T. is done but yesterday a king¡
Aud arni d’with kings to strive
And now thou a namless thing
So abject yet alive.
«Esto es hecho. ¡Ayer todavía un rey! y armado para combatir a los reyes! Y hoy eres una cosa sin nombre tan abyecta..! y sin embargo, vives..!»
Toda la oda es por este mismo estilo: cada estrofa es más fuerte que la que la precede, lo cual no le ha impedido a lord Byron celebrar el sepulcro de Santa Elena. Los poetas son como los pájaros; cantan con el ruido.
Cuando los mejores y más diversos talentos se encuentran de acuerdo en un juicio, ninguna admiración facticia o sincera, ninguna coordinación de los hechos, ni ningún sistema ideado después de los sucesos, pueden invalidar su sentencia. ¡Qué..! ¿se podría, como lo hizo Napoleón, substituir su voluntad a las leyes, perseguir a los nombres independientes, complacerse en deshonrar su carácter, perturbar la existencia de los demás, violentar las costumbres privadas y las libertades públicas, y declarar calumniosas y blasfemadoras a las oposiciones generosas que elevasen su voz contra esas enormidades..? ¿Quien querría defender la causa del débil contra el fuerte, si el valor, expuesto a la venganza de las vilezas de lo presente, debiese además esperar la censura del porvenir?
Aquella ilustre minoría, formada en su mayor parte de los hijos de las musas, llegó a ser gradualmente la mayoría nacional: a fines del imperio, todo el mundo aborrecía el despotismo imperial. Un cargo muy grave permanecerá siempre unido a la memoria de Bonaparte; hizo tan pesado su yugo, que el sentimiento hostil contra el extranjero fue debilitándose, y una invasión, cuyo recuerdo todavía deploramos, tomó, en el acto de verificarse, el carácter de un acontecimiento salvador: esta es también la opinión republicana emitida por mi infortunado y bravo amigo Carrel: «El regreso de los Borbones, dijo Carnot, produjo en Francia un entusiasmo universal: fueron recibidos con una inexplicable efusión de corazón, y los antiguos republicanos participaron sinceramente del común regocijo. Napoleón los había oprimido tanto, y todas.las clases de la sociedad habían sufrido hasta tal punto, que no había nadie que no estuviese realmente contentísimo.»
Para la sanción de estas opiniones no falta más que una autoridad que las confirme: Bonaparte se encargó de patentizar la verdad. Al despedirse de sus soldados en Fontainebleau confesó en voz alta que la Francia le rechazaba. «La Francia, dijo, ha querido otros destinos.» Confesión inesperada y memorable, cuyo p: o no puede disminuirse ni aminorarse su valor.
Dios, en su paciente eternidad, hace resplandecer pronto o tarde la justicia: en los momentos de aparente sueño del cielo, siempre será bueno que la desaprobación de un hombre honrado aparezca y sirva como de freno al poder absoluto. La Francia no repudiará a las almas nobles que reclamaron contra su servidumbre, cuando todos se prosternaban, cuando tantas ventajas y mercedes producía la lisonja, y tantas persecuciones acarreaba la sinceridad. Honor, pues, a los La Fayette, Staël, Benjamín Constant, Camilo Jordán, Ducis, Lemercier, Lanjuinais y Chenier, que erguidos en medio de la rastrera multitud de los pueblos y los reyes, se han atrevido a despreciar la victoria, y a protestar contra la tiranía...
El Senado expide el decreto de destitución
El 2 de abril, los senadores a quienes no se debo masque un articulo de la Carta de 1814, el innoble articulo que les conservó sus pensiones, decretaron la destitución de Bonaparte. Si este decreto libertador para la Francia, e infame para los que le expidieron, hace una afrenta a la especie humana, enseña al mismo tiempo a la posteridad el valor de las grandezas y de la fortuna, cuando no se apoyan en las bases de la moral, de la justicia y de la libertad.
Decreto del Senado conservador.
«El Senado conservador, considerando que en una monarquía constitucional, el monarca no existe sino en virtud de la constitución y del pacto social:
«Que Napoleón Bonaparte durante algún tiempo de un gobierno firme y prudente, había dado a la nación motivos de contar para el porvenir con actos de sabiduría y de justicia, pero que después ha desgarrado el pacto que de unía al pueblo francés, especialmente levantando impuestos, estableciendo contribuciones que no podían exigirse sino en virtud de una ley, contra el tener expreso del juramento que prestó al tiempo de su advenimiento al trono, con arreglo al articulo 53 de las constituciones de 28 floreal año XII:
«Que ha cometido ese atentado contra los derechos, del pueblo, cuando acababa de prorrogar sin ninguna necesidad las sesiones del Cuerpo legislativo, y de suprimir como criminal un dictamen de aquel cuerpo a quien disputaba su titulo y su derecho de presentarle a la representación nacional:
«Que ha emprendido una larga serie de guerras, violando el articulo 50 del acta de las constituciones del año VIII, que exige que la declaración de guerra sea propuesta, discutida. decretada y promulgada como una ley:
«Que, inconstitucionalmente ha expedido decretos imponiendo la pena de muerte, especialmente los dos de 5 de marzo último que tienden a hacer que se considere como nacional una guerra que solo tenía por objeto el interés de su desmedida ambición:
«Que ha infringido las leyes constitucionales con sus decretos sobre las prisiones de estado:
«Que ha reducido a la nada la responsabilidad de los ministros, confundido to;!os los poderes, y destruido la independencia de los tribunales:
«Considerando que la libertad de la prensa, establecida y consagrada como uno de los derechos de la nación, ha estado constantemente sometida a la arbitraria censura de su policía, y que al mismo tiempo se ha servido siempre de la imprenta para difundir por la Francia y por la Europa hechos fingidos, máximas falsas, doctrinas favorables al despotismo, y ultrajes contra los gobiernos extranjeros:
«Que algunas actas e informes que se han leído al Senado han sufrido alteraciones en su publicación:
«Considerando que en lugar de reinar promoviendo los intereses, la felicidad y la gloria del pueblo francés, con arreglo a los términos de su juramento, napoleón ha llenado la medida de las calamidades de la patria, negándose a tratar con condiciones que el interés de la nación obligaba a aceptar y que no comprometían el honor francés: por el abuso que ha hecho de todos los medios que se le han confiado tanto de hombres como de dinero: por haber abandonado a los heridos sin curación, auxilios ni subsistencias: por diferentes medidas cuyas consecuencias eran la ruina de las ciudades, la despoblación de los campos, el hambre y las enfermedades contagiosas:
Considerando que por todas estas causas el gobierno imperial establecido por el senado-consulto del 28 floreal año XII o 18 de mayo de 1804, ha cesado de existir, y que el voto manifiesto de todos los franceses exige un orden de cosas, cuyo primer resaltado sea el restablecimiento de la paz general y la época de una reconciliación solemne entre todos los estados de la gran familia europea, el Senado declara y decreta lo que sigue: Napoleón queda destituido del trono, y abolido el derecho de sucesión en su familia: el pueblo y el ejército francés quedan absueltos del juramento que tienen prestado.»
El senado romano fue menos duro cuando declaró a Nerón enemigo público: la historia no es más que la repetición de los mismos hechos aplicados a hombres y tiempos diversos.
Supongamos al emperador leyendo aquel documento oficial en Fontainebleau. ¿Qué opinión debía formar de lo que había hecho y de los hombres cómplices de la opresión de nuestras libertades? Cuando publiqué mi folleto De Bonaparte y de los Borbones, ¿podía esperar verle amplificado, y convertido en decreto de destitución por el Senado? ¿Quién impidió a aquellos legisladores en los días de la prosperidad, descubrir los males de que acusaban de ser autor a Bonaparte y que la constitución había sido violada? ¿Qué celo tan repentino se había apoderado de aquellos personajes hasta entonces mudos, por la libertad de imprenta! Los que habían colmado de adulaciones a Napoleón al regreso de cada una de sus campañas, ¿cómo aseguraban entonces que solo las había emprendido por el interés de su desmedida ambición? ¿Los que le habían concedido tantos conscriptos para que los sacrificase, como se enternecían repentinamente por los soldados heridos, abandonados sin auxilios, curación ni subsistencias? Hay tiempos e”que debe hacerse uso del desprecio con suma economía, porque es muy grande el número de los que son acreedores a él: los compadezco porque le necesitarán todavía durante los cien días y aun después.
Cuando pregunto que pensaría Napoleón en Fontainebleau de los actos del Senado, ya estaba dada la respuesta: una orden del día 4 de abril de 1814 que no se ha publicado oficialmente pero que insertaron diferentes periódicos de fuera de la capital, daba gracias al ejército por su fidelidad y añadía:
«El Senado se ha permitido disponer del gobierno francés: ha olvidado que debe al emperador el poder de que ahora abusa: que él es el que ha salvado a una parte de sus miembros de las borrascas de la revolución, y sacado a la otra de la oscuridad y protegido la contra el odio de la nación. El Senado se funda en los artículos de la constitución para derribarla: no s”avergüenza de dirigir cargos al emperador, sin observar que como primer cuerpo del estado, ha tenido una parte muy principal en todos los acontecimientos. El Senado no se sonroja de hablar de los libelos publicados contra los gobiernos extranjeros; se olvida de que fueron redactados en su seno. En el largo tiempo que la fortuna se ha mostrado propicia con su soberano, esos hombres se han mantenido fieles, y ninguna queja han proferido sobre los abusos del poder. Si el emperador hubiese despreciado a los hombres como se supone, el mundo conocería ahora que había tenido mucha razón para menospreciarlos.»
Este es un homenaje rendido por el mismo Bonaparte a la libertad de imprenta: debía estar persuadido de que tenía algo bueno, pues que le ofrecía el último resguardo y asilo.
Y yo que me hallo luchando con el tiempo, yo que procuro hacer que me cuente lo que ha visto, yo que escribo esto tan lejos de los pasados acontecimientos en el reinado de Felipe, heredero no muy legitimo de tan grande herencia, ¿qué soy en manos de ese tiempo de ese gran devorador de los siglos que yo creía detenidos, de ese tiempo que me hace dar saltos con él en el espacio?...
La casa de la calle de San Florentino.— Mr. de Talleyrand.
Alejandro fue a casa de Mr. de Talleyrand. Yo no asistí a los conciliábulos: pueden leerse en las narraciones del abate de Pradt y en las de los escritorzuelos que manejaban con sus sucias y pequeñas manos la suerte de uno de los hombres más grandes de la historia, y el destino del mundo. Yo no contaba para nada con la política fuera de las masas; no había intrigante por subalterno que fuese que no tuviese en las antesalas muchos más derechos y favor que yo: hombre futuro de la restauración posible, aguardaba debajo de los balcones en la calle.
Por las maquinaciones de la casa de la calle de San Florentino, el Senado conservador nombró un gobierno provisional, compuesto del general Bournonville, el senador Jaucourt, el duque de Dalberg, el abate de Montesquieu, y de Dupont de Nemours: el príncipe de Benevento tomó posesión de la presidencia. y el abuso de la victoria. No ha sabido reinar conforme al interés nacional, ni aun al de su despotismo. Ha destruido cuanto quería edificar, y vuelto a crear lo que quería destruir. No creía más que en la fuerza,
Al pronunciar este nombre por la primera vez, debería hablar del personaje que tuvo una parte tan notable en los negocios de aquella época; pero reservo su retrato para el fin de mis. memorias.
La intriga que retuvo a Mr. de Talleyrand en París cuando la entrada de los aliados ha sido la causa de sus ventajas al principiar la restauración. El emperador de Rusia le conocía por haberle visto en Tilsit. En ausencia de las autoridades francesas Alejandro bajó al palacio del Infantado, que su dueño se apresuró a ofrecerle.
Desde entonces Mr. de Talleyrand pasó por el árbitro del mundo: sus salones eran el centro de las negociaciones. Componiendo el gobierno provisional a su manera, colocó en él a sus adeptos: el abate de Montesquieu figuró en él como un recuerdo de Ia legitimidad.
Al genio poco fecundo del obispo de Autun fueron confiadas las primeras obras de la restauración: la hizo estéril, y la comunicó el germen de la postración y de la muerte.
Actos del gobierno provisional.— Constitución propuesta por el Senado.
Los primeros actos del gobierno provisional colocado bajo la dictadura de su presidente, fueron proclamas dirigidas a los soldados y al pueblo.
«Soldados, decía a los primeros, la Francia acaba de romper el yugo bajo el cual ha gemido con vosotros tanto años hace. Bien veis cuanto habéis sufrido con la tiranía. Soldados, ya es tiempo de poner término a los males de la patria: vosotros sois sus hijos más nobles: no podéis pertenecer al que la ha saqueado, que ha querido hacer odioso vuestro nombre a todas las naciones, y que tal vez hubiera comprometido vuestra gloria, sí un hombre que ni aun siquiera es francés, pudiese debilitar jamás el honor de nuestras armas, y la generosidad de nuestros soldados.»
De este modo, el que consiguió tantas victorias, no era ni aun francés a los ojos de los que habían sido sus más viles esclavos!.. Cuando en tiempo de la liga, Du Bourg entregó la Bastilla a Enrique IV, se negó a dejar la banda negra y a tomar el dinero que se le daba por la entrega de la plaza. Habiéndole exigido que reconociese al rey, respondió: «que era sin duda un príncipe muy bueno, pero que había prometido ser fiel a Mr. de Mayenne. Que Brissac era un traidor, y que le combatiría entre cuatro lanzas, a presencia del rey, y le arrancaría el corazón.» ¡Qué diferencia de tiempos y de hombres!
El 4 de abril el gobierno provisional dirigió una nueva proclama al pueblo francés, en la cual decía: «Al salir de vuestras discordias civiles, elegisteis por jefe a un hombre que se presentaba en la escena del mundo con todos los caracteres de la grandeza. Sobre las ruinas de la anarquía no ha fundado más que el despotismo: debía al menos por reconocimiento, haber sido francés con vosotros: jamás lo ha sido. Continuamente ha emprendido, sin objeto y sin motivo, guerras injustas, como un aventurero que quiere hacerse famoso. Tal vez puede que sueñe todavía con sus gigantescos proyectos, aunque reveses inauditos hayan castigado de un modo sorprendente el orgullo y el abuso de la victoria. No ha sabido reinar conforme al interés nacional, ni aun al de su despotismo. Ha destruido cuanto quería edificar, y vuelto a crear lo que quería destruir. No creía más que en la fuerza, y esta le abruma ahora: recompensa justa de una ambición insensata.»
Verdades incontestables, maldiciones bien merecidas; pero ¿quiénes eran los que las proferían? ¿Qué. llegaba a ser mi pobre folleto comparado con aquellas virulentas proclamas? ¿No desaparecía enteramente? El mismo día 4 de abril, el gobierno provisional proscribió los signos y los emblemas del gobierno imperial: si hubiese existido el Arco de Triunfo, le hubieran derribado. Mailhes, que fue el primero que votó la muerte de Luis XVI, y Cambaceres que fue el primero que saludó a Napoleón con el nombre de emperador, se apresuraron a reconocerlos actos del gobierno provisional.
El 6 el Senado extendió el proyecto de una constitución: sus bases eran poco mas o menos las de la futura Carta: conservábase en ella el senado como cámara alta: la dignidad de senador se declaraba inamovible y hereditaria, y la dotación senatorial estaba unida al titulo de mayorazgo: la constitución hacia aquellos títulos y mayorazgos trasmisibles a los descendientes del poseedor.
La sórdida avaricia de aquellos senadores, que, en medio de la invasión de su patria, no perdían de vista, ni un solo momento, sus intereses, llama extraordinariamente la atención aun en la inmensidad de los acontecimientos públicos.
¿No hubiera sido más cómodo a los Borbones adoptar a su llegada el gobierno establecido, un cuerpo legislativo mudo. un senado secreto y esclavo, y una prensa encadenada? Si se reflexiona parece imposible: las libertades naturales recobrando su elasticidad al faltar el brazo que las doblegaba, hubieran vuelto a tomar su posición vertical con la debilidad de la compresión. Si los príncipes legítimos hubiesen licenciado el ejército de Napoleón, como debieron haberlo hecho (y esta era la opinión de Bonaparte en la isla de Elba), y hubiesen conservado al. mismo tiempo el gobierno imperial: hubiera sido destrozar el instrumento de la gloria, para no conservar más que el de la tiranía: la Carta era el precio de la libertad de Luis XVIII.
Llegada del conde de Artois.— Abdicación de Bonaparte en Fontainebleau.
El 12 de abril, el conde de Artois llegó en calidad de lugar-teniente general del reino. Salieron a esperarle trescientos o cuatrocientos hombres a caballo, y entre ellos me encontraba. yo. Agradaba por su afabilidad, muy diferente de las maneras del imperio. Los franceses reconocían en él con placer sus antiguas costumbres, su finura y su antiguo lenguaje: rodeábale la multitud y se agrupaba en derredor suyo: consoladora aparición de lo pasado, doble abrigo contra el extranjero vencedor y Bonaparte todavía amenazador. ¡Ay! aquel príncipe volvía a poner el pie en el suelo francés para ver asesinará su hijo, y para irá morir u la tierra de destierro de donde regresaba: hay hombres para quienes la vida es como si les pusiesen al cuello una pesada cadena.
Me presentaron al hermano del rey: le habían hecho leer mi folleto; de otro modo no hubiera sabido mi nombre: no se acordaba haberme visto ni en la corte de Luis XVI, ni en el campo de Thionville, y sin duda jamás oído hablar de El Genio del Cristianismo: estaba como alelado. Cuando se ha sufrido mucho y por largo tiempo, no se acuerda nadie más que de si mismo: el infortunio personal es una compañera un poco fría, pero exigente: nos asedia, no deja lugar a ningún otro sentimiento, no nos deja jamás, y nos sigue a nuestro lecho.
La víspera del día de la entrada del conde de Artois, Napoleón después de negociar inútilmente con Alejandro, por medio de Mr. de Caulaincourt, publicó su acta de abdicación.
«Habiendo proclamado las potencias aliadas que el emperador Napoleón era el único obstáculo para el restablecimiento de la paz en Europa, el emperador Napoleón fiel a su juramento, declara que renuncia para si y sus herederos s\ trono de Francia y de Italia, porque no hay sacrificio alguno persona!, incluso el de su misma vida, que no se halle dispuesto a hacer un beneficio de los franceses.»
El emperador no tardó en desmentir tan brillantes palabras con su regreso: permaneció en Fontainebleau hasta el 20 de abril.
Cuando llegó este día, Napoleón bajó la escalera de dos ramales que conduce al peristilo del desierto palacio de la monarquía de los Capetos. Algunos granaderos, resto de los soldados vencedores de la Europa, se formaron en línea, en el gran patio, como sobre su último campo de batalla: en derredor suyo se veían aquellos viejos árboles, compañeros mutilados de Francisco I y de Enrique IV. Bonaparte dirigió estas palabras a los últimos testigos de sus combates:
«Generales, oficiales, sargentos y soldados de mi antigua guardia, me despido de vosotros: durante veinte años he que lado satisfecho de vuestro comportamiento: siempre os he encontrado en el camino de la gloria. .
«Las potencias aliadas han armado a toda la Europa contra mí: una parte del ejército ha hecho traición a sus deberes, y la misma Francia ha querido otros destinos.
«Con vosotros y los valientes que me han permanecido fíeles, hubiera podido sostener ta guerra civil tres años; pero la Francia habría sido desgraciada, y esto era contrario a lo que yo me había propuesto.
«Sed fieles al nuevo rey que la Francia se ha elegido, no abandonéis a nuestra querida patria, por largo tiempo tan desdichada!.. Amadla mucho y siempre.
«No compadezcáis mi suerte: yo siempre vi viré feliz si vosotros lo sois.
«Hubiera podido morir: nada más fácil; poro siempre marcharé por el camino del honor. Tengo todavía que escribir lo que hemos hecho.
«No puedo abrazaros a todos, pero abrazaré a vuestro general... Venid general... (estrechó en sus brazos al general Petit). ¡Que me traigan el águila!., (la besó) (Querida águila! ¡Que estos besos resuenen en el corazón de todos los bravos! ¡Adiós, hijos míos!.. Mis votos os acompañarán siempre: conservad mi memoria.»
Dicho esto, Napoleón levantó su tienda que cubría todo el mundo.
Itinerario de Napoleón a la isla de Elba.
Bonaparte había pedido a la Alianza comisionados que le protegiesen hasta la isla que los soberanos le concedían en propiedad y con el derecho de trasmisión a sus descendientes. La Rusia nombró el conde Schouwaloff, el Austria al general Kohler, la Inglaterra al coronel Campbell, y la Prusia al conde Waldbourg Truchsess: este escribió el Itinerario de Napoleón desde Fontainebleau a la isla de Elba. Este librito y el del abate de Pradt sobre la embajada de Polonia, son los que causaron mayor sentimiento a Napoleón. Pesábale entonces sin duda que hubiese concluido el tiempo de su liberal censura, cuando hacia fusilar al infeliz librero alemán Palm, por haber expendido y distribuido en Núremberg el escrito de Mr. de Gentz: La Alemania en su profundo abatimiento. Núremberg, en la época de la publicación de aquel escrito, era todavía una ciudad libre y por consiguiente no pertenecía a la Francia: ¿Palm no debería haber adivinado aquella conquista?
El conde de Waldbourg refiere primero muchas conversaciones que precedieron a la partida de Fontainebleau. Cuenta que Bonaparte prodigaba los mayores elogios a lord Wellington, y se informaba de su carácter y de sus costumbres. Se excusaba de no haber hecho la paz en Praga, en Dresde y en Fráncfort: convenía en que había obrado mal, pero que entonces tenía otras mitas:»Yo no he sitio usurpador, añadía, porque no he aceptado la corona, sino después de convencerme de que era el voto unánime de la nación, siendo así que Luis XVIII la ha usurpado, porque no ha sido llamado al trono más que por un senado vil, del que más de diez miembros votaron la muerte de Luis XVI.»
El conde de Waldbourg prosigue así su narración:
«El emperador emprendió la marcha con sus cuatro carruajes, el 24 hacia el mediodía, después de haber tenido con el general Kohler una larga conferencia, cuyo resumen es el siguiente: Pues bien, ya habéis oído ayer mi discurso a la antigua guardia: os ha agradado y habéis visto el efecto que produjo. He ahí como se debe hablar y obrar con ellos, y si Luis XVIII no sigue este ejemplo, jamás conseguirá nada del soldado francés
«Los gritos de viva el emperador cesaron en cuanto las tropas francesas se separaron de nosotros. En Moulins vimos las primeras escarapelas blancas, y los habitantes nos recibieron con las aclamaciones de ¡vivan los aliados!... El coronel Campbell se adelantó desde Lyon para buscar en Tolón o en Marsella una fragata inglesa que pudiese conducir a Napoleón a su isla.
«En Lyon, por donde pasamos a las once de la noche, se reunieron algunos grupos y gritaron viva Napoleón. El 24 a medio día encontramos al mariscal Augereau cerca de Valence: el emperador y el mariscal bajaron de sus carruajes: Napoleón se quitó el sombrero y tendió los brazos a Augereau, que le abrazó pero sin saludarle. ¿Adonde vas de ese modo?... le dijo el emperador asiéndole del brazo, ¿vas a la cárcel? Augereau contestó que iba a Lyon: cerca de Un cuarto de hora caminaron reunidos por ta carretela de Valence. El emperador reconvino al mariscal por la conducta que con él había observado, y le dijo: Tu proclama es bien necia: ¿por qué profieres injurias contra mí? No había más que decir sencillamente: Habiéndose pronunciado la voluntad de la nación en favor de un nuevo soberano, el ejército debe conformarse a ella. ¡Viva ti rey!... ¡Viva Luis XVIII!... Augereau entonces comenzó a tutear también a Bonaparte, y le censuró a su vez su insaciable ambición, a la que todo lo había sacrificado, aun el honor de la Francia. Como este discurso disgustaba a Napoleón, se volvió bruscamente hacia el mariscal, le abrazó, se volvió a quitar el sombrero, y subió a su carruaje.
«Augereau, con las manos a la espalda no se descubrió la cabeza, y solo cuando el emperador volvió a entrar en su coche le hizo un gesto despreciador y le saludó con la mano.
«El 25 llegamos a Orange, y fuimos recibidos con los gritos de Viva el rey. Viva Luis XVIII.
«El mismo día por la mañana, poco antes de llegar a Aviñón y en el sitio en donde debíamos mudar caballos, el emperador se encontró con una multitud de pueblo que le estaba esperando, y que nos recibió con los gritos de ¡Viva el rey!.. ¡Vivan los aliados!... Abajo el tirano, el malvado, el bribón... Aquella muchedumbre prorrumpió además en mil imprecaciones contra él.
«Hicimos cuanto pudimos para evitar aquel escándalo, y separar a la multitud que rodeaba su coche; más no pudimos conseguir que aquellos obcecadas dejasen de insultar al hombre, que según ellos decían, los había hecho tan desgraciados, y no tenía más deseo que el de aumentar su miseria.
«Por todos los lugares que atravesábamos fue recibido del mismo modo: en Orgon, aldea en donde mudamos caballos, llegó a su colmo el furor popular: al frente de la posada en que debía descansar, habían levantado una especie de horca con un monigote, vestido con uniforme francés, manchado de sangre, y sobre el pecho un cartel que decía: Esta será pronto o tarde la suerte del tirano.
«El pueblo se agarraba al coche de Napoleón, y procuraba verle para dirigirle las mayores injurias. El emperador se ocultaba cuanto le era posible detrás del general Bertrand, estaba pálido y no hablaba una palabra. A fuerza de perorar a los amotinados pudimos sacarle de aquel peligro.
«El conde Schouwaloff que iba al lado del coche de Bonaparte arengó al populacho en estos términos: «¿No os avergonzáis de insultar de ese modo aun desgraciado sin defensa? Bastante humillado está con la situación en que se encuentra: creía imponer leyes al universo, y ahora se ve a merced de vuestra generosidad?... Abandonadle a si mismo: el desprecio es la única arma que debéis esgrimir contra ese hombre que ha cesado de ser peligroso. Seria indigno de la nación francesa tomar otra clase de venganza...» El pueblo aplaudía aquel discurso, y Bonaparte, viendo el electo que producía, hacia señas de aprobación a Schouwaloff, y después le dio gracias por el servicio que le había prestado.
«A un cuarto de legua antes de llegar a Orgon, creyó indispensable la precaución de disfrazarse: púsose un rendigote azul, un sombrero redondo con escarapela blanca, y montó en un caballo de posta para galopar delante de su coche como si fuese un correo. Como no podíamos seguirle, llegamos a Saint-Canat, mucho después que él. Ignorábamos el medio de que se había valido para sustraerse del furor del pueblo, y le creíamos en el más inminente riesgo, porque velamos su coche rodeado por gente enfurecida que abría las portezuelas; pero afortunadamente estaban muy bien cerradas, lo cual salvó al general Bertrand. Lo que más nos asombro, fue la tenacidad de las mujeres: nos suplicaban se le entregásemos y nos decían: lo tiene bien merecido; no os pedimos más que una cosa muy justa.
«A media legua de Saint-Canat alcanzamos el coche del emperador, que poco después entró en una mala posada situada en el camino real, titulada La Calade. Seguímosle a ella, y allí supimos el disfraz de que se había valido para llegar hasta aquel punto: no le acompañaba más que un correo: su servidumbre, desde el general hasta el cocinero, llevaban escarapelas blancas de que sin dudase habían provisto de antemano. Su ayuda de cámara se nos presentó y nos rogó que hiciésemos pasar al emperador por el coronel Campbell, porque al llegar se había anunciado como tal a la posadera. Prometimos conformarnos con su deseo, y yo fui el primero que entré en un mezquino cuarto, en donde me quedé asombrado al ver al que poco antes era soberano del mundo, entregado a profundas reflexiones, y con la cabeza apoyada entre sus manos. Al principio no le conocí, y me aproximé a él. Levantose apresuradamente al oír mis pasos, y me dejó ver su rostro, por el cual corrían algunas lágrimas. Me hizo seña de que nada dijese, me mandó sentará su lado, y todo el tiempo que la dueña de la posada permaneció en el cuarto, solo me habló de cosas indiferentes. Pero en cuanto salió volvió a tomar su primera posición: juzgué entonces conveniente dejarle solo, pero me rogó que pasásemos de cuando en cuando a su habitación, para no dar sospechas acerca de su presencia.
«Le participamos que se sabía que el coronel Campbell había pasado por allí el día anterior con dirección a Tolón, y al punto resolvió tomar el nombre de lord Burghors.
«Nos pusimos a la mesa, más como sus cocineros no habían preparado la comida, no se resolvía a tomar alimento alguno, temeroso de ser envenenado. Sin embargo, viéndonos comer con buen apetito, se avergonzó de dar a conocer los temores que le agitaban, y tomó cuanto se le ofreció: aparentaba que gustaba todos los manjares, pero los devolvía sin tocarlos: algunas veces arrojaba debajo de la mesa lo que se le daba para hacernos creer que lo había comido. Únicamente tomó un poco de pan y un frasco de vino que mandó sacar de su coche, y que partió con nosotros.
«Habló mucho, y su amabilidad llamaba la atención. Cuando quedamos solos por haberse marchado la huéspeda que nos servía, nos confesó que creía en peligro su vida: estaba persuadido de que el gobierno francés había lomado medidas para hacerle asesinar en aquel sitio.
«Cruzaban por su mente mil proyectos para combinar el modo de salvarse, pensaba también en los medios de engañar al pueblo de Aix porque se le había avisado que le esperaba gran muchedumbre en la casa de postas. Nos manifestó, pues, que lo más conveniente era torcer hacia Lyon, y desde aquel punto tomar otro camino para embarcarse en Italia. De ningún modo podíamos accederá semejante proyecto, y procuramos persuadirle que fuese directamente a Tolón o se encaminase por Digne a Frejus. Tratamos de Convencerle que era imposible que el gobierno francés pudiese abrigar intenciones tan pérfidas con respecto a él, sin que se nos hubiese instruido de ellas, y que el pueblo, a pesar de los excesos a que se entregaba, no se haría culpable de un crimen de aquella naturaleza.
«Para persuadirnos y probarnos hasta qué punto. eran fundados sus temores, nos refirió lo que había pasado entre él y la posadera que no le había conocido:—¿Habéis encontrado a Bonaparte? le dijo.—No; contestó.—Estoy impaciente por saber si podrá salvarse; creo que el pueblo leva a matar, y es preciso: convenir en que el bribón lo tiene bien merecido. ¿Decidme, pues, van a embarcarle para su isla?—Si. —¿Le ahogarán, no es verdad?—¡Así lo espero, respondió Napoleón. Va veis, pues, añadió a qué peligro me hallo expuesto.
«Entonces volvió a molestarnos con sus inquietudes e irresoluciones. Hasta nos rogó que examinásemos si había alguna puerta oculta por la cual pudiese, escaparse, o si las ventanas, cuyos postigos había mandado cerrar en cuanto llegó, no estaba demasiado elevada para poder saltar y evadirse.
«La ventana tenía reja, y aquella noticia le desconcertó en gran manera. El más leve ruido le hacia estremecer y mudar de color. Después de comer le dejamos entregado a sus reflexiones: y como de cuando en cuando entrábamos en su habitación, según el deseo que nos había manifestado, siempre le encontramos llorando...
El ayudante de campo del general Schouwaloff fue a decirle que el pueblo, que estaba amotinado en la calle, se había retirado casi completamente. El emperador resolvió partir a media noche.
«Por una previsión exagerada, adoptó nuevos medios para no ser conocido.
«Con sus reiteradas instancias, obligó al ayudante de campo del general Schouwaloff a ponerse el redingote azul, y el sombrero redondo con que había llegado a la posada.
«Bonaparte, que entonces quiso pasar por un coronel austriaco, se puso el uniforme del general Kohler, se condecoró con la orden de Santa Teresa que llevaba el general, se puso una gorra de camino, y la capa del general Schouwaloff.
«Después que los comisionados. de las potencias aliadas le hubieron equipado de aquel modo, avanzaron los carruajes, pero antes de bajar para ponernos en marcha, repetimos en nuestro cuarto el orden en que debíamos emprenderla. El general Drouot precedía a la comitiva, en seguida iba el titulado emperador, el ayudante de campo del general Schouwarloff, en seguida el general Kohler, el emperador, el general Schouwaloff y yo, que tenía el honor de formar parte de la retaguardia, a la cual se agregó la servidumbre del emperador.
«De este modo atravesamos por entre la multitud embobada, que se afanaba por descubrir entre nosotros, al que llamaba su tirano.
«El ayudante de campo de Schouwaloff (el mayor Olewieff) ocupó el sitio de Napoleón en su coche, y Bonaparte se colocó con el general Kohler «n su birlocho
«Con todo, el emperador no.se tranquilizaba: permanecía siempre en el birlocho al lado del general austriaco, y mandó al cochero que fumase, para que aquella familiaridad disimulase más su presencia. Rogó al general Kohler que cantase, y como este le contestase que no sabia, Bonaparte le dijo que silbase. Así continuó su camino, oculto en uno de los rincones del birlocho, aparentando dormir arrullado por U agradable música del general, e incensado por el humo del cochero.
«En San Maximino se desayunó con nosotros. Como oyese decir que el subprefecto de Aix estaba allí, le hizo llamar y le apostrofó en estos términos: Debéis sonrojaros de verme con uniforme austríaco; he tenido que tomarle pata ponerme a cubierto de los insultos de los provenzales. Llegaba en medio de vosotros con entera confianza, cuando hubiera podido traer conmigo seis mil hombres de mi guardia. No encuentro aquí más que una porción de rabiosos que amenazan mi vida. Los provenzales son de mala ralea: han cometido toda clase de horrores y crímenes durante la revolución, y se hallan dispuestos a repetirlos; pero cuando se trata de batirse son unas cobardes. Jamás, me ha suministrado la Provenza un regimiento de que pudiera estar contento. Pero quizá mañana se mostrarán tan encarnizados contra Luis XVIII, como ahora lo están conmigo, etc.
«En seguida dirigiéndose a nosotros nos dijo que Luis XVIII no haría nunca nada de la nación francesa si la trataba con mucha consideración; y añadió: Es necesario que imponga contribuciones considerar bien, y esta medida le acarreará el odio de sus súbditos.
«Nos contó que hacia muchos años había sido enviado a aquel país con algunos miles de hombres para librar a dos realistas que debían ser ahorcados por llevar la escarapela blanca. Los salvé con mucho trabajo de las manos de estos rabiosos, y ahora, continuó, estos hombres, volverían a cometer los mismos excesos contra cualquiera que se negase a usar la escarapela blanca... [Tal es la inconstancia del pueblo francés]...
«Supimos que había en Luc dos escuadrones d”húsares austriacos, y a petición de Napoleón, enviamos orden a su comandante para que aguardase nuestra llegada y escoltase al emperador hasta Frejus...»
Aquí concluye la narración del conde de Waldbourg, relación qua produce una sensación muy dolorosa. Qué .. ¿los comisionados no podían proteger mejor al que tenían el honor de custodiar?... ¿Quiénes eran ellos para darse tanta importancia con semejante hombre? Bonaparte dice con razón, que si hubiese querido, habría viajado acompañado por una parte de su guardia. Es evidente que se miraba con la mayor indiferencia su suerte: gozaban con su degradación, y consentían con placer en las señales de desprecio que la victima exigía para su seguridad ¡es tan dulce tener a los pies el destino del que pisaba las cabezas más erguidas, y vengarse del orgullo con el insulto!..así es que los comisionados no encuentran Tina palabra, ni una sola palabra de sensibilidad filosófica acerca de semejante mudanza de fortuna, para advertir al hombre su nulidad, y la grandeza de los juicios de Dios En las filas de los aliados habían sido muy numerosos los aduladores de Napoleón: cuando uno se ha arrodillado a presencia de la fuerza no se le admite a triunfar de la adversidad. Convengo en que la Prusia necesitaba un gran esfuerzo de virtud para olvidar sus sufrimientos, los de su rey y de su reina; pero debía hacerle. ¡Ay!.. Bonaparte no había tenido compasión de nadie, y todos los corazones se habían enfriado para con él. Donde se mostró más cruel fue en Jaffa, y más pequeño en el camino de la isla de Elba: en el primer caso le han servido de escusa lo apremiante de las necesidades militares: en el segundo la dureza de los comisionados extranjeros hace variar los sentimientos de los lectores y disminuye su abatimiento.
El gobierno provisional de Francia no me parece completamente irreprensible: rechazó las calumnias de Manbreuil; sin embargo, en el terror que todavía inspiraba Napoleón a sus antiguos criados, una catástrofe fortuita, hubiera podido presentarse a sus ojos como una calamidad.
Desearíamos dudar de la verdad de los hechos referidos por el conde de Waldbourg Truchsess; pero el general Kohler, en una prosecución del itinerario de Waldbourg, ha confirmado una parte de la narración de su colega: además, el general Schouwaloff me ha asegurado la exactitud de los hechos; sus reticencias y medias palabras decían más que la expansiva relación de Waldbourg. Por último, el Itinerario de Fabry ha sido compuesto con documentos franceses auténticos, suministrados por testigos oculares.
¿Ahora que ya he hecho justicia a los comisionados y a los aliados, es acaso el vencedor del mundo el que se ve en el Itinerario de Waldbourg? ¡El héroe reducido a disfrazarse y derramar abundantes lágrimas, llorando con traje de correo, en un miserable cuarto de una posada!... ¿Se presentó así Mario sobre las ruinas de Cartago, ni murió así Aníbal en Bithynia, y César en el Senado?.. ¿Cómo se disfrazó Pompeyo?.. cubriéndose la cabeza con su toga. El que había vestido la púrpura, se ponía a cubierto con la escarapela blanca, y gritaba ¡viva el rey!... ¡aquel rey de quien había hecho fusilar un heredero!.. ¿El dueño de los pueblos fomentando las humillaciones que le prodigaban los comisionados para ocultarle mejor, complaciéndose en que el general Kohler silbase en su presencia, y que un cochero fumase junto a su mismo rostro, obligando al ayudante de campo del general Schouwaloff a representar el papel de emperador, mientras que e vestía el uniforme de un coronel austríaco, y se cubría con la capa de un general ruso?... Era para esto necesario amar extremadamente la vida; esos inmortales no pueden resignarse a morir.
Moreau decía de Bonaparte: «Lo que le caracteriza es la mentira y el amor de la vida: le batiré y le veré pedir perdón postrado a mis pies.» Moreau pensaba de este modo porque no podía comprender la naturaleza de Bonaparte, e incurría en el mismo error que lord Byron. Por lo menos en Santa Elena, Napoleón engrandecido por las musas, aunque poco noble en sus disensiones con el gobernador inglés, no tuvo que soportar más que el peso de su inmensidad. En Francia el mal que había causado, se le apareció personificado en las viudas y huérfanos, y le hizo que temblase en presencia de algunas mujeres.
Todo esto es muy cierto; pero Bonaparte no debe ser juzgado por las reglas que se aplican a los grandes genios, porque le faltaba la magnanimidad. Hay hombres que tienen la facultad de subir, pero no la de descender. Napoleón poseía ambas facultades; como el ángel rebelde podía reducir su desmesurada talla para encerrarla en un corlo espacio; su ductilidad le suministraba los medios salvación y de renacimiento: con él no era todo finito cuando parecía haber concluido. Mudando a su voluntad de costumbres y de trago, tan consumado en el género cómico como en el trágico, aquel actor parecía tan natural con la túnica del esclavo, como con el manto real; en el papel de Atalo como en el de César. Esperad todavía un momento y veréis al enano desde el fondo de su degradación, levantar su cabeza de Briareo: Asmodeo saldrá esparciendo denso humo, del frasco en donde se encuentra comprimido. Napoleón apreciaba la vida por lo que te ofrecía: tenía el instinto de la perspectiva que todavía había de presentársele, y no quería que se le concluyese el lienzo antes de concluir de pintar sus cuadros.
Walter Scott, menos injusto que los comisionados acerca de los temores de Napoleón, observa con candor, que el furor del pueblo hizo mucha impresión en el ánimo de Bonaparte; que derramó lágrimas, y que manifestó más debilidad de la que convenía a su reconocido valor, pero añade: «El peligro era de una especie esencialmente horrible, y propia para intimidar aun a los más familiarizados con el terror de los campos de batalla: él soldado más intrépido, puede estremecerse con la muerte, de los de Witt.»
Napoleón se vio sujeto a aquellas angustias revolucionarias, en los mismos lugares en donde comenzó su carrera con el terror.
Al interrumpir su narración el general prusiano, se ha creído obligado a revelar un mal que el emperador no ocultaba: el conde de Waldbourg ha podido confundir lo que veía con los padecimientos de que Mr. de Segur fue testigo en la campaña de Rusia, cuando Bonaparte, obligado a bajarse del caballo, apoyaba su cabeza en los cañones. La historia no cuenta en el número de las enfermedades de los guerreros ilustres más que el puñal que atravesó el corazón de Enrique IV o la bala que se llevó a Turena.
Después de la relación de la llegada de Bonaparte a Frejus, Walter Scott, desembarazado de las grandes escenas, vuelve con júbilo a su habitual talento: concluye, como un charlatán, según dice madama de Sevigné; habla familiarmente del paso» de Napoleón a la isla de Elba, y de la seducción que ejerció con los marineros ingleses, excepto con Hinton, que no podía oír las alabanzas que se tributaban al emperador sin murmurar la palabra humbug. Cuando Napoleón partió, Hinton le deseó buena salud y mejor éxito en lo Sucesivo. Napoleón reunía en su persona todas las grandezas y miserias del hombre.
Luis XVIII en Compiegne.— Su entrada en París.— La antigua guardia.— Falta irreparable.— Declaración de Saint-Onen.— Tratado de París.— La Carta.— Marcha de tos aliados.
Mientras Bonaparte, a quien conocía todo el universo, se escapaba de Francia rodeado de maldiciones, Luis XVIII en todas partes olvidado, salía de Londres por debajo de una bóveda de sombreros blancos y de coronas. Napoleón al desembarcar en la isla de Elba volvió a recobrar su fuerza. Luis XVIII al desembarcar en Calais, hubiera podido ver a Louvel: allí encontró al general Maison, encargado, diez y seis años después de embarcar a Carlos X en Cherburgo. Este monarca, sin duda para hacerle digno de su misión futura, dio después a Mr. Maison el bastón de mariscal de Francia, como un caballero, antes de batirse, confería la orden de caballería, al hombre plebeyo con quien se dignaba medir sus armas.
Yo temía el efecto de la aparición de Luis XVIII, y me apresuré a llegar antes que él a la residencia en donde Juana de Arco cayó en manos de los ingleses, y en donde me enseñaron un volumen al cual había tocado una de las balas de cañón lanzadas contra Bonaparte. ¿A qué pensamientos podía dar lugar la presencia del real inválido, reemplazando al caballero que podía decir como Atila, «ya no crece la yerba por donde quiera que ha pasado mi caballo!...» Sin inclinación y sin gusto, (me tocó por suerte) emprendí una tarea bastante difícil, la de describir la llegada a Compiegne, y la de hacer que apareciese el hijo de San Luis, como yo le había idealizado con auxilio de las musas. Me expresé, pues, en estos términos:
«Precedían a la carroza del rey los generales y mariscales de Francia, que habían salido al encuentro de S. M. Ya no se oían las voces de ¡Viva el rey! sino una gritería confusa, en que no se distinguía más que los acentos de la ternura y de la alegría. El rey vestía un traje azul, sin más distintivo que una placa y charreteras; en las piernas llevaba unos botines de terciopelo encarnado con un cordoncito de oro en sus extremidades. Cuando estaba sentado en su sillón con sus botines o polainas a la antigua, y su bastón entre las rodillas, se creería ver a Luis XIV a la edad de cincuenta años.
Los mariscales Macdonald, Ney, Moncey, Serrurier, Brune, el príncipe de Neuchatel, todos los generales y todas las personas que estaban presentes tuvieron la honra de que el rey les dirigiese las expresiones más afectuosas. Tal es en Francia la fuerza del soberano legítimo, esa magia que se halla unida al nombre del rey. Llega del destierro un hombre solo, desprovisto de todo, sin servidumbre, sin guardias y sin riquezas: nada tiene que dar, y casi nada que prometer. Baja de su carruaje apoyado en el brazo de una mujer joven, se presenta a unos capitanes que no le han visto jamás, y a granaderos que apenas saben su nombre. ¿Quién es ese hombre? ¡el rey!... y todo el mundo se postra a sus plantas.»
Lo que decía de los guerreros, para conseguir el objeto que me había propuesto, era cierto en cuanto a los jefes, pero mentía con respecto a los soldados. Me acuerdo todavía, como si lo estuviese viendo, del espectáculo que presencié cuando al entrar Luis XVlll en París el día 3 de mayo, fue a apearse en Nuestra Señora: se trató de evitar al rey el disgusto de ver tropas extranjeras, y un regimiento de la antigua guardia de infantería, cubría la carrera desde el Fuente Nuevo hasta la iglesia de Nuestra Señora, a lo largo del malecón de los Plateros. No creo que figuras humanas hayan tenido jamás un aspecto tan amenazador y tan terrible. Aquellos granaderos cubiertos de cicatrices, vencedores de la Europa, que habían visto pasar tantos millares de balas de cañón por encima de sus cabezas, y que sentían el calor del fuego y de la pólvora; aquellos mismos hombres privados de su capitán se veían obligados a saludar al antiguo rey, inválido por el tiempo, no por la guerra, vigilados por un ejército de rusos, de austriacos y prusianos, en la invadida capital de Napoleón. Unos arrugando su frente hacían bajar hasta sus ojos sus pobladas gorras de pelo, para no ver: otros se mordían los labios en señal de desprecio o de rabia, y la mayor parte dejaban ver los dientes a través de sus bigotes como los tigres. Cuando presentaban las armas era con un movimiento de furor, y et ruido de aquellas armas hacia temblar. Es preciso convenir e» que nunca han sufrido hombres algunos semejante prueba ni suplicio, Si en aquel momento se los hubiese excitado a la venganza hubiera sido necesario exterminar hasta el último de ellos, o se habrían tragado la tierra.
Al extremo de la línea había un joven húsar a caballo; tenía desenvainado su sable, y le movía con convulsiones de cólera. Estaba pálido y los ojos parecía que iban asaltársele de sus órbitas; abría y cerraba la boca alternativamente, rechinaba los dientes, y pronunciaba palabras de que no se percibía más que el primer sonido. Vio a un oficial ruso, y le dirigió una mirada que seria imposible pintar. Cuando pasó el coche del rey por delante de él, hizo botar su caballo, y seguramente tuvo la tentación de precipitarse sobre el monarca.
La restauración cometió en su principio una falla irreparable: debió licenciar el ejército, conservando a los mariscales, los generales, los gobernadores militares y oficiales sus sueldos, grados y honores; los soldados hubieran ido entrando sucesivamente en el ejército reconstituido, como lo hicieron después en la guardia real, la legitimidad no hubiera tenido en contra suya aquellos soldados del imperio organizados en brigadas, denominados como lo estaban en los dios de sus victorias, conversando sin cesar entre si del tiempo pasado, y abrigando resentimientos e ideas hostiles contra su nuevo señor.
La miserable resurrección de la Casa Roja, mezcla de militares de la antigua monarquía y de los soldados del nuevo imperio, aumentó el mal: creer que unos veteranos que se habían cubierto de gloria en mil campos de batalla, podrían mirar sin indignación a unos jóvenes, valientes sin duda, pero en su mayor parte nuevos en la carrera de las armas, llevar sin haberlos ganado los distintivos de un alto grado militar, era desconocer la naturaleza humana.
Durante la permanencia de Luis XVlll en Compiegne, fue a visitarle Alejandro. Luis XVII I le ofendió con su altanería: de aquella entrevista resultó la declaración de Saint-Ouen el 2 de mayo. El rey decía en ella, que estaba resuello a fijar por base de la constitución que pensaba dar a su pueblo, las garantías siguientes: el gobierno representativo dividido en dos cámaras, el impuesto libremente consentido, la libertad publica e individual, libertad de imprenta, libertad de cultos, la propiedad sagrada e inviolable, la venta de bienes nacionales irrevocable, responsabilidad ministerial, inamovilidad de los jueces e independencia del poder judicial, la admisión de los franceses a todos los destinos públicos, etc. etc.
Aunque esta declaración se ocurriese naturalmente al pensamiento de Luis XVIII, no le pertenecía sin embargo ni a él, ni a sus consejeros: el tiempo era el que iba saliendo de su letargo; había tenido plegadas sus alas y suspendido su vuelo desde 1792, y volvía a remontarse. Los excesos del terror y el despotismo de Bonaparte habían hecho retroceder las ideas; pero en cuanto desaparecieron los obstáculos que se las había opuesto, volvieron a seguir su curso. Tomáronse las cosas desde el punto en que se habían detenido, y lo pasado se consideró como si no hubiese acaecido: la especie humana conducida nuevamente al principio de la revolución, únicamente había perdido cuarenta años de vida: ¿y qué son cuarenta años en la vida general de la sociedad? Este vacio desaparece en cuanto se juntan otra vez los desunidos trozos del tiempo.
Él 30 de mayo de 1814 se concluyó el tratado de París entre los aliados y la Francia. Se convino en que en el término de dos meses todas las potencias que por una y otra parte habían sostenido la guerra, enviarían plenipotenciarios a Viena, para arreglaren un congreso general las condiciones definitivas.
El 4 de junio, Luis XVIII, celebró la sesión regia en una asamblea colectiva del Cuerpo legislativo, y de una fracción del Senado. Pronuncio un noble discurso, pero estos pormenores como antiguos, gastados y fastidiosos, solo pueden servir para el hilo de la historia.
La Carta, para la mayor parte de la nación tenía el inconveniente de ser otorgada: esta palabra inútil renovaba la delicada cuestión de la soberanía real y de la del pueblo. Luis XVIII ponía además la fecha de su beneficio en el año de su reinado, mirando a Bonaparte como si no hubiese existido, como Carlos II, saltó a pies juntos por encima de Cromwell; lo cual era un insulto a todos los soberanos que habían reconocido a Napoleón, y que en aquel momento se encontraban en París. Aquel lenguaje rancio y aquellas pretensiones de las antiguas monarquías, ninguna fuerza añadían a la legitimidad de derecho, y no eran más que unos anacronismos pueriles. Reemplazando la Carla al despotismo, y dándonos la libertad legal, era suficiente para satisfacer a los hombres de con ciencia. Sin embargo, los realistas que reportaban con ella tantas ventajas, y que saliendo de su aldea, de su mezquino hogar, o de los oscuros empleos con que habían vivido en tiempo del imperio, eran llamados a una existencia pública y elevada, recibieron el beneficio refunfuñando: los liberales que se habían acostumbrado con júbilo a la tiranía de Bonaparte, veían en la Carta un verdadero código de esclavos. Habíamos llegado a los tiempos de Babel; pero no se trabajaba ya en un monumento común de confusión: cada uno construía su torre a su propia altura, según su fuerza y su talla. Pero si la Carta pareció defectuosa, fue porque la revolución no había llegado a su término: hallábase inculcado en los ánimos el principio de la igualdad y de la democracia, y trabajaba en sentido contrario del orden monárquico.
Los príncipes aliados no lardaron en abandonar a París: Alejandro al retirarse, hizo celebrar un sacrificio religioso en la plaza de la Concordia: al efecto se elevó un altar en el mismo sitio en que se colocó el cadalso para Luis XVI. Siete sacerdotes moscovitas celebraron el oficio divino, y las tropas extranjeras desfilaron por delante del aliar. El Te Deum se cantó con una hermosa música griega. Los soldados y los soberanos se arrodillaron para recibir la bendición. Los franceses recordaban los años de 1793 y 1794, cuando los bueyes no querían pasar por el pavimento que el olor de la sangre les hacia repugnante. ¿Qué mano había conducido a la fiesta de las explicaciones a aquellos hombres de todos los paisas, a aquellos hijos de las antiguas invasiones bárbaras, y a aquellos tártaros, algunos de los cuales habitaban <;n tiendas cubiertas con pieles de carnero, al pie de la gran muralla de la China? Estos son unos espectáculos que ya no verán las débiles generaciones que seguirán a mi siglo.
Primer año de la restauración.
En el primer año de la restauración asistí a la tercera transformación social: había visto pasar la antigua monarquía a constitucional, y convertirse esta en república: había visto a la república transformarse en despotismo militar, y veía al despotismo militar volver a formar una monarquía libre, y a las nuevas ideas y generaciones, abrazar los principios de los antiguos hombres. Los mariscales del imperio llegaron a ser mariscales de Francia: con los Uniformes de la guardia de Napoleón, se mezclaron los uniformes de los guardias de corps y de la Casa-Roja, cortados exactamente por los antiguos patrones: el anciano duque de Havre, con su peluca empolvada y su bastón negro, caminaba meneando la cabeza, como capitán de guardias de corps, al lado del mariscal Victor, cojo a la usanza de Bonaparte: el duque de Mouchy, que jamás había visto disparar un fusil, desfilaba en la misa al lado del mariscal Oudinot, acribillado de heridas: el palacio de las Tullerías tan aseado y tan militar en tiempo de Napoleón, en vez del olor de la pólvora, se llenaba del humo de los almuerzos que subía por todas partes: con los señores gentiles-hombres de cámara, y los encargados de la repostería y guarda-ropa, todo volvía a recobrar su antiguo aspecto de servidumbre. Por las calles se veían emigrados ya caducos, con los modales y vestidos de otros tiempos: hombres muy respetables sin duda, pero tan extraños entre la moderna multitud como lo eran los capitanes republicanos entre los soldados de Napoleón. Las damas de la corte imperial, introducían a las viudas del arrabal de San German, y las enseñaban todas las habitaciones y vueltas del palacio. Llegaban diputaciones de Burdeos adornadas con brazales o guantes de cuero, y capitanes de parroquia de la Vendée, con sombreros a la La Rochejaquelein. Estos diversos personajes conservaban la expresión de los sentimientos, de los pensamientos, maneras y costumbres que les eran familiares. La libertad, que formaba el fondo de aquella época, hacia que viviese reunido ¡o que al primer golpe de vista no parecía deber estarlo, pero costaba. sumo trabajo reconocer aquella libertad, porque llevaba los colores de la antigua monarquía y del despotismo imperial. Así es que todos hablaban mal el lenguaje constitucional: los realistas cometían fallas groseras: los imperialistas estaban mucho menos instruidos, y los convencionales que habían llegado a ser alternativamente condes, barones, senadores de Napoleón y pares de Luis XVIII, reincidían tan pronto en el dialecto republicano, que ya casi habían olvidado, como en el idioma del absolutismo que habían aprendido a fondo. Tenientes generales eran promovidos a la custodia de las liebres. Oíase a los ayudantes de campo del último tirano militar discutir sobre la inviolable libertad de los pueblos, y a los regicidas sostener el dogma sagrado de la legitimidad.
Estas metamorfosis serian odiosas, si no dependiesen en parte de la flexibilidad del carácter francés. El pueblo de Atenas se gobernaba a sí mismo: los oradores con sus arengas excitaban sus pasiones en la plaza pública: la multitud soberana se componía de escultores, pintores, obreros, espectadora de discursos, y oyentes de acciones o ademanes, dice Tucídides. Pero cuando ya se había dado el decreto bueno o malo. ¿quién salía a ejecutarlo de aquella masa incoherente e inexperta? Sócrates, Foción, Pendes, Alcibiades.
¿Debe atribuirse a los realistas la restauración?
¿Debe atribuirse la restauración a los realistas como se asegura en el día? De ningún modo: entonces se diría que treinta millones de hombres estaban consternados, mientras un puñado de legitimistas llevaban a cabo, contra la voluntad de todos, una restauración aborrecida, agitando sus pañuelos y poniendo en sus sombreros algunas cintas de sus mugeres. La inmensa mayoría de los franceses estaba sumamente regocijada, es cierto, pero aquella mayoría no era legitimista en la acepción rigorosa de esta palabra, que no puede aplicarse con exactitud, más que a los rígidos partidarios de la antigua monarquía. Aquella mayoría se componía de los diferentes matices de todas las opiniones, estaba gozosa por verse libre, y se encontraba poseída de una violenta animosidad contra el hombre a quien acusaba de ser el autor de todas sus desgracias: e estas circunstancias provenía la aceptación y el buen éxito de mi folleto. ¿Cuántos aristócratas reconocidos como tales proclamaban el nombre del rey? Mres. Mateo y Adriano de Montmorency, Mr. de Polignac, escapados de su encierro, Mr. Alejo de Noailles, y Mr. Sosthene de la Rochefoucauld. Estos siete u ocho hombres a quienes el pueblo desconocía y no seguía, ¿imponían la ley a toda una nación?
Madama de Montcalm me envió un taleguito con 1.200 francos para que los distribuyese entre los legitimistas puros, y se le devolví por no encontrar a quien repartir un solo escudo. Ataron una innoble cuerda al cuello de la estatua colocada sobre la columna de la plaza de Vendome, y había tan pocos realistas para atentar contra la gloria y tirar de la cuerda, que las autoridades, todas bonapartistas, fueron las que bajaron la estatua de su señor, con auxilio de un andamio: el coloso bajó por fuerza la cabeza, y cayó a los pies de los soberanos de Europa, que tantas veces se habían prosternado delante de él. Los hombres de la república y del imperio fueron los que saludaron con entusiasmo a la restauración. La conducta y la ingratitud de los personajes elevados por la revolución fueron abominables para con el que en el día aparenta echar de menos y admirar.
El poder había estado dividido entre los partidarios del imperio y los liberales, que habían doblado la rodilla delante de los hijos de Enrique IV. Era muy natural que los realistas se alegrasen al volver a ver a sus príncipes, y concluido el reinado del que miraban como usurpador; más vosotros, criaturas de aquel usurpador, excedisteis en exageración a los sentimientos de los realistas. Los ministros y los grandes dignatarios prestaron a porfía juramento a la legitimidad: todas las autoridades civiles y judiciales, se apresuraban a jurar odio a la nueva dinastía proscripta, y amor y fidelidad a la antigua raza, que cien y cien veces habían condenado. ¿Quién componía aquellas proclamas acusadoras e insultantes para Napoleón de que se hallaba inundada la Francia? ¿los realistas? No: los ministros, los generales, las autoridades elegidas y mantenidas por Bonaparte. ¿En dónde se confeccionaba la restauración? ¿en casa de los realistas? No: en casa de Mr. de Talleyrand. ¿Con quién? Con Mr. de Pradt, capellán del Dios Marte y saltimbanqui mitrado. ¿Con quién y en qué casa comió en cuanto llegó el lugar teniente general del reino? ¿con realistas, y en casa de realistas? No: en casa del obispo de Autunc on Mr. de Caulaincourt. ¿En dónde se daban festines a los infames príncipes extranjeros? ¿en los palacios de los realistas? No: en la Malmaison, en casa de la emperatriz Josefina..Los amigos más íntimos de Napoleón, como por ejemplo Berthier, ¿á quién manifestaban su ardiente adhesión? a la legitimidad. ¿Quién pasaba su vida en casa del autócrata Alejandro, de aquel tártaro brutal? las clases del Instituto, los sabios, los literatos, los filósofos filántropos, teofilántropos y otros: todos ellos salían de allí sumamente complacidos, colmados de elogios, y con buenas cajas de tabaco. En cuanto a nosotros pobres diablos legitimistas, ni se nos hacia el menor caso, ni éramos admitidos en ninguna parte: no se contaba con nosotros para nada. Unas veces nos mandaban que nos retirásemos a descansar, y otras nos recomendaban que no gritásemos demasiado alto viva el rey, porque otros se hallaban encargados de aquella comisión. Lejos de compeler a nadie a ser legitimista, los poderosos declaraban que a ninguno se le obligaría a mudar de papel ni de lenguaje, y que al obispo de Autun no se le apremiara a que dijese misa, como no se le había tampoco forzado en tiempo del imperio. Yo no he visto castellana alguna, ni ninguna Juana de Are, proclamar al soberano de derecho con un halcón o una lanza en la mano; pero madama de Talleyrand, que Bonaparte había unido a su marido como un cartel fijado en una esquina, recorría las calles en un carruaje cantando himnos en alabanza de la piadosa familia de los Borbones. Algunas colgaduras colocadas en los balcones de los empleados de la corte imperial, hacían creer a los buenos de los cosacos, que había tantas lises en los corazones de los bonapartistas convertidos, como trapos blancos en sus ventanas. La imitación es una especie de contagio en Francia, y no faltaría quien gritase abajo mi cabeza si se lo oyese decir a su vecino. Los imperialistas entraban en nuestras casas, y nos hacían que expusiésemos como bandera sin mancha, nuestra ropa blanca: esto sucedió conmigo, pero madama de Chateaubriand se desentendió y defendió con intrepidez sus muselinas.
Primer ministerio.— Publico tas reflexiones políticas.— Madama la duquesa de Duras.— Soy nombrado embajador en Suecia.
El Cuerpo legislativo trasformado en Cámara de diputados, y la Cámara de los pares, compuesta deciento cincuenta y dos miembros vitalicios, entre los cuales se contaban más de sesenta senadores, formaron las dos primeras cámaras legislativas. Mr. de Talleyrand, instalado en el ministerio de Negocios extranjeros, partió para el congreso de Viena, cuya apertura estaba señalada para el día 3 de noviembre, con arreglo al articulo 32 del tratado de 30 de mayo: Mr. de Jaucourt obtuvo interinamente la cartera, en yo cargo desempeñó hasta la batalla de Waterloo. El abate de Montesquion fue nombrado ministro de lo Interior, y tuvo por secretario general a Mr. Guizot: Mr. Maloüet entró en el ministerio de Marina, falleció y le reemplazó Mr. Beugnot; el general Dupont obtuvo el departamento de la Guerra, y le sucedió Mr. Soult, que se distinguió par la erección del monumento fúnebre de Quiberon: el duque de Blacas fue ministro de la Casa real, Mr. Angles prefecto de policía, el canciller d'Ambray ministro de la Justicia. y el abate Luis, ministro de Hacienda.
El 21 de octubre, el abate de Montesquion, presento la primera ley sobre imprenta, que sujetaba a censura todo escrito que tuviese menos de veinte folios de impresión: Mr. Guizot redactó esta primera ley de libertad.
Carnot dirigió una carta al rey: confesaba que los Borbones habían sido recibidos con júbilo: más sin tener en cuenta la brevedad del tiempo, ni cuanto la Carta concedía, daba con atrevidos consejos, lecciones muy altaneras: todo esto nada vale cuando debe aceptarse el rango administro y el titulo de conde del imperio: no conviene mostrarse altivo con un príncipe débil y liberal, cuando se han dado muestras de sumisión con un príncipe violento y despótico, y cuando habiendo sido uno de los instrumentos del terror, se puso después en evidencia su insuficiencia para el cálculo de las proporciones de la guerra napoleónica. En respuesta suya, hice imprimir las reflexiones políticas, que contienen el resumen de la Monarquía según, la Curta. Mr. Lainé, presidente de la Cámara de diputados hizo al rey el elogio de aquella obra. El monarca se manifestaba siempre complacido de los servicios que yo le hacia: parecía que el ciclo me había vestido el traje de heraldo de la legitimidad: pero cuanta más aceptación tenía la obra, menos agradaba el autor a S. M. Las Reflexiones políticas divulgaron mis doctrinas constitucionales, e hicieron en la corte una impresión que mi fidelidad a los Borbones no ha podido borrar. Luis XVIII decía a los de su familia y servidumbre: «Guardaos de admitir jamás en vuestros asuntos a un poeta, porque todo lo echará a perder: esa gente no es buena para nada.»
Una fuerte y viva amistad llenaba entonces mi corazón: la duquesa de Duras tenía la imaginación y aun algo de la expresión del rostro de Mme. de Staël: puede juzgarse de su talento de autora por su Ourika. Acababa de regresar de la emigración, y había estado encerrada por espacio de muchos años en su quinta de Usé a orillas del Loira. En los hermosos jardines de Mereville, fue en donde oí hablar de ella por primera vez, después de haber pasado a su lado en Londres sin conocerla, fue a París para dedicarse a la educación de sus interesantes hijas Felicia y Clara. Relaciones de familia, de provincia, y de opiniones literarias y políticas, me abrieron las puertas de su sociedad. Su alma fogosa, la nobleza de su carácter, la elevación de su ánimo, y la generosidad de sus sentimientos, la constituían en una mujer superior. Al comenzar la restauración, me tomó bajo su protección; porque a pesar de cuanto yo había hecho por la monarquía legitima, y de los servicios que Luis XVIII confesaba haber recibido de mí, me encontraba tan desatendido, que pensaba retirarme a Suiza. Tal vez hubiera hecho ¿¡en: en aquellas soledades que Napoleón me había destinado como su embajador en las montañas, ¿no hubiera sido más feliz que en el palacio de las Tullerías? Cuando al regresar la legitimidad, entré en aquellos salones, me causaron una impresión casi tan penosa como el día en que vi en ellos a Bonaparte dispuesto a sacrificar al duque de Enghien. Mme. de Duras habló de mí a Mr. Blacas, y la contestó que era muy dueño de marchar a donde gustase. Mme. de Duras se irritó tanto, y era tan exigente en favor de sus amigos, que se desenterró una embajada vacante, la de Suecia. Luis XVlll cansado ya de oír mi nombre, se creyó muy feliz de poderme enviar como un regalo a su buen Hermano el rey Bernadotte. ¿No se figuraría este que me enviaban a Estocolmo para destronarle? ¡Buen Dios! príncipes de la tierra, yo no destrono a nadie: guardad vuestras coronas si podéis, y sobre todo no me las deis, porque no las quiero.
Mme. de Duras, excelente mujer que me permitía la llamase hermana, y a quien volví a ver en París durante muchos años, fue a morir a Niza. La duquesa de Duras conocía mucho a Mme. de Staël: no puedo comprender, como no seguí las huellas de Mme. Recamier, que había vuelto desde Italia a Francia: hubiera saludado al auxilio de mi vida: yo no pertenecía ya a esas mañanas que se consuelan a sí mismas, me aproximaba a las horas de la tarde que necesitan consuelo.
Exhumación de los restos de Luis XVI.— Primer 21 de enero en San Dionisio.
El 30 de diciembre de 1814, las cámaras legislativas fueron prorrogadas hasta el 1.° de mayo de 1813, como si se las convocase para la asamblea del campo de mayo de Bonaparte. El 18 de enero, fueron exhumados los restos de María Antonieta y de Luis XVI. Asistí a aquella operación en el cementerio en que Fontaine y Percier, han elevado después, a insinuación de Mme. la Delfina, y a imitación de una iglesia sepulcral de Rímini, el monumento quizá más notable de París. Aquel claustro formado de una hilera no interrumpida de sepulcros se apodera completamente de nuestra imaginación, y la llena de tristeza. En el libro IV de estas Memorias, he hablado ya. de las exhumaciones de 1813: entro los huesos reconocí la cabeza de la reina, por la sonrisa que me había dirigida en Versalles.
El 21 de enero se colocó la primera piedra del pedestal de la estatua que debía elevarse en la plaza de Luis XV, y que jamás ha llegado a efectuarse. Yo escribí la pompa fúnebre del 21 de enero, y entre otras cosas decía: «Los religiosos que salieron a esperar con el Oriflama el féretro de San Luis, no recibirán al descendiente del santo rey. En esas subterráneas mansiones en donde reposaban aquellos reyes y príncipes reducidos a lanada: ¿Luis XVI se encontrará sol»?... ¿Como se han levantado tantos muertos? ¿Por qué se halla desierto San Dionisio? Preguntemos más bien ¿porqué se ha compuesto su techo, y por qué se mantiene en pie su altar?.. ¿Que mano ha vuelto a construir la bóveda de aquellos sótanos, y preparado aquellos sepulcros vacios? La mano de ese mismo hombre que estaba sentado sobre el trono de los Borbones ¡oh Providencia divina!.. pensaba preparar sepulcros para su raza, y construía el de Luis XVI.
He deseado largo tiempo que el busto de Luis XVI fuese colocado en el mismo sitio en que el mártir derramó su sangre: ahora ya no pensaría de ese modo. Es preciso aplaudir a los Borbones el haber pensado en Luis XVI desde el primer momento de su regreso: debían tocar con la frente sus cenizas antes de ceñir sus sienes con la corona. En la actualidad creo que no debieron pasar a más. En París no fue una comisión la que juzgó al monarca, como sucedió en Londres, sino la Convención entera; y de aquí la recriminación que una ceremonia fúnebre y anual parecía dirigir a la nación representada, a lo menos en la apariencia, por una asamblea completa. Todos los pueblos han establecido aniversarios para celebrar sus triunfos, sus desórdenes, o sus desgracias, porque todos han querido igualmente conservar la memoria de unos y otros: nosotros hemos tenido solemnidades por las barricadas, cánticos por el día de San Bartolomé, y fiestas por la muerte de Capelo; pero ¿no es muy notable el que la ley sea impotente para crear días de recuerdo, mientras que la religión ha hecho vivir de edad en edad al santo más obscuro? Si todavía duran las oraciones y ayunos establecidos por el sacrificio de Carlos l, es porque en Inglaterra el estado reúne la supremacía religiosa a la política, y en virtud de esta supremacía, el día 30 de enero de 1649 ha llegado a ser día feriado. En Francia no sucede lo mismo: solo Roma puede imponer preceptos en materias de religión: ¿qué fuerza tiene un decreto publicado por un príncipe o promulgado por una asamblea, si otro soberano u otra asamblea posee el derecho de revocarle? Pienso, pues, en el día que el símbolo de una festividad que puede ser abolida, que el testimonio de una catástrofe no sancionada por el culto, no se halla convenientemente colocado en el camino por donde la multitud indiferente y distraída se dirige a sus placeres. En estos tiempos, pudiera temerse que un monumento elevado con objeto de imprimir horror a los excesos populares, produjese el deseo de imitarlos: el mal suele tentamos más que el bien, y queriendo perpetuar el sentimiento con harta frecuencia, solo se perpetúa el ejemplo. Los siglos no aceptan los legados de desolación; tienen bastantes motivos para llorar por lo presente, sin encargarse además de derramar lágrimas hereditarias.
Al ver partir los restos de la reina y del rey, del cementerio de Ducluzeau, sentí una fuerte opresión; los seguí con la vista, porque vagaba por mi mente un presentimiento funesto. Por último, Luis XVI fue colocado en San Dionisio, y Luis XVIII en el Louvre: ambos hermanos comenzaban otra era de reyes y de espectros legítimos: vana restauración del trono y de la tumba, cuyo doble polvo ha barrido ya el tiempo.
Puesto que he hablado de aquellas ceremonias fúnebres, que con tanta frecuencia se repetían, no os ocultaré la pesadilla que me oprimía cuando concluida por la noche la ceremonia, me paseaba por la basílica: que pensase, al verme entre aquellos sepulcros medio destruidos, en la vanidad de las cosas humanas, era consiguiente: moral demasiado vulgar producida por el espectáculo mismo: pero mi espíritu no se detenía allí, penetraba hasta la naturaleza del hombre. ¿Es todo vacío y ausencia en la región de los sepulcros? ¿No hay nada en esa nada? ¿No hay existencia ni pensamiento entre el polvo? ¿Esos huesos no tienen modos de vida que nosotros ignoramos? ¿Quién sabe las pasiones, los placeres y los abrazos de esos muertos? ¿Las cosas que han soñado, creído o esperado, se han hundido mezcladas con ellos? ¿Sueños, porvenir, alegrías, pesares, libertad y esclavitud, poderío y debilidades, crímenes y virtudes, honores e infamias, riquezas y miserias, talento, genio, inteligencia, gloria, ilusiones y amores, sois por ventura percepciones de un momento, percepciones que pasáis con los destruidos cráneos que os engendraron, y con el aniquilado pecho en que en otro tiempo palpitó un corazón? ¿En vuestro silencio eterno, oh sepulcros, no se oye nunca más que una sonrisa burlona? ¿Esa sonrisa, es el dios, la única realidad irrisoria que sobrevivirá a la impostura de este universo? Cerremos los ojos; llenemos el abismo desesperado de la vida, con estas grandes y misteriosas palabras del mártir: «Soy cristiano.»