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DE todos los problemas que ejercitaron la temible suspicacia del inquisidor Erico Lorenzo, ninguno tan extraño —tan ridícula y ritualmente extraño, pensaban sus propios hombres— como la zodiacal serie de hechos de sangre que habría de culminar en el barco La reina triste, en medio del olor a sargazos podridos. Es verdad que Lorenzo no lograría impedir el último crimen, pero resulta indiscutible que lo previó. Tampoco adivinaría la identidad del vengativo y persistente asesino, pero sí la secreta morfología de la serie y la participación de Bautista Antonelli, Antonelli el de Romaña, cuyo segundo apodo era Antonelli el ingeniero. El hacedor de fortalezas había vaticinado un fin dramático y espectacular para Lorenzo, pero este no se había dejado intimidar. Lorenzo se creía un siervo de Dios, el Torquemada de su siglo, pero algo de cruzado había también en él, y hasta de gladiador.

El primer crimen digno de llevar tal nombre ocurrió en una de las orillas del puerto de boca estrecha. Consistía, en realidad, en el tercero de la serie. Nadie reparó en la secuencia hasta que el día veintitrés de marzo por la mañana unos pescadores encontraron flotando en la bahía el cuerpo desnudo de un indio al que le habían amputado las piernas. El verdugo había atado la cola de un pez espada a los muñones de la víctima. En la panza, el muerto ostentaba el dibujo de un óvalo, con un rombo imperfecto cuyas cuatro puntas tocaban por dentro el perímetro curvo. Como el cadáver llevaba varios días en descomposición, el cuerpo hinchado y oscuro recordaba siniestramente un manatí.

Un par de horas después del hallazgo, el alguacil Francisco Treviranus, miembro del Tribunal del Santo Oficio, y Erico Lorenzo, inquisidor de México que velaba por la Villa de La Habana, debatían con pasión el problema. Ambos compartían la barca y hacían un solemne esfuerzo por mantener el equilibrio mientras charlaban. A su alrededor, en otros botes, soldados, familiares del Santo Oficio y atónitos religiosos escrutaban la escena.

Para Treviranus, no había por qué buscarle tres patas al gato.

—Todos sabemos que el Tribunal de la Santa Hermandad solo viene a la Villa de La Habana una vez cada dos o tres años. Alguien, por motivos que no vale la pena descubrir, estará tratando de mofarse de la Inquisición en esta nueva visita. Para ello ha decidido echar mano a un indio que probablemente se ha encontrado ya muerto, tesis verosímil si consideramos el número de los que perecen a diario en la isla. El falso asesino le ha serrado las piernas a la víctima. Luego le ha puesto esa cola de pez, para que usted se enverede tratando de desentrañar ilusorias conjuras. ¿Qué le parece?

—Posible, pero no interesante —respondió Lorenzo—. Usted podrá replicarme que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. En ese caso, yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no nuestras conjeturas. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un indio muerto, con los signos de un óvalo y de un rombo dibujados en el vientre. Yo preferiría una explicación puramente indígena, lo que, dicho de otra manera, se traduce en una explicación satánica, y no los imaginarios percances de un imaginario bromista y saqueador de cadáveres.

Treviranus respondió que no le interesaban ni las explicaciones indígenas ni las satánicas. Le interesaba la captura del mequetrefe que se estaba burlando de las autoridades al amparo de la oscuridad de la noche. El alguacil estaba convencido de que los dos signos que tanto le llamaban la atención a Lorenzo no pasaban de un señuelo para embaucar la proverbial suspicacia del inquisidor.

—No tan mequetrefe— respondió Lorenzo. Vea que además de los signos, nos ha dejado un mensaje en el pecho del muerto.

Treviranus se agachó en el bote y observó con atención el pecho terso del indio. La carne roja que asomaba por unas incisiones realizadas en la piel a punta de cuchillo, delineaba una serie de caracteres en latín.

“La noche es igual al día”, tradujo Lorenzo.

El inquisidor vio en este detalle una pista de peso. Bruscamente latinista, le ordenó a uno de los hombres que lo acompañaban que anotara aquella frase, mientras se disponía a saltar a un bote vecino donde otros dos familiares del Santo Oficio lo aguardaban para regresar a tierra. El alguacil Treviranus, en cambio, vio en el uso del latín un motivo más para pensar que el fingido autor del crimen sería alguna de las figuras principales del pueblo, quien trataba de tomarles el pelo a los temibles visitantes.

Cuando Treviranus estaba a punto de sugerirle a Lorenzo que hicieran la lista de los hombres de la villa que sabían latín, cosa que sin dudas reduciría el círculo de los sospechosos, el inquisidor, después de tomar impulso para saltar a la otra barca, desapareció ante sus ojos. Lorenzo había tropezado y caído de bruces en las aguas plomizas de la bahía.

Los segundos que siguieron a la inmersión les parecerían infinitos a los presentes.