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LA marquesa salió a las cinco. ¿O habría sido en realidad más tarde? Antonio Pérez, el caballero español, hombre obsesionado por los relojes, los astrolabios y las piedras planetarias, se despidió de ella con un beso largo y efusivo en el umbral de la puerta, pero en cuanto la oyó alejarse regresó a su aposento y se sumergió en la tina para limpiarse de sudores la piel. Había pasado toda la tarde de junio cabalgándola, tratando de hacerle creer que la vista de su grupa lo enardecía; cosa un poco difícil, pues la marquesa no se había lavado el cuerpo antes de visitarlo. Estas francesas son unas marranas, pensaba Antonio, al tiempo que empleaba hasta sus más reservados trucos de alcoba a fin de extenuarla. Con el agua de la tina a la altura de los hombros, Antonio contempló el carrete de hilo a la orilla de la chimenea sin fuego y no pudo evitar reírse, consciente de que no se debía defraudar a la mujer de un marqués, y menos si ese marqués le daba a uno de comer.
El otrora encumbrado caballero español iba sintiendo en su carne las mordidas que le daba el destino. El destino, esa puta barata, ahora lo mordía a él con todas sus fuerzas, como antes había mordido a muchos de sus enemigos. El destino se empeñaba también en comportarse como una puta irónica.
A pesar de que ya hacía más de quince años que Felipe II lo había depuesto, en todas partes lo seguían llamando el Secretario. Un secretario de reyes sin un rey de verdad al que obedecer. Hasta la descarriada marquesa lo trataba de ese modo. La marquesa le pedía que se la hundiera, secretario, hasta el fondo, secretario, más duro, secretario, toda todita, secretario, así, secretario, de nuevo, secretario, ay, secretario, qué rico, secretario, por Dios, secretario, secretario, secretaaaaaaaaario; hasta que de tanto oírla, la palabra secretario se convertía en un conjunto de sílabas sin sentido para Antonio Pérez.
“Tú también estás hecho una puta, Antonio”, se dijo a sí mismo el caballero español. Servía de contento a la marquesa insaciable. Servía a veces al Rey de Francia, alentando sus intereses antiespañoles y asesorándolo en todos los asuntos concernientes al Emperador en cuyo imperio no se ponía el sol. Y servía también a la pujante reina de los ingleses. “Una puta cogida por dos y hasta por tres”, gruñó, y se sumergió completamente en la bañera de agua tibia.
¡Qué vueltas da el destino!, pensó. Antes, putos y putas de la más rancia nobleza se acuclillaban a sus pies, sirviendo para su propio retozo. Ahora era él quien debía prestarse a ajeno solaz.
Soltando burbujas por la nariz, Antonio Pérez recordó sus años en el principado de Éboli. Mientras vivió, el buen príncipe al que Antonio sirviera no había logrado ocultar nunca su fascinación por el mundo árabe. Seguramente se lo dictaba su sangre, lo que había de portugués en su sangre, motivo de tanta furia entre las facciones adversarias de la belicosa corte española.
Antonio Pérez había servido al príncipe y a su joven esposa en el castillo edificado sobre la colina de Éboli. Era una pena, pensaba, que el señor príncipe hubiera dejado aquella propiedad con el propósito de estar más cerca de Felipe II. Pues para Antonio Pérez, los años en Italia fueron los más agradables de su vida.
En cuanto llegaba la primavera, Antonio comenzaba a dar muestras de una ansiedad que al príncipe no le pasaba inadvertida. El joven y gallardo secretario andaba sin cesar de un lado para otro por los corredores, se disgustaba sin motivo con los criados, perdía el hilo de las discusiones sobre temas políticos. El príncipe lo llamaba aparte y le decía con tono cordial: “Mi caro joven, todo tiene su hora”. Luego le ponía la mano sobre el hombro y le confesaba con voz más baja: “Será la primera noche de calor intenso”.
La noche de calor, afortunadamente, no tardaba en llegar. Y cuando llegaba, Antonio le rogaba a Dios que la alargara infinitamente.
El príncipe de Éboli subía con su esposa a una habitación en lo más alto de la torre del castillo y hacía que el joven secretario los acompañara. Los criados recibían la orden de no molestarlos bajo ningún concepto. Antes de subir, la habitación era avituallada con todo lo que los tres necesitaban: panes, quesos, vinos, agua, pasas, frutas, cintas, cojines, sábanas... El príncipe, que no Antonio, oficiaba esa noche como gentilhombre de cámara. Servía amablemente las tres copas de vino, y les acercaba las suyas a la esposa y a su ardoroso invitado. Él mismo daba el ejemplo: se bebía el vino a sorbos largos, y después mordía un pedazo de queso o se llevaba unas pasas a la boca.
A la luz de los velones, el príncipe se ponía a contar historias que Antonio oyó por vez primera en aquellas circunstancias.
Contaba la horrenda aventura del mercader que había sido enterrado vivo junto con la esposa que se había buscado en un país extranjero, porque el pueblo de la difunta tenía la costumbre de hacer acompañar a los muertos por su pareja en el viaje sin vuelta al más allá. Después contaba la historia del niño cuyo tío le había pedido que le extrajera una lámpara de una caverna, y como el niño no le daba la lámpara, el tío lo había encerrado para siempre en la oscuridad. Solo que en la lámpara prodigiosa vivía un genio árabe que satisfacía todos los caprichos de quien la poseyera, de modo que el niño salía ileso de sus percances, se enriquecía y se casaba con la hija del gran Sultán. Más tarde, después de contar otros relatos tan fascinantes como el primero, el príncipe narraba el cuento del infortunado novio al que un mago perverso le raptaba la prometida con la ayuda de un secuaz y se la llevaba a unas islas del lejano Oriente.
Antonio sacó la cabeza del agua y sonrió pensando que nunca, durante todos aquellos años, habían llegado al verdadero final de ese cuento. Era siempre el mismo ritual. En las calientes noches de Éboli, Ana, la joven esposa del príncipe, se erguía en su cojín cuando el marido comenzaba el recuento de las atrocidades perpetradas por el mago ladrón y su compañero contra la novia del protagonista del relato. A esas alturas de la noche los tres ya sentían el efecto de la tercera o cuarta botella de vino. A Antonio lo que más se le notaba era que se le agitaba la respiración y los cachetes se le enrojecían.
“¿Qué te ha pasado, Ana?”, preguntaba el príncipe. “Nada, que no me logro imaginar cómo alguien le pueda hacer tantas barbaridades a una mujer”, decía ella.
La respuesta del príncipe dejó estupefacto a Antonio la primera vez que la oyó. Aunque en los siguientes veranos ya sabría lo que les esperaba, no por ello su espíritu se excitaba menos ante las frases que el príncipe le dirigía a la joven esposa. “¿Conque no te lo imaginas, mi muy querida mujer? Pues entonces, para que te lo puedas representar bien, acudiremos al teatro, que no hay manera mejor de pintar lo que cuento con mis palabras”.
En ese instante comenzaba la pieza. “Tú, Antonio, le decía el príncipe, tú harás de ayudante de mago. Ana, tú serás la novia secuestrada. Yo seré el mago audaz”, añadía después.
El príncipe se abalanzaba de inmediato sobre su esposa, sin darle tiempo siquiera a levantarse. Ignorando sus gritos horrorizados (la primera vez a Antonio le parecieron tan verosímiles que sintió pánico), la agarraba por los antebrazos y se la echaba como un fardo sobre uno de los hombros, arrojándola de un tirón a la cama. Tomaba entonces las cintas de seda que con ese propósito habían dejado a su alcance en la habitación, y forcejeando con Ana, la obligaba a ponerse bocabajo y le ataba las manos y las piernas a las pilastras del lecho nupcial.
Después hacía que su ayudante en la pieza, el joven Antonio Pérez, le trajera un cuchillo. Sin hacer caso de las súplicas de Ana, el príncipe mago le cortaba con el metal afilado las telas de su ropaje, hasta dejar la piel blanca y hermosa de la princesa completamente expuesta a las miradas masculinas.
El mago le tironeaba el pelo sedoso a la indefensa mujer, le besaba la nuca y las orejas, le sobaba los pechos hinchados y el sexo, tratándola de putilla casquivana, de yegua cerrera que merecía ser domada. Hacía entonces que su ayudante le alcanzara una fusta y le daba fuertes fustazos por las nalgas a la princesa raptada.
Ana lloraba, imploraba piedad, se retorcía sobre las blancas sábanas del lecho, y el mago le preguntaba “¿Qué es lo que eres, dime, qué es lo que eres?”; “Soy una potra”, le respondía ella bajito; “Más alto, decía el mago”; “Soy una potra”, respondía ella con voz aguda y llorosa; “Más alto”, le gritaba él y le daba fustazos cada más fuertes; “Una potra cerrera”, gritaba ella; “¿Qué eres?”, “¡Soy una yegua puta!”, volvía a gritar ella, arqueándose como una cabalgadura que no ha sido domada aún.
“Dame una brida, ayudante”, le ordenó el cruel mago a Antonio. “¡Una brida dije, hombre!”, tuvo que repetir el príncipe la primera vez que representaron la pieza, porque Antonio se había excitado tanto con la vista de la joven Ana desnuda y tumbada bocabajo en la cama que no atinó a moverse de su sitio.
Pero a la segunda vez que el príncipe dio la orden, el secretario Antonio le alcanzó al señor mago una pequeña brida de madera blanda y de tiras de cuero con borlas de seda que estaba colgada en la pared. El príncipe le colocó la brida en la boca a su mujer. Después el señor mago tiró de la brida con firmeza, preguntándole de nuevo a la princesa que qué era ella, pero ahora resultaba incomprensible lo que la princesa raptada respondía: el mago y su secuaz oyeron una serie de consonantes ahogadas y fañosas que rodeaban a unas vocales no menos difíciles de descifrar: “Ugnnaa eua, ssssoy uggnna egua, ijjjjjiiiihhhh...”
El mago cruel se le encaramaba en el lomo a la yegua cerrera, que se encabritaba y se retorcía sin lograr quitarse de encima al inclemente jinete, pues el mago, ya desnudo de la cintura hacia abajo, no se amilanaba ni se dejaba embargar por la piedad, sino que le golpeaba la grupa ancha a la princesa con la fusta, la golpeaba fuerte, cada vez más fuerte, lacerándole las tiernas nalgas, dejándole largas marcas de color rosa sobre la piel, arrancándole gemidos y gritos gangosos, hasta que la yegua llorosa se rendía, separando más y más las rodillas y abriendo los muslos entre los que se asomaba una pelambre tan sedosa como el cabello de Ana de Éboli. La intimidad de la mujer quedaría totalmente desprotegida esa primera noche, al igual que las noches de verano de los años siguientes, a la inminente acometida de los machos.
Y es que el mago voraz ya había dejado caer todo el peso de su cuerpo sobre el lomo de la princesa, ya había logrado inmovilizarla, y agarrando corto la brida, había hecho que esta reclinara la frente sobre los almohadones: ya ese mago malvado la había sometido. Y ahora Ana no tenía más remedio que esperar el gozoso asalto, y lo hacía con la resignación de una santa, con el único ojo por el que veía cerrado, pues la habían dejado tuerta cuando practicaba esgrima en la infancia. Y cerrando el único ojo por el que veía, oyó nítidamente la voz de su marido, metido hasta el tuétano en el papel de señor mago, que ordenaba al ayudante que se acercara con el pote de manteca. Y la princesa escuchó también nítidamente los pasos de Antonio por detrás de su cuerpo indefenso y abierto, y lo sintió acomodándose de rodillas sobre el lecho. Luego supo, a pesar de su ojo cerrado, que el mago cogía una abundante porción de manteca en el cuenco de su mano izquierda, y sintió un intenso e incontrolable placer cuando le deslizó la mano con manteca entre las nalgas blanquísimas a la yegua jadeante, embadurnándola como si fuese un trozo de jamón para freír, como si se la fueran a comer untada de grasa de cerdo. Y de tanto que la embadurnaron y que la exploraron, la princesa yegua cerrera ya respiraba como una bacante sofocada, entregada a su destino, boqueando, tratando de empujar con la lengua el freno de la brida, porque todo el aire de las noches de Éboli no le alcanzaba ahora para llenar sus pulmones.
El mago y el ayudante la contemplaron extasiados: la vieron jadear y sacudir la cabeza de forma desesperada, implorándole en silencio a Dios misericordioso que a ella también la crucificaran de una vez, que no le alargaran más el suplicio, que también su carne débil y pecadora conociera la dureza de un clavo, de muchos clavos, rogándole al Todopoderoso que por fin la sometieran al castigo de la carne traspasada. Y como su marido le adivinó el pensamiento (porque la brida en la boca hacía incomprensibles sus quejidos), se mostró dispuesto a saciar el religioso deseo de mártir de la esposa. Y fue por eso que el príncipe mago le gritó en la teatral y ardorosa pieza a su gallardo y dispuesto secretario: “Adelante, Antonio, adelante”, señalando hacia las posaderas de su mujer.
Y aunque la primera vez Antonio Pérez demoró en creer lo que sus ojos vieron y sus oídos oyeron, aun así ya hacía un buen rato que el secretario estaba en cueros sobre el lecho nupcial de su señor el príncipe de Éboli, en cueros y más presto que nunca para hacerle a la princesa lo que le hizo a la perfección esa primera noche y el resto de las noches compartidas: que fue agarrar a aquella potra de nácar espléndida por las ancas, sujetándola con fuerza, y después de acomodarse el cuerpo, colarse de un tirón, “¡Ayyyy, Dios mío!”, con todas las ganas de su pecho palpitante, por aquel ojete pringoso y estrecho, ojo que nada veía, porque se trataba del segundo ojo ciego de la bella princesa Ana de Éboli.
Luego de salir de la bañera, ya fresco y limpio, Antonio Pérez buscó una carta que le había llegado de América ese mismo mediodía. Se la había traído hasta el castillo un pirata francés que llevaba pintada en la cara la estampa de la derrota. Antonio abrió el sobre con no poca ansiedad y leyó el contenido. La carta se la remitía un tal Vitubrio Galante a su entrañable amigo Prudencio Peña. Al ver esto, Antonio Pérez soltó una carcajada nerviosa. Vitubrio Galante era el nombre de guerra elegido por Bautista Antonelli en la época en que oficiaba como espía bajo las órdenes directas de Antonio. Dadas las reglas creadas por el secretario para garantizar la seguridad de sus colaboradores e informantes cuando él no había sido repudiado aún por su soberano Felipe II, nadie, salvo el propio Antonio Pérez, conocía la identidad que se ocultaba bajo el nombre de Vitubrio. Pero lo que motivó la risa del secretario fue que el ingeniero Antonelli esta vez no calificara al español con el habitual epíteto de prudente, Torreón Prudente, como siempre había hecho, sino que convirtiera el adjetivo en un nombre propio, Prudencio, y que lo hiciera venir acompañado por el lapidario calificativo de Peña. ¡Este Bautista con su humor de matemáticos!, pensó Antonio Pérez. Porque había captado que el juego de palabras de Antonelli estribaba en que el apellido Pérez viene de la palabra piedra, y que las peñas, de piedra son.
Mientras Antonio le echaba un vistazo a los dos pliegos de la carta, cayeron sobre el papel unas gotas de agua de su pelo todavía húmedo. El secretario decidió que lo mejor sería serenarse, peinarse, vestirse y comer algo, y después sentarse a ejecutar la tarea, que de seguro sería ardua: tendría que descifrar el mensaje encriptado entre las líneas escritas por Bautista Antonelli.
Dejó la carta sobre una mesa, llamó a los criados y les ordenó que le trajeran una cena ligera.
Mirándose en el espejo mientras se peinaba, Antonio Pérez esbozó una sonrisa. Pensó que Bautista Antonelli se estaba poniendo como la puta de su destino: irónico. Aunque no dejaba de reconocer que la ironía del ingeniero tenía algo del rigor geométrico de las fortalezas invencibles que diseñaba.
Por lo que recordaba Antonio, Bautista Antonelli en sí mismo no parecía capaz de entristecerse o de mostrar euforia. Era como si lo que pudiera ocurrirle de catastrófico al italiano fuese tan impersonal y frío como los copos de nieve o las hojas ornamentales de las verjas, o como el rostro sin alma del viento alegórico en aquellas cartas de marear que el espía le suministrara al secretario Pérez muchos meses antes.
Después de acicalarse como en sus mejores tiempos y de comerse unos trozos de queso acompañados por el delicioso vino del país de acogida, Antonio Pérez volvió a la tarea de leer los papeles.
Se trataba de una carta bastante respetuosa, a pesar de que el destinatario fuera un hipotético y “muy apreciado” amigo del remitente. La carta adolecía de algunas omisiones imperdonables en el género, pero Antonio Pérez sabía que Antonelli las había cometido deliberadamente, no por desconocer las convenciones epistolares, sino por razones de seguridad. Le faltaban a la carta, entre otras cosas, el nombre de la ciudad y la fecha en que había sido escrita.
El texto comenzaba directamente por el saludo.
Mi muy apreciado Prudencio Peña.
Con el favor de Dios, que por todo vela en los altísimos cielos, le hago llegar a vuestra merced estos versos que, aunque no tengan la estatura de aquellos del insigne Garcilaso de la Vega, no permitirán que se levanten dudas, ni que corra después adversa fama, sobre la entereza de mi persona.
Dan fe estos versos míos, mi muy apreciado caballero, de que no soy yo hombre de declinar el desafío de responder a los últimos versos suyos. Ambos sabemos que el hombre que declina duelos, el nombre de varón no se merece, ni la honra.
Sé que no son versos dignos de recordarse. Pero son como son, y a nadie los pedí prestados.
Ministros de otro Dios, de falso pensamiento,
Elogian de su Dios la arquitectura
Laberíntica y rígida, pero impura:
Así es que sin querer claman su vencimiento.
Niegan tales ministros el perenne aliento:
Cálidas corrientes, que a la roca dura,
Oquedades le labran; y pintura
Les quitan a las rocas, cual ungüento.
Ideas vanas sustentan muy vanos edificios:
Arrástralos la fuerza de las olas.
Dios descubre al ministro el artificio,
Unánime engaño de su mente sola,
Requiriendo durezas que no existen:
Elementos hay que mutan cual equina cola.
Después de estos versos, el remitente de la carta cambiaba abruptamente de asunto. Vitubrio Galante pasaba a explicarle a su amigo Prudencio una nueva serie de movimientos que quería hacer con sus piezas en una imaginaria partida de ajedrez entablada por ambos desde hacía mucho tiempo.
Al final de la carta, Vitubrio le dejaba los acertijos de un crucigrama de tema culinario a Prudencio, con designaciones nativas de tres sabrosos alimentos. “Más claro ni el agua”, afirmaba. El crucigrama era su humilde forma de ripostar al desafío inicial de los versos de Prudencio con un convite al duelo letrado que estuviera a la altura de su menguado ingenio, ya que, según Vitubrio, este no llegaba a los talones del de Prudencio. Después Vitubrio se despedía con los votos de salud y de buena fortuna de rigor en el género.
Antonio Pérez intuía que la dificultad en descifrar el mensaje no radicaría en la lectura del propio texto. Sabía que el ingeniero Antonelli no dedicaba a las letras más distracciones que las estrictamente necesarias. Por ello ensayó un método fácil. Leer los versos saltándose el orden en el que aparecían en las estrofas, para ver si las oraciones formadas arrojaban algún sentido. Aunque lo intentó en varias formas posibles, no obtuvo ningún resultado válido.
Después probó a usar las primeras palabras de cada verso en diferentes agrupaciones sintácticas. Halló varias combinaciones posibles, en las que asomaban ministros requiriendo oquedades, cálidas ideas laberínticas, ministros elogiando a Dios unánime, ministros arrastrados por ideas, pero nada de esto resultaba de interés para Antonio Pérez.
Luego ensayó a leer las oraciones de derecha a izquierda, como los árabes, y más tarde armó frases con las últimas palabras de cada verso, pero no obtuvo en ninguno de los dos intentos algo a lo que le viera sentido.
Antonio tomó entonces un sorbo largo de vino y se dijo que la solución tenía que ser fácil, que debía estar a la vista, porque Bautista Antonelli era italiano, de modo que jamás dominaría las sutilezas del español al punto de que el antiguo secretario demorara más de una hora en dar con la respuesta al problema.
Fue entonces que de un único golpe de vista Antonio Pérez resolvió el acertijo, extremadamente simple. Bastaba con tomar la primera letra de cada verso de los dos cuartetos y de los dos tercetos, y leerlas de corrido de arriba hacia abajo: MELA NCOL IAD URE.
Organizando las letras en palabras con sentido cabal, Antonio las leyó así: MELANCOLIA D URE. ¿Melancolía de Ure? ¿Qué significaba Ure? ¿Sería una ciudad? ¿Era realmente un toponímico? ¿O sería un concepto de otro orden? Antonio asoció vagamente la palabra Ure con la orina, con vapores amoniacales, pero rechazó la idea, tal vez porque detestaba los olores nauseabundos.
Siguió conjeturando, bastante entusiasmado, seguro de que en un instante descifraría el problema.
Para certificarse, volvió a repetir cada paso de la operación. Leyó otra vez la carta desde el principio; leyó todo el soneto y después la oración siguiente, la única escrita tras la sucesión de estrofas en la primera hoja de la carta. Pasó luego a la segunda hoja, pero abandonó la lectura, porque el salto brusco de tema llevaba a Antonio a creer que aquí había oculta una pieza diferente del rompecabezas que lo ocupaba. Regresó al soneto y extrajo las primeras letras de cada verso, agrupándolas en el orden de antes. Volvió a verse en el mismo atolladero: MELANCOLIA D URE.
Por obedecer a su regla de que un pensador agudo debe derribar sistemáticamente las talanqueras que la costumbre le pone al pensamiento, Antonio Pérez probó a agrupar las letras siguiendo otro orden: de los versos del medio hacia los extremos, de abajo hacia arriba, salteando y mezclando las letras. Desechó todos los resultados.
Entonces probó a incluir la primera letra de la oración que venía escrita en la carta inmediatamente después de la última estrofa, y el conjunto cobró sentido.
Ministros de otro Dios, de falso pensamiento,
Elogian de su Dios la arquitectura
Laberíntica y rígida, pero impura:
Así es que sin querer claman su vencimiento.
Niegan tales ministros el perenne aliento:
Cálidas corrientes, que a la roca dura,
Oquedades le labran; y pintura
Les quitan a las rocas, cual ungüento.
Ideas vanas sustentan muy vanos edificios:
Arrástralos la fuerza de las olas.
Dios descubre al ministro el artificio,
Unánime engaño de su mente sola,
Requiriendo durezas que no existen:
Elementos hay que mutan cual equina cola.
Ruego que me perdone, mi muy apreciado amigo, los yerros de métrica que hubiere en estos sencillos versos.
Con la letra R añadida a la serie, el secretario pudo leer un título y un nombre: MELANCOLIA D URER, MELANCOLIA DURER. O sea, adivinó, La Melancolía de Dürer, de Albretch Dürer. No había dudas de que Bautista Antonelli se refería al famoso grabado del artista Alberto Durero.
El antiguo secretario de Felipe II consideró atinado, pero a la vez irónico (una nueva ironía, se dijo) que su espía en el Nuevo Mundo le hiciera llegar, asociados al grabado La Melancolía de Durero, los datos finales, los decisivos, del proyecto que ambos ejecutaban al servicio de la Corona Inglesa. Esos datos le habían de señalar al corsario inglés sir Francis Drake el lugar y la fecha exacta en que su armada debería dar inicio a la conquista de la Carrera de Indias, manantial inagotable del poderío de Felipe II.
A Antonio Pérez le parecía tan irónico el hecho de que Bautista Antonelli sacara a flote el tema de la melancolía porque se había convencido en el pasado, tras largos años de servicio a las órdenes del monarca español, que el humor de la bilis negra se le había derramado internamente a Felipe II en alguna de sus frecuentes crisis de salud, para luego extendérsele sin remedio por todo el cuerpo. Para Antonio Pérez, en pocas palabras, el viejo monarca hispánico padecía de un incurable mal melancólico.
En opinión del secretario, era a causa del predominio del humor bilioso que su antiguo señor se veía aquejado con tanta frecuencia por aquellos insoportables estados de depresión en los que resultaba casi imposible lograr que atendiera a los asuntos del Gobierno. Al soberano le daba durante esas crisis por comunicarse con Dios, por ir al confesionario, por abroquelarse en los retiros que se había mandado a construir, por querer ausentarse de la vida en la Corte. Se volvía más huraño y solitario que un clérigo abandonado en una iglesia sin fieles.
Antonio Pérez creía ciegamente que era como consecuencia de tal enfermedad que Felipe II tomaba decisiones más desatinadas cada día, como aquella imperdonable de hacerlo pagar a él, su leal y astuto secretario, por los problemas que a ambos les había creado la eliminación física de Escobedo.
La Melancolía como trampa para monarcas melancólicos, pensó Antonio Pérez, con una sonrisa sardónica en el rostro.
El secretario se levantó de su asiento y fue hasta el librero. Buscó, entre los volúmenes con reproducciones de grabados de esa época, alguno que trajera copias de las obras de Durero. Encontró uno de folios bien grandes y de tapa dura, excelente para su propósito. Lo llevó a la mesa, lo abrió en la página donde se veía la copia de La melancolía I, y comenzó a examinarla, tratando de hallar relaciones entre la imagen y el contenido de la carta de Bautista Antonelli.
Por lo pronto, la carta tan solo hacía referencia a la ilustración. Nada más. Antonio releyó la primera hoja de la carta y se convenció de que en esta ya no había nada que buscar. Si el acertijo o rompecabezas tenía otras piezas, debía localizarlas en la segunda parte de la carta.
Antonio tomó el segundo pliego y lo examinó con cuidado. Era breve, y en este se destacaban algunos códigos alfanuméricos que correspondían a las posiciones de diferentes piezas de ajedrez en las casillas de un tablero. Vitubrio le refería a Prudencio las jugadas y movimientos pretendidos.
Un detalle despertó la curiosidad de Antonio Pérez: ninguna de las posiciones anotadas pasaba de la cuarta columna del tablero, como si se tratara de un juego con menos posiciones que el ajedrez.
Antonio Pérez recordó el juego de la chaturanga.
En la biblioteca del palacio de Felipe II se conservaba la copia de un excelente libro cuya traducción había ordenado Alfonso X El Sabio. Se trataba del libro de los juegos. Antonio Pérez lo había estudiado a conciencia cuando oficiaba como secretario de Felipe II, no solo con la intención de ilustrar algunas de sus decisiones estratégicas con los dilemas que planteaban los juegos allí compendiados, sino con el no menos noble motivo de encontrar nuevas fuentes de entretenimiento y de atracción para el amargado Rey.
El juego de la chaturanga era uno de los que más les gustaba, porque, en ciertas versiones, podía jugarse también entre cuatro personas. Cuando a Felipe se le antojaba invitar a palacio a Ana de Éboli, tan cercana al secretario, para divertirse los tres, la chaturanga les resultaba un pretexto cómodo y al mismo tiempo ameno. Casi siempre alguna de las damas de compañía de Ana de Éboli ocupaba el lugar del cuarto jugador, aunque lo cierto es que hasta la severa y extasiada santa Teresa se había dejado seducir alguna tarde lúdica por el encantador juego y por la proximidad a su Alteza Real.
Antonio Pérez presintió que descifrar esta segunda parte del acertijo no le sería fácil. Miró el grabado de Durero, releyó la carta, y optó por resolver antes el crucigrama, movido por la esperanza de que no le robara mucho tiempo.
Se sirvió otra copa de vino, se la bebió con los ojos cerrados, y luego abrió los ojos y se puso a solucionar el problema. Hizo bien. En menos de diez minutos dio con las palabras: puerro, tosico, juanan. Le resultaban familiares, pero aunque agotó todos los diccionarios que tenía a mano, la única que identificó fue la palabra puerro. El secretario sabía que la temática culinaria no era más que una falsa pista usada de forma ostensible por su espía en La Habana para desorientar a cualquier otro potencial lector de la carta que no fuese su verdadero destinatario.
Después de descomponer las palabras en letras, y de reacomodar las letras en la mayor cantidad de conjuntos posibles, obtuvo un resultado válido. Se trataba de tres sustantivos y un adjetivo, mediante los cuales el espía le revelaba al secretario el nombre de la ciudad desprotegida en la cual los ingleses debían comenzar la invasión y conquista del mediterráneo americano y de la Carrera de Indias: San Juan Puerto Rico, o sea, la ciudad de San Juan de Puerto Rico.
Más que fatigado, Antonio se sintió borracho después de solucionar esta parte del rompecabezas. Ahora solo le quedaba por determinar la fecha del desembarco. Decidió que lo mejor sería acostarse y continuar al día siguiente. Sin embargo, el estado de excitación en que se encontraba le impedía dormir. Se revolvía en el lecho, mirando de vez en cuando por la ventana el cielo claro de la noche de Francia.
Cuando se dio cuenta de que no lograría conciliar el sueño hasta que resolviera el último de los enigmas, Antonio Pérez se volvió a levantar.
A la luz de los velones, vestido con su batón de dormir, se puso a estudiar nuevamente el grabado de Durero, repasando las frases de la segunda hoja de la carta de Vitubrio Galante.
A Antonio Pérez no le gustaba la obra de este viejo grabador alemán. Prefería infinitamente la pintura moral de Jerónimo Bosco, que tanto les permitía a los selectos espectadores de palacio regodearse con la meticulosa ilustración de los pecados humanos, hasta de los más nefandos. Nadie en el encumbrado público lo decía abiertamente, pero a todos les encantaban las vívidas imágenes de frenesí colectivo en el delicioso jardín de los pecados.
Pero a pesar de que la obra de Durero no fuese del gusto de Antonio Pérez, este examinó disciplinadamente cada detalle de la representación alegórica. Estudió el ropaje del ser alado en la reproducción impresa del libro, la expresión de su rostro de masculina dureza, el plumaje de las alas, el cinto, el compás en la mano. Después analizó los elementos que decoraban la habitación: la esfera, el poliedro, la libra, el angelote infantil, el cordero, el rótulo en el que se leía Melancolía, la campana en la parte superior del dibujo, hacia la derecha...
Solo entonces lo vio, bajo la campana... Era un cuadrado mágico.
“Eureka”, musitó el repudiado secretario.
Lo que tenía Antonio Pérez ante sus ojos era un perfecto cuadrado de cuatro por cuatro: cuatro columnas rectangulares a las que se superponían otras cuatro hileras de rectángulos. El cuadrado constaba de dieciséis casillas, y cada casilla contenía un número dentro. La suma de esos números arrojaba siempre el mismo resultado, una constante mágica, tanto si la operación de adición se hacía en sentido vertical como en sentido horizontal, y hasta en las diagonales principales. Antonio no tuvo dudas de que los números de la fecha que buscaba estaban en esta figura.
Tomó una hoja de papel en blanco y calcó el cuadrado mágico de Durero. Después que lo tuvo aislado, releyó la carta de Vitubrio. Antonio se asombró del ingenio sutil y al mismo tiempo simple como un edificio del espía Antonelli. Aquel era el tablero en el que se debían poner las piezas de ajedrez de la partida imaginaria entre Vitrubio Galante y Prudencio Peña. Un mágico tablero de dieciséis casillas.
Era esto lo que Antonio Pérez veía:
La suma de los números por cualquier lado y por las diagonales principales daba siempre el mismo resultado: treinta y cuatro. Pero Antonio no le prestó atención a los números. Siguiendo una convención usual entre algunos jugadores de ajedrez por correspondencia, el secretario numeró las filas que se formaban alineando las casillas horizontales con respecto al jugador, del uno al cuatro. Luego nombró con letras minúsculas, de izquierda a derecha, cada columna en posición vertical con respecto al jugador: a, b, c, d. Obtuvo así un simple sistema de coordenadas con el que se podía identificar de forma exclusiva cada casilla del tablero.
Después de tener el tablero listo, Antonio tomó la segunda hoja de la carta enviada por el espía. Extrajo la serie de códigos alfanuméricos que describían las posibles posiciones de las fichas de ajedrez en la partida de Vitubrio, según las instrucciones de este, escribiéndolas por separado en un papel. Eran tres líneas sucesivas de código. Antonio se dio cuenta enseguida de que muchos de los datos sobraban. Ruidos para despistar a lectores indeseados, supuso el secretario.
Obedeciendo la lógica del soneto que había descifrado, en el que cada dato de interés se encontraba en la primera letra de cada verso, Antonio probó a separar el primer bloque de código alfanumérico presente en cada una de las largas líneas. Los datos parecían amalgamados deliberadamente, como si dos o tres coordenadas o casillas hubieran sido fundidas en un único bloque por Antonelli en la caligrafía de su carta apócrifa.
Este fue el resultado que obtuvo Antonio Pérez: b1a2a3; d2; d2d2.
Antonio marcó las casillas a las que hacían referencia las coordenadas. Escribió los números de cada casilla por separado: 15, 9, 5, 12, 12, 12. “Año, mes, día...”, se dijo Antonio: eran esos los datos de una fecha.
Como las coordenadas de las posiciones de las casillas respondían a una agrupación tripartita, Antonio probó a juntar los números en los tres conjuntos en los que originalmente los había encapsulado el ingeniero Antonelli, alias Vitrubio Galante: 1595;12;1212.
Antonio Pérez sonrió al ver resplandecer ante sus ojos el resultado. Año de 1595. Mes 12 o XII, o sea, diciembre. Y el día solo podía ser el veinticuatro, la suma de doce más doce, víspera de la Navidad. Era eso. El ataque se debía efectuar en San Juan de Puerto Rico, un día antes del aniversario del nacimiento de Jesús del año en curso.
El alivio, más que júbilo, que experimentó Antonio Pérez al descifrar el acertijo, lo hizo sentir de golpe todo el cansancio de la madrugada. ¿Serían ya las tres de la mañana?, se preguntó el secretario. ¿O sería más temprano? Antonio Pérez, hombre obsesionado por los relojes, los astrolabios y las piedras planetarias, se volvió a acostar entonces en su lecho, con un discreto regocijo que se le manifestaba en las lentas oleadas de cosquilla y de escalofríos que le recorrían la piel.
Con la vista perdida en el cielo estrellado, comenzó a paladear su futura venganza, y hasta se permitió soñar ciertos detalles, a pesar de que su profesión lo hubiera habituado a no cantar jamás la victoria antes de tiempo.
Después, Antonio Pérez pensó en su vida, en las peripecias de su vida en los últimos quince años.
A diferencia de la inmensa mayoría de la gente, para Antonio habían sido posibles casi todos los lujos, pequeños y grandes, así como las ambiciones y los caprichos con los que ni siquiera soñaba la vasta humanidad. Solía afirmar que en otro tiempo había tenido a Dios cogido por la barba. Precisamente por eso al secretario le resultaba tan difícil aceptar ahora la idea del fracaso. Aún no lograba entender cómo su suerte se le había hecho adversa de forma tan abrupta.
El vulgo creía en la caprichosa Fortuna y se resignaba a las veleidades del destino sin protestar: se sentía condenado de antemano al descalabro. Era la noción estúpida que les escupían desde los púlpitos y que les martillaban año tras año para que no se les ocurriera zafarse de la noria con la cual los tenían amarrados. Pero Antonio no era un hombre de la plebe. Era un varón notable. Por ello se había jurado poner todo su empeño para que el soberano Felipe II sintiera un día el sabor amargo de su venganza.
Antonio recordó los episodios más detestables de la traición del rey al cual había servido. Revivió la madrugada en que se lo llevaron preso. Rememoró el suplicio. Oyó de nuevo las palabras que cruzaban entre sí los esbirros: “Todo cuerpo sumergido en líquido termina por hablar”, dijo con aire docto el matarife que lo había torturado a fin de arrancarle la confesión de que él, Antonio Pérez, había sido quien ordenara el asesinato de Juan de Escobedo, el secretario de don Juan de Austria. El matarife planteó aquella ley de Arquímedes de la tortura con la misma frialdad del cirujano que les muestra a sus alumnos el cuerpo de un cadáver diseccionado. Los aprendices de torturador miraban a su maestro y a la víctima con los ojos de fascinación de las gallinas ante el avance de una víbora. Los mismos ojos que ponían los alumnos de los cirujanos en las clases. “Todo cuerpo sumergido en líquido terminará por hablar, y ha de hablar más rápido si el líquido está salado y terriblemente caliente”, proclamó el maestro matarife. Mientras aleccionaba a sus discípulos, agarraba con una tenaza las piedras candentes con las que iba llenando el estanque en el que tenían encadenado a Antonio Pérez, a quien el agua le daba por el cuello. Después el verdugo le pidió a uno de sus secuaces que echara sal en el estanque. Las gemas blancas y gruesas se disolvieron entre los pies del torturado y se hizo más intenso el ardor que este sintió en las heridas que le cortaban el cuerpo. El matarife sonreía. Sentado en una silla muy cómoda, le repetía a Antonio Pérez la serie interminable de preguntas, observado atentamente por sus discípulos. En cada nueva etapa del interrogatorio el secretario cerraba los ojos, se concentraba en el recuerdo de Ana, en el único ojo brillante de Ana, se iba lejos de allí, tratando de ignorar el dolor insoportable, y respondía lo mismo que ya había dicho antes: que el responsable por la muerte de Escobedo no había sido él. Confiaba en el viejo adagio de que toda mentira que se repite hasta la saciedad se hace verdadera.
Hasta que llegó la hora en que Antonio Pérez ya no pudo más, y su cuerpo sumergido en líquido terminó por hablar. Y Antonio Pérez confesó que sí, que él había ordenado la muerte del secretario personal de don Juan de Austria, Juan de Escobedo, cuando acudió a Madrid desde los Países Bajos para requerir el apoyo del soberano Felipe II en los delicados asuntos flamencos. Y añadió que había mandado a matar a Escobedo con la intención de que el Rey no descubriera la intriga urdida por Antonio Pérez para enemistar a Felipe II contra su hermano Juan de Austria. Y contó cada uno de los detalles de la intriga, y le dio al matarife los nombres de sus secuaces y de los demás implicados, y hasta cantó como un gallo en la madrugada. Y cuando ya no le quedó nada por cantar (recordaba avergonzado Antonio), cantó imitando a los desgarrados cantores del sur de España las rimas callejeras que se oyeron en Madrid tras la muerte de Escobedo:
En aquella corta calle
más bien callejón estrecho
que por detrás de la iglesia
sale frente a los Consejos
se halló tendido un cadáver
de un lago de sangre al medio.
Con dos heridas de daga
en el costado y el pecho,
y como rico ostentaba
la cadena de oro al cuello
y magníficos diamantes
en los puños y en los dedos
que obra no fue de ladrones
se aseguró desde luego
el horrible asesinato
que a Madrid cubrió de duelo.
El destino de uno podía ser una maldita trampa, pensó con pena de sí mismo Antonio Pérez al repasar este episodio de su pasado. Los mejores años de su juventud habían transcurrido en contacto directo con la parafernalia del poder, llevando en sus manos los hilos del poder, urdiendo la trama de la que se derivaba y en la que se concentraba el poder de la monarquía, y mientras más viejo se había ido haciendo, más se había enredado él en la madeja de sus propias intrigas.
El destino podía ser también una gran puta, una puta barata e irónica, constató de nuevo el antiguo secretario.
Todos en esta vida ambicionaban un poco de gloria y de fama, una cuota mínima del esplendor de los poderosos. Sin embargo, Antonio Pérez había nacido y crecido rodeado de tanta pompa, que lo único que había deseado realmente al tener uso de razón había sido librarse de las fuerzas desmedidas que lo cercaban desde la niñez.
Antonio recordó una vez más a Ana, su querida Ana de Éboli, la única que lo había llegado a comprender a fondo. Los que se codeaban con Antonio en la Corte, pensaban que este había ambicionado ser el secretario exclusivo de los asuntos italianos por el mero empuje de la codicia. Tontos. ¿Para qué multiplicar las numerosas obligaciones que ya entonces le consumían sus mejores horas? Solo Ana supo que lo que de veras quería Antonio era abandonar de forma discreta los asuntos flamencos y los atlánticos, pues el secretario intuía que estos se convertirían muy pronto en los más acuciantes para el Estado. Antonio Pérez pretendía entregarse, cuando no se acordaran de él, a las delicias de la vida licenciosa en Italia. Con la compañía de Ana, por supuesto, el único ser que había compartido ese sueño suyo; Ana, la bella princesa tuerta, viuda del muy querido príncipe Ruy Gómez de Silva.
Pero esos sueños ya no se le cumplirían jamás, pensó con rencor Antonio. Por culpa de Felipe II, el monarca traidor. El que lo había instigado a matar a Escobedo, y luego, como Antonio temía, lo había destinado a él al indigno papel de chivo expiatorio. Felipe el perjuro, el que no creía en lealtades ni en la palabra empeñada. “Señor Rey, la palabra de un Rey es ley, señor Rey”, tarareó Antonio Pérez en su lecho, mirando por la ventana el tímido amanecer francés.
Antonio aplacaba sus odios rimando. De no ser por juegos y manías como esa, repetir versos y consonancias, descifrar crucigramas, rememorar viejas canciones, no habría podido encontrar alivio a las penas que lo acompañaban desde que se vio forzado a abandonar España. Repetir y rumiar las palabras, para endulzarse el alma. Jugar con las palabras. Aliviarse en las palabras. Como si después de un duelo una joven doncella le restañara con un bálsamo sus heridas. Ese dulce placer que tanto se le parecía a veces al de comprobar la hora en los relojes, ordenar las piedras planetarias que guardaba en su baúl, o seguir el ritual ceremonioso del baño diario en el verano. “La palabra de un Rey es ley, señor Rey.”
Pero todos los reyes eran iguales, pensó Antonio, mirando por la ventana la oscura silueta de los árboles sobre los que ya comenzaban a incidir los rayos del sol. El rey de aquí era idéntico a Felipe II, que seguramente era idéntico al rey de los turcos, quien no debía de diferir, en sus veleidades de gobernante desleal, de la Reina de Inglaterra. No era posible esperar nada en firme de ellos, ninguna decisión que durase. Se levantaban pidiendo una cosa y a la hora querían lo contrario. Hoy estaban contigo y mañana dejabas de serles útil; o venía otro adulón a lamerles la mano y te daban la espalda.
Pero no importa, concluyó Antonio. Él seguía y seguiría siendo útil. Y siempre que le fuera de utilidad a algún poderoso enemistado con los españoles, podría llevar su vida adelante. “El enemigo de tu enemigo es tu amigo”, dijo en voz alta el viejo secretario.
Afuera ya se oían los gorriones. Antonio decidió que lo mejor sería levantarse así mismo, sin haber pegado los ojos. Se bañaría de nuevo, desayunaría y saldría hacia la ciudad para entrar en contacto con el embajador de los ingleses.
Sin duda, al representante de la Reina Isabel en Francia le agradaría recibir el mensaje del notorio caballero español.
7
Londres, julio de 1595
Los dramas de la vida se parecen a los del teatro, caviló con cierta pesadumbre el corsario inglés sir Francis Drake, mientras avanzaba por el pasillo que conducía desde las cámaras reservadas hacia la salida del Palacio, escoltado por dos oficiales y un ayudante.
Acababa de reunirse con los miembros del Consejo de la Reina Isabel para la política exterior. La Reina había ordenado que el corsario fuera tratado con todos los honores antes de que se le expusiera el motivo por el cual había sido llamado a la Corte. Durante tres días, a sir Francis lo agasajaron como en las gloriosas semanas de la victoria contra la Armada española. Nada de lo que vio, sin embargo, le dejó una impresión tan vívida y a la vez ambigua como la obra teatral de la tarde anterior.
En dicha pieza, a un joven príncipe lo dilaceraba la disyuntiva de actuar con la dignidad correspondiente a alguien de su alcurnia, vengando el asesinato de su padre, y no ser más, una vez consumado su propio crimen, que un regicida de la misma calaña que el asesino ajusticiado. “Ser o no ser”, musitó sir Drake, evocando uno de los monólogos del protagonista. El marino se había conmovido con los parlamentos atormentados. Los vellos del brazo se le volvieron a poner de punta al recordar la escena en la que el actor que hacía el papel de príncipe recitó unos versos grandiosos, sosteniendo un cráneo en la palma de la mano.
Drake se sentía, vagamente, como el protagonista de la pieza.
En la reunión concluida unos minutos antes, los hombres de la Reina le habían confiado una misión a la cual le resultó imposible negarse, por la gloria y por las riquezas que podría acarrearle, pero también porque la solicitud procedía directamente de Su Majestad. Sin embargo, este cometido lo alejaría del sueño de dedicarse a gozar de sus conquistas. Y lo peor: aunque no se atrevió a expresarlas, Drake alimentaba graves reservas contra el proyecto.
Las ideas en las que se basaba la empresa le fueron expuestas con tal simplicidad que el insigne marino tuvo un mal presentimiento. No acababa de entender la razón del entusiasmo y de las amplias sonrisas de los consejeros reales. No habrán estado nunca en el mar, al fin supuso. Seguramente creían que el mar era tan manso como parecía en los mapas y en las cartas desplegadas sobre la mesa de deliberaciones.
“Mare nostrum”, había exclamado uno de los asistentes al término de la reunión, alzando una pequeña copa dorada. “El Atlántico un día será nuestro”, se apresuró a añadir otro, convencido de que sir Drake no sabía latín. Drake esbozó una sonrisa y brindó con los hombres de la Reina.
No habrán estado nunca en el mar, se repitió sir Francis ahora que llegaban al final del corredor y que desembocaban en un vestíbulo enorme. Luego completó: pero saben muy bien lo que es la buena vida.
Involuntariamente, y contrariando las recomendaciones del Almirante, Drake había paseado la vista por la cámara donde se celebró la reunión. Un recinto amplio, bien iluminado por los candelabros del techo, lleno de muebles de madera oscura tallados con el mejor gusto. De la pared de al frente colgaba un tapiz en el cual se veía una escena de caza: una jauría persiguiendo a una liebre. A la derecha se encontraba la chimenea. Durante la reunión, de cuando en cuando, llegaban hasta Drake unas vaharadas que le hacían llorar los ojos. Excelente lugar para estirar las piernas y pasarse la noche bebiendo, pensó y, tratando de no perder la compostura, se inclinó hacia atrás discretamente en su asiento para sentir el suave contacto del rellano y el espaldar. Si esta silla era así, qué se podría esperar de un asiento como el trono.
Durante la reunión, uno de los consejeros notó que la mirada de sir Drake se posaba sobre una vasija de vidrio con forma de flor, en la cual se amontonaban unas llamativas esferitas de color negro. El consejero tomó la vasija por el vástago, que simulaba un tallo, y se la acercó. “Chocolate”, le dijo. “Bombas de chocolate con licor dentro... Otra de las maravillas del Nuevo Mundo”.
Sir Drake tomó una de las esferitas negras con cuidado. A pesar de que el Almirante se lo hubiera prohibido, no resistió las ganas de aproximarse la pelotita a la nariz y de aspirar el perfume amargo. Después de olerla, se la llevó a la boca. Al contrario de lo que temía, pudo paladear uno de los sabores más agradables que hubiera experimentado en su vida.
No sabrán nada del mar estos cortesanos, pensaba ahora Drake, examinando los bellos cuadros colgados en las paredes del vestíbulo por el cual caminaban, nada del mar ni del verdadero chocolate, pero tampoco les hace falta. Sin dudas, vivir como ellos era vivir en el Paraíso.
Después de haber invertido tantos años recorriendo los océanos, sir Drake ansiaba disfrutar sus logros. Aunque no podría otorgarse ni remotamente los mismos lujos que los miembros del séquito real, su fortuna había dado un fabuloso salto desde que la Reina lo nombrara sir. Drake quería aprovecharla... y aprovechar los años que le quedaban antes de que la Muerte viniera a buscarlo.
Quienes admiraban sus proezas en este palacio no podían sospechar la soledad y el tedio que imperaban en los mares. Días y noches en los que uno se veía cercado por el círculo inmóvil del horizonte, bailando sobre el oleaje incesante, al punto de sentirse, cuando volvía a pisar tierra, más torpe que una tortuga atascada en la arena.
Sir Drake había aceptado la segunda pelotita de chocolate que le ofreció el consejero, a pesar de ser consciente de que este lo hacía con remilgos, por simple cortesía. Es lo mínimo que merezco, pensó el corsario. Después de todo, le encargaban la bagatela de poner temporalmente bajo el dominio de Isabel las posesiones de Felipe II en Ultramar. Como si se tratara de arrebatarle un juguete de las manos a un niño.
Saboreando la pasta de textura densa, irrigada por el licor almibarado, sir Drake admiró la destreza de los pasteleros de Palacio. Hubiera querido contarles a los consejeros que este chocolate que ellos llamaban de maravilla de las Indias no pasaba, al otro lado del Atlántico, de una bebida amarga y espesa, endulzada con miel, la cual Drake había tenido el valor de probar solo una vez. Las consecuencias fueron tan lamentables que se abstuvo de llevarse nunca más a los labios un tazón de semejante brebaje. Pero sir Drake se limitó a masticar el chocolate de las bombas de licor y, al menos por esta vez, obedeció el consejo del Almirante: permanecer callado.
Ahora que ya estaban cerca de la puerta de Palacio, al viejo corsario se le ocurrió que quizás el problema de los consejeros fuera creerse que el mundo era del tamaño que le atribuían los mapas. En estos, los mares y las tierras podían cubrirse con un golpe de vista, y se tenía la impresión de que cualquier rincón del planeta estaba al alcance de la mano. Ni siquiera los galeones en miniatura que representaban la carrera de la flota española de Manila se ajustaban en la realidad a la escala del mapamundi desplegado sobre la mesa. Las barquillas se veían tan grandes sobre el pliego que parecían capaces de desbordar el Pacífico.
Drake sabía muy bien que en medio del vasto océano la sensación era exactamente la opuesta: una flota no pasaba de un conjunto de barquichuelas bajo la cúpula estrellada del cielo, cercadas por el inmenso horizonte circular.
Pero no hubo ocasión de discrepar ni de mostrarse escéptico en la reunión. Ya Drake se enteraría de lo que le deparaba su destino.
El plan que le expuso el Consejo destacaba por su aparente simplicidad. La Reina Isabel se había fijado el objetivo de obligar a Felipe II a pactar la paz con Inglaterra en términos convenientes para ella. Existía el temor de que los españoles se convencieran de que las costas inglesas eran mucho más vulnerables de lo que suponían, y que decidieran entonces emprender una segunda invasión con una nueva flota, sin dudas mortal para la Corona inglesa. De hecho, varios informes daban noticia de desembarcos esporádicos de buques enemigos en suelo inglés, a los cuales no se les había ofrecido en absoluto resistencia.
Ante tal situación convenía asestar el primer golpe. Fuentes confiables (las fuentes se reducían a los informes de Antonio Pérez, antiguo secretario de Felipe II, y a inciertas noticias traídas por espías y embajadores de países aliados) aseguraban que la principal debilidad de la Corona española radicaba en sus finanzas. Si estas no colapsaban de una vez, a pesar de lo onerosas que resultaban las guerras que libraban los españoles en diversos frentes, se debía a los inagotables manantiales de oro y plata traídos desde el otro lado del Atlántico. Así, resultaba necesario interrumpir, al menos por un tiempo, este flujo de recursos, para impedir que Felipe II reclutara en los próximos años nuevos ejércitos de mercenarios, así como que construyera naves para formar una expedición contra Inglaterra.
Sonriendo hacia Drake, el hombre del Consejo encargado de la exposición del plan afirmó que la derrota de la Armada española había demostrado que las fuerzas marítimas enemigas eran más vulnerables de lo que en general se pensaba. Aunque no se debía subestimar, era un error suponer que el sistema defensivo usado en los puertos americanos y en el traslado de buques por la Carrera de Indias salvaguardaba sin fisuras las riquezas que transportaban los barcos del enemigo.
Si Drake había puesto en entredicho varias veces la fama de la Marina española, bien que podría hacerlo una vez más. Con osadía e imaginación suficientes, los ingleses podrían romper lanzas contra el viejo mito militar hispánico.
El Consejo de la Reina conocía el modo de funcionamiento del sistema de las flotas de las Indias, las rutas de ida y vuelta por el Atlántico, el calendario de partida y de llegada a América, el punto de reunión y las fechas de regreso de los galeones. Se sabía en particular que las flotas se desmembraban a medida que se acercaban a los puertos de destino, y también se tenía noticia del orden, el momento y el número en que las naves desmembradas tomaban rumbo hacia los puertos finales. Resultaba factible, por lo tanto, determinar cuáles eran los puertos americanos con menor o mayor protección, y en qué ocasión se encontraban más vulnerables a los ataques navales.
Asimismo, el Consejo estaba al tanto del calendario aproximado en que los gobernantes locales hacían trasladar los metales preciosos americanos desde tierra adentro hacia las guarniciones y fuertes en las costas. De modo que se podía calcular previamente la fecha más favorable para tomar una ciudad y arrebatarle los tesoros que almacenaba. Los oficiales de Inteligencia del Consejo habían llegado al punto de determinar la fecha y el lugar exactos en que se habría de dar inicio a una serie de ataques navales en el Caribe, ataques que harían temblar a la Monarquía hispánica: sugerían comenzar la víspera de Navidad del año en curso, 1595, por San Juan de Puerto Rico.
La táctica propuesta por los consejeros seguía un patrón clásico. Si los ingleses atacaban por sorpresa, con la velocidad de un relámpago, concentrando todo el grueso de sus fuerzas navales contra un único objetivo por vez — preferiblemente uno de los puertos más débiles— sería probable rendirlo en poco tiempo y destruir las naves ancladas en sus aguas. Como los ataques se programarían para un período en que los cargamentos de oro y plata estuvieran en los fuertes costeros, los vencedores se apoderarían de un fantástico botín. Desplazándose con rapidez hacia el objetivo siguiente, la flota inglesa podría repetir varias veces esta estratagema, antes de dar tiempo siquiera a que el enemigo se informase de las intenciones reales de sus adversarios y preparase una respuesta militar adecuada.
De tener éxito en al menos tres o cuatro acciones como la descrita —los oficiales de Inteligencia estaban considerando atacar, además de San Juan de Puerto Rico, los puertos de Cartagena de Indias, Portobelo, y La Habana o Veracruz— se garantizaría la inferioridad numérica de la flota española en caso de que fuera inevitable enfrentarla en mar abierto. Por otra parte, si Felipe II se quedaba el año próximo sin el oro y la plata que le llegaban religiosamente del Perú a Portobelo y de México a Veracruz o a La Habana, podía darse por hecha la quiebra de las finanzas hispánicas.
De arrebatarle sus riquezas a Felipe, la Corona británica le asestaría un golpe insuperable. “¿Con qué dinero les pagará el cruel Monarca a los ejércitos que tiene movilizados en los Países Bajos, en sus sangrientas guerras contra los protestantes?”, preguntaron los consejeros en la reunión. “¿Cómo armará los buques que ha de necesitar para poner freno al poderío de una armada inglesa victoriosa? ¿Cómo recuperará el control del mar del Norte, que es sinónimo, si lo pensamos bien, del control del Atlántico? ¿Cómo habrá de mantener a raya a los franceses y a los holandeses que se aventuren por sus posesiones?”
Para los consejeros no había dudas: el golpe que planeaban pondría en jaque al Imperio Español.
Lo más atractivo de todo, sin embargo, según los consejeros, era que a pesar de lo ambiciosas u osadas de las metas, la ejecución del proyecto exigía mucho menos recursos de la Corona de lo que podría parecer. En ese momento ya había varios grupos comerciales interesados en financiar la expedición a cambio de un quiñón del botín.
Drake no tenía nada que objetar al plan. Hubiera sido incapaz de proponer uno mejor. Pero en su fuero interno sentía que el exceso de optimismo minimizaba los obstáculos reales que se debían superar.
Para empezar, la sola idea de ponerse a obedecer relojes en los caprichosos mares lo hacía sentirse escéptico. Pese a la envidiable puntualidad anglosajona, resultaba harto pretencioso eso de llegar a las costas de San Juan exactamente el día 24 de diciembre. Todos los marinos sabían que ni los propios españoles actuaban con arreglo a sus calendarios de la Carrera de Indias. Para el tornaviaje, las dos flotas hispánicas, la de Tierra Firme y la de Nueva España, se tenían que reunir en el puerto de La Habana con el propósito de regresar juntas antes del mes de agosto. Procedían así para librarse de los ciclones de fines del verano y de los peligros del mar de Las Bahamas. Sin embargo, corría el rumor entre los corsarios de que a menudo partes enteras de las flotas se retrasaban, y de que los barcos se quedaban entonces carenando en La Habana hasta la llegada del verano siguiente.
Eso, sin considerar la hipótesis de que también a las naves inglesas les podía salir un ciclón al encuentro durante su travesía; o el hecho incontestable de que tomar una plaza y rendir al enemigo era algo que se concebía de forma muy fácil, pero cuya ejecución entrañaba una enorme dificultad.
Al dejar tras de sí la puerta del Palacio, la luz del sol golpeó en el rostro a Drake, ofuscándolo durante unos segundos. Bueno, si es eso lo que la Reina quiere, eso será lo que haga, se dijo con resignación el corsario, limpiándose con el dorso de la mano las lágrimas que le habían saltado sin querer de los ojos. El goce de su propia fortuna tendría que esperar.