CAPITULO VI
La reunión se llevó a efecto en uno de los amplísimos salones del Ministerio de Defensa.
Y a la cabecera de ella estaban el titular del departamento, el secretario de Estado de la Casa Blanca, Foster Winters, expertos en ciencias exactas y una nutrida y variopinta representación de todos los estamentos sociales con portavoces del campo de la medicina hasta el de la agricultura pasando por sociología, obras y urbanismo, ecología, medio ambiente, etc.
De entre todos ellos, obvio, se había formado una comisión que dedicó la primera media hora a discutir sus puntos de referencia teniendo como conductor o moderador al físico Gary Hagman, observador destacado por la delegación senatorial que estudiaba —en teoría— la conveniencia o no del proyecto Thelioscope-1 (delegación a la que los medios informativos, en especial el Space Herald, habían fustigado duramente) a informar sobre el mismo. Dos cargos diferentes los de Hagman, dos ópticas distintas, que ahora iban a tener sus puntos de conexión. Después de aquellos preliminares los integrantes abordaron el primer tema de la agenda: los posibles efectos ambientales del reciente fenómeno celeste.
Y en este punto hubo uno de la comisión que le preguntó directamente al secretario de Estado:
—¿Cuándo llegará el profesor Logan?
—Lo esperamos en breve —repuso Foster Winters—. ¿Por qué lo pregunta, doctor Swanson?
—Porque tengo entendido que él ha dicho que no se trata de una supernova y sí de un quasar. Y aunque no soy experto en la materia me temo que de uno a otro caso las diferencias que van son abismales.
—Es un quasar —afirmó, categórico, Gary Hagman.
Justo en aquel punto el ministro de Defensa les anunció que obraba en su poder precisamente el último telegrama-informe procedente del Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic, según el cual el brillo del objeto (dijo objeto como eludiendo la responsabilidad de definirse entre supernova o quasar) había seguido aumentando y que en aquel momento —el de haberse cursado el telegrama-informe— equivalía al de la luna llena.
Entonces la comisión abordó el que parecía ser punto crítico de la reunión: el grave efecto fisiológico que sufrirían quienes mirasen aquel brillante punto de luz. El hombre de la calle sería muy propenso a observarlo directamente, y era probable que eso le lesionara la retina. Aunque el objeto fuese apenas tan brillante como la Luna, la luminosidad de ésta no se hallaba concentrada en un punto. Ahí residía la clave del problema. También era cierto que el objeto sólo resultaba fugazmente visible a última hora de la tarde, pero no podían fiarse de tal circunstancia. La comisión empezó a discutir la mejor forma de difundir avisos al público en este sentido y se resolvió que había que tomar medidas urgentemente, antes de que el pánico se convirtiera en una epidemia general. Se acordó aconsejar a p los habitantes del país que no mirasen el objeto celeste excepto a través de un fragmento de película velada, También se decidió solicitar a los fabricantes de película comercial que pusieran sus existencias a disposición del gobierno.
En el preciso instante en que uno de los médicos que con mayor énfasis había postulado la prevención de los posibles males de la retina humana con relación a la observancia directa del fenómeno celeste concluía su exhorto, hizo acto de presencia en la sala Sidney Logan, siendo recibido —pese a las deformaciones que sobre su imagen se habían tratado de vertir en las últimas horas a través de algunos órganos privados de difusión— con un murmullo de admiración y por supuesto de esperanza.
Muchas miradas expresaron abiertamente la confianza que les inspiraba aquel hombre que seguían considerando «casi perfecto», dotado de cerebro prodigioso y envoltura física de dios mitológico.
—¡Menos mal que ha llegado usted, profesor! —no pudo contenerse el ministro de Defensa.
—Hola, Sidney —le saludó Foster Winters, desabotonando significativamente el cuello de la camisa.
Logan y Hagman cruzaron una sigilosa mirada de inteligencia y entente que para ambos estuvo preñada de elocuente concreción.
Logan dijo sin andarse por las ramas:
—He escuchado unos fragmentos de las teorías del doctor —se estaba refiriendo al que acababa de disertar sobre la peligrosidad del objeto brillante para la retina del hombre— y me gustaría preguntarle cuál es el diámetro de la pupila del ojo humano.
El interrogante pareció coger a todos por sorpresa. El médico aludido, no obstante, se afanó por responder:
—Eso depende mucho de la intensidad de la luz, profesor Logan. Con poca intensidad puede ser casi de un centímetro. A plena luz del sol se reduce a uno o dos milímetros.
—Me lo suponía. Naturalmente, nunca puede ser de diez centímetros. Ese era el sentido de mi pregunta.
—No sigo su razonamiento, profesor Logan —dijo el ministro con asombro y escéptica frialdad.
—La longitud de onda de la luz es de unos cinco mil angstrom —explicó el rubio radioastrónomo—. Si calculamos que la pupila del ojo tiene un diámetro de hasta un centímetro, caben veinte mil longitudes de onda a lo ancho. Con ese número, el ojo es incapaz de transportar un punto luminoso lejano a un foco sobre la retina dentro dé una dimensión de menos de diez segundos de arco. Eso significa que el ojo es físicamente incapaz de distinguir entre un punto luminoso concreto y un disco lumínico de unos diez segundos de radio. Dicho disco tendría un ángulo sólido menor que el disco del Sol por un factor de aproximadamente diez mil. Sin embargo, como el Sol es más brillante que la Luna llena por un factor aproximadamente de un millón, resulta que la iluminación de la retina por el quasar será menor, por un factor cien, que el efecto de la plena luz solar. En consecuencia, el efecto del fenómeno celeste no será tan perjudicial como ha venido diciendo esta comisión.
La mayoría se quedaron boquiabiertos. Y la mayoría poco entendieron de lo vertido por Logan en sus explicaciones.
Sólo un número muy reducido de los allí presentes captaron íntegramente el mensaje.
—¡Haberlo dicho antes! —exclamó el titular de Defensa, sintiéndose como algo más tranquilizado dentro de la extrema y agobiante tensión creada por las circunstancias que les tenía y mantenía allí reunidos.
—No se lo he dicho antes porque no había llegado, señor —ironizó abiertamente Sidney Logan.
Más de uno hubo de esforzarse para reprimir una sonora carcajada.
Sidney tomó de nuevo la palabra, con familiar autoridad, explicándoles como si fuera lo más natural del mundo:
—Está por más que perdamos el tiempo con absurdas disquisiciones o matices de forma cuando la cuestión de fondo es única y es la siguiente: señores..., se ha producido una explosión en el núcleo de nuestra galaxia. En otras muchas galaxias se han observado explosiones análogas. Si ésta se parece a una de las de menor envergadura, los efectos ambientales sobre la Tierra serán relativamente reducidos. Pero si resulta ser una de las mayores, toda nuestra atmósfera será arrancada de la superficie terrestre como si fuese un papel de seda. En no demasiado tiempo, caballeros, todos estaremos muertos. Nosotros y el resto de los seres vivientes.
—Pero... —se desesperó alguien frente a la categórica sentencia del físico nuclear y radioastrónomo—, ¡tiene que existir una solución!
—Comparto su criterio, señor —le sonrió casi con dulzura Sidney Logan. Añadiendo—: Y confío en hallarla antes de que se inicie el posible holocausto.
—Supongo que es usted consciente de lo que asegura, ¿verdad, Sidney? —era como si Foster Winters pretendiera cerciorarse al máximo de aquello que no le ofrecía, ya antes, la menor duda.
—Totalmente consciente, amigo Winters.
—¿Se lo ha contado ya a su amiga... a la periodista! —quiso hacerse el gracioso uno de los alineados en la cabecera.
Logan le miró con desprecio y frialdad.
—A través de la pregunta me hago una idea exacta de cuál es su concepción moral de los hechos, señor. Si fuera tan espiritualmente pobre como usted sentiría mucha pena por mí.
—Esta reunión no tiene objeto de proseguir —anunció el secretario de Estado. Añadiendo—: El señor presidente preveyendo la categórica sentencia del profesor Logan ha dispuesto que esta noche cenen con él, Gary Hagman, usted, señor ministro —dirigió la mirada al titular de Defensa—, el físico señor Kenneth Clarkson, el radioastrónomo míster Peter O'Neil del Observatorio Real de Greenwich, que llegará a Washington dentro de media hora aproximadamente y, obvio, el mencionado profesor Sidney Logan. A todos los demás, caballeros, les doy las gracias por su presencia aquí advirtiéndoles de que se les mantendrá informados con puntualidad de las decisiones que sean tomadas en esa cena de trabajo que encabezará el propio presidente de los Estados Unidos de América. Se levanta la sesión.
* * *
Los ojos grisáceos de Gary Hagman, escrutadores al máximo, se mantuvieron clavados, fijos, en el rostro ahora oscurecido del rubio radioastrónomo. Daban incluso la sensación de querer permeabilizar en la mente de Logan.
—Estoy esperando tus explicaciones, Sidney.
Arqueó las rubicundas cejas en un supuesto inocente que de nada le valía en presencia del hombre que la comisión senatorial que entendía del proyecto Thelioscope-1 designara como observador del mismo aunque sólo fuese de una manera teórica, que en aquel momento, se mostraba con un aire de fiscal arrogado de evidente inflexibilidad.
—¿Explicaciones...? ¿Qué hay que explicar, Gary?
—Muchas cosas. Todo, pienso.
Sidney ensayó un ademán de cansancio. De un cansancio más moral que físico.—Nadie ha buscado culpables —se apresuró a cortarle Hagman—, todavía.
—No puedo callar —se resignó Logan en un arrebato de espontaneidad— porque además de que no sería honesto por mi parte, es factible que necesite tu colaboración.
—¿En qué?
Sidney ignoró la pregunta por el momento, anunciando:
—La humanidad está siendo víctima de una confabulación criminal.
—¿Hace falta que te jure que no entiendo ni «j» de lo que me estás diciendo... o de lo que intentas decirme?
—Escúchame y no interrumpas, por favor —y a renglón seguido le largó la confesión que obtuviera de boca del importante King Barrymore antes de que se suicidara.
Después, hubo un silencio profundo, vertical como un acantilado asomándose al mar, entre ambos.
—¿Has creído esa historia, Sidney? —indagó Hagman.
—A pies juntillas. Porque es tremendamente lógica.
El otro dio unos breves paseos por la estancia en que se hallaban reunidos sin más testigos que las mudas paredes de quienes colgaban enormes y tupidos cortinajes de terciopelo granate, cuadros de firmas cotizadas y en el fondo de la cual había un escritorio con severa escribanía de negro repujado en cuero.
—Paso por lo de esa organización de magnates petrolíferos que se agrupan para defender sus beneficios sustanciosos. Admito la jugada del premio periodístico para estimular la malévola semilla profesión de Ulla Mossby; entiendo que esa lagarta te llevara al huerto porque nadie es perfecto... —miró más fijamente que nunca al atleta de rubios cabellos ensortijados, significando—: Nadie es perfecto se diga lo que se diga. Pero aceptar como hombre de ciencia que partiendo de las estructuras filamentosas de una supernova se pueda llegar a construir un quasar artificial, ¡me parece demasiado!
—¡Pues lo han conseguido! —exclamó Logan con nervioso ademán. Añadiendo, significativo como el otro antes—: Y si dices que nadie es perfecto, porque nadie lo es y te doy toda la razón en ello, tienes que comulgar con la teoría de que nosotros no somos los únicos avanzados en ciencias nucleares, físicas y radioastronómicas. Aunque te cueste debes entender que pueden existir y que de hecho existen, cerebros que ya han ido más lejos, Gary. El quasar está ahí arriba, en mitad de la galaxia: es un hecho irreversible.
—Entonces esos tipos, ¡son unos sucios canallas y unos suicidas!
—De suicidas, nada. Mediante un método operacional que nosotros desconocemos tienen controlados el quasar. Están jugando a la destrucción porque saben que yo propondré la utilización del Thelioscope-1 para anular los efectos destructivos del quasar aunque ello traiga implícita la propia aniquilación del proyecto.
—¿Y piensas planteárselo así al presidente?
—No —negó Logan uniéndose a los nerviosos paseos de su colega y amigo—. Eso significaría cometer un segundo y definitivo error por mi parte.
Gary Hagman detuvo en seco sus evoluciones igual que si una fuerza tan misteriosa como succionante tirase de él hacia atrás, inmovilizándolo, para encararse decidido, furioso quizá, con el rubio Logan.
Dijo, con marcada reticencia en principio:
—A ver, a ver si lo he entendido bien, Sidney. Tú pretendes seguir abundando en la creencia de que el quasar responde a una fenomenología normal del espacio alimentando la inquietud del gobierno, de nuestro país y del mundo entero, ¿no? Y como sabes que los hechos no son así y que esos eruditos del cosmos que tienen sus intelectos al servicio de los magnates del petróleo se lo pensarán dos veces antes de llegar a los inicios del holocausto, te tomarás un respiro para estudiar la jugada y hacerte con el método que permita soslayar la hecatombe. Y, pregunto, ¿te parece que eso es moral? ¿Que es honesto?
Logan no dudó en responderle:
—Cualquier táctica o técnica será buena si me permite hacer polvo ese quasar artificial.
—Admitámoslo. ¿Pero has pensado que el presidente pedirá soluciones a plazo inmediato?
—El Thelioscope-1 —contestó sin duda también ahora el radioastrónomo. Ampliando—: Le explicaré que recogiendo la energía solar a través de él y reproyectándola contra el quasar anularemos la amenaza que éste representa aún a costa de inutilizar el proyecto totalmente. Y le añadiré que necesito un plazo mínimo de setenta y dos horas para estudiar convenientemente la teoría y desarrollarla. En eso, Gary, cuento contigo.
—¿Piensas, de veras, en utilizar el Thelioscope-1?
—En principio..., no.
Gary Hagman se quedó perplejo.
—¿Entonces...?
Sidney, como si fuera la cosa más natural del mundo, se lo dijo:
—Carrie Savage se encuentra realizando una serie de cálculos logísticos e infinitesimales para hallar la distancia exacta a la que puedo situarme del quasar con una nave espacial, viajando a través de un pasillo trazado por el Thelioscope sobre un raíl fotoionizado, y desde allí, alimentando unos proyectiles con la energía que nuestro ingenio enviará sobre ellos desde el Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic vomitarlos contra el quasar hasta pulverizarlo, controlando, claro, su onda expansiva de emisiones.
Gary Hagman abrió la boca hasta donde le permitían los maxilares al distanciarse al máximo.
—¡Pe... pero! —logró exclamar al fin. Inquiriendo a renglón seguido sin el menor atisbo irónico ni ofensivo—: Tú estás, Sidney Logan, rematadamente loco, ¿verdad?
El aludido forzó una sonrisa.
—Muy posible.
—Será... tu fin. Si haces eso que acabas de decirme eres hombre muerto.
—Muy posible —insistió el rubio, ampliando ahora la sonrisa y acercándose a Gary para golpearlo en un hombro. Añadiendo—: Pero para que yo pueda morir con dignidad necesito tu colaboración, tu complicidad y sobre todo... tu silencio. ¿De acuerdo?
Hagman le miró con un brillo extraño en sus pupilas de chispeado grisáceo. Posiblemente se trataba de un brillo de admiración, o quizá, de envidia.
Murmuró:
—No sé..., no sé si eres casi perfecto como dicen. Pero un loco genial y maravilloso sí eres. De acuerdo. Cuenta conmigo para todo. Les dejaremos que sigan creyendo en lo que tú quieres que continúen abundando. ¿Es eso?
Vio el cabezazo afirmativo y agradecido de su amigo. Escuchándole decir segundos después:
—Tampoco quiero ocultarte que Carrie está muy interesada también en que yo vuelva...
—¿Cómo?
—Ella es especialista en posiciones y mediciones astrales, lo sabías, ¿no? Piensa que puede servirse de algún cuerpo celeste para hacer reverberar en él un rayo de teletransporte que, cuando haya efectuado las descargas, me succione, trasladándome a Dallas previa fotoatomización. La fotoatomización en sí es todo un hecho. Lo único que necesita Carrie es poder adecuarla a distancias infinitesimales. Es una chica muy mona, muy pelirroja y muy inteligente, que estoy seguro va a conseguirlo.
—Te admiro por ser hombre de fe.
—En estos momentos no tengo más remedio que serlo, Gary.
—¿Bastarán esas setenta y dos horas de plazo que vas a pedirle al presidente?
Afirmó el rubio radioastrónomo con un movimiento de cabeza.
—Si. Pienso que sí.
—Al margen de tu seguridad personal en la aventura que te propones emprender, ¿qué es exactamente lo que te preocupa, Sidney?
—Un... ¡hurra!, por tus dotes psicológicas y tu capacidad deductiva —le sonrió Logan. Después se puso muy serio y dijo—: Tienes razón, Gary. Hay algo que me preocupa y mucho. Mucho. Que pueda cundir el... pánico. Y a ese nivel me preocupa también la actitud que pueda adoptar la prensa. Es importante el papel que ahí pueden jugar los medios de difusión..., entienda que su conservadurismo dadas las circunstancias no puede ser excesivo pero, un alarmismo extremista podría resultar fatal. Ya sabes, ¿no? Huidas atropelladas sin saber adonde, suicidios, etc. Sería algo que, de salir con vida de todo esto, no me perdonaría jamás.
—Yo me encargo de mantener controlada, dentro de lo que cabe, esa gentuza de la pluma. Tampoco son tan estúpidos ni tienen tan mala leche como a veces nos empeñamos en creer..., sobre todo si a ellos también les va el pellejo. Procuraré que no se desmanden.
—Confío en ti, Gary. Y ahora, quisiera darme una ducha antes de acudir a la cena.
—De acuerdo. ¿Te acompaño al hotel con mi coche? El Departamento de Estado ha puesto un vehículo a mi disposición.
Rechazó Logan con un ademán vehemente.
—¡No, no...! Gracias. Prefiero caminar. Me hace falta sentir como el aire me azota en el rostro. Quizá... para seguir pensando que estoy vivo y convencerme de ello.
Gary Hagman se encogió de hombros.
* * *
Fue el propio presidente, en su papel de anfitrión, quien presentó a los asistentes al recién llegado profesor de radioastronomía procedente del Observatorio Real de Greenwich del Reino Unido.
Peter O'Neil se veía inglés por los cuatro puntos cardinales de su estirada naturaleza.
Y se veía que en aquel momento, más que nunca, se empeñaba en ser inglés.
Flemático por antonomasia.
Displiciente también.
Excesivamente seguro de sí mismo.
O... quizá pretendía causar esa impresión.
De mediana estatura, delgado pero fuerte, piel muy blanca y facciones correctas en las que destacaba la agudeza en el mirar de sus negras pupilas y el trazo aquilino de su nariz. Tenía los labios finos, rectos, y no había excesiva expresividad en el conjunto de su rostro lo que indicaba que era buen dominador de sus emociones. Si es que las emociones venían a él, claro.
En el transcurso de la cena no se tocó ni un punto de la trascendental temática que les había llevado hasta la misma intimidad del primer mandatario de los Estados Unidos.
Logan, no obstante, murmuró al oído de su amigo Hagman, que estaba sentado a su izquierda:
—Me temo que todo va a reducirse en un debate-diálogo entre O'Neil y yo.
—De eso no me cabe la menor duda, querido colega. Los demás venimos en calidad de espectadores privilegiados.
—¿Dolido acaso?
—¡Por Dios, Sidney! Entiendo que es mucho mejor así. Cuantos menos seamos a opinar menos se complicará la cuestión. Menos se te complicará...
—Estás en lo cierto, Gary. Pero...
—¿Piensas acaso que ese inglés pueda tener la menor noción con respecto al génesis real del quasar?
Logan ofreció una expresión más que elocuente.
—¡Ni imaginarlo tan siquiera deseo!
Cuando hubieron abandonado el comedor para aposentarse en los cómodos butacones de la sala noble donde iba a serles servido el café y los licores, anunció el presidente:
—Sugiero que entremos en materia, señores. Esta tarde ha habido una reunión en el Ministerio de Defensa durante la cual, profesor Logan, usted ha formulado determinados asertos. Me ha parecido oportuno participar de sus opiniones al señor O'Neil quien, en su condición de radioastrónomo y creo que de físico también, nos visita en representación de su gobierno para acceder y participar en las decisiones que vayan a tomarse con relación a la incidencia en la vida humana de ese fenómeno celeste que, en su opinión... ¿debemos llamar quasar?—Es..., es un quasar, señor presidente —se limitó a ratificarse Sidney.
Peter O'Neil del interior de un maletín negro del que no se había separado ni un solo instante extrajo varias hojas llenas de fórmulas y operaciones y una fotografía astronómica que le ofreció al primer mandatario estadounidense.
—Esto es una galaxia que ha explotado, señor —explicó. Añadiendo—: Como podrá comprobar, las corrientes de materia han sido despedidas hacia el exterior, siguiendo las direcciones polares.
—Extraordinario —comentó Craig Wasson, titular de la Casa Blanca—. ¿De modo que esto es lo que ha sucedido a nuestra galaxia?
—En mi opinión —movió la cabeza afirmativamente el inglés—, sí.
El presidente Wasson cedió la foto a su secretario de Estado y éste, luego de observarla con curiosidad e interés, la pasó a Sorrell Streisand, ministro de Defensa.
Quien le preguntó al rubio genio de la radioastronomía USA:
—¿Está de acuerdo, Logan?
—No.
—¿Por qué no? —quiso saber el presidente de los Estados Unidos de América.
—Tal vez me resulte más fácil explicarlo después de que el profesor O'Neil nos haya expuesto su teoría! —apuntó Logan.
—Bien —el astrónomo británico recogió lo que casi aceptase como un reto sin aguardar a que ninguno de los políticos presentes le cediera el turno de explicaciones o respuestas. Tampoco, debió pensar O'Neil, estaba la cosa como para andarse con excesivos protocolos. Y siguió—: De acuerdo con la tesis del profesor Logan con respecto al fenómeno que tratamos debo entender que él sostiene que las partículas del centro saldrán disparadas hacia afuera, en dirección al sistema solar, y luego azotarán la atmósfera de la Tierra.
—¿Y bien? —se interesó la voz de Foster Winters.
—Si eso sucede en el vacío, si eso sucediera en el vacío... —matizó con evidente énfasis el representante del Reino Unido—, todo ocurriría tal como lo ha pronosticado el profesor Logan: los efectos del quasar —se había decidido por fin y por primera vez a pronunciar el vocablo quasar— acabarían siendo letales para la humanidad, se produciría el holocausto. Pero hay gas, gas interestelar, a lo largo del plano de la galaxia. El gas servirá de escudo eficaz.
—¿Tiene algo que contestar a esto, Logan? —suprimió el presidente el tratamiento del «profesor».
—¿Cuánto gas? —se limitó a preguntar Sidney mirando a su colega británico—. ¿Cuánto —insistió—, por sección unitaria? Un centigramo para una columna con una sección transversal de un centímetro cuadrado.
Sorrell Streisand, Foster Winters, el presidente y los [demás, miraron unánimemente a Peter O'Neil esperando, obvio, su respuesta. Gary, con picardía, le guiñó un ojo a su amigo Sidney. Era como si estuviera diciéndole: «Confirmado, Logan. Es un debate entre tú y O'Neil».
—No voy a discrepar de esa cifra —anunció el británico. —Las partículas con mucha energía atraviesan fácilmente un centigramo de hidrógeno —afirmó, sonriendo, Logan.
—¡Ah, sí, claro! —O'Neil había efectuado la exclamación con cierta causticidad—. ¿Y no se olvida usted del campo magnético, mi querido colega?
—¿Y usted no cree, mi estimado señor O'Neil, que quizá debería explicarles a los aquí reunidos por qué supone que el campo magnético modifica los datos del problema que suscita la explosión, la presencia posterior del quasar y sus emisiones?
—Iba a hacerlo, míster Logan. Iba a hacerlo... —miró a los componentes de su auditorio uno por uno, como reclamando su máxima atención y les explicó seguidamente—: Las partículas que tienden a alejarse del centro son retenidas por la acción del campo magnético. Por tanto, el flujo centrípeto de las partículas se ve obligado a arrastrar el gas consigo. Y eso frena el flujo, produciendo un efecto amortiguador. Fíjense, es exactamente lo que ocurrió en este caso —Peter O'Neil alzó la fotografía para que todos pudieran observarla. Y agregó—: El flujo centrípeto ha sido contenido aquí, en el plano de la galaxia, por lo que se expandió necesariamente hacia las direcciones polares, produciendo todas esas proyecciones.
El presidente de los Estados Unidos miró fijamente a Logan.
—¿Está de acuerdo?
—No. Por supuesto que no. El caso de la galaxia que el profesor Peter O'Neil aporta como ejemplo, no se parece al que se registra en la muestra.
—¿Por qué no? —inquirió, con cierta irritación, el inglés.
Antes de responder, Sidney, se mordisqueó el labio inferior. Parecía estar dominando la tentación que le acometía con furia de explicarle al radioastrónomo británico la realidad, la auténtica realidad del quasar, ridiculizando al punto su pretendida autoridad, aquel parecer estar en posesión de la verdad.
Se cruzó su mirada con la de Hagman quien, silencioso, parecía querer disuadirle desesperadamente de la fugaz tentación que intuía estaba asaltando la mente de su amigo y colega.
Logan le dirigió una tenue sonrisa de calma. Y acto seguido habló, dirigiéndose al grandilocuente inglés:
—El problema es complicado, pero haré lo posible por explicarlo. ¡Ah, y sepan quienes no conocen mi trayectoria profesional a fondo que he dedicado buena parte de la misma, precisamente, al estudio y práctica de la contención y control de partículas!
—¿Partículas... de este tipo? —fue quisquilloso el inglés.
—De este tipo, míster O'Neil. Sí... Y mediante campos magnéticos por supuesto. Su argumento, profesor, implica una hipótesis crítica: que la corriente que fluye a través del gas ambiental, la corriente responsable del campo magnético, tiene un valor dado e invariable.
—Disculpe... —le interrumpió O'Neil.
—Excepto en la medida en que el gas es empujado por el flujo de partículas de alta velocidad —prosiguió el rubio experto en radioastronomía, haciendo caso omiso a la interrupción—. Esta hipótesis sería correcta si la inductancia magnética del sistema solar fuera grande en comparación con la energía de las partículas. Pero cuando la inductancia resulta ser pequeña, las corrientes pasan a ser controladas por las partículas, que en la realidad aniquilan las corrientes iniciales.
—¿Qué sucede entonces? —se interesó, vivamente, el secretario de Estado norteamericano.
Las partículas de alta velocidad pasan a través del gas como si no existiera un campo magnético.
—Entonces volvemos a usted, profesor O'Neil —apuntó el presidente.
—No veo cómo es posible aniquilar las corrientes...
—Los detalles exactos de lo que ocurre son complicados, como ya he dicho antes —Logan era tremendamente consciente de que la mejor manera de tenerles a todos alejados de la sospecha mínima respecto a la realidad que planteaba el quasar, incluidos los expertos y versados como Peter O'Neil, era, precisamente, perderse en una controversia tecnológica ininteligible y aburrida, que acabara por confundir a propios y extraños. De esta guisa y con tal convencimiento, prosiguió—: Supongamos que el flujo contiene una fuente poderosa de fuerza electromotriz. Esta anula los campos eléctricos que impulsan a las corrientes originarias. Luego, según la ley de Ohm, la intensidad pasa a cero.
Sidney Logan mirando a su alrededor y satisfecho de las expresiones que captaba en el rostro del auditorio, que todo parecía ser uno e igual, recostándose contra el muelle respaldo del butacón que ocupaba, reanudó la exposición:—El controlar estas partículas con un campo magnético de poca energía ligado a un gas difuso es tan imposible como tratar de controlar la explosión de una granada con un saco de papel —rió con cierta euforia mirando a Foster Winters y Sorrell Streisand, preguntando—: Ustedes lo entienden, ¿verdad?
Parecía un interrogante muy lleno de ironía pero nadie quiso hacer comentarios al respecto.
—¿Es un quasar? —insistió de nuevo el presidente de los Estados Unidos como si le costara enormemente admitirlo.
—Es —asintió por enésima vez, Logan.
—¿Profesor O'Neil?
Peter O'Neil, mirando con fijeza al primer mandatario norteamericano, anunció:
—Aunque discrepe en cuestiones de forma con mi colega el profesor Logan... es un quasar. No tengo dudas sobre ello.
—¿Suficiente para causar daños graves, míster O'Neil? —la pregunta surgió por entre los labios del secretario de Estado.
—Graves... con reparos. A mi entender, controlables.
—¿Profesor Hagman? —era la voz de Sorrell Streisand, titular del Ministerio de Defensa—. Ha estado usted excesivamente reverencioso con sus compañeros de profesión... ¿Qué opina?
—Se trata de un quasar y en efecto, como dice el profesor Logan, las consecuencias dimanantes del mismo son algo más que graves: pueden alcanzar la destrucción total de la raza humana.
—¡Ustedes hablan del exterminio sin parpadear! —estalló el señor presidente—. Como si fuese lo más lógico del mundo y como si todos tuviésemos la obligación ineludible de admitirlo.
—Si el momento llega, señor, tendrá usted y tendremos todos que admitirlo, con obligación o sin ella, pero sí... ineludiblemente—incidió Sidney.
—¿Y... —alargó extremadamente la pronunciación de la consonante, lo mismo que si se estuviera pensando las palabras que debían seguir a ella, Craig Wasson— si en vez de empeñarse ustedes en observar la parte más «positiva» de la cuestión, plantearan ya, usted principalmente, Logan, soluciones? O simples posibilidades al menos...
—¡Creo que ése es un buen argumento! —corroboró Streisand.
—Voy a ser todo lo concreto que usted desea, señor presidente —anunció Sidney Logan con un acento tal de resolución y una tan convencida expresión de firmeza, que los impresionó a todos como él pretendía. Y aprovechando aquel vacío que acababa de producirse en la mente de los demás a través del silencio en que se mantenían, sentenció—: necesito carta blanca y setenta y dos horas de plazo.
Foster Winters preguntó:
—¿En el transcurso de estos tres días no hay peligro inminente para la población mundial?
—En muy pequeña escala y sin consecuencias que puedan considerarse letales... aún. ALgo fundamental es que no cundan ni la alarma ni el pánico.
—Bien... —murmuró el secretario de Estado—. A partir de aquí es el señor presidente quien decide.
Craig Wasson que ejercía el tercer año de su segundo período como rector de la Casa Blanca, tras mirar con fijeza a Logan con un rictus preocupado apretando sus facciones de piel curtida y un tanto ajada también, resolvió:
—No tenemos alternativa, ¡adelante, Sidney! Y mucha suerte.
Prácticamente, en aquel punto concluía la reunión.
* * *
En algunos aspectos las cosas no resultaron fáciles, sino todo lo contrario.
Los medios de difusión no pudieron controlarse como había pretendido Gary Hagman. Se produjeron filtraciones desde distintos gabinetes y en pocas horas las noticias, noticias extremas y altamente alarmantes que hablaban de apocalipsis, de holocausto, de lluvia radiactiva exterminadora, etc., asomaron a los titulares de las ediciones especiales que lanzaron a la calle los rotativos de mayor credibilidad y tirada en los cuatro puntos cardinales del mapamundi.
Las centrales telefónicas de centros gubernamentales, observatorios astronómicos y entidades similares, a nivel oficial y privado, quedaron bloqueadas.
Se habló de ocupar los refugios antinucleares.
De tripular naves cósmicas para buscar cobijo y protección en puntos lejanos e ignotos del espacio.
Millones de personas sufrieron graves crisis nerviosas y psíquicas.
Hubo, como habla temido Sidney Logan, suicidios. Suicidios en cadena.
Y pánico.
Mucho pánico.
Cubriendo los cielos de la humanidad se extendió una gran nube oscura: EL PANICO.