De cómo aprendí a conocer el miedo

Durante mi trayecto a Berlín, ¿me habrá venido el recuerdo de mi primer viaje en esa dirección, reduciéndome así a la condición de niño? ¿Fue en el treinta y seis, el año de las Olimpiadas, o al año siguiente?

Siendo todavía alumno de primaria, un tren de transporte del llamado «Envío de niños al campo» me llevó a Renania, hasta poco antes de la frontera holandesa. Enviados en la época del Estado Libre, los niños vivíamos una versión actualizada del teatro de cachiporra: primero los controles de los aduaneros del Estado Libre, luego, dos veces, los de la aduana polaca, de distinto uniforme, y finalmente, en la estación fronteriza de Schneidemühl, los controles aduaneros del Reich Alemán, en otro uniforme más. Además, los uniformados saludaban de distintas maneras: con la mano estirada, llevándose dos dedos a la visera de la gorra y otra vez con la mano estirada.

Todo eso ocurría con breves intervalos. Los niños llevábamos colgados al cuello los documentos de identidad, en una cubierta transparente, de los que nos enorgullecíamos.

Con un campesino que tenía vacas lecheras y cebaba cerdos, y cuyo hijo Matthias era de mi edad, aprendí a sacar espárragos de altas parcelas cuidadosamente aplanadas y, al hacerlo, romper los menos posibles. De forma que debió de ser en el mes de mayo. El pueblo se llamaba Breyel. Allí todo era más católico aún que en la iglesia del Sagrado Corazón de Langfuhr. Incitados por la campesina, Matthias y yo teníamos que ir todos los sábados a confesarnos. Yo creía todavía en el infierno y sabía pecados de sobra.

El camino desde el recinto cuadrangular de la granja hasta la escuela del pueblo no me dejó huella. Y tampoco me han quedado muchos otros recuerdos. Sin embargo, veo innumerables moscas de colores brillantes sobre las paredes de blancas baldosas de la cocina del aldeano. Si se las cazaba, se podía hacer algo con las más gordas, lo que pude ver en casa de un compañero de escuela cuyo amor por los animales no conocía límites: pegaba al cuerpo de las moscas hilos de colores. Era muy bonito cuando las moscas volaban con sus colas rojas, azules y amarillas, describiendo círculos sobre la mesa de la cocina.

Compitiendo, Matthias y yo empezamos a cazar con la mano moscardones en las paredes de baldosas. «Mejor cazar una mosca que no comerse una rosca», nos elogiaba la abuela, firmemente encajada en su sillón y manoseando sin cesar su rosario. Fuera se extendía, llana, la tierra. Tres campanarios más allá estaba Holanda…


Mi segundo viaje hacia el Oeste sólo cínicamente hubiera podido considerarse un envío de niños. Cuando el tren, después de un trayecto nocturno y repetidas paradas, llegó, con retraso, a la capital del Reich, iba tan despacio como si quisiera animar a los viajeros, si no a tomar apuntes, al menos a llenar previsoramente lagunas posteriores de memoria.

Esto es lo que se me quedó: a ambos lados del terraplén de la vía férrea ardían casas aisladas y bloques. Por las ventanas de los pisos superiores brotaban llamas. Luego, otra vez: vistas sobre las oscuras gargantas que había entre las calles y sobre los patios traseros, en los que había árboles. Todo lo más se veía a personas aisladas, en silueta. No había muchedumbres.

Los incendios se consideraban normales, porque Berlín estaba en un estado de diaria destrucción progresiva. Tras el último bombardeo había cesado la alarma. El tren rodaba despacio y, como deliberadamente, me invitaba a una visita turística de la ciudad. Hasta entonces, el aficionado al cine sólo había visto, en los noticiarios, breves insertos de ruinas que debían servir de bastidores para letreros que animaban a la resistencia. En ellos se podía leer: «¡No podrán con nosotros!» o «¡Quizá nuestros muros se rompan, pero nuestros corazones no!», y otras aseveraciones análogas.

Todavía recientemente se había podido ver a Goebbels, ministro de Propaganda del Reich, en la pantalla del Palacio Tobis de la ciudad, interpretando con agilidad el papel de sí mismo, mientras hablaba ante los escombros, animando a las mujeres y hombres bombardeados, estrechando la mano de algún vigilante de la defensa antiaérea ennegrecido por el hollín, y dando palmaditas a tímidos niños sonrientes.

Poco antes de que mi orden de incorporación estuviera sobre la mesa, visité a mi tío materno, que era proyeccionista en el Palacio Tobis y al que debía desde hacía años experiencias cinematográficas que, como El baño en la era, no eran «aptas para menores». ¿Vi ya entonces por la mirilla que había junto al proyector, inmediatamente después del noticiario en el que Goebbels charlaba ante las ruinas con supervivientes, la película Kolberg, con Heinrich George en el papel principal, que animaba a la resistencia?

Más tarde, noséquién rumoreó que algunos de los chicos que, durante el rodaje, habían tenido que luchar, valientes y vestidos de época, contra la superioridad de Napoleón, al año siguiente, cuando Kolberg fue sitiado, sin figurantes sino de veras, por rusos y polacos, habían sido movilizados por el Volkssturm en la última leva. Muchos pudieron haber palmado sin que nadie filmara su muerte de héroes.

En la estación, nadie se ocupaba de los incendios que había al alcance de la vista. Reinaba una actividad normal: apreturas en sentidos opuestos, insultos, carcajadas súbitas. Los que tenían permiso volvían al frente o venían de allí. Chicas de la sección femenina de las Juventudes Hitlerianas repartían bebidas calientes y toleraban, con risas sofocadas, que los soldados las toquetearan.

¿Qué predominaba: el olor del humo encajonado de las locomotoras de vapor bajo el techo sólo moderadamente dañado de la nave de la estación o el olor a quemado?

Estaba ante un número desconcertante de indicadores de puntos de reunión y de centros de presentación y orientación. Dos policías militares, reconocibles por los escudos de metal que les colgaban sobre el pecho —por lo que se los llamaba prudentemente «perros encadenados»—, indicaban el camino. En la sala de ventanillas de la estación —¿pero cuál de las estaciones de Berlín era?—, en donde los reclutas de mi edad hacían cola, recibí, tras una breve espera, una hoja de ruta que me señalaba Dresde como próxima etapa.

Ahora veo una fila de espera de chicos que parlotean. Sentimos curiosidad, como si nos hubieran prometido aventuras. Reina un ambiente alegre. Me oigo reír demasiado fuerte, nosédequé. Se distribuyen provisiones de viaje, incluidos cigarrillos, hasta a mí, que no fumo. Mis cigarrillos son rápidamente repartidos. Uno de los chicos me ofrece como contrapartida algo que por lo común sólo hay en Navidades: bolas de mazapán enharinadas de cacao. Así acosado por la realidad, creo estar soñando.

Entonces, la alarma aérea nos llevó a la amplia planta sótano de la estación, utilizada como refugio antiaéreo. Allí se acumuló enseguida una multitud variada: soldados y paisanos, entre ellos muchos niños, y también heridos en camillas o apoyados en muletas. Y en medio un grupo de artistas de circo, algunos liliputienses: todos ellos disfrazados; la alarma aérea los había hecho huir directamente de la función al sótano.

Mientras fuera disparaba la artillería antiaérea y caían bombas tanto lejos como cerca, allí abajo el teatro del grupo continuaba: un enano nos asombró como malabarista, sosteniendo al mismo tiempo en el aire bolos, pelotas y anillos de colores, y haciéndolos girar. Varios liliputienses realizaron números acrobáticos. Entre ellos estaba una delicada dama, que sabía anudar su cuerpo con gracia mientras repartía besitos con los dedos y que cosechó grandes aplausos. El grupo, que viajaba como teatro de campaña, estaba dirigido por un anciano de corta estatura que hacía de payaso. Sus dedos, rozando copas entre llenas y vacías, puestas en fila, hacían surgir una música patéticamente dulce. Él sonreía, maquillado. Una imagen que se me quedó.

Poco después del fin de la alarma, llegué con el tranvía a otra estación. Otra vez ardían, con llamas que salían por las ventanas, manzanas de casas. Otra vez fachadas en ruinas, hileras enteras de calles que, en pasadas noches de bombardeo, habían ardido por completo. A lo lejos la nave de una fábrica, resplandeciente como por una iluminación interior. Al amanecer, el tren de Dresde estaba listo para salir.


Nada sobre el viaje hasta allí. Ni una palabra sobre lo que había en la rebanada de pan de las provisiones de boca, ni sobre pensamientos que tomaran la delantera o vinieran de atrás. Únicamente puede afirmarse y, por ello, ponerse en duda que sólo allí, en la ciudad todavía no afectada por la guerra, mejor dicho, cerca de la ciudad nueva, y concretamente en el piso alto de una villa de la alta burguesía, situada en el barrio del Ciervo Blanco, se concretó la unidad a la que yo debía pertenecer. Mi siguiente orden de marcha decía claramente que el recluta que llevaba mi nombre debía ser adiestrado como artillero de tanque, en un lugar de entrenamiento militar de la Waffen-SS: muy lejos, en los bosques de Bohemia…

La pregunta es: ¿me asustó lo que en aquella oficina de reclutamiento no se podía pasar por alto, lo mismo que todavía hoy, después de sesenta años, me resulta horrible esa doble S en el momento en que escribo?

En la piel de cebolla no hay nada grabado que me permita leer signos de susto ni, mucho menos, de espanto. Más bien habré considerado a la Waffen-SS como una unidad de élite, que entraba en acción cada vez que había que tapar una brecha en el frente, hacer saltar un cerco como el de Demyansk o reconquistar Jarkov. La doble runa del cuello de mi uniforme no me resultaba chocante. Para aquel joven, que se consideraba un hombre, lo importante era sobre todo el Arma: si no podía ser en los submarinos, de los que no decían ya nada los partes especiales, que fuera como artillero de tanque en una división que, como sabían en la central del Ciervo Blanco, iba a reorganizarse, concretamente con el nombre de «Jörg von Frundsberg».

Conocía ese nombre por ser el del jefe de la Liga de Suabia en la época de la Guerra de los Campesinos y el «padre de los lansquenetes». Alguien que luchó por la libertad y la liberación. Además, de la Waffen-SS se desprendía algo europeo: agrupados en divisiones, en el frente oriental luchaban voluntarios franceses, valones, flamencos y holandeses, muchos noruegos, daneses y hasta suecos neutrales, en una guerra defensiva que, según decían, salvaría a Occidente de la oleada bolchevique.

Así pues, evasivas suficientes. Y, sin embargo, durante decenios me negué a admitir esa palabra y esas dos letras. Lo que había aceptado con el tonto orgullo de mis años jóvenes quise ocultármelo a mí mismo después de la guerra, por una vergüenza que surgió después. No obstante, la carga subsistía y nadie podía aligerarla.

Es verdad que durante mi adiestramiento en la lucha de tanques, que me embruteció durante el otoño y el invierno, no se sabía nada de los crímenes de guerra que luego salieron a la luz, pero la afirmación de mi ignorancia no podía disimular mi conciencia de haber estado integrado en un sistema que planificó, organizó y llevó a cabo el exterminio de millones de seres humanos. Aunque pudiera convencerme de no haber tenido una culpa activa, siempre quedaba un resto, que hasta hoy no se ha borrado, y que con demasiada frecuencia se llama responsabilidad compartida. Viviré con ella los años que me queden, eso es seguro.


Detrás y entre bosques, en campos removidos. La nieve pesaba sobre árboles, techos de barracones. Muy lejos, la cebolla de una torre de iglesia. No se oía una sola palabra checa en aquel campo de ejercicios innominado, sólo órdenes en alemán, que con la helada llegaban especialmente lejos.

Nuestra formación con armas anticuadas —el Panzer III y el Panzer IV, que habían intervenido en la Primera Guerra Mundial— resultó una paliza desmoralizadora. Yo creía que debía ser así, pero la reserva de calor del entusiasmo inicial se enfriaba cada vez más. Nosotros, tanto reclutas de mi edad como soldados de largo historial que habían sido enviados por la Luftwaffe a la Waffen-SS, como «donativo de Hermann Göring», hacíamos instrucción de la mañana a la noche y, como se nos había anunciado, teníamos que «pasarlas moradas».

Ocurría como en los libros que había leído, pero el olvido de los nombres de los peores negreros se produjo premeditadamente. Allí se aprendía a utilizar trucos refinados y a adaptarse en silencio. Una vez conseguí, mediante una ictericia fingida —tragándome el aceite recalentado de una lata de sardinas— y, luego, con ayuda de la forunculosis difundida en el campo, escapar a la instrucción, pero el barracón de enfermería, siempre abarrotado, sólo ofrecía un refugio temporal. Después continuaba la paliza.

Nuestros instructores, que por su edad podían pasar por jóvenes, pero que tras uno o dos años de movilización en el frente se habían fosilizado en cínicos prematuramente envejecidos, querían ahora, con categoría de jefe de escuadra y distinguidos con pasadores de combate cuerpo a cuerpo y con la medalla del Este, llamada de la «carne congelada», transmitirnos sus experiencias, adquiridas en la cabeza de puente de Kuban y la batalla de tanques de Kursk. Lo hacían unas veces con seriedad adusta y otras con humor despiadado, y muchas veces según su capricho. Con voz alta o baja, nos abrumaban con una jerga establecida, mientras trataban de superarse ideando formas de hostigarnos, algunas nuevas y otras usuales desde la noche de los tiempos militares.

De ello no se me ha quedado mucho. Sólo uno de sus métodos para intimidar a los reclutas se me ha fijado en el recuerdo, como anécdota más bien risible, aunque no estoy seguro de si la reacción del hostigado fue sólo un deseo de venganza o si mi acto de venganza fue real y se desarrolló además como una historia digna de contarse; en cualquier caso, no carece de gracia.

Me veo de madrugada yendo a tientas por un tramo de bosque nevado, aunque todavía oscuro, y llevando a izquierda y derecha bidones. A la ida voy a paso ligero, a la vuelta sólo despacio. Escondida en el bosque, pero vislumbrada por sus ventanas iluminadas, hay una granja parecida a un palacio en la que —se supone— se alojan altos cargos. Una vez creí haber oído música que salía de allí. Hoy estoy seguro a veces de que un cuarteto de cuerda ensayaba algo de Haydn o de Mozart, aunque ello no tiene nada que ver con mi historia, que en el original se desarrolló en completo silencio.

Desde hace días me han ordenado que me ocupe de la bebida para el desayuno del jefe de escuadra y del jefe de pelotón, trayendo especialmente para ellos, en dos bidones, el café, que tiene que estar caliente y —recalentado una y otra vez— todo el día disponible. El café está más allá del bosque, en el barracón de la cocina. Y también nosotros, los reclutas, recibimos de allí una bebida de malta o de cebada, a la que, según se rumorea, se añade carbonato sódico para inhibir el instinto sexual. Sin embargo, el gusto de lo que tengo que suministrar, a ser posible caliente, a la media docena de jefes de escuadra y jefes de pelotón privilegiados procede sin duda de auténticos granos de café. En cualquier caso, los bidones exhalan un olor a café de verdad.

El camino de ida y vuelta reduce a la mitad mi tiempo para el desayuno y los pocos minutos que me quedan para sacudir y cepillar mi ropa de dril, de forma que, en reiteradas ocasiones, llamo la atención en la convocatoria matutina y tengo que hacer ejercicios de castigo: carrera de resistencia con equipo de marcha y máscara de gas atada delante, subiendo y bajando por un campo accidentado, con barro bajo la suela de las botas que se queda adherido: una paliza que proporciona al enmascarado recluta odio para toda la vida.

Cabe suponer que habré ideado mi venganza, llorando tras los empañados cristales redondos de la máscara de gas repetidas veces, hasta en todos sus detalles.

Al volver del barracón de la cocina, me detengo, oculto por los abetos cargados de nieve. Es cierto que, a lo lejos, veo centellear la granja, pero la granja no me ve. Reina el silencio. Sólo se oye mi aliento.

Ahora vierto en la nieve dos dedos de café del contenido en los bidones, los dejo en el suelo y meo para llenarlos, tanto uno como otro, hasta que me parece suficiente. El resto sobrante, entre los árboles, de forma que la nieve, como cabe sospechar, adquiere un tono amarillento.

Ahora nieva incluso, cubriendo mis huellas. Siento calor en medio del frío. Me inunda algo que se parece a un sentimiento de felicidad.

Susurro interior: Sí señor, se tomarán el brebaje, aunque endulzado con terrones de azúcar que consiguieron quiénsabedónde para atesorarlo. Enseguida, ya para el desayuno, y luego al mediodía y, recalentado, también a la noche, cuando se hayan hartado de vociferar, echarán mano a los potes de café. Los veo con mirada anticipada, al jefe de escuadra y al jefe de pelotón, y voy contando, un trago tras otro.

Se bebían, pote tras pote, lo que yo les suministraba más o menos caliente. A pedir de boca. Quién puede dudarlo. Cabe suponer incluso que mi repetido gesto de impotencia, aquella venganza de todas las mañanas, me ayudó a soportar la instrucción e incluso los peores acosos, riéndome por dentro; en la compañía próxima a la nuestra, un recluta se colgó con la correa de la funda de su máscara de gas, poco antes de un ejercicio de castigo.

Por lo demás, hacía todo lo que se me ordenaba, sin reservas, por ejemplo, arrastrarme bajo el casco del tanque de ejercicios. «¡Medir la altura libre sobre el suelo!», se llamaba la orden.

Lo que debía hacer de mí un hombre: breve formación con armamento pesado. Tiro sobre blancos móviles. Marchas nocturnas con equipo de asalto. Flexiones con el mosquetón extendido. De vez en cuando, como recompensa, despiojamiento en uno de los barracones sanitarios dedicado expresamente a ese fin. Luego podíamos ducharnos desnudos en grupo y después reírnos en el cine del campamento, con Hans Moser y Heinz Rühmann.

El correo llegaba cada vez más irregularmente. Por las tardes nos atiborraban de teoría. En la barraca de clases se hablaba del motor Maybach, de uso corriente en los tanques. No se me ha quedado ningún detalle técnico. Hasta hoy no sé ni quiero conducir un coche. Y tampoco del alfabeto Morse, que nos metían en la cabeza ante el aparato de radio, se me quedó nada.

Una vez por semana nos aburríamos durante una hora de clase en la que se hablaba de espacio vital y cosmovisión: sangre y suelo… No quedaron más que desechos verbales que, resistentes, todavía hoy pueden descargarse de Internet.


De forma más clara, porque puede narrarse, se me ha quedado un suceso al margen de la paliza cotidiana. A algunos reclutas y a mí también se nos ordenó sucesivamente que fuéramos a aquella granja de aspecto de palacio que, desde mis paseos mañaneros, me resultó enigmática. Por todas partes, en el vestíbulo de entrada, en el que había un piano, subiendo por la sinuosa escalera y en las paredes de una habitación del tamaño de una sala, colgaban cornamentas de ciervo y pinturas exuberantemente enmarcadas, cuyas escenas de caza se iban ennegreciendo. Pocos muebles, sólo un escritorio que reposaba sobre unas patas barrigudamente alabeadas. Detrás de él había un teniente que se las daba de amable y que hubiera podido ser también profesor de instituto.

Me dijo que «me pusiera cómodo» y quiso conocer mis deseos profesionales para después de la victoria final. Era una especie de tío simpático quien me hablaba, preocupado por el futuro de su sobrino.

Yo no dije que estaba seguro de querer ser artista, e indiqué de forma más bien vaga como objetivo estudiar historia del arte, y entonces se me prometió apoyo, si estaba dispuesto y era capaz de ir a algo así como un colegio noble para directivos.

Allí, me dijo, se estaba formando ya a hombres con conciencia nacional para tareas que no faltarían tras la victoria definitiva: en materia de ordenación territorial, en el necesario traslado de poblaciones extranjeras, como directivo empresarial, en la reconstrucción de ciudades, en el sector fiscal, tal vez incluso en el deseado campo del arte… Luego me preguntó qué conocimientos tenía ya.

Aquel simpático tío de detrás del escritorio, que llevaba gafas sin montura y cuyo rango militar me resulta ahora dudoso —¿era teniente?— parecía estar realmente interesado por, como él decía, «mi carrera». Por eso le solté lo que, gracias a mis cromos de cigarrillos y las monografías artísticas de Knackfuß, se había enredado en un ovillo. Hablé sin pausa y, probablemente, con arrogancia, de los autorretratos de Durero, el altar de Isenheim y El milagro de San Marcos de Tintoretto, alabando el vuelo en picado del apóstol como ejemplo de perspectiva audaz.

Cuando, tras dar saltos sin ton ni son por el mundo pictórico resumido en tres volúmenes, mis conocimientos reunidos se agotaron y sólo quedaron audaces afirmaciones sobre Caravaggio como genio asesino, el futuro alumno de un colegio noble elogió con demasiada amplitud la vida de Anselm Feuerbach y, en general, a los pintores romano-alemanes, y finalmente a Lovis Corinth, al que Lilli Kröhnert, su maestra de dibujo del colegio Petri, había calificado de genial. Por ello, situaba su obra por encima de todo lo que nunca se había expuesto en la «Casa del Arte Alemán» como pintura contemporánea.

Con un ligero movimiento negativo de cabeza fui despedido por el simpático tío, que hizo un breve gesto con la mano: por lo visto yo no era apto para una carrera como dirigente después de la victoria final, porque ningún colegio noble me libró de la instrucción militar.


Por mi decimoséptimo cumpleaños recibí correo, aunque con retraso: un paquetito con calcetines de lana y pastel desmigajado, con una doble página llena de inocentes preocupaciones, escrita con la bella y esmerada letra del padre. Luego, sólo cartas y, después de Navidades, nada más.

La pizarra nos hizo creer que la ofensiva de las Ardenas se desarrollaba victoriosa y traería finalmente el cambio, pero pronto pudo leerse en los partes militares que los rusos habían invadido la Prusia oriental. Noticias de violaciones y asesinatos cometidos contra mujeres alemanas en la región de Gumbinnen ocuparon mis sueños diurnos durante las clases teóricas.

Durante el día, veíamos en un cielo despejado y helado agrupaciones de bombarderos enemigos. Sin ser obstaculizados, los aviones seguían su rumbo como estelas de condensación concentradas, ¿hacia dónde? En realidad era hermoso verlos. Pero ¿dónde estaban nuestros cazas?

Por lo demás, seguía hablándose de cohetes V-1 y V-2, así como de armas milagrosas que pronto aparecerían. Hacia finales de febrero, cuando llegaron ya rumores sobre la tempestad de fuego de Dresde, prestamos juramento con luna llena y un frío cortante. Un coro cantó el juramento de la Waffen-SS: «Aunque todos se vuelvan infieles, nosotros seguiremos fieles…».


Poco después fui testigo de un proceso en el que, demorado, luego acelerado y finalmente precipitado, hubiera podido percibirse el hundimiento del Gran Reich Alemán como caos organizado.

Sin embargo, ¿percibí yo lo que corría a su fin?

¿Me di cuenta de lo que sucedía con nosotros, conmigo?

¿Permitía en su constante ir y venir mi necesidad insistente durante el día de un cazo de sopa y un chusco de pan, acompañada de temores de distinta intensidad, algo así como una comprensión de la situación general?

¿Tuvo conciencia aquel chico de diecisiete años del comienzo del fin, de lo que luego se llamaría «el derrumbamiento», en todo su declive y proporción?

Cuando mi primer intento de ordenar y llevar al papel la confusión que había en la cabeza de un joven soldado, cuyo casco de acero, demasiado grande, se le resbalaba continuamente, se plasmó a principios de los años sesenta en la novela Años de perro, se entremezclaron y engranaron en las páginas del diario de Harry Liebenau, soldado de la división acorazada, los sucesos bélicos, como una retirada continua, con las insistentes invocaciones a su prima Tulla, a la que él, a consecuencia de rumores, creía a bordo del buque de refugiados hundido Wilhelm Gustloff: ahogada en el helado Báltico.

También yo escribí algo parecido a un diario en un cuaderno que, finalmente, con otro equipo de marcha y mi capote, se perdió al lado de Weißwasser o cerca de Cottbus. Sin embargo, al contabilizar esa pérdida, me parece como si también yo me hubiera perdido repetidas veces.

Porque ¿qué garrapateaba en el papel rayado durante los descansos breves o prolongados?

¿Qué evasiones mentales me sustrajeron a lo que realmente sucedía o se desmigaba en aburrimiento, que surgía en cuanto esperábamos al eterno rezagado, la cocina de campaña u órdenes que nos enviaban en esta o aquella dirección?

¿Ayudó el tiempo preprimaveral a llenar mi cuaderno de versos rimados?

¿Me gustó el ambiente apocalíptico?

Aunque no haya ningún pensamiento abstruso que anotar en limpio, ningún poema de marzo que descifrar y no quiera aparecer ninguna duda que valga la pena del diario perdido, sigue existiendo la pregunta: ¿qué hacía aquel recluta instruido?

¿Se sentaba, si no como artillero conductor, al menos como artillero de carga, en un tanque?

Entrenado en disparar a compañeros de cartón, ¿llegó a disparar sobre blancos móviles?

¿Cuándo y dónde, a qué grupo de combate fui destinado?

A la primera no consigo hacer tangible al miembro de una más bien ficticia División Jörg von Frundsberg. Desde el campo de formación en medio de los bosques bohemios, grupos aislados fueron enviados a emplazamientos lejanos de compañías encargadas del traslado de tropas. Un grupo salió en dirección a Viena, otro debía participar en la batalla de Stettin. A nosotros nos llevó un tren de carga, de noche, por Tetschen-Bodenbach, hasta Dresde, y luego más allá en dirección al este, donde, en la Baja Silesia, se suponía que estaba el frente.

De Dresde sólo me quedaron el olor de los incendios y una ojeada por la puerta corredera entreabierta del vagón de carga: entre las vías y delante de las fachadas carbonizadas sobresalían montones de fardos quemados. Algunos del vagón supusieron que eran cadáveres encogidos. Otros pretendieron haber visto noséqué. Discutimos al respecto y hablamos una y otra vez para disipar nuestro espanto; lo mismo que, todavía hoy, lo que ocurrió en Dresde está enterrado bajo habladurías.

Al parecer, habíamos llegado a la realidad para volver a abandonarla enseguida o cambiarla por algo que quería ser otra realidad. Una y otra vez enviado en direcciones contrapuestas, nuestro grupo encontró por fin la compañía que le había sido asignada, cuyos efectivos todavía incompletos habían hallado alojamiento en una escuela evacuada. Los bancos apilados al aire libre fueron aserrados por un comando de cocina para convertirlos en leña. En el patio de recreo había barracones listos para nosotros, a fin de que mi permanente vida de barracón desde los tiempos de auxiliar de la Luftwaffe no acabara demasiado pronto.

Allí había que aguardar armamento militar, los prometidos tanques de tipo Tiger. La espera se prolongó, pero, con una alimentación regular y una vigilancia relajada, resultó soportable. Incluso tuvimos tiempo para ir al cine. ¿Vi otra vez aquella película, Hagamos música, con la incansablemente silbadora Ilse Werner, que ya en mi época escolar había sido un sustitutivo del prohibido jazz? ¿O vi sólo entonces la película de resistencia Kolberg?

Sin embargo, ¿cuánto tiempo esperó aquel grupo heterogéneo, del que formaban parte también miembros de la Wehrmacht y personal de tierra retirado de los campos de aviación abandonados, el correo militar reenviado, que no llegó, en vez de los prometidos tanques?

Ese lapso de tiempo me parece no fechable y como una película compuesta de diversas tramas, que unas veces se desarrollan a cámara lenta y otras a cámara acelerada, unas veces hacia atrás y otras hacia delante, y una y otra vez rasgada, para, con otros personajes, tratar de casualidades de otro tipo en una película muy distinta.

Como mucho, tengo ante mis ojos, como persona de perfil claramente definido, a un suboficial que, después de coger su rancho, se sentaba entre nosotros a la larga mesa de madera: el cerdo habitual en el frente. Cuando de pronto tiene que ir al retrete con urgencia, pone bajo vigilancia su plato todavía lleno, sacándose de la órbita del ojo derecho, con dos dedos expertos, un globo de cristal y colocándolo, azul celeste, sobre un trozo de carne del tamaño de la palma de la mano como los que nos han repartido a todos, con patatas sin pelar, col y una salsa parda, en calidad de rancho del mediodía. Parafraseando un dicho, exclama: «¡Ojo al Cristo, que es de cristal!». Con lo que ninguno de los de la mesa puede apartar ya la vista hasta que el precavido cagón vuelve del retrete.

A lo que se agarra el recuerdo: una naturaleza muerta que sólo quería ser útil, no arte. Por lo demás, muchos de los soldados estaban marcados por heridas ya curadas o habían sido enviados directamente del hospital militar a la compañía: hacia el final, todo el mundo era apto para el servicio.

En algún momento, bajo la red de camuflaje hubo, no un tanque Königstiger, sino cuatro tanques Jagdpanther: con cañones de asalto sin torreta giratoria, y para los que nuestro grupo estaba insuficientemente entrenado. Sin embargo, tuvimos que dejar los barracones, e íbamos en los tanques como dotación de escolta, armados al estilo tradicional con fusiles, y algunos con fusiles de asalto.

Se suponía que el frente estaba ante Sagan, una pequeña ciudad de Silesia que, ciertamente, había sido recuperada, pero por la que se seguía luchando. Desde allí, se decía, una ofensiva debía liberar Breslau, la fortaleza sitiada. No obstante, sólo llegamos hasta Weißwasser, en donde se perdió la relación con la compañía y, con ella, el equipo de marcha, con el diario y el capote atados encima…


A partir de entonces, la película se desgarra. Cada vez que la encolo y vuelvo a pasarla, me ofrece una ensalada de imágenes. En algún lado puedo tirar los andrajosos trapos con que me envolvía los pies y sustituirlos por medias de lana que encontramos en un depósito de intendencia abandonado; en él hay también, apiladas, camisetas y lonas contra la lluvia. En una parada en una vega acaricio flores de sauce.

¿Cantó un cuco antes de la hora? ¿Conté sus cantos?

Y entonces veo los primeros muertos. Soldados jóvenes y viejos con uniforme de la Wehrmacht. Están colgados de árboles todavía pelados de las carreteras y de tilos en las plazas de mercado. Los cartones que llevan sobre el pecho identifican a los ahorcados como «cobardes que socavan nuestra capacidad de defensa». Un chico de mi edad, peinado además con raya a la izquierda como yo, cuelga junto a un oficial entrado en años de graduación incierta, al que el consejo de guerra degradó antes de ahorcarlo. Una doble fila de cadáveres por la que pasamos traqueteando con el estrépito de las cadenas de nuestros blindados, que lo sofoca todo. No quedan pensamientos, sólo imágenes.

A un lado veo campesinos que cultivan sus campos. Surco tras surco, como si nada los preocupara. Uno de ellos ara con una vaca que tira del arado. Cornejas detrás del arado.

Luego veo otra vez caravanas de fugitivos que taponan la carretera: arneses entre los que ancianas y adolescentes tiran y empujan carretas sobrecargadas. Sobre maletas y fardos atados se acurrucan niños, que quieren salvar sus muñecas. Un anciano tira de una carretilla en la que dos corderos querrían sobrevivir a la guerra. El coleccionista de imágenes ve más de lo que puede agarrar.

Durante un descanso, otra vez de retirada, estoy detrás de una chica que —de eso estoy seguro— se llama Susanne y ha huido con su abuela de Breslau. Ahora la chica me acaricia el pelo. Se me permite cogerle la mano, pero nada más. Esto ocurre, excitantemente, en el establo ileso de una casa de campesino destrozada por los disparos. Un ternero nos mira. Ay, si esa historia tuviera un desenlace por el que valiera la pena sacrificar la aburrida verdad.

Sin embargo, en el diario sólo habría podido escribir esto: «Susanne lleva un collar de perlas de madera de color cereza…». ¿O llevaba un collar así otra chica muy distinta, que tenía el cabello negro y una larga trenza, no rubio como el lino, y cuyo nombre no quiero decir?

De lo que ocurría fuera de mi campo visual, la película, rota una y otra vez, no dice nada. Es cierto que se puede saber, porque hay noticias que circulan como rumores, que mi ciudad natal, entretanto, fue conquistada por los rusos, pero no sé que el interior de Danzig es un montón de escombros que todavía humeará largo tiempo, en donde las ruinas de las quemadas iglesias de ladrillo esperan ya fotógrafos cuya misión es, antes de la prevista reparación de todos los daños, documentar cada muñón de torre, cada resto de fachada, a fin de que los escolares reconozcan luego…

Con el pensamiento, sin embargo, se podía pasar revista aún a la intocable silueta urbana de la ciudad, se podían contar las torres a izquierda y a derecha. No faltaba ni un adorno de los gabletes. Ida y vuelta al colegio. También me obligaba a ver a la madre tras el mostrador de la tienda, al padre en la cocina. ¿O me atormentaba el temor de que los padres, con la hermana y un equipaje demasiado escaso, hubieran encontrado sitio por fin en el Gustloff?


A partir de ahí, la caprichosa serie de imágenes cuya producción dirige el azar quiere proyectar sin falta la secuencia de mi primer contacto con el enemigo, verdad es que sin indicar fecha ni lugar y sin que llegue a avistarlo.

Sólo puede suponerse una cosa: debió de ser hacia mediados de abril, cuando los ejércitos soviéticos, tras larga preparación artillera, rompieron las líneas alemanas a lo largo del Oder y el Neisse y, en nuestro sector del frente, entre Forst y Muskau, para vengar su país devastado y los millones de muertos, y para vencer, nada más que vencer.

Veo tomar posiciones en un bosque joven a nuestros Jagdpanther, algunos transportes blindados de personal, varios camiones, la cocina de campaña y un montón abigarrado de soldados de infantería y artilleros de tanque revueltos, ya sea para contraatacar, ya para formar un muro defensivo.

Árboles que echan brotes, entre ellos abedules. El sol calienta. Gorjeos de pájaros. Una espera soñolienta. Alguien, no mayor que yo, toca la armónica. Un soldado hace espuma, se afeita. Y entonces, súbitamente —¿o fue aviso suficiente el enmudecimiento de los pájaros?—, los «órganos de Stalin» caen sobre nosotros.

Queda poco tiempo para comprender por qué, coloquialmente, se los llama así. ¿Sus aullidos, gruñidos y zumbidos? Desde dos o tres baterías lanzacohetes, el trozo de bosque va siendo cubierto progresivamente. No quieren perdonar nada, trabajan a conciencia, aplastan lo que, como bosque joven, prometía cobertura. No había escapatoria; ¿o quizá sí, si se trataba de un simple artillero?

Me veo arrastrarme, como he aprendido, bajo un Jagdpanther. Y alguien más, quizá el conductor, el artillero de control de tiro o el comandante del Jagdpanther, está midiendo bajo el casco la altura libre sobre el suelo. Nuestras botas se tocan. A derecha e izquierda nos protegen las ruedas con cadenas. Los órganos tocan quizá tres minutos, una eternidad. Invadido por el miedo, me meo en los pantalones. Luego silencio. A mi lado, castañeteo de dientes, en muchas estrofas.

Antes, no, ya antes de que los órganos acabaran su concierto, comenzó el castañeteante tableteo, que continuó y duraba aún cuando los gritos de los heridos dominaban todos los otros ruidos.

Por corto que fuera ese lapso, me bastó: ya en el curso de la primera lección aprendí a tener miedo. El miedo se apoderó de mí. Nada de gatear expertamente, salí arrastrándome de debajo del Jagdpanther, y me veo reptar, dejando la tierra removida de bosque y follaje podrido, una mezcla contra la que, mientras los órganos de Stalin llevaron la voz cantante, aplasté el rostro y cuyo olor se me quedará.

Todavía inseguro sobre las piernas, presencié una tormenta de imágenes. A mi alrededor, el bosque joven despedazado, los abedules como quebrados por la rodilla. Las copas de los árboles habían hecho que los obuses estallaran anticipadamente. Por todas partes había cuerpos, aislados o encima de otros, muertos, vivos aún, retorcidos, ensartados por ramas, acribillados de metralla. Algunos de ellos se habían anudado como acróbatas. También hubiera podido encontrarse trozos de cuerpos.

¿Era aquello el chico que, antes, tocaba expertamente la armónica?

Reconocible el soldado en cuyo rostro se secaba la espuma de afeitar.

Por en medio se arrastraban los supervivientes, o permanecían de pie, paralizados como yo. Algunos gritaban aunque no estaban heridos. Alguien lloriqueaba como un niño pequeño. Yo estaba mudo, con los pantalones meados, mirando a mi lado el abierto cadáver de un chico con el que hacía un momento había charlado de noséqué. Las vísceras. Su cara redonda, que parecía haberse encogido en el momento de la muerte…

Sin embargo, esto que aquí aparece escrito detalladamente lo he leído en forma parecida en Remarque o Céline, lo mismo que ya Grimmelshausen, al describir la batalla de Wittstock, cuando los suecos hicieron pedazos a los imperiales, citaba imágenes de horror transmitidas.

Y de pronto estuvo a mi lado aquel al que le habían castañeteado los dientes, se estiró cuan largo era, dejó de estar acometido por escalofríos y mostró en cambio en el cuello una alta graduación de la Waffen-SS. Bajo la barbilla le colgaba, torcida, la Cruz de Caballero. Un héroe como salido del noticiario que, durante años, nos había suministrado a los colegiales héroes de parecida estatura.

A mí, testigo de un castañeteo ordenado por el miedo, me increpó:

—No se quede ahí, soldado. Concéntrese. Todos los hombres aptos para el combate deben concentrarse enseguida. Ocupen nuevas posiciones. ¡Vamosvamos! Listos para contraatacar…

Lo veo precipitándose por encima de cuerpos destrozados, muertos, y aún vivos. Grita, gesticula, se pone en ridículo, no es ya un héroe de libro, de forma que a posteriori quiero estarle agradecido, porque su aparición en medio de la unidad de combate aplastada —sólo dos Jagdpanther y algunos carros ligeros de transporte parecen capaces todavía de entrar en acción— desvalorizó la imagen de héroe que yo tenía presente desde mi época escolar. Algo se desencaja. Mi aparato ideológico, que en otro tiempo sufrió una fractura todavía encolable, causada por un chico de ojos azules llamado Nosotrosnohacemoseso, se tambalea ahora, aunque quiera seguir demostrando su estabilidad…


Después de eso, sólo pertenecí a unidades de combate a las que no se podía dar nombre. Los batallones, las compañías se disolvían. La División Frundsberg no existía, si es que alguna vez había existido. Atravesando el Oder y el Neisse, los ejércitos soviéticos habían conseguido penetrar en un amplio frente. Nuestra línea principal de combate había sido arrollada y perforada, y existía todo lo más sobre el papel. Sin embargo, ¿qué sabía yo de una línea principal de combate, de lo que era o hubiera tenido que ser?

En el caos de la retirada, traté de unirme a grupos desbandados que buscaban igualmente los restos de sus unidades. Sin volver a experimentar el contacto con el enemigo, tenía el miedo metido en el cuerpo. Una y otra vez los soldados ahorcados de los árboles de las carreteras advertían del peligro que corría quien no pudiera demostrar que pertenecía a una compañía o que, con una hoja de ruta estampillada, se dirigía a esta o aquella tropa.

El sector central del frente oriental, muy desplazado hacia el oeste, estaba bajo el mando del tristemente célebre general Schörner. Por «orden de Schörner», la policía militar —los «perros encadenados»— buscaba militares que, cualquiera que fuera su rango, debían ser apresados si carecían de hoja de ruta, y comparecer ante consejos de guerra ambulantes. Luego eran ahorcados sin contemplaciones y muy a la vista. Había una frase que servía de aviso: «¡Hay quien roba héroes!». Schörner y su orden resultaban más temibles que el enemigo.

No sólo después de la penetración entre Forst y Muskau, sino mucho tiempo después seguí teniendo a Schörner sobre mis espaldas. A mediados de los sesenta esbocé una obra de teatro que, con el título de Batallas perdidas, debía tratar de aquel temido perro de presa. De aquel juego de cajón de arena no resultó nada. Otra vez se dejó paso a la narrativa. Sin embargo, también en la novela que surgió, anestesia local, en cuyo desarrollo, una y otra vez cohibido, se habla en realidad del prognatismo mandibular, tratado por el dentista, del profesor de instituto Starusch y de sus efectos secundarios, y también de un colegial que, para protestar contra la guerra de Vietnam, quiere quemar a su teckel Max, hace acto de presencia el mariscal de campo Ferdinand Schörner, con el nombre de Krings; tan incesantemente miraba por encima de mi hombro aquella bestia que hacía ahorcar sin contemplaciones.

El miedo era un equipaje que no podía quitarme de encima. Habiendo salido para aprender a conocer el miedo, diariamente recibía lecciones. Agazaparse, apartarse, adaptarse, pasar inadvertido eran las lapidarias técnicas de supervivencia que había que practicar sin entrenamiento previo. Ay de quien no quisiera aprender. Muchas veces sólo ayudaba esa niña engendrada por la astucia y la casualidad, llamada suerte.

Más tarde he recordado tanto algunas situaciones de las que sólo pude escapar con ayuda de afortunadas casualidades, que se acabaron redondeando en historias que, en el transcurso de los años, se hicieron cada vez más manejables, porque insistían en ser creíbles hasta en sus menores detalles. Sin embargo, debe dudarse de todo lo que se ha conservado como peligro para el que se sobrevivió en la guerra, aunque éste se jacte de detalles concretos en historias que quieren pasar por verdaderas, fingiendo ser tan demostrables como el mosquito en el ámbar.


Lo que es seguro es que, a mediados de abril, como parte de un grupo formado al azar, fui a parar dos veces detrás de las líneas rusas. Ocurrió en la precipitación de la retirada. Y, cada vez, yo era parte de un grupo de alguna patrulla de reconocimiento de misión poco clara, y una y otra vez fue la suerte, si no la casualidad, la que me salvó; sin embargo, esas dos situaciones apuradas ocuparon durante años mis sueños para, con variaciones constantes, ofrecerme escapatorias.

Conocía esos escondrijos por libros que, ya de colegial, me había tragado más que leído. El profesor Littschwager, a quien le gustaban mis redacciones, que derivaban hacia lo absurdo, me había puesto en la mano una edición popular de fácil lectura de El aventurero Simplicissimus, con la recomendación: «Realismo barroco; es increíble, pero cierto, cómo ya en Grimmelshausen todo…», y yo me la leí hasta acabar ardiendo.

De modo que puedo haberme dado ánimo con el siguiente razonamiento: si Simplicius, artista de la supervivencia, consiguió, con astucia y fortuna, evitar los peligros, que acechaban tras cada seto, de una guerra que duró treinta años, y si, como durante la batalla de Wittstock, lo ayudó su amigo del alma, que antes de que transcurriera su última horita lo salvó, a tajos y estocadas, de aquel preboste de juicio rápido, para que luego pudiera escribir y escribir, ¿por qué no podría ayudarte a ti la suerte u otro amigo del alma?


La primera oportunidad para reventar bajo el fuego de las ametralladoras o caer prisionero y aprender luego supervivencia en Siberia se dio cuando una dispersa cuadrilla de seis o siete hombres, mandada por un sargento, intentó escapar del sótano de una casa de un solo piso. La casa estaba en la parte ocupada por los rusos de un pueblo por el que todavía se luchaba.

No resulta claro cómo habíamos ido a parar detrás de las líneas rusas y nos encontrábamos en el sótano de la casa, que más bien parecía una cabaña. Ahora debía salvarnos la evasión hacia el lado opuesto de la calle, para refugiarnos en alguna de las casas que todavía defendían los nuestros. Oigo decir al sargento, un hombre larguirucho con la gorra torcida:

—¡Ahora o nunca!

El nombre de la disputada localidad, que estaba en la arenosa Lusacia y, como pueblo con casas a ambos lados, era de forma alargada, no se mencionó nunca o lo he olvidado. Por la ventana del sótano se podía oír entre las pausas un intercambio de disparos: aislados y de ametralladora. En ninguna estantería se podía encontrar nada comestible. Sin embargo, el propietario de la casa, que al parecer había huido a tiempo, debía de haber sido comerciante de bicicletas, y había hecho acopio de su solicitada mercancía, escondiéndola en el sótano, porque de soportes de madera colgaban, con la rueda delantera hacia arriba, muchas y suficientes bicicletas, que parecían todas aprovechables y de neumáticos bien hinchados, y que en cualquier caso estaban pidiendo ser utilizadas.

Y el sargento debía de pertenecer a la categoría de los que deciden rápidamente, porque, después de haber dicho «ahora o nunca», lo oí más bien susurrar que gritar:

—Vamos, que cada uno agarre una bicicleta. Y luego, cruzad a toda mecha…

Mi objeción sin duda tímida, pero expresada con decisión: «Mi sargento, lo siento pero no sé montar en bicicleta», debió de considerarla como un mal chiste. Nadie se rió. Tampoco hubo tiempo para exponer las causas profundas de mi vergonzosa incapacidad y disculparme, por ejemplo así: «Mi madre, que tiene una tienda de ultramarinos que económicamente sólo va regular, no tenía desgraciadamente suficiente pasta para comprarme una bicicleta nueva ni usada, por lo que nunca tuve ocasión de aprender a su debido tiempo a montar en bicicleta, lo que en ciertas circunstancias podría salvarme la vida…».

De manera que fue el sargento, antes de que yo, como alternativa, pudiera preciarme de haber aprendido pronto el arte de la natación, quien decidió de nuevo rápidamente:

—Vamos, coja la ametralladora y cúbranos. Volveremos a buscarlo, más adelante…

Es posible que uno u otro soldado, quien fuera que cogiera, obediente, una bicicleta del soporte, tratara de calmar mi miedo. Sus palabras no fueron escuchadas. Tomé posición en la ventana del sótano con un arma para la que no había recibido instrucción. El nuevamente incapaz soldado no habría llegado tampoco a disparar, porque apenas habían salido por la puerta delantera de la casa los cinco o seis hombres del sótano agarrando los cuadros de sus bicicletas, entre las que había también de señora, los segó en el centro de la calle del pueblo un fuego de subfusiles, salido nosédedónde, si de este lado o de aquél, o de ambos a la vez.

Pretendo haber visto un montón que se agitaba, y que pronto sólo se estremecía. Alguien —¿el largo sargento?— dio una voltereta al caer. Luego nada se movió ya. Todo lo más, vi una rueda delantera que sobresalía del montón: cómo daba vueltas y más vueltas.

Sin embargo, puede ser también que esa descripción de la carnicería sea una imagen transmitida más tarde, puesta en escena, porque ya antes del estrépito final había abandonado mi puesto en la ventana del sótano y no vi nada, no quise ver nada.

Sin la ametralladora ligera, el arma que se me había confiado, salí con mi fusil de la casa del comerciante de bicicletas y me largué por jardines traseros y puertecillas chirriantes. Detrás de los jardines y entre ellos, permanecí oculto por arbustos que ya echaban brotes, dejé de forma subrepticia el pueblo por el que audiblemente se luchaba y tropecé de pronto con los carriles de un ferrocarril de vía estrecha, bordeados a ambos lados por arbustos y terraplenes de la altura de un hombre. Se dirigían derechos hacia nuestra presunta línea de frente. Silencio. Sólo gorriones y herrerillos en los arbustos.

No es que hubiera aprendido nada de aquel sargento para quien mi incapacidad a la hora de utilizar la bicicleta había sido sólo un mal chiste, pero seguir los carriles como indicación profética resultó ser una decisión acertada, adoptada con rapidez.

Después de más de un kilómetro de ir a pie por traviesas de madera y grava, vi, en un puente no destruido que cruzaba la vía férrea, primero todoterrenos y camiones con soldados de infantería, y también un obús tirado por caballos, y luego grupos más pequeños a pie: soldados de inconfundible hechura alemana, con su paso lento. Me uní a ciegas a la columna, porque, incluso sin actividad enemiga, un soldado solitario, de camino sin hoja de ruta, hubiera sido candidato a la muerte, maduro para la soga al cuello.

Sé que esto parece difícilmente creíble y huele demasiado a un tejido de mentiras. Sin embargo, habla a favor del fondo auténtico de esa historia de supervivencia el hecho de que, decenas de años más tarde, siempre que los hijos, las hijas, han intentado convencer al padre para que, en un camino del bosque y sin espectadores, aprendiera a montar en bicicleta, que era facilísimo, me haya negado a hacer más de un intento. Porque en cuanto, por ejemplo en el bosque de Ulvshale danés, me dejo animar por Malte, Hänschen y Helene, que desde pequeños saben montar en bicicleta, con gritos como: «¡No seas cobardica!», «¡Vamos, papá!», para que me suba a una bicicleta, se cae el hijo de una madre para la que, sin sospechar nada y sin embargo de forma salvadora, el dinero fue siempre demasiado escaso para comprar un «burro de alambre», como llamaba despectivamente a esos vehículos de dos ruedas.

Sólo mi Ute consiguió seducirme, a principios de los ochenta, cuando, según ella, me hacía falta ejercicio, para que demostrara un poco de valor como acompañante en un tándem holandés: ella se sentaba delante y guiaba; a mí, que me sentaba detrás, me gustaba ver su pelo rizado, que se agitaba con el viento de la marcha. Así seguro, mis pensamientos podían vagar, sin verme en peligro por decisiones precipitadas.


Por lo que se refiere al curso ulterior de mis días y de noches pasadas nosécómo tras el derrumbamiento del frente del Oder y el Neisse, de momento la película rebobinada y a menudo remendada no ofrece gran cosa. Ni la piel de cebolla todavía antes elocuente ni el fragmento más transparente de ámbar, en el que un insecto antiquísimo hace como si fuera de hoy, pueden ayudarme. Tengo que recurrir otra vez a Grimmelshausen, a quien una confusión bélica comparable enseñó a conocer el miedo, y ayudó en las aventuras del cazador de Soest. Porque lo mismo que su descripción de la batalla de Wittstock se concentra en el río Dosse y sus pantanosos alrededores, donde mueren miserablemente los imperiales —y en la que sabe dar refinado color a la carnicería, con palabras de su compañero barroco Opitz—, yo puedo identificar la región de los acontecimientos bélicos que me afectan como Lusacia, entre Cottbus y Spremberg.

Por lo visto, había que estabilizar de nuevo el frente y, precisamente allí donde yo vagaba de un lado a otro, romper, con nuevos grupos de combate, el cerco cada vez más estrecho que rodeaba a la capital del Reich. Allí, se decía, el Führer aguantaba bien.

Ello tuvo como consecuencia órdenes contradictorias y llevó a movimientos de tropas que se cerraban mutuamente el camino; sólo los flujos de fugitivos de Silesia trataban de mantener un rumbo claro: hacia el oeste.


Ay, con qué facilidad fluyeron de mi mano las palabras a comienzos de los sesenta, cuando fui lo suficientemente sin escrúpulos para desmentir los hechos y comprender todo lo que quería ser paradójico. Las puertas de las esclusas estaban abiertas. El flujo de palabras controlado página a página se precipitaba en cascada. Formas de narrar tradicionales se rejuvenecían con baños verbales unas veces calientes y otras fríos. Y tormentos cosquilleantes extraían del silencio obstinado un grito de confesión. Todo pedo encontraba su eco. Y cada chiste tenía el valor de cambio de tres verdades sacrificadas. Y como todo lo fáctico transcurría de forma consecuente, también lo contrario era por consiguiente posible.

Así, en el capítulo final de la segunda parte de Años de perro se trataba de atribuir un sentido, que sólo obedecía a la demencia, al centralmente enterrado búnker del Führer y por consiguiente a la lucha final por Berlín. La búsqueda de un perro pastor escapado que respondía al nombre de Príncipe y pasaba por ser el perro favorito del Führer se condensó en palabras de forma que, del titilante alemán de Heidegger —«La nada nadea sin cesar»— y el uso del idioma del Alto Mando de la Wehrmacht, toscamente ensamblado con sustantivos, surgió una mezcla cuya superabundancia derivada inundaba todo lo que se le ocurría a la verdad como objeciones pusilánimes: «Por orden del Führer, se espera que la vigesimoquinta división de infantería de tanques cierre la brecha del frente de Cottbus y la asegure contra ruptura por el perro… La revelación original del perro del Führer la determina el sentido de la distancia… La nada determinada por el sentido a distancia se reconoce, en el sector del grupo Steiner, como la nada… Tiene lugar la nada entre los tanques enemigos y nuestras puntas…».

Sin embargo, allí donde yo estaba o tenía que estar —¿la brecha del frente de Cottbus?— no había ni puntas nuestras ni ninguna cohesión militar reconocible. En el mejor de los casos, hubiera podido aparecer como Nada la División Frundsberg, que posiblemente hubiera podido adjudicarse al ominoso grupo Steiner. Sólo había restos reunidos aprisa que reaccionaban a órdenes contradictorias. Todo estaba sacado de quicio, nada se desarrollaba de forma consecuente, hasta que —ahora vuelve a proyectarse la película y aparezco en cuadro—, por capricho de un poder más alto, al soldado aislado se le asigna otro puesto.


Arrojado por un viejo conocido, el azar, yo pertenecía a un grupo de doce a quince hombres que, por carecer de armamento pesado, debía ser utilizado como tropas de infantería de choque, en un, así llamado, «destacamento de ascensión a los cielos».

Como, yanosédónde, mi impermeable, mi lona y, lo que era peor, mi fusil se habían perdido, me armaron con un subfusil de fabricación italiana que, si hubiera habido ocasión de utilizarlo, habría estado en manos poco seguras.

Recuerdo una congregación de cascos de acero, que daban sombra a rostros de hombres taciturnos y jóvenes temerosos, entre los que debería contarse el mío —tercero por la izquierda— si hubiera habido alguna foto del extraviado pelotón.

Otra vez era un sargento de muchos años de servicio quien tenía el mando, ahora uno bajito de anchos hombros. La orden era avanzar y buscar el contacto con el enemigo.

Al comienzo del crepúsculo nos movíamos, después de haber seguido largo tiempo senderos equivocados, por un camino del bosque removido por las cadenas de los tanques, por el cual, se decía, había pasado traqueteando una columna de Tiger y transportes blindados, precipitándose como cabeza de una ofensiva. Ahora había que enlazar con esa avanzada. Sin embargo, las radios que llevábamos no emitían la menor señal, sólo ruidos y una ensalada de palabras.

A ambos lados del camino, las reservas de árboles ensayaban repeticiones: pinos, sólo pinos, altos pinos a izquierda y derecha. Verdad era que no teníamos que arrastrar armamento pesado, pero en el camino habíamos recogido a un hombre de edad, que según su brazalete pertenecía a la Volkssturm, la última leva, y a dos soldados ligeramente heridos que, como si fueran gemelos, cojeaban ambos del lado izquierdo.

El hombre de la Volkssturm decía incoherencias. Alternativamente, arremetía mascullando contra Dios o insultaba a su vecino. Los dos soldados heridos en la pierna necesitaban a medias apoyo y a medias ser llevados. Avanzábamos sólo despacio.

Como de la cabeza acorazada seguía sin llegar respuesta por la radio, el sargento ordenó un alto en la marcha, al borde del camino. Experimentado en el frente como parecía ser, quería aguardar el posible regreso de los blindados sobrantes, confiando en que transportaran al menos a los dos cojos y al desvariado hombre de la Volkssturm. De todas formas estábamos agotados. Por suerte, no puso como centinela a ninguno de los jóvenes, sino que me puso a mí en el camino del bosque, dándome órdenes de mantener los ojos bien abiertos.

Otra vez surge una imagen: yo, según mi propia imaginación. Yo, bajo un casco de acero que se me resbalaba. Yo, actuando según órdenes. Yo, esforzándome con empeño por cumplir una misión.

Lo conseguí a pesar del cansancio, porque, tras un tiempo no muy largo, vi, en aquel cortafuegos, entretanto negro como la noche, que era el camino del bosque, un punto de luz que, al acercarse, se dividió en dos. Después de notificarlo conforme a la ordenanza, «¡Vehículo motorizado a la vista, probable transporte de personal!», me situé en medio del camino, para ser fácilmente reconocible y, cumpliendo las órdenes, detener al supuesto transporte blindado: como zurdo, levanté la mano izquierda.

Puede ser que el vehículo oruga que se aproximaba rápidamente me sorprendiera, porque iba con todas sus luces largas y, cuando se detuvo a dos pasos de mí, mi asombro se vio confirmado. Me bastó una ojeada. Sólo podían ser los rusos, que no escatimaban luces sino que, sin vacilar…

—¡Ruskis! —grité al grupo desde el borde del camino, pero no me detuve a reconocer como tales a los soldados que iban sentados muy juntos en el blindado enemigo, para encontrarme así por primera vez, cara a cara, con soldados soviéticos vivos. Más bien me lancé hacia la derecha antes de que se disparase un solo tiro, me tiré de cabeza en la plantación de pinos que limitaba con el camino y desaparecí, aunque no quedé fuera de peligro.

Lo que oí fueron gritos en dos idiomas, dominados por salvas de los subfusiles, hasta que finalmente sólo los Kalashnikov llevaron la voz cantante.

Mientras me arrastraba entre los jóvenes pinos erguidos y, lentamente, ganaba distancia, hubo impactos en el bosquecillo, a la izquierda, a la derecha, pero salí ileso, lo que no podía suponerse del resto del grupo del sargento. Ni siquiera el hombre de la Volkssturm se metía ya con Dios ni insultaba a su vecino, no quería ajustar cuentas pendientes. Nada más que voces rusas, entretanto lejanas. Alguien se rió, lo que parecía indicar buen humor.

Como el ramaje seco crujía fortísimo, el soldado que había quedado no quiso, como había aprendido, avanzar arrastrándose sobre los codos. Se hizo pasar por muerto, como si de esa forma pudiera escapar al curso de la historia, aunque, con su subfusil italiano y dos cargadores de munición, pudiera considerarse como apto todavía para el combate.

Sólo cuando el blindado enemigo, al que pronto siguieron otros, se puso en movimiento, volví a arrastrarme hacia delante, hasta pasar de la plantación de pinos al bosque adulto, plantado en hileras, es decir, en orden prusiano. No, de volver a donde sólo hubiera podido encontrar cadáveres no tenía ganas; además, el pálido resplandor de luces y el ruido de motores confirmaba, desde el camino del bosque, el avance del enemigo.

Me adentré cada vez más en el bosque, al que, real y súbitamente, o sólo porque yo lo deseaba, iluminaba la media luna con cielo moderadamente nublado, de forma que el soldado aislado no tropezaba con demasiada frecuencia con los troncos de los árboles. Sin embargo, el olor a resina lo encerró de una forma tan definitiva, encapsulándolo, que podía parecerse al insecto que perdura en mi trozo de ámbar y pretende encarnarme: con otros trozos encontrados, está siempre al alcance de la mano en el estante superior de mi alto pupitre y quiere ser sostenido contra la luz, interrogado. Sea araña, garrapata o escarabajo, con un poco de paciencia da información…


¿Qué veo sin embargo cuando visito al solitario artillero de tanque, versión temprana de una persona de cierta edad, a la luz de la media luna?

Tiene aspecto de haberse escapado de algún cuento de los hermanos Grimm. Pronto empezará a llorar. Indudablemente, no le gusta la historia en que aparece. Preferiría mucho más parecerse al protagonista de un libro que en todo momento siente tan próximo como si pudiera agarrarlo. Y es verdad: ahora se asemeja a aquel héroe de la escudería de Grimmelshausen para quien el mundo es una casa de locos laberíntica y llena de recovecos, a la que sólo es posible sustraerse, con pluma y tinta, como alguien llamado Prontootro. Su truco desde los tiempos escolares: crear palabras lo ayudará para seguir viviendo, como desea.

Y por eso brota también de nuevo todo lo que sucede en adelante, en el vivero de las suposiciones cargadas de nutrientes. Le gustaría ser éste o aquél; yo, sin embargo, veo sólo a alguien que vaga sin rumbo, que entre los troncos de la misma altura y detrás de ellos resulta a veces vagamente visible, y otras desaparece, para volver a ser captado por el visor como un soldado al que continuamente se le resbala el casco de acero.

Sigue estando armado, y mantiene el subfusil listo para disparar. Inútilmente le cuelga, como un tambor alargado, la caja de una máscara de gas. En el zurrón del pan se desmigajan todo lo más los restos de las provisiones de marcha distribuidas. La cantimplora semivacía. Su reloj de pulsera marca Kienzle —el regalo de cumpleaños del padre tenía cifras luminosas— se ha parado quiénsabecuándo.

Ay, si tuviera ya ahora aquel cubilete de cuero y los tres dados de hueso que próximamente, poco después de acabar la guerra, le corresponderán como botín. Con ellos, él y un compañero de la misma edad se jugarán el futuro en el campo de prisioneros de Bad Aibling. Joseph se llamará ese compañero y será tan resueltamente católico que querrá ser sin falta sacerdote, obispo, cardenal tal vez… Pero ésa es otra historia, cuyo comienzo se ha extraviado, y no se le ha perdido nada aquí, en el bosque oscuro.

Ahora duerme, sentado y apoyado en un árbol. Ahora se sobresalta, pero no pasa frío, aunque antes ha echado en falta su capote, que se perdió junto a Weißwasser. Ahora, a la luz del sol, arroja como los troncos de los árboles una sombra, pero no sabe salir del bosque, da tropezones, sin darse cuenta, en círculo, saca del zurrón un biscote algo desmigajado, desenrosca la cantimplora y bebe, con lo que el casco de acero le resbala por la nuca. No sabe cómo pasan los minutos, no tiene nada a mano con lo que pueda interrogar, jugando a los dados, el futuro, pero ansía tener un compañero que todavía no tiene nombre, y trata de ser ahora aquel Simplex que consigue escapar de peligros siempre renovados, convirtiéndose de esa forma en el cazador de Soest, celebrado por todos, y que mientras forrajea consigue un botín nutritivo, incluido pan negro de centeno y jamón de Westfalia.

Ahora mastica, mientras otra vez oscurece y un mochuelo grita, últimas migajas, tiene hambre y está abandonado de Dios bajo un cielo nocturno bastante nublado.

Totalmente preso en la oscuridad, aprende otra lección: tener miedo, siente el miedo cuando se le sienta encima, quiere recordar sus oraciones de niño: «Señor, haz que sea piadoso, para que un día vaya a ese cielo hermoso», llama posiblemente a su madre —«¡Mamá, mamá!»— y, como desde muy lejos, su madre, llena de presentimientos, trata de llamarlo a él: «¡Ven, chico! ¡Te daré una yema de huevo revuelta con azúcar en un vaso!», pero sin embargo él se queda en el bosque oscuro, muy solito, hasta que realmente ocurre algo.

Oí pasos, o algo que hacía suponer pasos. Ramas que crujían en el suelo del bosque. ¿Un animal grande? ¿Un jabalí? ¿Acaso un unicornio?

Si me quedaba quieto, evitando todo ruido, inmediatamente él o aquello, hombre, animal o ser fabuloso, quienquiera o lo que quiera que daba pasos por el bosque oscuro, se quedaba quieto.

Apareció alguien, unas veces más cerca, otras lejos de nuevo, para volver a aproximarse, demasiado.

Cuidado. ¡No tragar con ruido! Ponerse a cubierto tras los árboles.

Lo que se ha aprendido en la instrucción militar. Quitar el seguro al arma, lo mismo que, sin duda, en el otro lado están quitando al arma el seguro.

Dos hombres que se suponen mutuamente enemigos. También imaginable como esbozo para, años más tarde, una escena de ballet o de película, lo mismo que se busca en cualquier buena película del Oeste el punto álgido de una trama apasionante: el baile ritual poco antes del último intercambio de disparos.

Se dice que silbar en el bosque oscuro ayuda. Yo no silbé. Algo, quizá mi lejana madre, me sugirió cantar. Sin buscar algo cantable entre marchas entretanto aprendidas —por ejemplo «Erika»— y canciones conocidas de película, recientemente interpretadas por Marika Rökk —«Al hombre no le gusta estar solo de noche…»—, me vino a los labios, como compulsivamente, una canción infantil apropiada a la situación. Canté en alemán, muy largo y repetido, el primer verso sólo: «Hans pequeñito muy solo iba…», hasta recibir una respuesta a ese comienzo: «… por el mundo abajo y arriba…».

No es seguro cuánto tiempo se prolongó ese cántico alternativo, probablemente hasta que la señal de reconocimiento —dos seres humanos de lengua alemana vagan de noche por un bosque oscuro— dijo lo suficiente para que ambas partes pudieran dejar su cobertura, hablarse en el alemán de los soldados y, con el arma baja, acercarse hasta poder tocarse, más aún.

Mi compañero de coro llevaba un arma de asalto y era algunos años mayor y unos centímetros más bajo que yo. Sin casco de acero, bajo una gorra de campaña arrugada, yo tenía delante a un tipejo enclenque, que hablaba berlinés como si fuera de talante naturalmente quejoso. Luego, por un momento, el sobresalto porque encendió su mechero: el cigarrillo en un rostro que, huraño, no decía nada.

Y luego se pudo saber esto: en el curso de la guerra, desde la campaña de Polonia, pasando por Francia y Grecia, y finalmente en la península de Crimea, había llegado a ser cabo. No quería ascender más. Nada podía hacerlo perder la calma, lo que se iba a demostrar en cualquier situación delicada: para mí fue mi ángel de la guarda y el amigo del alma prestado por Grimmelshausen, que finalmente me sacó del bosque por los campos y a través de la línea del frente soviética.

Como el cabo, a diferencia de mí, había llegado hasta los lindes del bosque y estimado repetidas veces que el campo abierto que allí comenzaba, como podía saberse por los fuegos de campamento, estaba ocupado por el enemigo, buscamos un lugar no iluminado por ningún fuego. Es decir: lo buscó él, yo siempre dos pasos detrás.

Durante un descanso en la marcha, se enjabonó, con luz de luna bastante duradera, y se afeitó a fondo la barba de tres días. Yo tuve que sostener el espejo de bolsillo a mi superior.

Únicamente cuando un campo con surcos que se perdían hacia el oeste en la oscuridad nos indujo a arriesgarnos, abandonamos el bosque protector. El campo parecía haber sido recientemente arado y terminaba detrás de una ondulación del terreno. Luego seguimos un camino vecinal ribeteado de arbustos, que atravesaba un curso de agua. El puente no estaba vigilado. Llenamos nuestras cantimploras, bebimos, las rellenamos y él hizo una pausa para fumar.

Sólo en el puente subsiguiente —¿eran brazos del ramificado Spree los que atravesaban nuestro camino?— parpadeó un fuego a cierta distancia. Nos llegaban risas y retazos de palabras. Ante el resplandor del fuego se deslizaban figuras en silueta de un lado a otro.

No, los ruskis no cantaban, ni tampoco parecían ser un montón de borrachos perdidos. Tal vez la mitad dormía, mientras el resto…

Sólo cuando habíamos atravesado el agua nos llegaron los gritos: «Stoi!», y otra vez: «Stoi!».

Al tercer grito —ya teníamos el puente un trecho a nuestra espalda— mi cabo me dio la orden:

—¡Corre cuanto puedas!

Y así corrimos, como en mis sueños de después de la guerra he corrido aún, largo tiempo y lentamente rezagado, a través de un campo cuyo terreno abierto se pegaba a las suelas de nuestras botas, se desprendía, volvía a apelmazarse, de forma que, ahora bajo el fuego de los subfusiles y al resplandor de una bengala que desgarró el cielo, corríamos como a cámara lenta, es decir, durante una prolongada secuencia, hasta que una fosa que limitaba el campo nos ofreció cobertura.

Los rusos o, como nosotros decíamos, los ruskis, no hicieron intento alguno de rastrearnos. El estrépito disminuyó. No hubo más cohetes que iluminaran el campo. Sólo la luna de vez en cuando. Una vez un conejo, que se fue saltando tan despacio como si no fuéramos de temer.

Así pues, seguimos dando zancadas a campo través, no tuvimos que cruzar más puentes y, al romper el día, nos encontramos en un pueblo que el enemigo, al parecer, no había ocupado aún, porque yacía silencioso y agazapado en la niebla matutina, reunido en torno a la iglesia, pacíficamente, como fuera del tiempo.


Es curioso que tenga todavía ante los ojos el rostro inexpresivo o sólo huraño del capitán de caballería de origen austríaco que nos recibió a la entrada del pueblo tras una barrera antitanque sólo escasamente vigilada, y por ello podría dibujarlo o describirlo con sus ojeras y su bigotito, aunque sólo nos enfrentamos con él y sus hombres de la Volkssturm durante un minuto. Parecía ser un hombre preocupado por naturaleza e interrumpió nuestro informe y prolijas explicaciones —«Bueno, pero ¿dónde tienen la hoja de ruta?»— de forma tan casual como si la pregunta fuera sólo una fórmula obligada.

Como, sin papel estampillado, se nos podía considerar fuera de la ley y —para ser exactos— como un caso de consejo de guerra, hizo que tres viejos, armados de escopetas y lanzagranadas, se nos llevaran y encerraran en el sótano de una casa campesina.

Otra vez resulta curioso que nadie nos desarmara. El capitán de caballería tenía un perrito con un collar bordado de perlas, que llevaba al brazo y al que hablaba con tanto cariño como si, salvo el perro, no hubiera nada en el mundo que mereciera su simpatía.

Y uno de los torpes hombres de la Volkssturm que se nos llevaron le metió en la mano a mi cabo, como manutención caritativa, una cajetilla de cigarrillos comenzada, yanosé de qué clase.

Tampoco sé cómo se llamaba el pueblo en el que salvos, aunque también hambrientos, llegamos a las líneas alemanas y enseguida o al poco tiempo tuvimos que contar con el proceso sumarísimo de un consejo de guerra. ¿Se llamaba Peterlein? ¿O había otro pueblo, por el que luego nos replegamos, con ese bonito nombre?

En el sótano se alineaban profundos estantes de tarros de conservas, sobre cuyo contenido daban información etiquetas escritas a mano. Con letra de abuela estaba escrito: espárragos, pepinillos, calabaza y guisantes, y también menudillos de ganso en salsa negra. Los tarros apenas tenían polvo. En botellas había zumo de manzana turbio y zumo de bayas de saúco. En uno de los rincones del sótano, patatas amontonadas que estaban echando ya brotes como el dedo meñique.

Hasta casi vomitar comimos carne con manteca espesada de uno de los tarros, mordisqueamos pepinillos en mostaza, bebimos zumo. Luego mi cabo fumó, lo que hacía raras veces, pero con recogimiento cuando lo hacía. Lo mismo que mi lejana madre, sabía hacer anillos de humo. Yo vacié la lata de la máscara de gas y la llené de mermelada de fresa o de cereza; eso me iba a sentar mal.


Después de haber esperado una o dos horas el consejo de guerra, sobre cuya temible sentencia, sin embargo, no dijimos palabra, sino que dormitamos, más bien saciados —en cualquier caso, no puedo recordar aquella hora como un compás de espera lleno de miedo—, el cabo examinó la puerta del sótano. No estaba cerrada. Por fuera tenía puesta la llave. Nadie nos vigilaba. ¿Espantamos a un gato o, en caso de que lo hubiera habido, habríamos podido perturbar su sueño?

Sobre el sótano vimos, por la ventana de la cocina, la barrera antitanque. No había ningún hombre de la Volkssturm que fumara allí su última pipa. El capitán de caballería se había ido con su perrito. Al parecer, entretanto habían evacuado el pueblo. O bien sus habitantes hacían como si no existieran, como si nunca hubieran existido.

A nosotros el capitán nos había olvidado o, en un arrebato melancólico, nos había abandonado al caprichoso destino. Sobre la barrera antitanque de troncos de pino recién cortados hacían ejercicio los gorriones. El sol calentaba. Se hubiera querido cantar.

A un lado de la barrera, por una grieta, se tenía vista libre sobre los campos, por los que, en formación escalonada, se acercaba el enemigo, la infantería rusa. Desde lejos, parecían inofensivos: figuritas de juguete. Me encontraba otra vez al alcance de los fusiles del Ejército Rojo. Imposible de reconocer todavía con detalle, la distancia disminuía paso a paso. Pero no hubo disparos. Bajo gorras, yelmos o gorros de campaña, algunas de aquellas figuras que avanzaban lentamente podían tener mi edad. Uniforme de color de tierra. Sus rostros de chiquillo. Se podían contar de izquierda a derecha. Cada uno un blanco.

Sin embargo, no levanté el subfusil de fabricación italiana, lo mismo que mi cabo tampoco quiso defender el pueblo de Peterlein con su fusil de asalto. Nos largamos sin hacer ruido. Aunque los ruskis hubieran disparado, obedeciendo una orden o por costumbre, no les hubiéramos respondido.

No fue por amor al prójimo, no tuvo mérito. Más bien fue la sensatez o la falta de necesidad lo que nos impidió apretar el gatillo. Por eso, mi bien conocida afirmación de que, durante la semana en que la guerra me tuvo sin cesar en sus garras, nunca busqué un blanco sobre el punto de mira, nunca llegué a apretar el gatillo, no disparé un solo tiro, sirve en retrospectiva, en el mejor de los casos, como apaciguamiento de la vergüenza que me quedó. En cualquier caso, una cosa es segura: no disparamos. Sin embargo, menos seguro es cuándo cambié mi guerrera por otra menos acusadora. ¿Ocurrió por mi propia decisión?

Más bien fue el cabo quien, echando una ojeada a las runas de mi cuello, me ordenó el cambio de guerrera, y lo hizo posible tomando cartas en el asunto. A él no le podían gustar mis distintivos. Por mi causa, sin necesidad de decir palabra, se ponía en compañía sospechosa.

En algún momento, probablemente ya en el sótano lleno de tarros de conservas o durante algún alto en la marcha, en el que se enjabonaba, se afeitaba y luego cogía un cigarrillo, tuve que oír:

—Si los ruskis nos echan el guante, te habrá llegado el turno, chico, con ese adorno que llevas al cuello. A alguien como tú se lo cargan sencillamente. Un tiro en la nuca y listo…

Sin duda, yanosédónde, se «agenció», como se decía en nuestra jerga de soldados, una guerrera normal de la Wehrmacht. Sin agujeros de disparos ni manchas de sangre. Incluso me sentaba bien. Ahora, sin la doble runa, le gustaba más. Y yo también encontré gusto a aquella vestimenta impuesta.

Tan solícito era mi ángel de la guarda. Lo mismo que Simplex, cuando corrían peligro su cuerpo o su alma, tenía un amigo del alma al lado, yo también pude, con la imagen de mí mismo retocada, confiar en mi cabo.


Después es siempre antes. Lo que llamamos presente, ese fugaz ahoraahoraahora, está vigilado siempre por un ahora pasado, de forma que también el camino de huida hacia delante, llamado futuro, sólo puede recorrerse con suelas de plomo.

Así lastrado, veo, desde sesenta años de distancia, cómo un chico de diecisiete años con una caja de máscara de gas usada para fines no previstos y una guerrera como recién confeccionada, se esfuerza, al lado de un cabo de siete vidas, ladino, porque anticipa cada peligro y al que no se nota su profesión de peluquero, por unirse a unas tropas que retroceden en oleadas. Al hacerlo, los dos consiguen repetidas veces escapar a los controles de los «perros encadenados». Siempre pueden ventearse escapatorias. Sólo rara vez se puede reconocer la línea del frente. Entre miles de soldados dispersos, son dos aislados a los que falta el papelito salvador. ¿Qué grupo estará suficientemente extenuado para acogerlos?

Sólo en la carretera de Senftenberg a Spremberg, atascada por carruajes de caballos llenos de fugitivos, la pareja, uniformada sin duda, por igual, de gris pero sin embargo tan dispar, puede aprovechar el atasco y, en un lugar de concentración improvisado a un lado de la carretera, recibir el papelucho estampillado, la hoja de ruta que asegura la supervivencia. Al aire libre está la mesa con el taburete. Sobre la mesa, papel previamente impreso. Un sargento primero cansado de la guerra se sienta en el taburete, no hace preguntas, firma rápido y estampilla. Yo repito como un loro lo que mi cabo ha dicho antes.

Ahora estamos protegidos, porque hemos sido asignados a un grupo de combate de nueva creación, que de momento sólo existe en el papel estampillado: una vaga promesa. Con claros perfiles, sin embargo, vemos una cocina de campaña ambulante, que de pronto han montado en medio del lugar de concentración. La caldera del rancho humea. Huele a potaje.

Ahora hacemos cola. Todos los grados militares mezclados. Tampoco los oficiales pueden colarse. Hacia el final, reina, durante momentos que la casualidad determina, una anarquía que no conoce el rango jerárquico.

Hay sopa de patata con tropiezos de carne. El tío del rancho coge cada vez un cazo de abajo y luego medio de arriba. Como, además del zurrón del pan, tenemos el plato de campaña atado a él, con los cubiertos, cada uno puede recibir cazo y medio de la caldera. El estado de ánimo no es deprimido ni alegre. Típico tiempo de abril. De momento brilla el sol.

Ahora estamos frente a frente y comemos a compás.

—Oye —dice uno, que está unos pasos apartado y maneja la cuchara también—, ¡hoy es el cumpleaños de Adolf! ¿Dónde está la ración extraordinaria? ¡Bueno, Scho-Ka-Kola, cigarrillos, un vasito de coñac para brindar! Heil, mein Führer.