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EL aparente tercer crimen (los inquisidores no llegaron a constatar nunca su consumación) ocurrió la tarde del veintitrés de septiembre.

Poco antes de la una, un mensajero se aproximó en la Plaza de Armas de la Villa de San Cristóbal de La Habana al alguacil Treviranus. Con ávido sigilo, el hombre, un negro de rostro y edad indefinibles, baja estatura y voz gutural, le dijo a Treviranus que venía de parte de una joven india que se hacía llamar Virgencita (o Virginia). La india estaba dispuesta a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los sacrificios del difunto cojuelo que había aparecido en la bahía en el mes de marzo, y de los gemelos hallados en junio bajo la ceiba. Una discordia de silbidos y de panderetas se superpuso súbitamente a la voz del enviado de la delatora. Este interrumpió la conversación. Un bando de chiquillos pasó corriendo, haciendo sonar unos silbatos. Le gritaron varias cosas ininteligibles a Treviranus, sacándole la lengua con muecas burlonas. En ese mismo instante, una turba de negros que bailaban al son de infinitos tambores pasó arrollando junto al alguacil. Este perdió de vista al mensajero entre la multitud de danzantes. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en días de parrandas de negros), Treviranus indagó que había una india a la que llamaban la Virginal en la taberna La gandinga, del callejón de los libertos.

Treviranus se dirigió hasta el lugar con algunos de sus hombres. Allí habló con el patrón. Este (Salvador Golomón, antiguo criminal de la villa de Bayamo, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había solicitado el servicio de un mensajero en la casa era una inquilina mestiza, una tal Virginal, quien acababa de salir con unas amigas de la mala vida. El patrón le refirió otros detalles a Treviranus. Ocho días antes, Virginal había tomado un cuartico en los altos de la taberna. Era una india de rasgos afilados, de llamativa cabellera añil, vestida pobremente. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; sin embargo, el desfile de hombres por su habitación sólo cesaba a altas horas de la noche.

Esa tarde, Virginal bajó a hablar con el mensajero al despacho de Salvador. Después que memorizó el recado, el mensajero, un negro de rostro y edad indefinibles, salió. Virginal permaneció en el despacho. Una gigantesca litera cerrada se detuvo en ese momento ante la taberna. Los cargadores se quedaron de pie junto al camino; algunos parroquianos recordaron que tenían máscaras de diablitos. De la litera bajaron dos muchachas de la mala vida, disfrazadas con una vestimenta llena de estampas y de parches multicolores y con antifaces oscuros y de nariz respingona; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachas. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el despacho de Salvador; abrazaron a Virginal, que pareció reconocerlas, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en lengua de indios —Virginal en voz grave; ellas dos con las voces falsas, agudas— y subieron a la habitación. Al cuarto de hora bajaron las tres, muy felices; Virginal, tambaleante, parecía tan borracha como las otras. Iba, alta y vertiginosa, en el medio, entre las dos enmascaradas. (Una de las mujeres del bar recordó los rombos amarillos, rojos y verdes en la ropa de las visitantes.) Dos veces tropezó; dos veces la sujetaron las amigas. Virginal y las otras subieron a la litera y desaparecieron. Antes de meterse en la litera, la última muchacha garabateó una figura obscena en una de las paredes contiguas a la taberna La gandinga.

Treviranus vio la figura. Era casi previsible: un óvalo con un rombo inscrito en su interior. Dos líneas perpendiculares habían sido trazadas desde los vértices del rombo. En el punto donde estas se intersecaban, la muchachita con ropa de arlequín había representado un falo erecto y dos testículos enormes. Debajo había escrito —con varios errores ortográficos— una frase en latín. Más tarde, con la intervención de Erico Lorenzo, Treviranus conocería su traducción: “el último día es igual a la primera noche”.

El alguacil examinó después la habitación de Virginia-Virginal. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de hojas de tabaco; sobre una mesa, una biblia y varias estatuas de arcilla en miniatura: monstruos de dos cabezas y patas amputadas, gallinas con cuernos de toro y ancas de sapo —una de las ancas había sido decepada—, un indio en miniatura que devoraba una pierna humana, demonios risueños copulando... Treviranus miró el libro y las estatuillas con indignación e hizo buscar al inquisidor Erico Lorenzo. Este, sin observar a su alrededor, se puso a examinar las figurillas y a leer la biblia, mientras el alguacil interrogaba a los contradictorios testigos del posible secuestro.

A las cuatro salieron. Al final del callejón de los libertos, cuando pisaban las cáscaras de plátano y las plumas de gallos de los sacrificios rituales, Treviranus dijo:

—¿Y si la historia de esta tarde fuera un simulacro?

Erico Lorenzo sonrió, mirando minuciosamente la figura quimérica que tenía en la mano, y citó con gravedad un pasaje subrayado de la biblia encontrada en la pieza: “los últimos serán los primeros.”

El otro ensayó una ironía.

—¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta tarde?

—No. Más valiosa es una palabra que, según el mensajero que habló con usted, usó Virginal.

Los curiosos y observadores de la localidad no descuidaron el misterioso secuestro de la india, que venía a sumarse a las muertes periódicas de los cojuelos. Los astrólogos las contrastaron con la regularidad magnífica de los tres últimos eclipses de sol, y los picapedreros con los bloques labrados para levantar el castillo de La Fuerza (algunos afirmaban que el ingeniero Antonelli prefería compararlas con la propia planta del Castillo). Pedro Navaja, matón y cuchillero del barrio blanco de los sevillanos, reprobó las demoras intolerables de un genocidio clandestino y frugal, que había necesitado seis meses para liquidar a cuatro indios. Los pobladores del barrio de Guanabacoa, de sangre indígena, rechazaron la hipótesis horrorosa de un complot contra su raza, aunque muchos espíritus sabios no admitían otra solución del triple misterio. El más ilustre de los hombres del país, el ingeniero Antonelli, juró que bajo el gobierno de Don Juan de Tejeda nunca se habrían producido crímenes como esos, y acusó de culpable negligencia al nuevo Gobernador Maldonado y a sus secuaces, Lorenzo y Treviranus.

De forma inexplicable, al atardecer de ese mismo día veintitrés de septiembre corrió el rumor en la villa de que había aparecido en la plazoleta de la Punta el cuerpo inerte de la india Virginal, desnuda y sin la pierna derecha. Alguien contó que le había oído decir a un negro de baja estatura, voz gutural y rostro y edad indefinibles, que el cuerpo amputado de la muchacha estaba tendido sobre un montículo de tierra. Según el relato referido por todos, la ausencia de la extremidad inferior causaba una molesta impresión de desequilibrio en los observadores. La Virginal, añadían otros, tenía los brazos abiertos en cruz —¡Lo buena que se veía la indiecita, compay, y que la mataran así, qué crimen! — comentaban los menos escrupulosos.

La gente acudió en tropel al lugar, situado en la orilla izquierda de la entrada de la bahía. Aunque los hombres de Treviranus viraron todo al revés y al derecho, no encontraron ningún cadáver. Nada vio tampoco la multitud que allí se había aglomerado. Sin embargo, a la mañana siguiente los cuentos que circulaban de boca en boca abundaban en detalles sórdidos. Que si a la india, una niña aún virgen, la habían desflorado antes de asesinarla. Que si le habían encontrado una cabeza de cerdo en la barriga, abierta en canal y luego cosida con tiras de cuero de las que se usaban en los barcos. Que si la pierna que le faltaba se la habían disputado por la madrugada los perros hambrientos de la Plaza de Armas. Que si no eran los perros, sino los propios indios, quienes habían reñido por este manjar.

Unos días después, hubo quien conjeturara que el asesino debía de ser un monje enloquecido, una persona estrechamente vinculada a la Iglesia, pues solo ellos sabían latín y transitaban, sin que se les hiciera objeción, por los templos de la villa.

Al enterarse de tales rumores, el alguacil Francisco Treviranus no pudo reprimir más su cólera. Una noche de borrachera salió a la calle y juró a gritos que cuando agarrara al bellaco que se entretenía cada tres meses en amputarles las piernas a los indios, él se encargaría personalmente de cortarle un miembro mucho más precioso que las piernas y los brazos.

En agosto, Treviranus había obedecido a duras penas la inapelable orden de Lorenzo de no tomar represalias contra la gente alfabetizada de la villa. Alguien había dejado entonces, frente a la casa de interrogatorios de los inquisidores, un león de trapo de tamaño natural, con tripas de paja y una larga melena de color oro tejida con pelos de maíz. Al león le faltaba la pata posterior derecha.

Treviranus se sentía desconsolado al ver que ante los crímenes Lorenzo no hacía otra cosa que consultar sus libros eclesiásticos y desplegar mapas del Zodíaco y cartas marítimas y estelares sobre la mesa, entre cuadrantes, astrolabios y brújulas, como si así fuera a resolver el enigma. En opinión de Erico Lorenzo, los hechos de sangre que verdaderamente importaban tal vez tuvieran relación con los cuatro elementos —agua, aire, tierra, fuego— o acaso con alguna otra serie cuádruple que aún no había logrado descifrar. Lo que sí no ponía en duda el inquisidor (al declarar esto, se rascaba la barbilla con el índice y arrugaba el ceño) era que las muertes de los indios constituían sacrificios satánicos, probablemente de carácter antropofágico. “Estos desalmados”, afirmó, “devoran sin piedad a sus propios hijos.”

El alguacil Treviranus echaba rápidas ojeadas a los papeles de Lorenzo. No entendía nada de las figuras elípticas que describían órbitas de planetas, ni de los símbolos de constelaciones, ni de los textos latinos, pero no disimulaba su opinión: no atraparían a los culpables apelando a consultas bibliográficas.

El inquisidor Lorenzo había promovido a Treviranus al rango de investigador de los crímenes y herejías de la Villa de La Habana, y a la función de jefe del brazo policial de la Iglesia en la región, como premio a su lealtad al Santo Oficio, y por el buen tino que había demostrado al encontrar la punta de una madeja herética en la que habían estado implicados el cirujano Zamarra y más de una figura notable del Gobierno local.

Aunque Lorenzo se había visto forzado a interrumpir aquel caso de forma abrupta, le quedó un especial aprecio por Francisco Treviranus. Este, sin embargo, se consideraba incompetente para las tareas que el inquisidor de México le delegaba: establecer hipótesis, juntar pistas y deducir. Por tal motivo se declaraba partidario del uso de los métodos violentos. Aun así, Treviranus trataba de hacerse merecedor por sus resultados (y si no, al menos por sus intenciones) de la posición que había adquirido por un puro golpe de suerte.

El alguacil comprendía que de no haber sido por su visita casual al médico Zamarra, en la cual descubrió que este fornicaba con la esclava, y de no ser sobre todo por el vicio que le había despertado aquella negra, la Cacha, una de las putas más codiciadas de La Habana de hoy (el vicio de la negra lo llevó a perseguirla, y esto propició que tratara de librarse del cirujano mandándolo al calabozo), nunca se hubiera puesto en el rastro de la conspiración que tanto obsesionaba al inquisidor.

Era verdad, pensaba Treviranus, que al fin y al cabo la información que le arrancaron al médico les había resultado inútil. Cuando el gobernador Juan de Tejeda, quien se hacía atender periódicamente por Zamarra, se enteró de que a este lo tenían preso en las cárceles de la Santa Hermandad, le mandó un recado al inquisidor Lorenzo, advirtiéndole que si no le traían a Zamarra a su castillo esa misma noche, a la una de la mañana daría la orden de que una lluvia de cañonazos echara por tierra las edificaciones inquisitoriales.

El gobernador le aseguró a Lorenzo que remitiría una misiva al Consejo de la Suprema dando relación detallada de los trágicos hechos. La gallarda posición asumida por don Lorenzo, su ejemplar valentía, harían de él un apóstol recordado y venerado en todo el orbe. Porque Tejeda auguraba que no omitiría ningún detalle en su relato. Ni siquiera los más sórdidos actos perpetrados por los piratas luteranos, esos traidores al Catolicismo que, habiendo invadido la villa por sorpresa, y no pudiendo tomar la fortaleza militar, habían decidido arremeter contra los terrenos del Santo Oficio, derribando con la artillería de sus barcos los muros de los edificios de la Inquisición, hasta enterrar a sus habitantes bajo los escombros. Tejeda le reiteraba a Lorenzo que no economizaría elogios a su bravura y que pondría por el cielo su digna muerte en combate contra los impíos, dando vivas a Santiago bajo el estruendo de los cañonazos, con los huesos de todo el cuerpo astillados por la metralla de los proyectiles del enemigo. (Estos pedazos de su osamenta, anotó Tejeda, habrían de figurar en futuros relicarios.)

En aquella ocasión el inquisidor Lorenzo juró, soltando espumarajos rabiosos por la boca, que las cosas no se quedarían así, que haría venir una flota desde España para prender en persona al jefe del Castillo de las Fuerzas Nuevas. Sin embargo, a las nueve de la noche el cirujano Zamarra salió bañado y afeitado de las mazmorras, vestido con la mejor indumentaria que le pudieron conseguir sus torturadores, bajo la custodia de cinco de los guardias de confianza del gobernador. Desde ese día, el médico tuvo una celda a su disposición en cada una de las fortalezas ocupadas por el hombre más importante del país, y se volvió prácticamente inmune al alcance del brazo secular de la Iglesia.

Treviranus se preguntó, al rememorar el episodio, si Erico Lorenzo se habría planteado la posibilidad de que tras esta nueva serie de eventos heréticos —el enigma de los difuntos cojuelos— estuvieran Zamarra y el exgobernador Juan de Tejeda. ¿Estaría acobardado Lorenzo? ¿Serían sus sesudas búsquedas intelectuales una forma de escamotear la verdad?

El alguacil Treviranus buscó instintivamente el mar en la ventana, repasando el extenso horizonte azul. Trató de despejar la cabeza. Hay cosas, sin dudas, en las que es mejor ni pensar.