A cielo abierto y bajo tierra

Ya no hay alambradas que impongan al campo visual líneas horizontales y verticales. Él o yo, con equipaje ligero en el que había dos libras escasas de té cambalacheado, fuimos transferidos a algo que se llamaba libertad y que, como espacio para moverse, se limitaba a la zona de ocupación británica.

Sin embargo, ¿quién había dado libertad a quién? ¿Cómo se podía utilizar ese regalo? ¿Qué prometía esa palabra de tres sílabas que, con ayuda de los epítetos que se quisiera, se podía interpretar, ampliar, estrechar, incluso convertir en lo contrario?

Trocitos de recuerdo, clasificados de una forma u otra, encajan dejando huecos. Yo dibujo la silueta de una persona que sobrevivió casualmente, no, veo una hoja manchada, por lo demás en blanco, que soy, podría ser o quisiera ser yo, el esbozo impreciso de una existencia posterior.

Alguien que sigue peinándose con raya a la izquierda y tiene unmetrosetentaydós de altura. Alguien con ropa militar de color, que entretanto se afeita una vez por semana la pelusilla y ante quien se abre ahora la libertad ofrecida: un terreno intransitable. De todas formas, arriesga en él los primeros pasos.

Además, se congracian imágenes ideales —el joven serio, meditabundo, que busca entre las ruinas un sentido—, que son desechadas con vacilación.

De momento no consigo fijar en la pared un retrato de mi estado de entonces. Hay demasiado pocos datos seguros. Tengo dieciocho años. Sin falta de peso en el momento de mi puesta en libertad. Estoy libre de piojos y me muevo sobre suelas de goma de zapatos norteamericanos de cordones y, mirándome en el espejo retrovisor, no tengo mal aspecto.

Sin embargo, no se sabe si mis muecas juveniles han desaparecido en el curso de la vida cotidiana del campo. Mis posesiones se componen sólo del acaparado té inglés, con su exótico embalaje, que quien sigue sin fumar ha obtenido a cambio de cigarrillos y de plateados alfileres de adorno, y de una enorme reserva de cuchillas de afeitar cambalacheadas. Éstas, con algunos chismes y papeles garabateados, llenan el zurrón del pan. ¿Y qué ilustra mi vida interior?

Parece como si a los impíos católicos todas las virulentas cuestiones de fe de la época les resultaran familiares y, al mismo tiempo, indiferentes. Sospechar en él un ateo escondido significaría atribuirle otra religión.

Él cavila. Lo que piensa no ofrece nada citable. Sólo exteriormente hay algo que no ha perdido color: por ejemplo los pantalones militares, así como un chubasquero norteamericano forrado, teñido de marrón rojizo. Su gorro de lana —igualmente de existencias del ejército de los Estados Unidos— calienta, verde oliva. Parece más o menos paisano. Sólo el zurrón del pan sigue siendo gris.


Para ser puesto en libertad, había tenido que dar una dirección, que me pasó Philipp, un compañero de mi misma edad, con saludos para su madre. Un granujilla guapo con hoyuelos en su rostro de ángel y cuya risa era contagiosa. Como yo, estaba dotado de aquella imprudencia que nos había convertido en voluntarios.

Él tuvo que quedarse en el campo de Munster y fue embarcado luego, con una columna de trabajo, hacia Inglaterra; yo pude salir porque, entretanto, en mi hombro izquierdo, la esquirla de granada, demostrablemente —gracias a los Rayos X— del tamaño de una judía, se había encapsulado. Hasta el día de hoy está allí encerrada: mi recuerdo, comparable al escarabajo que, preso en el ámbar, sobrevive al tiempo. Siempre que, en calidad de zurdo, para demostrar, antes a Anna, ahora a Ute, lo que puedo hacer, tomo impulso para lanzar una piedra o una pelota, la esquirla envía señales perceptibles: ¡Deja eso! Estoy dormida. Me despiertas…

A diferencia de Philipp, fui considerado no apto para el trabajo subterráneo en las minas galesas de carbón. Había que asegurar a su madre que él llegaría más adelante, sin falta. Así, mi primer lugar de residencia en libertad, según certificación de la policía, fue Köln-Mülheim, un montón de ruinas en el que, de forma curiosa, habían sobrevivido aquí o allá los letreros de las calles. Estaban fijos a restos de fachadas o colgaban, como ángulos que indicaran el camino, de barras que sobresalían de la grava. En las montañas de escombros crecía diente de león que prometía florecer.

Más tarde, cuando vagabundeaba ilegalmente por la zona de ocupación norteamericana y francesa, como un perro, buscando algo de comer, un sitio donde dormir y —empujado por otra hambre— el contacto de piel con piel, fue ante los bastidores de ruinas de otras ciudades donde los letreros de las calles me indujeron a error o me llevaron por una grava bajo la que cabía suponer gente sepultada.

Despierto o soñando: todavía voy por senderos entre muros que quedan, me detengo, como si quisiera tener una vista panorámica, sobre escombros como montañas, y todavía me rechinan los dientes, porque el aire con polvo de piedra y mortero…


La madre de mi compañero, persona de aspecto de comadreja, con un peinado negro azulado teñido o auténtico, que fumaba incesantemente cigarrillos de larga boquilla, me introdujo sin contemplaciones en la práctica del mercado negro. Mermelada de cuatro frutas, miel artificial, manteca de cacahuete norteamericana, agujas de gramófono y piedras de mechero, y también pilas para linternas de bolsillo, todas pesadas y contadas por mí, se vendían sobre la mesa de la cocina. De paso, pude aportar como capital una parte de mis cuchillas de afeitar, y pronto dispuse de dinero. De la mañana a la noche venían clientes con mercancías intercambiables más o menos de igual valor: hasta las pieles, entre ellas un zorro plateado, podían cambiarse por mantequilla.

Entre el tráfico diario de personas, la hermana de Philipp bailoteaba, delicada como una muñequita, ante un público imaginado. Nacida de la espuma, era el reflejo de su hermano. Llevaba medias de seda con distintos sombreritos y olía a verde de mayo, pero sólo se la podía tocar con un deseo de dedos largos. ¿Puede ser que, al pasar flotando, me acariciara angelicalmente el pelo?

Como alternativa me metía en el cine y todavía lo veo, el Palacio del Cine que había quedado en pie entre las ruinas y que —lo mismo en tiempo de paz que de guerra— proyectaba como largometraje Romanza en tono menor. En los papeles principales, nombres en otro tiempo celebrados y por mí conocidos: Marianne Hoppe, Paul Dahlke, Ferdinand Marian, que había caído en descrédito por otra película: El judío Süß.

Romanza en tono menor, que durante semanas llenó el Palacio Tobis de Danzig, había ayudado ya al ayudante de la Luftwaffe a desear. Siempre, cuando, con la música de la pegadiza melodía «Una hora entre el día y los sueños», ella, la Hoppe, aparecía en cuadro… Ella ante el escaparate… Ella ante la tentación… Ella sola en su miseria… Su rostro impecablemente ordenado… La joya de su cuello… Su sonrisa rápidamente borrada… Una belleza, tan imperecedera…

Hace tres o cuatro años murió, con más de noventa años, el ídolo adorado de mi juventud.


Lo mismo que entonces los hambrientos ante las casetas de la Hohe Straße, hay ahora preguntas que hacen cola: bajo mi nombre, como estraperlista sin rumbo fijo, ¿traté durante ese tiempo, que me hizo inquieto, de prolongar mi época escolar interrumpida, con vistas al bachillerato?

¿Anhelaba una plaza de aprendiz y, si era así, de qué oficio?

¿Echaba en falta tan dolorosamente a padre, madre y hermana que los buscaba con regularidad en las listas que colgaban en las oficinas de empleo?

¿Sufría sólo por mí o por la situación del mundo y, en especial, por lo que, con mayúsculas o minúsculas, se llamaba la «culpa colectiva alemana»?

¿Es posible que mi sufrimiento se hubiera disfrazado sólo con la falta de padres y de patria, que me afectaba claramente?

¿Qué otras pérdidas había que lamentar?

La cebolla responde con capas en blanco: ni me veo probando suerte en un instituto en Colonia ni me atraía un puesto de aprendiz. No presenté ninguna solicitud de búsqueda en la oficina de registro de refugiados del Este y bombardeados. Es cierto que mi madre seguía siendo concebible como imagen inalterada, pero no la echaba en falta dolorosamente. Ninguna nostalgia del hogar me inspiraba versos. Ningún sentimiento de culpa me hormigueaba.

Preocupado sólo de sí mismo parecía aquel paseante sin rumbo entre las ruinas y las montañas de escombros, porque no podían encontrarse otros pesares; o bien ¿me refugié con mi dolor innombrable en el interior de la catedral de Colonia? Exteriormente estropeado, el coloso de dos torres quedó en pie cuando la ciudad, agrupada en torno a su majestuosidad, se convirtió en una llanura de escombros.

Lo único seguro es que, en la primavera, por mediación de la hermana de Philipp, a la que posiblemente comenzaba a resultar molesto, encontré trabajo en una granja, región del Bajo Rin, circunscripción de Bergheim/Erft.

Debió de ser en la primavera. Insuficientemente adiestrado, me veo tropezando detrás del arado o llevando el caballo del ronzal, mientras el campesino traza los surcos. Arando de la mañana a la noche. Había suficiente de comer. Quedaba la otra hambre, que no podían calmar papilla ni puré, pero a la que alimentaba mi necesidad, haciéndola así más grande y más ofensiva.

Yo dormía en una habitación estrecha con un mozo retrasado mental. Es cierto que en la granja trabajaba como ordeñadora una chica, con un padre anciano que apenas servía para cebar los cerdos y cuyo alojamiento había sido impuesto por la autoridad, pero el campesino, al que pertenecían, además de los cerdos, doce vacas y cuatro caballos, había tomado ya posesión de la chica. Con su mujer iba sólo a la iglesia, domingo tras domingo, tan católico era él.

En mi cosmorama, que funciona sin pausa, está Elsabe, así se llamaba, alta y de huesos fuertes, ante la valla de la huerta, o en sombra a la puerta de la granja, o claramente iluminada entre bidones de leche. Ella, dondequiera que estuviera, fuera, se inclinara, era un cuadro. Su atractivo era tan grande que, sin duda, siguiendo su olor a establo, solté una docena de poemas que, rimados con traqueteo, me salieron fácilmente de la mano: garabateados con rapidez entre el entresacar nabos y el cortar leña.

La comarca ofrecía poco lirismo: unas veces, con luz del sol, un paisaje repartido en propiedades; otras desdibujado bajo la lluvia, que, salvo los campanarios de los pueblos, no permitía otras elevaciones.

De noche, el mozo que roncaba; durante el día, la voz estentórea del campesino, que retumbaba en la cuadrada granja, y además la docena de vacas, ordeñadas por una diosa de pestañas rubio platino. No se podía aguantar. De manera que seguí mi camino, insatisfecho por mucho que hubiera comido en la granja hasta hartarme: mi hambre restante —en la piel de cebolla está escrito en apretados renglones— era de otra índole.


Llegué hasta el Sarre, en donde la dirección de un compañero, que, como yo, había sido puesto en libertad en el campo de Munster, me garantizó transitoriamente un auténtico edredón de plumas en la buhardilla de una casita en la que vivía con su madre, la cual me acogió como si fuera otro hijo.

Eso suena hogareño, huele a seguridad, pero en el Sarre se pasaba hambre más lamentablemente que en otras partes. La Potencia de ocupación francesa quería castigar sin duda a posteriori a todos los sarrenses, no sólo a aquellos que, en el año treinta y cinco, habían votado por un «volver al Reich». La casita estaba, adosada, cerca de Merzig.

Con mi compañero, cuyo verdadero nombre de pila nunca me fue familiar —lo llamaban Kongo— y que quería irse pronto a la Legión Francesa —él se veía ya, bajo el cielo del desierto, luchando contra bereberes rebeldes—, viajé al interior en trenes repletos, hasta entrar en el Hunsrück, donde, decíamos, se acababa el mundo, tan melancólicamente se ondulaba aquella región.

Los viajes en tren de este tipo eran corrientes, se los llamaba viajes «de hámster». Con las cuchillas de afeitar y las piedras de mechero codiciadas en todas partes, que me habían dado en el mercado negro de Colonia por los restos de mi té inglés, conseguíamos patatas y repollos. Íbamos de granja en granja, y muchas veces salíamos con las manos vacías. Sin embargo, además de artículos de intercambio pesables o contables, yo tenía más cosas que ofrecer.

Cuando, frívolamente empático, leí el porvenir en la palma de la mano a una mujer de campesino evidentemente embarazada, que con su trabajador extranjero francés compartía satisfecha mesa y lecho, nos cayó como honorario, además del trozo de queso de oveja, un pedazo de tocino ahumado, tan contenta estaba la campesina, sentada a la mesa, porque yo había conseguido predecir, por las líneas de su mano, la ausencia, si no permanente sí larga, del campesino. Desde el cuarenta y tres pasaba por desaparecido en el frente del Este, pero seguía presente, como foto, en un marco de pie.

¿Dónde había aprendido yo aquella arte dudosa? ¿Era innata? ¿Había observado a los gitanos que pasaban la frontera del Estado Libre y, durante mi infancia, no sólo eran solicitados en las calles de Langfuhr como afiladores de tijeras y caldereros?

Habrá sido en el Alto Palatinado, donde, en el campo de prisioneros de guerra, como pasatiempo y para remediar el hambre real, me había inscrito en el curso de cocina abstracta y donde habré hecho también otro curso en el que la asignatura de quiromancia atraía a alumnos como yo.

Fuera innato, imitado o aprendido, en cualquier caso no debo de haber tenido escrúpulos cuando conseguí, en lo más profundo de Hunsrück, convocar el favorable desarrollo del futuro; tan claramente hablaban las líneas de la mano a favor de la campesina y de su compañero de mesa y lecho, siempre tímido en segundo plano; tan lucrativas y ricas en calorías resultaron mi artes quirománticas.

Y, sin embargo, no fue tocino el beneficio especial de aquel viaje «hámster» al Hunsrück. La cuñada de la campesina, que, por haber sido bombardeada en la Cuenca del Ruhr, había encontrado en la granja refugio y trabajo, me concedió un favor que no podía ponerse en un platillo de balanza ni contarse por unidades.

En realidad, era mi compañero Kongo quien la seguía adondequiera que fuese, pero no tuvo suerte. Bastante arañado y maldiciendo como un lansquenete, salió tambaleándose del corral de ovejas, pero sonriendo ya, porque era de carácter bonachón. Un tipo de anchos hombros, que tomaba las cosas como venían.

Para él la guerra había sido demasiado corta. Incorregible, buscaba aventuras. Y sin duda por eso le seguí la pista: cuando, a mediados de los cincuenta, el teatro estudiantil de Fráncfort representó mi primera obra de teatro, la pieza en dos actos Crecida, en ella aparecía un tipo de parecida constitución, como legionario que volvía a casa. Su compañero Leo lo llama Kongo. Han dejado atrás Laos e Indochina e interpretan ahora el papel de hijo pródigo…

Sólo en el camino hacia la siguiente estación de tren me di cuenta de mi suerte. La cuñada de la campesina nos ayudó a transportar a la estación, con una carretilla, el saco de patatas, los repollos, el trozo de queso de oveja, el pedazo de tocino que era nuestro botín y todo lo demás que habíamos acopiado como hámsters… ¿Una bolsa de judías pintas secas?

A la luz de la luna, anduvimos por un camino que, como sendero vecinal, ascendía ligeramente al principio y luego bajaba durante tres o tres kilómetros y medio; las distancias son como los lapsos de tiempo y sólo se recuerdan con moderada exactitud.

Kongo tiraba de la carretilla y no se dejaba relevar. Nosotros detrás, al principio mudos, pronto hablando como cotorras. Nos preguntábamos mutuamente las películas que habíamos visto, pero de ningún modo cogidos de la manita. A ambos, que eran de la misma edad, les había gustado una joven actriz a la que llamaban «la Knef», anticipándose a su fama posterior como estrella del firmamento cinematográfico. La película, que recientemente he vuelto a ver en algún canal de televisión regional, se llamaba Bajo los puentes.

Como el trenecito a Bad Kreuznach prometía llegar en un plazo de más de dos horas, Kongo se echó en uno de los bancos de la sala de espera, durmiéndose enseguida. Nosotros estábamos delante del cobertizo, al que unas letras descascarilladas identificaban como estación. La luna o las nubes tenían prisa. ¿Qué otra cosa se podía ver, decir, hacer o incluso sólo desear?

Entonces la joven mujer, que para mí era una chica, me pidió que la acompañara con la carretilla un trecho, no porque tuviera miedo, sino porque sí.

Debía de ser a principios del verano, cuando se acercaba la luna llena. A ambos lados del camino vecinal vimos, apenas terminada la siega, montones de heno apilado que, en el camino de ida, no me habían dicho nada. Con intervalos regulares, llegaban en fila hasta la linde del bosque, que limitaba el cielo como un ribete oscuro. Unas veces ensombrecían su orden las nubes, otras se volvían atractivos, resplandeciendo plateados. Tal vez, sin embargo, el heno amontonado nos había hecho ya su ofrecimiento al ir hacia la estación de ferrocarril. Ahora me parecía como si el aroma del prado segado se hubiera intensificado.

Apenas estuvimos a un tiro de piedra de la estación con el compañero dormido y las provisiones acopiadas —¿o necesitamos más distancia?—, yo dejé la vacía carretilla y ella me cogió de la mano. Ambos nos sentimos atraídos, desde el camino, por el montón de heno más cercano.

Y debí de ser yo quien se dejó llevar obedientemente al heno, porque Inge —y no sólo porque fuera la primera— ha seguido siendo para mí reconocible en no pocos detalles. Su rostro ancho, que parecía casi la luna llena, estaba poblado de pecas. Pero en el montón de heno no importaban. Bastante seguro es que sus ojos, que no cerró, eran más bien verdes que de color gris. Sus manos me parecieron grandes, ásperas de trabajar en el campo. Sabían cómo se me podía ayudar.

Naturalmente, el heno olía de un modo incomparable. Como yo era ansioso, porque estaba muerto de hambre, ella tuvo que enseñarme a ser más lento, menos violento, delicado como ella con todos los dedos.

Cuántas cosas había que descubrir. Lo que era húmedo y profundo. Todo estaba cerca, se podía tocar. Lo que blando o redondo encontraban mis dedos. Lo que cedía. Los ruidos y sonidos animales de que éramos capaces.

Entonces el olor del heno se cerró sobre nosotros. Presos en él, intentamos repeticiones. ¿O fue suficiente una única vez? Sólo cabe esperar que el principiante se mostrara buen alumno.

¿Y entonces, después? Es de suponer que susurramos en el heno, alternativamente o sólo yo. Yanoséqué palabras susurradas podían encontrarse en un montón de heno. Sólo el hecho de que Inge hablase de pronto de forma realista, como si hubiera tenido que explicarse, quedó en el aire. Circunstancias familiares en la guerra. La casa adosada bombardeada al borde de la ciudad de Bochum. Su prometido había caído, allá abajo en los Balcanes, hacía dos años ya, porque allí había partisanos por todas partes. Como minero, hubiera debido ser irremplazable —declarado «imprescindible»—, pero lo mandaron enseguida a Stalingrado y, concretamente, a los pioneros. Sólo para adiestrarse a Groß-Boschpol, pero luego al frente y más tarde, como había escrito, nada más que a construir puentes en las montañas…

Ella dijo más cosas aún. Sin embargo eso ha desaparecido, también el nombre de su novio, que pronunciaba una y otra vez, familiarmente, por costumbre, como si estuviera a su lado.

¿Y fui yo de veras quien susurró en el montón de heno esto o aquello? ¿Quizá cosas profundas sobre el cielo estrellado? ¿Sobre la luna, en cuanto salía o se ocultaba? Tal vez algo poético recién cortado, porque siempre, cuando algo me desequilibraba, yo producía versos, rimados o sin rimar.

¿O tartamudeé cuando ella, algo preocupada o por simple curiosidad, me preguntó qué quería ser, profesionalmente y demás? ¿Dije ya en el heno: «¡Artista, seguro!»?

Por muy carnosa que reluzca la piel bajo la piel, de eso no sabe nada la cebolla. Sólo espacios vacíos en medio de un texto mutilado. A no ser que interprete lo que se sustrae como ilegible y me invente algo…

En mi recuerdo cubierto de residuos, cada vez diferentemente clasificados, hice o pretendo haber hecho reír a Inge con yanoséqué, pero ella a mí no; porque cuando el principiante que estaba a su lado, bajo la luna casi llena, se entristeció como un animal y no supo de qué ni por qué, de nada sirvieron las caricias y buenas palabras. Además, el olor del prado segado no parecía ya soportable.

Nuestro montón de heno estaba aplanado cuando nos levantamos, ella buscó sus bragas, yo me enredé con los botones del pantalón. Luego nos quitamos las briznas de paja, cada uno las suyas, supongo. Sin embargo, cuando ella comenzó a amontonar de nuevo el heno debidamente, la habré ayudado. Vista de lejos: una pareja que trabajaba de noche en el campo.

Luego, la sensación de desesperado aislamiento desapareció. No, no cantamos, ni tarareamos siquiera cuando ayudé a Inge a volver a alinear nuestra cama con los otros montones de heno: cuatro manos diligentes.

No es seguro si ella dijo: «Escríbeme una postal cuando quieras», al decir su apellido, que terminaba de un modo polaco, con kowiak o ski, como un nombre de futbolista de la Cuenca del Ruhr.

No hubo más. ¿O sí? Tal vez un titubeo, un pestañear. Luego nos fuimos en direcciones opuestas, ella con la carretilla vacía.

Sin duda fui yo quien, después de la primera vez, no se volvió ya, como si fuera un experto. Lo que había sido quedaba atrás. «No os volváis», aconseja una canción infantil y se llama un poema que más tarde, mucho más tarde, escribí.

Sin embargo, en el camino de vuelta largo o corto, alguien se olía los dedos de la mano izquierda, como si hubiera que tomar posesión enseguida en la memoria de lo que hacía unos minutos había sido todavía palpable.

Cuando me acurruqué en la sala de espera junto a mi durmiente compañero, cuyo rostro había arañado Inge, todavía tenía yo pegado el olor de ella y el del montón de heno. Y cuando luego, con nuestro botín acaparado, fuimos en dirección a Bad Kreuznach, Kongo sonreía largo tiempo de buen humor, pero sin decir nada guarro…


Hasta hoy. Aquella rápida partida me persigue. ¿Por qué aquella prisa? Como si, empujado por el miedo, hubiera tenido que largarme. Pasó tiempo hasta que por fin vino el tren. Pasó en vano.

Tardíamente trato de convencerme: ¿no hubieras podido con ella, se llamaba Inge, tumbarte en el siguiente montón de heno y —pronto hambriento otra vez— en otro más?

Sí, ¿por qué volver siquiera a aquel Sarre pobre en calorías? Hunsrück, aquella comarca, por católicamente olvidada de Dios que se ondulase, te hubiera podido resultar familiar poco a poco, convirtiéndose en material cinematográfico apropiado para una serie de varios capítulos.

Tu compañero Kongo habría puesto pies en polvorosa también sin ti, aunque con las patatas, los repollos, el trozo de queso y el contravalor de tu arte quiromántico; como la guerra no le había bastado, quería ir de todas formas a Argelia o Marruecos, para diñarla allí en honor de la Grande Nation.

Y a la mujer del campesino la habrías podido ayudar de vez en cuando, mediante una favorable interpretación de las líneas de la mano, a descansar en su cama sin preocuparse y previendo un parto sin complicaciones. Y si un día, sin embargo, el campesino perdido en Rusia hubiera aparecido ante la puerta de la granja… El retornado tardío… Fuera ante la puerta.

Muchas veces después he dado la vuelta a los montones de heno, a izquierda y derecha del campo, no tanto por aquella joven de ancho rostro, sobre el que reposaba la luz de la luna y que estaba poblado de innumerables pecas, como para buscarme a mí, el «yo» desaparecido de años anteriores: sin embargo, sólo quedó el ruido y el olor del forro de mi primer intento, demasiado apresurado, de ser, con otra, una sola carne; a ese empeño se llama también amor.


Más tarde agujeros, imágenes perturbadas. Nada que pudiera saber luego a conquista, ni condensarse para convertirlo en aventura. No obstante, la estación del año está como clavada: sigue siendo principios del verano del cuarenta y seis.

Sin transición estoy en camino, unas veces en la región del Weserberg, luego en la parte de Hesse, de la zona de ocupación norteamericana, y finalmente, otra vez de modo legal, con los británicos en Gotinga, después de haberme dejado alimentar unos días en la región de Nörten-Hardenberg en casa de otro compañero, que era hijo de campesino y tenía un ligero defecto del habla.

Con todo, no más montones de heno. Nadie quería que le leyeran la mano por un precio. Nada más que una inquietud sin rumbo, para la que ningún domicilio fijo resultaba atractivo. Y, sin embargo, debí de registrarme en la policía aquí o allá, para recibir lo más necesario, las cartillas de racionamiento.

¿Qué buscaba en Gotinga? Desde luego, no la universidad. Además, ¿con qué títulos? Desde los quince años no había visto por dentro ningún colegio. Los profesores me espantaban, por lo que luego los maestros, como la señorita Spollenhauer, en el capítulo del horario de El tambor de hojalata, o el profesor de gimnasia Mallenbrandt de El gato y el ratón, después el martirizado Starusch, profesor de instituto en anestesia local, y por último la pareja de profesores sin hijos, Harm y Dörte, en Partos mentales o los alemanes se extinguen, llenaron páginas de manuscritos: tan productivos me resultaron los pedagogos. Incluso una obra de teatro, llamada Treinta y dos dientes, trata, no sólo de higiene, sino de la demencia pedagógica.

Es verdad, fuera del colegio me habían enseñado a desmontar el fusil 98 en sus distintas partes y volver a montarlo en pocos minutos como arma dispuesta a disparar; es verdad que en el cañón antiaéreo 8.8 sabía manejar la enderezadora del detonador, y —como artillero de formación— el cañón de un tanque; también me habían enseñado en la instrucción a buscar cobertura con la rapidez del rayo, a decir «A la orden» cuando me mandaban y a desfilar en formación; más tarde aprendí a agenciarme algo comestible, oler el peligro y, por consiguiente, a evitar a los «perros encadenados» de la policía militar, y también a soportar la vista de cadáveres despedazados y una doble fila de ahorcados; de miedo, me meé en los pantalones, aprendí rápidamente a temer, comencé a cantar en el bosque, podía dormir de pie, salvarme con historias embusteras, inventar sabrosos asados y sopas sin tener grasa, carne, pescado ni ninguna verdura, y además invitar a comer a huéspedes de los espacios temporales más lejanos; incluso había aprendido a leer en la mano el porvenir, pero de un examen final en el colegio que me habría acreditado como maduro para entrar en la universidad estaba infranqueablemente lejos.

Entonces encontré ante la estación de Gotinga —con frecuencia vagabundeaba por los alrededores de estaciones concurridas— a un antiguo compañero de colegio de tiempos remotamente vividos.

No estoy seguro de si me sentaba al lado, delante o detrás de él en un banco del Conradinum, el colegio Petri o el instituto Sankt Johann.

Me habló insistentemente, al parecer con sensatez, porque lo acompañé por la ciudad, en gran parte perdonada por la guerra aérea, hasta donde vivía con su madre pero sin su hermana mayor, en un alojamiento de emergencia para refugiados del Este.

Las llamadas cabañas Nissen estaban en fila, y eran barracas de chapa ondulada que formaba una bóveda redonda, entre las que colgaba ropa puesta a secar. Sólo había sopa de cebada con tronchos de col, y una cama de campaña para mí. El hijo mayor de ella había caído en los combates por el monasterio de Montecassino; su marido, a quien los rusos habían hecho prisionero y luego deportado a Dirschau o donde fuera, pasaba por desaparecido. El hijo que le quedaba debía sustituir lo que echaba en falta.

Ya al cabo de unos días me dejé seducir para ir con él, que pretendía haber sido mi vecino de banco, a un instituto especial, en el que se podía recuperar lo perdido y reanimar los años vividos aprendiendo aplicadamente vocablos. Él trataba de persuadirme: allí podías convertirte a posteriori en alumno, y al final aspirar incluso al bachillerato. Porque eso le faltaba a él, decía, que volvía a llevar una verdadera cartera escolar, aunque fuera de cuero artificial, lo mismo que a mí, que sólo llevaba colgado el zurrón del pan. Sin bachillerato, decía, sólo se valía la mitad. Eso les ocurría a muchos.

—¡Compréndelo de una vez! Un hombre sin bachillerato no cuenta.

Apenas se podía aguantar aquello más de una hora de clase. En la primera se rumiaron cosas en latín. Eso podía pasar aún. El latín es el latín. Pero la segunda hora estaba dedicada a la Historia, en otro tiempo mi asignatura favorita. Su terreno, ampliamente fechado, había ofrecido suficientes espacios vacíos en los que podía refugiarse mi fantasía y asentar unos personajes imaginados, que por lo general iban vestidos medievalmente y estaban implicados en guerras interminables. ¿Qué es el hombre? Nada más que una partícula, partícipe, simpatizante, una pieza en la obra inacabada de la Historia. Algo así como una pelota, cada vez de un color distinto, que otros jugaban a campo través, así debí de sentirme cuando volví a fatigar los bancos del colegio.

Aunque se me hayan olvidado también muchas cosas de la época de mis años de peregrinaje, por ejemplo el número de mis compañeros de colegio, que inmediatamente después de la clase de latín se reunían para la clase siguiente —todos eran años de guerra mayores que yo—, veo al profesor de Historia al alcance de la mano: bajo, vigoroso, con pelo al cepillo y sin gafas, pero con pajarita bajo la barbilla, iba entre los bancos arriba y abajo, giraba sobre los talones, echaba raíces de pronto como obedeciendo una orden irrevocable del Espíritu del Siglo y abría la clase de Historia con la pregunta clásica: «¿Dónde nos habíamos quedado?», para responderse a sí mismo inmediatamente: «En el Despacho de Ems».

Quizá correspondiera al plan de estudios. Yo, sin embargo, no quería quedarme con Bismarck y sus marrullerías. ¿Qué me importaban el setenta-setenta y uno?

Mi curso acelerado en lo que se llama experiencia bélica era de fecha más reciente. Ese curso sólo había acabado anteayer.

Cuyas lecciones seguía experimentando en sueños de día y de noche. En ninguna parte me había detenido.

¿Qué podía ofrecerme una guerra en la que la unidad de Alemania se había forjado con sangre y hierro?

¿Qué me importaba el Despacho de Ems?

¿Qué otras cosas habría que rumiar y con qué fechas clavetear la memoria?

¿Y qué período —¿el mío?— quería dejar de lado aquel profe, saltárselo, hacer que no hubiera sucedido y callarlo como algo penoso?

Como si el pequeño profesor me hubiera dado la salida con el ominoso Despacho, me puse de pie, alargué la mano hacia el zurrón del pan, que tenía siempre al alcance, me fui sin decir nada y —sin dejarme detener por terminantes palabras pedagógicas— abandoné no sólo la clase para participantes en la guerra atrasados en el programa de estudios, sino también, para siempre, el colegio y su aire viciado, conservado por principio. Es posible que incluso disfrutara.

Nunca volví a encontrar a mi compañero de colegio, que seguramente habrá terminado su bachillerato y luego, durante toda su vida, se habrá considerado un hombre hecho y derecho. Sin embargo, como mi editorial, con su imprenta, tiene su sede en la Düsterer Straße de Gotinga, esta ciudad, por más de un motivo, me parece siempre digna de visita.


Aunque las tramas secundarias de los últimos episodios esbozados han quedado pendientes, un encuentro de tipo especial aparece a mi vista con suma claridad: inmediatamente después de mi definitiva salida del colegio, me encuentro en la sala de espera de la estación.

¿Adónde quería ir? ¿Tenía planes de viaje?

¿Me atraía espontáneamente el sur? ¿Largarme, aunque fuera de modo ilegal, a la zona de ocupación norteamericana, donde, tras algunas búsquedas en un pueblucho bávaro entre Altötting y Freilassing, confiaba en encontrar a mi compañero Joseph para, otra vez, jugando a los dados, buscar beneficio en el futuro?

Me veo desamparado en la sala de espera de la estación de Gotinga, buscando sitio entre bancos ocupados. Pasando por encima de hatos y maletas. El aire pegajoso de la sala repleta. Por fin, un hueco. A mi lado —como si me hubiera elegido—, el ejemplar desde mi punto de vista preferido, con ropa teñida de la Wehrmacht: el eterno cabo, reconocible también sin los dos ángulos en la manga izquierda.

Yo parecía estar suscrito a alguien como él. Lo mismo que en aquel cabo que, cuando yo era el Hans pequeño, me sacó del bosque oscuro, se podía confiar en este tipo que, sin embargo, era más alto, más nudoso y más apabullante. Me dije: en alguien que nunca quiso ser suboficial se puede confiar. Listo, astuto, pícaro, siempre ha sabido tomar las curvas. Avance, guerra de posiciones, lucha cuerpo a cuerpo, contraataque, retirada, familiarizado con todos los movimientos que la guerra exige. Sabe encontrar las salidas, ha escapado vivo; aunque haya sufrido daños, en él se puede confiar.

Estaba a mi lado, con la pata de palo estirada, y fumaba en pipa. Algo indefinido, lejanamente emparentado con el tabaco. Parecía como si no sólo hubiera sobrevivido a la última guerra sino también, después de la de los Treinta Años, a la de los Siete: un tipo intemporal. La gorra de visera se la había echado sobre la nuca. Y más o menos así empezamos a hablar:

—Bueno, chico, ¿no sabes adónde ir, eh?

La pata de palo no se veía, sólo se podía adivinar bajo la ropa de color, hasta después no fue importante.

—Bueno, vámonos un poco a Hanóver, ahí hay también una estación. Quizá se nos ocurra algo…

De manera que nos subimos al primer trenecito y fuimos pasando por una docena o más de estaciones. Después de mucho gentío, estuvimos sentados en un compartimento para no fumadores totalmente lleno, lo que no preocupaba a la pipa de mi cabo. Su hierba producía un humo poderoso.

Mientras seguía fumando, sacó del zurrón del pan una corteza y un trozo de salchichón, del que dijo que venía de Eichsfeld, en donde, como era sabido, había los mejores salchichones.

Con un cuchillo de tipo paracaidista, cortó rodajas del grueso del meñique, más para mí que para él, que no quería dejar su pipa. Así alimentó a su compinche, como me llamaba.

Por lo que recuerdo, mastiqué morcilla secada al aire, aunque subliminalmente se podía apreciar también el gusto a salchichón o embutido. En cualquier caso, él fumaba, mientras yo masticaba y miraba por la ventana la comarca ondulada a izquierdaderecha y no pensaba en nada o sólo en cosas confusas.

Cuando una anciana, que llevaba un sombrero cloche y se sentaba frente a nosotros, se quejó del humo, señalando con dedo afilado el letrero de no fumadores, tosió de forma ostensiva y no dejó de lamentarse, llamando incluso chillonamente al revisor e incitando al mismo tiempo a los ocupantes del compartimento contra aquella «indecente molestia del humo», acentuando al hacerlo la «s» como hace la gente de Hanóver que presume de educación, mi compañero, que me llamaba compinche, levantó con la mano derecha el cuchillo reluciente de grasa, tomó impulso amenazadoramente, puso a un lado la pipa con la mano libre y se quedó inmóvil en esa postura un segundo prolongado. Luego, con golpe súbito, se clavó el cuchillo, a través de los pantalones, en el muslo derecho, en el que el cuchillo quedó encajado y temblando largo rato. Además, se rió horriblemente.

Espantada, la anciana del sombrero huyó del vagón. Enseguida ocupó su sitio alguien que había estado de pie, entre otros, en el pasillo. El antiguo cabo aflojó el cuchillo, cerró la hoja hasta el tope, se lo guardó y sacudió la pipa. Nos aproximamos lentamente a Hanóver.


Lo que queda son las instantáneas casuales que archiva la memoria. El mudo masticador de salchichas de entonces sigue viendo temblar el cuchillo clavado en la pata de palo, pero no está seguro de si esa historia se desarrolló en el trayecto de ferrocarril de Gotinga a Hanóver o en un viaje en dirección contraria a Kassel y más allá, que se alargó hasta Múnich; con lo cual yo, en la zona de Baviera, quise visitar en Marktl am Inn o en otro pueblucho a mi compañero Joseph, con el que hacía un año cumplido había masticado cominos, jugado a los dados el porvenir y disputado sobre la Inmaculada Concepción. No lo encontré en casa de sus padres. Probablemente estaba ya metido en algún seminario, entrenándose en las coacciones escolásticas. Él pasaba todos sus exámenes con las mejores notas, mientras que yo…

Además, esa historia habría podido desarrollarse también con otro compañero cualquiera de pata de palo: había muchos. Da igual que fuera morcilla o salchichón, una navaja o un cuchillo de hoja fija, de camino hacia aquí o hacia allá. Lo que la memoria almacena y conserva espesado en reserva encaja como un puzle para contar historias unas veces así y otras de otro modo, y no se preocupa del origen ni de otras cosas dudosas.

El hecho es que el cabo con, al menos, una posible pata de palo, que se había sentado a mi lado en la sala de espera de Gotinga, al ver que yo no tenía un lugar donde ir —y apenas llegado a Hanóver—, me aconsejó que hablara con la administración de la Burbach-Kali AG y pidiera trabajo:

—Buscan chicos para la explotación bajo tierra. Te dan cupones de alimentación por trabajo penoso, te hinchas de mantequilla y tienes un techo sobre la cabeza. ¡Hazlo, chico!


Dos compañeros ante la estación central de Hanóver y junto a algún monumento ecuestre a Ernesto Augusto, con el bronce acribillado de metralla.

Lo que el compañero de más edad aconsejó al joven se hizo, porque, fuera como fuese el joven compinche en aquella época o como pudo haber llegado a ser con el tiempo, una experiencia lo había marcado especialmente: desconfiaba, ciertamente, de todas las personas que se las daban de adultas, pero no de las del tipo inconfundible de cabo. A ese tipo lo conocía desde que alguien, de profesión peluquero, lo sacó de un bosque a través de la línea fronteriza rusa. Cuando pocos días más tarde tanques T-34 dispararon contra la carretera de retirada, las piernas del cabo quedaron destrozadas, de forma que difícilmente pudo sobrevivir; sin embargo, mi compañero de la sala de espera se había librado con una pata de palo. Sabía dónde y qué había que hacer o no hacer. Había que seguir su consejo.

Además, me gustó la expresión «bajo tierra». Tuve verdaderas ganas de perderme en las entrañas de la tierra, no tener que ver ya ninguna comarca en rápido cambiante, desaparecer, ser tragado, estar ausente, como dado de baja y al mismo tiempo, si era absolutamente necesario, incluso trabajar muy hondo bajo la corteza terrestre, realizar un trabajo reconocido como el más duro. Quizá confiaba en encontrar bajo tierra algo que a la luz del día no se dejaba ver.

Como agradecimiento por su sugerencia, regalé al compañero de la pata de palo, antes de irme y hacer lo que me había aconsejado, los restantes cupones de mi cartilla de fumador, porque yo seguía sin depender de unos pitillos que, en aquellos tiempos, tenían la fuerza adquisitiva de una divisa estable; eran mi riqueza, y se podía cuantificar.


De manera que me presenté, no me hicieron esperar, pedí trabajo y fui inscrito sin ceremonias en la plantilla de la Burbach-Kali AG como chico de acoplamiento. Mi lugar de trabajo, la mina Siegfried I, se encontraba cerca del pueblo de Groß Giesen en la circunscripción de Sarstedt. Allí me dieron la lámpara de carburo y zuecos de la empresa. Un sitio para dormir lo encontré, como inquilino superior de una doble litera, en uno de esos barracones que conocía desde hacía años.

El pueblo estaba en algún lugar entre Hildesheim y Hanóver, en una comarca llana, apropiada para el cultivo de la remolacha azucarera. Sólo en el horizonte suroccidental se ondulaba en tonos azules la región del Weserberg. Y de aquellas superficies planas y verdes de principios del verano se alzaban la torre de extracción del pozo de la mina, el molino de piedra, la sala de calderas con un lavadero anexo lateral, y además el edificio de aspecto de villa de la dirección y la colina de desechos, que superaba a todo en altura, en parte un amontonamiento blanco en forma de cono, y en parte plana y allanada, en la que un día tras otro se vertía el mineral ya agotado, el desecho. Las vagonetas circulaban enganchadas en un teleférico sobre rodillos. Ascendían llenas hasta el borde y, vaciadas, volvían a bajar sobre los mismos rodillos. Su chirrido, que crecía y disminuía, se me ha quedado en los oídos, de forma que todavía hoy, en cuanto el tren me lleva de la estación de Ratzeburg, pasando por Lüneburg y Hanóver, a la imprenta de mi editor Steidl en Gotinga, busco con la vista las blanquecinas colinas de desechos que sobresalen de los espacios cultivados, han sobrevivido al tiempo y, entretanto, se han convertido en parte del paisaje. Las instalaciones subterráneas, y por tanto también la mina Siegfried I, fueron cerradas y desalojadas hace ya años.


El barracón ofrecía habitaciones para seis, en las que había las por mí conocidas literas dobles. La comida de la cantina no era sabrosa pero llenaba. Además, los cupones por trabajo penoso permitían a los mineros muchos suplementos alimenticios: salchichón, queso, mucha mantequilla y huevos para desayunar o para el último turno. Contra la silicosis había a diario ración extraordinaria de leche. Los zuecos se llevaban bajo tierra. En el lavadero nos cambiábamos, atábamos el saco de la ropa, lo izábamos hasta el techo y nos duchábamos después del cambio de turno.

Mi puesto como acoplador estaba en una planta de extracción a novecientos cincuenta metros de profundidad. Trenes electrificados recorrían kilómetros allí, vacíos o llenos del mineral de extracción, la friable roca potásica, lejos de los sumideros de las plantas más altas y hacia el ascensor del pozo principal, por el que, cuando sonaba un timbre, entraban y salían también los mineros al cambiar el turno.

Mi tarea consistía en acoplar esas vagonetas vacías y llenas, desacoplarlas ante el pozo de extracción y, durante el trayecto a las cumbreras, en donde se dinamitaba y rompía la roca que contenía la sal, abrir y cerrar las puertas de ventilación. Muchas carreras en corrientes de aire. Tropezones en los carriles. Me hice muchas veces sangre en las rodillas.

Otros chicos de acoplamiento me habían enseñado. Mientras el tren iba despacio, tenía que saltar de la última vagoneta, correr junto al tren, echar a un lado los trozos de cuero artificial de la puerta de ventilación, dejar pasar al tren, cerrar la puerta de ventilación, correr detrás de la última vagoneta y saltar a ella a la carrera.

La mayoría de las veces, el conductor de la locomotora eléctrica de mi turno me dejaba tiempo suficiente, de forma que sólo una o dos veces perdí el tren y tuve que correr detrás, solo, durante un largo trecho.

Esa ajetreada secuencia huele a reventadero sudoroso y cupones por trabajo penoso amargamente ganados, pero la cosa no era tan dura, porque casi en cada turno se cortaba la corriente eléctrica durante una o dos horas, lo que no era insólito: por todas partes, los cortes de corriente eran cotidianos y se aceptaban como si fueran algo querido por el destino.

Nos sentábamos ociosos cerca del inmovilizado ascensor de carga del pozo de extracción o —si el corte de corriente nos había sorprendido a lo largo del recorrido— en una de las cumbreras del tamaño de naves, que eran suficientemente amplias para poder eliminar hoy y en el futuro toda nuestra basura atómica, a fin de que irradie, irradie…

Más tarde, situé el último capítulo de la novela Años de perro en una mina, de la que, sin embargo, no se extraía ya mineral potásico. En cambio, en todos los niveles y en las cámaras de parhileras se habían desplegado los espantajos allí fabricados como artículos de exportación. Paralizados en poses movibles mediante mecanismos incorporados, allí estaban, disfrazados; como reproducción de la sociedad humana, expresaban el placer y el pesar de la humanidad y, como mercancía, tenían su precio. Suministrados por encargo, encontraban aceptación en todo el mundo. Y como al fin y al cabo el ser humano pasa por ser el fiel retrato de Dios, se podía considerar a Dios como el espantajo original.

Cuando la corriente se interrumpía, sólo las lámparas de acetileno daban luz, ayudando a crear sombras gigantescas que deambulaban por las elevadas paredes de las cámaras de parhileras. Venían de galerías recién abiertas, de enmudecidos toboganes, de la profundidad de las cumbreras: mineros, picadores, el dinamitero jefe, el capataz de sector, nosotros los acopladores y los conductores de locomotora. Un montón heterogéneo compuesto de auxiliares rápidamente formados, en su mayoría jóvenes, y trabajadores experimentados —algunos próximos a la edad de jubilación— que se sentaban juntos durante un corte de corriente.

Aquel farfulleo se enzarzaba al poco tiempo en lo político, se hacía pronto ruidoso, aumentaba hasta la disputa y sólo terminaba antes de la reyerta que amenazaba porque la corriente volvía, se encendía la iluminación de los tramos, y los toboganes comenzaban a traquetear y a zumbar las locomotoras eléctricas. En el pozo de extracción resonaba el ascensor de carga. Inmediatamente se iba extinguiendo la pelea teñida por diversos dialectos, y todos en silencio o mascullando sus últimas palabras reanudaban su trabajo: al resplandor de sus vacilantes lámparas de carburo, se volvían cada vez más pequeños.

Para mí, que sólo escuchaba, cazando al vuelo palabras y contrapalabras sin orden ni concierto, pero por lo demás permanecía pasivo y como acometido de trismo, los ratos sin corriente eran horas de enseñanza tardías. En medio de un estancado calor subterráneo —sudábamos aunque no hiciéramos nada—, trataba de seguir la beligerante conversación, no entendía mucho, y me encontraba tonto y lo era, pero no me atrevía a preguntar a mis compañeros mayores. Me sentía llevado de un lado a otro, porque en el curso de la disputa se formaban bandos: a grandes rasgos, había tres grupos enfrentados.

El menos numeroso se presentaba como comunista consciente de clase, predecía el inminente fin del capitalismo y la victoria del proletariado, tenía para todo una respuesta preparada y era aficionado a mostrar el puño. A él pertenecía el capataz de sector, hombre afable a cielo abierto, que vivía en una casa unifamiliar en las proximidades de la mina y con cuya hija mayor iba yo de vez en cuando al cine.

El segundo y más numeroso grupo se atrincheraba en consignas nazis, buscaba culpables para el derrumbamiento del antiguo orden, tarareaba provocadoramente «Alta la bandera…» y se atrevía a formular suposiciones y lanzar maldiciones groseras: «Si el Führer viviera, él, a todos vosotros…».

El tercer grupo trataba moderadoramente de calmar la disputa con propuestas de mejora cada vez menos atractivas; por una parte estaba en contra de la expropiación, por ejemplo, de la Burbach-Kali AG; por otra a favor de la nacionalización de la gran industria bajo control sindical. A ese grupo, que unas veces se desmoronaba y otras era reforzado por la afluencia de otros, se lo despreciaba como socialdemócrata, y era injuriado por los comunistas como «socialfascista».

Aunque seguía sin comprender mucho de lo que se discutía hasta el rojo vivo, me di cuenta, yo, el chico acoplador y zoquete al margen, de que siempre, en el punto álgido de la permanente disputa, el grupo comunista se aliaba con los obstinados nazis para acallar a gritos, por la fuerza de sus voces reunidas, al resto socialdemócrata. Un momento antes enemigos a muerte, rojos y pardos hacían frente común contra los sociatas.

Eso se desarrollaba según un esquema y como bajo un hechizo. En cada corte de corriente se formaban los mismos grupos. A mí me resultaba difícil tomar partido duraderamente. Como alguien que no tenía una posición firme y se veía agitado por todas partes, hubiera podido ser incluido unas veces en este grupo y otras en aquél.

El conductor de mi locomotora eléctrica, hombre con una invalidez menor que, como picador de mineral, había sufrido un accidente al dinamitar la roca, y pertenecía a los sociatas, me explicó a cielo abierto, cuando después del cambio de turno salíamos del lavadero, aquella alianza contradictoria:

—Aquí pasa como poco antes del treinta y tres, cuando los rojos y los pardos se unieron contra nosotros, hasta que luego los pardos liquidaron primero a los rojos e inmediatamente después nos llegó el turno a nosotros. Y así desapareció la solidaridad. Bueno, ésos no aprenden nunca de la Historia. Quieren siempre todo o nada. A los sociatas nos odian porque, si hace falta, nos conformamos también con la mitad…

No voy a decir ahora que aquella lección de experiencia personal al resplandor titilante de una lámpara de acetileno me ayudara a adquirir primeros conocimientos políticos de la posguerra y me encendiera una lucecita esclarecedora, pero el chico acoplador empezó a darse cuenta de que las malas compañías habían destrozado un Estado al que los comunistas y los nazis injuriaban despectivamente como «sistema», y de lo que acabó por liquidarlo.

Aunque no me convertí bajo tierra en sociata cualificado, a cielo abierto me metieron a la fuerza algunas ideas, cuando mi conductor de locomotora, una mañana de domingo, me llevó al montón de ruinas ordenado que era Hanóver, porque allí el presidente de los sociatas, Kurt Schumacher, hablaba al aire libre ante diez mil personas.

No, no hablaba; gritaba, como habían gritado en otro tiempo todos los políticos, no sólo el Gauleiter nazi Forster en el Prado de Mayo de Danzig; y, sin embargo, a mí, el luego socialdemócrata e infatigable adepto del eterno porunaparteporotraparte, se me quedaron algunas palabras atronadoras que aquella figura de aspecto frágil, bajo un sol abrasador y con mangas vacías y aleteantes, había gritado por encima de diez mil cabezas.

Después de años de prisión en la época nazi, se había convertido en asceta. Un santo estilita hablaba. Hacía un llamamiento a la renovación de la nación. Según su severa voluntad, de las ruinas debía surgir una Alemania social y democrática. Cada palabra un martillazo sobre el hierro.

En contra de mi voluntad —porque en realidad me repelía el griterío—, el compañero Schumacher me convenció.

¿De qué? ¿Con qué consecuencias? Tendrían que pasar años para que aquel chico acoplador de otro tiempo, después de algunos intentos desacertados de saltar, obedeciendo la disciplina utópica, comenzara a preconizar el medido paso socialdemócrata, por ejemplo la «política de pasos pequeños» de Willy Brandt. Y pasaron más años hasta que en Del diario de un caracol recetara al progreso un pie reptante duradero. La huella de baba. El camino largo, empedrado con los adoquines de la duda.

Sin embargo, ya bajo tierra mi encapsulamiento político —la cáscara vacía— fue agujereado y rasgado. Tomaba partido tentativamente. De esa forma, la mina de potasio Siegfried I me dio gratis clases particulares, que se plasmaron de distintas formas: vacilante como el juego de luces y sombras de las cumbreras altas como catedrales, unas veces me decidía a favor de algo y otras en contra, estaba unas veces de este lado y otras de aquél, pero seguí siendo sordo cuando los todavíanazis trataban de convencerme.

Por una parte, hablé bajo tierra cuando otra vez se discutió la fundación del Partido Unitario de comunistas y sociatas en la zona de ocupación soviética, con las palabras de mi conductor de locomotora, que advertía contra la unidad forzosa y conducía siempre cuidadosamente despacio cuando su chico de acoplamiento abría las puertas de ventilación, las cerraba y tenía que saltar a la vagoneta; por otra parte, a cielo abierto, el capataz de sector y amigable padre de tres hijas consiguió traducirme frases del Manifiesto comunista a la realidad infracalórica de la posguerra.

Los dos trataban de convencerme haciendo propaganda política, con éxito cambiante. Como buen oyente, habré estimulado su empeño. Sin embargo, cuando hoy en día, es decir, en tiempos de absoluto predominio del capital y en plena posesión de mi impotencia concentrada, convoco al chico de acoplamiento de entonces, atrayéndolo al lado de mi pupitre, y lo interrogo al principio suave y luego severamente y, aunque le gusta escurrirse, lo desconcierto con mis preguntas capciosas, de las oraciones subordinadas del joven de dril puede deducirse que sin duda fue más bien la hija mayor del capataz de sector la que me engatusó entre los turnos de trabajo, en aquella vivienda unifamiliar con jardín delantero y veranda; ella convencía sin hacer propaganda.


No era una belleza, pero no carecía de encanto. Desde la infancia, arrastraba la pierna izquierda. ¿Un accidente? Nunca hablaba de él. ¿O no la escuchaba yo cuando se quejaba de la causa de su apreciable desgracia?

Hablaba como si respirase, rápida, barbullante, como si no le quedara tiempo. Me imagino un rostro alargado y oval, ojos pardos juntos, un cabello oscuro que caía liso. La frente siempre pensativa, y por ello fruncida. Era inteligente y podía construir frases lógicamente pensadas. Unas manos aleteantes hacían la segunda voz a su discurso. Una de sus palabras preferidas era «mejor»: mejor visto, mejor dicho, pensándolo mejor…

Como aprendiz de secretaria en la oficina de la dirección de la mina, escribió a máquina algunos de mis poemas rápidamente rimados. Luego parecían importantes, línea tras línea, se leían bien y, en lo que se refiere al aspecto visual, estaban listos para la imprenta. Además, en silencio, ella había eliminado mis faltas de ortografía al pasarlos a máquina.

Estábamos juntos tanto tiempo como podíamos. Su pierna renqueante no me molestaba. Rostro y manos revoloteantes hablaban de un modo suficientemente atractivo. Sin mucho pecho, delgada, aguardaba de pie a la puerta de la mina, esperando a su padre y, sin duda, esperándome también. Era tan grácil y ligera que yo podía levantar su cuerpo plano hasta una altura apropiada y penetrar en ella estando de pie, en cuanto, después de ir al cine, de vuelta de Sarstedt, intentábamos, en la veranda o en el zaguán, ser durante unos minutos una sola carne.

No me dejaba subir la escalera de su alcoba de doncella. En el barracón de dobles literas, no lo quería yo. Siempre preocupada por mí, dejaba ocurrir lo que formaba parte del cine, como programa final, tanto si también ella lo deseaba como si lo deseaba sólo yo. Y aprendí a obedecer su ruego de tener cuidado al hacerlo.

Sin embargo, más claramente que en los minutos concedidos en la veranda o en el cancel de la casa, nos conocíamos en los senderos que había entre los campos de remolacha. Su discurso explicativo. Todo tenía su nombre. Frente a la montaña de desechos que, reluciendo blanquecina, se alzaba ante el cielo más o menos nublado, gastábamos mucha saliva en películas que habíamos visto recientemente. Una se llamaba Luz de gas y se desarrollaba, escalofriante, en la nebulosa Inglaterra; otra, en la que «la Knef» interpretaba un papel, se llamaba Los asesinos están entre nosotros.

También hablábamos de Dios, que no existía. Nos superábamos en devaluar los artículos de la fe. Dos pupilos del existencialismo que no conocían, o sólo de oídas, ese concepto que entonces se estaba poniendo de moda. Los dos habían leído su Zarathustra y cogido al vuelo, en alguna parte, elevadas monstruosidades verbales como «lo siendo intrínseco» y «el ser arrojado al mundo». En ese campo, «amontonar heno» no existía.

Cuando, después de la primera helada, las remolachas de azúcar estuvieron maduras para su cosecha, nos apresuramos a ir a los campos, después de caer la noche, con bolsas y cestos, y azadas de mango corto. No éramos los únicos que cosechaban de noche. Nuestros enemigos eran los campesinos con perros.

En el lavadero del capataz de sector, cuya mujer había muerto el último año de la guerra y, como viudo y padre de sus tres hijas, a menudo parecía desamparado, hervimos luego en la caldera de la colada, bajo su dirección, las remolachas peladas y troceadas en común, para convertirlas en jarabe. El continuo revolver con grandes cucharones de madera en la caldera burbujeante, y el olor y sabor del empalagoso líquido se me quedaron, como también la risa a tres voces de las chicas al cortar las remolachas. El jarabe se trasegaba a botellas barrigudas, que eran de la mina. De lo que quedaba en la caldera hicimos caramelos de malta, añadiéndole granos de anís.

Mientras hervía el jarabe, se cantaba. El padre había transmitido a las hijas algunas canciones obreras. Ni la reclusión en un campo de concentración ni el servicio en el frente en un batallón de castigo habían podido lograr, como le gustaba decir, que perdiera «su conciencia de clase».

¿Cuáles eran los nombres de las hijas? A una de las chicas —pero ¿a cuál?— la llamaban Elke. A veces se decían cosas mordaces. Sin embargo, mientras hervía el jarabe no se llegó casi nunca a la pelea política.


Después de mi decimonoveno cumpleaños, durante el cual, en el lejano Núremberg, se ejecutó la condena de muerte en la horca de los criminales de guerra y que, con algunos compañeros del nivel de los novecientoscincuenta metros, celebré poco antes de comenzar la cosecha de remolacha, encontré en la alcaldía de Groß Giesen el nombre y la dirección de un pariente lejano que, con mujer e hijas, en calidad de expulsado, había hallado refugio en Lübeck. ¿Le escribí enseguida o después de vacilar un tanto?

Como en todas partes, en las ciudades y pueblos de las zonas de ocupación, en los pasillos de las oficinas colgaban listas de búsqueda, en las que se alineaban los nombres y datos de los desaparecidos y, con bastante frecuencia, fallecidos. La Cruz Roja y otras organizaciones se encargaban de enviar y completar esas listas. Por separado se exponían fotos de pasaporte de niños. Refugiados y expulsados de la Prusia oriental, Silesia, Pomerania, los Sudetes y mi ciudad natal de Danzig, y además soldados de todas las armas y grados, bombardeados y evacuados, millones de personas que se buscaban mutuamente. Bebés sin nombre reclamaban a sus padres. Madres querían encontrar hijos e hijas de los que habían sido separadas en la huida. A menudo, bajo las fotos de los niños de corta edad sólo figuraba el lugar donde habían sido hallados.

Buscar y encontrar. Así, las mujeres esperaban el regreso del novio, del marido. Amigos y amigas se echaban en falta. A todo el mundo le faltaba alguien. Y también yo buscaba, en las listas colgadas que se renovaban todas las semanas, a mis padres y la hermana tres años menor.

Como yo seguía viéndolos, contra toda sensatez, en casa —la madre, como inamovible, tras el mostrador de la tienda; el padre revolviendo la masa para el pastel en la cocina; la hermana, con sus trenzas, jugando en el cuarto de estar—, no podía ni quería imaginarme a mi familia en tierra extraña: expulsados por la fuerza, sin hogar, sin muebles familiares ni oleografías enmarcadas en las paredes, lejos de la estufa de azulejos que calentaba a la vez el cuarto de estar y la alcoba.

¿Seguía estando la radio encima del aparador, y quién escuchaba qué emisoras? ¿Qué había sido del armario de libros acristalado de la madre, que en realidad había sido mío? ¿Quién hojeaba ahora los álbumes artísticos llenos de cromos de cigarrillos, coleccionados y pegados en su sitio?

Sí señor. Inmediatamente o tras sólo una breve vacilación, escribí a los parientes lejanos. Sin embargo, antes de que llegara respuesta de ellos, que en otro tiempo habían vivido en Danzig-Schidlitz, uno de mis compañeros de barracón, originario de la Alta Silesia, se casó. La novia había nacido en el pueblo y había enviudado.

La risueña rubia, estridente, está delante de mí con la cabeza llena de rulos. Luego la veo con un vestido de novia hecho de seda de paracaídas, que podía conseguirse a cambio de sacos de quintal de sal potásica.

Con otro compañero —acoplador como yo— tuve que hacer de testigo de la novia, porque en el pueblo no había nadie que quisiera serlo. El novio, como nacido en Kattowitz, hablaba el alemán de polacos allí habitual, tocaba alegremente la armónica y nos enseñó una canción de varias estrofas, de la que sólo han quedado versos como éste: «Si Antek se encuentra una pulga inquieta, enseguida echa mano a la escopeta».

Los cuatro armamos mucho jaleo en la cocina comedor de la viuda de guerra. De Groß Giesen, los pueblos cercanos y Sarstedt no habían venido vecinos ni parientes. No sólo la hermana; incluso los padres de la novia se habían negado a sentarse a la misma mesa que aquel yerno, muerto de hambre y extranjero para los de la Baja Sajonia. Quien venía de lejos seguía siendo extraño.

Bebimos desmesuradamente, como si hubiera habido que aplacar también la sed de los invitados ausentes. El novio, los padrinos y —con especial empeño— la novia se esforzaban por ponerse en ambiente y divertirse. Con el cogote de cerdo estofado hubo alguna bebida alcohólica en vasos de agua. Ya no sé quién bebió mucho, quién menos. En la mesa había abundante aguardiente de patata y otras cosas que se podían conseguir en el mercado negro, incluso licor de huevo. Trasegamos tanto de aquellos líquidos sospechosos, que posiblemente hubiéramos podido quedarnos todos ciegos, porque los periódicos informaban a diario de envenenamientos colectivos después de fiestas familiares: la causa era el alcohol metílico del aguardiente adulterado. Nosotros, sin embargo, brindamos una y otra vez a la salud de los novios y nuestra, maldiciendo a grito pelado a los invitados ausentes.

En algún momento, caímos los cuatro en el lecho conyugal de la antigua viuda de guerra. No cegados, pero sí ciegos. Lo que ocurrió luego entre tanta carne no quiso ni quiere saberlo ninguna piel de cebolla. En el mejor de los casos, la novia habrá sabido, sentido o sospechado lo que ocurrió o no ocurrió durante el resto de la noche: con quién, con quién apenas o nada, con quién repetidas veces.

A la cabecera de la cama del primer matrimonio colgaba un cuadro al óleo, en el que cisnes en toda su belleza formaban pareja o, solitario, bramaba un ciervo.

Cuando a la mañana siguiente, no, más bien al mediodía nos despertamos, la rubita recién casada había puesto ya en la cocina comedor la mesa del desayuno. Olía a huevos fritos y tocino crujiente. Ella sonreía rubia, con sonrisas pensadas para su marido y los dos chicos acopladores, que miraban sin verse al vacío, hablando apenas y, cuando decían algo, se referían al próximo turno, el último.


Así terminó, desencajada y, en sus detalles, incierta, una noche de bodas que, a cielo abierto, a sotavento de la torre de extracción y mirando desde la alcoba a la escombrera que lo dominaba todo, había resultado, más que ocurrido. Bajo tierra, los mineros prolongaron durante los cortes de corriente su pelea, en la que yo, harto de repeticiones, no quise mezclarme. Mi antiguo nazismo juvenil parecía haber sido completamente eliminado con el sudor. Con aquel pasado que se arrastraba peleón no quería tener nada que ver. Ninguna de aquellas ideas rancias podía atraerme, aunque allí donde, en otro tiempo, la única idea válida lo había unido todo, quedaba abierta una hendidura.

Ahora bien, ¿con qué otra cosa podía llenarse la grieta que, si no visible, se abría interiormente?

Es de suponer que fue a lo largo de esa incesante y difusa búsqueda de sentido en la que el chico acoplador se refugiaba durante las largas pausas forzosas, cuando, apartado de sus pendencieros compañeros e iluminado sólo por su lámpara de carburo, comenzó a empollar los vocablos y leyes de bronce de una lengua muerta, convirtiéndose, a pesar de todo, otra vez en alumno.

Aquella situación absurda se mantuvo con tanta claridad que, todavía hoy, me oigo conjugar verbos. No hay duda: aquel chico acoplador que, novecientos cincuenta metros por debajo de la corteza terrestre, trata con empeño y obstinación de mejorar su miserable latín soy yo. Como en su época escolar, hace muecas mientras recita la máxima aprendida: qui quae quod cuius cuius cuius…

Me burlo de él, lo llamo «personaje cómico», pero no se deja distraer, quiere llenar con algo el vacío, aunque sea con los desechos de una lengua que su compañero del campamento de Bad Aibling dominaba y había calificado de «dominadora del mundo para siempre». Más aún: Joseph afirmaba incluso que soñaba según las inquebrantables reglas de esa lengua.

Gramática y diccionario me los prestó con buena intención una profesora de instituto jubilada que me alojó en la episcopal ciudad de Hildesheim, la cual, poco antes de terminar la guerra, fue miserablemente destruida, y que a cambio de una retribución —los cigarrillos del no fumador— se ofreció a darme clases particulares en su buhardilla.

La conocí casualmente, yanosédónde. Llevaba unas gafas de gruesos cristales y se sentaba, con el gato en el regazo, en un sillón tapizado de rojo burdeos.

—Un poco de latín no puede hacer daño a nadie —fue su consejo.

En cuanto yo tenía un turno libre, iba con el autobús. Después de la clase, sólo me invitaba a una taza de té de menta.


Luego, sin embargo, postales de parientes próximos y lejanos pusieron fin a mi recaída en un comportamiento colegial. Leí lo mismo en todas: los padres y la hermana habían sobrevivido a la guerra y la expulsión, sin daños exteriores. Recientemente habían conseguido pasar de la zona de ocupación soviética a la británica. Desde Mecklenburgo. Pasaron la frontera con sólo dos maletas. Tras una breve estancia intermedia en Lüneburg, en donde los abuelos habían encontrado refugio, se habían alojado, porque hacía tiempo que el norte estaba abarrotado, en Renania, cerca de Colonia, más exactamente en la circunscripción de Bergheim/Erft, en casa de un terrateniente.

Las postales de parientes vivos dispersos decían más cosas: sobre la ciudad natal destrozada —«Nuestro Danzig no existe ya»— y sobre lo mal que lo habían pasado. También sobre «supuestos crímenes» de los que no se había podido saber nada, podía leerse: «No obstante, sobre todas las injusticias que nos han hecho los polacos se guarda silencio…».

Además, los parientes daban noticia de violencias sufridas, de los desaparecidos, de los muertos y del abuelo, que no podía sobreponerse a la pérdida de la carpintería: «La sierra circular, la cepilladora, los muchos herrajes de puertas y ventanas que había en el sótano…».

Se quejaban al unísono de la miseria general, cada vez mayor: «Nos afecta especialmente a los expulsados, que no somos bien acogidos en ninguna parte. Y sin embargo somos tan alemanes como los de aquí…».


La dirección del alojamiento de los padres en Renania me la dio sin duda la alcaldía de Groß Giesen. En cualquier caso me fui, sin darme de baja en el trabajo, e, inmediatamente después del turno de la mañana, cogí el autobús. Debía de ser poco antes de Navidades o más bien al comienzo del nuevo año. Algo me retenía. ¿Era la hija del capataz, apegada a mí?

A lo largo del trayecto había nieve, sobre la que caía más nieve cada vez. Yo llevaba en el equipaje un kilo de mantequilla ahorrada y dos botellas de bromo barrigudas, agenciadas en el laboratorio de la fábrica, llenas de jarabe de remolacha, mi participación en la última cosecha.

No, no recuerdo lágrimas de despedida de la hija mayor del capataz de sector ni que su padre deseara un buen viaje al apresurado desertor, pero, con mi partida, debieron de ir a parar al petate que, en lugar de maleta, había llenado de mis cosas, algunas propiedad de la mina, porque cuando, más de veinte años más tarde, volví a esa región de la Baja Sajonia, para ayudar a crear grupos de iniciativa electoral ante las inminentes elecciones al Parlamento —se trataba de la «Nueva política del Este y Alemania» de Brandt—, hablé al candidato del SPD en Hildesheim, después de un acto electoral, de mi actividad bajo tierra como acoplador y de los cortes de corriente saturados de discusiones.

De esa forma supo desde cuándo la vacilación socialdemócrata comenzó a determinar mi rumbo político. Sin embargo, como mi fina descripción debió de parecerle al compañero demasiado fantástica, o como una adición a mi novela Años de perro, después de mi partida echó una ojeada, en la todavía rentable Burbach-Kali AG, a las plantillas de los primeros años de la posguerra. Allí constaba fehacientemente que alguien que llevaba mi nombre había dejado la mina Siegfried I, «llevándose unos zuecos propiedad de la empresa».

Ya no se explota allí el potasio, y se cultiva más colza que remolacha azucarera. Sin embargo, la blanquecina montaña de desechos sigue alzándose del campo llano y no se deja imaginar como inexistente. Recuerda unos tiempos en que el robo de remolacha y los cortes de corriente eran cotidianos; los cupones por trabajos penosos, de lo más codiciado; una chica inteligente corregía mis faltas de ortografía; se ensayaba la libertad como carnicería de palabras, y, en el nivel de extracción de los pozos de la Siegfried I, un chico acoplador que había seguido siendo tonto recibía lecciones.


Desde Hanóver, tomé el tren, desde Colonia otra vez el autobús hacia la región para mí conocida del Bajo Rin. Me acompañaba un frío persistente. Para todos los que lo vivieron, aquel invierno que comenzó tan pronto, a finales de noviembre, fue inolvidable. Duraba, traía consigo masas de nieve y heladas permanentes. Los ríos se habían helado, las conducciones de agua explotado. En las ciudades escaseaban lugares donde la gente pudiera calentarse. El transporte de carbón y coque se paralizó. Los que tenían frío se morían de hambre, los que tenían hambre se morían de frío.

Especialmente para niños y ancianos solos, el invierno del cuarenta y seis-cuarenta y siete fue mortal, porque a las carencias habituales se unió la de combustible. Se saqueaban los transportes de carbón, se cortaban árboles, se talaban raíces. En los canales se helaban las gabarras cargadas de coque, que debían ser vigiladas noche y día. Como sustitutivo especial del calor se usaba el humor. Quizá por eso en Hanóver y Colonia figuraba en las carteleras de los teatros municipales El sueño de una noche de verano de Shakespeare, cuyos actores retozaban por escenarios de urgencia en escenas sensuales, y cuyos espectadores tal vez habrán entrado en calor aplaudiendo.

A pesar de estar tan congelada y pobre en calorías, la vida proseguía sin embargo. Y yo, que acababa de escapar al calor bajo tierra del nivel de novecientoscincuenta, me helaba a cielo abierto en trenes sin calefacción y autobuses húmedos y fríos.

Todos los que viajaban conmigo se congelaban, pero yo creía sufrir en especial con aquella helada ubicua, por muy preventivamente que el acoplador se hubiera calentado, por muy ricamente en calorías que le hubieran saciado los cupones de comestibles al pesado trabajador, y por cariñosamente que la hija mayor del capataz de sector le hubiera tejido manoplas para el viaje.

Tal vez, sin embargo, ocurría también que, a pesar de toda la alegría anticipada por el reencuentro familiar, tuviera miedo interiormente de que la reunión con padre y madre resultara decepcionante, porque, como los padres y la hermana se me habían vuelto extraños, la frialdad resultaría todavía más palpable, y el hijo y hermano se presentaría ante ellos como un extraño.

Me aferré a mi petate y su contenido, el kilo de mantequilla ahorrada, las barrigudas botellas de jarabe de remolacha.


El regreso del hijo pródigo, no anunciado, debía ser una sorpresa. Sin embargo, cuando bajé del autobús, madre, padre y hermana estaban en la parada de Fließstetten, como si hubieran querido sorprenderme. Con todo, sólo querían ir a Bergheim, para hacerse estampillar allí el permiso de asentamiento. ¿Casualidad?

Más adelante, la madre estaba segura de que nuestro encuentro había sido providencial. Ésa era su firme creencia: todo, felicidad y desgracia, y también mi supervivencia —porque en realidad yo hubiera debido estar muerto—, se sometía a una voluntad más alta, era determinado por la Providencia. Además, al parecer una gitana le pronosticó el pronto regreso del hijo: el «favorito de mamá» vendría cargado de regalos, lo que sólo podía referirse al jarabe y la mantequilla.

El hijo se asustó. Allí estaban, pobremente vestidos con unos abrigos que se habían vuelto demasiado amplios. La madre, encogida. El padre había salvado su sombrero de terciopelo hasta el fin de la guerra. La hermana, sin trenzas, ya no era una niña.

Al parecer, la saludé diciendo: «Pero, Daddau, te has convertido en una señorita». Y ella, que en caso de duda se acuerda siempre de forma distinta que el hermano —dice que «más fiel a la verdad»—, insiste todavía hoy en que la adivina existió.

—De veras, ella lo sabía…

Hace poco, cuando visitamos con algunos nietos nuestro hogar que se había vuelto extraño y recorrimos la playa entre Glettkau y Zoppot, nos perdimos en una conversación fraternal, en la que hablamos de esto y de aquello, y también del nuevo papa. Y mientras los niños buscaban ámbar en el ribete de las olas, ella dijo:

—Sin que mamá tuviera que darle nada de comer —la verdad es que no teníamos nada—, la gitana, antes de que llegaras, leyó su mano y le prometió: dentro de tres días su hijito estaría allí.

Sólo poco más de dos años antes —y sin embargo como en un tiempo remoto ya muerto—, cuando Danzig estaba todavía ileso, con sus torres y gabletes, en septiembre del cuarenta y cuatro, me había acompañado el padre a la estación central. Llevaba mi maleta de cartón sin decir palabra y la redonda insignia del Partido prendida en la tela de su traje. Yo, todavía de dieciséis años, con pantalones hasta la rodilla y la orden de incorporación en el bolsillo del pecho de una chaqueta que se me había quedado pequeña, estaba a su lado en el andén. La madre se había negado a tener que ver partir al hijo en el tren que lo llevaría en dirección a Berlín y —según creía ella— hacia la muerte. Ahora la Providencia nos había reunido otra vez.

Nos abrazamos, repitiéndonos compulsivamente. Ninguna palabra o sólo palabras torpes. Demasiado y más de lo que podía decirse había ocurrido en el transcurso de un tiempo que no tenía principio y no sabía encontrar su punto final. Muchas cosas no se dijeron hasta mucho más tarde, porque eran demasiado horribles, o no se dijeron nunca.

Una violencia sufrida repetidas veces había hecho enmudecer a la madre. Había envejecido, estaba ya achacosa. Quedaba poco de su alegría y sus ganas de bromear.

¿Y podía ser mi padre aquel hombrecito escuálido? ¿Él, que siempre, seguro de sí mismo e imponente, se había esforzado por mantener la compostura?

Sólo la hermana parecía haber soportado indemne todo lo ocurrido. Me pareció casi demasiado adulta. Curiosos los ojos claros, dirigidos al «hermano mayor».


Únicamente entonces comencé a comprender lo que, durante los últimos meses de la guerra, en el hospital militar, en prisión, y luego sin rumbo fijo en libertad, nunca me había resultado bastante claro, porque sólo me había ocupado de mí y de mi doble hambre. Todo había cambiado con la pérdida. Nadie estaba ileso. No sólo las casas se habían transformado en ruinas. Con el reverso de la guerra, la paz, salían crímenes a la luz, que ahora se invertían y, con violencia a posteriori, hacían de los culpables víctimas.

Ante mí había expulsados, personas individuales sin duda, aunque, entre millones, sólo de valor estadístico. Yo abrazaba a supervivientes que, como se decía, habían escapado sólo con el susto. Se seguía existiendo de algún modo, pero…

No sabíamos nada unos de otros. «¡Nuestro chico está otra vez aquí!», gritaba mi padre a todos los que se apeaban del autobús, a los que querían ir en autobús a Bergheim. Sin embargo, yo no era ya el chico al que había acompañado a la estación central de Danzig, mientras algunas iglesias de una ciudad que parecía construida para la eternidad tañían todas las campanas para despedirme.

Las autoridades competentes habían enviado a los padres y a la hermana a casa de un campesino. Esa coacción era habitual, porque, voluntariamente, rara vez se acogía a refugiados y expulsados. Sobre todo allí donde no había daños visibles, casa, establo y granero se asentaban como despreocupados en el derecho hereditario, y además no se había tocado ni un pelo a los duros cráneos campesinos, se rehusaba comprender que habían perdido la guerra, celebrada como victoriosa, juntamente con los damnificados.

Sólo obligado por las autoridades, el propietario de la granja había dejado a mis padres la habitación partida en dos, con suelo de hormigón: una antigua dependencia para cebar cerdos.

Las protestas no sirvieron de nada. «¡Volved por donde habéis venido!», fue la respuesta de aquel campesino seguro de sus hectáreas, que era tan católico como aquel otro del que, en la primavera del año anterior, había huido yo. Por todas partes se habían comportado siempre entre desconfiada y hostilmente hacia los extraños y —como se decía— los que ni se sabía de dónde eran; y así seguiría siendo.

En general reinaba el frío, pero el determinado por el tiempo atmosférico subía del suelo de hormigón sin sótano. La pequeña reserva de patatas de invierno se había helado. Descongeladas, las patatas cedían blandamente a la presión del dedo. Tanto si se cocían con piel como si se pelaban, seguían siendo acuosas, vidriosas y sabían de una forma repugnante y dulce. De al lado nos llegaba el olor de la pocilga e interiormente relucía helada la pared exterior del comedero de cerdos.

Dormíamos en la misma habitación. La hermana con la madre, el hijo con el padre en la misma cama. Estábamos más apretados que durante mi infancia, cuando en el piso de dos habitaciones de Langfuhr dormíamos cuatro en una habitación, pero siempre estaba la estufa de cerámica. Aquí sólo había en la antecámara una estufa de hierro colado, en torno a la cual nos acurrucábamos por las noches, juntos. Hablábamos con reserva y nos refugiábamos con frecuencia en un silencio elocuente.

El fogón se alimentaba con briquetas rotas, que el padre traía de su lugar de trabajo en la mochila. En la cercana explotación a cielo abierto de lignito había encontrado un puesto de auxiliar fijo en la portería. Su letra bonita y legible había sido un mérito. Ahora llevaba los libros y, en los cambios de turno, controlaba las entradas y salidas.

Las briquetas rotas eran su pago en especie. Cuando los padres encontraron por fin una vivienda en el pueblo, cercano al trabajo, de Oberaußem, recibían incluso cantidades mayores de «oro negro», entero y en forma alargada o como briquetas ovoides.

La empresa en la que el padre había encontrado trabajo era una instalación industrial que, con sus chimeneas en hilera, producía un montón de vapor y se llamaba Fortuna Nord, lo mismo que, luego, uno de los capítulos de El tambor de hojalata, en cuyo transcurso, en el cementerio del pueblo minero de Oberaußem, se cambia a un cadáver de cama y Oskar Matzerath, mientras el cadáver va saliendo a la luz trozo a trozo, pronuncia un monólogo en el que se hace la modificada pregunta hamletiana: «¿Casarme o no casarme?».


Podía haber pasado una semana desde mi, si no regreso al hogar, al menos sorpresiva llegada, cuando mi padre vino del trabajo, cargado de briquetas rotas y —como dijo— con «un buen mensaje».

—Muchacho —dijo—, me han ofrecido para ti un puesto de primera como aprendiz. En la administración. Incluso muy arriba, en la oficina de la dirección. Se está calentito allí…

Dijo más cosas aún, y no sin orgullo, y además por cariñosa bondad, pero también sin conocer los extravagantes deseos de su hijo. Sus ojos azul claro no parpadeaban.

Tal vez, para animarme, pude oír la sentencia citada luego con frecuencia en las páginas de economía de periódicos de gran tirada: «¡El futuro está en el lignito!». Y, desde luego, la observación imposible de refutar:

—Alégrate de que, sin tener unos estudios terminados como es debido, te den un puesto de aprendiz…

Qué decepcionado debió de estar mi bienintencionado padre cuando el hijo sólo le dio las gracias con una carcajada. Sí, me temo que me reí de él, tan lejanas eran mis aspiraciones, tan cómica me pareció su oferta.

—¿Yo de chupatintas? ¡Ridículo! Al cabo de tres semanas me habría largado, quizá llevándome todos los sellos de correos de la empresa. ¿Quieres convertirme en delincuente?

Y entonces el hijo ingrato manifestó adónde y a qué apuntaba su propia voluntad.

Sin embargo, ¿qué era exactamente lo que yo quería? ¿Es posible que sólo el aprendizaje oficinista con que me amenazó, amoroso, el padre diera a mis deseos una dirección precisa?

Con un montón de medios versos rimados y sin rimar —algunos de los poemas los había copiado a máquina con pulcritud la hija del capataz—, la amplia docena de dibujos, debidamente parecidos, que tenían por motivo a compañeros de prisión y la vida posterior en los barracones, y, más aún, con mis ideas plásticas de figuras de toda clase, unas veces diminutas como miniaturas, otras monumentalmente aumentadas, desnudas o vestidas, de pie con largas piernas, caídas, o inclinadas con aflicción, y también de otras figuras de aspecto semihumano, semianimal, con una acumulación figurativa en la cabeza —y porque desde siempre había sido interiormente rico en figuras—, quería ser escultor, alguien que, con simple arcilla, crea personajes que, por su presencia muy tangible, dominan el espacio.

Algo así, sin reírme ya, habré dicho a mi padre, que enseguida empezó a hablar de «arte famélico» y de «ideas fijas», en alta voz y excitado, como rara vez lo había visto.

En realidad hubiera debido estar de acuerdo con él cuando me advirtió de mi futuro inmediato tan previsoramente:

—Una profesión de muertos de hambre en unos tiempos malos, en los que nadie sabe qué pasará mañana. ¡Quítatelo de la cabeza!

La madre, que, al ver nuestra morada entre paredes sin enlucir, repetidas veces lamentó no haber cogido la oleografía de Böcklin de La isla de los muertos de la pared de nuestro piso de Langfuhr, haberle quitado el marco, haberla enrollado y haberla metido en el equipaje de refugiado, ella, la prosaica mujer de negocios, para la que sin embargo todo arte era divino, ella, que veía seguir viviendo a sus hermanos, que la diñaron prematuramente, en su hijo salvado gracias a la Providencia, compartía por un lado la preocupación de su marido, pero podía a pesar de todo encontrar aquella pequeña esperanza que la hacía sonreír y alimentaba muy en secreto, en cuanto se trataba de mí y de mis planes fanfarrones y promesas de nubes rosadas, de que su hijito crease algún día algo hermoso y también tristemente hermoso y en cualquier caso agradable en su triste hermosura.

Pronto desapareció su sonrisa ante la pusilanimidad ordenada por los espantos a que había sobrevivido. Mientras se sentaba junto al hogar de briquetas y tejía medias con lana de oveja sin teñir, que le reportaban harina de centeno y avena descascarillada, dudó vacilante de lo que hacía poco había sido motivo para sonreírse como si fuera «música celestial»:

—Pero, chico, ¿crees realmente que de eso, del arte, se podrá vivir luego?

En un periódico —¿o era ya algo parecido a una revista?— encontré un artículo ilustrado, según el cual en la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, no demasiado lejana, había comenzado de nuevo la enseñanza en algunos talleres. La noticia era del verano anterior. En una foto se veía a un profesor de escultura con flequillo, llamado Ewald Mataré, rodeado de alumnos.

En otra foto, una escultura del maestro representaba, de forma muy sencilla, una vaca echada, que podía gustar a mi madre.

—Pero ¿cómo quieres que, sin bachillerato, te acepten como estudiante en una verdadera academia? ¡Se reirán de ti! Nunca te darán una plaza.

Eso no me preocupaba. Nada me preocupaba. Decenios más tarde, cuando los hijos, la hija, tomaron su camino y sus muchos rodeos —Laura, por ejemplo, aunque dotada, no siguió el consejo de su padre, no quería ser artista sino sólo ser y seguir siendo ceramista—, recordé lo desconsideradamente que me liberé de la estrechez de nuestro alojamiento familiar de urgencia, que ahora, además, hubiera tenido que albergar la permanente disputa entre padre e hijo, sin considerar ese paso como una audacia.

Así terminó una breve actuación de actor invitado, con la que todos sufrieron, especialmente la «preferida de papá», mi hermana Waltraut, a la que, en retrospectiva, veo como agraciada, entre alegre y boba, y en apariencia libre de preocupaciones interiores. Sus hoyuelos en cuanto sonreía. Ahora sin trenzas, el pelo le caía ondulado hasta los hombros. ¿Qué sería, podría ser de ella? Parecía ser sólo inocentemente joven. En realidad, no se podía advertir en ella lo que había vivido posiblemente en Danzig «cuando llegaron los rusos», lo que posiblemente había sufrido. De eso no se hablaba.

Después de una quincena más o menos de vida familiar, me fui al amanecer pisando fuerte, con poco equipaje, el petate, por nieve profunda, sobre la que caía sin cesar más nieve, unas veces en remolino y otras flotando. Mi meta era la estación de ferrocarril de Stommeln, distante unos cuatro kilómetros. Sólo con ayuda de los postes de telégrafos pude encontrar la dirección. Avancé con esfuerzo al ponerme en camino para —ansioso de arte— aplacar mi tercera hambre.