CAPITULO PRIMERO
Se encontraban en un lugar y a la hora donde el helicóptero de las Fuerzas Aéreas recogía, cada mañana, al profesor Thomas.
El piloto del aparato hizo patente su extrañeza, dirigiéndose a Sidney en los siguientes términos:
—Es la primera vez que el profesor se retrasa. Precisamente suele alardear de su puntualidad de crono suizo.
Carrie cruzó una mirada de inquietud con el radioastrónomo.
—Cierto —hubo de admitir Logan—. Albert es un hombre de puntualidad exquisita. No comprendo qué puede haberle pasado.
—¡Allí asoma un coche! —exclamó el aviador.
—Sí... —musitó Sidney con un atisbo de duda.
—¡No es el auto del profesor! —grito Carrie más excitada, ahora, que preocupada.
—No —la cabeza de Logan se movió afirmativa, al dar la razón a la exquisita pelirroja. Luego invirtió el sentido, convirtiéndolo en negativo, para decir—: no es el coche de Thomas.
No lo era desde luego.
El hombre de terno gris oscuro se apeó del vehículo al detenerse en las inmediaciones del helicóptero, se presentó así:
—Me llamo Gregory Jones y soy teniente de la policía.
A Sidney, como a Carrie, incluso al mismo piloto, les subió el estómago a la garganta.
—Soy el físico nuclear y radioastrónomo Sidney Logan, compañero del profesor Thomas. ¿Qué le ha sucedido, teniente?
—Muerto. Ha muerto esta madrugada.
—¡Cristo del cielo! —Carrie Savage se llevó ambas manos a su tersa garganta, deseando arañarla con toda la vehemencia de sus fuerzas. Su crispación y patetismo eran reales. Gritó—: ¡Eso no es posible!
—Muerto... —el rubio cuyo rostro había palidecido considerablemente repitió la palabra como si de un rezo se tratara. Dudando que el hecho que ella reflejaba pudiera aplicarse a su amigo Albert Thomas. Repitiendo interrogante esta vez—: ¿Muerto?
Cabeceó concluyente el funcionario policial.
—Sí, profesor. En estos momentos precisamente se está procediendo a efectuarle la autopsia.
—¿Es que acaso se ha producido el óbito por métodos violentos? —a Sidney le parecía absurdo que su pregunta pudiera recibir una respuesta aseverativa.
—Infarto de miocardio. Pero en Washington han dictaminado que por tratarse de quien se trata, se apoye el diagnóstico a través de la autopsia. Ha sido orden directa del propio secretario de Estado... —levantó la cabeza el policía para mirar con interés al radioastrónomo. Interesándose—: ¿Ha dicho usted que se llama Sidney Logan, verdad, profesor?
—Sí, soy Logan. ¿Por...?
—El señor Winters me ha informado que se reuniría con usted en el complejo experimental de astronomía. Ha emprendido vuelo a Dallas apenas serle comunicada la triste nueva. Parece ser que le acompaña el general Sorrell Streisand, ministro de Defensa. Si no tiene nada que ordenarme, regresaré a mi puesto con su permiso.
—No, nada, teniente Jones. Y gracias por su puntualidad en venir a informarnos.
—Era mi obligación, señor —dijo el policía con gesto reverente y educado—. Crea que lamento la muerte del profesor Thomas. Me ha impresionado. Señorita... —ensayó una inclinación delante de Carrie—, profesor —miró por último al piloto—, buenos días.
Y dando media vuelta se dirigió con paso rápido al automóvil que lo esperaba.
—Ponga eso en marcha, amigo —dijo Sidney al aviador, señalando el silencioso pájaro de enorme hélice superior. Y al tiempo que tomaba a Carrie por el brazo, sacándola de su abstracción, ordenó—: Vamos al Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic.
—¡Dios mío, Dios mío! —sollozó ella, refugiándose en el tórax de Logan—. ¿Por qué?
—Quizá lo del quasar, aunque quisiera aparentar lo contrario, le afectó en demasía.
—¡No, no, Sidney! No parecía excesivamente impresionado. Cuando yo le dejé estaba...
—El corazón dice que se para, se para, y uno está muerto. Así Carrie. Sin mayores explicaciones —la hélice del pájaro de vertical ascenso había comenzado a girar paulatinamente. El, ciñéndola por la cintura con tacto y suavidad, ordenó—: Arriba, pequeña. El mejor tributo que podemos rendirle es seguir. Continuar.
—Tienes razón, Sidney —dijo ella, agachándose para izarse hacia el interior del fuselaje donde desapareció al instante.
Logan hizo lo propio y momentos después el helicóptero se perdía entre los manchones algodonosos y tupidos de contornos tan anárquicos como grotescos que salpicaban el celeste de los espacios.
* * *
La noticia conmocionó a todo el personal del centro. Sin excepciones.
Mann Harris, jefe de los servicios médicos, comentó:
—La semana pasada le efectué un electrocardiograma. El estado de sus válvulas no era el idóneo, pero con la prescripción farmacéutica y la vida ordenada que Thomas llevaba, podía tirar mucho tiempo. Aunque no puedo sorprenderme tampoco como profesional de la medicina.
—No me lo puedo creer, no puedo... —decía y repetía el coronel Charles Fleming que estaba al frente de los servicios de seguridad del Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic.
Logan, mirando a Carrie con cierto principio de autoridad, le dijo:
—Vayamos al segmento central de radioastronomía, pequeña. Quiero estudiar la exposición del espectro que tomaste ayer noche mientras aguardamos la llegada de Foster y Streisand.
La pelirroja fue a objetar algo, pero el radioastrónomo se le anticipó, susurrándole al oído:
—Thomas está muerto, Carrie. MUERTO. Y el quasar, ¡allá arriba!, amenazando con destruir a toda la humanidad. ¿Puedes entenderlo?
—Sí. Lo intento por lo menos. Perdona...
Tras despedirse brevemente de Mann Harris y Charles Fleming se encaminaron al lugar señalado por Sidney.
De acuerdo con el programa establecido por Carrie, los mecanismos microcomputados habían procedido al revelado y allí, en el interior de una transparente cubierta plastificada, estaba el negativo de la exposición del espectro.
Logan lo estudió durante varios minutos, alterando la posición del cliché, al trasluz.
Sentenciando sin el menor atisbo de duda en el tono:
—Sí..., es un quasar. Y me temo que la explosión es de las de mayor envergadura. Pero esto último no es factible determinarlo todavía. Hacen falta mejores aproximaciones y espectros más nítidos. Tendrás que ocuparte de ese proceso, Carrie. Es vital.
La pelirroja ensayó un ademán en el que se mezclaban la incertidumbre y el asentimiento.
—Sí. Como tú digas, Sidney —y su preocupación se hizo extensiva y sonora a través de un interrogatorio concreto; éste—: ¿Qué va a suceder ahora exactamente?
El radioastrónomo y físico nuclear era evidente que no tenía una respuesta determinante. Y optó por una de lógica y cómoda al mismo tiempo, que en nada le comprometía:
—Es momento de pensar en soluciones, Carrie. Toda especulación acerca de lo que pueda o no suceder se me antoja absurda.
Ella, permaneció unos segundos en silencio. Estallando a renglón seguido:
—¡Qué horrible, Dios mío! ¡Es alucinante comprobar cómo cambian las cosas en pocas horas! ¡Cómo los hechos alteran todo un proceso de vida! Es... ¡qué sé yo! Albert Thomas muerto, un fenómeno celeste apuntando hacia la extinción de la humanidad... ¡Oh, Dios, Dios! ¿Por qué? No dejo de preguntarme el porqué. ¡Es inevitable que me lo pregunte!
—Y yo me pregunto, pequeña, por qué y para qué eres una mujer de ciencia. ¿No te lo preguntas tú, Carrie? Porque tú eres una mujer de ciencia, ¿verdad?
Carrie Savage entendió al momento cuál era la filosofía que trataba de trasladarle Sidney.
Y se produjo una crispación resuelta en las bonitas facciones de aquella pelirroja que temía, por encima de todo, perder la propia felicidad a los pocos instantes de haber hallado el amor.
No obstante, dominándose y tratando de sonreír al hombre, le dijo:
—Tienes razón, sí. Voy a trabajar en lo que acabas de decirme. Y gracias, Sidney.
—Estamos para eso, bonita. ¡Ah!, y pese a las preocupaciones del momento... —se acercó para besarla suave y cariñosamente en la frente—, no puedo olvidar que debo ganarme tu cariño.
—Gracias otra vez —se empinó para devolverle el beso, pero en los labios—. Te quiero.
Acto seguido pidió ella a través de los emisores internos de megafonía conectados al computador matriz que fuese izado el radiotelescopio Kennedy.
Sidney salió del segmento llevándose la exposición del espectro, decidido ya a esperar la llegada de Foster Winters y el general Sorrell Streisand.