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Tales han sido mis últimas relaciones con Bonaparte. ¿Por qué no he de convenir en que sus palaras ¡halagan la orgullosa debilidad de mi corazón? Muchos hombres pigmeos a quienes he hecho grandes servicios, no me han juzgado tan favorablemente como el gigante cuyo poder me había atrevido a combatir.
Santa Elena después de la muerte de Napoleón.
Mientras desaparecía el mundo Napoleónico, procuraba yo informarme de los sitios en que su estrella se había eclipsado. El sepulcro de Santa Elena ha gastado ya uno de sus contemporáneos sauces, y aquel árbol decrépito y caído se ve mutilado continuamente por los peregrinos. El sepulcro está cercado de una verja de hierro fundido, y tres losas se vea colocadas trasversalmente sobre la fosa, en cuyos extremos crecen algunos iris; la fuente del valle destila aun sus aguas en aquellos prados que han visto pasar tantos días prodigiosos. Los viajeros arrojados a la isla por las tempestades creen deber consignar la oscuridad de sus nombres en aquella ilustre tumba. Una anciana se ha establecido allí cerca para vivir con la sombra de sus recuerdos, y un inválido hace la centinela en una garita.
El antiguo Longwood situado a doscientos pasos del nuevo, está abandonado. Después de atravesar un cercado lleno de estiércol, se entra en una caballeriza que servía de alcoba a Bonaparte. Un negro enseña a los viajeros un pasillo ocupado hoy por un molino de mano, y les dice: Here he dead: aquí murió. El aposento en que nació Napoleón no seria probablemente ni más espacioso ni más rico.
En el nuevo Longwood o sea Plantalion-house, en casa del gobernador, se ven por todas partes retratos del duque de Wellington y cuadros que representan sus batallas. Un anuario con puertas de cristales, encierra un pedazo del árbol a cuyo lado estuvo el general inglés durante la batalla de Waterloo; esta reliquia se halla colocada entre una rama de olivo cogido en el jardín del monte Olivete y varios adornos de los salvajes de la mar del Sur: peregrina asociación hecha por los que tanto abusan de las olas. Inútilmente trata aquí el vencedor de sustituir al vencido, bajo la protección de un recuerdo de la Tierra Santa, y otro de Cook: bastan para Santa Elena la soledad, el Océano y Napoleón.
Si se inquiriese la historia de las trasformaciones que han sufrido muchos terrenos ocupados por sepulcros ilustres, por soberbios palacios; cuanta variedad de destinos descubriríamos, ya que se operan continuamente tan extrañas metamorfosis en las oscuras viviendas que sirven de encierro a nuestra pobre existencia! ¿En qué choza nació Clodoveo? ¿En qué carreta vio Atila por vez primera la luz del día? ¿Qué torrente oculta el sepulcro de Alarico? ¿Qué chacal ocupa el sitio de la tumba de oro o de cristal que encierra los restos mortales de Alejandro? ¿Cuántas veces han cambiado de sitio estas cenizas? ¿A quién pertenecen los grandes mausoleos de Egipto y de las Indias? Dios solo conoce las causas de tantas mudanzas íntimamente ligadas con los misterios del porvenir, porque la profundidad del tiempo oculta a los hombres grandes verdades, qué solo se manifiestan con el trascurso de los siglos, así como hay a inmensa distancia de la tierra multitud de estrellas cuya luz no ha Iterado aun hasta nosotros.
Exhumación de Bonaparte.
Mientras que yo escribía las anteriores líneas, el tiempo ha corrido con velocidad, produciendo un acontecimiento que pudiera llamarse grande, si los sucesos del día mereciesen otra calificación que la miseria en que vienen a parar. Se han reclamado a Londres los despojos mortales de Bonaparte, y se ha concedido la demanda. ¿Para que quería la Inglaterra aquellos huesos? pronta está a darnos iodos los presentes mortuorios que apetezcamos. Hemos recibido las cenizas del que fue emperador en los momentos de nuestra mayor humillación: han estado expuestos al registro concedido por el derecho de visita; pero el extranjero se ha mostrado geueroso dando un salvo conducto para el trasporte de los grandes restos. Su trasladación a Francia es una falta cometida contra la celebridad, porque nunca reemplazará al valle de Slame una tumba en París. ¿Quién desea ver a Pompeyo fuera del curso de arena trazado por un pobre liberto con la ayuda de un anciano legionario? ¿Qué haremos de tan magnificas reliquias en medio de nuestras miserias? ¿Representará el más duro granito la eternidad de las obras de Bonaparte? ¿Si a lo menos contásemos con un Miguel Ángel que esculpiese su estatua fúnebre! ¿Cómo se levantará el monumento? Para los hombres pequeños suntuosos mausoleos; para los grandes una piedra y un nombre. Si se hubiese, a lo menos, colocado el féretro en el coronamiento del Arco del Triunfo para que las naciones contemplasen al que fue su señor sobre aquellas victorias que lo inmortalizaron. ¿No se veía en Roma la urna de Trajano sobre su columna? Napoleón se confundirá entre vosotros con las cenizas de oscuros cadáveres que nada significan. Dios quiera que no esté expuesto a las vicisitudes de nuestros trastornos públicos, por muy defendido que hoy se encuentre entre Luis XIV, Vauban y Turena, ¡Ay de esas sacrílegas violaciones tan comunes en nuestra patria! Si triunfa cierto partido de la revolución no será extraño que el polvo del conquistador se mezcle con los demás despojos que nuestras pasiones han dispersado: entonces se olvidará al vencedor de los pueblos, para acordarse únicamente del opresor de las libertades. Los huesos de Napoleón no reproducirán su genio, pero darán lecciones de despotismo a soldados medianos.
Sea de esto lo que fuere se puso a disposición de un hijo de Luis Felipe una fragata, cuyo nombre célebre en los fastos de nuestras victorias navales la ha protegido en el Océano. Desde Tolón, puerto en que se embarcara también Bonaparte para conquistar el Egipto, hizo rumbo el nuevo Argos hacia Santa Elena para apoderarse de la nada. El sepulcro se elevaba todavía silencioso en el valle Slame o del Geranio, uno de los dos sauces llorones había ya caído, pero ladi Dalias, mujer de cierto gobernador de la isla, había plantado otros diez y ocho, y treinta y cuatro cipreses; el manantial refrescaba el valle, como cuando Napoleón bebía sus aguas: se trabajó para abrir el monumento una noche entera bajo la inspección del capitán inglés Alejandro, y se encontraron intactas las cuatro cajas embutidas unas en otras; a saber, las dos de caoba, la de plomo, y la de hoja de lata, y en seguida se procedió en una tienda de campaña al examen de la momia, en presencia de muchos oficiales y entre ellos de algunos que habían conocido a Bonaparte.
Cuando se abrió el último ataúd todas las miradas se dirigieron a su fondo, y «encontraron, según el abad Coquereau, una masa blanquecina que cubría el cuerpo en toda su extensión, al tocarla el doctor Gaillar, se conoció una almohada forrada de seda blanca que guarnecía interiormente la parte superior de la caja, de la cual se había desprendido, y que cubría el cuerpo como si fuese un sudario. Todo el cadáver aparecía sembrado de una ligera espuma, y cualquiera hubiese dicho que se distinguía a través de una diáfana nube. Aquella era en efecto su cabeza, que la almohada levantaba un poco, con su ancha frente y con sus ojos, cuyas orbitas se dibujaban bajo los párpados, guarnecidos aun de algunas pestañas; las mejillas estaban hinchadas, la nariz había padecido bastante, y la boca entreabierta dejaba ver tres dientes de extremada blancura; en todo el rostro se distinguía perfectamente las señales de la barba; las manos sobre todo, parecían animadas por el soplo de la vida, pues conservaban la tersura y el color naturales; una de ellas, la izquierda, se notaba más gruesa que la otra; las uñas habían crecido después de la muerte; las tenía largas y blancas; también una de las botas estaba descosida y mostraba por su abertura cuatro dedos del pie de una blancura mate.»
El astro eclipsado de Santa Elena ha vuelto a parecer en el mundo; el universo ha contemplado por segunda vez a Napoleón, p»ro éste no ha visto ya el universo. Las errantes conizas del conquistador se han iluminado con las mismas estrellas que le guiaron a su destierro; pero Bonaparte ha pasarlo por el sepulcro como por todas partes, sin detenerse. Desembarcado en el Havre, ha llegado al Arco del Triunfo, dosel que refleja los rayos del sol en ciertos días del año; desde el arco hasta los Inválidos solo hemos visto columnas de madera, bustos de yeso, una estatua del gran Condé y obeliscos de pino representando la vida del vencedor. Un frío glacial hacia remolinarse a los generales junto a el carro fúnebre, como en la retirada de Moscú. Nada era allí bello, a excepción de la embarcación enlutada que acababa de conducir silenciosamente por el Sena a Napoleón, y un crucifijo.
Privado de su catafalco de rocas, Napoleón ha venido a sepultarse entre las inmundicias de París. En vez de navíos que saluden al nuevo Hércules consumido en el monte Oeta, las lavanderas de Vaugirard darán vueltas al recinto en que yace, acompañadas de algunos inválidos desconocidos en el ejército grande. Para preludiar tanta impotencia de miras, los hombres del día no han sabido imaginar más que un salón de Curcio al aire libre; así que después de algunos días de lluvia, nada ha quedado de aquellas ridículas decoraciones. Por más que se haga, siempre aparecerá en medio de los mares la verdadera tumba del triunfador; nosotros poseemos el cuerpo, y Santa Elena su fama imperecedera.
Napoleón es el fin de la pasada era; ha hecho la guerra demasiado en grande para que vuelva a interesarse por ella la especie humana: ha arrastrado impetuosamente con sus pies las puertas del templo de Jano, y amontonado delante de ellas pirámides de cadáveres para que no vuelvan a abrirse.
Mi visita a Canas.
He pasado por todos los sitios que sirvieron de tránsito a Napoleón después de haberse fugado de la isla de Elba. Entré en la posada de Canas al mismo tiempo que se celebraba a cañonazos la conmemoración del 29 de julio, de los resultados de la incursión del emperador que este sin duda no había previsto. Cuando llegué al golfo Juan era ya de noche; eché pie a tierra en una casa solitaria inmediata al camino real: Jacquemin, alfarero y huésped mío, me condujo a las orillas del mar, y allí nos extraviamos por sendas desiguales, entre los olivares bajo cuya sombra había vivaqueado Bonaparte. El mismo Jacquemin había sido también su patrón, y entonces era mi guía. A la izquierda del ancho sendero de travesía se encontraba una especie de tinglado en donde Napoleón, que invadía solo la Francia, depositó los efectos de su desembarco.
Desde la playa contemplé el mar en calma; el débil suspiro del viento no rizaba una sola espuma, y las trasparentes olas, semejantes a una finísima gasa, besaban las arenas sin estrépito ni precipitación. El cielo sereno, ostentando todo el brillo de sus constelaciones, coronaba mi cabeza, pero no tardó la luna en descender y ocultarse detrás de los vecinos montes. En el golfo solo se divisaba una barca anclada y dos botecillos; a la izquierda se distinguía el faro de Antibes, y a la derecha las islas de Lerius; en frente de mí se abría el mar del Sur hacia Roma, a donde Bonaparte me había enviado en otro tiempo.
Las islas llamadas hoy de Santa Margarita, sirvieron antiguamente de refugio a algunos cristianos que huían de los bárbaros. San Honorato, escapado e Hungría, arribó a uno de sus escollos, subió a una palmera, hizo la señal de la cruz, y murieron todas las serpientes, es decir, espiró el paganismo, y la nueva civilización nació en Oriente.
Mil cuatrocientos años después llegó Bonaparte a terminar esta civilización en los mismos sitios en que el santo la había comenzado. El último solitario de aquellas islas fue el hombre de la máscara de hierro, si es que realmente ha existido; pero del silencio del golfo Juan y de la paz ofrecida por las rocas a los antiguos anacoretas, salió el estruendo de la batalla de Waterloo, que atravesó el Atlántico y fue a morir en Santa Elena.
Ya puede suponerse lo que yo sentiría entre los recuerdos de dos sociedades, cutre un mundo extinguido y otro próximo a extinguirse en aquellas playas abandonadas. Abandoné la costa lleno de consternación religiosa, dejando pasar y repasar las olas que hasta ahora no han podido borrar el penúltimo paso de Napoleón.
Al fin de todas las grandes épocas se escucha alguna voz doliente que llora las desventuras pasadas; así gimieron los que vieron desaparecerá Carlo-Magno, San Luis, Francisco I, Enrique IV y Luis XIV. ¿Cuánto pudiera yo decir, como testigo ocular de las modernas vicisitudes? ¿Después de haber encontrado, como yo a Washington y a Bonaparte, que me resta detrás del Cincinato americano y del sepulcro de Santa Elena? ¿Por qué no he muerto como mis contemporáneos, último restos de una raza extinguida? ¿Por que he quedado solo para buscar sus huesos en las tinieblas y el polvo de una inmensa catacumba? ¡Mi Valor desfallece porque duro tanto! ¡Ah, si al menos contase con la indiferencia de un anciano árabe, a quien encontré en África!
Sentados con las piernas cruzadas en una estera, envueltas sus cabezas entre lienzos, ocupan los habitantes del desierto las últimas horas de su vida en seguir con la vista, entre él azul del firmamento, al hermoso plenicóptero que vuela hacia las ruinas de Cartago; mecidos por el murmullo de las ondas, olvidan su propia existencia y entonan en voz baja la triste canción que precede a su muerte.