CAPITULO V
Carrie Savage estaba sola en el segmento central de radioastronomía del complejo experimental.
Frente a un tablero inclinado de plano superior a inferior que se mantenía en firme merced a una corriente de rayos Alfa.
Efectuando cálculos, observando planos astrales y completando mediciones.
—Hola, muñeca.
—¡Oh, Sidney! —se sorprendió—. No te he oído llegar.
Logan estaba retrepado con indolencia, abatimiento mejor, contra la pulida superficie metálica en la que no se adivinaba ningún saliente, en la que no parecía existir abertura alguna que permitiese la entrada o salida.
—¿Has tenido problemas? —volvió a hablar ella, obedeciendo la pregunta a la expresividad alicaída del rubio.
—Psé... ¿Y los otros?
—Han salido hacia Washington hace como un par de horas. Winters ha dicho que te comuniques con lo antes posible.
—¿Qué opina Hagman, me refiero al fenómeno,
—Quasar —sentenció la pelirroja. Añadiendo—: Y lo es ya sin la menor duda, Sidney. Disponemos de extraordinarias y exactas aproximaciones, de espectros nítidos que despejan cualquier duda. Mira... —le ofreció unos negativos.
Logan avanzó unos pasos para recogerlos, estudiándolos al trasluz.
—Sí, desde luego. Y no me alegra nada que se confirme mi primer diagnóstico. Aunque yo tengo elementos de juicio suficientes para saber mejor que nadie que se trata de un quasar.
Carrie le miró amorosamete. Y dijo:
—Tengo la sensación de que me ocultas algo, Sidney.
—Escúchame, pequeña —besó la frente despejada y tersa de Carrie—. Estamos inmersos en una pesadilla, el mundo lo está, y pienso que sólo tú y yo podemos hacer algo para que se desvanezca. Verás... —le explicó lo sucedido desde que partiera del Experimental Secret Astronomy Black's Volcanic, hasta aquel momento.
—¡Un quasar artificial! —se asombró la mujer—, ¡Parece imposible!
—Es una realidad que está ahí arriba, en lo alto, viendo como nuestra galaxia gira a su alrededor, amenazándola.
—¡Son unos canallas!
—Por supuesto, prenda. Pero es el papel que les ha tocado en esta comedia y van a jugarlo hasta el final. Nosotros debemos asumir el nuestro.
—¿Piensas utilizar el Thelioscope-1, Sidney?
—¿Tú qué me aconsejas?
—Se me ocurre que tiene que haber otra solución —dijo resueltamente la pelirroja, escrutando la faz ensombrecida de Sidney. Añadiendo—: Y si no la hay, ¡tenemos que inventarla!
—¿Qué se te ocurre así, de buenas a primeras?
—¡Hombre! Que hay que acercarse lo máximo que se pueda al quasar y controlando el radio de expansión, desintegrarlo.
—Misión para un astronauta —sonrió Logan. Para agregar golpeándose el tórax—. Y yo soy un astronauta.
—Que no debe ir a la muerte sin seguridades —objetó ella.
—A Thomas le ha costado la vida el Thelioscope-1. Y si yo tengo que salvar el proyecto a costa de la mía, no dudes que lo haré.
—Hasta para morir debe tenerse lógica, Sidney.
—Explícate —la miró con interés y hasta con sorpresa.
—Verás... —Carrie se había metido un lápiz entre los dientes y observaba distraídamente uno de los planos que descansaba sobre el pupitre inclinado. Tras una pausa fugaz, dijo, masticando el lápiz—: Sólo se me ocurre una forma de acercarse al quasar y hacerlo con la velocidad necesaria. Absorber por medio del Thelioscope varios canales de energía helios multiplicándola a través del rubí para que transporte en línea recta al quasar un pasillo o raíl fotoionizado por el que viaje a velocidad superior a la luz, la nave. A la distancia mínima que su tripulante pueda resistir con los debidos acondicionamientos, el vehículo debe quedar solo y seguir viaje hacia el quasar después que el astronauta haya dispuesto los mecanismos de disparo de los proyectiles alimentados por energía solar desde aquí a través del Thelioscope-1, y los campos magnéticos de control y contención...
—¡Carrie! —la tomó en brazos girando con ella mientras no dejaba de besar su boca—. ¡Carrie! ¿No te han dicho jamás que eres la octava maravilla de la creación?
—No me has escuchado bien, Sidney —objetó la muchacha, escarlata el rostro por el rubor y la alegría que le causaba la explosividad cariñosa del hombre. Puntualizando—: He dicho que a una distancia determinada el vehículo espacial debe quedar solo.
—¡Eh...! ¡Oh, sí, lo has dicho! ¿Y yo?
—¿Tú? —le miró con una sonrisa apagada. Filosofando—: He ahí la cuestión, Sidney. Un rayo de teletransporte en absorción fotatomizada debe devolverte a la Tierra, a esta base experimental. Pero...
—¿Dónde está el problema entonces, Carrie?
—En que no conozco ningún cálculo infinitesimal y logístico que me garantice que ese rayo de teletransporte, cubra la distancia astronómica que te separará de aquí en ese momento. No es que no lo conozca, es que no lo hay.
—Y... tal como apuntabas antes, ¿no puedes inventar ese cálculo?
Ella le sonrió con cierta amargura.
—Es una posibilidad pero se me antoja poco factible.
—Algo se podrá hacer, Carrie. Eres experta en mediciones y posiciones...
—Pero no puedo alterar esas posiciones a mi antojo, Sidney. ¡Qué más quisiera en este instante que poder hacerlo!
—Perdona —Sidney acarició las mejillas amelocotonadas de la bonita pelirroja. Se disculpó—: Últimamentee se me ocurre que no digo más que tonterías.
—Entiendo tus sentimientos y tu postura, amor. Entiendo que algo se me... ¡oye, Sidney!
Los ojos azulados de Logan se abrieron como cielos esperanzados ante la viva exclamación de la muchacha.
—¿Sí, Carrie?
Permaneció unos instantes callada, como meditando en profundidad la idea que cual tormenta rebelde azotaba con fragor y estrépito hasta el último rincón de su cerebro.
Se decidió al fin:
—Necesito adecuar el rayo de teletransporte a distancias infinitesimales cambiantes cuyo rumbo pueda alterar en un momento determinado... Eso me sería posible de encontrar un asteroide, un cuerpo celeste situado en posición y distancia idónea en el que reverberar el rayo y su energía como si de un espejo se tratara, proyectándolo desde allí hasta la nave para tenerte situado de continuo a ti en plano atomizante. ¡Dadme un punto de apoyo y un cuerpo celeste donde lo necesito —exclamó, jocosa, Carrie, parafraseando a Arquímedes—, y traeré a Logan a la Tierra después que ésta haya destruido el quasar!
—Reconforta el espíritu comprobar tu estado de ánimo.
—A lo peor, como tú dijiste una vez, la procesión va por dentro.
—Con procesión o sin ella, ¿es viable esa teoría?
—Puede serlo.
—¿Cuánto tiempo necesitas, Carrie?
Se mordió, dubitativa, el labio inferior.
—Bueno..., ya sabes que es muy difícil determinar períodos de tiempo cuando se comienzan a establecer esa clase de evaluaciones. Una sola de ellas puede llevarte dos, cinco o seis días.
—Limitando al mínimo, ¿qué me dices?
—Tres días... Pero ya sabes, ¿no?
—Sí —aceptó, besando sus jugosos labios una vez más.
Interrumpió la espontánea efusión el sonido monocorde que en forma de voz humana, metálica y programada, surgía del complejo matriz de los sistemas electrocomputados.
Que anunciaba sin emoción alguna:
—Acaba de recibirse un telegrama urgente desde Washington dirigido al profesor Logan.
Sidney se situó junto a uno de los captadores de absorción estéreo, invitando:
—Adelante.
—Registro fónico del profesor Logan positivo. Avanzo con el texto del mensaje.
Un brevísimo silencio, y:
«Solicitamos se persone a la mayor brevedad posible en Washington. Su presencia es imprescindible e indispensable para integrarse en la comisión ministerial de investigación, que se llevará a cabo mañana por la mañana en uno de los salones del Ministerio de Defensa, respecto a la fenomenología y efectos ambientales que se derivan del objeto celeste situado en un punto determinado de nuestra galaxia y que a priori parece ser peligroso para la normal supervivencia de la especie humana.»
Un nuevo y fugaz vacío del sistema electrocomputado, antes de concluir:
«Y firma Foster Winters, secretario de Estado.
—¡Vaya! —se lamentó Logan—. ¡Éramos pocos y la abuela ha hecho una gracia! Es lo que faltaba, desde luego. ¿Qué diablos...?
—Es normal que eso suceda, Sidney. Y necesario que tú vayas para, si mucho me apuras, tranquilizarles en parte. Tenemos que evitar que el pánico que en los profanos producen estos asuntos, se propague por todo el planeta.
—Tienes razón una vez más, Carrie. Pero me siento tan abatido.
—Entiendo, cariño. Pero tú no puedes desfallecer ahora... ¿No eres «casi perfecto»?
—¿Qué quieres —había amargura de verdad en su voz—, hacerme reír o llorar, pequeña?
—Concienciarte simplemente. Tú tienes que estar allí, Sidney. Asistirán expertos en las exactas, gente estudiosa. Creo, aunque es mi opinión personal y hasta particular, que debes estar muy atento a lo que se hable, imponer tu criterio porque gozando de la credibilidad suficiente para ello y sobre todo, pienso, soslayar el evento de que alguien apuntara a la realidad.
—¿Te refieres a la artificialidad del quasar?
—A eso exactamente, Sidney. Es menos peligroso y problemático que sigan pensando que es real. Desde la otra óptica tratarían de apelar inmediatamente a soluciones militares. Y eso, ahora, no nos conviene, Sidney.
—Carrie... —la tomó por los hombros, la apretó con vehemencia, se perdió con admiración en el interior de los ojazos negros, rutilantes, de brillo azabache que vivían en las órbitas de la pelirroja y daban vida a toda su persona—, te juro que no entiendo cómo he podido estar tan ciego, ser tan torpe...
—Ya me lo has dicho esta madrugada, amor. Ni has estado ciego y mucho menos eres...
—Ahora no me refiero a tu belleza, que sin duda la tienes y con brillo propio. Hablo de tu inteligencia, de tus dotes deductivas, de tu capacidad. ¡Asombroso, Carrie, asombroso!
—Si sigues elogiándome de esta manera harás que me sienta incómoda. ¿Por qué no te retiras a descansar unas horas, Sidney?
—¿Y tú?
—No puedo descansar ni un solo minuto. Entiéndelo.
—Debemos alternarnos en...
Carrie le puso dos deditos sobre la boca y luego los retiró para depositar la suya en aquella sensual y tremendamente masculina.
—Por favor, Sidney. Relájate unas horas y luego viaja a Washington. Tienes mucho que hacer allí. Y entre ese mucho está el conseguir tres días de tregua, ¿entiendes?
Repitió el contacto profundo de sus labios con los de Carrie.
—Sí, pelirroja. Sí... Tu boca me sabe a gloria.
—Anda, ve a dormir unas horas.