Las pieles bajo la piel

Lo mismo hoy que hace tiempo, sigue existiendo la tentación de disfrazarse de tercera persona: cuando él tenía unos doce años, pero seguía sentándose con mucho gusto en el regazo de su madre, hubo algo que comenzó y terminó. Sin embargo, ¿puede fecharse con tanta precisión aquello que empezó y acabó? En lo que a mí se refiere, sí.

Mi infancia terminó en un espacio angosto, cuando, donde me criaba, la guerra estalló simultáneamente en varios sitios. Comenzó, inconfundible, con las andanadas de un navío de línea y los vuelos de aproximación de bombarderos en picado sobre el suburbio portuario de Neufahrwasser, frente al cual estaba la Westerplatte, base militar polaca, y, más lejos, con los certeros disparos de dos carros blindados en la lucha por el Correo Polaco en la parte antigua de Danzig, y fue anunciada muy de cerca por nuestra radio, una Volksempfänger que tenía su acomodo en el cuarto de estar, sobre el aparador: con palabras férreas se proclamó el fin de mis años infantiles en la planta baja alquilada de un edificio de tres pisos del Labesweg de Langfuhr.

Hasta la hora quería ser inolvidable. A partir de entonces no sólo hubo tráfico civil en el aeródromo del Estado Libre, situado cerca de la fábrica de chocolate Baltic. Por los tragaluces del edificio se veía ascender un humo negruzco sobre el puerto franco, un humo que se renovaba con los continuos ataques y el suave viento del noroeste.

Sin embargo, en cuanto quiero acordarme de los lejanos cañonazos del Schleswig-Holstein, que en realidad había acabado su vida militar, como veterano de la batalla de Skagerrak, y sólo servía ya de buque escuela para los guardiamarinas, así como del estruendo escalonado de los aviones, los Stuka, que, a gran altura sobre el campo de batalla, se ladeaban y, picando, alcanzaban su objetivo con bombas que por fin soltaban, se redondea la pregunta: ¿por qué recordar la infancia y su final tan inamoviblemente fechado, cuando todo lo que me ocurrió, a partir de los dientes de leche y después de los definitivos, hace tiempo ya que, incluidos los comienzos escolares, las canicas y las rodillas con costras, los primeros secretos de confesión y las posteriores cuitas de fe, se ha convertido en notas garabateadas y desde entonces atribuidas a un personaje que, apenas llevado al papel, no quiso crecer, rompió, cantando, vidrio en todas sus formas, tenía a mano dos palillos de madera y, gracias a su tambor de hojalata, se hizo un nombre que, en adelante citable, viviría entre tapas de libro y pretende ser inmortal en nosécuántos idiomas?

Porque hay que posdatar esto, y aquello también. Porque, de forma descaradamente llamativa, podría faltar algo. Porque alguien, en algún momento, se cayó del guindo: mis agujeros sólo después tapados, mi crecimiento irrefrenable, mi manipulación verbal de objetos perdidos. Y hay que mencionar también otra razón: quiero tener la última palabra.


Al recuerdo le gusta jugar al escondite como los niños. Se oculta. Tiende a adornar y embellecer, a menudo sin necesidad. Contradice a la memoria, que se muestra demasiado meticulosa y, pendencieramente, quiere tener razón.

Cuando se lo atosiga con preguntas, el recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella: rara vez sin ambivalencia, frecuentemente en escritura invertida o de otro modo embrollada.

Bajo la primera piel, todavía secamente crepitante, se encuentra la siguiente que, apenas separada, libera húmeda una tercera, bajo la que aguardan y susurran la cuarta y quinta. Y todas las siguientes exudan palabras demasiado tiempo evitadas, y también arabescos, como si algún traficante de secretos, desde joven, cuando la cebolla todavía germinaba, hubiera querido encriptarse.

Ya despierta la ambición: hay que descifrar esos garabatos, romper todos los códigos. Ya se refuta lo que siempre quiere pasar por verdad, porque resulta ser la mentira, o su hermana menor, la trampa, la parte más resistente del recuerdo; escrita, suena verosímil y se jacta de detalles que quieren ser fotográficamente exactos: el techo bituminoso del cobertizo que centelleaba bajo el calor de julio, sobre el patio trasero de nuestra casa de alquiler, olía, cuando no hacía viento, a caramelos de malta…

El cuello lavable del vestido de la maestra de mi escuela, la señorita Spollenhauer, era de celuloide y tan estrecho que le hacía arrugas en la piel…

Los enormes lazos que llevaban las chicas los domingos en el malecón de Zoppot, cuando la banda de la guardia municipal tocaba alegres melodías…

Mi primer boletus comestible…

Cuando, por el calor, cerraban la escuela…

Cuando otra vez se me inflamaron las amígdalas…

Cuando me tragaba las preguntas…

La cebolla tiene muchas pieles. Existe en plural. Apenas pelada, las pieles se renuevan. Cortándola, hace saltar las lágrimas. Sólo al pelarla dice la verdad. Lo que ocurrió antes y después de terminar mi infancia llama ahora a la puerta con hechos y transcurrió peor de lo deseado, quiere ser narrado unas veces así y otras asá, e induce a contar historias embusteras.


Cuando, con buen tiempo estable, de verano tardío, en Danzig y sus alrededores, estalló la guerra, coleccioné —apenas habían capitulado los defensores polacos de la Westerplatte después de siete días de resistencia— en el suburbio portuario de Neufahrwasser, al que se podía llegar en poco tiempo con el tranvía, pasando por Saspe y Brösen, un puñado de esquirlas de bomba y granada, que aquel chico que al parecer era yo, durante un período en cuyo transcurso la guerra pareció consistir sólo en partes de radio, cambió por sellos de correos, cromos de colores de las cajetillas de tabaco o libros manoseados o flamantes, entre ellos los viajes de Sven Hedin por el desierto de Gobi y noséquémás.

Quien no recuerda con exactitud se aproxima a veces, sin embargo, a la verdad un poco más, aunque sea por senderos torcidos.

Casi siempre son objetos contra los que mi recuerdo roza y que excorian mis rodillas o me dejan un regusto de asco: la estufa de cerámica… Las barras de sacudir alfombras del patio trasero… El retrete en la planta intermedia… La maleta en el desván… Un trozo de ámbar del tamaño de un huevo de paloma…

A quien recuerda, palpable, el pasador de pelo de la madre, o el pañuelo con cuatro nudos del padre bajo el calor del verano, o el especial valor de intercambio de diversas esquirlas de granada o de bomba diversamente dentadas se le ocurren historias —aunque sean como excusa entretenida— en las que pasan cosas que son más verdaderas que la vida.


Cambiaba los cromos que, de niño y luego de joven, coleccionaba sin cansarme por vales de cajetillas de tabaco de las que mi madre, después de cerrar la tienda, sacaba a golpecitos sus cigarrillos. «Pitillitos» llamaba ella a esos participantes en su moderado vicio, al que rendía tributo todas las noches ante un vasito de Cointreau.

Los cromos que yo codiciaba reproducían en colores las obras maestras de la pintura europea. De esa forma aprendí pronto a pronunciar mal los nombres de Giorgione, Mantegna, Botticelli, Ghirlandaio y Caravaggio. La carne desnuda de la espalda de una mujer echada, ante la que un chico alado sostiene un espejo, estuvo emparejada desde mi infancia con el nombre de Velázquez. De los Ángeles cantores de Jan van Eyck se me quedó grabado sobre todo el perfil del ángel más lejano; me hubiera gustado tener el cabello rizado como él o como Alberto Durero. Al autorretrato de éste, que cuelga en el Prado de Madrid, se le podría preguntar: ¿por qué se pintó el Maestro con guantes? ¿Por qué tienen su extraño gorro y su amplia manga derecha unas rayas tan llamativas? ¿Qué lo hace estar tan seguro de sí mismo? ¿Y por qué aparece escrita su edad —sólo veintiséis años— bajo el pintado alféizar?

Hoy sé que había un servicio en Hamburgo-Bahrenfeld que facilitaba esas bellísimas reproducciones a cambio de vales y también —si se le encargaban— unos álbumes rectangulares. Desde que, gracias a mi galerista de Lübeck, que tiene en la Königstraße una librería de viejo, dispongo otra vez de los tres álbumes, sé con seguridad que la edición del volumen del Renacimiento, aparecida en el treinta y ocho, tuvo una tirada de cuatrocientos cincuenta mil ejemplares.

Mientras paso página tras página, me veo pegando los cromos en la mesa del cuarto de estar. Esta vez son del Gótico tardío, entre ellos Las tentaciones de San Antonio de Hieronymus Bosch, El Bosco: en medio de animales humanizados. Se convierte casi en un acto solemne, en cuanto brota el pegamento del amarillo tubo de Uhu.

En aquella época, muchos coleccionistas, desesperadamente obsesionados por el arte, pueden haber fumado con desmesura. Yo, sin embargo, me convertí en beneficiario de todos aquellos fumadores para los que los vales no valían nada. Cada vez tenía más cromos reunidos, intercambiados y pegados, que manejaba infantil y, luego, comprensivamente: así, la espigada Virgen de Parmigianino, cuya cabeza, que brotaba de un largo cuello, sobrepasaba la columna que se destacaba al fondo contra el cielo, permitió al chico de doce años frotarse con cariño, como ángel, contra su rodilla derecha.

Yo vivía en imágenes. Y como el hijo insistía tanto en todo lo completo, la madre contribuía no sólo con el producto de su consumo más bien reducido —fumaba devotamente cigarrillos Orient de boquilla dorada—, sino también con los vales que este o aquel cliente que sentía simpatía por ella y a quien el arte importaba un rábano le dejaba sobre el mostrador. A veces, el padre, cuando, comerciante en ultramarinos como entonces se decía, salía en viaje de negocios, traía al hijo los codiciados vales. También los oficiales de mi abuelo, maestro ebanista, fumaban con diligencia para mí. Los álbumes llenos de espacios vacíos entre textos eruditamente explicativos fueron quizá regalos de Navidad o de cumpleaños.

En definitiva, fueron tres álbumes los que yo cuidaba como un tesoro: el azul, en el que pegaba la pintura del Gótico y el Renacimiento temprano; el rojo, que presentaba a mis ojos la pintura del Renacimiento; y el amarillo dorado, que reunía, incompletas, las imágenes del Barroco. Para mi pesar, no había nada pegado donde Rubens y Van Dyck reclamaban su puesto. Me faltaban suministros. Después de comenzar la guerra disminuyó la lluvia de vales. Los fumadores civiles se convirtieron en soldados que, muy lejos de casa, daban chupadas a sus Juno o sus R6. Uno de mis proveedores más fiables, cochero de la fábrica de cerveza Aktien-Bierbrauerei, cayó luchando por la fortaleza de Modlin.

También circulaban otras series: animales, flores, brillantes imágenes de la historia alemana y los rostros maquillados de actores de cine famosos.

Además, desde el comienzo de la guerra se daban a cada familia cupones de racionamiento; y el consumo de tabaco se racionaba con cupones especiales. Sin embargo, como ya antes de la contienda había atesorado mi formación en historia del arte con ayuda de la marca de cigarrillos Reemtsma, la escasez impuesta no me afectó demasiado. Algunos huecos pudieron llenarse posteriormente. Así, conseguí cambiar la Virgen de Dresde de Rafael, que tenía duplicada, por el Amor de Caravaggio; trato que sólo a posteriori resultó ventajoso.


Ya a los diez años podía distinguir a primera vista a Hans Baldung, llamado Grien, de Matthias Grünewald; a Frans Hals de Rembrandt, y a Filippo Lippi de Cimabue.

¿Quién pintó la Virgen del rosal? ¿Y quién la del paño azul, la manzana y el niño?

Preguntado, cuando se lo pedía, por la madre, que tapaba con dos dedos el título del cuadro y el nombre del artista, las respuestas del hijo eran certeras.

En ese juego de adivinanzas casero, pero también en el colegio, obtenía en arte la nota máxima, pero en cambio, a partir del primer curso de secundaria, flaqueaba sin remedio en cuanto se trataba de matemáticas, química o física. Rápido en el cálculo mental, mis ecuaciones con dos incógnitas rara vez cuadraban sobre el papel. Hasta el segundo curso de la secundaria me apoyaron mis buenas notas en alemán, inglés, historia y geografía. Es cierto que, repetidas veces, ayudaron al escolar sus elogiados dibujos y acuarelas puramente imaginados o del natural, pero, cuando, en el tercer curso de secundaria, me suspendieron en latín, hube de repetir y, durante un año, tuve que rumiarlo todo otra vez con los demás repetidores. Eso preocupó más a mis padres que a mí, porque desde el principio se me abrieron escapatorias hacia lo desconocido.

Hoy, sólo a medias se puede consolar a los nietos con la confesión del abuelo de que fue un alumno en parte vago y en parte ambicioso, pero en definitiva mal alumno, cuando sufren por notas miserables o profesores desesperados y torpes. Gimen como si tuvieran que arrastrar piedras pedagógicamente ponderadas, como si su época escolar transcurriera en una colonia penitenciaria, como si la coacción didáctica incordiara hasta su más agradable dormitar; sin embargo, los miedos del recreo en el patio nunca han podido gravitar como pesadillas sobre mi sueño.


Cuando era niño y no llevaba aún la gorra roja de estudiante de enseñanza media, ni coleccionaba cromitos de cigarrillos, hacía con gotas de arena mojada, en cuanto el verano prometía ser otra vez interminable, en alguna de las playas de la bahía de Danzig, diversas torres y altos muros que convertía en un castillo habitado por personajes fantásticos. Una y otra vez, el mar socavaba mi edificio de arena goteada. Lo que se alzaba en montón se derrumbaba en silencio. Y de nuevo corría entre mis dedos la arena mojada.

«Castillo de arena mojada» se llama un largo poema que escribí a mediados de los sesenta, es decir, en una época en que el cuadragenario padre de tres hijos y una hija parecía estar ya burguesamente consolidado; como el héroe de su primera novela, su autor se había hecho un nombre, encerrando su doble identidad en libros y llevándola, así domeñada, al mercado.

El poema trata de mis orígenes y del ruido del Mar Báltico: «Nacido en el castillo de arena, al oeste de», y formula preguntas: «¿Nacido cuándo dónde y por qué?». Una letanía de frases a medias que conjura la pérdida y la memoria como oficina de objetos perdidos: «Las gaviotas no son gaviotas, sino».

Al final del poema, que jalona mi entorno con el Espíritu Santo y el retrato de Hitler y, con esquirlas de bomba y fuego de la desembocadura, recuerda el comienzo de la guerra, quedaban cubiertos de arena los años de mi niñez. Sólo el Mar Báltico sigue diciendo, en alemán, en polaco: «Blubb, pifff, pshsh…».


La guerra contaba pocos días cuando un primo de mi madre, el tío Franz, que, como cartero, se encontraba entre los defensores del Correo Polaco en la Heveliusplatz, fue fusilado como casi todos los supervivientes, poco después de terminar el breve combate, por aplicación de la ley marcial alemana. El juez militar que fundamentó, pronunció y firmó la pena de muerte pudo impunemente, mucho después de acabar la guerra, juzgar y dictar sentencias en Schleswig-Holstein. Era algo muy corriente en la interminable época del canciller Adenauer.

Más tarde, adapté la lucha por el Correo Polaco, con personajes distintos, a una forma narrativa, haciendo, con profusión de palabras, que un castillo de naipes se derrumbara; a mi familia, sin embargo, le faltaron palabras, porque no se volvió a hablar de aquel tío súbitamente ausente y que, por encima de cualquier política o a pesar de ella, había sido querido y venía a menudo con sus hijos Irmgard, Gregor, Magda y el pequeño Kasimir para hacernos una visita dominical a la hora de merendar, o para jugar al skat con los padres. Su nombre quedó en blanco, como si no hubiera existido nunca, como si todo lo que se refería a él y a su familia fuera imposible de nombrar.

La parte cachuba de la familia por parte de madre y su farfulla doméstica parecían haber sido tragadas por alguien (¿por quién?).

Tampoco yo, aunque con el comienzo de la guerra se terminó mi infancia, hacía preguntas reiterativas.

¿O no me atreví a hacer preguntas por haber dejado de ser niño?

¿Es que, como en los cuentos de hadas, son los niños los únicos que hacen las preguntas correctas?

¿Es posible que el miedo de hacer alguna pregunta que lo pusiera todo patas arriba me volviera mudo?

Ésa es la ignominia, que se las da de insignificante, que se encuentra en la sexta o séptima piel de esa cebolla ordinaria, siempre al alcance de la mano, que refresca la memoria. Por eso escribo sobre la ignominia y la vergüenza que la sigue. Palabras que rara vez se usan, insertas en el proceso de recuperación, mientras mi mirada, más indulgente a veces y otras más severa, sigue fija en un chico que lleva pantalones hasta la rodilla y que husmea todo lo que se mantiene oculto pero, sin embargo, no preguntó «por qué».

Y mientras continúo preguntando insistentemente a aquel chico de doce años, con lo que sin duda le pido demasiado, pondero, en un presente que desaparece cada vez más aprisa, cada escalón, respiro ruidosamente, me escucho toser y vivo tan tranquilo hacia la muerte.


Mi tío fusilado, Franz Krause, dejó mujer y cuatro hijos que eran algo mayores, de la misma edad, o dos o tres años menores que yo. Ya no me dejaban jugar con ellos. Tuvieron que abandonar su vivienda oficial del barrio viejo en el Brabank e irse al campo, en donde la madre tenía, entre Zuckau y Ramkau, una casita de siervo de la gleba y un terreno. Allí, en la ondulada Cachubia, siguen todavía hoy los hijos del cartero, afligidos por los achaques propios de su edad. Sus recuerdos son muy distintos. Ellos echaban en falta a su padre, mientras que yo tenía al mío demasiado encima en la estrecha vivienda.

El empleado del Correo Polaco era un hombre de familia temeroso y preocupado, que no estaba hecho para morir como héroe, y cuyo nombre puede leerse hoy, Franciszek Krauze, en una placa de bronce, y así debe quedar inmortalizado.


Cuando, en marzo del cincuenta y ocho, tras algunos esfuerzos, me expidieron un visado para Polonia y viajé desde París, pasando por Varsovia, para buscar en la ciudad de Gdańsk, que surgía de los escombros, las huellas de la antigua ciudad de Danzig, después de haber encontrado y escuchado suficiente material narrativo tras fachadas en ruinas que quedaban en pie y a lo largo de la playa de Brösen, y más tarde en la mesa de lectura de la biblioteca municipal, así como en el entorno de la aún intacta escuela Pestalozzi y por último en las cocinas cuarto de estar de dos empleados de correos supervivientes, fui al campo a visitar a los parientes que sobrevivieron. Allí, a la puerta de una choza de aldeano, fui saludado por mi tía abuela Anna, madre del cartero fusilado, con una frase imbatible: «Vaya, Günterito, qué grande te has hecho».

Antes había tenido que calmar su desconfianza y, como me lo exigió, mostrarle mi pasaporte, tan extrañamente extranjeros nos encontramos. Sin embargo, luego me llevó a su patatal, hoy cubierto por las pistas de despegue y aterrizaje del aeropuerto de Gdańsk.


En el verano del año siguiente, cuando la guerra había degenerado ya en guerra mundial, por lo que los alumnos de secundaria, durante las vacaciones en la playa del Báltico, no sólo machacábamos acontecimientos locales de mínima importancia, sino que fanfarroneábamos también por encima de fronteras, nos interesaba sobre todo y únicamente la ocupación de Noruega por nuestra Wehrmacht, aunque, hasta bien entrado junio, los partes habían celebrado el desarrollo de la sucesiva campaña en Francia como guerra relámpago para lograr la capitulación del enemigo ancestral: Roterdam, Amberes, Dunkerque, París, la costa atlántica… Así transcurrían nuestras clases de geografía, ampliadas por la ocupación de territorios: golpe a golpe, victoria tras victoria.

Sin embargo, en lo sucesivo, lo mismo antes que después del baño, sólo los «héroes de Narvik» fueron admirables para nosotros. Nos echábamos en la arena y tomábamos el sol en el baño familiar, pero hubiéramos deseado muchísimo combatir, «allá en el norte», en el disputado fiordo. Allí hubiéramos querido cubrirnos de gloria, hartos como estábamos de vacaciones y de oler a crema Nivea.

En el curso de la constante adoración de los héroes, hablábamos de nuestra marina de guerra y de la derrota de los ingleses, y también de nosotros, de los que algunos, yo también, confiábamos en entrar en la Marina en un plazo de tres o cuatro años, a ser posible como submarinistas, con tal de que la guerra durase. Competíamos en bañador en la enumeración de hazañas bélicas, comenzando por los éxitos del U9 de Weddigen en la Primera Guerra Mundial y pasando por el capitán de corbeta Prien, que hundió el Royal Oak, para volver pronto a adornarnos con la victoria «duramente lograda» de Narvik.

Entonces uno de los chicos, que se llamaba Wolfgang Heinrichs, y cantaba con gusto y aplaudido por nosotros baladas y, si se le pedía, hasta arias de ópera, pero tenía la mano izquierda tullida, de forma que, como «inútil para la Marina», podía contar con nuestra compasión, dijo de pronto, de forma imposible de no oír: «¡Estáis todos locos!».

Luego, mi amigo del colegio —porque lo era— enumeró, con ayuda de los dedos de su mano sana, todos los destructores nuestros que, en la lucha por Narvik, habían sido hundidos o resultado gravemente dañados. Casi como un experto, entró en pormenores y dijo que uno de los barcos de mil ochocientas toneladas —dio el nombre— había tenido que ser varado. Los dedos de la mano no le bastaban.

Estaba familiarizado con cada detalle, incluso el armamento y la velocidad en nudos del acorazado inglés Warspite; lo mismo que también nosotros, como niños de una ciudad portuaria, podíamos recitar todas las características de los buques de guerra nuestros y de los enemigos: tonelaje, dotación, número y calibre de los cañones, número de tubos lanzatorpedos, año de botadura. Sin embargo, nos asombramos de sus conocimientos de lo ocurrido en la batalla de Narvik, muy superiores a lo que se nos había quedado de las noticias de la Wehrmacht que la radio difundía a diario.

—No tenéis ni idea de lo que ha pasado realmente allí, en el norte. ¡Grandes pérdidas! ¡Pérdidas requetegrandes!

A pesar de la estupefacción, lo aceptamos, porque no hicimos, no hice, preguntas sobre cómo él, Wolfgang Heinrichs, tenía aquellos conocimientos fabulosos.


Cincuenta años más tarde, cuando lo que se ha afirmado actual e insuficientemente como «unidad alemana» comenzó a dejar huella, visitamos Hiddensee, la isla natal y sin coches de mi Ute. Situada ante la costa del Este anexionado, se extiende con suavidad entre el mar y la laguna, y no peligra tanto por las mareas tormentosas como por un turismo cada vez más omnipresente.

Tras mucho caminar por senderos de las landas, visitamos en Neuendorf a Martin Gruhn, un amigo de juventud de mi mujer que, tras su huida de la República Democrática Alemana en un bote de remos hacia Suecia, y su regreso, decidido años más tarde, al Estado de Obreros y Campesinos, se había retirado allí. No se sospechaban sus aventuras: tan casero, tan sedentario parecía.

Ante café y pasteles, hablamos de esto y de aquello: su carrera como ejecutivo en el Oeste, sus muchos viajes por cuenta de la Krupp a la India, Australia y a no sé dónde más. Habló de su intento fracasado de introducirse en el comercio entre el Este y el Oeste mediante empresas conjuntas, y del último placer que le había quedado de pescar con nasa en aguas nacionales.

Entonces, el evidentemente satisfecho regresado habló de pronto de un amigo: vivía en Vitte —uno de los tres pueblos de la isla— y afirmaba «de forma categórica» haber compartido conmigo colegio en Danzig. Se llamaba Heinrichs, sí, y Wolfgang de nombre de pila.

Cuando le hice más preguntas, me confirmó su mano deforme y también que cantaba bien: «Sigue haciéndolo, pero ya raras veces».

Luego Ute y él hablaron sólo de historias locales de la isla, en las que vivos y muertos conversaban sin parar en bajo alemán. Martin Gruhn, que, como había deseado de joven, había corrido mundo, nos mostró con algo de orgullo máscaras, alfombras multicolores y fetiches tallados en las paredes. Nos tomamos el último aguardiente.


Después de volver por las landas, Ute y yo buscamos en Vitte, tras las dunas, la casa donde vivía Heinrichs con su mujer. Abrió un hombre alto y voluminoso, de respiración difícil, para mí conocido sólo por su mano deforme. Tras una breve vacilación, los amigos del colegio se abrazaron, conmoviéndose un tanto.

Luego nos sentamos en la veranda, nos mostramos deliberadamente alegres y comimos después pescado en uno de los mesones: unas platijas crujientes. Cantar como antes, por ejemplo El rey de los alisos, no quiso. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que llegáramos a aquellas conversaciones de playa del verano del cuarenta, que habían permanecido dignas de suscitar preguntas durante decenios.

Yo quise saber con retraso:

—¿Por qué sabías tú más que nosotros, que, como dijiste, no teníamos la menor idea? ¿Cómo supiste el número exacto de los destructores hundidos y gravemente dañados en Narvik? ¿Y todas las demás cosas que sabías? ¿Por ejemplo, que una anticuada batería de costa de los noruegos había hundido en el fiordo de Oslo el crucero pesado Blücher, con unos cuantos impactos de lleno y —desde tierra— dos torpedos?

En el rostro impasible de Heinrichs se dibujó, mientras hablaba, una insinuación de sonrisa. Su padre le había pegado cuando, en casa, se había burlado de nuestra estúpida ignorancia. Al fin y al cabo, su fanfarronería hubiera podido tener consecuencias. Delatores había de sobra, también entre los colegiales. Su padre, que escuchaba todas las noches la emisora británica enemiga, se había enterado de cosas que confiaba a su hijo, ordenándole con severidad que guardara silencio.

—¡Es cierto! —dijo él; su padre había sido un auténtico antifascista, no un antifascista autodesignado a posteriori. El hijo lo decía como si debiera menospreciarse en calidad de posteriormente autodesignado.

Y entonces pude escuchar una historia de sufrimiento, que a mí, su amigo del colegio, me había pasado inadvertida, como una queja sofocada, porque no había preguntado, una vez más no había hecho preguntas, ni siquiera cuando Wolfgang Heinrichs desapareció del colegio y, de pronto, no estuvo ya en el venerable Conradinum.

Poco después de las vacaciones de verano o cuando todavía nos caía del pelo la última arena, faltó mi amigo o no faltó, porque nadie estaba dispuesto a refutar el diagnóstico hecho de pasada: «Desaparecido sin dejar rastro», y porque yo me había tragado de nuevo y no habría pronunciado las palabras «por qué».

Sólo ahora lo supe: el padre de Heinrichs, que en la época del Estado Libre había sido miembro del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y diputado luego en el Senado de la ciudad y allí se había opuesto a Rauschning y Greiser, barones del Partido entonces, a su complicidad y a la posterior alianza gubernamental entre nacionales alemanes y nazis, estaba bajo vigilancia y, a principios del otoño del cuarenta, fue detenido por la Gestapo. Lo llevaron a un campo de concentración que se estableció poco después de la anexión de Danzig al Gran Reich Alemán, cerca del Frische Haff, y que recibió el nombre de un pueblo de pescadores vecino: desde la estación de Werder de la ciudad, con el ferrocarril de vía estrecha, o desde Schiewenhorst, con el transbordador sobre el Vístula, se podía llegar a Stutthof en dos o tres horas.

Poco después de la detención del padre, la madre decidió suicidarse. Tras lo cual Wolfgang y su hermana fueron enviados al campo, a casa de su abuela, lo suficientemente lejos para ser olvidados por sus compañeros de colegio. El padre, sin embargo, después de ser recluido en el campo de concentración, fue destinado a un batallón de castigo que, durante la campaña de Rusia, limpiaba de minas la zona del frente. «Destacamento de ascensión a los cielos» se llamaba aquella unidad de alto número de bajas, que sin embargo le dio la oportunidad de pasarse a los rusos.

Cuando en marzo del cuarenta y cinco el segundo ejército soviético ocupó las ruinas arrasadas por el fuego de Danzig, el padre de mi compañero de colegio volvió con los vencedores. Buscó y encontró a sus hijos, tras lo cual, poco después de acabar la guerra, abandonó Polonia en un transporte seguro, al estar ocupado por antifascistas alemanes, y eligió como futuro lugar de residencia de la familia que le quedaba la ciudad portuaria de Stralsund, en la zona de ocupación soviética.

Lo nombraron presidente del parlamento del Land. Y, como sus convicciones políticas no habían sufrido a pesar de su adoctrinamiento en el campo, fundó enseguida una asociación local socialdemócrata, que consiguió muchos afiliados pero que, tras la unificación forzosa del Partido Comunista y el Socialista en un Partido Unitario Socialista, tropezó con dificultades. Él se resistió a esa igualación impuesta desde arriba. Lo hostigaron y amenazaron con encerrarlo, mencionando el campo de concentración de Buchenwald, otra vez ocupado por reclusos.

Pocos años después murió el padre de Heinrichs, amargado porque sus compañeros lo habían apartado. Su hijo, sin embargo, estudió en Rostock al terminar su época escolar, con su compañero de colegio Martin Gruhn, y se perfiló pronto como especialista en el campo económico. Mientras que Gruhn, tras huir en un bote de remos, continuó primero en Lund y luego con Karl Schiller, en Hamburgo, sus estudios de economía, Heinrichs hizo carrera al servicio del partido autócrata y superó todos los cambios de rumbo, incluido el de Ulbricht a Honecker. Al envejecer recibió incluso honores y se encontró como director del Instituto de Ciencias Económicas en la Academia de las Ciencias, en una posición tan alta que —apenas cayó el Muro y dejó de existir la dictadura del Estado de Obreros y Campesinos— los vencedores germano-occidentales de la Historia estimaron que, inmediatamente, debían «evaluarlo», como entonces se decía, lo que significaba reducirlo a la nada.

Eso les pasó a muchos a los que se atribuyó una falsa biografía; los que tenían la adecuada sabían siempre qué era lo que había que considerar falso.

Cuando visitamos a mi amigo en Vitte, él estaba ya muy enfermo. Su mujer insinuó que había razones para preocuparse, porque su marido se quejaba de dolores en el pecho y falta de aliento. Sin embargo, dijo, él trabajaba esporádicamente en Stralsund como asesor fiscal, enseñando a descubrir lagunas en el sistema.

Wolfgang Heinrichs, fracasado por las circunstancias alemanas, que murió pocos meses después de nuestra visita de embolia pulmonar, ha quedado cautivo como amigo del colegio en el entorno de mis años de juventud —durante una fiesta del bachillerato cantó «El reloj» de Carl Loewe y en cuestiones de marina de guerra sabía más que sus compañeros de colegio—, porque me conformé con no saber nada o con saber sólo cosas falsas; porque, infantilmente, me hice el tonto, acepté mudo su desaparición y, de esa forma, evité una vez más las palabras «por qué» de modo que, al pelar la cebolla, mi silencio me atruena los oídos.


Lo reconozco: es un dolor de intensidad menor. Sin embargo, lamentaciones como: ay, si yo hubiera tenido un padre firme como Wolfgang Heinrichs, y no uno que ya en el treinta y seis, cuando en el Estado Libre de Danzig la coacción era todavía moderada, entró en el Partido, resultan poco convincentes y, en el mejor de los casos, sólo tienen como consecuencia esa carcajada que suelta el burlón que hay en mí en cuanto se oyen subterfugios análogos: si entonces hubiéramos hecho… Si entonces hubiéramos sido…

Yo no he hecho, no he sido. Mi tío había desaparecido, mi compañero de colegio siguió desaparecido. Sin embargo, muy perfilado se encuentra aquel muchacho cuyo rastro debo seguir, allí donde ocurrían cosas monstruosas: un año antes apenas de comenzar la guerra. La violencia, claramente iluminada a la luz del día.

Cuando, poco después de cumplir once años, en Danzig y en otras partes ardieron las sinagogas y los escaparates cayeron hechos añicos, estuve presente, sin hacer nada, es verdad, pero como espectador curioso, cuando en el Michaelisweg, no lejos de mi colegio, el Conradinum, la pequeña sinagoga de Langfuhr fue saqueada, devastada y chamuscada por una horda de hombres de la SA. Sin embargo, el testigo del desarrollo de aquella acción, desmesuradamente ruidosa, que la policía municipal, quizá porque el fuego no encontró yesca, se limitó a observar, como mucho se habrá asombrado.

Más no. Por grande que sea el celo con que hurgo en la fronda de mis recuerdos, no aparece nada que pueda favorecerme. Es evidente que ninguna duda enturbió mis años infantiles. Más bien, fácil de convencer, participaba en todo lo que la vida diaria, que de forma excitadamente excitante se presentaba como «Tiempo Nuevo», tenía que ofrecer.

Que era mucho y atractivo: en la radio y en el cine vencía Max Schmeling. Ante los almacenes Sternfeld se recogía calderilla en huchas para el Socorro de Invierno: «¡Que nadie pase hambre, que nadie pase frío!». Los pilotos de carreras alemanes —Bernd Rosemeyer— eran los más rápidos con sus «Flechas de Plata». Se podían admirar los dirigibles Graf Zeppelin y Hindenburg cuando, relucientes, se convertían sobre la ciudad en motivo de tarjeta postal. En las actualidades del Wochenschau, nuestra Legión Cóndor ayudaba a España, con las armas más modernas, a librarse del Peligro Rojo. En el patio del recreo jugábamos al «Alcázar de Toledo». Y pocos meses antes nos habían entusiasmado los Juegos Olímpicos con su lluvia de medallas. Más tarde, nuestro corredor prodigio se llamó Rudolf Harbig. Y en el Wochenschau resplandecía el Reich Alemán a la luz concentrada de los focos.

Todavía durante los últimos años de la época del Estado Libre —yo tenía diez— el muchacho que llevaba mi nombre se hizo realmente voluntario de la Jungvolk, una organización que preparaba para las Juventudes Hitlerianas. Nos llamaban «Pimpfe» (pedorrines) y también «Wölflinge» (cachorros). Como regalo de Navidad me pedí el uniforme, con gorra, pañuelo de cuello, cinturón y correaje.

Es verdad que no puedo recordar haberme sentido especialmente entusiasmado, haberme abierto paso hasta las tribunas como portaestandarte, ni haber aspirado jamás al puesto de jefe de pelotón, lleno de cordones, pero colaboré sin rechistar incluso cuando me aburrían aquellos eternos cánticos y aquel redoblar sordo.

No era sólo el uniforme lo que atraía. La divisa hecha a medida «¡La juventud debe dirigir a la juventud!» concordaba con lo que se ofrecía: acampadas y juegos al aire libre en los bosques playeros, fuegos de campamento entre rocas erráticas convertidas en lugares germánicos de asamblea en las tierras onduladas del sur de la ciudad, celebraciones del solsticio de verano y del alba bajo el cielo estrellado y en claros del bosque abiertos hacia el este. Cantábamos, como si los cánticos hubieran podido hacer al Reich más y más grande.

Mi abanderado, un chico obrero del asentamiento de Nueva Escocia, era apenas dos años mayor que yo: un tipo estupendo que tenía gracia y sabía andar sobre las manos. Yo lo admiraba, me reía cuando se reía, y le corría detrás obedientemente.

Todo ello me seducía para salir del aire viciado pequeñoburgués de las coacciones familiares, apartarme del padre, del parloteo de los clientes ante el mostrador de la tienda, de la estrechez del piso de dos habitaciones del que sólo me correspondía el nicho plano que había bajo el alféizar de la ventana derecha del cuarto de estar, que debía bastarme.

En sus estantes se amontonaban los libros y mis álbumes para pegar los cromos de los cigarrillos. Allí tenían su lugar la plastilina para mis primeras figuras, el bloc de dibujo Pelikan, la caja de doce colores de aguada, los sellos de correos coleccionados de forma más bien secundaria, un montón de chismes y mis secretos cuadernos de escribir.

En retrospectiva, veo pocos objetos tan claramente como aquel nicho bajo el alféizar que iba a ser durante años mi refugio; a la hermana Waltraut, tres años menor que yo, le correspondía el nicho izquierdo.

Porque puedo decir esto como salvedad: yo no era sólo un «pedorrín» uniformado de la Jungvolk que se esforzaba por llevar el paso mientras cantaba «En alto ondea nuestra bandera», sino también un niño casero que administraba los tesoros de su nicho. Incluso en filas seguía siendo un individualista que, sin embargo, no llamaba especialmente la atención; un simpatizante cuyos pensamientos vagaban siempre por otra parte.

Además, el cambio de la escuela primaria a la secundaria me había convertido en «conradino». Podía ir, como se decía, al Gymnasium, el instituto, llevaba la gorra roja tradicional con la «C» dorada, y creía tener razones para mostrarme orgulloso y arrogante, al ser alumno de un establecimiento docente famoso, al que los padres tenían que pagar a plazos un dinero ahorrado con esfuerzo, nosécuánto; una carga mensual que sólo se le insinuaba.


La tienda de ultramarinos, unida por un lado al corredor que conducía a la puerta del piso y que mi madre, sola, llevaba hábilmente con el nombre de Helene Graß —el padre, Wilhelm, llamado Willy, decoraba el escaparate, se ocupaba de las compras a los mayoristas y escribía los rótulos con los precios—, iba de mediano a mal. En la época de los florines, las restricciones aduaneras hacían inseguro el comercio. En todas las esquinas había competencia. Y, para que se autorizara la venta suplementaria de leche, nata, mantequilla y queso fresco, hubo que sacrificar la mitad de la cocina hacia el lado de la calle, de forma que quedara una habitación sin ventanas para la cocina de gas y la nevera. La cadena de tiendas Kaisers Kaffee-Geschäft nos quitaba cada vez más parroquianos. Sólo si todas las facturas se pagaban puntualmente suministraban su género los representantes. Había demasiados clientes al fiado. Especialmente a las mujeres de los funcionarios de aduanas, correos y policía les gustaba hacer sus compras a crédito. Se lamentaban, regateaban, pedían descuento. Los padres lo confirmaban todos los sábados, después de cerrar la tienda: «Otra vez andamos mal de fondos».

Por eso hubiera sido comprensible que la madre no pudiera permitirse darme una paga semanal. Sin embargo, como yo no dejaba de quejarme —en mi clase todos mis compañeros disponían de calderilla más o menos abundante—, me dio un cuadernillo manoseado por el uso en el que se enumeraban las deudas de todos los clientes que, como ella decía, vivían «de prestado». Veo el cuaderno ante mí, lo abro.

Con pulcra escritura están los nombres, direcciones y sumas en florines recientemente disminuidas y una y otra vez aumentadas, incluidos los céntimos. El balance de una mujer de negocios que tiene motivos para preocuparse por su tienda; y sin duda también un reflejo de la situación económica general, con el desempleo en aumento.

«El lunes vendrán los representantes y querrán dinero contante», solía decir ella. Sin embargo, la madre nunca presentó la mensualidad del colegio al hijo, ni, luego, a la hija, como algo por lo que los niños hubieran debido sentirse obligados. Nunca dijo: «Yo me sacrifico por vosotros. ¡Haced algo a cambio!».

Ella, que no tenía tiempo para una pedagogía precavida que considerase todas las repercusiones —cuando se trataba de una pelea entre mi hermana y yo que resultara demasiado ruidosa, les decía a los clientes: «Un momentico», salía apresurada de la tienda y no preguntaba: «Quién ha empezado», sino que abofeteaba en silencio a sus dos hijos y volvía a ocuparse, amable, de la clientela—; ella, cariñosamente tierna, calurosa, fácil de conmover hasta las lágrimas; ella, a la que, cuando tenía tiempo, le gustaba perderse en ensoñaciones y calificaba todo lo que consideraba hermoso de «auténticamente romántico»; ella, la más preocupada de todas las madres, dio a su hijo un día el cuadernillo y me ofreció el cinco por ciento, en florines y centavos, de las deudas que cobrara si estaba dispuesto a visitar, armado sólo de buena labia —¡la tenía!— y de aquella libreta llena de cifras en hileras, todas las tardes, o cuando encontrara tiempo al margen de aquel servicio, en su opinión pueril, de la Jungvolk, a los clientes morosos, a fin de que se vieran abocados, si no a saldar sus deudas, al menos a pagarlas a plazos.

Luego me aconsejó que pusiera especial celo la tarde de un día de la semana determinado: «Los viernes las empresas pagan, y entonces hay que ir y cobrar».

De esa forma, con diez u once años, siendo alumno de primero o segundo de secundaria, me convertí en recaudador de deudas astuto y en definitiva con éxito. A mí no se me podía despedir con una manzana o unos caramelos. Se me ocurrían palabras para ablandar el corazón de los deudores. Hasta sus excusas piadosas y untadas con vaselina me resbalaban por los oídos. Aguantaba las amenazas. Cuando alguien quería cerrar de golpe la puerta de su casa, se encontraba con mi pie interpuesto. Los viernes, aludiendo al salario semanal abonado, me mostraba especialmente exigente. Ni siquiera los domingos eran para mí sagrados. Y durante las vacaciones, cortas o largas, trabajaba el día entero.

Pronto liquidé sumas que, por razones pedagógicas, indujeron a la madre a reducir las desmesuradas ganancias de su hijo, del cinco al tres por ciento. Yo lo acepté refunfuñando. Sin embargo me dijo: «Para que no te crezcas demasiado».

En fin de cuentas, sin embargo, disponía de más fondos que muchos de mis compañeros de colegio que vivían en el Uphagenweg o el Steffensweg, en villas de doble tejado con portal de columnas, terraza abalconada y entrada de servicio, y cuyos padres eran abogados, médicos, comerciantes en cereales o, incluso, fabricantes o navieros. Mis ingresos netos se acumulaban en una caja de tabaco vacía, escondida en el nicho de la ventana. Me compraba blocs de dibujo en grandes cantidades y libros: varios volúmenes de La vida de los animales de A. E. Brehm. Al apasionado espectador le resultaba ahora asequible ir a los «palacios del cine» más alejados del barrio viejo, incluso el Roxi, cerca del parque del palacio de Oliva, incluida la ida y vuelta en tranvía. No se le escapaba ningún programa.

Entonces, en la época del Estado Libre, pasaban todavía el noticiario Fox Tönende Wochenschau, antes del documental y el largometraje. A mí me fascinaba Harry Piel. Me reía con el Gordo y el Flaco. A Charlot buscador de oro lo vi comerse un zapato, incluidos los cordones. A Shirley Temple la encontraba tonta y sólo moderadamente monilla. Me llegó el dinero para ver varias veces una película muda de Buster Keaton, cuya comicidad me entristecía y cuya tristeza me hacía reír.

¿Fue en febrero por su cumpleaños, o el Día de la Madre? En cualquier caso, ya antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial creí estar en condiciones de regalar a mi madre algo especial, un artículo de importación. Pasé mucho tiempo ponderando ante los escaparates, disfruté de la indecisión de la elección, vacilé entre la fuente de cristal ovalada de los almacenes Sternfeld y una plancha eléctrica.

Finalmente fue el elegante producto de Siemens, cuyo enorme precio había preguntado severamente la madre pero luego ocultado a la parentela como si fuera uno de los siete pecados capitales; y tampoco el padre, seguro de poder sentirse orgulloso de su eficiente hijo, debía revelar la fuente de mi súbita riqueza. Después de utilizada, la plancha desaparecía enseguida en el aparador.


La práctica del cobro de deudas me reportó otra ganancia, que sin embargo sólo transcurridos decenios se reflejó en una prosa tangible.

Yo subía y bajaba las escaleras de las casas de alquiler, en las que según los pisos olía distinto. El olor que despide el repollo al cocerse era dominado por el hedor de la ropa sucia al hervir. Un piso más arriba olía sobre todo a gato o a pañales. Tras cada puerta de la vivienda había un mal olor peculiar. A agrio o a quemado, porque el ama de casa acababa de rizarse el pelo con tenacillas. El aroma de las señoras de edad: bolas de naftalina y colonia Uralt Lavendel. El aliento a aguardiente del pensionista viudo.

Yo aprendía al oler, oír, ver y sentir: la pobreza y pesadumbre de las familias obreras numerosas, la soberbia y la furia de los funcionarios, que maldecían en un alemán rebuscado, incapaces de pagar por principio, la necesidad de las mujeres solitarias de un poco de charla en la mesa de la cocina, el silencio amenazante y las persistentes peleas entre vecinos.

Todo ello se acumulaba interiormente como ahorro: padres que pegaban sobrios o borrachos, madres que vociferaban en los registros más agudos, niños enmudecidos o tartamudeantes, toses ferinas y crónicas, suspiros y maldiciones, lágrimas de diversos grosores, el odio a los hombres y el amor a los perros y canarios, la historia interminable del hijo pródigo, historias proletarias y pequeñoburguesas, las narradas en un bajo alemán entremezclado de maldiciones polacas, las de lenguaje oficial, cortadas y reducidas al tamaño de leños, aquellas cuyo motor era la infidelidad, y otras, que sólo después entendí como historias, que trataban de la firme voluntad del espíritu y la frágil debilidad de la carne.

Todo eso y mucho más —no sólo los palos que recibía al cobrar las deudas— se fue acumulando en mí, depositado para cuando al narrador profesional le escaseara el material, le faltaran palabras. Sólo tendría que rebobinar el tiempo, olfatear olores, clasificar hedores, volver a subir y bajar escaleras, apretar timbres o llamar a puertas, con especial frecuencia en la noche del sábado.

Puede ser incluso que ese trato temprano con los florines del Estado Libre, incluidas las sumas en céntimos, y luego, a partir del treinta y nueve y del comienzo de la guerra, el cobro en marcos del Reich —las codiciadas monedas de plata de cinco marcos—, se afirmara tan permanente como práctica establecida, que me resultara fácil, sin escrúpulos, permanecer obstinado durante la posguerra, en calidad de estraperlista de artículos que escaseaban, como piedras de mechero y cuchillas de afeitar, y más tarde, como escritor, al negociar contratos con editores duros de oído y permanecer reivindicativo e inflexible.

Por eso tengo razones de sobra para estar agradecido a mi madre, porque me enseñó pronto a manejar el dinero con realismo, aunque fuera cobrando deudas. Y por eso, al ensartar el autorretrato de palabras que me exigían mis hijos Franz y Raoul, cuando en Del diario de un caracol, que escribí a comienzos de los sesenta, se dice lapidariamente: «Fui bastante bien mal educado», me refiero a mi práctica como recaudador de deudas.

Me he olvidado de citar de pasada las frecuentes anginas que, antes y después de terminar mi infancia, me libraban unos días del colegio pero me impedían prestar al cliente mi atención obsesionada por el dinero. La madre llevaba al convaleciente a la cama, en un vaso, yemas de huevo revueltas con azúcar.