirtiéndose en una nota a pie de página. Hasta se podían hacer ahora chistes sobre él, sobre él y su amante, de la que antes no se había tenido la menor idea y que ahora, sin embargo, alimentaba los rumores. Más tangibles que la figura del Führer, dondequiera que se hubiera esfumado, eran las lilas del jardín del hospital militar, a las que un mayo incipiente ordenaba florecer.
En adelante, todo lo que ocurrió en el hospital o, algo más tarde, en la prisión, pareció escapar al tictac del tiempo. Respirábamos en una burbuja de aire. Y lo que acababa de afirmarse como un hecho existía sólo aproximadamente. Una sola cosa era cierta: yo tenía hambre.
En cuanto mis hijos y nietos quieren saber de mí algo concreto sobre el fin de la guerra —«¿Cómo fue aquello?»— llega mi respuesta, segura de sí misma: «Desde que estuve detrás de las alambradas, pasé hambre».
Sin embargo, en realidad debería decir: ella, el hambre, me había ocupado como si yo fuera una casa abandonada, como si, tanto en los barracones como al aire libre, se hubiera convertido en «okupa».
Corroía. Eso se dice del hambre, que puede corroer. Y el chico que intento imaginarme como una edición tempranamente dañada de mí mismo era uno de los miles a los que el hambre atosigaba. Como parte de una masa parcial del ejército alemán, ahora desarmado pero desde hacía tiempo impresentable, y que había perdido el paso, yo ofrecía una imagen lastimosa y, aunque hubiera sido posible, no habría querido enviar a mi madre una foto de su chico.
Con ayuda de plantillas, nos habían pintado en la espalda de la guerrera, a pistola, letreros resistentes al lavado cuyas iniciales nos convertían en POW, prisoners of war, prisioneros de guerra. Y nuestra única actividad consistía de momento, se decía, en pasar de la mañana a la noche, y hasta en sueños, un hambre de mil demonios.
Es cierto que mi hambre no podía calmarse, pero sin embargo carece de importancia si se compara a posteriori con la escasez decretada en los campos de concentración y en los campos masivos para prisioneros de guerra rusos, que tuvo como consecuencia la muerte por inanición de cientos de miles. Con todo, sólo mi hambre puedo expresar con palabras. Sólo ella está como grabada en mí. Sólo a mí puedo preguntar: ¿cómo se hacía sentir? ¿Cuánto tiempo se manifestaba petulante?
Se resistía a irse, no dejaba que nada más importara y hacía un ruido que desde entonces tengo metido en los oídos y que, de modo insuficiente, se suele llamar «cantan las tripas».
A la memoria le gusta invocar lagunas. Lo que queda se le graba, aparece sin que lo llamen, con distintos nombres, le gusta disfrazarse. El recuerdo da con frecuencia información sólo vaga y discrecionalmente interpretable. Unas veces criba con malla gruesa y otras con malla fina. Los sentimientos, las migajas de pensamiento pasan literalmente a su través.
No obstante, ¿qué buscaba yo además de algo masticable que me llenara? ¿Qué era lo que, cuando no tenía ya ninguna fe en la victoria final, movía a aquel muchacho que llevaba mi nombre? ¿Sólo la escasez?
¿Y cómo puede recordarse el corroer que se atribuye al hambre sedentaria? ¿Es el estómago vacío un espacio que pueda llenarse a posteriori?
¿No sería más urgente hablar, ante un público saciado, de la miseria actual en los masivos campamentos africanos o, como en mi novela El rodaballo, informar sobre el hambre en general, sobre «cómo fue por escrito propagada» sin que quisiera acabar nunca; es decir, contar interminables historias de hambre?
Otra vez se abre paso mi yo, aunque sólo imprecisamente se pueda fechar desde cuándo me atosigó el hambre como nunca antes, como rara vez después: ¿quizá desde mediados de mayo hasta comienzos de agosto?
¿A quién se aplica sin embargo ese dato, que hace una muesca en el tiempo?
En cuanto yo, entretanto adiestrado, digo, por encima de cualquier duda, «yo», es decir, trato de describir mi estado hace unos sesenta años, mi «yo» de entonces no me resulta, desde luego, totalmente extraño, pero se me ha perdido y está tan desconectado como un pariente lejano.
Es seguro que el primer campo que me acogió se extendía por el Alto Palatinado cerca de la frontera checa. Alimentados a más no poder, sus vigilantes pertenecían al Tercer Ejército de los Estados Unidos: con su comportamiento cool, los yanquis nos parecían extraterrestres. Los prisioneros, más estimados que contados, debían de ser unos diez mil.
El campo correspondía más o menos al veterano terreno de maniobras militares de Grafenwöhr, rodeado, fuera del alambre espinoso, por una comarca de bosques. Seguro es también que yo era muy joven en la época de aquella hambre corroedora, y que, hasta hacía poco, con el rango inferior de artillero de tanque, pertenecía a una división que, con el nombre de «Jörg von Frundsberg», sólo había existido como leyenda.
Pesado en una operación de despiojamiento en todo el campo, en la que conocí por primera vez unos polvos llamados DDT, mi estructura ósea arrojó apenas cincuenta kilos, peso insuficiente que, sospechábamos, correspondía a la puesta en práctica del plan Morgenthau, pensado para nosotros.
Ese castigo, ideado por un político norteamericano y bautizado con su nombre, para todos los prisioneros de guerra alemanes, exigía a los afectados una economía cicatera: después de pasar lista, había que evitar cualquier movimiento superfluo, porque la ración diaria, limitada a ochocientas cincuenta calorías, se calculaba en tres cuartos de litro de sopa de centeno, en la que flotaban aisladas gotas de grasa, un cuarto de pan de munición, una diminuta ración de margarina o de queso para untar, y un pegote de mermelada. Agua había suficiente. Y nunca se ahorraba en DDT.
También la palabra «calorías» me había sido desconocida hasta mi experiencia con aquella hambre corroedora. Sólo la escasez me hizo aprender rápidamente. Y como sabía poco, pero había almacenado muchas cosas falsas y sólo cobré conciencia a trompicones de las dimensiones de mi estupidez, habré resultado absorbente como una esponja.
En cuanto a mí, a quien, como concepto genérico para una minoría que se extingue, se cuelga entretanto el título de «testigo de su época», se me hacen, por rutina periodística, preguntas sobre el fin del Tercer Reich, comienzo con precipitación a hablar de la vida en el campamento del Alto Palatinado y de las calorías demasiado escasamente calculadas, porque viví sin duda la capitulación sin condiciones del Gran Reich Alemán, o «el derrumbamiento», como pronto se diría, en calidad de herido leve en la ciudad hospital de Marienbad, pero sólo lo registré de pasada o, en mi incomprensión, como algo transitorio, como una pausa en el combate. A ello se añadía que las palabras «sin condiciones» añadidas a «capitulación» no me parecían comunicar de momento nada definitivo.
En Marienbad, el tiempo primaveral y la proximidad física de las enfermeras fueron predominantes. Concentrado en mi confusión poco adulta, me veía más vencido que liberado. La paz era un concepto vacío, la palabra «libertad», de momento, poco práctica. Todo lo más me aliviaba la desaparición del miedo a los policías militares y a los árboles que se prestaban al ahorcamiento. Sin embargo, nunca sonó para mí la «hora cero» que luego se vendió como momento decisivo o como carta blanca.
Tal vez el lugar de los hechos —antiguamente un balneario pasado de moda—, rodeado de verde mayo, tenía un efecto demasiado adormecedor para percibir aquel día histórico como una fecha que señalaba un fin y un principio. Además, desde hacía días, lo mismo que en la vecina Karlsbad estaban los rusos, había norteamericanos blancos y negros en la ciudad; presenciamos con curiosidad su aparición.
Llegaron silenciosamente, con zapatos de cordones sobre suelas de goma. Qué contraste con nuestras ruidosas botas militares. Nos asombramos. Y es posible que el constante mascar chicle de los vencedores me impresionara. Y también el hecho de que apenas dieran un paso, sino que siempre, incluso para trayectos cortos, se desplazaran indolentes en jeep, me parecía como una película que ocurriera en un futuro lejano.
Delante de nuestra villa, señalada como hospital, había de pie un soldado americano (un GI) de guardia, es decir, no estaba de pie, más bien se sentaba sobre los talones, acariciando el subfusil e intrigándonos: ¿había sido enviado para vigilarnos, o debía protegernos de la milicia checa, que ahora, después de haber sido tanto tiempo humillada, quería vengarse? A mí, el vencido, el vencedor me regaló, cuando ensayé con él mi inglés escolar, un paquete de chicle.
Sin embargo, ¿qué le andaba por la cabeza a aquel chico de diecisiete años que, físicamente, podía pasar por adulto y era atendido en una antigua villa para pensionistas por enfermeras finlandesas?
Al principio no cuenta nada, está allí sólo exteriormente, echado en una de las camas en hilera. Ya puede levantarse y dar los primeros pasos por el pasillo, delante de la casa. La profunda herida del muslo derecho está prácticamente curada. Su brazo izquierdo, que como consecuencia de una herida de esquirla de granada se ha quedado rígido desde el hombro hasta la mano, debe ser masajeado, movido y doblado dedo a dedo.
Eso se curó y se olvidó pronto. Quedó el olor de las lottas finlandesas, como se las llamaba: una mezcla de jabón duro y loción capilar de abedul.
La guerra había desplazado a aquellas jóvenes muy lejos de los bosques de Carelia. No hablaban mucho, sonreían con sensibilidad y me trataban con firmeza. Y, sin duda por ello, para el joven todavía con granos que era yo, sus manipulaciones, los dedos sanadores de las lottas, dejaron más impronta que la noticia de la capitulación sin condiciones de todas las unidades del ejército alemán.
Sin embargo, en cuanto, decenios más tarde, se preguntaba al testigo de su época, siempre que aparecía en el calendario la fecha significativa, cómo había vivido el «Día de la Liberación», la pregunta predeterminaba la respuesta. No obstante, en lugar de reaccionar a posteriori como un listillo —«Me liberé de todas las coacciones, aunque entonces apenas podía imaginarse lo que significaba la libertad para nosotros, los liberados…»—, hubiera debido decir sin contemplaciones: era y seguí siendo prisionero de mí mismo, porque de la mañana a la noche y hasta en sueños tenía hambre de chicas, y sin duda también el día de la liberación. Todos mis pensamientos iban hacia ellas, sólo hacia ellas. Manoseaba y quería ser manoseado.
Esa otra hambre, que al fin y al cabo se podía calmar por cierto tiempo con la mano derecha, duraba más que el hambre corroedora. Ésta sólo se apoderó de mí cuando, después de las satisfactorias comidas del hospital y, por ello, no agobiantes para la memoria —habrán sido potaje y gulasch con fideos, y los domingos asado de carne picada con salsa de cebolla y puré de patatas—, las raciones de hambre de Morgenthau determinaron nuestra vida en reclusión.
Con todo, puede ser también que la sucesión de imágenes de precisión fotográfica de enfermeras, sentida muy recientemente aún desde muy cerca, o el rostro añorado de una colegiala de trenzas me sirvieran igualmente en el campamento de tablas votivas y de esa forma, silenciosas pero de buena gana, me calmaran un tanto.
En cualquier caso, echaba en falta eso y también aquello. Mis necesidades eran dos. Una de ellas permanecía siempre despierta. Y, sin embargo, en retrospectiva no me veo totalmente expuesto a dobles tormentos. Lo mismo que podía atender a una, gracias a imágenes poco nítidas, con la mano derecha, y luego como zurdo ya curado, tenía en reserva, para remediar el otro apuro, una provisión de artículos intercambiables. Esta necesidad sólo entró en circulación cuando, del Alto Palatinado, nos trasladaron por tiempo breve a cerca de Bad Aibling, a un masivo campamento, aún más ampliamente delimitado, al aire libre, para sólo después, distribuidos en unidades manejables, ocupar barracones cercados.
Allí, como columnas de trabajo, entramos en contacto con nuestros guardianes. Siempre que daban sus órdenes yo me presentaba como intérprete, que además podía ofrecer su compartimentado tesoro de artículos intercambiables. De esa forma, mi mísero inglés escolar pudo ser puesto nuevamente a prueba, con lo que, tal como quería mi madre, de la que había copiado algunas prácticas comerciales, su hijo sabía, una y otra vez, llegar a un acuerdo.
¡Cuántas cosas caben en un zurrón del pan vacío! Conseguí los diversos objetos gracias a aquel período de anarquía de apenas dos días en Marienbad que nos favoreció cuando el orden alemán se había desvanecido, los americanos no habían entrado aún con sus suelas de caucho, y la milicia checa, todavía insuficientemente armada, dudaba si llenar esa laguna tomando posesión y poder.
Para todos los que ya no tenían que guardar cama se abrió un espacio libre. Vagabundeábamos por la vecindad, ansiosos de botín. Con nuestro chalé para jubilados y su jardín de lilas lindaba un terreno de fácil acceso, en el que había un edificio que, con torrecillas, mirador, balcón y terraza, parecía igualmente un chalé. En él había tenido hasta hacía unas horas su sede la dirección de distrito del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. A lo mejor el edificio, de construcción muy compartimentada hasta el ático, había sido sólo una sucursal de la administración del Partido. En cualquier caso, quedó abierto para nosotros, una vez huido el jefe de distrito y otros capitostes. Es posible también que estuviera cerrado y alguien tuviera que ayudar con una palanqueta.
Sea como fuere: todos los heridos que podían andar, es decir también yo, que entretanto podía utilizar otra vez la mano izquierda, registraron las oficinas y habitaciones de servicio, la sala de reuniones, el cuarto de la torre donde anidaban las palomas, y finalmente el sótano, en el que había una habitación que los dirigentes habían amueblado, con sofá y muebles de mimbre, para pasar plácidas veladas entre compañeros: de las paredes colgaban fotos de grupo de compañeros del Partido uniformados.
Pretendo haber visto un cartel de Fe y Belleza, en el que hacían gimnasia chicas de pechos saltarines. Sin embargo, faltaba la obligatoria imagen del Führer. Ni banderas ni banderines. No había ningún objeto que pudiera uno llevarse, por poco valor que tuviera. Todos los armarios bostezaban vacíos. «Nada bebible», maldijo un sargento, cuya oreja ausente del lado izquierdo se ha encapsulado en el revoltijo de mis recuerdos.
Finalmente encontré algo en la planta superior. En el cajón inferior de un escritorio, en el que quizá tuvo algún hombre del Partido su asiento, lejos del frente, había, amontonados en una caja de cigarrillos, unos cincuenta alfileres plateados resplandecientes, cuyas cabezas de adorno representaban, en copia fiel, búnkeres de joroba redondeada. Lo que confirmaba una inscripción grabada debajo de los búnkeres en miniatura: me había hecho con recuerdos del Muro del Atlántico, apreciados objetos de coleccionista de la época anterior a la guerra. Yo sólo conocía los verdaderos búnkeres como espectador de cine.
Durante mi infancia, la fortificación de la frontera occidental del Reich con barreras para tanques escalonadas y búnkeres, de todos los tamaños, había sido siempre motivo del noticiario cinematográfico con imágenes ligeramente titilantes y comentarios decididos, con una música de ritmo arrebatador. Ahora mi botín tenía algo de heroicamente inútil.
En otro tiempo se honraba con esos alfileres de alpaca, como recuerdo, a los trabajadores del Muro del Atlántico especialmente eficientes; después del treinta y ocho había entre ellos también, sin duda, alemanes de los Sudetes, que se habían presentado voluntarios para construir búnkeres cerca de la frontera francesa. Todavía tengo ante los ojos imágenes del noticiario: hombres que manejan la pala, hormigón apisonado. Hasta poco antes de comenzar la guerra, alimentaban con cemento tambores de mezcla giratorios.
Los jóvenes contemplábamos entusiasmados aquellos baluartes frente al enemigo ancestral. Barreras antitanque de kilómetros, que se habían convertido en parte de un paisaje ligeramente accidentado, nos parecían insuperables. En el interior de los búnkeres buscábamos blancos por las troneras y nos veíamos en el futuro, si no como dotación de submarino, sí como heroica dotación de búnker.
Seis años más tarde, los alfileres debieron de recordarme mis sueños de infancia y mis juegos infantiles en los búnkeres, lo mismo que ahora recuerdo mi hallazgo, escondido en una caja de cigarrillos, como si pudiera contar los alfileres ante mí.
Por lo demás, en los cajones encontré entre poco y nada, pero al menos pude guardarme algunos lápices, dos cuadernillos, el ya elogiado tesoro de plata, y papel de escribir del más fino, aunque no —como busqué— una pluma estilográfica Pelikan. No es seguro si había al alcance de la mano una goma y un sacapuntas.
Otros encontraron cucharitas de té y tenedores de postre, y cogieron cosas inútiles, como servilleteros. Y algunos se llevaron sellos y tampones, como si quisieran autorizar todavía viajes de servicio o de vacaciones.
Ah, sí, tres dados de hueso y un cubilete de cuero formaron parte igualmente de mi botín. ¿Hubo tiempo para una buena jugada, dos seises, un tres o incluso un cinco?
Con esos dados, más tarde, cuando nos trasladaron del campamento del Alto Palatinado al gran campamento de Bad Aibling, al aire libre, jugaba a porfía con un chico de mi misma edad, al que había encontrado ya en el oscuro bosque de pinos y que ahora se llamaba Joseph y hablaba un excelente alto alemán de Baviera. Llovía con frecuencia. Nos cavábamos un agujero en el suelo. Cuando llovía nos acurrucábamos bajo una lona, que era suya. Hablábamos de todo lo divino y humano. Como yo, había sido monaguillo: él con persistencia, yo sólo temporalmente. Él seguía creyendo, para mí no había nada sagrado. Ambos estábamos llenos de piojos. Eso nos preocupaba poco. También él escribía poemas, aunque quería apuntar más alto en otros ámbitos. Sin embargo, esto se convertirá luego y poco a poco en una historia. De momento son más importantes los alfileres del Muro del Atlántico.
Al principio sólo pude sospechar el valor de cambio de mi súbita riqueza, pero luego, trasladado del gran campo de Bad Aibling a un campo de trabajo, conseguí, como miembro regular de una columna cuya misión era derribar hayas de tamaño medio, vender con provecho, con ayuda de mi inglés escolar —«This is a souvenir from the Siegfried Line»—, tres de los brillantes alfileres del Muro del Atlántico.
Para nuestro guardián, un bonachón hijo de granjero de Virginia que echaba en falta botín de guerra que mostrar en casa, un solo alfiler valía una cajetilla de Lucky Strike, que, de vuelta al campamento, pude cambiar por un pan de munición. Eso se tradujo, para el no fumador, en amplias raciones para cuatro días.
Cuando recibí de otro guardián, nuestro chófer negro, con quien el hijo de granjero de piel rosada no cambiaba palabra, un pan de maíz muy poco cocido por dos alfileres de la Línea Sigfrido, un cabo veterano me aconsejó que lo tostara. Cortó el pan en rebanadas, las partió por la mitad y las fue poniendo una tras otra en la tapadera de la estufa de hierro colado, que también en verano se encendía porque, hacia el atardecer, la gente del pelotón del bosque cocía como espinacas todo lo que encontraba, por ejemplo ortigas y diente de león. Algunos hervían incluso raíces.
Un suboficial que, según decía, había podido vivir años estupendos en Francia como ocupante, sacaba del zurrón del pan su comida suplementaria, una docena de inquietas ranas que había cazado en una charca del bosque, las descuartizaba vivas y cocía los muslos con las espinacas.
Los barracones de nuestro campo, en los que, a lo largo, se extendían sin transición catres de madera que sustituían a las literas habituales, habían estado ocupados hasta el fin de la guerra por trabajadores forzados. En los postes de los catres y en las vigas de apoyo encontramos inscripciones grabadas en caracteres cirílicos. Algunos soldados, que habían sufrido Smolensko y Kiev de ida y vuelta, afirmaban:
—Seguro que eran ucranianos.
También la estufa de hierro era de la época de los trabajadores forzados. Sin pensarlo mucho, nos considerábamos sus sucesores, y esculpíamos igualmente inscripciones en los postes y las vigas de apoyo: los nombres de chicas que uno hubiera querido tener al lado, y las cochinadas habituales.
Escondí mi pan de maíz tostado en un papel de periódico de los últimos días de la guerra, que transmitía consignas de resistencia impresas en negrilla. Como reserva, entre el colchón de paja y el catre de madera, debía enriquecer mi ración diaria. Tan económicamente mantenía a raya mi hambre.
Cuando mi columna volvió a la tarde siguiente de talar árboles, del pan y su envoltorio no quedaba ya una migaja. El cabo que me había ayudado con el pan de maíz, al que correspondía por ello un cuarto, se lo notificó al más viejo del barracón, un sargento de estilo tradicionalmente mandón.
Entonces registraron los catres y colchones de paja, en los que sin duda habían ya dormido los ucranianos, y también la ropa de todos los que, por estar de baja como enfermos o haber sido destinados a los servicios del barracón, no habían estado en el destacamento de leñadores o en el de desescombro.
A un teniente de la Luftwaffe —en el campamento se mezclaban los grados inferiores con los oficiales de rango no superior a capitán—, que hasta entonces se había mostrado imperturbablemente aguerrido, se le encontraron bajo el colchón de paja los restos del pan tostado y el papel de periódico.
Su infracción se llamaba, según ley no escrita, robo entre compañeros. No había nada peor. Un delito que pedía a gritos un castigo y una rápida ejecución de la pena. Aunque interesado, como robado y testigo ocular, no puedo o no quiero recordar si mi mano, tras la condena del teniente por un tribunal del barracón debidamente elegido, participó cuando se anunció el castigo y se ejecutó luego con azotes de cinturones de la Wehrmacht en el culo desnudo.
Es cierto que sigo viendo los verdugones en la piel reventada, pero eso podría ser una imagen dibujada luego, porque experiencias de esa índole, en cuanto se convierten en historia, cobran vida independiente y les gusta jactarse con detalles.
En cualquier caso, el castigo del ladrón, intensificado por la rabia de los soldados hacia quien había sido oficial, fue desmesurado. El odio acumulado en la guerra se descargaba cuando llegaba la ocasión. Y para mí, que hasta poco antes sólo había conocido la obediencia y, desde los tiempos de las Juventudes Hitlerianas, había sido instruido en la obediencia incondicional, mi último respeto por los oficiales de la gran Wehrmacht alemana se fue al traste.
Poco después, aquel «idiota de la Luftwaffe», al que hacia el final de la guerra se había destinado a infantería, como «donativo de Hermann Göring», fue trasladado a otro barracón.
El pan de maíz tostado no sabía mal: ligeramente dulzón, un poco como los biscotes. Mis alfileres del Muro occidental me ayudaron repetidas veces a conseguir pan tostado, que mojaba en sopa de setas. En un bosque de fornidas coníferas había descubierto cantarelas y, como desde la infancia conocía las setas y los platos de setas cachubos, incluso llevé al barracón un plato de robellones y, más tarde, de pedos de lobo. Lo mismo que las cantarelas, los asé con una plasta de margarina del reparto diario, en la estufa de carbón. También me gustaban las ortigas preparadas como espinacas. Los primeros platos cocinados por mí. El cabo aportaba la sal y comía setas conmigo.
Desde entonces me gusta cocinar para invitados. Para aquellos que el presente me trae a casa, pero también para invitados imaginados o procedentes de la Historia: así, recientemente tuve como invitados a mi mesa a Michel de Montaigne, al joven Enrique de Navarra y, como biógrafo del posterior Henri Quatre de Francia, al mayor de los hermanos Mann… Una reunión de caballeros reducida, pero comunicativa, que se complacía en las citas. Hablamos de piedras de riñón y de vesícula, de la matanza de la Noche de San Bartolomé, del otro hermano de la hanseática familia, y otra vez de la permanente miseria de los hugonotes y, comparativamente, de Burdeos y Lübeck. De pasada, difamamos a los juristas como plaga, comparamos las deposiciones intestinales duras y blandas, conjuramos luego el pavo dominical en la cacerola de todos los franceses, y discutimos, mientras mis invitados, después de la sopa de pescado, se deleitaban con un plato de robellones con mollejas de ternera empanadas, sobre la miseria de la Ilustración después de tanto progreso. También nos pareció importante la pregunta, todavía no prescrita, de si París bien valía una misa. Y en cuanto yo, para completar la fuente de quesos, serví la cosecha más reciente de nuestro nogal de Behlendorf, se discutió vivamente del calvinismo como nodriza del capitalismo.
El que más tarde sería rey se rió. Montaigne citó a Tito Livio o Plutarco. El mayor de los hermanos Mann se burló de los recurrentes motivos de su hermano menor. Yo elogié el arte de citar.
Mi primer invitado, sin embargo, el veterano cabo, a quien serví cantarelas, me habló de ruinas de templos en islas griegas, de la belleza de los fiordos noruegos, las bodegas de los castillos franceses, las más altas montañas del Cáucaso, y de sus viajes oficiales a Bruselas, en donde, aseguraba entusiasmado, se podían comer las mejores frites. Conocía la mitad de Europa, tanto tiempo llevaba ya de uniforme, tan aguerridamente viajado se presentaba, tan transfronterizo. Cuando los platos estuvieron vacíos, cantó para su anfitrión «En una ciudad de Polonia…».
Lo mismo que los despachos de guerra del Alto Mando de la Wehrmacht me habían ayudado a adquirir amplios conocimientos geográficos, el desarrollo de la guerra había dado a mi invitado, el cabo, ese cosmopolitismo parlanchín que hoy, durante este tiempo de paz prolongada, ofrecen las veladas con diapositivas de turistas que fotografían maníacamente. Él dijo también:
—Allí quiero volver con mi Erna algún día, a todos esos sitios, más tarde, cuando se haya disipado el humo de la pólvora.
Es cierto que el plato de setas y la ensalada de ortigas me convirtieron en cocinero y anfitrión, pero las aptitudes para mi placer, que dura hasta hoy, por cocer esto con aquello en un puchero, rellenar una cosa con otra, realzar con ingredientes algún gusto especial e imaginarme al cocinar invitados vivos y muertos, se anunciaron ya en la primera etapa de hambre corroedora, cuando el herido, por completo curado, fue arrancado de las manos cuidadoras y enviado directamente, de tomar las aguas en el balneario de Marienbad, al campamento del hambre en el Alto Palatinado.
Entre diez mil y más de diez mil prisioneros de guerra aprendí, después de diecisiete años de saciarme de comida regularmente —sólo rara vez escaseó el alimento—, a sufrir el hambre, porque ella tenía la primera y la última palabra, como constante tormento corroedor y, al mismo tiempo, a utilizarla como fuente de una inspiración que salía siempre a borbotones; mientras se exacerbaba mi imaginación, yo adelgazaba visiblemente.
Es cierto que ni uno solo de los diez mil murió de hambre, pero la escasez nos ayudó a tener un aspecto ascético. Hasta quien no tenía tendencia a ello se veía espiritualizado. Ese aspecto espiritual debía de sentarme bien igualmente: con ojos agrandados, percibía más de lo que había y oía coros sobrenaturalmente jubilosos. Y como el hambre nos familiarizaba con la máxima «No sólo de pan vive el hombre», con esta o aquella entonación, unas veces como cínico eslogan del campamento, otras como lugar común consolador, en muchos aumentaba el deseo de alimento espiritual.
Algo ocurría en el campamento. Por todas partes, las actividades anulaban la apatía colectiva, hasta ayer mismo abrumadora. Nada de deslizarse de un lado a otro lastimeramente, nada de desánimo. Los vencidos se recuperaban. Más aún: nuestra derrota total liberaba fuerzas que en el transcurso de la guerra se habían refugiado en sótanos y ahora se ponían en movimiento, como si todavía —aunque fuera en otro campo— se tratara de vencer.
La potencia ocupante toleraba ese talento para la organización innato de los alemanes, como prueba incesante de un don especial.
Nos organizamos en grupos y grupitos, que cultivaban en todo el campamento alguna disciplina que debía ser útil para la educación general, la apreciación del arte, el entendimiento filosófico y el relanzamiento de la fe, así como los conocimientos prácticos. Todo ello se desarrollaba según un horario, a fondo y puntualmente a la vez.
En los cursos se podía aprender griego clásico y latín, pero también esperanto. Grupos de trabajo se dedicaban al álgebra y las matemáticas superiores. El ámbito para la especulación extravagante y el pensamiento profundo iba de Aristóteles a Heidegger, pasando por Spinoza.
En todo aquello, el perfeccionamiento profesional no llevaba la peor parte: futuros procuradores se familiarizaban con la doble contabilidad, constructores de puentes con problemas de estática, juristas con trucos legales, los economistas de mañana con las leyes orientadas a los beneficios de la economía de mercado y los consejos de especuladores de bolsa conocedores del porvenir. Todo ello ocurría con vistas a la paz y a sus imaginados márgenes de maniobra.
Por otra parte, se enseñaba la Biblia en grupos de trabajo. Hasta la introducción al budismo fue muy popular. Y como una multitud de instrumentos de música había sobrevivido a las retiradas ricas en pérdidas de los últimos años bélicos, se reunía a diario una orquesta de armónicas, ensayaba diligentemente al aire libre y se presentaba en público, incluso ante oficiales americanos y periodistas de ultramar. La Internacional de todos los soldados, «Lili Marleen», populares canciones de moda y también piezas de concierto, como «El paseo en trineo de San Petersburgo» y la «Rapsodia húngara», tenían éxito.
Además, había círculos de canto y, pronto, un coro a cappella que, los domingos, deleitaba a un puñado de amantes de la música con motetes y madrigales.
Todo eso y sin duda más se nos ofrecía el día entero. Al fin y al cabo, teníamos tiempo. En el campo de masas del Alto Palatinado no había ningún atractivo para las columnas que trabajaban fuera. Ni siquiera se nos permitía limpiar escombros en la cercana Núremberg. Sólo dentro del cercado vigilado se podía aprender valientemente, en tiendas de campaña, cuarteles y amplios establos de caballos —el campamento debió de ser en otro tiempo sede de la guarnición de un regimiento de caballería—, a luchar contra el hambre y su insistente corroer.
Había pocos que no participaran. Lamentándose, les gustaba ser vencidos y lloraban batallas perdidas. Algunos creían incluso poder conseguir victorias a posteriori —por ejemplo en la batalla de tanques de Kursk o en Stalingrado y alrededor de Stalingrado— trazando frentes en la arena. Muchos, sin embargo, se inscribían en cursos diversos, por ejemplo por la mañana de taquigrafía y por la tarde de poesía del alto alemán medio.
¿Y qué fue lo que me convirtió en colegial? Como desde los quince años, es decir, desde que me puse el elegante uniforme de ayudante de la Luftwaffe, me había sustraído al colegio y sus notas, hubiera debido decidirme sensatamente por las matemáticas y el latín, mis dos asignaturas deficitarias, y —para ampliar mis anteriores conocimientos de arte— por una serie de conferencias sobre el tema de «Las esculturas votivas altogóticas de la catedral de Naumburg». También hubiera podido serme de ayuda un grupo de terapia que se ocupaba de los, difundidos en el campo de prisioneros, «Trastornos de comportamiento durante la pubertad». Sin embargo, el hambre me llevó a un curso de cocina.
Esa tentación se encontraba, entre otras ofertas, fijada en la pizarra que tenía su lugar delante del cuartel de la administración del campo. En la hoja había incluso un monigote con gorro de cocinero como publicidad. En la antigua unidad veterinaria del regimiento de caballería, el más absurdo de los cursos reclamaba a diario dos horas seguidas. Había que llevar papel para escribir.
Qué suerte que en Marienbad, cuando me vi favorecido con los alfileres plateados del Muro occidental como futuros objetos de cambio, no sólo me enriquecí además con el cubilete y los dados de hueso, sino también con un montón de hojas de papel de tamaño DIN-A4, dos cuadernos en octavo y lápices, con sacapuntas y goma de borrar.
Aunque, desde entonces, el recuerdo tiene agujeros en esta o aquella dirección y, por ejemplo, no sé si en la época del campamento tenía que afeitarme ya la pelusilla de melocotón, y en general no estoy seguro de cuándo dispuse de una brocha y de mi propia maquinilla de afeitar, no me hace falta sin embargo recurrir a ninguno de mis medios de ayuda para ver delante de mí la sala casi vacía de la antigua unidad veterinaria. Está alicatada de blanco hasta la altura de un hombre. Un estante vidriado azul limita el borde superior. Igualmente me confirmo la negra pizarra frente a la amplia fachada de vidrio, pero no puedo decir nada del origen del pedagógico mueble. Probablemente la pizarra ha demostrado ya su utilidad en la instrucción de futuros veterinarios militares, cuando se trató de la constitución del caballo, su tracto digestivo, sus tobillos, el corazón, el bocado y los cascos, y no en último lugar de las enfermedades de ese útil cuadrúpedo de montura y tiro. ¿Cómo se trata un cólico de caballo? ¿Cuándo duermen los caballos?
Tampoco estoy seguro de si el aula por mí incuestionablemente recordada, después de la hora doble «Curso de cocina para principiantes», quedaba sin utilizar, o si entre sus paredes se enseñaban otros saberes con ayuda de la pizarra lavable, por ejemplo griego clásico, o las leyes de la estática. Posiblemente se calcularon allí los primeros márgenes de beneficio del posterior milagro económico, como la maximización de las ganancias, y se probaron —adelantándose mucho a su tiempo— las fusiones en el área del carbón y el acero o, lo que es hoy práctica habitual, las OPAS hostiles. Sin embargo, posiblemente aquella sala para fines múltiples servía también para los servicios religiosos de este u otro culto. Las altas ventanas ojivales daban a aquel rectángulo resonante, que olía menos a caballo que a Lysol, algo de religioso.
En cualquier caso, el lugar de los hechos invita una y otra vez a escenificaciones, cuyos desarrollos se pierden en ramificaciones; nunca me han faltado personajes a los que convocar. Por eso, esta historia fue contada otra vez, y concretamente hacia finales de los sesenta, en la novela anestesia local, por un profesor de instituto llamado Starusch, de forma más insuficiente que concluyente, que colocó el Libro de cocina para principiantes en el gran campamento de Bad Aibling, es decir, bajo el cielo despejado de la Alta Baviera, y renunció a la pizarra.
Sin embargo, mi versión, ese tratamiento excesivamente ficticio en el que, como maestro de cocina, aparece sin rostro un tal señor Brühsam, se presta a ser rechazada con hechos fidedignos; después de todo, fue a mí a quien el hambre llevó a un abstracto curso de cocina.
Claramente e inconfundible con nadie, lo veo a él, el Maestro, ante la pizarra, aunque su nombre se me haya olvidado. Una figura de apóstol de edad intermedia, vestido con la ropa militar habitual, flaco, alto, que quería que sus alumnos lo llamaran Chef. De forma muy poco militar, aquel canoso de pelo crespo reclamaba respeto. Sus cejas eran tan largas que uno hubiera querido peinárselas.
Nada más empezar, nos dio a conocer su carrera profesional. Desde Bucarest, pasando por Sofía y Budapest, había llegado, como solicitado jefe de cocina, hasta Viena. Casualmente dejó caer los nombres de grandes hoteles de otras ciudades. Pretendía haber sido, en Zagreb o Szegedin, cocinero personal de un conde húngaro o croata. Hasta mencionaba el hotel Sacher de Viena como acreditativo de su carrera en el arte culinario. En cambio, no estoy seguro de si en el coche restaurante del legendario Orient Express cocinó para viajeros ilustres, siendo así testigo de intrigas finamente tejidas y complicados asesinatos, que incluso para detectives literarios certificados sólo podían resolverse con un olfato ingenioso.
En cualquier caso, nuestro maestro, como jefe de cocina, trabajó exclusivamente en el sudeste de Europa, y por consiguiente en esa región multinacional en la que no son sólo las cocinas las que se diferencian de forma tajante, aunque se mezclen.
Si se pudiera confiar en sus insinuaciones, venía de la distante Besarabia, y era por tanto, como se decía entonces, un Beutedeutscher («alemán de botín») que, como las personas de procedencia alemana de los Estados bálticos, fue traído «de vuelta a su hogar en el Reich», como consecuencia del pacto entre Hitler y Stalin. Sin embargo, ¿qué sabía entonces yo, desde la estupidez de mis verdes años, acerca de las consecuencias, hasta hoy, del pacto Hitler-Stalin? No, sólo conocía la despectiva clasificación de «alemanes de botín».
Poco después de comenzar la guerra, por lo que todo el mundo —es decir, yo también— sabía, en los alrededores de mi ciudad natal, hasta donde se extendía la Cachubia y en la landa de Tuchel, se había expulsado de sus granjas a familias polacas de campesinos, asentándose en su lugar Beutedeutschen bálticos. Su forma de hablar muy abierta se podía imitar fácilmente, por ser similar al bajo alemán casero, y además, en el Conradinum, aunque sólo por corto tiempo, yo había coincidido con un chico de Riga.
Sin embargo, el «alamán» especial de nuestro jefe de cocina, degradado, como él decía, a «artillero de fogones» y cuya carrera militar había encontrado su fin como cabo, resultaba extraño a mi oído. Él decía «pizca» en lugar de «poco». A la col la llamaba siempre «repollo» y mascullaba entre dientes como el apreciado actor de cine Hans Moser, en cuanto, para explicar algo, se ponía ante la pizarra, gesticulando además elocuentemente con las manos.
Se hubiera podido suponer que a nosotros, escolares muertos de hambre, él, como algún espíritu sádico atormentador, nos hubiera regalado con platos exquisitos, por ejemplo Tafelspitz con salsa de rábano picante, albóndigas de lucio, Schaschlik, arroz silvestre con trufas y pechuga de faisán glaseada con chucrut y vino, pero él nos venía con otras cosas, con una honesta cocina casera. Conjuraba grandes delicias al margen de sus digresiones fundamentales, que cada vez se centraban en algún objeto dispuesto para la matanza.
Nosotros, pobres hambrientos, tomábamos apuntes. Páginas totalmente garabateadas. Se cogen… Se añade… Se deja reposar dos horas y media…
Ay, si de mi herencia de Marienbad no se hubiera salvado al menos uno de los dos cuadernillos. Por ello, de todas las horas dobles elocuentemente impartidas en medio de los participantes en el curso, entre los que se contaban jóvenes granujas como yo, pero también padres de familia entrados en años, sólo se me han quedado dos o tres cosas, aunque tengan detalles enjundiosos y chorreen manteca.
Él era un maestro de la evocación. Sólo con una mano obligaba a sueños cebados a reposar en el tajo y caer bajo la cuchilla. Sacaba gusto de la nada. Revolvía el aire convirtiéndolo en sopas espesas. Con tres palabras gangosas ablandaba las piedras. Si hoy en día reuniera a mis críticos, que han envejecido conmigo, y lo invitara a él, como invitado de honor, les podría explicar el maravilloso efecto de una imaginación de manos libres, es decir, de la prestidigitación sobre papel blanco; sin embargo, incurables, ellos volverían a saberlo todo mejor que nadie, se comerían sin ganas mis garbanzos con costillitas de cordero y tendrían a mano apresuradamente su mísera herramienta: el nivel de colesterol literario.
—Hoy, por favooor, toca el cerdo —dijo el Maestro como introducción, y dibujó en la pizarra, con tiza chirriante y trazo seguro, los contornos de un cerdo bien desarrollado. Luego dividió el marrano que rampaba sobre la negra superficie en partes nombrables, numeradas con cifras romanas.
—El núúúmero uno ez colita enzortijada, y puede zaber muy bien, cocida en zopa corrieeente de lentejaz…
Luego numeró las patas del cerdo desde las pezuñas hasta las corvas, igualmente apropiadas para ser cocidas. Después pasó del lacón de las patas delanteras al jamón de las traseras. Y así continuó desde el cogote, pasando por el solomillo, hasta las costillitas y la panceta.
De vez en cuando, escuchábamos verdades incontrovertibles:
—Cogote ez máz jugozo que coztillaz…
Envuelto en masa de pan, había que meter el solomillo en el horno. Y otras instrucciones, que todavía hoy sigo.
A nosotros, a los que a diario nos correspondía sólo un cazo de aguada sopa de col o de cebada, nos aconsejaba cortar la capa de grasa a lo largo, a lo ancho, con un afilado cuchillo.
—Bueno, ¡ezo hace máz ricaz cortezaz!
Luego nos miraba inquisitivamente a los ojos, paseaba su mirada sin perdonar a nadie, tampoco a mí, y decía: «Ya zé, zeñorez, por favooor, que zólo tenemoz boca llena de agua», para, después de una pausa calculada, en la que cada uno se oía y oía a los otros tragar saliva, anunciar, con compasión y conocimiento, nuestra común miseria:
—No hablemoz máz de lo graziento, hablemoz ahora de cómo ze mata a cerdo.
Aunque se me perdieran los cuadernillos, la memoria de la cebolla me ayuda a citar fielmente las sentencias estampadas del Maestro. En retrospectiva, veo cómo se vuelve evidentemente pantomímico, porque al demostrar la matanza se trataba sobre todo de «recoger sangre» caliente del cerdo y revolverla sin cesar en una artesa, para que no formara grumos.
—¡Tenéiz que regolver, regolver zin parar!
En consecuencia, sentados en taburetes, cajas y en el suelo embaldosado, revolvíamos en artesas imaginarias hacia la izquierda, hacia la derecha y luego en cruz la sangre del cerdo que salía disparada de una cuchillada imaginaria, humeante, y luego goteante sólo. Creíamos oír a la cerda que chillaba cada vez más débilmente, sentir la calidez de su sangre, aspirar su olor.
Tan pronto como, en años posteriores, me invitaban a una fiesta de la matanza, me solía desilusionar la realidad, porque quedaba por detrás de las evocaciones del Maestro, era sólo una simple matanza, sólo el eco susurrado de sus palabras.
Entonces aprendimos a dejar hervir la sangre revuelta con sémola de avena condimentada con mejorana y meter aquel puré espeso en los intestinos limpios del cerdo, para atarlos luego como salchichas. Para terminar, el Chef nos aconsejó, con medida del Este de Europa, «por favooor» añadir al relleno de las salchichas, «por cada cinco litroz de zangre, treinta decaz de pazaz».
Tan fuertemente quedó engatusado mi gusto para el futuro que durante toda mi vida he comido con hambre canina rellenos de intestino de sémola con puré de patatas y chucrut. No sólo porque son baratos y, en los años cincuenta, yo andaba escaso de fondos, sino porque todavía hoy me gustan en los inevitables París-Bar de Berlín los boudins franceses. El plato de sangre del norte de Alemania Schwarzsauer, espesado con riñones de cerdo picados, es uno de mis favoritos. Y cuando tengo invitados —distintos compañeros de skat de distintas épocas—, en mi mesa aparecen platos fuertes.
Qué placer cuando, después de una mano de skat doblada, las salchichas asadas o rehogadas humean, y la piel del intestino tensamente atada revienta o, cortada, libera su interior: pasas y sémola, mezcladas con sangre cuajada, con grumos. Tan permanentemente educó mi paladar aquel jefe de cocina de la Besarabia, en el masivo campo de prisioneros del Alto Palatinado.
—Pero, por favooor, zeñorez —decía él—, todavía hay pozibilidadez, no hemoz acabado con cerdo.
Como en otro tiempo la Salomé bíblica con sus largos dedos la cabeza del Bautista, señalaba la cabeza de cerdo rodeada con tiza, que antes había numerado en la pizarra, lo mismo que los jamones, el cogote y la cola ensortijada:
—Ahora hacemoz rica gelatina de cabeza de cerdo; no, por favooor, zin cola de pezcado…
Luego seguía otro principio fundamental. La gelatina —él decía la «materia»—, sacada de los carrillos, el hocico en trompa y las flácidas orejas, debía gelatinizarse por sí sola. Después de lo cual celebraba el proceso de cocer la cabeza de cerdo partida en dos, que, en una amplia olla y cubierta con agua salada, debía hervir a fuego lento dos horas cumplidas, y a la que clavos y hojas de laurel, así como una cebolla entera, debían dar el primer gusto.
A finales de los sesenta, es decir, en una época cargada de protestas, en la que se podían conseguir baratas ira, cólera y rabia como titulares de periódico y especias, escribí un largo poema con el título de «Cabeza de jabalí», en el que hacía hervir desde luego las especias tradicionales, pero una y otra vez añadía una punta de cuchillo de rabia coagulada, espesa y residual, y no escatimaba ira y cólera, que brotaban de debajo de las piedras en aquellos tiempos de impotencia ante los poderes que ejercían la violencia, y que luego ayudaron a los llamados revolucionarios del «Sesenta y ocho» en sus pancartas rojas de ira y cólera.
Sin embargo, al deshuesar la mitad de la cabeza, el alumno seguía al Maestro. Con ambas manos en el aire inmóvil él nos mostraba cómo, después de cocer la carne, había que enfriarla, quitar la grasa, de los huesos y el hocico, de los cartílagos, y raspar la gelatina del lóbulo de la oreja y de la piel, especialmente gelatinizables, porque él nunca gesticulaba en vano. Trabajaba con la imaginaria mandíbula, sacaba del cráneo con una cuchara el cerebro cuajado, vaciaba las cuencas de los ojos, nos mostraba la lengua separada del gaznate, levantaba el carrillo liberado de la capa de grasa —un auténtico trozo— y comenzaba, mientras cortaba vivamente en cuadraditos lo obtenido, a enumerar todo lo que, junto a un magro pedazo de pecho o cogote antes añadido, debía ir a parar al caldo que seguía hirviendo: puerros finamente cortados, pepinillos en vinagre en rodajas, granos de mostaza, alcaparras, cáscaras de limón ralladas y pimienta negra gruesa machacada.
Y, después de haber picado pimiento verde y rojo —«pero no del picante»—, en cuanto había vuelto a hervir otra vez todo, la carne en taquitos y los ingredientes amontonados, echaba solemnemente para terminar vinagre, como si vertiera agua bendita del fantasma de una damajuana, en la olla llena hasta el borde; no demasiado poco, porque, como era sabido, el vinagre, frío, pierde sabor.
—Ahora, por favooor, metemoz todo en una fuente de barro, ponemoz en lugar frezco y ezperamoz y ezperamoz con pizca de paciencia, de éza tenemoz baztante.
Durante una larga pausa, en la cual nuestra imagen ideal de una cabeza de jabalí podía gelatinizarse por sí sola y sin ingredientes ajenos, y mientras al aire libre, fuera de la antigua unidad veterinaria, con tiempo primaveral constante, se estudiaban vocablos latinos y, en otros cursos, fórmulas matemáticas, el Maestro fue mirando uno por uno a sus espectadores, víctimas de su magia.
Para que no surgiera ninguna incredulidad, parpadeó un poco, como si también el Maestro despertara entonces del sueño calórico, y dijo, no, masculló con la entonación del ya citado actor de cine:
—Ahora eztá lizto. Ya no tiembla en fuente. Eztá, por favooor, firme para que zeñorez pazen a meza.
Tras otra pausa y repetidos parpadeos, pareció tener el futuro en la punta de la lengua:
—Luego eztará bueno también para dezayuno, cuando todo mejor y baztante cerdo haya.
De todo lo que se perdió, me duele especialmente la pérdida de los cuadernillos. Poder citarlos me haría más digno de crédito.
¿O es que acaso no tomaba notas mientras el Maestro hervía, deshuesaba, separaba y cortaba en taquitos la carne, amontonaba los ingredientes, y además echaba solemnemente el vinagre, como una ceremonia sagrada?
¿Era mi papel de escribir de la reserva de Marienbad, en cuyas hojas sólo había garabateado normalmente poemas que palpaban la carne de las chicas o dibujado los rostros arrugados de soldados veteranos, demasiado precioso para escribir profanas recetas de cocina?
A esas preguntas viene rápidamente una respuesta: fuera el papel el que fuera, con huellas o no de goma de borrar, al mirar hacia atrás me veo con un lápiz volador. Yme oigo tragar, rico en saliva, lo mismo que también tragaban seguramente los otros alumnos del curso de cocina para dominar el ruido constante de su corroedora interior.
Por eso, las lecciones del Maestro están para mí como grabadas, de forma que más tarde, o, tal como dijo el jefe de cocina de la Besarabia como pronóstico seguro, cuando se pudo comprar «baztante cerdo», no sólo llevé al papel aquel poema que celebraba la gelatina de cabeza de cerdo, sino que supe también alegrar a mis huéspedes —vivos o de épocas anteriores— con ollas gelatinizadas hasta el borde. Al hacerlo, rara vez he dejado de hablar, en esta o aquella variante, a los comensales de que se tratara —una vez fueron invitados, además de los editores de la colección popular El cuerno mágico del muchacho, los hermanos Grimm y el pintor Runge—, de aquel curso de cocina abstracto pero que predominó sobre el hambre.
Me gustaba variar el lugar de origen del Chef: unas veces venía del Banat húngaro, otras era Czernowitz su ciudad natal, en donde pretendía haber conocido al joven poeta Paul Celan, que entonces se llamaba todavía Antschel. Y, después de la Bukovina, pudo ser otra vez la Besarabia la región de su cuna. Tan dispersos vivían los Beutedeutschen, hasta que, como consecuencia del pacto de Hitler y Stalin, fueron devueltos a casa.
Unas veces la carne en gelatina llevaba como guarnición patatas salteadas. Otras sabía bien acompañada simplemente de pan negro. Mis cambiantes invitados, entre los que había llegados de ultramar y europeos como el trío de estrellas socialdemócrata Brandt, Palme y Kreisky, o amigos del tempotránsito barroco —Andreas Gryphius, para quien todo era vanidad, y Martin Opitz, antes de que se lo llevara la peste, pero también la madre Courasche con Grimmelshausen, cuando éste todavía se llamaba Gelnhausen—, rara vez dejaban que sobrara nada de la gelatina de cabeza de cerdo. Unas veces, se servía como entremés, otras como plato principal. Sin embargo, la receta seguía siendo la misma.
Mi Maestro pudo hablar mucho aún de cerdos, verracos y lechones, y de su aprovechamiento, durante la hora doble, que rápidamente pasaba. De que en su casa se cebaba a ese animal de bellota con mazorcas de maíz, «choclo», de que en su país había robledos especiales para alimentar a los cerdos, de que la bellota daba carne firme y no demasiado grasa, de que, sin embargo, la capa de grasa del cerdo no debía despreciarse, por lo que la pella de los riñones y del vientre se derretía para hacer chicharrones, y de que con el hígado, corazón y pulmones del cerdo, pasados por la máquina de picar, se podían —como en la matanza con la sangre del cerdo— hacer salchichas —«Pero, por favooor, con mejorana»—, y de que el ahumado de tocino y jamón era un arte suprema.
Cuando todos, yo también, creíamos estar ya suficientemente iniciados y saciados de palabras, dijo para terminar:
—Bueno, zeñorez, hemoz terminado con cerdo. Pero pazado mañana noz divertiremoz una pizca, no hablaré máz de cerdo. Noz ocuparemoz de todaz avez de corral. Dezde ahora puedo decir: «¡Ningún ganzo zin artemiza!».
¿Fue realmente dos días después cuando su frase se convirtió en símbolo de todo lo que iba bien con una oca rellena? Probablemente pasaron días antes de que me absorbiera de nuevo el espacio embaldosado, hasta hoy resonante, de la antigua unidad veterinaria. Días en los que no ocurría nada más que la historia interminable de aquella hambre rumiante, si se prescinde de los rumores que recorrían rápidamente el campamento y retoñaban.
Se temía la transferencia de todos los reclusos de la Alemania oriental a la Potencia de ocupación soviética. Regimientos enteros de cosacos que habían luchado a nuestro lado habían sido entregados, se decía, por los ingleses a los rusos, por lo que, para evitar la venganza soviética, grupos de familias enteras se habían dado la muerte.
Luego se murmuró otra vez sobre liberaciones en masa inminentes. Y entremedias se hablaba del transporte de los reclusos más jóvenes del campo para reeducarlos: «¡A los Estados Unidos!». Allí, se burlaban los soldados de más edad, nos exorcizarían el joven nazismo que nos quedaba.
El que más duró, como bulo de letrina, fue el rumor de un rearme ya proyectado, ahora decidido y próximamente real de todos los prisioneros de guerra desarmados. Y en concreto con material norteamericano:
—Tanques Sherman y cosas así…
Oí fanfarronear a un sargento:
—Está claro, a partir de ahora estaremos con los yanquis —decíamos ya yanqui y yanquis— contra los ruskis. Nos necesitan. No lo conseguirán sin nosotros…
Se le daba la razón. Que en algún momento empezaríamos contra los rusos era claro como el agua. Habrían tenido que preverlo ya antes, cuando los ruskis estaban todavía detrás del Vístula. Sólo ahora, desde que Adolf había desaparecido y también los restantes capitostes, Goebbels y Himmler, qué sé yo, o los habían trincado como a Göring, nos querían de nuevo.
—Bueno, nuestra experiencia en el frente como baluarte contra la marea roja. Sabemos lo que es luchar contra los ruskis, sobre todo en invierno. De eso los yanquis no tienen ni idea.
—Que no cuenten conmigo. Antes me largo. Dos años ante Leningrado, luego los pantanos de Pripyat, y para acabar junto al Oder, ¡ya está bien!
Sin embargo, también ese rumor que apuntaba al futuro —porque pocos años después, cuando Adenauer aquí, Ulbricht allá se habían vendido a los vencedores, hubo este y aquel ejército alemán— se fue disipando con el tiempo, sin dejar de estar por completo fuera de la circulación.
No obstante, ni siquiera cuando los más febriles rumores de letrina seguían encontrando oyentes y correveidiles —y algunos oficiales empezaban a limpiar ya sus condecoraciones— pudo detenerse la necesidad en todo el campamento de una instrucción general y específica, de una edificación a prueba de Biblia y de un disfrute intelectual. Por lo que a mí y a mis compañeros se refiere, ninguno quería salvar, con uniforme americano, a Occidente ni a quien fuera. Seguíamos entregándonos pacíficamente a la anestesia culinaria del hambre corroedora.
Sin duda por ello tengo la impresión de que las dos horas sobre el tema de la oca, al mismo tiempo o poco después del aprovechamiento del cerdo, han sido convenientes para mi arte culinario luego plenamente disfrutado, y además decisivas para su desarrollo ulterior. Porque en retrospectiva me veo por una parte como un chico cohibido, que acariciaba con insistencia sus difusas ansias, y por otra como un cínico prematuramente envejecido que había visto muertos despedazados y soldados ahorcados columpiándose. Como gato escaldado, cuya fe en lo que fuera —Dios o el Führer— había quedado reducida a nada, para mí, prescindiendo de mi cabo, que cantó conmigo en el bosque oscuro «Hans pequeñito», había una sola autoridad: la de aquel hombre flaco y ya canoso cuyas cejas estaban pidiendo ser peinadas. Él sabía, con palabras y gestos, quitar a mi hambre su aguijón, aunque sólo fuera por unas horas.
Por eso nuestro jefe de cocina, que, para enseñarnos sin duda, puso aún otros animales de matadero bajo nuestro cuchillo, preparando carne de venado adobada y esto o aquello para salchichas, así como pescado y animales de paso de cangrejo para su degustación, se me ha quedado presente de tal modo como fuerza evocadora, que todavía hoy, en cuanto mecho una pierna de cordero con ajo y salvia o quito la áspera piel a una lengua de ternera, me mira por encima del hombro.
Y así fue también segura su magistral dirección cuando, con respecto a una vaciada oca de San Martín, a la que estaba invitado una noche como huésped el filósofo Ernst Bloch, en la Niedstraße de Friedenau, tuve que elegir entre un relleno de manzanas o el relleno de castañas recomendado por el Maestro. Como quiera que me decidiese, el alumno estaba ya vacunado con la exhortación «¡Ninguna oca zin artemiza!».
En aquella época, hacia finales de los sesenta, cuando la revolución, gracias a muchos signos admirativos, se afirmaba al menos sobre el papel, di preferencia a las castañas. A Bloch le tocó en el plato, además de media pechuga y un ala, el hueso de la suerte, lo que lo animó enseguida a extenderse. Elogió el relleno de castañas y durante la comida nos contó a Anna y a mí, y a cuatro asombrados niños, unas veces a cámara acelerada y otras a cámara lenta, su cuento inacabable del hombre inacabado, en cuyo transcurso pasó de Thomas Müntzer a Karl Marx y, como derivación de su mensaje mesiánico, a Old Shatterhand y por lo tanto a Karl May, y luego fue Moisés quien tronó desde la montaña; de pronto tarareó un motivo de Wagner, luego recordó el origen oral de la literatura, quitó murmurando a la marcha erguida algunos obstáculos del camino y finalmente, después de diseccionar otro cuento —¿fue Hänsel y Gretel?—, levantó el roído hueso de la suerte, ordenó resplandecer a su cabeza de profeta y evocó su principio, frecuentemente citado, para entonar enseguida un panegírico de las historias embusteras, en general y en particular.
Los niños que había en la mesa —Franz, Raoul, Laura y el pequeño Bruno— tenían la boca abierta y escuchaban a nuestro especialísimo invitado tan crédulamente como yo, en otro tiempo, escuchaba a mi Maestro, el jefe de cocina de la Besarabia que recomendaba la artemisa para todo relleno de oca.
De pronto desapareció. No había ya jefe de cocina que, con sus gestos de invitación —«por favooor, zeñorez»—, pudiera calmar nuestra hambre. Se dijo que, por orden de muy alto, lo habían trasladado. Se le había visto por última vez en un jeep, sentado entre dos policías militares de casco pintado de blanco.
Al mismo tiempo surgieron rumores. El general Patton, que mandaba el Tercer Ejército de los Estados Unidos y cuyo odio a los rusos expresado en toda clase de discursos había alimentado aquel bulo de las letrinas según el cual se nos necesitaba, rearmados, para un renovado frente del Este, aquel, ay, tan previsor general había hecho llamar al jefe de cocina de fama internacional como cocinero particular, a fin de que cocinara para él y para sus invitados de alto rango.
Cuando, más tarde, el general Patton murió, presuntamente en un accidente, se reavivaron los rumores: habría sido asesinado, quizá envenenado. Como mezclado en aquel asesinato, habían detenido a su cocinero personal, nuestro Maestro de la cocina virtual. Con él pusieron también a buen recaudo a otros agentes y personajes sospechosos. No obstante, por consejo de un especialista alemán en asuntos del servicio secreto, el proceso contra los conjurados y el correspondiente sumario se habían mantenido bajo llave. Es decir, un material para una novela o película con el que se hubiera podido cocinar algo.
Sin embargo, por lo que a mí respecta, el hambre, apenas hubo desaparecido el Maestro y presunto cocinero personal, comenzó a corroerme con dientes más afilados. Sólo entonces me atrajo esbozar el guión de una película policíaca, en cuyo transcurso el arte culinario sudoriental europeo pone al general Patton de humor fanfarrón y evocador de una nueva guerra, pero sin embargo también en peligro a mi Maestro, porque el vocinglero amante de la guerra no sólo es para la NKVD rusa una molestia que hay que eliminar, sino que los servicios secretos occidentales piensan igualmente que hay que poner remedio: Patton habla demasiado, demasiado alto y demasiado pronto. Patton no tiene paciencia. Patton tiene que desaparecer, aunque sea con ayuda de una oca rellena, en la que, en lugar de artemisa, otra hierba aromática…
Según el guión, así se podrían poner a prueba las reglas de juego de la guerra fría, y describir minuciosamente el momento en que nació la «Organización Gehlen», como semillero del Servicio de Información alemán, que pronto comenzaría a funcionar, y favorecer además la industria del cine.
Sólo después de haberse disuelto en parte el campamento de los terrenos del campo de maniobras de Grafenwöhr y haber sido trasladados nosotros a finales de mayo, en camiones, al campo al aire libre de Bad Aibling, en la Alta Baviera, en donde vivimos en agujeros en el suelo bajo lonas de tienda, hasta que pocas semanas después nos repartieron, llevándonos a campos de trabajo, disminuyó el hambre, porque, con ayuda de mis mercancías de intercambio, los alfileres del Muro del Oeste, que resplandecían como plata, conseguí mejorar las raciones matutinas, pobres en calorías, de Morgenthau.
La contrapartida, cigarrillos americanos, resultaba para mí, a quien el tabaco no podía tentarme aún, especialmente lucrativa. A cambio se conseguía pan y manteca de cacahuete. Una lata de corned beef de un kilo aparece arrastrada por mi recuerdo. Además, gruesas barras de chocolate. También pretendo haber recibido a cambio una gran provisión de cuchillas de afeitar Gillette, indudablemente no para mi propio uso.
Una vez —todavía en el gran campo de Bad Aibling—, tres cigarrillos Camel me reportaron una bolsita de comino que mastiqué recordando la carne de cerdo con col y comino: una receta del desaparecido Maestro.
Y di del comino obtenido a mi compañero, con el que, con lluvia persistente, me acurrucaba bajo una lona y, con tres dados, me jugaba quizá nuestro futuro. Ahí está, se llama Joseph, me habla con insistencia —de forma imperturbablemente baja, incluso suave— y no puedo olvidarlo.
Yo quería ser esto, él quería ser aquello.
Yo dije que había varias verdades.
Él dijo que sólo había una.
Yo dije que no creía ya en nada.
Él acumulaba un dogma sobre otro.
Yo exclamé: Joseph, no querrás llegar a Gran Inquisidor o más alto aún.
Él conseguía siempre más puntos a los dados y citaba, al lanzarlos, a San Agustín, como si lo conociera en versión latina.
Así hablábamos y jugábamos día tras día, hasta que, un día, como estaba en su casa en terreno bávaro, fue puesto en libertad, mientras que yo, como no tenía una dirección postal segura y, por consiguiente, un lugar, fui primero al despioje y luego a un campo de trabajo.
Y allí se divulgaron dos acontecimientos que a nosotros, los POW, nos afectaron de distinta forma: por una parte, se habló del lanzamiento de dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas cuyo nombre no había oído antes. Aguantamos el doble golpe, porque más palpable y, para nosotros, más real fue el otro suceso: la cura de adelgazamiento dispuesta por Morgenthau, el político americano, se suprimió a finales del verano. Pasamos a más de mil calorías. De nuestra ración formaba parte incluso un octavo de libra de embutido.
En adelante pudimos considerarnos más satisfechos que todos los que, fuera de las alambradas, exhibían su hambre en el mercado negro. Por las brigadas de trabajadores que limpiaban montañas de escombros en Augsburgo y Múnich supimos que los paisanos hacían allí cola para conseguir lo poco que podía conseguirse aún en panaderías y carnicerías. A ellos se les daba la libertad, con raciones cada vez más escasas; a nosotros, tras la cerca del campo, cada vez nos iba mejor y mejor. Se adaptaba uno; con la falta de libertad uno se sentía protegido.
Muchos prisioneros de guerra, sobre todo aquellos cuyo lugar de nacimiento estaba en zonas ocupadas por rusos o polacos, temían incluso ser puestos en libertad. Posiblemente yo era uno de ellos. Sin noticias de padre o madre —¿habrían huido a tiempo con la hermana de Danzig, o se habrían ahogado a bordo del Gustloff?—, me veía tentativamente sin padres, apátrida, como desarraigado. Me complacía en la autocompasión, ensayaba papeles, me trataba a mí mismo como huérfano. En especial de noche, sobre el colchón de paja.
Por suerte había compañeros de la misma edad en situación parecida. Sin embargo, más que mamá y papá echábamos en falta lo que de forma insatisfactoria podía soñarse con contornos femeninos: como alternativa hubiéramos podido hacernos maricas. Y a veces, no, con frecuencia nos tocábamos mutuamente, nos toqueteábamos.
Luego mejoró otra vez la situación. Con mi inglés escolar, que utilizaba sin inhibiciones en toda ocasión para que se americanizara, fui destinado a un destacamento de trabajo que, en la zona de cuarteles del aeropuerto de Fürstenfeldbruck, tenía que ocuparse de lavar los platos de la cocina de una compañía de la US Air Force. También nos incumbía pelar patatas y limpiar zanahorias. Todas las mañanas nos llevaba el camión a un lugar que sólo hubiera podido encontrarse en los cuentos, concretamente en el país de Jauja.
Un grupo de DP, como se llamaba a las displaced persons por las letras que, como abreviatura, llevaban en la espalda, había encontrado allí también trabajo como brigada de lavado y planchado. Media docena de jóvenes judíos, que, ayudados únicamente por el azar, habían sobrevivido a diversos campos de concentración y querían todos irse a Palestina, aunque no se lo permitían.
Como nosotros, se asombraban de la cantidad de restos de comida, montañas de puré de patata, grasa de tocino frito y esqueletos de pollo a los que sólo faltaban pechuga y patas, que iban a parar día tras día a los cubos de basura. Como contemplábamos mudos aquel desperdicio, cabe suponer sentimientos encontrados. ¿Podría ser que el espejo en el que, hasta entonces, había visto yo, idealizado, el retrato del vencedor tuviera de pronto una fisura?
Es cierto que a los judíos y a nosotros, de la misma edad, nos correspondían restos suficientes, pero con eso terminaba lo que teníamos en común. Vigilados sólo de forma relajada, nos peleábamos verbalmente en cuanto las pausas del trabajo nos daban oportunidad. Los DP hablaban casi siempre entre ellos en yiddish o polaco. Cuando sabían palabras alemanas, eran «Raus! Schnellschnell! Stillgestanden! Fresse halten! Ab ins Gas!» («¡Fuera! ¡Deprisadeprisa! ¡Alto! ¡Cállate la boca! ¡A la cámara de gas!»). Recuerdos verbales de una experiencia que nosotros no queríamos admitir.
Nuestro vocabulario se componía de un alemán de soldado que repetíamos como loros: «¡Sinvergüenzas! ¡Meones! ¡Habría que meteros en cintura!».
Al principio, los yanquis se reían de nuestras peleas verbales. Eran GI blancos para quienes lavábamos los platos. Insultaban a los GI de la compañía vecina llamándolos niggers. Los jóvenes judíos y nosotros lo oíamos todo en silencio, porque nuestra pelea se desarrollaba en un campo cultivado de otra forma.
Luego nos abordaron pedagógicamente. Sin embargo, el education officer americano, alguien con gafas y voz suave que llevaba siempre camisas recién planchadas, se esforzaba en vano, sobre todo porque nosotros, es decir, también yo, no queríamos creer lo que nos mostraba: fotos en blanco y negro, imágenes de los campos de concentración de Bergen-Belsen, Ravensbrück… Veía montañas de cadáveres, los hornos. Veía hambrientos, muertos de inanición, supervivientes reducidos a esqueletos de otro mundo, increíble.
Nuestras frases se repetían:
—¿Y dicen que eso lo han hecho los alemanes?
—Eso no lo han hecho nunca los alemanes.
—Algo así no lo hacen los alemanes.
Y entre nosotros decíamos:
—Propaganda. Todo es sólo propaganda.
Un albañil cualificado que, para su reeducación, fue enviado con nosotros, que pasábamos por ser jóvenes nazis, a una breve visita a Dachau, dijo, después de que nos llevaron de un departamento a otro por el campo de concentración:
—¿Habéis visto las salas de duchas, supuestamente para el gas? Estaban recién enlucidas, seguro que las han construido los yanquis después…
Pasó tiempo hasta que comprendí a empujones y admití vacilante que, sin saber o, mejor, sin querer saber, había participado en un crimen que con los años no disminuye, que no quiere prescribir y que todavía padezco.
Como del hambre, puede decirse de la culpa y de la vergüenza que la sigue que es algo que corroe, corroe incesantemente; sin embargo, sólo he pasado hambre a veces, en cambio la vergüenza…
No fueron los argumentos del education officer ni las fotos extremadamente claras que nos presentaba los que hicieron flaquear mi obstinación, sino que mi bloqueo cayó sólo un año más tarde cuando oí en la radio —nosédónde— la voz de mi antiguo dirigente juvenil del Reich, Baldur von Schirach. Poco antes de leerse la sentencia, los acusados en Núremberg como criminales de guerra pudieron hacer uso de la palabra por última vez. Para disculpar a las Juventudes Hitlerianas, Von Schirach aseguró que ellas no habían sabido nada, y que él, sólo él, había tenido conocimiento del exterminio planificado y realizado como solución final de la cuestión judía.
A él tuve que creerlo. A él le creo todavía hoy. Sin embargo, mientras estuve en el destacamento de cocina como lavaplatos e intérprete, seguí obstinado. De acuerdo, habíamos perdido la guerra. Los vencedores nos habían superado en número, tanques y aviones, y además en calorías. Pero ¿y las fotos?
Nos peleábamos con los judíos de nuestra edad.
—¡Nazis, so nazis! —gritaban.
Nosotros les respondíamos:
—¡Largaos a Palestina!
Luego volvíamos a reírnos, unánimes, de aquellos norteamericanos raros, incluso cómicos, sobre todo del education officer que inútilmente se esforzaba y al que poníamos en apuros preguntándole por el audible trato despectivo de los niggers.
En cuanto nos hartábamos de pelear, hablábamos obscenamente de mujeres, imágenes intangibles. Porque no sólo los POW sino también los hijos supervivientes de padres judíos asesinados estaban hambrientos de sus respectivas chicas ideales. Los yanquis, que exhibían por todas partes sus pin-ups, nos parecían ridículos.
Una o dos veces, uno de los DP, al que los otros llamaban Ben, me pasó una lata, llena hasta el borde de espesa grasa de asado, sin decir palabra, poco después del control y antes de que subiéramos a la parte de atrás del camión, porque en realidad estaba prohibido llevar al campamento restos de comida.
En retrospectiva, Ben está ante mí con pelo rojo y rizado. De Ben y Dieter trataba un discurso que, en marzo del sesenta y siete, pronuncié en Tel Aviv. Me había invitado la universidad. En aquella época yo tenía treinta y nueve años y pasaba por aguafiestas debido a mi tendencia a llamar por su nombre a todo lo mucho tiempo silenciado.
Mi discurso llevaba el título de «Discurso sobre la habituación». Lo pronuncié en alemán, porque los oyentes eran en su mayoría judíos de ese origen. A lo largo del discurso hablé de Ben y Dieter, de los enfrentados destacamentos de lavado de platos y cocina, y del education officer, que trataba de mediar entre los grupos en discordia.
En mi manuscrito se llamaba Hermann Mautler, había tenido que huir en el treinta y ocho de Austria, había emigrado a los Estados Unidos, pasaba por historiador de carrera y creía en la Razón. Mi relato, cosido en el discurso que pronuncié ante un público sobreviviente, hablaba detalladamente de su fracaso. Y cuando hoy, después de casi cuatro decenios de distancia, lo leo, me parece como si su fracaso fuera similar a mi inutilidad.
El nombre de Hermann Mautler es desde luego inventado, pero aquella frágil persona, que no sé ya cómo se llamaba realmente, me resulta más clara que aquel muchacho obstinado que trato de reconocer en una imagen temprana de mí mismo; porque también el Dieter de mi relato es sólo una parte de mí.
Así se mantienen frescas las historias. Al ser incompletas, tienen que ser inventadas con más detalle. Nunca están acabadas. Siempre aguardan la oportunidad de ser continuadas o contadas a contracorriente. Como la historia de Joseph, el chico bávaro que ya muy pronto fue puesto en libertad en el gran campo de Bad Aibling y con el que, durante largos días, aplasté piojos, comí cominos con lluvia bajo una lona y aposté por nuestro futuro. Una persona suave que creía tener siempre razón. De él hay que hablar una y otra vez, porque ese Joseph, desde que era monaguillo, escribía poemas igual que yo, aunque sus planes para el futuro eran muy distintos…
Sólo la historia de Ben y Dieter puede terminar, porque el destacamento de cocina, en el otoño, poco antes de que cumpliera yo los dieciocho, fue relevado por un grupo de soldados de más edad. Los DP permanecieron aún cierto tiempo, probablemente hasta que consiguieron encontrar la salida hacia Palestina, en donde los aguardaban, en calidad de promesa, Israel como Estado y una guerra tras otra.
Es posible que el education officer escribiera luego un libro sobre los problemas especiales de los reclusos púberes de campos de prisioneros de diferente procedencia y sobre su propio y valeroso fracaso. A mí, sin embargo, el cambio de campo me ayudó a conseguir algo que no conocía, llamado libertad.
Sólo unos pocos alfileres del Muro del Oeste aún y, como reserva, el paquete de cuchillas de afeitar formaban parte de mi equipaje cuando, a principios de invierno, fui transportado con otros a las landas de Lüneburg. Fuimos en camiones del ejército por autopistas vacías a través de un paisaje ondulado y luego llano, que se extendía abarcable y pacífico. Nos trasladaban para soltarnos, se decía. De vez en cuando, puentes volados sobre la autopista o los restos de un tanque recordaban espantos que habían quedado atrás. Apenas llegados, ocupamos barracones en el campo de Munster.
Los guardianes ingleses se interesaron por una parte de mis restantes mercancías de intercambio: los bonitos búnkeres de la Línea Sigfrido. Y cuando luego, con un papel estampillado, desinfectado yo y provisto de mi última ración diaria, me soltaron en la zona de ocupación británica, entré en un extenso cercado, bordeado de ruinas: en él debía ponerse a prueba la desconocida libertad.
Lo que a primera vista engaña: al pelar la cebolla comienzan los ojos a inundarse. Por eso se enturbia lo que con la vista clara sería legible. Más claramente encierra mi ámbar con firmeza lo que se puede reconocer como inclusión: de momento como mosquito o diminuta araña. Luego, sin embargo, otra inclusión podría recordar la astilla de granada que tengo encapsulada en el hombro, como souvenir, por decirlo así.
¿Qué me ha quedado aún de la guerra y de la época de la vida en los campamentos, salvo episodios que se han reducido a anécdotas o que, como historias verdaderas, quieren permanecer variables?
Al principio incredulidad cuando las imágenes, en blanco y negro, me espantaron, luego enmudecimiento. Además, lecciones que me enseñaron el miedo y el hambre. Y, gracias al curso de cocina sin accesorios —si se prescinde de la pizarra y sus rastros de tiza—, puedo imaginarme lo que deseo con insistencia, incluso lo inalcanzable, con su olor y su ruido ambiental. Más aún: aprendí a tener invitados a la mesa que vienen en largo viaje de un tiempo lejano, a los que echo de menos como tempranamente fallecidos —por ejemplo los amigos de mis años jóvenes— o que siguen hablando sólo desde libros, declarados muertos aunque están vivos.
Me traen noticias de otro planeta, se pelean todavía en la mesa o quieren, con ayuda de historias embusteras que se fingen piadosas, ser salvados, porque se solidificaron en imágenes de piedra medievales.
Más tarde extendí mi tempotránsito y escribí la novela El rodaballo, en cuyo desarrollo invito a huéspedes de cualquier siglo a sentarse a mi mesa para que puedan ser servidos: arenques de Escania en la época gótica de Dorotea, callos como comida de condenado a muerte, que la abadesa Margarete Rusch supo cocinar para su padre, bacalao con salsa de eneldo como el que rehogaba la doncella Agnes para el enfermizo poeta Opitz, la sopa de patata de Amanda para el «Tío Fritz», y también el relleno de setas de la cabeza de ternero de Sophie, al que el general Rapp, gobernador de Napoleón, sólo con suerte escapó, y los riñones con salsa de mostaza de Lena Stubbe, cuando August Bebel fue su invitado y ella le presentó su Libro de cocina proletaria…
En aquella época, cuando interiormente el hambre corroía, escuché atentamente a mi Maestro. En cuanto hubo ingredientes en oferta, las sopas de aire, las albóndigas de nubes y las gallinas de viento aparecieron en el menú. El «yo» que perdí en mis años jóvenes debió de ser un recipiente vacío. Sean quienes fueren quienes lo llenaron, un cocinero de la Besarabia fue uno de ellos. Con él, que decía «por favooor, zeñorez», me volvería a sentar con gusto a la mesa.