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CUANDO la negra Caridad, Cacha para sus amigas, les hizo el cuento a las otras magdalenas, la más bruta de todas las putas no entendió ni pío del famoso milagro. Como tuvo el desatino de divulgar su ignorancia, la más puta de todas las putas, llamada Venancia, la ilustró con un ejemplo típico de su ramo: “Hija mía, hazte la idea de que por la noche se te aparezca la Virgen, y que al amanecer tú te despiertes con el capullo que escondes entre las piernas tan sano como cuando naciste”.

La más bruta de todas las putas tardó muchísimo en entender el ejemplo, pues el aguardiente de la isla le había embotado el alma para la comprensión de lo ordinario y de lo extraordinario. Pero por suerte, su ignorancia era expresión del espíritu de la minoría. El resto de las magdalenas sí entendió cabalmente el delicioso chisme de la negra Cacha. Hasta las menos entusiastas se animaron con la novedad. (Espíritu gregario, profundas y desconocidas pulsiones, o simples ganas de fastidiar. Sus motivos, sin dudas, podían ser muchos.)

En poco tiempo, el alboroto con el milagro de la aparición de la Virgen fue tan grande en la villa que a la gente se le olvidó el enigma de los difuntos cojuelos. Ya nadie parecía tener interés en la truculenta serie de amputaciones mensuales. “¡Córtale la cabeza para la próxima, chico!”, gritó una voz en falsete entre la multitud que se había aglomerado en la explanada de la Punta, con el propósito de ver a la difunta india sin pierna que decían que habían dejado en lo alto de la lomita de tierra. La carcajada general que se oyó aquel día era un claro indicio de que el público se estaba aburriendo con la dilación del desenlace.

Fuese o no por tal motivo, lo cierto es que el milagro de la Virgen pasó al primer lugar en el escalafón de noticias de la comarca. Ya todo el mundo lo estaba comentando en La Habana: la más caritativa de las vírgenes, nuestra señora de los pobres diablos, se les había aparecido a unos pescadores en medio de un ciclón, anunciando que venía el repartidor de los dones, el salvador de los pecadores y de los impíos, dispuesto a curar a los enfermos y a redimir a las más desamparadas y perdidas de las almas. “¿Hasta a nosotras, Cacha?” — le preguntaron a la negra Caridad sus amigas. “Sí, mi hermana, hasta a nosotras”.

Como en el puerto las noticias corrían de boca en boca en cuestión de minutos, en menos de un mes se había formado un salpafuera generalizado. La gente se la pasaba con un pie en la calle y con la mirada posada en el horizonte, para ver antes que los demás la figura distante e inexorable del Redentor. “¿Vendrá en un barco de vela, o caminando sobre las aguas?”, se preguntaban algunos.

Se trataba de la verdadera y única bola de nieve de los trópicos: un ovillo verbal. Caridad les había hecho el cuento de la aparición en la última romería a Venancia, a Candita, a Fefa y a Chela, después de que cada una concluyera su ardua faena. Era un chisme más, uno de los tantos que se contaban para paliar el cansancio y la picazón en el cuero, muy aguda por restregarse contra una docena de machos en un solo día.

Las cuatro les repitieron después la historia, con algunas modificaciones, a cada uno de los galleros, hateros, marineros y soldados con los que se acostaron en las semanas siguientes.

Venancia tenía buena memoria, por eso era muy fiel al relato de la negra Cacha. La suya fue una transcripción literal que tuvo el mayor número de oyentes, pues era la más eficiente, y puta, de todas las putas habaneras.

Candita adulteraba a su gusto el relato. Contaba que la Virgen era negra (como ella y como la Cacha), pero de ojos azules. Al negro Agustín, uno de los que más le pagaba, porque era el que más dinero acopiaba en sus cambalaches en la estiba, le dijo que corría la buena nueva de que vendría un señor joven y sabio a curar a los enfermos y a hacer caminar a los paralíticos y a los tullidos. “Chica, ¿tú no sabes que ese es Babalú Ayé?”, le dijo Agustín.

Pero pese a su sapiencia, o precisamente por ella, Agustín también se hizo eco del cuento. Una tarde dominical, en la parranda de los negros al fondo de la iglesia, les pregonó a sus hermanos que vendrían tiempos mejores, declarando que podían apostar lo que tuvieran a que el prieto Manuel, aquel que por poco no se mató al caerse del mástil de un barco en el astillero, volvería a caminar pronto, caballeros. Que él, Agustín, se lo juraba por su madrecita; que se muriera ahora mismo, vaya, si no era verdad lo que él les decía; que se lo tragara la tierra ahora mismo, vaya, si les estaba mintiendo a sus hermanos; porque él sí lo sabía de buena tinta, caballeros, él sí que sí, vaya; así que nadie se le riera, mis consortes; todo el respeto para el negro Agustín, mis cúmbilas; que yo, Agustín, lo rubricaba con sangre: los dioses de África se habían levantado y habían emprendido la marcha por el camino de la mar, y venían a recoger a toda la gente de su pueblo, caballeros, pues ahora sí, ahora sí, nuestra libertad y nuestro día venían llegando.

“¡Ya viene llegando!”, se pusieron a vitorear los más borrachos de la parranda después de oírle el cuento a Agustín.

El líder de los músicos, que era un vivo, se la llevó en el aire, y compuso unos versos al instante y cogió la última frase de Agustín de estribillo. Sacó, ni corto ni perezoso, unos acordes en la vihuela, unos compases en la tumbadora y unos toques básicos con las claves (pla-pla-plá... pla-plá, pla-pla-plá... pla-plá, pla-pla-plá... pla-plá) y empezó a preguntarles a sus músicos “¿que cómo dice el coro?”, “a ver, ¿cómo dice mi coro?”... Y los músicos se animaron con la pieza improvisada, y los bailadores se animaron porque los músicos se habían animado, y todos se sumaron al coro cuando oyeron a la gente del coro respondiendo al vivo del Guille Chirino, que era así como se llamaba el músico: “¡ya viene llegando!”

Y fue entonces que el Guille Chirino, que era un formidable músico cubano, atacó como solista: “¡que todo el mundo lo está esperando! / ¡ya viene llegando! / ¡ahhh, mi Cuba hermosa y primorosa! / ¡ya viene llegando!/ ¡oye... que todo el mundo lo está esperando! / ¡ya viene llegando!”

Y la verdad es que la parranda se puso requetebuena, un fiestón con todas las de la ley, un fetecunsón antillano, si bien hay que reconocer que solo de puro milagro, un milagro más grande que el que contaba Agustín, la animadísima fiesta no terminó en sangre, igualito que la futura fiesta del Guatao, porque aunque la parranda del venidero milagro de Agustín tenía de todo para ser una de las más memorables de la historia de Cuba (historia que estaba aún por escribirse en esos días), una fiesta impar por la alegría, por la solidaridad, por la camaradería, por el calor humano (léase con la voz de Pastor Felipe), el mismo negro Agustín la echó a perder con sus celos fáciles al ver que el Guille Chirino le había robado, literalmente, la escena.

Pues hete aquí que estos celos lo movieron a blandir su implacable puñal para asestarle un tajo en la garganta al repentino adversario, a ver si te dejas de cantar en las fiestas de los otros, comemierda. Pero menos mal, caballeros, menos mal que todos estaban tan borrachos en aquella fiesta, Agustín el que más, que al realizar el negro valiente y vidente su ataque con el puñal en la mano, tropezó con sus propios pies, se tambaleó, se fue de lado y cayó en la cisterna colectiva del patio. Agustín se dio un chapuzón y la sangre no llegó al río. Todo el mundo acabó desmollejado de la risa, el antes furioso Agustín, el primero.

Fefa y Chela, las putas pregoneras y misericordiosas nacidas de la misma madre india, contaban dos versiones contradictorias de la historia de Cacha. Fefa decía que la Virgen se les había aparecido a los pescadores en una noche de tempestad. La luz enceguecedora que se vio en el cielo era parte del celestial milagro. Chela afirmaba lo contrario: que la tempestad se había producido de día, y que no era la Virgen lo que habían encontrado los pescadores, sino una estatua suya de pequeño tamaño, seca e intacta a pesar de los rayos y de la intensa lluvia.

Todos los infelices que se acostaban con ellas, sin embargo, coincidían en un punto: que esa Fefa y esa Chela eran unas santas, porque la verdad que para echarse en una cama con tullidos, zarrapastrosos, enfermos de mal gálico y adefesios como ellos, había que tener una gandinga de mártir. Y más: no solo se sometían ellas con ejemplar estoicismo a tales pruebas, como ofrecer la panocha a la lujuria de hombres con los pómulos hinchados, como era antaño el puerco de Antonelli el ingeniero, o abrir las piernas a la embestida de los cada vez más numerosos príapos africanos, sino que, por si fuera poco, les daban de comer a tales desventurados las migas del pan de sus propias esperanzas.

De repente, los paralíticos de La Habana recuperaron la perdida fe en que un día volverían a caminar. Los ciegos sonreían con sus ciegas sonrisas sin dirección, confiando secretamente en que pronto el Salvador les devolvería la vista y que ahora sí lograrían agarrar a los pícaros hijos de puta que les hurtaban las monedas de sus calderillas de mendicantes. Los que tenían el mal gálico soñaban con el placer de la cama sin dolor. La gente que no podía cagar, con que cagar fuera tan fácil como los otros decían que era. Quienes vivían cagándose, en cambio, querían que el Salvador les taponara la indisciplina del culo. Las mujeres que estaban solas y sin marido suplicaban que el Redentor les trajera novio. Las que detestaban al suyo, que se lo llevara con él. Los maricas se sumaban a los ruegos de las primeras, clamando por “¡un hombre, ay, un hombre!” Los ricos pedían que se les multiplicara la riqueza. Y los pobres, puesto que ya sabían que el Redentor no los podía complacer enriqueciéndolos a todos, anhelaban que por lo menos les hiciera el favor de desguazar y rejoderles la vida a los riquísimos avaros que gobernaban la isla, y también a todos los ricos del Cabildo y del vecindario, para que no les restregaran en la cara, día tras día, la desventura que era y es ser un pobre diablo cubano.

El estado de agitación terminó por contagiar íntegramente a la villa cuando los frailes dieron el espaldarazo al rumor. Era cierto, dijeron, el Salvador venía. Ahora todos, del más bajo al más alto estamento, de los más desamparados a los más poderosos, esperaban que se produjera el milagro. Hasta las pobres putas que habían difundido la patraña terminaron por creerse su propio cuento.

Nadie supo quién fue el primero que corrió la voz de que la cosa iba a ser la próxima Nochebuena. Lo cierto es que la noticia se regó como pólvora. “En Navidad se rompe el corojo, cojo”, le gritaron al prieto Manuel unos viejos amigos del astillero. “Ahora sí, mi hermanito, ahora sí”, decían con gesto de enterados los ecobios y yuntas y yénicas de cada barrio. “Esto se va a acabar, Zenaidita”, le gritaban a Zenaida sus amiguitas histéricas, aprendices de putas. “Duerme la mañana del veinticuatro, papo, pa que no te dé sueño, que la cosa es por la noche”, le aconsejaba una vieja a un borracho de la vecindad. “Sí, consortes, sí”, les decía Ruperto el puto pronunciando todas las eses a los bujarras del puerto: “la cosa va a ser de noche”.

De modo que el veinticuatro de aquel diciembre de 1595, al atardecer, todo el mundo se fue en romería hasta la plazoleta de la Punta, en la desembocadura de la bahía de la Habana, para ver el milagro con sus propios ojos. Y como todavía era temprano y el milagro se demoraría en llegar, lo mejor era ir esperando en fiesta.

Los organizadores de eventos que ya comenzaban a surgir en el país tuvieron la precaución de acaparar, preparar y distribuir con suficiente antelación todo lo necesario para la fiesta. Considerando la pobreza de la villa, podía hasta decirse que tiraron la casa por la ventana. Había tal cantidad de comida y de bebida que una flota de paso se hubiera podido abastecer y seguir viaje sin detenerse hasta Sevilla.

Abundaban los racimos de plátanos maduros; la piña, la guayaba, el caimito y el tamarindo, dispuestos en bandejas sobre tarimas; trozos de caña de azúcar; puercos asados a la parrilla y al pincho; vacas abiertas en canal y asadas al calor de las brasas, con pelotitas de arroz y frijoles envueltas en hojas de plátano cociéndose entre las costillas; gallinas rociadas con limón asadas junto a las vacas; arroz amarillo con langosta y camarones fresquitos y tomates mexicanos; cocos verdes y masa de cocos secos; pargo asado y pargo frito en manteca de puerco; tostones, chicharritas y fufú de plátano; turrón de maní, arroz con leche, cascos de guayaba en almíbar, dulce de coco con miel y canela, y hasta un caldo de mamey molido y batido con leche puesta a refrescar en cántaros en el agua que venía por la Zanja Real, aquella que había construido el ingeniero Antonelli.

Las bebidas eran menos variadas, pero buenas para alegrarle el corazón a cualquiera de los pobres diablos del pueblo: el aguardiente destilado del jugo de la caña de azúcar; el vino de plátano, que era y será agrio, pero es nuestro vino; vino de arroz; vino de uva caleta; un ponche que era la mezcla de todas las bebidas anteriores con el jugo de varias frutas cítricas.

Los encargados de realizar la fiesta habían dispuesto una tarima más alta que las restantes, de espalda al mar, para que las autoridades se encaramaran allá arriba y se dirigieran a la multitud, aunque todo el mundo sabía que el nuevo gobernador Maldonado no iba a hablar, porque este había jurado que hasta que Juan de Tejeda no se muriera y él pudiera asumir efectivamente el mando en La Villa de La Habana y en todo el país, no iba a hacer el papelazo de pasar por títere del otro. Así que la noche sería estupenda, pensaba la gente, porque desde el principio empezarían por el final: o sea, por la comida y la cumbancha.

Varias fogatas estaban dispuestas en un semicírculo ancho alrededor de la plazoleta. El semicírculo nacía en un extremo de la tarima de las autoridades y acababa en el otro. Decenas de antorchas atadas a las columnatas de madera de la tarima principal y de las tarimas de la comida y la bebida iluminaban la noche.

Los niños y los perros correteaban por entre las fogatas. Los padres de los niños cortaban pedazos de cañabrava de los alrededores y se los daban a sus hijos. Estos los lanzaban a las hogueras, para que el calor los hiciera estallar. El sonido de petardo de las cañas que explotaban levantando chispas al aire provocaba la risa y la gritería de los niños y los ladridos de los perros, acentuando la algarabía.

Como el Guille Chirino y el negro Agustín ya habían hecho las paces —“¡qué es eso de estar peleados entre hermanos, compay!”— ambos habían mejorado en conjunto la letra de la canción dedicada al que venía llegando. Agustín, un cambalachero nato, hasta se había ofrecido para acompañar a los miembros del coro de la orquesta del Guille, cosa que el Guille, que era un vivo nato, aceptó sumamente agradecido. Y no sólo eso, sino que el Guille había invitado a bailar con su orquesta a las muchachitas de Caridad, porque Cacha era socia de toda la vida del Guille, socia de atrás, del barrio, tú me entiendes...

Los organizadores del evento les consultaron a las autoridades si los músicos del Guille Chirino podían subirse a la tarima para tocar y animar a la concurrencia, y el nuevo gobernador, que no era nada bobo y se quería granjear la admiración y el fervor popular, dio su anuencia.

La gente vio desde la plaza cómo los músicos se encaramaron en la tarima y acomodaron con cuidado sus instrumentos, susurrándose algunas palabras entre sí, y vimos que de repente el Guille exclamó “un, dos, tres” y chasqueó los dedos, prorrumpiendo en un dulce canto, y junto a su voz empezaron a sonar unas maracas y un guayo, tres vihuelas, las claves, dos flautas, unas cornetas, unas finas placas de bronce utilizadas como instrumentos de percusión, un gran instrumento de cuerda de sonido grave de cuyo nombre no puedo acordarme, y toda la retahíla de tambores de los negros del Guille: tumbadoras, bongós y todo tipo de tambor que pudiera sacarse del pellejo de un chivo.

Y la primera canción era más bien lenta, y hablaba de las malvadas zagalas que le negaban al cantor lo que él quería, y él se quejaba de tener que vagar en busca de lo que ellas le negaban. Era una de esas canciones que el músico interpretaba para avisarnos, caballeros, llegué, estoy aquí. Y la segunda canción ya era más animada y puso a bailar a las mulatas que nadie sabía todavía si incluir en el grupo de los blancos, porque eran hijas de los españoles asentados en la isla, o en el de los negros, porque las madres eran más negras que el alquitrán. La canción preguntaba que en dónde andaba una tal Má Teodora, y el coro de la orquesta del Guille, en el que al Guille se le había ocurrido meter a algunas de las magdalenas de Cacha, como Venancia, la más puta de todas las putas, pero de voz celestial, pues este coro con la Venancia le respondía al Guille preguntón: “rajando la leña está, rajando la leña está”.

Y parece que al músico le había dado esa noche por que se le perdiera todo y por ponerse a buscarlo, porque en la tercera canción le preguntaba al público que dónde estaba su cutara, que no estaba arriba ni estaba abajo, ni en la pata del guanajo, ni en el río ni en el monte, ni en el pico del sinsonte, y al final nos acusaba a nosotros de ladrones: “currututú, que la tienes tú”. Y las mulatas ladronas de corazones en el público no se preocupaban con la mala fama que se pudieran granjear, porque cuando el músico decía currututú, ellas alzaban la mano y se contoneaban y decían que sí, que la cutara la tenían ellas, y soltaban esa carcajada escandalosa que sólo tienen las negras y las mulatas de mi país.

Las que tenían marido, se meneaban delante de sus maridos, haciendo revolotear las faldas, y se sacaban a la negra que llevaban en la sangre y la ponían a mover la cintura, porque en la quinta o la sexta canción, no sé, hasta yo ya había perdido la cuenta a esas alturas, el Guille Chirino encaramado en su tarima les decía a las mulatas: “¡mueve la cintura, mueve la cintura, mueve la cintura, mami, mueve la cintura!”. Y de verdad que el musicalísimo Guille tenía razón, ¡qué sabrosura la de aquellas mulatas moviendo la cintura, que ricura tan dulce como la raspadura!

Y los hombres sin mujer les miraban las mujeres a los maridos con hembras, porque estas eran las únicas que hasta el momento se movían.

Hasta que a una de las mujeres sin marido que había ido a la plazoleta para buscárselo, pues a eso le dijeron que venía el Redentor, a pie o en barco, a darles maridos a las que carecían de él, se le ocurrió con preocupación que quizás la oferta masculina no fuera suficiente para el público del sexo opuesto presente en el local esa noche, por lo que decidió dejarse de remilgos y adelantarse resueltamente a las circunstancias. Así que caminó sola solita y se puso frente a la tarima de los músicos, donde unas pocas parejas bailaban, rodeadas por el resto de los curiosos que estaban desesperados por bailar, pero que no se decidían aún porque no habían bebido lo suficiente.

Y la mujer sintió de pronto que había entrado en sintonía con el Guille Chirino, quien definitivamente estaba hecho un buscador esta noche, de triviales cutaras, de lo que le negaban las zagalas, de la Má Teodora o de inusuales toques, porque el líder mandó a la orquesta a tocar la canción que le hacía falta a ella para levantarse a su macho.

Y la verdad, caballeros, que el compositor apretó en esa canción, en la cual decía que lo que estaba buscando era un toque que no estuviera usao, y más allá de las gratuidades de la rima fácil, se le ocurrió pensar en un toque que remedara el paso de un buey cansao, y la cadencia de un buey cansado, constató la bailadora, era la cosa más pegajosa y más fácil de seguir del mundo. Anillo al dedo de la mujer la canción, y el toque.

Sin pensarlo dos veces, la mujer se paró en medio de la pista de tierra barrida e iluminada por la luz naranja de las fogatas y de las antorchas. Se zafó entonces el pañuelo rojo que llevaba en la cabeza y lo agarró con la mano derecha, y luego se soltó el pelo en un gesto teatral con la mano izquierda, dejándolo caer hacia adelante para que también bailara al compás de su paso, anunciándoles con maestría a los hombres sin mujer que venía dispuesta a soltarse todo, caballeros, a soltarse el pelo, la blusa, la saya y hasta la vergüenza, qué diablos.

Y dejándose llevar por el ritmo contagioso de esa canción en la que el Guille contaba que el buey la tenía muy dura, (¿qué tenía dura?, la cintura, que por eso había que moverla con sabrosura) tres hombres sin mujer se arrimaron a la mujer sin hombre para seguirle aquel paso de ola marina, de vamos a ver la vuelta que das, y se le pegaron por delante y por detrás y por el costado, meneando la cintura como el músico les decía que había que menearla. Y ella levantó los brazos y giró en redondo y les restregó suavecito las nalgas a los tres, los calibró a los tres, y decidió que como los tres le servían, porque los tres la tenían muy dura, pues no se iba a echar a perder su fiesta con las angustias de una elección, así que se quedaba con los tres esa noche. Y entonces la mujer se pudo reír a sus anchas, mostrándoles a los tres hombres de mujer compartida su dentadura perfecta, al tiempo que exclamaba “¡Ay, Dios mío, pero qué es esto!”. Y bailando y bailando y bailando le dio secretamente las gracias al que ya venía llegando por su prodigalidad, por no ser tacaño con ella, y desde ese momento de la noche su risa fue más alegre y más desfachatada que la de la más puta de todas las putas, es decir, Venancia.

Y en el público ni los hombres sin mujeres, ni las mujeres sin maridos, se perdieron el pase, el episodio, el play, como decían los corsarios ingleses presos en el castillo de La Fuerza, de aquella mujer que se había levantado a tres de un viaje, triple agraciada de meneo impar. Y como la gente comprobó que al cuarteto irreverente no le había pasado nadita de nada, ningún alguacil se les había arrimado para llamarlos al orden, ni ningún cura había salido con una monserga, cada cual se confesó para sus adentros que esto estaba muy bueno, caballeros, la cosa iba a estar calentica calentica esta noche, y se prometieron que esta noche sí iba a ser la mejor de sus noches, mejor que la última noche del último Carnaval, porque a fin de cuentas por ahí venía el que venía, para eximir de culpas a todo el mundo.

Y la negra Caridad, que estaba a un lado de la tarima, cerca de los músicos que tocaban los tambores, vio que el ambiente se había puesto bueno, pues el público ya se había aglomerado delante del escenario y bailaba en parejas, en grupos, solos, lo mismo en hileras que en ruedas, contoneándose, meneándose, las mujeres sacudiendo los hombros y las caderas, los hombres pegándoles el bulto a sus mujeres y a las mujeres de los otros por delante y por detrás, porque el Guille decía que había que darle candela a cierta gallina vieja (menos mal que ya el Guille no estaba buscando más nada, ni guayabas que tuvieran sabor, guayabitas sabaneras; ni cutaras; ni bailes inusitados para bueyes de cintura dura; ni buscando América). Y todos y todo se había relajado, hasta el nuevo gobernador Maldonado, quien bailaba marcando muy bien el compás con una negra de collares brillantes, a la que hacía girar tomándola por las manos, alzándole los brazos, guiándola de forma magistral, con aquellas vueltas tan bonitas de las contradanzas cortesanas.

Y Caridad veía desde la tarima la risa en la cara de la gente, la alegría de matar las hambres viejas, la alegría cristalina de los niños que ahora podían hacer todas las maldades que les diera la gana, como tirar cáscaras de caimito contra la multitud, arrojar cascaras de plátano al suelo para que los bailadores resbalaran, lanzar al aire vejigas de vacas repletas de vino agrio.

Pero ya no habría travesura que pudiera detener aquel gozo generalizado (la verdad es que allí todos decían gozadera), pues a las mujeres a las que les caía una vejiga de vino en la cabeza y en el pecho y se les mojaba el pelo y la blusa no les importaba aquello, mejor que mejor, pensaban, así tenían un pretexto para quitarse un rato la blusa anegada de sudor y de vino, para secarse la piel y dejar que se les refrescaran las tetas bamboleantes a las que el tipo que estaba bailando conmigo quiso acercar su boquita en forma de piquito, y yo no lo rehuí, qué va, la vida es una, cómo no, papi, ven acá, mi papi rico, coge aquí tu tetica con tu boquita y pellízcala con tu bembita... Y los bailadores que se caían al suelo al resbalar con una cáscara de plátano pensaban también que mejor que mejor, así ni me tengo que levantar, y muertos de la risa veían venir a la mulata que muerta de la risa se alzaba la falda y bajaba bailando suavecito moviéndose al compás de la música como si fuera un remolino...

Y Caridad, que no se perdía ningún detalle junto al escenario en el que el Guille Chirino era la estrella, vio que el calor de la danza alentaba la sed, y que la sed hacía bajar los barriles de aguardiente y de vino, y que los barriles bebidos aumentaban más el calor, y que el calor a su vez arreciaba la sed, y se dijo: “esta es la mía”.

Y entonces, tal y como lo habían acordado previamente, le hizo un guiño al líder de los músicos. El maestro aprovechó el fin de una canción para hacer una pausa y saludar a los presentes, muy buenas noches, señoras y señores, muy buenas noches, vuestras mercedes, es con mucho orgullo que quiero presentar en esta fiesta, para alegría de todos, una pieza, una pieza especial, una pieza coreográfica de las chicas de la Caridad.

Los bailadores al principio se sintieron contrariados con la interrupción del maestro Guille, qué era eso de parar el fiestón, pero los más cansados o borrachos reconocieron que les venía bien tomar un aire, descansar unos minutos, así que poco a poco hasta los más sordos, aquellos que seguían bailando sin que hubiera música, se pararon y prestaron atención al escenario. Y tan pronto como la orquesta del Guille volvió a atacar las pailas y los tambores y las cuerdas y los instrumentos de viento, todo el mundo vio a Caridad y a las chicas de Caridad saltar al unísono a la parte delantera de la tarima, al alcance casi de las manos del público, desnudas de la cintura hacia arriba y con el sexo cubierto por una telita como las que usaban las indias.

Se había formado el despelote. Las hembras de Cacha meneaban las caderas y la cintura y los hombros con una maestría inigualable, de forma tan acompasada que parecían una sola bailarina multiplicada en cinco espejos. Las seis se inclinaron hacia adelante, abriendo los brazos, mostrando las tetas temblorosas y duras, y luego se inclinaron hacia atrás, arqueando el espinazo y abriendo las piernas para equilibrarse. Después dieron tres pasos al frente, tres a la derecha, tres más a la derecha otra vez, sin perder el ritmo ni la distancia ni la simetría entre ellas, mostrándole los culos grandotes a la multitud.

Y como el maestro y vocalista cantaba en ese instante la canción en la que había que mirar la batea, mira la batea, decía, cómo se menea, cómo se menea el agua en la batea, Cacha y sus cinco amigas meneaban el culo cual agua de batea, agarrando un palo imaginario entre las manos para revolver el agua con la ropa sucia, volteando las cabezas con pícara sonrisa hacia los machos del público para ver si la pieza estaba siendo de su agrado.

Y cómo no nos iba a agradar aquella pieza, y la vista inusitada de las guapas muchachas que sabían mover la cadera mejor que el agua de río mueve molinos, que hasta yo, el gobernador Maldonado, estaba extasiado con el espectáculo. ¡Menudo país de pillos que me había tocado en suerte, joder!

Y después de bailar la canción del agua en la batea, bailaron ellas y todos en el público la canción del baile del perrito, el baile del perrito, que sí que te va a gustar. Y como la alegría al parecer los ponía muy zoológicos, bailaron también la canción del caballo viejo de gran sabana; y la de la cucaracha que no podía caminar porque le falta, porque le falta, la patita principal; y la del alacrán...crancrán que, ¡ayyy!, te va a picar; y la del majá que estaba debajo la cama, cuidado que te pica y se te va; y hasta bailaron la canción aquella en la que el Guille decía que quería ser un pez para meter mi nariz en tu pecera, y las desfachatadas de las muchachas de Cacha bailaron en la tarima esa última canción muy pegaditas y muy despacio.

Y nosotros en el público nos pusimos a bailar imitándolas, siguiéndolas desde abajo. Pero el maestro Chirino tocaba ya una canción que no se acababa nunca, coño, más rica para bailar que todas las que había interpretado esa noche, o eso pensábamos en aquel momento. Era la canción del baile del limón, y éramos todos bailadores, hombres y mujeres, revueltos; las casadas con los solteros, las solteras con los casados, y algunos casados con algunas casadas que eran mujeres de otros, y viceversa, y hasta vimos casados bailando con casados en aquel mar confuso de gente feliz y con unas ganas de madre de bailar, de formar parte de aquella coreografía de las putas de Cacha, vamos, que todos sabíamos bien quiénes eran las muchachas.

Y en el baile del limón obedecimos a los dictados de esa peculiar y marinera coreografía, en la que había que ir moviendo la mano y balanceando el cuerpo a la derecha, a la izquierda, en los ojos, arriba, en el pecho, adelante, aaahhh...azúcar, y dele de nuevo a repetir a la derecha, a la izquierda, en los ojos, arriba, en el pecho, adelante... ahhh...azúcar, y échele limón, ¡dimeeeeee!, échale limón, ¡daleeeeee!, y la verdad es que todos nos moríamos y todos nos estábamos desatornillando de la risa (¡niña, que se dice desternillando, de qué destornillador tú hablas!), y todo el mundo le iba haciendo coro desde abajo al Guille, que estaba más estelar que nunca esa noche sin estrellas.

Y el Guille Chirino premió después a todo el mundo con la canción aquella de ojalá que llueva café en el campo, porque de verdad que no se podía con esta vida miserable, menos mal que teníamos la fiesta, que si no, y cantaba que ojalá que cayera una lluvia de trigo y miel, y esa canción era más bendita que un aguacero alimentario, porque todos ya estaban cansados, menos las putas de Cacha, que seguían moviendo el culo allá arriba en la tarima sin agotarse, porque era lo que hacían día tras día todos los días del año.

Pero no nosotras, nosotras sí ya estábamos cansadas, así que con esa canción suavecita de ojalá que llueva café, podíamos aprovechar y echarnos sobre el pecho de nuestros machos, derrumbarnos sobre ellos y dejar que nos llevaran de un lado a otro dándonos vueltas, tan pegados a nosotras, tan metidos entre nuestras piernas, que yo le podía sentir el coso palpitante a ese señor rozando mi panocha, y él creía que yo no me daba cuenta de que él se estaba agachando y moviéndose así en círculos adrede, pero yo sí lo sabía, sólo que yo estaba tan cansada y aquel coso estaba tan rico así metido entre mis piernas, creciendo y palpitando, que no me iba a desarrimar, y entonces el tipo me alzó los brazos y me dio una vuelta suavecito, ayyy, ojalá que lloviera café, y me recostó su coso con fuerza entre las nalgas, y ahí sí que yo me mojé y se me escapó un quejido que no sé si él oyó, porque el Guille era un gritón y estaba cantando con todas sus fuerzas, y un coro de hombres y de mujeres con voces de ángeles infantiles lo acompañaba diciendo que “pa que en el conuco no se sufra tanto, ojalá que llueva café...”

Desde la tarima donde casi la podían tocar, Caridad vio que ya las mujeres estaban a punto de caramelo allá abajo, y una vez más en la noche se dijo, “esta es la mía”, y entonces le hizo el segundo guiño acordado al Guille, su amigo del barrio de toda la vida, amigo de atrás, tú me entiendes, y el Guille Chirino, no bien el coro terminó de implorar que lloviera café, cambió el ritmo y el tono y puso la cosa sabrosa: “¡arriba, caballeros, a bailar el tocatoca!”.

Y entonces sí que se formó la grande, el rollo gordo, lo nunca visto, porque Cacha y sus putas, marcando el ritmo de la música, que era más pegajoso que la masa del caimito o que el mamey con el gusano de la Primavera, se adelantaron hasta el borde de la tarima que servía de escenario y empezaron a mover provocativamente el sexo, echándolo descaradamente hacia adelante, al alcance de los dedos de los tipos que se habían atrevido a levantar sus brazos, y entonces ¡a la una, a las dos, a las tres!, se quitaron sus tanguitas de indias y las arrojaron al aire, dejando ver las variopintas pelambreras de sus sexos: lacias en las indias, crespas en las negras. Y a la luz de los hachones, los cuerpos sudados y brillantes de las putas de Cacha eran lo más deseable del mundo, y lo más deseables de sus cuerpos, la zona de sombra de sus pendejos.

Pero la negra Caridad se las sabía todas, y contoneándose con más zalamería aún, dijo de nuevo ¡a la una, a las dos, a las tres!, y le agarró la panocha a la Chela, que era la que estaba a su lado, y la Chela le agarró la suya al mismo tiempo a Cacha, y las otras cuatro bailarinas hicieron lo mismo con sincronía perfecta, porque aquello ya estaba ensayado. Y todo salió como había calculado Caridad.

Hombres y mujeres y jóvenes y viejos y blancos y mulatas e indias y negros, fueran o no parejas, se lanzaron a cogerle el sexo a la de enfrente, al del lado, a la de atrás, al que estaba allí en aquella esquina, y se formó el tocatoca generalizado, el “yo te toco y tú me tocas, ¡a bailar el tocatoca!”. Y a esta que no se había vuelto a poner la blusa empapada de vino, dos le tocaban las tetas; y a la que se había levantado la falda para menearse mejor, ya no la dejaron bajarse la falda de nuevo, porque todos en el corro la querían tocar bajo la falda; y los hombres a los que las mujeres les tocaban el miembro, querían que se lo siguieran tocando, sigue tocando, chica, no seas mala, dale; sigue el tocatoca, mi corazón; y hasta al señor gobernador Maldonado lo tocaron.

Ahora ya no había nada que disimular. Los que no aguantaban más del deseo, corrieron a los matorrales más alejados de las hogueras y de las antorchas. Iban en parejas, en tríos, en grupos más o menos numerosos. Hasta hubo gente que se fue sola. A nadie le importaba saber a esa hora dónde estaban los niños, qué pensarían los conocidos, cómo se mirarían a las caras mañana. Había que librarse de aquel hervor dulce que les tenía la sangre revuelta, el sexo hecho almíbar, la boca seca y la respiración conturbada.

La música de los parranderos del Guille y la bulla del estelar coro de negros y de putas no logró ahogar el concierto de voces sin concierto que se formó brevemente en las inmediaciones de la plazoleta. Se oían gemidos agudos, gritos desgarrados y desgarrantes, aullidos tragicómicos, amenazas de ya vas a ver lo que te voy a hacer y ruegos de házmelo por Dios, interjecciones comprensibles y enigmáticas, declaraciones de amor filial de ay, papi, te amo, ay, papi, cómo me gusta, y hasta monótonas plegarias de ay, Dios mío, ay, Dios mío, ay, Dios mío. Se oían los chillidos desesperados de las desesperadas que querían y pedían más, y los bramidos de éxtasis de aquellos a los que el alma se les iba en un chorro caliente y avasallador que expulsaban desde tan hondo de sus cuerpos que el líquido parecía venirles de sus riñones.

Al rato cesó el clamor, el runrún del coro de las gatas en celo, y se fueron espaciando los aullidos y los gritos, hasta que estos ya no se oyeron, porque la deliciosa música del Guille Chirino y su orquesta los hacía inaudibles.

Caridad y sus muchachas se bajaron de la tarima. Lo que pretendían ya estaba consumado, era misión cumplida: ahora, en este pueblo, todas las mujeres eran putas. Cuando llegara el que tenía que llegar, el que venía llegando, que resolviera el dilema. O las perdonaba por racimos, o no perdonaba a ninguna. Sin diferencias entre las chicas de Cacha y las otras: todas las mujeres de La Habana en el mismitico saco.

Orgullosas de su secreta proeza, las de Cacha se pusieron a bailar delante de la tarima, otra vez ataviadas con su ropa habitual de plumas escandalosas con cuentas de vidrios. Tenían ganas de seguir la pachanga, porque esa noche las únicas que no habían conocido varón eran ellas; “¡qué ironía, negra!”, le gritó Candita a Cacha. Así que siguieron moviéndose al son de la música, esperando al que tendría que llegar de un momento a otro, porque ya se había hecho tarde. Y rodeadas de la gente que paulatinamente recuperaba sus fuerzas, bailaron innumerables canciones, mientras mataban la sed provocada por el espectáculo con copiosos jarros de vino de plátano, que a esa hora en realidad no solo estaba agrio sino que sabía a rayos, pero irremediablemente era el único vino, pues los demás ya se habían acabado.

Y bailamos y cantamos la canción de la Guantanamera. Y después la canción del viejo y milagroso Lázaro, al que no le pedimos que nos librara de las penas, porque el que venía llegando tenía más poder que él; y la de la Mamá Inés; y aquella de ¡qué va, qué va, está bueno ya, que La Habana no aguanta más!; y la de Castellano, ¡qué bueno baila usted! Y vimos todo el tiempo a Agustín y al Guille abrazados, reconciliados y felices.

Y entonces el Guille, ¡generoso, generoso!, invitó a Agustín a cantar como solista. Y esta vez fue a Agustín al que le dio por perder algo muy valioso que él tenía, que había dejado pastando y se le había ido, un unicornio azul, y la verdad es que ni la menos bruta de todas las putas, que era Cacha, supo explicarles a las amigas qué bicho era ese. Menos mal que el nuevo gobernador, el señor Maldonado, tuvo la amabilidad de decirles a las muchachas que se trataba de una yegua con un tarro en la frente. Las chicas de Cacha exclamaron al unísono “¡Ahhhh!”, locas por que se acabara esa canción, pues aunque sonaba muy bonita y todo, con su música no se podía bailar, de modo que volvieron a proferir un “¡Ahhhh!” del más profundo alivio y de la más auténtica alegría tan pronto como terminó la pieza con el unicornio azul que se le había perdido ayer a Agustín yéndose de una buena vez: “¡Se fueeeeee... eehhhh....ehhhhh!”

Pero justo en ese instante sonó la canción más esperada de toda la noche y de todo el año, la número uno en las listas, la number one, monina, como decían los negros del astillero por la influencia de los ingleses del presidio. Y todos escuchamos por fin los cristalinos y melodiosos acordes de Ya viene llegando en la vihuela.

Nos quedamos embelesados oyendo al Guille Chirino contar que apenas siendo un niño su padre lo había vestido de marinero y que había tenido que navegar qué se yo cuántas millas y comenzar su vida en el extranjero. La multitud, cautiva y alelada, se conmovió al ver que el bravo Agustín, cambalachero mayor, no escondía su emoción y soltaba un mar de lágrimas al escuchar la letra, seguro recordando que cuando era un niño también lo habían hecho atravesar el océano, encadenado en la bodega de un barco negrero hasta caer en esta isla en la que vivir era una mierda innombrable todos los días menos los días de fiesta.

El músico narró a continuación otros percances angustiosos. Sin embargo, nadie en el público logró seguirlo cabalmente, debido a la borrachera, por lo que pronto se dejó de sentimentalismo y reiteró la buena nueva —que ya no era tan nueva, porque Agustín se le había adelantado— con un grito. Pues fue a grito pelado que el Guille nos anunció a todos sus hermanos que nuestro día ya venía llegando... oh, oh... oh, oh, ya viene llegando / oh, oh... oh, oh... ya viene llegando (se repite). (¿Y a qué tú crees, Guillermito, que habíamos venido aquí, sino a comprobar si eras un falsario o el preclaro mensajero de la verdad?)

Y comenzó entonces en la canción aquel peculiar contrapunto entre el solista y el coro encargado del estribillo. Y al Guille le dio en sus intervenciones por divulgar las verdades de la comarca: que si todo el mundo lo estaba esperando, y el coro a repetir que ya venía llegando, porque éramos un solo pueblo de San Antonio a Maisí, y ya viene llegando, y que si mi Cuba linda, hermosa y primorosa, que era un jardín de rosas, ya viene llegando, y que si el Guille quería ver ondear la bandera (y nadie entendió eso, pero no importa, se lo dejamos pasar porque rimaba). Y el Guille Chirino, estelar maestro de música, siguió rimando e improvisando, vinieran o no vinieran a cuento sus frases.

Y la verdad es que poco a poco todos frente a la tarima de los músicos nos fuimos alegrando, y nos pusimos de nuevo en el meneo, el roce y el tocatoca, desternillados (¡no desatornillados, hija!) de la risa, coreando junto con los músicos “ya viene llegando”, “ya viene llegando”, tan divertidos en este segundo acto de nuestra fiesta, que nadie se dio cuenta de que el que venía llegando había acabado de llegar de una vez.

Porque eso fue lo que nos gritó el bulto de niños ansiosos y traviesos que se encaramó como un bando de monos en la tarima, interrumpiendo a los músicos, para que los pudiéramos oír, mientras apuntaban con sus bracitos cortos y sus índices pequeñísimos hacia el mar, en dirección a la boca del puerto: “¡Llegó, coño, llegó!”.

Ninguno de los que habíamos ido y estábamos ahora allí nos perdimos el milagro. Efectivamente, el hombre había venido, tal y como nos lo anunciara la Virgen; aunque no a pie, caminando por el mar, sino en barco, en un barco igualito a los tantos barcos que pasaban por el puerto todo el año, igualito al barco La reina triste, para ser más exactos, ese barco que habían botado en el astillero de La Habana el año anterior.

Y este barco, el barco redentor, avanzaba despacio, como una aparición fantasmal. Tenía pocas velas izadas. Venía entrando por la garganta estrecha y larga que daba acceso a la bahía. Las pocas luces de la cubierta, de intenso color naranja, se reflejaban en el mar. Como el casco resultaba invisible en la oscuridad de la noche sin estrellas, parecía como si dos hileras de antorchas simétricas se deslizaran en suspenso por el aire.

Y a decir verdad, lo que todos veíamos era inexplicable. Pues el hombre, el Salvador, el que venía a redimirnos el alma, a librarnos de los pecados, a regalarnos salud, maridos, mujeres, a otorgarnos o a privarnos de fortuna, parecía tan menesteroso e indefenso como cualquiera de nosotros. Lo habían colgado del trinquete de la nave, en una cruz improvisada, con el torso desnudo y una corona de espinas en la cabeza. A pesar de la escasa iluminación, creímos adivinarle hasta la herida en el costado. Y no sólo era insólito que el hombre se nos apareciera tan maltrecho y desamparado como en su primera crucifixión, sino que la Virgen lo acompañara desde lo alto.

Porque allí estaba también la Virgen, suspendida junto a uno de los mástiles, rígida, como si la tuvieran colgada por una cuerda invisible, agitando la mano hacia nosotros, pero agitándola con tal desesperación, que lo cierto es que no supimos si devolverle el saludo, o si persignarnos en un gesto de respeto y reverencia. Y es que esta Virgen rara no era como la Virgen del cuento de Cacha, la que se les apareció a los pescadores, joven y bellísima, sino que desde lejos y alumbrada por las tenues llamas del barco parecía una vieja de gritar ¡solavaya!, una vieja demacrada y grandota, como si se tratara más bien de un hombre vestido de mujer y con una peluca en la cabeza.

Y hasta hoy no se sabe cuántos minutos duró el silencio en la plazoleta de la Punta, donde la gente de la villa se había aglomerado para ver llegar al Redentor, quien tenía todas las trazas de querer seguir de largo. Pero lo que sí es cierto es que alguien rompió el silencio absoluto con una constatación horrenda: “Caballeros, ¿pero cómo es posible? ¡A nuestro Salvador también nos lo han dejado cojo!”.

Pero no toda la gente en el público tuvo tiempo de ver que realmente a este Cristo crucificado también le habían cortado la pierna derecha a la altura del muslo: igualito que a los difuntos cojuelos, a saber, el indio manatí de la bahía, los gemelos de la Ceiba y la fantasmal india amputada que se decía que había aparecido aquí mismo unos meses antes, en esta explanada de la Punta. Porque resulta que en el justo instante en que las numerosas miradas se posaron sobre el Cristo sin pierna, en el barco aquel, que tanto se parecía al La reina triste, se produjo una explosión como de cien barriles de pólvora. Los maderos de la nave se astillaron en mil pedazos y los mástiles con el Redentor y con la Virgen machorra volaron por los aires.

Unos minutos después, los espectadores atónitos ya no lograban ver ningún vestigio de la embarcación sobre las aguas, a pesar del fuerte olor a sales de azufre y a sargazos podridos que todavía se respiraba en el aire.