CAPITULO VII
Estaban perezosos ambos.
Indolentes.
Lánguidos.
Consumiendo en el relax sibarita que se habían aconsejado tras el fragor sexual, un par de pitillos mentolados cuyo humo aromatizaba la habitación con sus nubes y espirales efímeras.
Ulla salió de su inmovilidad estirándose, excitante como sólo ella sabía serlo, excitante como nunca, lo mismo que una peligrosa gata en celo.
—Ya has consumado la bajeza —sentenció él.
—Ha sido amor, Sidney. He estado muy feliz, créeme. Nunca había experimentado tanto placer ni había protagonizado semejante entrega. Me siento la más afortunada de las mujeres.
—¿Es muy importante para ti el sexo, Ulla?
—Cuando lo necesito —repuso ella sin rubor alguno—, mucho. Muchísimo. Y la humanidad debo considerarlo así cuando es una de las pocas cosas que ha sobrevivido a lo largo de millones de años al período inicial de la creación.
—Es un instinto. Todos los instintos tienen garantizada su posteridad. ¿Estás segura de haberme necesitado... tanto?
—Imagino lo que pretendes decirme, Sidney. No me obligues a decirte que obvies las groserías, por favor,
—Perdóname.
La periodista abandonó el lecho calmosamente no sin antes dejar que las manos de Sidney se recrearan acariciando los cálidos y mullidos glúteos que componían su culito sensacional.
Unas gotitas de sudor perlaban la piel cobriza de la muchacha haciéndola una vez más apetecible, deseable y única.
Dio la vuelta para inclinarse sobre Logan y besarle en la boca al tiempo que acariciaba su masculinidad como si de nuevo pretendiese estimular la erección, asegurando:
—Tu miembro es sensacional, Sidney. Lo juro…
—Conseguirás ponerme rojo.
—¿Te apetece ahora esa copa, Sidney?
Un murmullo compuesto por jadeos se formó en la garganta del físico y radioastrónomo al compás del tamborileo enervante que Ulla proyectaba y prodigaba sobre sus atributos, logrando al fin decir entre agudos lamentos de satisfacción:
—Me apetecen muchas cosas, pequeña. Porque tengo la garganta como si fuese tela esmeril.
—Voy en seguida —y se inclinó la periodista para besar con diabólica suavidad lo que había estado acariciando.
Abandonó después, por unos instantes, el dormitorio para salir al living.
Del mueble bar sacó dos estrechos, altísimos vasos de cristal tallado en el interior de los cuales escanció generosas raciones de whisky.
Antes de que los cubitos de hielo pasaran a enfriar el líquido, Ulla, en el recipiente destinado a Logan, vertió unos polvos que estaban envueltos en un sobrecito de los empleados en tiempo inmemoriales por los farmacéuticos cuando dispensaban determinadas fórmulas recetadas por los médicos; unos polvos que insinuaban tener al tacto las mismas propiedades que el algodón.
Agito el vaso hasta que los residuos se confundieran en el alcohol, depositando después el hielo.
De vuelta al dormitorio se dobló sobre la cama con suavidad.
—Toma, cariño.
Sidney hubo de incorporarse un tanto para no derramar el contenido del vaso llevándolo a chocar con el de la chica.
—Salud —dijo.
—Salud.
Bebieron.
El, con avarienta sed.
Ella, con calma. Con mucha calma. Con aquella calma estudiada que solía poner en casi todos sus pensamientos.
—Me había concedido una entrevista..., creo.
Apuró de un salvaje trago el contenido ambarino,
—¿Ha llegado el momento?
—Parece que sí. ¿Te importa que digite nuestra conversación? Después de todo lo sucedido no me fío de mi memoria.
—Hazlo, sí.
Extrajo un aparato de extrañas características del cajón superior de su mesita de noche y lo puso en funcionamiento al instante.
—Háblame del Thelioscope-1, amor.
—Eso implica muchas vertientes —rozó con los dedos uno de aquellos muslos de prieto cobre. Inquiriendo—: ¿Cuál de ellas te interesa, o interesa más a tus lectores?
—La respuesta es sencilla: todas —seguía paladeando su whisky. Y se explicó—: Sotto voce se habla de un aprovechamiento íntegro de la energía solar luego de succionarla por medio de ese ingenio, ¿es eso posible?
—Lo es.
—¿En beneficio de quién, Sidney?
—De toda la humanidad —sentenció el radioastrónomo con evidente convencimiento. Explicando—: El Thelioscope-1, pese a ser un ingenio made in USA será puesto al servicio del mundo, o al menos, de aquellos que más necesiten de él. Hay fuentes energéticas que están resultando prohibitivamente utilizables desde la óptica económica para muchos países del orbe...
—¿El petróleo por ejemplo? —se intercaló Ulla, haciéndole un mimo muy cerca de los labios.
—Por ejemplo.
—¿Cuándo?
Logan arqueó las cejas.
—No te entiendo.
—Cuándo llegará el día en que el Thelioscope desplace la utilidad del petróleo.
—Mucho antes de lo que nadie pueda imaginar.
—Eso es salirse por la tangente, amor —besó la boca de Logan buscando dentro del paladar, con la suya, la lengua de él.
—En el plazo de un año.
—¡Imposible! —brincó Ulla encima de la cama.
—Entonces, pequeña, es que sabes más que yo.
—Entonces... —repitió en un murmullo la primera palabra pronunciada por Logan en la frase anterior. Insistiendo con asombro—: Entonces... ¿significa eso que el proyecto está totalmente terminado?
—Es posible —trató de no arriesgarse el hombre, notando que un vaho suave descendía como una película velada encima de su cerebro.
—Por favor... —insistió con sus besos y caricias la pérfida muñeca de sabrosos encantos.
—Terminado, sí.
—O sea, que desde el primer día habéis contado con la aquiescencia o complicidad del gobierno. El Senado, entonces, se pronunció a favor desde lo inicios del proyecto... ¿Sí?
—Sí.
—¡Vaya putada! —se encabritó la hembra, toda profesional y nerviosa ahora. Añadiendo—: O sea que lo demás, un asqueroso montaje para engañar a la opinión pública. Seguimos siendo los mismos «demócratas» de siempre, ¿eh?
—Eso es cuestionable, prenda. No teníamos alternativa.
—¿A qué te estás refiriendo, Sidney?
—No se podían seguir los métodos habituales en este caso.
—¿Por qué? —los ojos de la mujer brillaban como rojizas ascuas.
—Porque no podíamos permitirnos la alegría de dar ventajas a los enemigos ni a la propia oposición interna. La puesta en marcha del Thelioscope-1 será un beneficio para muchas economías mundiales, ayudará a nivelar balanzas tradicionalmente deficitarias y, al mismo tiempo, lesionará intereses particulares de multinacionales que se han movido con patente de corso en los mercados internacionales. El Thelioscope-1 además del notable avance tecnológico que en sí reporta, abordará amplios sectores especulativos que venían siendo ya casi inmorales.
—O sea..., ¿que vas a arruinar a la tira de gente?
—Tus opiniones suelen ser lapidarias, amor. Si no fuera que me has compensado largamente con tus caricias, tus besos, tu pasión, el fuego de tu cuerpo... Ulla, me estás apeteciendo otra vez.
No quiso oírle.
—¿Dónde está ubicado el Thelioscope-1?
—Top Secret...
Jugó de nuevo las cartas del sexo.
Cediendo a la entrega que él pretendía momentos antes.
—¡Aaaah, Sidney! Así... ¿Dónde me has dicho que está instalado el centro experimental?
—Ahora... ¡ahora no, cariño!
Se retiró ella.
—Ahora, Sidney. Necesito saberlo. Forma parte de mi trabajo. Del juego. Yo también te deseo, pero...
Aquel dulce sopor seguía embriagando la mente del radioastrónomo, de aquel a quien titulaban de «casi perfecto», pero que tenía un peligroso Talón de Aquiles como se había demostrado a lo largo de lo que llevaban de noche en el dormitorio del apartamento de Ulla Mossby.
—¿Dónde, cariño? ¿DONDE?
—Cinco kilómetros al norte de Dallas, en dirección al..., al desierto. Existió allí un gigantesco volcán prehistórico. Dentro de él se halla el Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic y en uno de sus segmentos...
—¡Sidney! —aulló, fuera de sí la periodista—. ¿Te encuentras bien, amor mío?
Hizo un esfuerzo el rubio de cabellos ensortijados y apostura mítica.
—¿Por qué, preciosa de mis pecados? ¿Por qué reina de mi...?
—Por nada —se apresuró a cortarle. Instándole—: Sigue, sigue... Cinco kilómetros al norte de Dallas rumbo al desierto. ¿Qué más?
La lengua de Sidney Logan se desenvolvió a partir de aquel instante con cierta torpeza.
Como si fuera de trapo.
Lengua de beodo.
—¿Puedes llevarme allí, Sidney? Ahora. Me gustaría sacar unas fotos.
—Me..., me siento muy cansado. Por completo exhausto. Te..., te has pasado conmigo.
—¡Mierda! —se irritó. Confesándose a sí misma—; La mano es lo que se me ha pasado a la hora de…
—¿Qué dices, Ulla?
—Nada, amor mío, nada —le besó en la frente y los ojos. Aconsejándole—: Duerme, locuelo de mis entrañas y dominador de mi pasión...
—¿Soy..., soy de veras todo eso?
—Sí... ¡Pero duérmete de una puta vez!