De cómo me hice fumador

Quien por su profesión está obligado a explotarse a sí mismo a lo largo del tiempo, se convierte en un aprovechador de restos. Mucho no quedaba. Lo que, gracias a los medios de ayuda accesibles, se podía formar, deformar, narrar finalmente con saltos hacia delante y luego a contracorriente, se lo tragaron las novelas, como monstruos devoradores de todo, y fue excretado en cascadas de palabras. Al metabolismo lírico siguió el épico. Después de tanto excremento —lo que fue a parar a los libros— surgió la esperanza de haberse convertido por fin en un espacio hueco, haberse vaciado escribiendo y estar como un cuarto bien barrido.

Y, sin embargo, quedaron restos, respetados por el azar: por ejemplo, un documento de identidad fechado en el semestre de invierno del cuarenta y ocho-cuarenta y nueve. Lo estampilló la Academia Estatal de Bellas Artes de Düsseldorf. Ahí está doblado, quebradizo, dañado, y en él, como foto de pasaporte de formato establecido, el retrato de un joven cuyos ojos pardos y pelo oscuro hacen suponer un origen meridional, más bien los Balcanes que Italia. Esforzadamente burgués, lleva corbata, pero parece estar de ese estado de ánimo básico que, poco después de la guerra, se puso de moda como existencialismo y determinó gestos y mímica en las películas neorrealistas…, tan sombríamente abandonado de Dios y concentrado en sí mismo mira el retratado al objetivo.

No hay duda, las anotaciones escritas sobre esa persona, y la firma de su puño y letra, que acentúa los trazos descendentes, confirman lo que era de suponer: ese malhumorado que me resulta extraño soy yo cuando era estudiante de Bellas Artes, en el primer semestre. La corbata puede proceder del arcón de ropa donada del caritativo padre Fulgentius. Y fue anudada de modo expreso para el rápido trámite de una tienda llamada Fotomaton. Bien afeitado y con la raya del pelo correctamente sacada, me veo fotografiado; en fin de cuentas vacuo, lo que abre espacio suficiente para las suposiciones.

La inclinación que sentíamos yo y los que eran como yo por el existencialismo —o por lo que podía entenderse en cada caso como tal— era un artículo, importado de Francia y adaptado a las ruinosas circunstancias alemanas, que se podía llevar como máscara y que a los supervivientes de los «años oscuros», como se perifraseaba la época del dominio nazi, nos sentaba bien a la cara; nos ayudaba a adoptar poses trágicas. Uno se veía a sí mismo, según su humor más o menos melancólico, en una encrucijada o ante el abismo. Al parecer, la humanidad en general se encontraba en una posición igualmente amenazada. Para el estado de ánimo apocalíptico predominante, el poeta Benn y el filósofo Heidegger ofrecían citas apropiadas. El resto lo proporcionaba la muerte atómica, ensayada a fondo y que se podía esperar dentro de poco.

De ese animado comercio de fin de temporada formaba parte el cigarrillo pegado al labio inferior. Señalaba la dirección hacia abajo y se balanceaba, tanto encendido como frío, mientras en conversaciones de noches enteras se resumía en definitiva el ser del hombre como «algo arrojado de todo lo que es». Siempre se hablaba del sentido y el sinsentido, del individuo y la masa, del yo lírico y la omnipresente nada. Y entre las figuras de dicción recurrentes aparecía el suicidio, llamado también muerte voluntaria. Sopesarlo en sociedad mientras se fumaba era de buen tono.

Es posible que el joven de la foto de tamaño pasaporte, en el transcurso de esas conversaciones que intentaban llegar al fondo, que se complacían en perderse en lo absurdo, al principio, como todos aquellos con quienes se reunía para celebrar un final sin fin, se convirtiera en bebedor de té adicto y sólo luego en fumador, pero me resulta difícil fechar la primera vez que eché mano al cigarrillo, una y otra vez aplazado.

En general, el desarrollo cronológico de mi historia me apretó como un corsé. Ay, si pudiera ahora remar hacia atrás y desembarcar en una de las playas del Báltico en donde, de niño, con arena mojada, hacía castillos… Ay, si me sentara otra vez bajo el tragaluz del desván y pudiera leer, ensimismado, como nunca después… O acurrucarme otra vez con mi compañero Joseph bajo una lona y jugarme el futuro, en aquel entonces, cuando el futuro todavía parecía estar fresco del rocío y virgen…

En cualquier caso, ahora tenía veintiún años y me las daba de adulto, pero seguía siendo no fumador confeso cuando, con una chica de Krefeld, cuyas esculturas de animales —corzos y potros— había considerado favorablemente la comisión de examen, fui asignado a la clase de escultura del profesor Sepp Mages. Éramos los más jóvenes.

Alguien, probablemente el padre Fulgentius, me había convencido del efecto estimulante, no del tabaco sino de la glucosa, porque era él quien me la suministraba: donaciones de padres y hermanos siervos canadienses.

Me llamó la atención que en el taller todos los demás, entre ellos un herido de guerra con un ojo de cristal, fueran fumadores. También la modelo, un ama de casa metidita en carnes, fumaba durante el descanso, después de media hora de estar a contrapposto, aunque yo le daba parte de mi glucosa.

Una de las alumnas, que, como mujer ya entrada en años de pelo recogido —el ridiculizado «peinado de cese de alarma» de los tiempos de la guerra—, trataba de mimarme, fumaba como una dama, con boquilla. Su amiga, favorecida por nuestro profesor —posiblemente era su amante—, chupaba nerviosa cigarrillos liados por ella que aplastaba en un trozo de arcilla en cuanto Mages entraba en el taller. Todos echaban humo; uno de los compañeros fumaba incluso en pipa.

Quizá, como principiante demasiado solícito, imité inmediatamente o poco después el echar mano a un cigarrillo o liármelo yo mismo, como copié la bata blanca hasta la rodilla con la que todos los alumnos y alumnas se situaban en semicírculo ante sus figuras de arcilla sobre tacos, mientras miraban al ama de casa desnuda y, con las espátulas y el alambre de modelar, entraban en los detalles físicos. De forma no distinta a la de las enfermeras y médicos jóvenes, aguardaban la visita del médico jefe; porque también Mages, salvo la boina, aparecía de blanco.

Con mis pantalones de dril pescados en el caritativo arcón y el jersey de colores chillones hecho con restos de lana, me consideraba de segunda división. Y como al hijo le faltaba tan llamativamente una prenda como es debido, la madre —orgullosa de su, como ella decía, «flamante académico»— me cortó una bata blanquísima hecha con sábanas, desgastadas sólo en la parte de los pies o la cabeza. En las fotos de aquella época me veo así disfrazado.


Con más claridad que el demorado comienzo de mi carrera de fumador tengo ante los ojos la primera tarea encargada al principiante: se trataba de copiar en arcilla una cabeza de mujer de yeso, de tamaño mayor que el natural y romana tardía, que el profesor Mages había escogido en la sala de antigüedades de la Academia y me había, por decirlo así, endosado.

El andamio de tubos de hierro montado en la base de madera, del que colgaban varitas llamadas mariposas, unidas en cruz, daba firmeza a la masa de arcilla. El ligero giro hacia la izquierda de la cabeza, con su peinado de rizos exuberantes y un perfil igualmente inclinado, dificultaba la reproducción exacta.

Me ayudé con trazos de compás y la plomada, sobre todo porque el comienzo de la espalda insinuaba un suave giro del cuerpo a la derecha. A ello se añadía el nuevo material, arcilla húmeda y blanda que, cuando dejábamos el taller al caer la noche, se envolvía en paños mojados.

Como ante mí flotaban figuras y cabezas muy distintas de las romanas tardías, maldije para mis adentros, pero aprendí tanto más cuanto más me sometía a aquel vaciado de yeso con tendencia a la doble barbilla. Curioso, busqué y encontré la belleza oculta del detalle, por ejemplo en la curvatura de los párpados o el arranque de los lóbulos de las orejas, que colgaban libres.

El practicante de picapedrero y escultor en piedra había tenido que desbastar materiales duros; ahora, en el primer semestre, aprendió a servirse de masas blandas, dar forma a la arcilla gris verdosa y, como Dios Padre, modelar en barro, si no un Adán, sí una cabeza de Eva.


Días de activo ajetreo, porque en alguna parte se celebraban fiestas —¿San Martín?—, luego otra vez silencio y concentración en el viejo edificio de la Academia. Lentamente fue cobrando forma la copia, asemejándose a su hermana de yeso. Entremedias, desnudos y estudios de dibujo ante los huesos reunidos en su totalidad de un esqueleto masculino, al que los alumnos llamaban Tünnes o Schäl: dos personajes populares en Renania, de cuyas vidas de héroe circulaban innumerables chistes.

Y lo que la ciudad podía ofrecer: una y otra vez exposiciones en la Kunsthalle. Los pintores de la Sezession renana, el grupo «Joven Renania», expresionistas, la colección de «Mutter Ey», prestigios locales de Düsseldorf. Vi trabajos de Goller, Schrieber, Macketanz, del escultor Jupp Rübsam. Estaba de moda un pintor llamado Pudlich.

Una exposición de gabinete mostraba acuarelas de Paul Klee, que, hasta que los nazis lo destituyeron, había sido profesor de la Academia. Se decía que, en nuestro taller, antes de irse a París, Wilhelm Lehmbruck había sido alumno de una clase magistral de un tal profesor Janssen. Y otras leyendas: se decía que August Macke, aunque por poco tiempo, había aprendido allí lo que había que aprender. Artistas que alcanzaron la perfección temprano, sus nombres se pronunciaban con timidez.

A veces me atrevía a visitar otros talleres, en los que, por ejemplo, un extraño santo llamado Joseph Beuys pasaba por genio, pero era sólo alumno de Ewald Mataré; quién hubiera podido suponer que, más adelante, haría subir inconmensurablemente el precio de la miel artificial, de diversas grasas y del fieltro.

O una corta visita al zoo de Otto Pankok, en cuyo cercado los talentos proliferaban silvestres y los gitanos entraban y salían, en clanes familiares. Allí nadie llevaba bata blanca.

En la clase del escultor Enseling, que me había asesorado profesionalmente de forma tan breve como decisiva, tropecé con Norbert Kricke, que, fiel al original, emulaba a su maestro y convertía a chicas vivas desnudas en chicas desnudas de yeso, hasta que, sólo unos años más tarde, se cansó de sus niñas desnudas y en adelante, con esculturas de alambre decorativamente doblado, se puso al servicio del espíritu del siglo.

Por todas partes parecían estar surgiendo genios, que no querían admitir que los «modernos», de Arp a Zadkine, eran ya de museo. Sin reparos, los epígonos se hacían pasar por destacados artistas únicos.

¿Tomé yo también impulso para saltar a las alturas celestiales? ¿O estaba ya saciado mi hambre de arte porque tenía seguro un pesebre que prometía estar siempre medio lleno?

Probablemente mi formación artesana con la piedra resistente me guardó de descollar como genio. Además, Mages, que procedía de una familia de picapedreros del Palatinado, me ataba corto. Y algo profano, que sin embargo estaba encima en el catálogo alemán de virtudes —la diligencia—, me empujó también.

Es cierto que seguía viviendo, lejos de la luz del sol, en la habitación de diez camas del hogar de Cáritas del Rather Broich, pero el amplio taller de los alumnos con sus altas ventanas al norte, el olor de la tierra arcillosa, el yeso y los trapos húmedos se convirtieron en mi auténtico hogar. Acostumbrado desde mi formación como picapedrero a levantarme temprano, era el primer alumno que estaba ante el caballete, y a menudo el último que cubría con paños su trabajo. ¿En qué otro lado hubiera podido —aunque sólo fuera unas horas— estar solo? No, no solo: mis diez dedos se ocupaban de una masa moldeable, de arcilla. Se podía sentir algo parecido a la felicidad.

Sólo así puede explicarse que el sábado, poco antes de que la Academia cerrara, abriera una rendija bajo la ventana de ventilación del gran frente de ventanas, para, la tarde del domingo, tener acceso al taller, después de haber trepado fuera por la desigual fachada de piedra natural.

Eso suena temerario y podría dar para una escena de película: la apasionada ascensión del trepador de fachadas, o bien, un nuevo Luis Trenker vence a la pared norte del Eiger. Sin embargo, como los talleres de los escultores así como la yesería y la fundición de bronce estaban en la planta baja, mi ascensión de los fines de semana era fácil; no debo de haberla inventado yo, sino sólo excesivamente practicado. Nadie se molestó por ello. Ni siquiera el portero quiso ver nada.

Hacia la mitad del primer semestre conseguí incluso convencer a una de mis bailarinas del Löwenburg para que participara en la partida ascensionista del domingo, e hiciera de modelo para mí en el taller poco caldeado, aunque calentado al menos parcialmente por una estufa de radiación, por cierto sobre un disco giratorio de madera. Como ella sentía apego por mí, trepó y posó, aunque no sin protestar.

A diferencia de nuestra ama de casa que hacía de modelo durante los días laborables, y cuyas carnes rebosantes correspondían al ideal del veterano maestro francés Maillol y de mi profesor, la tiritante figura a contrapposto de la bailarina de los fines de semana era de complexión delgada. Se le dibujaban claramente las clavículas, los huesos de la pelvis, la columna vertebral. De piernas ligeramente zambas, estaba allí de pie mientras yo hacía girar con luz adecuada su desgarbada belleza.

Ella, como era de natural nervioso, tenía tendencia a llorar, en cuanto estar de pie inmovilizada en una pose le resultaba excesivamente fatigoso. Yo trabajaba deprisa, sin decir palabra. En lugar de descansos, en cuanto empezaba a moverse le ofrecía glucosa. Su pelambrera y sus partes pudendas flameaban rojas.

De forma tan egoísta logró el alumno de mi nombre su primera escultura independiente. Enseguida, después del trabajo y del descenso por la fachada —nunca utilizamos el taller como nido de amor—, íbamos con el tranvía a Grafenberg, donde anunciaban ragtime hasta medianoche. También como bailarina se dejaba llevar fácilmente mi modelo de los fines de semana, flexible y de pies ligeros.


Con arreglo a sus proporciones —¿se llamaba Elsbeth?— surgieron en arcilla algunos esbozos, de los que se ha conservado un vaciado en yeso —Muchacha con manzana—, que se ha transmitido luego como bronce. Y sobre la base de esos esbozos secretos acometí, bajo la vigilancia del profesor de la boina, casi siempre malhumorado, mi primera gran escultura, la chica sonriente, una figura de apenas un metro.

Lejos de todas redondeces maillólicas, ella estaba ante mí con lordosis y brazos colgantes. Mages lo permitía. A él, a quien se atribuían algunos monumentos bélicos surgidos en la época nazi y dos paquetes de músculos del estadio olímpico de Berlín, le gustaban aquellas figuras mías que llegaban hasta el hombro. Más aún: en el invierno del cuarenta y nueve-cincuenta, mi chica, que sonreía un tanto estúpidamente, fue premiada a posteriori, como la escultura de la misma altura pero de caderas intencionadamente anchas de mi compañera Trude Esser, en calidad de trabajo del semestre, y reproducida en el informe anual de la Academia. Fotografiado frontalmente, el vaciado en yeso coloreado que, de esa forma, fingía ser de bronce, estaba de pie, oblicua y descarada a contrapposto. La chica sonriente tuvo para ella sola una página entera.

La publicación del folleto de la Academia, que para mí no habría sido entonces demasiado importante, sólo en retrospectiva adquiere significación, porque hasta la muerte de mi madre —murió de cáncer a finales de enero del cincuenta y cuatro— era la única prueba y documento de mi genio artístico, hasta entonces sólo pretendido. Ella que, temerosamente preocupada, había soportado las «locuras» y prometedores viajes a, como decía ella, el «País de los Sueños», y había creído ciegamente en su hijo, poseía ahora algo que podía mostrar a parientes y vecinos con modesto orgullo:

—Mirad lo que ha hecho mi chico…

Sólo puede sospecharse cómo aquella reproducción aislada que tenía mi madre se convirtió en icono. Ay, si hubiera podido ofrecerle más: algo bonito que enseñar. Sin embargo, mis dibujos a pincel y pluma de caña le parecían horribles, demasiado estremecedoramente sombríos. Por deseo de ella, pedí prestados colores al óleo a mi amigo Franz Witte y pinté, del natural y sobre tablero de partículas preparado, sus flores favoritas, un ramo de asteres… mi único cuadro al óleo.

Desde hacía más de dos años vivían los padres cerca de la mina de lignito Fortuna Nord, en un piso de dos habitaciones propiedad de la empresa, sin duda pequeño pero con buena calefacción y una cocina que servía de cuarto de estar, en Oberaußem, un pueblo en el que se habían asentado muchos mineros. El alquiler era reducido. Poco a poco el piso se fue amueblando.

Si yo iba de visita, lo que ocurría casi siempre sin anunciarme y de forma espontánea, el informe de la Academia estaba en la mesita auxiliar junto al diván. La madre lo había abierto en el lugar adecuado, como si hubiera sospechado mi llegada. Siempre esperaba algo de su hijito, que ahora se había confirmado, dándole renovadas esperanzas.

Y probablemente esa prueba presentable de un rendimiento, con el nombre impreso del autor, suavizó la permanente disputa entre padre e hijo y moderó el tono de nuestras relaciones. Mi hermana, que ya el año anterior había comenzado su aprendizaje de comercio en el Marienhospital de Düsseldorf, pudo, cuando visitamos juntos a los padres, disfrutar de la paz familiar favorecida por aquella reproducción; paz que se mantenía incluso cuando padre o hijo, al jugar al skat en la mesa de la cocina, perdían un gran slam; ese juego de cartas lo aprendí de joven mirando a mi madre, que en el skat subastaba apasionadamente y, sin embargo, rara vez perdía.

Ella cuidaba del folleto de la Academia. Quizá por eso, aquella chica de apenas un metro de altura y eternamente sonriente ha seguido siendo para mí importante hasta mi edad actual, aunque por aquel entonces ese yeso, junto con los otros, figuras sólo de mediana altura, me era tan indiferente que en el siguiente cambio de lugar, a mediados del cincuenta y dos, lo dejé en el taller, con lo que un compañero se llevó aquella chica de un metro, huérfana.

Sólo diez años más tarde, cuando yo tenía ya fama, nombre y dinero suficiente, él dio aviso, de modo que un vaciado en bronce pudo asegurar la supervivencia de la chica. Lo mismo ocurrió con el esbozo Muchacha con manzana, producto de mis ascensiones por la fachada. Edith Schaar, que durante breve tiempo fue modelo en nuestra clase y luego, en el norte de Alemania y España, se volvió creativa como artista polifacética, salvó, después de mi súbita partida, aquel vaciado en yeso, para que recordara una época que para mí, con excepción de objetos tangibles, sólo aparece borrosamente, como en fotografías subexpuestas.


Demasiado poco puede captarse. En los espacios intermedios fluctúan, en el mejor de los casos, estados de ánimo. Lo que hubiera podido ser sordamente opresivo o lúdicamente ligero sigue siendo incierto. No hay acontecimiento que me dé a conocer como persona que actúe o padezca. Tampoco recuerdo lo que entonces, hasta en sus dolorosos detalles, recordaba. La cebolla se niega. Sólo cabe suponer lo que ocurría fuera del taller de alumnos y del caritativo alojamiento. Y también a mí me veo sólo como uno de muchos esbozos, de lejano parecido con el original.

El estudiante de Bellas Artes en su segundo y luego tercer semestre habrá seguido estando, además de obsesionado por el arte e inconstantemente ansioso de influencias siempre nuevas, que se borraban unas a otras con rapidez, hambriento de amor y loco por bailar, pero es inseguro que, en aquellos años de división política del país, de los comienzos de la Guerra Fría y de la lejana guerra de Corea, yo me decidiera por este o aquel partido y, si lo hice, con qué argumentos. Era la época de las consignas sin consecuencias: «Ami go home».

Sólo como sensación se me ha transmitido el asco que surgió en mí ante aquellos tipos a los que sentaba muy bien, como nuevos ricos, el milagro económico que arraigó en primer lugar en Düsseldorf. Y es segura mi aversión permanente. Sin embargo, el que entretanto tenía derecho a votar, ¿emitió su voto con ocasión de las primeras elecciones al Bundestag? Seguramente no. Concentrado por completo en su propia existencia y las correspondientes cuestiones existenciales, la política cotidiana me preocupaba poco. En el mejor de los casos, cuando el rearme se convirtió en tema y finalmente en un hecho, se hubiera podido incluir al joven participante en la guerra, al gato escaldado, entre los que protestaban en masa pero eran, políticamente, elementos pasivos del movimiento «Nocontéisconmigo».

El canciller Adenauer parecía una máscara, detrás de la cual se escondía todo lo que yo odiaba; la hipocresía que se las daba de cristiana, el estribillo de mentirosas aseveraciones de inocencia y la exhibida rectitud moral de una pandilla de criminales disfrazada. En medio de las falsedades, sólo el escaso dinero parecía real. Maquinaciones tras las fachadas y trapicheos católicos se hacían pasar por política. La empresa Henkel con sede en Düsseldorf produjo un jabón detergente llamado Persil, del que se derivó la expresión «certificado Persil», para acreditar la blancura. Y con esa ayuda no pocos, que todavía llevaban encima la porquería parda, consiguieron una camisa blanca. En adelante, como personas sin tacha, disfrutaron de puestos y dignidades.

¿Y los sociatas? El socialdemócrata Kurt Schumacher, al que, como chico de acoplamiento, había visto y oído ante el decorado de ruinas de Hanóver y al que hoy incluyo entre los grandes olvidados, me asustó al comienzo de los cincuenta con su patetismo nacionalista. Todo lo que olía a nación me daba asco. Rechazaba arrogantemente las nimiedades democráticas. Cualquiera que fuera la oferta política que se hiciera, yo estaba en contra. Lo que se me metió en el nivel de los novecientos cincuenta metros de una mina de potasio como hallazgos democráticos parecía haber caído en lo insondable. Aquel ególatra, al que no me hubiera gustado conocer y, si lo hubiera hecho, nos habríamos peleado, sólo se veía y sentía a sí mismo.

Durante conversaciones nocturnas, en las que se bebía mucho té y se fumaba mucho, se inhalaban al mismo tiempo todos los tópicos que pertenecían a la oferta del existencialismo. Otra vez nos importaba el todo, pero —según creíamos— a un nivel superior. Y cuando nos enzarzábamos, las contradicciones no se producían por los crímenes de la pasada guerra, ni mucho menos por las luchas de partido de la actualidad, sino que chapoteábamos más bien en la aproximación conceptual.

Tal vez hubieran podido deducirse de aquel nocturno desgaste de palabras un vago antifascismo y un filosemitismo sin objeto. En el proceso de recuperación, a la resistencia no ejercida seguía ahora un coraje prepotente y un heroísmo que ya no tenía que demostrar su valía. Y también yo debí de ser uno de aquellos valientes esgrimidores de boquilla, cuyos tópicos, amablemente, no ha almacenado la memoria, ese incinerador de basura.

Sólo bajo el influjo de mi nuevo profesor Otto Pankok cambió todo eso un tanto; sin embargo, todavía Sepp Mages seguía siendo mi respetado maestro, aunque, por lo demás, nada espectacular ni mucho menos un maestro que me haya marcado. Él nunca hablaba de arte. Su concepto de la forma, firme y como inamovible, elogiaba lo sencillo. Y a principios de los sesenta había publicado un libro con el título Granitmale («Momentos de granito»), en el que, didácticamente, daba expresión tallada en piedra a lo simple. Bajo su vigilancia seguí siendo trabajador y aprendí el oficio.

Sin embargo, ¿en qué consistía mi vida cotidiana fuera del taller? Leía lo que se podía tomar prestado y lo que el padre Stanislau me pasaba. Las novelas de Rowohlt, impresas en papel de periódico sobre rotativa, salieron baratas al mercado: Luz de agosto de Faulkner, El revés de la trama de Graham Greene. Incesantemente salían poesías de mi mano, influidas unas veces por Trakl, otras por Ringelnatz y otras por los dos a la vez. Comía lo más necesario en el asilo de Cáritas. Y de vez en cuando se podía ganar estrictamente lo suficiente como decorador de escaparates o, de forma temporal, como picapedrero en la construcción. También dibujaba, en festivales de tiro a orillas del Rin, retratos de obesos bebedores de cerveza y de sus esposas, amantes de balancearse mientras cantaban, cogidas del brazo: dos marcos el dibujo. Aquello bastaba para pagar el abono mensual del tranvía, la entrada de cine, la entrada de teatro, el bailongo semanal y —finalmente ahora sí— mi tabaco.

¿O me convertí primero en fumador, cuando la caja de los mineros de mi padre, que seguía encontrando trabajo en el lignito de la Baja Renania, me concedió una beca de cincuenta marcos mensuales?

En cualquier caso, comencé a fumar regularmente, en cuanto el joven que llevaba mi nombre creyó que tenía que fumar. Mi tabaco preferido, que se llamaba Schwarzer Krauser, al estar cortado finamente, se prestaba a ser liado a mano. El de fábrica, por ejemplo Rothändle o Reval, no hubiera podido permitírmelo, ni siquiera en cajetillas de cinco.

Fumaba como si hubiera aprendido muy pronto. Sin embargo, ninguna crisis me hizo dependiente de la nicotina. No me empujaron penas de amor ni dudas existenciales. Probablemente fueron las acaloradas rondas de conversaciones y sus cavilaciones profundas que chapoteaban en la superficie las que hicieron surgir el deseo de pertenecer al menos a la comunidad de los fumadores y, como uno de ellos, echar mano a tabaco y papel de fumar; eso me hizo adicto o, dicho más suavemente, fumador habitual.

El Schwarzer Krauser se vendía en bolsitas puntiagudas, por fuera azules, plateadas por dentro, que el zurdo tenía siempre al alcance de la mano en el correspondiente bolsillo del pantalón. Liar a mano lo había aprendido a cielo abierto mirando a los soldados veteranos y bajo tierra a los mineros, de forma que el chico de acoplamiento podía facilitar a su conductor de locomotora, como reserva, media docena de pitillos liados por él.

A mediados de los setenta, cuando, por miedo a la «pierna de fumador», me convertí en fumador de pipa, se reflejó en el papel, con el título «Liado a mano», mi necrológica de una práctica de años: «Al liarlo, hay que quitar radicalmente al tabaco todas las pelusas que no quieran someterse. Sólo entonces, después de apretarlo en el tercio de la hojilla que mira hacia el vientre y hacerlo rodar hasta el comienzo, la lengua humedece, sin prisas sino lentamente y con sentimiento, la goma del borde exterior de la hojilla, contra la resistencia del índice que sirve de apoyo…».

En mi necrológica alababa «el papel de fumar que puede comprarse en Holanda y que, no estando engomado, sin embargo pega», y señalaba al final una ventaja especial: «… las colillas de los cigarrillos liados a mano son todas distintas, pero están siempre torcidas con sensibilidad; mi cenicero informa a diario de si mi crisis hace progresos».

Visto desde hoy, y si divido en tres partes el transcurso de mis años hasta la fecha —la del no fumador, la del fumador de cigarrillos liados a mano y la del fumador de pipa—, sale ganando la del no fumador durante los años de guerra y los primeros años de la paz. Comerciando con su ración de cigarrillos y con la cartilla de fumador que le correspondió luego, obtuvo beneficios —temporalmente, en el mercado negro se daba por un «activo», como se llamaba a los cigarrillos de fábrica, un huevo—; el fumador sólo podía contabilizar como ganancia un placer de cierta duración, chupada a chupada, un vicio que no quería dejar.

Únicamente cuando, a los cincuenta años, liar cigarrillos se había convertido en manía y, como alternativa, en comercio sagrado y, siguiendo la exhortación médica, renunció a la práctica de liar e inhalar a diario lo liado a mano, se pasó, con ayuda de ejemplares ya quemados, regalo de un supuesto amigo, a la pipa, que hasta hoy sólo deja de lado, olvidándola fría, cuando forma figuras de arcilla —hombres o animales— y los diez dedos están contentos.

A posteriori puede especularse: si me hubiera quedado por completo con la escultura y no me hubiera dedicado a escribir y teclear, a una o dos manos, manuscritos que proliferan épicamente y estimulan que agarre, nervioso, productos del tabaco —durante algún tiempo fumé además puros y puritos—, no tendría que defenderme ahora de los educadores del pueblo, que, es cierto, han limitado su fanatismo civilizadamente a la prohibición del disfrute de nicotina, permitiendo incluso zonas estrechamente limitadas para fumadores incorregibles, pero ¿quién sabe qué se les ocurrirá dentro de algún tiempo o mañana mismo, como cariñoso castigo?

Además, como no fumador virtuoso que hubiera renunciado a tiempo a escribir obsesivamente, tosería menos, no tendría que escupir flema salpicada de manchas grises y, con la pierna izquierda sin dolores, andaría mejor… Bueno, ¡vamos a dejarlo!


Todavía como no fumador —o poco después de haber caído en ese placer incesante— aprendí, bajo la malhumorada vigilancia del profesor Sepp Mages, que una vez al día realizaba su ronda de correcciones y, al hacerlo, hacía indicaciones lacónicas, a mantener la superficie de arcilla de las esculturas en lo posible áspera durante largo tiempo, porque un alisado prematuro, decía, engañaba la vista. «Sólo parece terminado», era su reparo constante.

Ese método lo utilicé luego al trabajar en mis manuscritos, dejando el texto una y otra vez sin acabar, y manteniéndolo fluido de versión en versión. Además, sigo escribiendo aún de pie ante un pupitre, porque estar de pie ante el caballete de modelar se ha convertido para mí en costumbre. Mages no toleraba que nadie se sentara.

Hasta finales de los cincuenta seguí siendo alumno suyo. Terminé o parecí terminar algunas chicas flacas. Durante ese tiempo de aprendizaje, en el que me negué con firmeza a, fiel a las modelos, normalmente regordetas o gordas, seguir imitando a las redondas figuras de Maillol, uno de mis compañeros —el veterano de guerra de ojo de cristal— silbaba día tras día temas y motivos de las nueve sinfonías de Beethoven, y además de los conciertos de piano.

Su técnica del silbido era de asombrosa perfección. Silbaba suites y sonatas y cuanto había ofrecido la música clásica de Bach a Brahms, de una forma tan artística e impresionante que en adelante pude distinguir la tercera de la quinta sinfonía, y a Schubert de Schumann. Silbaba con pasión refrenada, es decir, ni demasiado fuerte ni sólo para sí. A solicitud de sus compañeros, repetía melodías especialmente pegadizas, este o aquel adagio, la Sonata a Kreutzer, la Pequeña serenata nocturna. Podía, si recuerdo bien, es decir, sin exageración notoria, silbar incluso partes enteras del Arte de la fuga de Bach.

Mientras el veterano de guerra silbaba los motivos conocidos para los otros alumnos y hasta entonces nunca oídos por mí, iba alisando la superficie de una figura caminante de arcilla, de tamaño natural y de sexo femenino, que tenía algo de momia del Antiguo Egipto, con una espátula plana, hasta que un alegro silbado lo convenció para raspar la superficie de la momia con una espátula dentada. Luego, un tiempo más lento lo ayudó otra vez a dar un nuevo alisado. Hacia arriba, hacia abajo se movía su instrumento de madera. Sólo cuando Mages hacía su ronda de correcciones interrumpía el virtuoso su concierto.

De esa forma conseguí de pasada una formación musical y, ansioso de educación como estaba, hubiera sin duda aprovechado más aún al silbador, de no haber tenido una disputa con mi maestro.

No es que yo hubiera buscado la pelea. También él parecía estar contento conmigo y con mi diaria presencia diligente. Cuando un modelo en yeso hecho por su mano —una gran figura arrodillada en bajorrelieve— tuvo que ser trasladado a caliza conchífera, me pidió incluso que, a cambio de un sueldo por hora como era debido, ayudara en la orilla de Mannesmann, en donde su armatoste debía adornar el portal del edificio del Gobierno. El plazo de entrega apremiaba y subí también al andamio y cincelé junto a dos oficiales de la empresa Küster la caliza conchífera de Grenzheim, una piedra de dureza pérfidamente variable.

Sin embargo, cuando me divirtió añadir con arcilla de modelar, después de algunas chicas de pie, una figura femenina echada, cuyos muslos se abrían generosamente, Mages se escandalizó por aquella vagina no escondida y por aquella, según él, posición vulgar, que no permitía una forma «cerrada con sencillez». Me sugirió que cerrara aquellos muslos.

Cuando el alumno se negó a seguir las reglas de la decencia y el decreto formal del profesor, éste tuvo que tomar una decisión:

—Bajo mi supervisión no ocurrirá nada así —y añadió—: ¡Nunca jamás!

¿O quizá pasó incluso a los hechos, apretando lo que, en su opinión, estaba demasiado abierto? La arcilla es blanda, cede.

El recuerdo ofrece variantes, que unas veces pueden considerarse favorables para él y otras para mí. Así, inmediatamente después de su intervención correctora, puede que yo remediara el abierto estado de la yacente, porque la arcilla, al fin y al cabo, cede.

En cualquier caso, el enfrentamiento entre maestro y discípulo transcurrió a media voz, pero, por ambas partes, severamente de acuerdo con los principios. Como no éramos de arcilla, ninguno cedía. El intento de mediación del veterano de guerra de ojo de cristal, dotado silbador que se consideraba a sí mismo portavoz de la clase, no tuvo éxito.

Así que cambié de maestro. Mages facilitó incluso mi aceptación en el taller de Otto Pankok. El de Mataré, donde el ambiente era de cristiano-ascético a antroposófico, girando en torno al alumno ahora dominante Joseph Beuys, no me atraía ya. Más bien parecía llegado el momento de, libre de coacciones didácticas ejemplares, buscar el camino o rodeo propio.

Pankok no era escultor, trabajaba casi exclusivamente en blanco y negro con carbón, o en grabados en madera, y pasaba incluso por ser daltónico, pero atraía alumnos que se querían expresar y que, como recientemente yo, apostaban por sus propias ideas. Con mis compañeros seguí teniendo buenas relaciones: con Beate Finster, el constante patito feo, pero especialmente con Trude Esser y su apuesto Manfred, una cabellera rizada vikinga del norte de Frisia, que más tarde —lo que sería por sí solo una historia— fue secuestrado y llevado a París.


Mi nuevo maestro podía tener cincuenta y tantos, pero, por su barba canosa, parecía mayor y, en su concentrada dignidad, un poco Dios Padre, aunque no se le podía reprochar ninguna severidad bíblica, sino más bien un trato relajado y tolerante con sus alumnos, que veían en él no tanto un maestro sino una figura que dejaba huella. Y que no sólo porque era alto podía pasar por alto muchas cosas.

De forma igualmente recta y, por ello, acompañada de burlas, habrán aparecido o, mejor dicho, entrado en escena los antiguos cristianos. Algo suavemente revolucionario se desprendía de él. Por eso su credo pacifista, expresado en el grabado en madera Cristo rompe el fusil, contra el rearme de los alemanes, muy utilizado como cartel, fue para mí ejemplar durante largo tiempo, es decir, hasta llegar a las protestas contra los misiles de medio alcance soviéticos y americanos de los ochenta; no, después aún: porque cuando, a finales del pasado siglo, financié con el dinero sobrante de un premio una fundación para el pueblo de los roma y sinti, fue lógico llamar al premio de la fundación, que se concedería cada dos años, Otto Pankok.

En la época nazi se le prohibió dibujar y exponer sus dibujos. Él, que había vivido temporalmente con gitanos y viajado con ellos, condensó la vida de esa minoría siempre perseguida y finalmente diezmada en innumerables grabados en madera y dibujos al carbón. Como conocía a sus gitanos, pudo traducir su miseria y su miedo en una serie de imágenes de la pasión de Cristo: hojas de gran formato, llenas de infinitas tonalidades de gris, entre el negro y el blanco.

Gitanos, viejos y jóvenes, eran su elenco. Y por eso, no sólo entraban y salían en el estudio de Otto Pankok sino también en los talleres de sus alumnos los supervivientes de Auschwitz-Birkenau, en clan reducido. Pertenecían a la complicada familia Pankok. Eran algo más que simples modelos. Con nosotros, vivían en una época en la que rápidamente los viejos y, como habíamos esperado, destruidos principios del orden volvían a ser válidos, renovados y relucientes: nosotros, sin embargo, nos comportábamos como los malogrados hijos de la Restauración.


Telón y cambio de escena en un teatro, en el que los personajes que actúan aparecen, según el recuerdo, disfrazados de una forma o de otra y, con desenvoltura, como si fueran inventados, se surten en la sala de atrezo. Porque mientras en el entorno y zona protegida de aquel hombre bondadoso de barba expresivamente rizada era imaginable todo lo posible e imposible, y representable en imágenes, un personaje imaginado encontró luego su puesto, cuando la tinta no quería acabárseme, en la casa de fieras de Pankok. Capítulo tras capítulo, vivía su novela devoradora del tiempo. En cada uno de esos capítulos estaba en el centro de la historia. Pasivo o activo, era esto o aquello. Además, Oskar Matzerath, en aquel ajetreado taller que recuerdo como una reserva zoológica, se hizo pagar como modelo.

Codiciado por pintores y escultores, Oskar resultaba apropiado para su representación expresiva y simbólica. Más aún, como era de baja estatura y tenía joroba, encarnaba la locura de la época, la pasada y la incipiente. Y como era esto y aquello, podía ser al mismo tiempo lo contrario de todo ello. Quien se encontraba con él estaba ante un espejo cóncavo. En cuanto él entraba, todos los que se le acercaban demasiado cobraban otro aspecto.

Así, Otto Pankok, que quería verlo y transformarlo como modelo, se convirtió en caricatura de sí mismo, transformándose en un profesor Kuchen que resoplaba polvo de carbón. En cuanto Oskar oía rechinar sobre el papel los carboncillos de Siberia del dibujante, bosquejaba un contrarretrato, en el que, con palabras, denunciaba cuanto entraba en su campo de visión.

Lo mismo hacía con los alumnos del profesor, en cuyos caballetes el modelo parecía crear un estilo. Sólo a los gitanos los evitaba, como si temiera que pudieran calarlo y calar su juego tramposo de palabras e imágenes y —lo que temía especialmente— despojarlo de su magia.

Y ni siquiera yo, el discípulo con más capacidad de absorción de Pankok, era perdonado en el capítulo en que el profesor Kuchen resopla carbón, sino que me perdía en el interminable tumulto de palabras, que finalmente, ordenado en forma de novela, llegó al mercado de los libros.

Yo era un simple instrumento para escribir, que seguía los altibajos de la trama y no podía olvidar ni los hechos fundidos en hormigón ni todo lo simulado que aparecía en contraluz: las entradas en escena de Oskar.

Él determinaba quién debía morir, a quién se le permitía sobrevivir milagrosamente. Fue Oskar quien me obligó a volver a visitar los círculos brumosos de mis años mozos. Me dio carta blanca para encerrar entre signos de interrogación todo lo que se hacía pasar por verdad. Él, el modelo torcido en persona, me enseñó a ver todo lo torcido como bello. Él, no yo, deformó a Pankok convirtiéndolo en Kuchen, y al apacible pacifista en un volcán cuyos estallidos de violencia expresiva oscurecían todos los papeles. Su presencia desencadenaba orgías en negro. Veía negro, ennegrecía, su joroba arrojaba sombras negras.

Sólo al margen hay que observar que Oskar Matzerath fue también modelo de Mages, al que bautizó enseguida como profesor Maruhn. Algunos de mis condiscípulos, a los que ofreció contemplar su joroba en clase de Maruhn y Kuchen, fueron utilizados más tarde como modelo para su furia escritora que todo lo nombraba, por ejemplo mi amigo Franz Witte, con el que, bajo la suave vigilancia de Pankok, compartí taller; a él correspondió en la novela, como «Von Vittlar», un papel fantasmal. Y mi amigo Geldmacher, del que se hablará más adelante, se convirtió, como Klepp, en un cocinero de espaguetis que, siendo comunista, veneraba también a la reina de Inglaterra y, al tocar la flauta, mezclaba la Internacional con el God save the Queen.

Es cierto que, como autor, uno se vuelve cada vez más dependiente de sus personajes inventados, pero sin embargo hay que responder de sus hechos y fechorías. Y si Oskar, por una parte, supo expropiarme con sus trucos, por otra ha dejado generosamente sus derechos de autor sobre todo lo que en su nombre ocurrió. Quien escribe, renuncia a sí mismo. Sólo los funcionarios de Hacienda no quieren reconocer que la existencia del autor es una simple afirmación, es decir, ficción, y no está sujeta a tributos.

Por eso hay que reconocer que ahora me resulta difícil palpar mi tempotránsito de entonces para encontrar hechos demostrables. Porque, como ya en otros episodios, una y otra vez alguien se entromete con insistencia en cuanto quiero entrar en materia. Como héroe de novela públicamente confirmado, él reclama su demostrable primogenitura y me exige, siempre que es posible hacer un trueque, el proverbial plato de lentejas.

Oskar insiste en que le cedan el paso, lo sabe todo mejor y se ríe de mis agujereados recuerdos; en su caso, la cebolla se complace, como puede leerse, en otra función y significación.


Para descargarme y librarme de esa falta de autonomía, por mi propia culpa, entro sin más circunloquios en mis primeros viajes importantes. Unas largas vacaciones semestrales, de julio a septiembre, los hicieron posibles.

A partir del cincuenta y uno, todo ciudadano federal podía solicitar un pasaporte. Las solicitudes de visado eran atendidas tras una espera no demasiado larga. El dinero más imprescindible para el viaje lo había ganado como picapedrero en la construcción y previsoramente el último invierno, colaborando en la fabricación de figuras para las carrozas de Carnaval: modeladas con yeso en malla de alambre y tela de saco, en nuestras carrozas se balanceaban, pangermánicamente cogidos del brazo, Adenauer y Ulbricht. La canción de Carnaval entonces popular: «Quién pagará todo esto, quién tiene tanta pasta», me sigue persiguiendo.

Sin embargo, mi respaldo pecuniario lo ganaba principalmente haciendo fachadas de caliza conchífera y travertino. Había que renovar los antepechos de piedra natural. El salario por hora era un marco setenta.

A partir de mediados de julio estuve listo para viajar. Prometí a los padres, si no cartas, sí muchas postales. La mochila pesaba poco: la camisa, los calcetines de recambio, la caja de acuarelas, la cajita llena de pinceles y lápices, el bloc de apuntes, pocos libros. Un saco de dormir pudo comprarse barato en una tienda en la que se liquidaban existencias del ejército de los Estados Unidos. También había allí zapatos de los tiempos de avances militares, que ahora podían resultar apropiados como calzado de caminante.

Siguiendo el antiguo instinto alemán, me sentí atraído, como en otro tiempo los teutones, los emperadores Staufer y los romanos alemanes, devotos del Arte, por Italia. El lejano objetivo de mi viaje era Palermo: con él me había familiarizado ya de joven, sonámbulamente, como doncel o halconero de Federico II y, al fin y al cabo, cuando acabaron los Staufer, perteneciendo al séquito de Conradino.

Otro acicate para superar los Alpes era una herida cuyo dolor no podían aliviar ni poemas apresuradamente segregados, ni un aumentado consumo de tabaco: mi primer gran amor —si prescindo de los delirios amorosos de colegial— insistía en ser desgraciado.


Ella, Annerose, se dedicaba igual que yo a aprender escultura. De ojos grises o azules, me pareció guapa, y en aquella época sabía también por qué. Con faldas bamboleantes, iba y venía de Stuttgart, donde había sido alumna del escultor Baum. Esto ocurría en marzo o a principios de abril, en cualquier caso en una época del año que fingía más que anunciaba la primavera, pero invitaba al cambio.

Poco antes de nuestro incipiente amor, yo había dejado por fin el asilo de Cáritas en el Rather Broich, sin despedirme casi. En la Jülicher Straße había un cuarto de baño vacío, con bañera pero sin agua, amueblado con una cómoda y un somier plegable.

Como mi hermana, cuyo aprendizaje se desarrollaba en el edificio de administración del Marienhospital, me había conseguido allí comida gratis, ahora me alimentaban caritativamente monjas franciscanas y tenía oportunidad de compartir en la pista de baile el tiempo libre de esta enfermera o de aquélla y gravitar acompañado, en visitas breves, sobre el somier plegable del subarrendador de la Jülicher Straße. Además, en aquel cuarto de baño habitado había una alfombra de fibra de coco, que no voy a describir a lo largo y a lo ancho, porque otra vez se entromete Oskar, que quiere alojarse también, ser partícipe.

El trato con las enfermeras de la Jülicher Straße fue sólo de corta duración. Terminó abruptamente cuando Annerose entró en mi campo visual, del que fue expulsada cualquier otra presencia femenina. Sólo la veía, quería verla, a ella. Y como suele ocurrir con esa especie de estrechamiento de la vista, todo se convertía en toma de posesión. Me puse inmediata y precipitadamente a prepararnos un espacioso nido. El cuarto de baño sin agua era demasiado estrecho y, además, había sido testigo de experiencias anteriores.

Así que, con el pintor y músico Horst Geldmacher y con ayuda del capataz de la construcción Werner Kappner, al que conocía de la vecindad, de mis años infantiles en Langfuhr, empecé a convertir, en Düsseldorf-Stockum, el piso superior de un edificio de establo en estudio de artista con habitación anexa: de esa forma nuestro amor sin hogar tendría un refugio permanente, y yo, después de tantos años en barracones y habitaciones llenas de literas, tendría por primera vez cuatro paredes aseguradas.

En cualquier caso, amor e interés personal animaban por igual mi afición al placer de construir, que en años posteriores ha buscado oportunidad, una y otra vez, reconstruyendo y ampliando convenientemente primero el estudio en ruinas de Berlín-Schmargendorf, luego el gran estudio de la Niedstraße en Friedenau, además un taller en el pueblo de la Marsch Wewelsfleth, por aquí el pequeño estudio de la isla danesa del Báltico Møn, por allá la vieja edificación portuguesa, y finalmente el establo de Behlendorf, a fin de asegurarme espacio para nuevos partos mentales.

Y buena parte del material, cemento, planchas de escayola, piedra de construcción hueca, marcos de metal para las claraboyas y la puerta a la que debía llevar una escalera exterior de hierro procedía de obras no vigiladas, o me lo agenció el vecino que había ascendido de hijo de policía a capataz de la construcción.

La escalera se la compramos por poco precio a un empresario dedicado a demoliciones, Geldmacher consiguió la estufa de carbón y varios metros de tubo que, llevados a través de la pared exterior, debían servir como tiro. Por medio de mi padre, que por su trabajo en el lignito seguía percibiendo una buena remuneración, recibí una partida de briquetas, que se amontonaban ya en primavera como reserva para el invierno.

El establo, que se pudo alquilar por una modesta tasa de utilización, estaba en el patio trasero de una casa de alquiler, cuyo retrete de la planta baja podíamos utilizar. En el patio había un arbolito escuchimizado, yanosédequé clase.

Con sus flautas, la gaita y el maletín de comadrona lleno de utensilios pictóricos, Geldmacher se alojaba en el cuarto delantero. Annerose y yo teníamos en el estudio con claraboya un techo y, con cielo despejado, estrellas que contar. El colchón doble se extendía sobre cuatro ladrillos, en un marco con cuñas. De día y de noche nos acompañaban desde al lado, cuando éramos una sola carne de muchos miembros, las flautas dulces de Geldmacher, con blues que hacían variaciones sobre canciones infantiles.


Nuestra felicidad a plazo fijo duró hasta el comienzo del verano. Annerose y yo hubiéramos podido estar también calentitos durante la época fría del año, y también el placer del apareamiento habría sido difícil de saciar, si mi primer amor no hubiera encontrado un fin súbito.

La madre de mi amada, desde el principio mujer amenazadora en la distancia, había ordenado a su hija en definitiva obediente, en una montaña de cartas y telegramas, que volviera a Stuttgart sin excusa ni pretexto, ¡enseguida!

Unos recortes debían probar algo horroroso que ella había leído en el periódico local. A lo largo de un artículo, se hablaba del asesinato de una chica joven, cometido por un picapedrero, por cierto con ahínco, con sus herramientas: martillo y punterola, que se reproducían como indicios fotográficos. Con lo que yo, sin consideraciones y en la letra manuscrita de una madre enfurecida, era equiparado al picapedrero asesino. A ello se añadía que, en el recorte que acompañaba la carta, podía leerse que el asesino era del Este, y zurdo.

Es cierto que Annerose titubeó durante toda una noche y medio día, pero la madre venció. Desgarradora la despedida. Espantosamente vacío me pareció el casi terminado estudio con luz cenital. La cama ahora demasiado ancha. El acento suabo que echaba de menos. Los dedos de ella, cortos y fuertes. Abruptamente privado de toda ternura quedó un pobre perro aullador, cuyos gemidos traté de deletrear; sin embargo, mi intento de descifrar los pensamientos del abandonado fue por completo inútil.

Hasta entonces, él había dejado a chicas y mujeres, después de un hastío rápidamente sobrevenido, sin despedirse. Ahora se veía desenganchado y colocado en vía muerta.

El amigo Geldmacher, que hasta entrada la noche fabricaba con diversas flautas dulces jazz de origen alemán, no podía consolarme, por muy virtuosamente que transformara en un blues la canción popular «En la fuente, ante la puerta».

Trabajar en la construcción ayudó un poco. También conseguí cambiar al portero de la Academia de Bellas Artes una colección de sellos, llena de raros ejemplares del Estado Libre, que mi madre había salvado del caos de la expulsión, por un equipo completo para el estudio. De las existencias que la Academia tenía en el sótano, el portero distrajo un caballete de modelar, dos discos giratorios, varios compases de metal y un caballete de pintor que todavía hoy, sin que sepa quién me lo envió, se encuentra, con la inscripción «Sala de desnudo II», en mi taller de Behlendorf.

Sin embargo, ni siquiera ese intercambio, no, nada podía compensar la pérdida de la amada, todo lo más un viaje.

Pedí rápidamente el visado. Durante el tiempo de espera, se colocaron fachadas en las obras. Me llevé unos trescientos marcos en una bolsa de cuero, sobre la piel desnuda. Aquella partida parecía una huida.


Avancé con rapidez en autostop, hasta que una manía compulsiva me indujo a interrumpir deliberadamente mi primer impulso, en la zona de servicio de la autopista de Stuttgart.

Desde la salida de la autopista, con un camión de reparto, en dirección al centro de la ciudad. La dirección era Hasenbergsteige. Subiendo la cuesta, busqué la villa, escondida tras el verde de los abetos, en la que mi amada había buscado refugio, por miedo inducido a un picapedrero de instintos asesinos, y ahora estaba presa, por haber seguido las sugerencias de su madre, mala de cuento.

¿Quería hacer yo de príncipe salvador?

¿Me empujaba la venganza o una esperanza diminuta?

En cuanto la película comienza a ir hacia atrás, deteniéndose ahora, me veo a la caída del crepúsculo —¿o era de noche?— ante la cerrada puerta del jardín, que cuelga de sus goznes oxidada y torcida. Hierros forjados, con arabescos, que yo sacudo y sacudo. Gesticulando, exijo entrar, maldigo a voces a madre e hija, silbo metiéndome dos dedos en la boca. No viene nadie para abrir una rendija la puerta. Más maldiciones. Luego, otra vez, cánticos de ruego suplicantes, posiblemente lágrimas.

Ahora quiero ver lo que, sin embargo, la película rebobinada y pasada de nuevo hacia delante no ofrece: un muchacho colérico que saca la puerta de sus goznes y, con las dos manos, la arroja al jardín delantero de aquella villa presa del miedo.

Tan fuerte quiero haber sido en mis años mozos. Tan lejos pretende el furioso enloquecido haber arrojado las hojas de la puerta de hierro forjado. Tanto me dolía la pérdida, que no sabía qué hacer con el amor que me sobraba.

Sin embargo, la película se desarrolla de forma muy distinta: es cierto que, en el curso de la novela Años de perro, por venganza rabiosa de alguien que no era yo, una puerta de jardín es sacada de sus goznes y —como «arrojamiento» simbólico— lanzada a la propiedad de un filósofo de gorro puntiagudo, pero eso ocurría a los pies de la Selva Negra, por muy distintos fundamentos fundacionales, mientras que yo estaba sin hacer nada en la Hasenbergsteige de Stuttgart, dejando colgar los brazos.

Silencioso estaba el joven ante la puerta cerrada, veía, porque —ahora estoy seguro— había caído sobre la villa de noche, una ventana de buhardilla iluminada, aguardaba inútilmente el perfil en silueta que conocía y rumiaba incesantemente su pesar. Nada se agitaba tras las cortinas. Ningún mochuelo chillaba. Ningún ruiseñor, sollozosollozo, participaba. Así acababa la película. Bajé la pendiente.


Cambiantes coches y camiones, desde Innsbruck incluso una motocicleta nos llevaron a mí y a mi pena, que de parada en parada se debilitaba, por el paso del Brénero, al país donde florece el limonero.

He llegado lejos. Con camionetas de reparto de tres ruedas, en carros tirados por burros, en el Topolino, el apreciado dos plazas de aquellos años. Arriba y abajo por la bota de Italia. Más lejos aún, a través de Sicilia, donde entre Siracusa y Palermo me encerró una región que no era más que región. Nada arrojaba ya su sombra donde, durante horas, aguardé coches, carros, algo con ruedas, hasta que de una depresión del terreno, entre montañas carstificadas, surgió un grupo de personas armadas que se acercaron, se acercaron cada vez más, y que difícilmente podían pasar por una partida de caza, sino más bien por enviados rurales de la mafia, hasta que por fin estuvieron en círculo en torno a aquel forastero digno de asombro y con sombrero de paja.

Vacié la mochila y puse en fila, a la vista, mis pertenencias. Después de haberme preguntado el jefe, que llevaba una larga falda, como un hábito de monje, mi procedencia y mi destino, se echó la carabina a la cara y, cuando por fin, quién lo diría, apareció un Topolino que, montaña arriba, se acercaba cada vez más, detuvo al dos plazas. Su intimidado conductor, un médico rural, llevó a su compañero de viaje hasta Caltanissetta, en donde me depositó en la plaza del mercado.

Y otras aventuras, que he contado a mis hijos con excesiva frecuencia y demasiadas variaciones para poder decidirme ahora por la correcta; por ejemplo aquella versión en cuyo dramático desarrollo, con un fusil de fabricación alemana, el KP-8, muy conocido por mí, es decir, con ayuda de un trofeo de la última época de la ocupación, se me ayudó a mi transporte ulterior mediante un disparo de advertencia. Al fin y al cabo, fue al parecer la mafia la que, desde Nueva York y dirigida a distancia por su jefe y padrino Lucky Luciano, ayudó a las tropas americanas de desembarco a ocupar la isla, en el año de guerra del cuarenta y tres.

Evidentemente, los miembros locales de la «honorable sociedad», ramificada por toda la isla, me habían considerado un peregrino tan pobre como devoto: un pellegrino arrepentido en camino hacia la santa Rosalía, que como es sabido tiene su asiento en Palermo. De forma que me ayudaron. Y desde Caltanissetta, un conductor de camión me llevó, sin coacción alguna, hasta la meta de mi viaje.


Antes, sin embargo, había recorrido la Toscana y la Umbría, había llegado hasta Roma, había visto por fin en los Uffizi los originales de aquellas obras de arte —la Venus de Urbino de Tiziano y el Nacimiento de Venus de Botticelli, y luego, en el Palazzo Pitti, el San Sebastián de Sodoma, cuyo cuerpo de mozalbete atravesado por flechas se retuerce de forma bellamente dolorosa ante árboles y paisaje—, que ya en mi infancia, gracias a los cromos de colores de los cigarrillos, me habían hecho ansiar tanto el Arte. Me resulta fácil verme ante el cuadro de un hombre de nariz bulbosa, con gorro encarnado, que Piero della Francesca pintó de perfil.

Dormía en albergues de juventud y conventos, bajo olivos y entre cepas de vid, a veces incluso en bancos de los parques. Siempre que tenía acceso a una mensa popolare, comía platos de pasta baratos, sopas de pan con gotas de grasa y trippa a la napolitana, y por consiguiente mis primeros callos, comida de pobre, cocinada en todo el mundo con el cuarto estómago de la vaca, llamado mondongo, que, cepillado y bien lavado, parece un trozo de toalla.

Ese plato lo he servido luego una y otra vez, con tomates, ajo y judías blancas, como guiso para invitados que me importaban: por ejemplo, el Maestro de la catedral de Naumburgo y sus modelos, todos de familias burguesas o campesinas, que, después de bélicas anexiones de tierras a comienzos del siglo XIII, se habían asentado a orillas del Saale.

Ayudaron personalmente al Maestro cuando dio forma en piedra caliza labrada a la condesa Gerburga y el conde Conrado, al margrave Hermann y su risueña Reglindis, al caviloso conde Syzzo y el melancólico donante Thimo von Küstritz, y finalmente a Ekkehard II y su mujer sin hijos, la muy famosa Uta de Naumburgo.

En aquella época, cuando el coro occidental de la catedral adquirió sus figuras de donantes, luego llamadas góticas tempranas, no había todavía tomates ni judías blancas. Sin embargo, para mis invitados y el innominado Maestro pude cocinar un plato de habas frescas y callos, que en las cocinas populares de Roma me habían saciado.

Hasta una mujer de tonelero, la hermosa Gertrude, que había hecho de modelo para la inaccesible Uta de Naumburgo, probó de él; el conductor de aspecto siniestro, en cuyo fiel retrato se convirtió el conde Syzzo, no se cansaba de que le sirvieran callos; y Walburga, la hijita del orfebre, cuyos hoyitos se trasladaron a Reglindis, la hija del rey polaco, pidió también que le sirvieran otro cazo.

Todavía en los tiempos de la RDA, cuando por fin las autoridades del Estado tan penosamente aislado me autorizaron un viaje de lecturas públicas a Magdeburgo, Erfurt, Jena y Halle —era dos años antes de la caída del Muro—, Ute y yo visitamos la catedral de Naumburgo. Mientras admirábamos las figuras, situadas en alto, de los donantes, y Ute contemplaba a Uta, una experta explicó a nuestro grupo de visitantes el trasfondo socialista real de las figuras esculpidas en piedra.

—Deliberadamente, el Maestro renunció a representar santos canonizados y utilizó como modelo a personas trabajadoras y ya entonces con conciencia de clase…

Nuestra guía manifestó entonces que ni siquiera el culto propagandista fascista, especialmente alrededor de Uta, había podido aminorar la belleza de las figuras allí reunidas. Cuando salíamos, oí cómo Reglindis se reía.


Tenía tres direcciones cuando emprendí el viaje a Italia. La primera era la de la Hasenbergsteige de Stuttgart y fue rápidamente liquidada. La segunda se la debía a mi hermana Waltraut, que había terminado en la primavera su aprendizaje de comercio y luego, en las proximidades de Roma, ayudó a las piadosas hermanas de una orden que, además de diversos hospitales y la casa central de Aquisgrán, regían algunas sucursales extranjeras.

A la sucursal romana pertenecía una guardería, en la que mi hermana ayudaba a las monjas. Ellas estaban continuamente de camino apresuradas, trabajaban en la huerta del convento y no parecían tener tiempo para oraciones. Hasta la abadesa echaba una mano, repartía, apilaba ropa lavada y se ocupaba de la cosecha de aceitunas. Un convento de puertas abiertas y asistencia social activa.

Al ir a Sicilia y durante el viaje de vuelta de la isla, encontré allí acogida en un edificio anexo, es decir, una celda de convento con vista a los Montes Albanos.

Todos los atardeceres había un jarro de vino dispuesto. La cena la traía de la cocina una monja, redondita por todas partes y de origen westfalio, a la que le gustaba, antes de irse rodando, decir algo edificante.

Explicaba al incrédulo, con ayuda del vaso de vino aún vacío sobre el que daba oblicuamente un rayo de sol que lo atravesaba, de una forma válida para todos los tiempos, el milagro de la Inmaculada Concepción. Su dedo índice señalaba, de forma demostrativa, la luz penetrante y el vaso ileso.

De esa forma se atribuía al sol de la tarde una intencionalidad arcangélica, en tanto que la gran fortaleza religiosa se expresaba con acento claramente westfalio.

Mientras me ilustraba, a enorme distancia de cualquier práctica sexual, mi monja cocinera sonreía de un modo tan transparente como si también ella fuera de cristal y consciente en todo momento del milagro. Luego, como si no hubiera nada más que decir, sus manos desaparecían en las mangas de la túnica que la protegía por todas partes.

Apenas se había ido la monja, yo bebía vino en el ileso vaso. Al hacerlo, seguro que me pasaban por la cabeza algunas obscenidades. Al fin y cabo, de muchacho me había visto ya en el papel de un arcángel que no era sólo anunciador. Y todavía en mi época de prisionero de guerra, cuando mi compañero Joseph se esforzaba, mientras jugábamos a los dados, en inculcarme a mí, su compañero, la única fe verdadera, yo blasfemaba contra la Virgen, enumerando todos los instrumentos de tortura con los que personas de ambos sexos habían sido torturadas en nombre de la Madre de Dios.

Mi hermana, sin embargo, parecía ser feliz entre las activas monjas. Había vuelto a encontrar su fe de niña, que hacia el final de la guerra, ante la brutalidad de los soldados, había perdido; eso tendría consecuencias.


La tercera dirección me la había pasado, poco antes de iniciar el viaje, Dina Vjerny, una persona enérgica que, siendo la última modelo de Aristide Maillol, comerciaba florecientemente con sus esculturas desde París.

Había venido a Düsseldorf para vender a la ciudad un bronce de tamaño natural. Más tarde, aquella chica desnuda, para la que en años más jóvenes había sido modelo, estuvo sobre un zócalo en el Hofgarten.

Para nosotros, que contemplamos admirados su aparición como un acontecimiento natural, cantó por la noche, en alemán y ruso, canciones revolucionarias. Con ello, trastornó duraderamente a mi amigo Geldmacher y quitó a Trude Esser a su amado Manfred, para llevárselo directamente a París, en donde, poco a poco, se volvió sordo.

A mí, sin embargo, a quien mis recientes penas de amor me habían inmunizado contra tentaciones de esa índole, me dio la dirección de su marido divorciado, que en la Villa Medici romana cumplía con una beca estatal francesa. Dina Vjerny dio a entender de pasada:

—Le gustan las visitas…

Y efectivamente: él acogió a su huésped sin ceremonias. Al parecer, en su estudio vacío, como sin utilizar, debí de instalarme enseguida y trabajar en un busto, porque el episodio ha quedado documentado por una foto borrosa, que muestra a mi anfitrión de pelo rizado, y despreocupadamente ocioso, en forma de una cabeza de arcilla. La escultura parece expresiva e inacabada como un boceto de fauno.

En una mesa larga —una antigua mesa de mármol— yo comía menús de varios platos con él y otros becarios; su trabajo en productos artísticos se reducía a conversaciones desbordantes, que yo sólo comprendía por gestos. Se fumaba antes, durante y después de los platos. Con cámara oculta, un director del cine francés que pronto se llamaría nuevo habría podido captar escenas típicas de la época.

Situada en lo alto de la Escalinata de España, la Villa Medici parecía un sanatorio para artistas agotados. Tras unos pasos, unos bancos de piedra a la sombra invitaban al descanso en los vastos jardines.

Durante el día yo andaba más por las calles de Roma de lo que el calor permitía. Sólo hacía fresco en iglesias y capillas. Cualquier cosa que viera, cada fuente y trozo de columna, se convertía en metáfora. Hordas de curas vestidos de negro ofrecían, con sus sombreros de ala ancha, esbozos de movimiento, rápidamente terminados. Dibujaba con plumas de paloma y gaviota mojadas en una escudilla de tinta china diluida. Todo era sorprendente, se convertía en motivo; rocines de coches de alquiler que dormitaban, niños de la calle jugando y ropa tendida de largas cuerdas. Las mujeres gordas en el balcón. Las plazas solitarias y sin sombra.

Me compré un sombrero de paja. Para el fumador, los Nazionale eran los cigarrillos más baratos, a no ser que el marido divorciado de Dina Vjerny, que residía en Villa Medici como un príncipe desterrado, me ofreciera Gauloises. De mi reserva de Schwarzer Krauser para liar a mano no quedó pronto ni una brizna.


Cada día un regalo. Llegué lejos con mi primer viaje hecho por voluntad propia, que sin duda fue limitado en el tiempo pero nunca ha cesado, porque hasta en mi edad avanzada cualquier otro viaje —y con Ute he ido de continente en continente, recorriendo con ella China, la India, México…— me parecía cuidadosamente planeado y previsiblemente lucrativo, pero sin embargo pobre, si lo comparo con el diario enriquecimiento de mi primera excursión, bajando por la bota de Italia.

Yo vivía, es decir, absorbía sin cesar, quería verlo todo y trataba de reducir, en vano, el exceso de oferta. Me quedaba admirado ante el mármol rico en gestos y encantado ante los bronces de los etruscos, del tamaño de la mano, buscaba en Florencia y Arezzo a Vasari, y veía en el Palazzo Pitti y el Palazzo Borghese de Roma cada vez más cromos de cigarrillos de mi época escolar, ostentosamente enmarcados como originales.

Dibujaba lo que ofrecían paisajes, calles y plazas, y, como de costumbre, segregaba poemas que evocaban el calor estancado del silencio del mediodía o de las fuentes en algún parque umbroso. Seguí feliz o infeliz las huellas del pintor romano alemán Fohr, que se ahogó joven en el Tíber, hice amistades que no podían durar, encontré y abandoné encrucijadas, me permití aquí o allá, forzosamente ahorrativo, un helado de limón, subí con pies ligeros la Escalinata de España, dejé que mi hermana me fotografiara con sombrero de paja para que otro autorretrato más pudiera dar testimonio de mí, restauré en un convento de Umbría, a cambio de mesa y comida, una dañada Virgen de yeso con Niño, me dejé llevar al atardecer por el Corso de Perugia, bailé en una pérgola emparrada y bajo una iluminación de bombillas de colores con una inglesa que parecía inspirada en los ángeles de Botticelli, me perdí en la maraña de calles de Nápoles, escribí desde allí a mi madre una larga carta que alimentó sus nostalgias insatisfechas con detalles coloristas, gané en Messina, como pintor de carteles de gas butano, un poco de dinero para los días siguientes, me hice pasar —como luego he contado con frecuencia—, rodeado de mafiosos rurales, por pellegrino en viaje hacia Palermo y me regalaron tomates y queso de cabra.

Me consideraba fuera de la ley y, en mi ansia de viajar todavía no calmada, afortunado, favorecido de un modo aventurero, pero era sólo uno de los muchos miles de jóvenes que, durante los primeros años de la posguerra, ensayaron su idea de la libertad, traspasando las fronteras por fin abiertas y, sin rumbo o con rumbo fijo, en autostop o, como se llamaba allí, con mezzi di fortuna, se dirigieron a Asís, Pompeya, Agrigento o donde fuera. También encontré a mochileros que, siete años antes, uniformados de un modo u otro, habían sobrevivido a la lucha por la abadía de Montecassino o se habían enfrentado guerreramente en la playa de Anzio-Nettuno, pero ahora, vestidos de paisano e igualmente pacíficos, visitaban el lugar de los hechos de entonces. Vi indicadores de cementerios militares, con su orden y batallones de cruces en hilera, vi ruinas pronto cubiertas de maleza. El mar estaba tibio.

Y en el camino me encontré con chicas, que, solas o en pareja, habían emprendido el viaje desde Suecia, el Canadá o Escocia, y enviaban postales de todas partes a Haparanda, Toronto o Glasgow. Sin embargo, yo no estaba libre para ninguna, porque la estrechez (según el criterio suabo) me seguía teniendo preso. Sólo en Palermo, donde el supuesto peregrino no fue, como había prometido a los mafiosos rurales, a hablar con Santa Rosalía sino que, como invitado de la Accademia di Belle Arti, tuvo acceso a la clase de escultura del profesor Rossone, se abrió de pronto mi ánimo para su alumna Aurora Varvaro. El cerrojo se aflojó, se levantó el telón. ¿Cómo podría decirlo? A primera vista…


Diecisiete años podía tener ella, y estaba tan protegida por su encanto que yo, sólo desde apartados bancos de iglesia y con demasiado pocas palabras, y además lejos de cualquier gramática, podía insinuar todo lo que en ella veía, adónde me llevaban mis deseos, cuántas penas de amor tenía que reprimir con ayuda de su inconsciente proximidad y por qué me dolía su belleza protegida. Naturalmente, amaba también el sonido de su nombre.

Cuando Aurora, con permiso de Rossone, posó para mí para un retrato en arcilla, teníamos continuamente al lado, como vigilancia, a su hermano menor, que miraba sombrío, o a la abuela, que a veces daba una cabezada. Sólo se permitían miradas. De todas formas, las yemas de los dedos se tocaban. Pudimos decirnos algunas cosas con ayuda de vocablos ingleses. Sin embargo, lo que empezaba a insinuarse como posible amor permaneció como una pluma en el aire; y también el retrato de la cabeza de Aurora, de medidas por mí exageradamente alargadas, sólo llegó a ser un boceto que, al parecer, poco después de mi partida uno de los alumnos de Rossone vació en yeso.