CAPITULO VI
Aquello era, simplemente, el Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic.
Ubicado apenas a cinco kilómetros al norte de la plena civilización.
Al norte de la ciudad de Dallas en el estado de Texas.
Rumbo al desierto, eso sí, y flanqueado por una cordillera que jugaba sobre el terreno en forma de extraño ballet circular de inmenso, asombroso diámetro y a la que se había denominado por el estrafalario color negro de sus elevados penachos que semejaban deposiciones de atrevidos pájaros gigantescos: Black's Mountain's.
En el centro de aquella danzante cordillera que cuando el sol jugaba en lo alto de ella componía sombras fantasmagóricas, había existido en la prehistoria, según los más afamados geólogos USA, un fabuloso volcán cuyo cráter debió de medir, aproximadamente, unos cinco kilómetros y medio.
Brutal. Pero al decir de aquellos expertos geólogos, muy cierto.
Desde hacía cientos de años el volcán monstruoso estaba extinto.
Y no existía el peligro de que en sus entrañas naciera de nuevo la ardiente lava que siglos ha, con furia horrísona, había vomitado por su monstruoso cráter.
Y no existía ese peligro, entre otras razones, porque dentro del volcán, aprovechando buena parte de su extensión, se había creado y construido un sorprendente complejo astronómico y físico nuclear: posiblemente uno de los centros más avanzados del mundo, de la propia historia, en aquella cuestión.
De haberse asomado alguien a la boca del cráter —en algún punto del mismo quiere decirse, porque asomarse a su totalidad era del todo imposible, naturalmente— (que podía cerrarse desde el interior con unas compuertas fotoelectrónicas que ajustaban a presión), hubiese observado el gran terraplén circular, una especie digamos de rueda, bajo la que se encontraba escondido el túnel circular del sincrotón de protones. Tenía aneja dos grandes naves de experientación, en una de las cuales se hallaba el centrifugador de protones, y en la otra, que cuadruplicaba la extensión geométrica de la anterior, estaban instalados dos radiotelescopios y la estrella de la «función» que allí venía celebrándose, o sea, el Thelioscope-1.
El aspecto que ofrecía el interior del volcán era parecido al de la gigantesca sala de montaje de una fábrica de máquinas. Estaban soldando, golpeando con martillos y fresando; sobre el suelo corrían los gruesos cordones de un cable aislado, un enorme viga-puente estaba transportando partes de una construcción; a través de un juego de amplificadores estéreo diseminados por la gran sala varias voces iban dando las órdenes a seguir. Había unos sillares de hormigón, de un metro de altura, agrupados en derredor y que permitían formar con ellos paredes divisorias que luego podían desplazarse por sí mismas modificando las estructuras que primero habían formado. Todo parecía haberse hecho o creado de forma variable, para que pudiesen efectuarse las condiciones de experimentación necesarias en cada caso.
Ahora bien y volviendo unos pasos atrás, el que asomara por la boca del cráter con la esperanza, vana ilusión, de poder observar personalmente los experimentos de aceleración, se hubiese llevado un desengaño: porque los procesos en física atómica y nuclear se desarrollaban en un campo de magnitudes que se encontraba muy por debajo del límite de visibilidad y, en consecuencia, todo aquello ofrecía al profano un aspecto fantasmagórico, ocultista podría decirse. Lo importante propiamente dicho no se veía; los físicos seguían los procesos en la sala de control, a distancia, a través de pantallas, oscilógrafos y otros aparatos indicadores.
Y si al subrepticio visitador se le hubiera permitido acceso visual a la nave de experimentación radioastronómica, más que sorpresa, se habría llevado un extraordinario desengaño: no habría visto nada. Salvo relucientes paredes teóricamente sin puertas, interminables, con algunos paneles rectangulares de control con clavijas y células fotoeléctricas que el menor significado hubiesen tenido para él; pero de los radiotelescopios y el Thelioscope-1, ni rastro. No estaban. No estaban visibles, claro. Y si estaban bajo el subsuelo de aparente condición metálica de donde surgían como fabulosos engendros de una novela de Julio Verne para asomar su único ojo mágico al cielo elevándose cuando era necesario, en su totalidad, hacia lo alto del cráter y por encima de éste, inverosímilmente sostenidos por una peana de cerca de un kilómetro de diámetro accionada por tubos de espirales invisibles alimentados por superexcitación láser y energía Alfa.
Todo lo que allí se efectuaba, toda la labor febril producida en el Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic era ferozmente real, pero para el ser humano era solamente en el reino tenebroso del psyqué. Además, en alguno de los segmentos de aquella alucinante construcción subterránea, a causa del peligro de las radiaciones, entre otras causas, ni los mismos físicos y científicos podían estar cerca de los procesos en estudio.
Por un canal circular del que se había extraído todo el aire, se aceleraban núcleos hasta hacer que casi alcanzaran la velocidad de la luz: recorrían una órbita circular de 630 metros 450.000 veces cada segundo, y en ese período, era como si recorriesen ya la mitad de distancia existente entre la Tierra y la Luna. Para la exactitud en la construcción de aquel vasto imperio radioastronómico-nuclear (que disponía de una minibase para el lanzamiento de minúsculos pero potentísimos ingenios espaciales voladores) se habían exigido condiciones que parecían increíbles. Ante todo, parecía rayar en los límites de las posibilidades de medición el determinar exactamente un anillo concéntrico de 200 metros de diámetro con una precisión de una diezmilésima de milímetro. Luego, había sido preciso procurar que la temperatura permaneciese lo más constante posible en toda la construcción, porque un calentamiento de un grado hubiese provocado una inadmisible combadura. Por ello se había cubierto el túnel circular con tres metros de tierra y éstos, con un fresco césped, lo cual servía al mismo tiempo de protección contra las radiaciones. Además, el suelo del túnel, formado por una capa de hormigón de un metro y medio de grosor, estaba recorrido por un sistema de tubos a través de los cuales corría agua continuamente, para abordar por todo el anillo concéntrico cualquier calentamiento local que pudiera producirse. Y finalmente, un aparato acondicionador de aire, procuraba que también los alrededores de los fundamentos se mantuviesen constantemente a dieciocho grados Celsius.
Asimismo, el canal circular había de estar completamente equilibrado en dirección vertical: no podía presentar en ningún modo curvas al estilo de montañas rusas. Por lo tanto no se habían hecho los fundamentos del túnel circular sobre la capa de morenas que, en el previo estudio que habíase efectuado del suelo, había indicado que aumentaba o disminuía según fuese el nivel de las aguas subresiduales almacenadas en cientos de años de filtraciones a causa de haberse modificado las propias estructuras naturales merced a convulsos movimientos geológicos: consecuentemente pues, se había fijado el túnel circular —de vital importancia en el funcionamiento de la sala de radiocastronomía— bajo pilastras hormigonadas entre los seis y diez metros por debajo de lo que hubiese resultado lógico. Previendo cualquier evento que pudiera presentarse en forma de movimiento tectónico o sísmico —dijeran lo que dijesen los geólogos, no había que olvidar nunca que aquello había sido un volcán en erupción— alterando el fundamento, habíase intercalado una capa elástica entre las pilastras de hormigón y el suelo del túnel.
Así era, a grandes rasgos, aquel sorprendente, desbordante mejor, complejo denominado Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic, complementado obviamente por una red de galerías subterráneas que conducían a varios laboratorios, uno de ellos climatológico, y además, en aquella red, veíanse infinidad de puertas y salas de conferencias; en cada una de aquéllas había un letrero indicador de los efectos a que estaba destinada: Enfermería... Comedor... Investigación... Quirófano... Dispensario... Laboratorio químico... Biología... Farmacia... Utensilios, etc.
En la sala central de control existía lo que podría denominarse cabina o puente de mando: era una figura geométrica cuadrangular cuyas paredes estaban formadas por vidrio especial —opaco o transparente según conviniera—de propiedades metálicas, en cuyo interior trabajaba incesantemente un equipo de computadoras cuyos datos se transmitían por medio de un cuadrante de cristal regio, sobre el que cabrilleaban luces multicolores que se convertían en grandes signos a través de verificadores Había también dos mesas metálicas con los correspondientes cuadros de mandos, ocupadas por dos hombres. No muy lejos de aquel cuadrado de cristales, generadores de alto voltaje llenaban el ámbito con su zumbido hipnótico produciendo unos brillantes relámpagos que saltaban en el interior de enormes tubos catódicos.
Pero lo más inverosímil dentro de lo que ya habría resultado inconcebible para el profano, era que aquella cabina se mantenía suspendida en el aire como por arte de birlibirloque, como si un mago la sostuviera en el extremo de su varita mágica, sin pilares ni soportes de ninguna clase. Lo que en realidad sostenía al cuadrado de cristales era un triple cruce de invisibles rayos de energía Alfa.
Amén de lo apuntado, los dos individuos que se hallaban en el interior de la figura geométrica de vidrio especial disponían allí de un panel metalizado en el que se hallaban encajadas diez pantallas de TV, cuatro de radar-sonar, dos de microsonorización, doce oscilógrafos y un doble juego de controles e indicadores magnéticos que transmitían los impulsos de la energía Alfa que servía para sostener en el aire aquella cabina.
—¿Qué le ocurre a Logan, profesor Thomas? —le preguntó al otro uno de aquellos individuos que vestían impolutas y rigurosas batas blancas.
El aludido levantó de la mesa su cansina mirada para posarla en la faz de su interlocutor.
—No entiendo lo que quiere decirme, Lionel.
Lionel Huston se limitó a responder:
—Hace casi una semana que no aparece por aquí.
Albert Thomas le sonrió, enarcadas sus blanquecinas cejas.
—¿Tanto le preocupa eso, Lionel?
—No... —musitó el otro, hombre que debía haber rebasado la cuarentena pero que quizá aparentaba mayor edad de la que realmente marcaba el reloj de su existencia. Añadiendo—: ¡Y sí! ¿Para qué voy a engañarle, profesor? Por aquí, usted lo sabe mejor que yo, unos se llevan los galardones y la fama y otros... ¡Pero! ¿Qué voy a contarle a usted? Suya es la paternidad del Thelioscope-1 y sin embargo llega él, con sus manos limpitas, con su aureola de hombre casi perfecto, con sus cuquerías de niño mimamdo y consentido...
—Si no le conociera de tantos años, Lionel Houston, pensaría que por sus labios está hablando la voz de la envidia. Y ése, no lo dude, es el peor de los pecados capitales que puede corroer la mente del hombre. Porque la envidia es muy mala consejera y... — Albert Thomas, menudo, poca cosa, de rostro alargado que culminara en una barbilla roma con hoyuelo incluido, facciones tranquilas de bondadosa expresividad, vulgares ojos castaños bajo los cuales pendían ya amplias bolsas fláccidas, interrumpió su perorata para son- reírle al de la mesa de enfrente, susurrando—: Pero sé que en su caso no es así, Lionel. Sin embargo... —pareció dudar unos instantes el eminente radioastrónomo—, sin embargo —repitió, añadiendo—, y en honor a la verdad, debe usted saber que Logan no se ha arrogado la gloria, el trabajo ni los esfuerzos de nadie, sino antes al contrario, ha sido parte importante y decisoria en el proyecto Thelioscope-1 tanto a nivel profesional contribuyendo con el caudal de sus conocimientos como a nivel de interrelaciones que han derribado barreras administrativas y posibilitado los medios económicos necesarios para que hayamos podido llegar al final, y lo hayamos hecho con brillantez. Si durante la última semana Logan no ha aparecido por el Black's Volcanic se debe a que está diseñando la estrategia definitiva a seguir con la comisión Senatorial que debe darnos la postre la luz verde, con el representante de aquella que oficialmente nos visitará, con los cuadros militares del Pentágono y con la propia Casa Blanca. Sidney se ha pasado los últimos días encerrado en su despacho del CIDCA-USA, colgado del teléfono la mayor parte de las horas, recibiendo la visita de personajes clave, solicitando entrevistas con...
Una de las pantallas de TV estaba vomitando unos extraños signos de color verdoso cuya estructura se alteraba velozmente al recibir impactos fotoeléctricos.
Les acompañó una voz seca, monocorde, procedente del complejo computado, que anunciaba:
—De acuerdo con la información solicitada por el profesor Thomas podemos confirmar las irregularidades habidas en la recepción del planeta Marte, que siguen produciéndose en los mismos niveles con aumento deforme en la borrosa percepción radioastronómica. Pero no disponemos de códigos para analizar ni determinar la casuística de este fenómeno astral. Es todo por el momento.
Albert Thomas se puso de inmediato en pie.
—Perdóneme, Lionel. Tengo que acudir al segmento central de radioastronomía.
—Es muy tarde, profesor —Huston consultó su reloj digital—. Faltan pocos minutos para que venga a recogerle el helicóptero.
—Hoy, es posible que retrase mi salida. Hasta luego...
Ya en la sala de experimentación-2 donde se hallaban instalados, ocultos los radiotelescopios (a la que también se llamaba segmento central de radioastronomía), sirviéndose del logomando electrónico, pidió;
—Arriba el radiotelescopio Kennedy.
Se operó en cuestión de segundos una fantástica mutación y apareció el enorme instrumento dentro de cuya esfera observatoria se introdujo el profesor, pidiendo:
—Sitúenme tres espacios por encima de la superficie,
Explotó el cráter de lo que fuera milenario volcán merced a un juego sofisticado de invisibles células y la energía Alfa proyectó el radiotelescopio como unos quinientos metros a lo alto de la tierra, entre las montañas que la circulaban, comenzando desde aquel lugar Albert Thomas la observación metódica de lo que parecía tenerle tan preocupado.
Marte.
Transcurridos diez largos minutos, pidió:
—Que acuda a este punto de observación la señorita Carrie Savage.
Por medio de un método de atomización y teletransporte se hizo presente, se materializó mejor dicho, en el interior de la esfera observatoria una figura femenina.
—¿Qué ocurre, profesor?
Thomas abandonó la silla para cedérsela a la muchacha, diciendo:
—Vea esto, Carrie.
Ocupó ella el lugar dejado vacante por el experto radioastrónomo.
Carrie Savage era joven, pelirroja brillante, de rostro pecoso lleno de perfección y encanto, propietaria de unas luminosas pupilas excitantemente negras que contrastaban con evidente notoriedad con el rojizo de sus largos cabellos y dueña de una figura física armoniosa y bien trazada en la que destacaba el relieve suave y firme a la vez de sus pechos belicosos.
Observó por espacio de un tiempo prudencial.
—Es raro —fue su primer comentario.
—Borroso, muy borroso diría yo.
—Por eso lo califico de raro —insistió la bella hembra.
—¿Cuál es su diagnóstico, Carrie?
—¿Me lo pide así de golpe, profesor?
—Me interesa mucho su opinión aunque no le conceda demasiado tiempo para meditarla.
—¿Por qué no Logan, profesor?
—Luego hablaremos con él, Carrie. Ahora quiero que se defina usted.
—Además de la percepción turbia o borrosa capto una sorprendente inclinación. ¿Cinco grados quizá? —y sin esperar respuesta del hombre, siguió la pelirroja—: El centro de la galaxia está, más o menos, en la declinación de 29 grados, ¿verdad?
—Verdad...
—La declinación máxima al sur del Sol es de aproximadamente veintitrés grados y medio, ¿no? —tampoco esta vez esperó contestación—. Si la órbita de Marte estuviera en el mismo plano que la del Sol, la cifra que correspondería a Marte sería exactamente igual a la de aquél... De modo que el problema es si la órbita de Marte puede tener tanta inclinación como cinco grados. ¿O no es el centro de la galaxia lo que estamos observando?
—Creo que es. Y de lo que sí estoy seguro es de que Marte no puede tener tanta inclinación.
Carrie se mordió el labio inferior.
—¿Entonces...?
—La escucho —sólo dijo Albert Thomas, obligándola a comprometerse.
—No es Marte lo que estamos viendo. No. No lo es.
—Exacto, señorita Savage. No es Marte.
—¿Qué es lo que estamos viendo, profesor?
—¿Cómo lo calificaría usted, Carrie? —siguió el veterano radioastrónomo empeñado en aquel crucigrama de juego-preguntas.
Carrie Savage demostró ser decidida y saber arriesgarse al pronunciar sin dudas en el tono:
—Una supernova.
—Eso quería escucharle decir —movió la cabeza afirmativamente el profesor. Repitiendo—: Una supernova.
—¿Hasta qué punto puede ser preocupante eso, Thomas?
—Hasta ninguno si realmente estamos en lo cierto, si es en verdad una supernova.
—Sea lo que fuere, ese objeto va a desaparecer dentro de una hora —razonó la bonita pelirroja. Resolviendo—: Ya sé lo que voy a hacer, profesor. Voy a obtener un espectro ahora mismo.
Accionó los mandos fotoelectrónicos que permitieron obrar lo que pretendía y luego dijo:
—Puede que mañana salgamos de dudas. ¿Y si no es una supernova?, ¿qué podrá ser entonces?
Albert Thomas, con un tenue hilo de voz, pronunció:
—Un... quasar.
—¡Dios Santo! ¿Un quasar? Pero...
—Mañana saldremos de dudas, Carrie. Mejor no preocuparnos antes de tiempo.
—¿Está al corriente alguien más de este asunto?
—Sólo usted y yo, Carrie.
—¿Y Logan?
—Hablaremos con él esta misma noche —resolvió el experto en radioastronomía y física nuclear. Agregando—: Vendrá usted conmigo a Dallas.
—Necesito un permiso especial para salir del Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic, profesor.
—Lo sé, querida. Voy a gestionarlo ahora mismo con el jefe de la Seguridad interior. Sígame, por favor.
—Un segundo, profesor. Voy a computar las instrucciones del proceso de revelado del espectro.
—Hágalo...