CAPITULO X

 

El aullido de las sirenas policiales iba quedando cada vez más lejos.

—¿Dónde quieres apearte, Prost? —inquirió Seymour sin retirar ni la vista ni la atención del volante.

—¡Cualquier punto es bueno, amigo! En la próxima esquina mismo.

Allí detuvo Kirk el Ford-Fiesta y Prost se fue a tierra rápidamente perdiéndose, veloz, en las sombras de la noche.

—¿Qué pasa, Kirk? —inquirió Sue Elen ansiosa, estrellando sus magnificas pupilas verdosas en el rostro del hombre que reflejaba, a la vez, cansancio y excitación.

—Ocurre que la noche aún no ha terminado. Hemos hecho venir a Mónica para algo...

—¿Qué quieres decir, Kirk? —fue la otra quien preguntó ahora.

—Si os lo explicara con detalle posiblemente no me entenderíais. Tú especialmente, Mónica. Tú que buscas a un hombre que, por obra y gracia de un cerebro diabólico, se ha convertido en siniestro detalle aleatorio de un tétrico misterio de muerte, muertos y resucitados, que yo quiero desvelar. Que pienso voy a desvelar esta misma noche.

—¡En ningún momento me has dicho lo que realmente pensabas! —exclamó, disgustada, Sue Elen.

—Sabes que en principio era del todo escéptico a tu historia...

—Pero tras esa supuesta resurrección de mi hermano cambiaste diametralmente, ¿no?

—Claro. Y esperaba probar y comprobar en el cementerio que mi hipótesis era cierta. Craig Majors no podía haber resucitado y eso lo sabemos todos, Sue Elen. Nadie vuelve de las regiones sombrías de la muerte... salvo si no ha muerto.

—¿Quieres significar que mi marido murió en lugar del hermano de Sue Elen? —preguntó, con un estremecimiento, Mónica Bogarde.

—No quiero decir... de momento, nada. Porque hay alguien que nos lo puede explicar con mayor detalle.

—¿Quién...? —era la de los ojos verdes la autora del interrogante.

—Tu cuñada. Magali Lenan.

—¿Piensas que era ella la encapuchada del cementerio? —insistió Sue Elen.

—¿Por qué no tratas de mantenerte en calma durante unos segundos? He dicho que vamos en pos de la definitiva, real respuesta, ¿no?

—No así... —intervino, medrosa, Mónica.

—Lo digo ahora y para que me entendáis las dos: vamos en busca de la respuesta definitiva a toda esta trama diabólica, a esa escenografía de horror y sangre que un siniestro cerebro estructuró casi con perfección. ¿Lo habéis comprendido?

—¡Pero tú conoces esa respuesta! —machacó Sue Elen.

—Creo que sí...

Y apretando los labios en señal de mutismo, Kirk Seymour puso el vehículo en movimiento.

Hacia aquella residencia que el matrimonio McKean-Lenan había estrenado pocos días atrás, adquiriéndolo con el producto de la sangre y el horror.

Porque' el inspector jefe de la London General Insurance quería que las pocas dudas que le quedaban acerca del autor de aquel puzzle satánico, su leve ignorancia.. le fuese aclarada y revelada sin necesidad de morir.

Sin necesidad de que le pronunciaran... post morten, tibí manifestabitur.

Cuando alcanzaron el barrio residencial del Regent’s Park, Kirk introdujo el Ford-Fiesta por Prince Albert Road, deteniéndolo en una zona en penumbra cercana al edificio señalado con el número 73.

Echaron pie a tierra.

—Allí es —dijo Seymour.

—¡Hay luz en la planta baja! —exclamó Sue Elen.

Kirk extrajo del bolsillo el revólver que Mónica le había devuelto al salir del cementerio y recargó el tambor, asegurándose después de su perfecto funcionamiento.

Mientras murmuraba:

—Es raro... No son horas de tener luces encendidas.

Instantes después, precautoriamente y tras salvar la artística valla que no servía más que de adorno, rodeaban el jardín acercándose a los iluminados ventanales.

—¡Kirk, Kirk...! —estalló la bellísima Sue Elen con un gesto horrorizado—. ¡Mira eso! ¡Es... es Magali! ¡La va a matar!

Apuntando Mónica, con temblor en las mandíbulas que hacía castañetear sus dientes:

—Juraría que... él, ¡es mi marido! ¡Sí, creo que es Guy!

Seymour no se lo pensó ni medio segundo.

Y su cabeza barrenó el cristal reduciéndolo a fragmentos.

Entre restos y polvo de vidrio cayó dentro del salón, estallando:

—¡Quieto... deténgase, Guy Havers! ¡Quieto... O DISPARO!