5

 

¿Crisis de liderazgo o liderazgo en crisis?

 

 

De los buenos líderes, la gente no nota su existencia. A los no tan buenos, la gente les honrará y alabará. A los mediocres, les temerán, y a los peores les odiarán. Pero cuando el trabajo de un gran líder concluye, la gente dice: «¡Lo hicimos!».

 

LAO-T (604-531 a.C.), filósofo chino

 

 

Cuando se habla con tanta frecuencia de crisis de liderazgo es porque se está poniendo de manifiesto la necesidad de todo colectivo humano de depositar su confianza en alguien que asuma responsabilidades para proponer y dirigir un proyecto. Esto es particularmente relevante en tiempos de zozobra e inquietud, cuando más se necesitan respuestas e ideas nuevas. Por eso es en momentos como el actual, en que parece más necesario que nunca, cuando el liderazgo más brilla por su ausencia.

Las raíces de esta crisis de liderazgo, como he dicho, son, por un lado, el debilitamiento del propio liderazgo político debido a las transferencias de poder a instituciones supranacionales y a todo tipo de organizaciones civiles, más activas y centradas en objetivos a los que no llega el Estado; y, por otro, una cierta banalización de la acción política que secunda en exceso los cambios permanentes de la opinión pública, lo que inevitablemente afecta a la consistencia de cualquier proyecto y produce un evidente desprestigio de la política y de sus actores. Pero lo más grave es el desfase que existe entre lo que se promete para obtener los votos que llevan al poder y lo que se realiza desde el poder, contradiciendo sustancialmente lo que se había prometido. Así, estamos pagando las consecuencias de la torpeza, el engaño y la frivolidad de esta nueva era política de liderazgos débiles e inseguros —casi de mantequilla— o, al contrario, arrogantes en el sentido latino del término: de necios que no saben que no saben, y por eso nos meten en todos los enredos.

Lo peor de todo es que, en lugar de corregir este hecho lamentable, se siguen elaborando teorías para defenderlo. Se sostiene demasiado a menudo, por ejemplo, que la democracia es la «democracia de los ciudadanos». Según esta tesis engañosa, si estás atento a lo que el ciudadano desea en cada momento y te mantienes fiel a ello, eres, al parecer, más democrático. Eso quiere decir que, como estás haciendo un mero seguidismo de la opinión pública, tendrás necesariamente que banalizar el debate político hasta el punto de hacer imposible el desarrollo de proyectos que vayan a contracorriente de la siempre inestable opinión pública. Como decía Manuel Azaña: «No hay nada más cambiante que la llamada opinión pública». O como señalaba, en otro contexto y en términos más modernos, Steve Jobs, el fundador de Apple: «No puedo ir a preguntarles a los consumidores qué es lo que desean, porque, mientras yo esté desarrollándolo, ellos ya desearán algo nuevo».

La democracia es hoy cada día más consumista, más inmediatista, más del día a día, más que esa pretendida democracia de los ciudadanos —«pretendida» porque el de ciudadano es a mi juicio un concepto mucho más noble—. El ciudadano está sometido a tal número de presiones inmediatas e in-mediáticas que su proceso de preferencia y de toma de decisiones es muy coyuntural, depende de un acontecimiento, de que haya cualquier corriente de cambio de la opinión pública. Un acontecimiento espantoso cambia el estado de ánimo de la gente y hace que haya mayorías a favor de la restauración, por ejemplo, de la pena de muerte o de la cadena perpetua. Si eso lo trasladamos a la vida cotidiana, supone la satisfacción de necesidades apremiantes inducidas por una publicidad agobiante. Los hombres y las mujeres de nuestras sociedades están muy condicionados. El niño ya crece condicionado. Vive rodeado de una propaganda feroz que condiciona sus preferencias y sigue siendo de adulto como un niño de preferencias inmediatas, un adulto caprichoso. Eso altera mucho el proceso de toma de decisiones. Atender ese tipo de requerimientos populares no es «democracia de los ciudadanos», sino más bien una especie de republicanismo de lo inmediato, que propone que lo que tiene que hacer el político es siempre lo que la opinión quiere en cada momento. Pero como lo que quiere cambia permanentemente, la política tiene que ser siempre una plastilina que se amolda al último estudio de opinión que llegue a la mesa de trabajo —o a la mesilla de noche— del político. Así las cosas, en cierta forma, esto impide la realización de proyectos a medio o largo plazo. La fascinación por el mandarinato chino —en el que sí son posibles— nace de ese hecho.

Hace unos años volví a coincidir por casualidad con Henry Kissinger en el aeropuerto de Washington y, hablando precisamente de estos temas, me vino a decir: «Felipe, la política ya está en manos de gente que te hace discursos seudorreligiosos y simplistas, mezclados con ofertas de venta de electrodomésticos». Mientras yo le daba la razón, él añadió: «Ha desaparecido de tal manera el debate y el contraste de ideas, estamos en una simplificación tan grande de la política que ha dejado de interesarme. Me aburre profundamente el mundo en que estamos viviendo». Ésta es la situación, pero, sin embargo, paradójicamente, cuando aparece un político con proyecto y discurso, como ha sucedido con su compatriota Barack Obama, corre el riesgo de ser arrastrado por las corrientes demagógicas y simplistas.

 

 

CRISIS DE IDEAS, MÁS QUE DE IDEOLOGÍAS

 

Son dos las opciones básicas: aceptar las condiciones como son o aceptar la responsabilidad de modificarlas.

 

DENIS WAITLEY (1933),
escritor estadounidense

 

Que conste que no tengo nada en contra de las ideologías. Yo me muevo en una corriente ideológica socialdemócrata. Temo la concepción de la ideología como un sistema cerrado que permite explicar el mundo de manera simplista y ofrecer soluciones de manual, sin contrastarlas con realidades que exigen nuevas ideas y propuestas.

Como ya he dicho antes, no hay duda de que sufrimos una gran crisis de liderazgo, principalmente porque hay una profunda crisis de autoritas. No de poder, que sigue siendo el mismo y que sigue contando con los mismos instrumentos. Pero la autoridad moral ha disminuido mucho y el poder se ha dispersado, y no sólo debido a la descentralización relativa al reparto de competencias hacia abajo y hacia arriba, sino también porque hoy ya nadie puede negar que las redes sociales configuran un nuevo poder, muy distinto del anterior, con el que no sabemos dialogar y mucho menos aprovechar las iniciativas positivas que surgen de ellas para afrontar problemas que no somos capaces de atender. Desaprovechamos así un cauce potencial de participación democrática de extraordinario valor.

Además, como también he señalado, parece como si en la política actual se tuviera la voluntad de demostrar constantemente que cada uno es más demócrata que los demás introduciendo como sea elementos de democracia directa intrínsecamente incompatibles con la democracia representativa. Así, cualquier recogida de firmas o votación popular sobre cualquier asunto pretende pasar directamente al Parlamento y transformarse en ley. Esto puede parecer bueno, pero acarrea consecuencias a veces inimaginables. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir. La ingobernabilidad y la casi bancarrota del estado de California —paradójicamente el más rico y tecnológicamente más desarrollado del mundo— se han producido por esa vía: iniciativas populares que se votan en una asamblea, que, sin embargo, necesita —y pocas veces consigue— dos tercios de sus votos para aprobar los presupuestos estatales. El resultado final de este disparatado intento de alcanzar una imposible simbiosis entre la democracia representativa y la directa es que, algunos años, en el presupuesto californiano, el gasto en educación pública superior es menor que el gasto en prisiones.

Faltan, pues, auténticos líderes, pero tampoco quiero caer en la tentación nostálgica de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ya he comentado antes que en mis tiempos de participación activa en la Europa comunitaria también era algo común preguntarse dónde estaban los Konrad Adenauer, los Charles de Gaulle, los Jean Monnet o los líderes de esa talla de épocas anteriores. En realidad, esas competiciones generacionales siempre me han importado poco, entre otras cosas porque siempre ha habido y hay jóvenes muy viejos de mentalidad y viejos que todavía se mantienen atentos y en constante renovación. Lógicamente, siempre hay de todo. De lo que sí estoy seguro es de que hoy sólo existen —yo sólo conozco— cinco o seis políticos con mirada global. Y también tengo la certeza de que, en nuestro contexto, a escala continental, se ha perdido impulso en los factores relevantes que requiere la construcción de Europa. Se discute mucho sobre el reparto del poder —que siempre ha sido uno de los problemas más debatidos al afrontar cualquier reforma institucional—, pero sin llegar a definir nunca qué poder concreto necesitaría Europa para recuperar relevancia. ¿Sigue siendo el que se traduce en autopistas o será más bien el que atañe a la revolución tecnológica y a la I+D+i?

Lo cierto es que, una vez que discutamos y lleguemos a un acuerdo sobre qué poder queremos poner en común, entonces será el momento de ver cómo se reparte, pero no antes. La razón por la que el reparto ha sido hasta ahora tan decepcionante para todos los ciudadanos es porque no se ha hecho así. Si se hace el esforzado ejercicio de leer cualquier resolución del Consejo Europeo, se comprueba que consta de al menos cincuenta puntos de los que, como mínimo, cuarenta comienzan con un encabezamiento del tipo: «El Consejo Europeo lamenta…» o «El Consejo Europeo se alegra de…». Pero, en realidad, ¿a quién le importa el estado de ánimo de los dirigentes europeos? No se les paga para eso. Sobre todo, no se les puede ofrecer a los ciudadanos una literatura en la que ellos comenten si están contentos o si están preocupados, y que ni siquiera enumere los problemas de los que habría que hablar. Lo que esperan leer los ciudadanos son unos textos concretos que les digan cómo se van a afrontar esos mismos problemas.

La actual crisis de liderazgo dificulta sobremanera que las sociedades desarrolladas afronten sus propios problemas estructurales. Pondré sólo dos ejemplos urgentes: la reforma del mercado financiero o los gravísimos problemas demográficos y el tratamiento de la inmigración. Lo más curioso de todo —lo peor de todo— es que, en realidad, en Europa sí que hay líderes, pero llevan quince años sin enfrentarse a los auténticos problemas estructurales. Cuanto más se tarde en afrontarlos, más difícil solución tendrán. Los estados europeos están perdiendo poder dentro de sus fronteras y también en el ámbito internacional, y la incapacidad de afrontar los problemas comunes está derivando, por ejemplo, en que ya se incuba la siguiente crisis financiera. La ampliación de la Unión Europea de 12 a 27 estados miembros dificultó en su momento la toma de decisiones para enfrentarse a la crisis, cuando ésta era aún incipiente. Pero ahora ese argumento ya no es válido: la Unión Europea lleva demasiado tiempo intentando digerir el proceso de ampliación. Mientras tanto, España ha pasado súbitamente de ser el alumno modélico de Europa, dado su estricto cumplimiento del Pacto de Estabilidad, a venirse abajo estrepitosamente, lo que cabría atribuir, entre otras razones, a que los países europeos no han sido capaces de hacer converger sus políticas económicas reales, porque, como he dicho antes, la Unión Monetaria estaba concebida en el tratado como «Unión Económica y Monetaria».

En ese problemático contexto, los líderes políticos tienden a menudo a ser profesionalmente optimistas, pues parece algo casi obligado en su condición y en su carácter. Pero el liderazgo no puede alejarse de un principio básico: nadie puede liderar una sociedad, un grupo humano o una colectividad de ningún tipo si no es capaz de hacerse cargo del auténtico estado de ánimo social. Cuando los problemas acucian, es una necedad que el líder proclame que no pasa nada y reclame que se crea en él porque él conoce el camino hacia la solución —los hay incluso que afirman que la solución o el milagro son ellos mismos—. Lo que más agobia a una sociedad es la falta de identificación con un proyecto que contenga un resultado previsible. En tales circunstancias, si día a día se piden sacrificios y se dice que todo va a mejorar, pero no se explica cómo, el horizonte y las expectativas de futuro se cierran cada vez más y es imposible que nadie se adhiera a ese nebuloso proyecto. Debido a estos métodos erróneos y a esta falta de visión, el líder político actual se distancia de la sociedad. Y ésa es la situación en la que estamos: sin líderes y, sobre todo, sin ideas.

Vivimos en una época en la que se habla continuamente de la crisis de las ideologías, pero, en el fondo, de lo que adolecemos en este momento es de ideas. Las ideologías siguen perviviendo, aunque todas ellas estén muy debilitadas como resultado de un proceso de deterioro que viene de lejos. Toda ideología tiende a ser un sistema cerrado de explicación del mundo. Por ello, cuando las ideas se sistematizan hasta el punto de querer obtener un resultado final absoluto, se llega al comunismo, al fascismo, al nazismo o a cualquier otro totalitarismo. Una ideología de ese tipo es una explicación plena y cerrada del mundo, lo que da lugar a que se confundan la política y la religión, o, dicho de otra manera, a que se apliquen categorías religiosas a la acción política. Es absolutamente respetable que alguien tenga una visión del mundo relacionada en exclusiva con el absoluto trascendente. Lo que no es tan respetable —ni conveniente— es convertir la política en una nueva religión; edificar nuevas iglesias sobre ideologías cerradas que lo explican todo, incluso el resultado final. Como decía el castizo, «lo sabe todo, ¡fíjense lo tonto que será!».

La ideología neoconservadora fundamentalista de discurso simple basado en la defensa del Estado mínimo y de las libertades formales —enarbolada incluso por algunos que durante mucho tiempo no han sentido apego alguno por ellas— es muy elemental. Por el flanco izquierdo, hay algunas otras ideologías que tratan de eludir la crítica a los evidentes fracasos de las experiencias comunistas y que, con esos mismos mimbres, ponen en pie una especie de, en palabras de Fernando Henrique Cardoso, «utopía regresiva», con una mezcla muy rara de ideologías superadas por la historia. Lo que se echa en falta en el debate político a escala mundial es una mayor aportación de ideas, que a menudo se sustituyen por un discurso maximalista cargado incluso de apelaciones religiosas que buscan la descalificación del discurso contrario, pero que no aportan elementos nuevos ni ofrecen verdaderas respuestas a esas grandes preguntas que, como decía Octavio Paz, «siguen vigentes». En definitiva, a los políticos les faltan ideas, mientras que los intelectuales, teóricamente llenos de ellas, carecen —y que siga siendo así— de poder real para aplicarlas.

 

 

POLÍTICOS SIN IDEAS; INTELECTUALES SIN INFLUENCIA

 

Tras cualquier acción de un político se puede encontrar algo dicho por un intelectual quince años atrás.

 

JOHN MAYNARD KEYNES (1883-1946),
economista inglés

 

Queda claro que no comparto la creencia que a veces se oye de que hay muchas ideas. En absoluto. Más bien hay pocas, confusas y escasamente interrelacionadas. Mucha gente reclama que se hagan continuos debates de ideas. Me aburre ver que hay gente muy inteligente que reclama un debate de ideas y con eso cree que ya ha cumplido. ¿No sería mejor poner una idea sobre la mesa? Una cualquiera, la que sea.

Lo que me angustia de verdad es que estamos viviendo una nueva frontera que tenemos que conquistar. Probablemente eso lo hayan dicho antes todas las generaciones, pero ahora es cierto: nuestro mundo ya no es el del pasado, pero todavía no es el del futuro. Confusos, tratamos de mantener precariamente el equilibrio en pleno vaivén de esa bisagra. Y en este punto, las ideas que nos llegan desde la política y desde el mundo de la inteligencia —de éste sobre todo— son escasísimas. Algunos políticos que tienen la responsabilidad de decidir la acción se apoltronan en el sillón de las decisiones, pero se limitan a hacer llamamientos a la unidad —que, por cierto, ellos antes nunca respetaron—. Se podría decir que parecen llamamientos más propios del obispo de Mondoñedo que de quien tiene la responsabilidad de decidir. «Oigan la voz de la calle», dicen, como si ellos no fueran políticos, sino una parte más del auditorio. Nos piden unidad a los demás. A mí no me parece mal que oigan la voz de la calle, pero, por favor, una vez oída, digan lo que van a hacer, hagan algo y déjense de titubeos y de bromas. Esos individuos creen que están en un púlpito —en algunos casos, hasta lo parece—, pero su labor debería ser transformar las ideas en acción. Aunque, para eso, antes han de tenerlas.

Hay un evidente déficit de ideas aplicables y una carencia de intelectuales que anticipen y orienten sobre lo que puede venir. No digo que no haya aceptación e incluso militancia a favor de unos o de otros. A lo que me refiero es a la anomia, la falta de capacidad y de interés para analizar lo que pasa y para dar una auténtica respuesta. Y en el mundo de la inteligencia esto es más grave. Estamos inmersos en una crisis que, en parte, es completamente nueva y que, a mi juicio, marca un punto de inflexión sin retorno en las relaciones de poder en todo el mundo. A eso me refería al hablar de nueva frontera.

En uno de los debates del Foro de Davos, poco antes de la implosión del sistema financiero, alguien dijo algo que me impresionó. «El mundo occidental y desarrollado se ha gastado ya todo lo que va a tener que pagar en los próximos veinte o veinticinco años, mientras que otras partes del mundo —productores de materias primas y de petróleo, o países en vertiginoso desarrollo, especialmente China— han ahorrado ya lo que van a poder comprar en los próximos veinte o veinticinco años». Así pues, preparémonos para ese escenario con tan poco margen de maniobra.

De la India, otro país emergente, siempre se dice que compite con ventaja por su economía de costes, pero esto no es del todo cierto. Los indios producen coches muy baratos, eso es verdad, pero su mercado también absorbe todo tipo de coches de gama alta de Europa. Y esa misma dualidad se da en su consumo de ordenadores o de acero. No es que estén compitiendo con lo que ellos producen, sino que, además, están consumiendo de modo creciente todo tipo de productos de alta gama e, incluso, comienzan a hacerse con la propiedad de esas marcas.

Es verdad que en Occidente y en especial en Europa siempre tendremos un recurso muy útil y valioso: siempre nos quedarán muchos sitios para visitar, un inmenso reclamo turístico y cultural, y también una magnífica gastronomía. Por otra parte, esa ingente cantidad de nuevos ricos, de personas con gran poder adquisitivo, a algún sitio tendrán que ir a pasarlo bien o a divertirse. Con este apunte irónico trato de describir y de reflejar la decadencia en la que Europa está sumida desde hace tiempo. Una dulce decadencia, porque así hay que llamarla si se parte de unos 35.000 dólares de renta per cápita, hasta hace poco razonablemente bien repartidos. Ese colchón socioeconómico ha permitido ir cayendo suavemente durante un tiempo sin que se note demasiado, además de adormecer el espíritu crítico o la capacidad de generación de ideas nuevas en el campo de la inteligencia. Pero eso tiene un límite temporal, y los más recientes acontecimientos nos vienen demostrando que ese plazo ya ha acabado. Se nos acabó el colchón, y ahora nos toca reposar en el triste suelo.

En todo caso, es indudable que hay una crisis política que proviene justamente de ahí y a la que hay que añadir algo más: esta vez no la va a poder resolver Estados Unidos. Porque, a pesar de su liderazgo —todavía existente, pero relativamente menor cada vez—, en esta ocasión no nos alcanzará con su sola iniciativa. El liderazgo de Estados Unidos en el mundo, como tantas otras cosas, también está en transición. El mundo va a ser distinto después de la crisis. De hecho ya lo es, aunque todavía se perciba poco. Las relaciones de poder económico mundiales llevan años cambiando y la crisis está poniendo de manifiesto que ya han cambiado.

Volvamos a una de las grandes razones de fondo de esta crisis de liderazgo político, de la que ya he hablado: las decisiones siguen siendo locales, pero la crisis es global. Los desafíos a los que nos enfrentamos son mundiales, pero los liderazgos son domésticos. Y eso es asimismo cierto incluso en un país como Estados Unidos. Imaginemos que después de todo se decide que la broma ha ido demasiado lejos y que la ingeniería financiera ha sido excesivamente imaginativa —algunos preferirían decir codiciosa— y que hay que volver a imponer un marco regulador que dé previsibilidad y confianza a las instituciones financieras. Imaginemos por un momento que somos capaces de regular los mercados en los que el poder de Estados Unidos aún cuenta. En tal caso, ¿qué pasaría con el resto? ¿Se iban a someter por su propia voluntad a la norma establecida localmente por Estados Unidos para que no se le vaya de las manos otra vez su sistema financiero?

Los europeos deberíamos ponernos de acuerdo con Estados Unidos y con Japón —que acaba de hacer un movimiento audaz para salir de su prolongada crisis—, los tradicionales motores de la economía mundial y las áreas todavía más desarrolladas del mundo. Los mercados de valores de estas tres zonas geográficas siguen absorbiendo más del 75 por ciento de los movimientos de capitales en el mundo. No estaría mal que actuaran de manera coordinada, aunque no fuera muy acertado lo que hicieran. Que las partes involucradas estén continuamente emitiendo señales contradictorias nos va a volver locos a todos. No es posible que se estén haciendo en el mundo cosas no sólo no acordadas sino totalmente contrapuestas. No debería ser posible hoy, ni creo que lo pueda seguir siendo durante mucho tiempo más.

Cuando esta crisis pase —que lo hará—, comprenderemos finalmente que hay un grave problema de gobernanza y, por tanto, de liderazgo. Que el problema no radica exactamente en que falten buenos líderes como los de antaño, sino en que faltan estructuras de gobierno adecuadas al nuevo mundo. Por tanto, superando esa especie de tentación generacional en la que no se debe caer, hay que reconocer que existen razones objetivas para que la política haya perdido peso y para que el mundo de la inteligencia esté desconcertado y no produzca ideas. Ideas sólo, porque la intelligentsia no ha de tener poder, sino capacidad de influencia en los procesos de toma de decisiones. Si no surge un nuevo liderazgo que plantee, entre otras cosas, la coordinación de acciones globales y que replantee para el futuro un marco de previsibilidad reguladora del funcionamiento de los mercados, especialmente del financiero, nos seguirá yendo mal. Lo diré en términos aún más claros, aunque para algunos puedan parecer despectivos: ahora que ha saltado la banca, ¿qué vamos a hacer?

Esta crisis puede durar más de lo que nadie imagina. Se recordará sin duda en el año 2020, pero tengo la impresión de que se seguirá recordando en el 2030 y, si no hacemos las cosas bien, en el 2050 y en el resto del siglo XXI. Se recordará como se recuerda la de 1929. En lo que va de siglo, el aumento de los precios de las materias primas y el fuerte incremento de su demanda, más la desmesurada expansión de los movimientos especulativos a futuros con las materias primas, incluidas las alimentarias, han producido un desplazamiento del ahorro mundial de magnitudes gigantescas que permite que grupos de países pequeños, como los Emiratos —de los que nunca conocemos con exactitud sus fondos soberanos—, superen los 50.000 dólares per cápita. Comparando esas cifras con lo que se quiera, la conclusión es siempre la misma: en los últimos cinco o seis años de excedente de ahorro por el incremento de los precios del petróleo, los fondos soberanos han desplazado cantidades ingentes de dinero de unas regiones a otras.

En definitiva, el liderazgo político está en crisis, en primer lugar, por un cambio de paradigma a escala mundial y por una desorientación respecto a las respuestas adecuadas. Y, en segundo lugar, lo está porque los desafíos globales no encuentran respuesta en un nivel de gobernanza global, ni en el poder real —sobre todo en el representativo— ni en los organismos financieros tradicionales, que, como mínimo, estuvieron lentos a la hora de prever esta crisis, como ahora lo están para intentar un mínimo control regulador y para ofrecer respuestas. Y en esta tesitura de doble crisis de liderazgo y de ideas, ¿cómo se reparten las responsabilidades? Pueden repartirse como se quiera, pero las razones de ambas crisis son aprehensibles y, por tanto, fueron atajables en el pasado y son eludibles en el futuro.

A pesar de todo lo dicho, o precisamente por todo ello, hay que insistir en que el mundo es hoy más apasionante que el de la lucha épica por las libertades. Todo el mundo está cambiando, y todas las oportunidades y todos los riesgos están abiertos. La clave es que no nos fiamos del mundo, ni siquiera cuando hacemos política. Lo diré de una vez, aunque me cueste: no miramos a la cara a los ciudadanos. Y no me refiero a estar pendientes de sus opiniones cambiantes, sino al flujo profundo de sus sensaciones y sus necesidades. Casi siempre preferimos mirársela a los otros políticos. Por no tener claro, no tenemos claro que las sociedades son ya mucho más horizontales que jerárquicas.

 

 

HORIZONTALIZACIÓN FRENTE A JERARQUÍA

 

Llegar juntos es el principio; mantenerse juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito.

 

HENRY FORD (1863-1947),
industrial estadounidense

 

El hecho de que la información sea ya un bien disponible para cualquiera y tan común como el aire horizontaliza la sociedad del conocimiento y rompe todas las jerarquías a las que estábamos acostumbrados, salvo la de los valores, que poco tiene que ver con el poder formal. En la nueva sociedad del conocimiento, con toda la información disponible para cualquiera, ésta ni la obtiene ni la ha de atesorar sólo el líder, sino cualquiera; y lo mismo ocurre con las buenas ideas. Ello hace que, en la sociedad actual, los valores de la horizontalidad cobren una creciente importancia frente a los de la verticalidad.

Con respecto a este tema, es oportuno mencionar el caso de Japón. Que allí la crisis se haya prolongado ya dos décadas sólo se explica a partir de un problema cultural grave de verticalidad. En Japón, un hijo no habla en la mesa si el padre no le dirige antes la palabra. Allí, la rígida verticalidad impide que un subordinado tenga una idea brillante que no se le haya ocurrido antes a su jefe. Gracias a su temperamento sistemático y disciplinado, Japón funciona muy bien en las batallas de ejércitos regulares —como fueron las de la segunda revolución industrial—; en cambio, este respeto ciego a la jerarquía se adapta mal a la sociedad actual. Sin duda, el primer ministro japonés de turno se ocupará de hacer en el país los cambios estructurales que sean necesarios, pero la resolución del obstáculo cultural, del que ni siquiera se habla en el propio Japón, será mucho más compleja porque sus raíces son profundas. Sin embargo, como he dicho, Japón está recuperándose de la crisis desde que el nuevo gobierno ha tocado decisivamente la política monetaria e inyectado liquidez al sistema.

En nuestra sociedad del conocimiento, en fin, ni las ideas ni la información se reparten ya jerárquicamente, sino de manera horizontal. La capacidad de procesar información tampoco se reparte en vertical sino en horizontal. La sociedad abierta de la red —que descompone los controles de la información incluso en las sociedades más totalitarias— ha cambiado el sentido del liderazgo desde el punto de vista del monopolio de la información para el proceso de toma de decisiones. Lo positivo de ello es que esta nueva sociedad ofrece infinitas oportunidades debido a esa especie de democratización que nunca antes en la historia se había producido. Lo negativo, en cambio, es que los dirigentes tienen que ser capaces de comprender lo que ha sucedido para abrir los espacios nuevos que la sociedad puede cubrir a través de todos los sistemas disponibles para ello. Pero es justamente en eso donde se fundamenta mi mayor preocupación a este respecto: por desgracia, los discursos políticos en Europa y en América Latina se parecen bastante a los de hace treinta años.

Yo empecé a gobernar hace más de tres décadas. Algunas veces, cuando me preguntan: «¿Haría usted la misma reforma educativa que hizo en el año 1983?», mi respuesta es siempre la misma: «¿Me toma usted por tonto o por uno de esos que se empecinan en que todo lo que han hecho en su vida es tan bueno que lo repetirían exactamente igual?». Si nos dieran otra vez la posibilidad de repetir algo en la vida, ¿haríamos otra vez lo mismo? Eso no sólo sería caer en la abulia de lo repetitivo, sino negar la evolución. ¿Cómo voy a hacer una ley de educación idéntica a la que en aquel tiempo y en aquel lugar creí que era la mejor posible? Lógicamente, introduciría todos los nuevos elementos aparejados al cambio que ahora se ha producido. Aunque mantuviera los objetivos de universalización del acceso de igualdad de oportunidades.

De igual manera, siempre he tratado de renunciar a lo más cómodo en política, que es mantener el mismo discurso durante décadas aunque la realidad sea ya muy diferente y no tenga nada que ver con aquella para la que se articuló por primera vez. Intento eludir ese peligro, y me inquieta que el tempo histórico de la política vaya tan rezagado del referido al cambio hacia la sociedad del conocimiento. Me complace más, por ejemplo, el tempo histórico de los empresarios emprendedores, porque, entre ellos, al que se distrae se lo lleva la corriente. Por tanto, no pueden contar lo mismo que hace veinticinco años, y si lo cuentan dejan de ser escuchados y se hunden. Sólo los políticos nos permitimos repetir una y otra vez durante décadas el mismo discurso sin hundirnos por ello.

Asistimos a un cambio formidable, pero cuesta mucho trabajo aceptarlo subjetivamente. Una de las cosas que más asombran del liderazgo político mundial es su reticencia a aceptar mentalmente un cambio de civilización que es real y que está afectando —que ha afectado ya— al núcleo más profundo y esencial de las relaciones entre los seres humanos, la comunicación. Cuando ésta pasa por una revolución, eso no sólo cambia la política; cambia también, por ejemplo, la investigación científica. Ya lo he dicho antes: un centenar de físicos en cien puntos distintos del planeta conectados entre sí, en tiempo real, online, exponiéndose unos a otros los resultados de sus investigaciones, pueden ser cien cerebros multiplicando la potencia individual de, digamos, cien potenciales premios Nobel aplicados a una misma línea de investigación. Un gran avance, sin duda. Ahora bien, paralelamente, cien células durmientes de al-Qaeda tienen esa misma posibilidad. Un enorme peligro. Apunto esta posibilidad porque la revolución tecnológica —ésta y todas las demás— es intrínsecamente neutral en términos éticos. Toda revolución tecnológica es instrumental; quién y para qué usa el instrumento es lo que la hace perversa o virtuosa.

En última instancia, todas las revoluciones que en el mundo han sido —y que han merecido la pena; es decir, que no han empezado con un gran incendio seguido de cincuenta años de humo, como decía Malraux— han afectado a la comunicación entre los seres humanos, pero se han utilizado indistintamente para lo bueno y para lo malo. Es preciso comprender que la comunicación es la esencia de todo cambio histórico, sea éste el descubrimiento de América, el barco de vapor, la invención del teléfono o la implantación de internet. Da igual qué. Los grandes cambios históricos han sido provocados por avances en la manera de comunicarse los seres humanos. Fue, por ejemplo, el caso del automóvil. El fordismo cambió la cultura porque también transformó la capacidad de comunicación de los hombres. Las grandes autopistas, esas catedrales modernas, estandartes de la segunda revolución industrial, son elementos de comunicación que transforman radicalmente las relaciones humanas. A partir de la década de 1960, aquellos que no habían salido nunca de su tierra descubrieron que un automóvil, y además barato, los podía trasladar cómodamente a centenares o miles de kilómetros de distancia, y empezaron por conocer su país y, luego, su continente: ésa fue otra auténtica revolución comunicacional.

 

 

DESPRESTIGIO Y DESCRÉDITO DE LA POLÍTICA

 

Los malos dirigentes son elegidos por buenos ciudadanos que no votan.

 

GEORGE JEAN NATHAN (1882-1958),
editor y crítico estadounidense

 

Tras la caída del muro de Berlín y el proceso que resumimos bajo la etiqueta de globalización se ha venido produciendo un deterioro sin precedentes de la política y de la imagen de sus protagonistas, tanto en lo que se refiere a los partidos políticos como al aprecio popular por las instituciones representativas. Lo más chocante de todo es el carácter aparentemente contradictorio que existe entre la recuperación de la democracia, recibida como un avance y una esperanza por las grandes mayorías sociales, y la posterior contracción del compromiso ciudadano con la representación política e institucional de esa democracia.

Este fenómeno es bastante universal: en la política hay una pérdida de credibilidad generalizada, que se muestra con especial intensidad en algunas regiones del mundo que han dejado atrás regímenes autoritarios o totalitarios para incorporarse a la ola de democratización que siguió o precedió a la caída del muro de Berlín. Así se produjeron los acontecimientos en la región latinoamericana y en el centro y el este de Europa. La legitimación de origen (las urnas) no pareció ser seguida por una legitimación de ejercicio (la acción de gobierno), lo que provocó un distanciamiento y una animadversión crecientes entre la ciudadanía. Este proceso, que fue liquidando a fuerzas políticas de arraigo histórico y haciendo emerger fórmulas desconocidas de representación, fue percibido por los responsables políticos con desconcierto. Por eso es urgente para la propia consolidación de la democracia como sistema abrir un debate sobre las causas de la degradación de la política como función y la desconfianza creciente de los ciudadanos hacia el sistema, a fin de pasar inmediatamente a la reflexión sobre nuevas propuestas que fortalezcan el compromiso cívico y aumenten la credibilidad política e institucional.

En realidad, la política no se ha adaptado aún a las exigencias de la nueva situación mundial y a la nueva economía abierta. Un Estado que se retira de la generación directa de riqueza —lo que es saludable—, que no es un actor en la generación de producto bruto o que tiene dificultades para recaudar, está obligado a cambiar su forma de hacer política. Además, en los albores de esta nueva era, el impacto de la revolución tecnológica está desestructurando al ser humano, que necesita referencias históricas y que, al irlas perdiendo, sufre una gran incertidumbre. En ese contexto, la política se está haciendo banal, los liderazgos se están difuminando y van apareciendo en el horizonte muchas muestras de deriva antipolítica.

Los políticos son responsables. Si uno quiere ofrecerle un proyecto a un país, lo lógico es que crea que ese proyecto puede ser compartido por la mayoría; por tanto, no debería preocuparse de los porcentajes de aceptación previa, sino enfocarse totalmente hacia el éxito mayoritario. Un proyecto político no debería limitarse a buscar un cierto porcentaje de votantes o de adeptos suficiente para subsistir hasta el próximo escrutinio. Quien está totalmente convencido —y comprometido— con la bondad de su oferta, sólo podría contentarse con una mayoría que le permitiera ponerla en práctica. En mi actuación política no he seguido nunca las encuestas ni los estudios de opinión. Por el contrario, siempre he pensado que si los propios dirigentes de un partido no creen que pueden obtener el apoyo de la mayoría, ¿por qué lo habrían de creer los ciudadanos? Y si están dispuestos a rectificar su rumbo para, por así decirlo, ir recogiendo a más y más pasajeros en cualquier puerto, entonces es que, seguramente, no merecían haber emprendido tal viaje.

 

 

MEDIOCRACIA Y POLÍTICA «IN-MEDIÁTICA»

 

El mundo está harto de estadistas a quienes la democracia ha degradado convirtiéndolos en políticos.

 

BENJAMIN DISRAELI (1804-1881),
político y escritor inglés

 

Durante la reciente fase de total satisfacción con los designios del mercado, la política estorbaba. Ésa fue una de las causas de la degradación, el desprestigio y el desprecio de la política, que se aceleró mucho a partir de ese instante. Las cosas que se consideraban tolerables —incluso en la financiación de los partidos— dejaron de serlo a partir de un determinado momento en que el triunfo del todo-mercado parecía permitir ese menosprecio de la política como arte de gobernar el espacio público que compartimos. Y eso degradó extraordinariamente la política y la función del político.

No me gustaría caer en descalificaciones generales o en calificaciones que tengan un contenido más o menos moral de lo que está pasando con esta crisis. Creo sinceramente que cada uno tiene sus propios valores, aunque sin duda hay una ética universal. Por tanto, decir que lo que ha pasado ha sido un pecado de avaricia o codicia es sólo una excusa fantástica, una buena coartada. Es razonable apuntar que el deterioro de la imagen y la consideración de los políticos recae en los sobresueldos o en asuntos parecidos, pero no es del todo cierto. Da bastante apuro ver a los ejecutivos financieros fracasar en su gestión y ser despedidos con una indemnización millonaria por cabeza. En esas circunstancias, se comprende por qué los despedidos no suelen tener un semblante muy disgustado. En su caso, nadie lo tendría. Resulta repulsivo que esto ocurra, pero eso, en realidad, no tiene mucho que ver con la magnitud y el verdadero calado del problema. Ha habido muchos pecados de codicia, pero ése no es el problema de fondo.

Mientras tanto, la democracia se iba convirtiendo en una especie de mediocracia, es decir, un híbrido de democracia mediática y de democracia mediocre, en la que políticos serios se prestan a asistir a programas de televisión que no pretenden serlo, en los que se mezclan y se confunden los asuntos frívolos con un debate político pretendidamente serio. Su presencia en ellos no me parece aceptable, y mucho menos admirable por el simple hecho de haberse atrevido a ir a programas que, como se suele argüir, «de verdad son populares». Sólo es un ejemplo más de la banalización de la política, aunque no siempre nos demos cuenta de ello. Alguien del mundo de la política puede ir a un programa de humor, por ácido que sea, pero a un programa que mezcla las historias de intimidad con el debate político resulta peligroso. Para él y para toda su profesión. Para él y para el crédito de la tarea que hace. En todo caso, es una más de las servidumbres de creer que la opinión pública es eso.

Esa política in-mediática que tanto daño hace a la imagen de la noble profesión de servicio público, tuvo seguramente su primer gran hito mundial en la visita que realizó a China en 1972 el presidente estadounidense Richard Nixon como culminación de su famosa «diplomacia del ping-pong». En aquella ocasión, alteraron de forma inusitada los horarios de las recepciones y las comidas —por cierto, con gran placer de los chinos, que son más pragmáticos que nosotros— para que coincidiera con el prime time de la televisión estadounidense. Aquélla fue quizá una de las primeras concesiones que se hizo desde el punto de vista del liderazgo —que no discuto, tratándose de Nixon— a esa nueva política in-mediática. No la discuto, pero en el fondo de mis convicciones sigo pensando que no era necesaria.

Hoy, medio siglo después, cabe pensar que este proceso de banalización se acelerará aún más. Dentro de poco, va dar igual tener o no todas las televisiones del régimen concentradas en una, con ligeras variantes, porque esto no va a servir para nada, o para muy poco, a la hora de la pelea por el control de la opinión. Cuando mantengo que la suma de un proyecto más una conciencia colectiva es igual a liderazgo, y cuando afirmo que esa combinación es la única que funciona, es porque creo que, aunque le pongan a uno toda la televisión a su servicio durante todo el día, si su mensaje no cala, tampoco cuela, y viceversa. El proyecto político del PSOE que lideré llegó a las elecciones de 1977 casi en mantillas y, aun así, la mitad de la población giró hacia la izquierda, mientras que sólo el 8 por ciento se mantuvo fiel a los Siete Magníficos de la derecha reaccionaria. Y ello pese a que la televisión era única y oficialista, como parte de la radio y de los medios escritos, y a que los alcaldes, los gobernadores civiles y el aparato entero del Estado eran designados a dedo. Todo iba en la misma dirección de siempre. Todo, salvo la gente, que ya iba para otro lado.

A pesar de su bella y sonora resonancia, la democracia directa no existe. Existe la democracia representativa, valga para lo que valga. La directa es la que en este momento se está tratando de colar por el peor de los procedimientos y, por tanto, la que va abaratando o liquidando la responsabilidad de los políticos. La democracia directa es la in-mediática, es el sondeo de opinión nuestro de cada día. Pero no se puede —ni se debe— estar a cada cosa que convenga in-mediáticamente. Dicho de otro modo, en la política actual falta grandeza para afrontar los desafíos y parece que no se quiere levantar la mirada de lo banal. Este tipo de política tan pendiente de la inmediatez no permite nadar a contracorriente cuando esto es necesario para superar algunos obstáculos que surgen al tratar de hacer historia. De este tipo de política es de la que nos tenemos que deshacer, porque de esta crisis política —al igual que de la financiera de fondo— sólo se sale haciendo un urgente rescate de los valores y las nobles prácticas políticas perdidas. En este sentido, si hay un rescate urgente, ése es el de la Política con mayúscula.