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La crisis: un debate confuso
Me temo que he de prevenirle: si hablo demasiado claro, es probable que no me entienda en absoluto.
ALAN GREENSPAN (1926),
economista y ex presidente de la
Reserva Federal
Todo se mezcla en una cacofonía incomprensible para los ciudadanos. Exigencias de los «mercados», sin identificar quiénes son; exigencias de la Unión Europea, de Bruselas o de Alemania; respuestas de líderes europeos que actúan como galgos que corren detrás de una liebre mecánica en manos de otros, que siempre se les escapa… Un galimatías y una ceremonia de la confusión. Y toda esa confusión y todo ese desconcierto en medio de una crisis que está cambiando a velocidad de vértigo la economía y las relaciones de poder en el planeta. Y, con ello, nuestra forma de vida. Pero ¿qué pasa en el mundo? ¿Qué pasa en Europa? ¿Qué pasa en España? Sobre todo, ¿dónde están los líderes que nos orienten, que nos animen, que nos ilusionen?
Varios años después de la implosión del sistema financiero de Estados Unidos y de la Unión Europea, con los efectos de recesión económica y paro que todos conocemos, seguimos sin ver el verdadero alcance de la emergencia que vivimos, o lo vemos compulsivamente ante cada tirón de la liebre mecánica, a la que algunos pensaron que esta vez íbamos a atrapar, pero que se nos vuelve a escapar. ¡Y los galgos cada vez están más agotados!
Mientras tanto, indefenso, el único factor de control que parece quedarle al Estado es el de rescatar, con los impuestos de sus ciudadanos, a las entidades financieras víctimas de sus propios errores y de sus arriesgadas maniobras especulativas en el casino financiero global.
La estabilidad presupuestaria es una condición necesaria para garantizar, a medio y largo plazo, un crecimiento económico sostenido. Los desequilibrios permanentes, con déficits estructurales y deudas acumuladas que se vuelven impagables, arruinan las perspectivas de crecimiento y merman la confianza de todos los actores. La consecuencia de ello es inexorable: no se pueden mantener las políticas de cohesión social que definen nuestro modelo. Este planteamiento no es, o no debe ser, ideológico, sino de responsabilidad de los gobernantes.
Pero el mantra del déficit cero es un disparate. Una muestra de radicalismo ideológico que elimina todo margen de maniobra ante el vaivén de los ciclos económicos. Una receta de los teóricos fundamentalistas que, para desgracia de todos, a veces ocupan responsabilidades políticas. El déficit cero impide una actuación política que contrarreste las graves consecuencias de la contracción económica. Y esto tampoco debería ser un planteamiento ideológico, sino igualmente pragmático.
En el trasfondo de esta crisis primero financiera, y, como consecuencia, económica y social, se está produciendo una evidente traslación de las relaciones de poder a nivel global de gran calado histórico. Vivimos el tránsito entre el dominio hegemónico de un Occidente en declive y el naciente auge de un Oriente en desarrollo rápido; el traslado del eje de poder desde los países centrales, endeudados hasta las cejas, a los emergentes, que producen y ahorran lo que los primeros deben; el desdibujamiento de la frontera entre el Norte (países centrales) y el Sur (países periféricos); el paso desde las sociedades industriales dominantes que imponían precios de materias primas y de manufacturas hacia las sociedades emergentes que reciben las inversiones que se deslocalizan de las anteriores; la transformación de una economía basada en la industria a otra basada en el conocimiento que está alterando las fronteras del desarrollo y que crea nuevos espacios en el mundo global…
En este proceso, las respuestas de nuestros países para garantizar nuestra recuperación y nuestra inserción en el nuevo escenario global tienen que respetar, como condición necesaria, una macroeconomía sana, capaz de controlar los déficits excesivos y la acumulación de la deuda, y en disposición de aprovechar el margen de maniobra obtenido durante los posibles ciclos futuros de bonanza en los posteriores momentos de crisis. Ése es el objetivo de la estabilidad presupuestaria. Lógicamente, no es lo único que hay que hacer, pero es imprescindible que se haga.
Pero, con todo, seguimos sin saber qué pasa realmente en el mundo, cuál es realmente su estado de ánimo. ¿O sí lo sabemos?
No hay globalidad que sirva sin localidad que valga.
CARLOS FUENTES (1928-2012),
escritor e intelectual mexicano
Explicarse qué está pasando en el mundo es extraordinariamente importante para comprender nuestra realidad, en la que el líder político ha de situarse y desde la que ha de actuar. Además, puede que nos permita descubrir por qué no surgen nuevos líderes con nuevos mensajes y nuevos proyectos por los que dejarse seducir y arrastrar. Nuevos líderes a los que apoyar.
La globalización reparte el crecimiento y el ajuste de manera desigual en todas las sociedades. En la mayor parte de las emergentes se está produciendo un crecimiento significativo —a veces espectacular— que disminuye la pobreza, pero que aumenta las desigualdades en la redistribución de los ingresos. En las sociedades occidentales desarrolladas, la crisis redistribuye el sacrificio también de manera desigual, cargando el mayor peso del ajuste en los menos favorecidos: clases medias bajas y clases medias. En todo caso, en ciertas zonas del mundo que parecían condenadas a la pobreza y a la dependencia la economía crece con fuerza, en tanto que en las zonas que dominaban la producción y los mercados la crisis golpea con dureza.
Una manera indirecta pero muy expresiva de formarnos una primera impresión general sobre lo que está pasando en este cambio global es tratar de averiguar los estados de ánimo regionales del mundo actual. Cómo se vive el momento, y con qué ánimo, en cada área geopolítica.
Si vamos a Asia, en particular a China, pero también a la India, Corea del Sur, Malaisia, Indonesia, Singapur, etcétera, nos damos cuenta rápidamente de que su estado de ánimo responde a dos convicciones básicas: nunca han vivido mejor que ahora desde que tienen memoria histórica y el futuro les pertenece, de modo que buena parte de los asiáticos están convencidos de que van a vivir aún mejor cada día. En consecuencia, su estado de ánimo se podría definir como de exaltación y entusiasmo, aunque subyacen los conflictos a causa de la desigualdad del reparto.
Europa, a pesar de los recortes dramáticos en la cohesión social, sigue siendo la región del mundo donde se vive mejor en términos relativos, sea cual sea el parámetro que se utilice (espacios de libertad, convivencia pacífica, cohesión social, renta per cápita, cultura, alimentación, oferta de ocio, etcétera). Pero si nos fijamos en su estado de ánimo, apreciamos que es de profunda preocupación, pesimista, porque se piensa que el Viejo Continente ya no volverá a ser nunca lo que fue hasta hace poco. Salvo la mejora de la peculiar Turquía, entre Europa y Asia, no se sabe aún en qué se convertirá Europa, y eso genera desasosiego e incertidumbre. Si se les pregunta a los ciudadanos, un altísimo porcentaje expresará su convencimiento —y su temor— de que sus hijos no van a tener mejores oportunidades que ellos. Es exactamente el estado de ánimo contrario al que prevalece en Asia. En vez del ánimo, aquí cunde el desánimo.
En América Latina, sólo Brasil coincide en estado de ánimo con Asia. No importa cuál sea el coeficiente de Gini, no importa cuáles sean sus actuales desigualdades, ni cuál su PIB per cápita: el ánimo brasileño es, a estos efectos, asiático. El de Chile, Perú o Colombia tampoco es malo. En cambio, el de México, pese a su enorme potencial, es mucho peor.
Podemos seguir el recorrido y detenernos en Estados Unidos, que ha estado en el origen de la implosión del sistema financiero, aunque sigue siendo un país capaz de inventarse «nuevas fronteras», con un ánimo que no se resigna. Sin duda, los estadounidenses están afectados por su pérdida de relevancia relativa, pero siguen teniendo la convicción de que van a superar la prueba.
En la peculiar Rusia, con un inmenso potencial y grandes problemas, el estado de ánimo es plano, con el sentimiento de que poco ha cambiado y poco cambiará, de que algunas cosas se han perdido y no se recuperarán, aunque los rusos confían en ese enorme potencial en manos de oligarquías que van a lo suyo, sin preocuparse de redistribuir la inmensa riqueza que acumulan, y menos aún de desarrollar y modernizar la sociedad rusa.
En resumen, un panorama muy diverso sometido a una crisis sistémica y global que, quizá por primera vez en los últimos siglos, afecta más al núcleo central occidental que a la periferia de Oriente y del Sur. Un vuelco tan profundo y espectacular que su manifestación última y, a la vez la más difícil de apreciar, es la crisis de la gobernanza mundial.
Durante los años prósperos, los banqueros estaban siempre a nuestro lado; pero en los malos tiempos desaparecieron a toda prisa.
LEE A. IACOCCA
(1924),
ex consejero delegado de Chrysler Co.
Los españoles de mi edad vivimos con pasión juvenil una época de lucha contra la dictadura, de transición democrática, de amenazas al nuevo sistema parlamentario y de todo lo que eso trajo aparejado. Pero con el recuerdo de aquello aún reciente en nuestra memoria, ninguno de nosotros ha vivido nunca un momento, a escala mundial o global, más apasionante y arriesgado que éste. Nunca, aunque todavía no nos demos cuenta de ello. Es un momento histórico fascinante —obviamente, no quiero decir próspero ni idílico— porque en él se concentran más riesgos, pero también más oportunidades que nunca. El actual es por ello un mundo muy poco previsible.
Esta crisis es la primera o la más profunda que sufre el mundo ya globalizado y la primera que sufre el sistema capitalista sin contar con un referente alternativo. Como es palmario, en todas las crisis del siglo pasado, incluso en la de 1929, siempre se podía aducir: «Sí, sí, es un horror lo que ha pasado, pero enfrente tienen ustedes un modelo que es aún peor». Hoy ese otro modelo alternativo ya no existe. Es, pues, una crisis financiera sistémica y global, que afecta de manera diferente a la totalidad del planeta, sin alternativa creíble a la vista. Por tanto, sin comparación ni contraste con nada ante sus fracasos y sus fallos. Y por primera vez, como he dicho antes, la imagen que el espejo le devuelve al sistema es fea y decepcionante, una imagen de madrastra que exige correcciones contundentes.
Hasta ahora, las crisis de los países emergentes las pagaban los ciudadanos menos favorecidos. En los países desarrollados las pagaban también los ahorradores, las personas que tenían su dinero en acciones. Pero esta crisis tiene la peculiaridad de que la pagan casi todos —siempre escapan minorías que viven de la crisis—, desigualmente, pero todos.
Las crisis profundas y duraderas empiezan por devastar la periferia, las zonas menos favorecidas, las empresas más pequeñas y dependientes, para seguir después avanzando hasta el corazón de la burguesía pudiente. Pues ésta ya la tenemos en el corazón y con un paisaje novedoso: incluso quien tiene mucho patrimonio, pero no tiene liquidez, lo pasa muy mal. Pero es que además quien tiene mucha liquidez, con independencia de que tenga o no patrimonio, no sabe qué hacer con ella para garantizarse el futuro, porque la retribución que se le paga o es mísera, o está sometida al enorme riesgo de la renta variable, o no sólo se retribuye poco sus depósitos sino que viven con la incertidumbre de que los pueden perder. Sólo los fondos «buitres» parecen obtener ventajas de la situación.
El mundo ya ha cambiado profundamente sin que los europeos nos diéramos cuenta, como si hubiéramos estado distraídos. Y lo malo de ello es que no todos, al menos en lo que se refiere a los políticos, parecen dispuestos a cambiar en igual medida para recuperar el tiempo perdido. Son muchos los que mantienen el mismo discurso de hace veinticinco años, pero aplicado ahora a una realidad que nada tiene que ver con la de entonces. Eso es preocupante y, por momentos, angustioso. Sin embargo, no debe llevarnos a sacar una primera conclusión pesimista. Los que hemos asentado nuestra actuación en una cierta rebeldía, en especial respecto a nosotros mismos, no podemos conformarnos. Ha llegado un momento en que hay que decirle a la gente que «sí se puede». Desde mi experiencia de ciudadano del mundo, o al menos de trotamundos, sigue siendo verdad que si se tienen medios, España sigue siendo uno de los mejores países del planeta para vivir. El problema es que no nos están permitiendo vivir y que en los cinco últimos años ha aumentado la angustia, el sufrimiento y la pobreza en todas sus acepciones.
Muchos políticos progresistas han cometido el error de comprometerse en mayor medida con los instrumentos que con los propios fines. Pero a lo que hay que ser leal es a lo que nos define, que, en resumen, es un impulso de solidaridad; un impulso por la libertad ligada a la igualdad de oportunidades. Sabemos que cuando una ideología se convierte en una meta paradisíaca se transforma en una religión, en una elegía al paraíso prometido, que lógicamente nunca llega. No queremos crear religiones; ya hay suficientes. Lo importante es saber recorrer el camino manteniendo la lealtad a los objetivos que perseguimos, aunque renovando los instrumentos, porque el mundo ya ha cambiado. Lo importante es seguir creyendo que nuestra tarea reside en combatir la injusticia y propiciar la mayor igualdad y el mayor bienestar posibles a los seres humanos, pero sustituyendo las herramientas caducas y las proclamas envejecidas que hace cuatro décadas tenían que ver con el mundo en que vivíamos y que ahora son pura naftalina.
Esta crisis sistémica y global tiene además otra característica curiosa: no hay marcha atrás en el fenómeno de la globalización. Por tanto, el sistema está obligado a reformarse en profundidad si no quiere entrar en una perversa espiral destructiva. Por eso es el momento idóneo para hacer una proclamación de principios: frente a la globalización de la economía, de las finanzas y, en general, de la comunicación entre los seres humanos, deberíamos poner las bases para la globalización del progreso y la participación en él de todos los sectores sociales. La globalización no es el mal, sino el desafío, y tenemos que conseguir que el excedente que se crea en esta nueva realidad se redistribuya con mayor justicia social. Ése es el objetivo: hacer más solidaria la ya irreversible globalización.
Pero, de momento, lo único cierto es que la globalización no tiene marcha atrás y no se le ha dado alternativa a su injusto desarrollo.
Lo que está ocurriendo supone la ruptura de las fronteras de todo a lo que estábamos habituados como seres históricos: de la democracia, de la soberanía, de la economía financiarizada, de la hegemonía del mercado… Es una crisis que afecta a la gobernanza del Estado-nación, sin que los elementos de gobernanza supranacionales —como la Unión Europea— estén en condiciones de sustituir las carencias. Y menos aún existen mecanismos creíbles de gobernanza global.
Pero volvamos por un momento atrás y tratemos de comprender lo que realmente ha pasado con esta crisis que nos azota.
LO PRIMERO, UN DIAGNÓSTICO PRECISO
Si pudiéramos saber primero en dónde estamos y a dónde nos dirigimos, podríamos juzgar mejor qué hacer y cómo hacer las cosas.
ABRAHAM LINCOLN (1809-1865),
presidente estadounidense
Estamos en medio de una grave crisis global que no se ha querido ver venir y que, en el fondo, responde a un cambio de civilización. De alguna manera es el fracaso post mórtem del thatcherismo. El triunfo del modelo neoconservador, al que ella puso letra y Reagan música —o, al menos, soniquete—, ha estallado con la crisis del sistema financiero global y los cascotes nos han caído a todos encima. Pero ¿cómo es posible que siendo ésta una crisis debida en gran parte a la hegemonía del pensamiento neoconservador, ultraliberal, la respuesta de los ciudadanos sea darles la mayoría precisamente a ellos? Resulta paradójico que una parte decisiva de los votantes se haya refugiado en los protagonistas del modelo, más que en otros. Tal vez la razón principal sea que estos otros sólo son capaces por ahora de ofrecer una alternativa basada en la resistencia que es algo muy diferente a una salida de otra naturaleza.
La izquierda trata de buscar la respuesta en sí misma y creo que el ejercicio debería ser al revés: hay que hacerse cargo de la percepción de la gente antes de analizarnos a nosotros mismos. Ya he dicho que ése es un requisito inexcusable de todo liderazgo moderno: sin saber con precisión qué preocupa a la sociedad, no será posible saber qué nos pasa a nosotros y, mucho menos, qué alternativa de solución proponemos.
La caída del muro de Berlín, como símbolo, y la irrupción arrolladora de una revolución tecnológica y comunicacional que ha liquidado el tiempo y el espacio en la comunicación entre los seres humanos, a partir de ahora intercomunicados en tiempo real, lo han cambiado todo. Por tanto, convendría dejar claro que si seguimos optando por continuar haciendo lo que venimos haciendo hasta ahora, seguiremos también consiguiendo exactamente lo mismo que estamos consiguiendo. O, dicho de otro modo, con palabras de Albert Einstein: «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo».
Centrándonos en España, ¿por qué nosotros sufrimos una crisis mucho más dura que algunos de nuestros vecinos? Más concretamente, ¿por qué otros países con recesiones parecidas no sufren nuestras tasas de paro? Basta recordar que, aunque sorprenda el dato, en 2009, Alemania cayó más que España en producto interior bruto. ¿Qué pasa específicamente en nuestro país? Hay que plantearse ese tipo de preguntas y responderlas, porque de la comprensión de sus raíces se derivará la reducción de los millones de parados y, por tanto, la posibilidad de mitigar muchos dramas y de paliar muchos sufrimientos. En pocas palabras, la gran diferencia en España o Portugal en relación con los nórdicos o los alemanes es que nosotros no resolvimos nuestros problemas estructurales para converger con las economías más equilibradas y competitivas.
Es cierto que cumplíamos mejor que Alemania o Francia el Pacto de Estabilidad en que se basó la Unión Monetaria. Nuestra bonanza basada en el crédito fácil y barato —que venía abundantemente de fuera— se dedicaba al consumo interno, sobre todo a la construcción masiva e irracional de viviendas a precios especulativos. No se dedicaba a mejorar nuestro aparato productivo para competir en la economía abierta. Nuestra balanza de pagos y nuestra balanza comercial lo gritaban desde años antes de la crisis.
Y el problema de los problemas es que tras ceder todos los instrumentos de ajuste (política monetaria, política de gastos, política expansiva…) a un centro común, supranacional del que somos parte —sea el Banco Europeo, para los monetarios; sea Bruselas, con la influencia que sea; sea el Consejo Europeo…—, las únicas variables de ajuste que nos han quedado disponibles son el empleo y el salario. No podemos devaluar la moneda; no podemos ni debemos declarar una suspensión de pagos… En lugar de devaluar la moneda, hemos devaluado los costes laborales, con una gran destrucción de puestos de trabajo y una pérdida adicional de salarios con relación a los precios. Pero con ello hemos perdido mucha capacidad de compra y nadie consume nada, creando así un círculo dramáticamente vicioso.
Nos hemos quedado sin otros instrumentos y, además, esa única variable posible de ajuste, el empleo, la estamos utilizando de una manera salvaje. En similar tesitura de recesión en 2009, los alemanes optaron por la redistribución del empleo. El gobierno alemán, las empresas y los sindicatos definieron dos opciones: o bien se despedía al porcentaje de trabajadores afectados por la caída de la producción, o bien se reducían las jornadas laborales y los salarios equivalentes para no perder competitividad. Prefirieron mantener el empleo pero ajustando el horario y compensándolo, parcialmente, con una parte de lo que el Estado se ahorraba en subsidios de desempleo, que pasaba a aplicarse al pago de un diferencial entre lo que deberían recibir los trabajadores a jornada completa y lo que pasaban a recibir ahora con la reducción de jornada. El Estado se ahorraba costes y la gente sufrimientos y angustias en las colas del paro.
Nuestro diferencial en tasa de paro se explica porque sólo hemos utilizado la variable empleo, pero nos ha faltado —y nos falta— articular esa estructura de lo que se ha venido a llamar «flexiseguridad», que daría mucha más ductilidad al mercado de trabajo español. Es obvio que estamos condicionados por un aparato productivo demasiado dependiente del ladrillo y el cemento y la pérdida de competitividad en otros sectores claves de nuestra economía.
Se han hecho reformas de las relaciones laborales, se dice que buscando una intervención que evitara destruir tanto empleo, pero sus resultados —previsibles sin la propaganda engañosa— han sido una aceleración en la destrucción de empleo y un incremento de la precarización del que se genera. Es obvio que hay un problema estructural, y esta errónea y fallida reforma laboral no ha servido para nada —al menos para nada bueno—, salvo para aumentar el uso de los eufemismos, tales como «disminución del ritmo de destrucción de empleo», que ocultan el fenómeno lógico de que ese ritmo de destrucción de empleo quedará en cero cuando no haya trabajo para nadie.
La situación es tan mala, y con tan pocas perspectivas, que probablemente ha llegado el momento de pararnos un momento y hacernos preguntas serias, más que de seguir improvisando respuestas, a golpes de requerimientos externos, como se está haciendo. Pero ¿cómo te paras a hacerte preguntas cuando hay tantas respuestas que dar a una situación tan dramática? ¿Cómo te tomas el tiempo necesario para hacerte esas preguntas tan necesarias?
No obstante, la desorientación es tan dramática que tomarse tiempo para la reflexión y para hacerse preguntas va a ser inevitable. Aquí y en Europa, se están atropellando las respuestas, en su mayoría erróneas y descoordinadas. Y nunca se reconoce el error de base. En la Comisión Europea, decía Durão Barroso, estamos haciendo de «bomberos y de arquitectos al mismo tiempo». Y es verdad, pero cuando actúan los bomberos llegan tan tarde que el incendio lo ha arrasado todo; y como arquitectos no se termina de ver qué estructura da forma y a qué ritmo a esta Unión Monetaria sin Unión Económica y Fiscal, sin Unión Bancaria en serio, sin Banco Central que se parezca a la Reserva Federal, al Banco de Japón o al de Inglaterra.
En lo que respecta a España, les recordaré un dato que los va a sorprender y también a explicar por qué lo estamos haciendo tan mal. El PIB de 2007, el año anterior al comienzo de la crisis para nosotros, fue de 1,053 billones de euros. En el año 2012, cinco años después del inicio de la crisis, el PIB español fue de 1,029 billones de euros. La cuenta es fácil, pero explicar el dramatismo de las consecuencias es muy difícil. Hemos perdido 24.000 millones de euros de PIB; es decir, menos del 2,5%. El verdadero e incomprensible drama es cómo se ha repartido el coste de esa pérdida. La desigualdad brutal del reparto nos tiene que llevar a reaccionar. Imaginen —sin caer en la tentación de hacer demagogia— que ya damos por perdidos unos 40.000 millones de euros en el rescate a los bancos en dificultades. O sea, casi el doble que la pérdida del PIB entre 2007 y 2012.
A escala mundial, la noticia positiva es que, en una acción con fallos de coordinación, pero con buen nivel de consenso, se ha evitado, de momento, que la crisis se convirtiera en una recesión mundial duradera, lo que nos hubiera llevado a la depresión, aunque lo que queda por delante sea difícil de prever. Para decirlo con toda claridad: ya no parece que vaya a seguir cayendo el producto bruto mundial, de modo que la recesión se ha evitado. En la crisis de 1929 se entró en una recesión planetaria, que sólo cambiaría al aplicarse la economía de guerra. A partir de ahí, todo el mundo volvió a estar empleado, trabajando a marchas forzadas en la maquinaria para la destrucción que se usaría en la Segunda Guerra Mundial. La guerra acabó con la depresión.
En términos generales, lo hemos hecho mejor que entonces. Con más conocimiento que entonces. La recesión parece que la estamos dejando atrás, pero la crisis la tenemos aún por delante.
¿Tenemos que cambiar el modelo productivo? Sí, pero la transición del modelo productivo no puede hacerse de hoy para mañana. En todo caso, ¿qué significa cambiar de modelo productivo? Hay que insistir mucho más en la variable estratégica que importa, que es el capital humano, y no olvidar que éste se nutre de la formación, la educación y el I+D+i. Para los políticos banales con poder lo único claro es que hay que cambiar el modelo productivo, pero como no saben por cuál, lo andan buscando desesperadamente como si en algún sitio vendieran un repuesto prêt-à-porter. Y, además, lo hacen de manera contradictoria: destruyen la estructura de tecnología del conocimiento y de la innovación, que es justamente lo que nos podría salvar, lo que nos podría sacar del atolladero. Una de las pocas posibilidades que tenemos está en el apoyo a la I+D+i, en el fortalecimiento de la educación y la formación profesional. Justo lo contrario de lo que se está haciendo. Tales políticos no comprenden que lo único que nos permitiría integrarnos en la economía global es la defensa y mejora de nuestras marcas —con nivel de excelencia que todavía los otros no son capaces de conseguir y que nosotros podemos seguir desarrollando—, así como el apoyo decidido a la investigación y la innovación, donde podríamos seguir compitiendo con nuestra principal materia prima: el talento.
Pero no hablo de un sector concreto de la economía, que también. La innovación es un instrumento de mejora de la oferta turística o de cambio en los parámetros de la construcción, por señalar sólo dos de sus aplicaciones. La innovación es una manera de aproximarse a un modelo productivo en el que la variable estratégica sea la inteligencia aplicada, la capacidad creativa que mejora procesos productivos o genera otros modos de producir que cambian los anteriores. ¿Estamos haciendo algo que vaya en esa dirección en España o en Europa? Desgraciadamente, la respuesta es no. Estamos haciendo algo que no sabemos en qué dirección va, pero desde luego no es en ésa.
Por no salirnos de nuestro contexto occidental, dirá que Estados Unidos acertará o no a salir de la crisis, pero, pese a haber sido su epicentro y teniendo lo que los economistas llaman unos «fundamentales» peores que los europeos, está sufriendo mucho menos que Europa: gestiona mejor la crisis y se está planteando también mucho mejor, con más inteligencia, por dónde puede buscar los cambios estructurales que necesita para sobrevivir en un mundo globalizado. En fin, está haciendo ya algo que aquí ni siquiera se ha planteado. En Estados Unidos encaran la reindustrialización del país no en el sentido de recuperar las actividades tradicionales obsoletas, aunque sin olvidar eso, sino en términos de cambio: se han dado cuenta de que a su país sólo lo puede salvar la innovación, su capacidad para poner en circulación capital-riesgo que estimule la innovación, la creatividad y el I+D+i. Los estadounidenses son conscientes de que cada diez proyectos innovadores que se pongan en marcha habrá siete que, en el mejor de los casos, se quedarán en el camino, pero lo verdaderamente importante es que ya no están concibiendo la innovación como una actividad sectorial en la que invertir. Y saben que la única manera de salvar todo su aparato productivo es haciendo que la innovación penetre en todo él. Por tanto, no se están planteando la reindustrialización del país en términos proteccionistas, sino poniendo en marcha un nuevo modelo que parta de la base de que, para competir en el mundo globalizado, tienen que introducir transversalmente en todo su aparato productivo elementos innovadores que sean capaces de resistir el embate de la economía de costes de los países emergentes.
Por tanto, en España —y en Europa— se ha de cambiar el modelo productivo, pero siempre teniendo claras las prioridades. Y, para satisfacer la principal de ellas, la del empleo, necesitamos más investigación y más desarrollo y más innovación, así como un modelo educativo distinto. No se trata sólo de formar a las personas: se trata de hacerlo de modo que ellas mismas sepan qué hacer con su formación. No se trata sólo de que el título que el joven estudiante obtenga al final sea mejor: se trata de que en sus años formativos se entrene para saber qué puede hacer con ese conocimiento, qué ofrece a la sociedad con las habilidades y las destrezas obtenidas y qué valor añadido tiene para los demás. El joven no debe preguntarse, una vez logrado su título, qué hace la sociedad por él, sino, parafraseando a Kennedy, qué puede hacer él por la sociedad, qué le ofrece, dónde está su hueco personal y profesional. En esto, nuestra cultura y nuestro sistema fallan.
Volveré sobre este tema más adelante, pero antes quiero hacer una última consideración sobre la crisis. Si bien es verdad que ésta manifiesta un auténtico cambio de civilización, su origen, que ahora empieza a olvidarse al verterse toda la culpa sobre los gobiernos —que, desde luego, no son inocentes—, fue una implosión del sistema financiero que había venido funcionando en los últimos veinte años como un casino financiero mundial, similar a los convencionales de juego, pero sin reglas establecidas. Mientras esto no se afronte, mientras no se encare de verdad ese problema de fondo, es posible que se llegue a superar la crisis, pero para entonces ya se estará larvando la siguiente. Ya lo he dicho antes: si no se cambia el camino, acabaremos llegando una y otra vez al mismo sitio. En tanto en cuanto no cambiemos lo esencial del sistema, se puede afirmar que estaremos incubando una réplica de esta crisis financiera, que nadie sabe qué magnitud puede alcanzar.
Los gobiernos de todo el mundo, sea cual sea su color ideológico, han hecho un enorme esfuerzo para reflotar y reestructurar a los bancos, porque el sistema financiero es instrumental y si no cumple su función, las empresas no tienen crédito, no tienen circulante, y se ven abocadas a cerrar, sean cuales sean sus perspectivas de negocio. Si se derrumba una empresa industrial, se derrumba sólo ella; pero si lo que cae es un banco, caen él y las empresas industriales a las que daba sustento financiero. Como el empleo lo siguen dando los empleadores, cuantas más empresas caigan, menos empleo habrá. Esto no es una opinión o un planteamiento de izquierdas; es una conclusión absolutamente lógica que bien pudiera firmar Perogrullo.
Todo apunta a que vamos a salir de esta crisis sin reformar el sistema financiero. Pero si no fuera así y hubiera voluntad de hacerlo, hay que atinar además en la médula de lo que es necesario cambiar. Los paraísos fiscales son una vergüenza, como lo han sido desde que nacieron, y siguen constituyendo el varadero del dinero negro y opaco del mundo, del que procede de actividades criminales y del que se oculta para evadir al fisco. Pero no causaron esta crisis, aunque eso no obsta para que hubiera que haber acabado con ellos hace veinte años y aún haya que hacerlo ahora. Sería errar el tiro, sin embargo, creer que con ello quedaría resuelto el futuro.
La crisis ni siquiera proviene del abuso inmoral de los bonus, los sobresueldos y los contratos blindados. Aunque todas esas grietas se reparasen, seguiríamos teniendo el mismo modelo de banca, los mismos agentes financieros y estaríamos incubando la siguiente crisis. Podemos condenar moralmente estas situaciones de abuso, pero la incidencia en la crisis es poco relevante, y el caso que nos harán lo será también. Lehman Brothers era un paraíso fiscal en sí mismo, al igual que las SICAV.
El problema más grave para todos es el funcionamiento irregular, por no decir vergonzoso, de los agentes que, dentro de un mercado sin reglas, inventan productos que son basura. Las grandes corporaciones bancarias no han cambiado ni un ápice tras su reestructuración y su rescate. Siguen vendiendo los mismos productos que antes. La única gran diferencia es que ahora no dan créditos, o los dan con muchas restricciones. El flujo crediticio está cortado, pero los derivados, los paquetes estructurados y todos esos productos que eran puro humo siguen ahí. Nada de eso ha cambiado, porque no han cambiado las reglas del juego. No se trata de reclamar un mayor intervencionismo reglamentario, sino de aplicar el consejo de don Quijote a Sancho Panza para su gobierno en la ínsula Barataria: «No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan».
La única manera de interpretar la moral pública es que haya buenas leyes y que se cumplan, y no muchas y que se ignoren. Lo propio de los políticos no es dar discursos morales, sino crear normas que resuelvan los problemas y hacer que esas normas se respeten. Frente a la gravedad de la crisis, una vez más nos estamos refugiando en los discursos moralizadores, pero no reformamos la banca. Ni siquiera a escala europea nos ponemos de acuerdo en que el marco regulador de la actividad financiera sea igual para todos. Así que los bancos operan globalmente, pero las crisis se pagan a nivel nacional.
EL DERRUMBE DEL CASINO FINANCIERO
Jugar a la Bolsa es como el juego de las cerillas: uno pasa al otro una cerilla encendida; éste la pasa a un tercero; el tercero al cuarto, así sucesivamente, hasta que el último, el bobo, se quema los dedos.
JOHN PIERPONT MORGAN
(1837-1913),
financiero estadounidense
Ésta es, pues, la crisis financiera global más seria de la nueva era y seguramente de todos los tiempos. Es el último y más potente estallido de la «exuberancia irracional» de los mercados, en palabras pronunciadas hace casi veinte años por el antiguo presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, quien, pese a la certeza de su análisis, luego no pudo, no supo o no quiso corregir la situación que tan bien diagnosticó.
Mirando un poco más allá de lo que está ocurriendo —que, por cierto, va a durar más tiempo del que se dice—, es de temer que intentemos volver a la senda considerada exitosa en los últimos años del siglo pasado y en los primeros del actual, como han pedido repetidamente algunos. Si miramos la economía real a la que se supone que sirve la economía financiera, podemos ver cómo el estallido de la inmensa burbuja financiera la está aplastando. Y volverá a ocurrir si no se cambia el modelo. Tenemos que hacer que las intervenciones sobre el sistema financiero tengan como finalidad no sólo evitar ahora la recesión o la depresión, sino preparar el marco global para impedir que se repitan en el futuro.
Por fin hemos llegado a reconocer a coro que el mercado por sí solo, convertido en sistema autorregulado por la famosa «mano invisible» —la que nos abofetea con saña—, no puede arreglarlo todo. Sin duda es así, pero hay que evitar la tentación contraria, que nos llevaría hasta la anulación del papel del mercado y su sustitución por una intervención directa del Estado en funciones y tareas que ni son suyas ni sabe hacer. El Estado no suele ser un empresario ni un financiero eficiente, salvo cuando cuida y gestiona servicios claves como la sanidad, por lo que ha de evitar llenarse de grasa y de clientelismo innecesarios con la misma decisión con que tiene que evitar su debilitamiento como regulador y como representante de los intereses generales de los ciudadanos. Por tanto, vuelve a ser la hora de la política, como tantas veces se repite. La paradoja es que la reclamaron cuando se hundió el sistema financiero los mismos que habían luchado por apartarla con su mano invisible.
En los países desarrollados partimos de un error de base. La economía se ha financiarizado. La gestión industrial, la generación de riqueza real y de empleo han cedido su puesto a la valoración y el control puramente financieros.
¿Ha habido fallos de los agentes? Sin duda. El sinnúmero de instrumentos y vehículos de intervención imaginativos que se han inventado escapan a toda contabilidad y tenían poca o nula relación con la evolución de la economía real de las empresas y las familias. Una carrera desbocada, una «exuberancia irracional», que llevó a las distintas instituciones financieras a servirse de los clientes para colocar los productos en lugar de servir a los clientes gestionando con prudencia sus depósitos, sus ahorros, sus inversiones o sus créditos.
¿Ha habido fallos de los organismos nacionales de control de los agentes? Sin duda, también. Han fallado sobre todo por su inadaptación a las nuevas realidades, aunque con diferencias evidentes entre países, por la naturaleza de los fallos. A veces se ha abusado del laissez faire para no intervenir de acuerdo a las normas reguladoras que había que cumplir; y otras veces ha habido una gran dificultad real para evaluar las operaciones financieras por la complejidad y opacidad de los productos creados. Además, desde lo local no se puede regular lo global, que escapa a sus competencias, y los agentes financieros operan en el espacio global.
¿Ha habido fallos de los organismos internacionales y especialmente del Fondo Monetario Internacional? ¿O de las agencias de calificación de riesgos? Sin duda. Cuando la economía financiera crece muy por encima de las necesidades de la economía real, deben sonar las alarmas para evitar un estallido de los movimientos especulativos, de las operaciones fuera de balance, de la multiplicación de los chiringuitos financieros sin control. Es evidente que los organismos internacionales no lo vieron. Como tampoco funcionaron las agencias de calificación de riesgos, lastradas por graves colusiones de intereses.
¿Qué ha fallado principalmente: la regulación o su falta de aplicación? Es difícil de decidir, porque no se trata de valorar la cantidad de normas regulatorias, sino su calidad para facilitar la transparencia y su carácter local frente a los movimientos globales. Las más extendidas (FMI) resultan insuficientes para un sistema financiero que funciona veinticuatro horas al día sin interrupción en distintos escenarios de todo el planeta.
¿Se arreglará todo con la intervención masiva y con el endurecimiento de la regulación? No serán suficientes. En primer lugar, porque, como acabamos de ver, el problema es de funcionamiento global del sistema financiero, mientras que los poderes políticos reguladores, incluidos los más poderosos, son locales. En segundo lugar, porque la obsolescencia de los organismos internacionales de control es más que evidente. Por consiguiente, habría que pactar un nuevo sistema de funcionamiento, como condición necesaria e inevitable. Se debe establecer además un diagnóstico compartido del fondo de la crisis, porque si los remedios tratan de devolvernos a una senda ya transitada, aunque sea supuestamente con mejor regulación, se reiniciará el proceso hasta llegar al mismo resultado dentro de algunos años. Si se da por bueno el modelo actual, galoparemos hacia la siguiente crisis. Entonces volveremos a hablar de «crisis cíclica», aunque lo único cíclico sea la estupidez humana y la voracidad del dinero fácil, alejado de la economía productiva.
Hay que aceptar que, tras la caída del sistema comunista, la idea del mercado nos ha homologado y homogeneizado globalmente a todos, más allá de la estructura política de cada cual. De esta realidad cruda e indiscutible se derivan las dificultades, pero también las posibles soluciones. Homogeneizar comportamientos y establecer una coordinación seria entre sistemas políticos tan diversos va a ser muy complicado. Incluso cuando son relativamente iguales, como en la Unión Europea, tiende a predominar el «¡sálvese el que pueda… y como pueda!», tal y como hemos podido comprobar. Sin embargo, si se parte de que el funcionamiento del sistema financiero es global e interdependiente y se definen las razones profundas del fracaso, se podrá actuar con cierto sentido y alguna eficacia.
Si se comprende que los ciclos en los que se enmarcan las crisis son provocados por la falta de una gobernanza global adecuada y no porque llueva o haya sequía, se podrá empezar a razonar más allá de las urgencias de las intervenciones y de los rescates multimillonarios, aunque unas y otros hayan sido inevitables. Hay que partir de la base de que no hay mejor modelo de funcionamiento económico que el mercado, ni hay peor error que considerar que se autorregula por el efecto de la mano invisible. Cuando se dice que todo lo arreglará el mercado, despreciando a la política, se le está atribuyendo una función de sistema que no le corresponde. Como luego insistiré, economía de mercado, sí; sociedad de mercado, no.
La crisis del sistema financiero está aplastando a la economía real, seguramente porque la economía financiera se ha despegado de ella y no la ha servido como debería ser su función básica. Se ha pasado de la prudente función de intermediación que tenía el sistema financiero a convertirlo en un fin en sí mismo. En este escenario, se ha de actuar en lo global, coordinando las acciones entre los actores clásicos, pero sumando ahora a algunos países emergentes con peso en el producto mundial, con excedentes de ahorro y con demografías determinantes para el futuro del mundo. Esto significa que China, la India, Rusia, Brasil, México, los países del Golfo, Sudáfrica y algunos otros han de formar parte de la respuesta global. El G-20 —o incluso el G-25— tiene que liderar las respuestas, y es necesario contar con todos para hacer real el multilateralismo que se reclama. Necesitamos marcos reguladores mucho más eficaces que los actuales, homogeneizados en todos los mercados y que traten de abarcar los distintos productos de este sistema financiero global. Hay que hacer previsibles los comportamientos de los agentes financieros, obligando a los operadores a que lleven registros contables claros, e incluso prohibiendo el uso de instrumentos peligrosos que distorsionan la realidad y escapan a toda contabilidad. Dado que han fallado los organismos de control que existen para el sistema financiero —desde Basilea hasta el FMI, pasando por el Banco Mundial y los bancos regionales—, es preciso revisarlos y adecuarlos a la situación actual de los mercados globalizados. Hay que esquivar, sin embargo, la tentación liquidacionista, porque será mucho más difícil construir unos nuevos que reformar los que tenemos. La finalidad última de este incremento de la gobernanza global no tiene por qué ser que los responsables políticos interfieran constantemente en el normal funcionamiento de los mercados, sino lograr una mayor eficacia de los organismos de control y una vigilancia ágil del funcionamiento del sistema. No puede repetirse el desconocimiento de la contabilidad efectiva de los operadores financieros que han creado entes sin control y productos fruto de la imaginación especulativa y, a veces, del puro engaño.
Existe unanimidad en que hay que salvar al sistema financiero, aunque hay diferencias en las recetas propuestas. Es necesario evitar como sea que la operación sirva para premiar a los inútiles o a los voraces a costa de los contribuyentes o de los que han sido más previsores y serios. Quedarán menos entidades financieras, y hay que procurar que sean las mejores. Además, no se puede olvidar que todos los rescates se han de hacer —y habría que haberlos hecho— al servicio de la economía productiva, del empleo y de la creación de riqueza real. Esto es en extremo urgente, porque la mortandad de empresas viables por falta de financiación se ha disparado, destruyendo masivamente empleo.
En 1999 propuse a los dirigentes socialdemócratas reunidos en un Congreso en París, con presencia del entonces director de Fondo Monetario Internacional, la implantación de un sistema de semáforos. Entonces, si la economía real crecía en el mundo en torno al 3 por ciento anual, comprobé que los flujos financieros, que se supone que son los que alimentan a esa economía real, estaban creciendo acumulativamente a un ritmo superior al 60 por ciento. El desfase entre el crecimiento de la economía productiva y real y el incremento del flujo de movimientos de capital no puede ser tan grande y, obviamente, se estaba creando una inmensa burbuja sin relación con la economía real, con el empleo, con la distribución de riqueza, con el comercio, etcétera. Hoy conocemos las consecuencias de esa implosión de la burbuja financiera.
Es admisible que los flujos de financiación de la economía real sean bastante superiores al propio crecimiento de la economía real, porque, al fin y al cabo, se tiene que financiar el futuro por anticipado. Por eso suena tan absurdo —revestido de falso «sentido común»— que Rajoy repita que cualquier familia sabe que no puede gastar más de lo que ingresa. Digamos que eso justifica que los flujos financieros crezcan tres o incluso cuatro veces más que la economía productiva. Por tanto, si la economía real crece al 3 por ciento, sería lógico esperar que los flujos financieros crecieran al 12 por ciento. Pero lo que sugerí es que cuando lleguen a esa tasa, se encienda una luz ámbar de alerta en el panel de control del funcionamiento del sistema para que se vigile por qué están creciendo a ese nivel, cuál es la justificación. Y que si el crecimiento del flujo de capitales sigue su incremento y alcanza el 20 o 25 por ciento anual acumulativo, se encienda la luz roja de alarma y se proceda a la intervención en el mercado financiero internacional. Ya digo que cuando propuse este sistema de vigilancia, la tasa de crecimiento superaba el 60 por ciento, y de esa masa de capital circulando, el 87 por ciento correspondía a transacciones financieras que se realizaban en menos de setenta y dos horas —las llamadas operaciones a corto, y otras puramente especulativas—, mientras que sólo el 13 por ciento superaba las setenta y dos horas. Pero es que ahora mismo la tasa de incremento del flujo financiero mundial es mayor y se realiza en pocas horas más del 90 por ciento. Y seguimos sin implantar ningún sistema de seguimiento, alerta y control.
No hay voluntad de hacerlo. Priman los intereses sectarios y locales. Por ejemplo, el gobierno británico ni siquiera quiere que haya regulación, porque estos movimientos tienen sus sedes principales en la City. Lo mismo pasa en Wall Street. Y hay poderosos intereses en juego. En su momento, a finales de la década de 1950, el presidente Eisenhower señaló que la mayor amenaza para la democracia provenía del creciente poder e influencia del complejo industrial militar, capaz de someter a sus intereses las decisiones que deberían representar los intereses generales de los ciudadanos. Ahora esa amenaza, como sabemos bien, proviene del creciente poder e influencia del complejo financiero, capaz de condicionar las decisiones políticas en su propio beneficio o de impedir que exista un marco regulador que hagan previsibles y controlables los movimientos de capital.