CAPITULO PRIMERO
—...post mortem. tibi manifestabitur.
La galaxia eterna.
Sombríamente eterna.
La galaxia sin retorno.
La galaxia de la muerte...
—¡¡NOOO...!! —bramó, alineado, Craig Majors. Desesperada, bestialmente.
Y se quitó las manos de la cara.
Para ver algo entre las sombras.
Braceando...
Y gesticuló con terror, con movimientos en los que imperaba un mecanismo paroxístico.
Y aulló de nuevo:
—¡¡NOOO...!!
Y continuó braceando.
—¡¡NOOO...!!
Y un grito femenino, ansioso, desgarrado:
—¡Craig...! ¡Craig, amor mío! ¿Qué te ocurre?
Dejó de bracear espasmódicamente.
Miró de un lado a otro con ojos estúpidos.
Confusos.
Con expresión idiotizada.
La alcoba, el lecho...
¡Las sábanas revueltas!
Se incorporó, sentándose en la cama, para luego frotarse la cabeza y las sienes con vigorosos movimientos.
Ella, su mujer, encendió una de las lamparitas de noche.
—¡Craig..., cariño! ¿Otra pesadilla?
El, suspiró profundamente.
Luego, con un hilo de voz, repuso:
—Sí, querida... Otra pesadilla.
Magali Lenan, ,incorporada también, desbocando sus senos palpitantes el atrevido e insinuante camisón, pechos agrestes que casi cabalgaban en el vacío, excitados a causa del nerviosismo que la invadía totalmente a ella, inquirió, insegura:
—¿Te sientes ya... mejor?
El, como flotando todavía, la miró.
Era bonita..., bonita hasta la saciedad. Con aquel cabello tan largo, tan rubio, tan sedoso y espectacular que caía ahora sobre sus desnudos hombros y los acariciaba como una cascada áurea de brillantes chispazos de oro; con aquel óvalo en el que resaltaban sus contradictorios y grandes ojos negros, que en contraste con el cabello adquirían mayor personalidad y enorme atractivo poniéndole al rostro una pincelada exótica; con aquellos labios húmedos y carnosos, como fruta madura y apetitosa, que eran el compás sutil de un beso en la inacabada sinfonía del amor...
Y luego estaba su cuerpo escultural, excitante, cálido, de abrupta orografía.
Una mujer que, como tantas y tantas veces había pensado él, se merecía gargantillas de oro, collares de perlas, anillos de diamante y rubíes, abrigo de astracán, pieles, lujos... todo lo merecía Magali, todo.
Después de mirarla largo rato en silencio, como si no la conociera, respondió:
—Sí..., creo que sí.
—Cuéntame la pesadilla, Craig.
Con frecuentes interrupciones, vacilando, trémulo en según qué instantes, inconexo a menudo. lo hizo.
Añadiendo:
—Me horroriza... —se alteró, de pronto, exasperándose—. ¡Me horroriza eso de post mortem, tibi manifestabitur! Yo no ignoro nada, o al menos pienso lo que hay tras la muerte, a mi manera. Sin embargo... ese horrible personaje parecía hablarme en sentido premonitorio. Como.... como si mi muerte estuviera cercana y me fuese a ser revelado algo. Post mortem... ¡es horrible, Magali, horrible! ¡Si hubieras visto cómo se mutó su cara en una calavera!
—¡Craig, Craig...! Sabes perfectamente que ha sido una pesadilla.
—Hay pesadillas que son fragmentos de una realidad próxima, amor mío.
—¡Craig...! ¿Crees de veras en eso?
Dudó, mordiéndose el labio.
—No sé...
—Craig..., esto tiene que terminar. Compréndelo. Necesitas de alguien que te ayude médicamente. ¿Es que no te das cuenta de que vas a destrozarte el sistema nervioso?
Volvió a mirarla con expresión vacía. Lo mismo que si ella fuese una desconocida. Y en un rapto de nerviosismo, inquirió, con cierta brusquedad:
—¿Qué estás insinuando, Magali? ¿Quieres decir que me voy a volver loco... o que ya lo estoy?
—¡Craig, te lo suplico! No desorbites la cuestión: Existen miles de personas que por distintas circunstancias tienen dañado el sistema neurovegetativo... ¡y no están locos! El caso de tu tío Edward por ejemplo.
—¡No me compares con él! Tío Edward se ha pasado cincuenta años exprimiendo los sesos para «empaquetar» libras esterlinas. Yo jamás he desgastado mi intelecto. ¡En el supuesto de que lo tenga!
—Amor... —ella lo acarició dulcemente—, ¿por qué eres tan duro y cruel contigo mismo? Sé razonable, cariño. Yo no he pensado en ningún momento que estés loco. Pero sí en que necesitas la ayuda de un especialista.
—Perdona, cariño... —dijo ahora, humildemente, el taxista. Inquiriendo a renglón seguido—. ¿Qué te parece que debo hacer?
Magali, estuvo dubitativa y expectante a lo largo de varios segundos, antes de responder:
—Si esto se repite, iremos a visitar a Everett McKean.
—¿McKean? ¡Ese es..., es el psiquiatra que atiende a tío Edward! —exclamó Majors con evidente sobresalto.
—Sí —admitió la maravillosa mujer de dulce expresión y. sedosos cabellos dorados. Razonando—: Con tu tío ha realizado un excelente trabajo, Craig. Y no conocemos otro de confianza. El hecho de que sea psiquiatra no debe crearte ningún trauma ya que, a su consulta, acuden personas que tienen un cerebro más sano que el mío. Te supongo lo suficiente comprensivo como para entender que un psiquiatra no es por fuerza un médico de locos.
—¿Comprensivo? ¿Inteligente has insinuado? ¡Un patán..., eso es lo que soy, Magali! ¿Cómo se puede calificar al hombre que no es capaz de evitar que su mujer se rompa los sesos para poner, a diario, un plato caliente en la mesa?
—¡Craig, Craig..., por favor! No empecemos otra vez con eso. ¿Quieres dejar de razonar como un niño? Yo estoy contenta, feliz... rompiéndome los sesos como tú dices. Pero eso, amor, nada tiene que ver con lo de ahora. Absolutamente nada. ¿Me prometes que si vuelve a repetirse una de esas pesadillas que te atormentan con tanta frecuencia iremos a visitar al doctor McKean?
Craig Majors se perdió en el fondo de las negras y persuasivas pupilas de ella. No tuvo otra respuesta que:
—Sí...
Magali enroscó los brazos en el cuello de su marido y lo besó en la boca apasionadamente.
—Cariño...
—¿Sí, Magali?
—¿Hacemos el amor? Lo deseo más que nunca...
* * *
Era otro día.
Craig Majors, con la inestimable colaboración de su excitante esposa, casi había olvidado la pesadilla de la noche anterior.
Y como siempre, se puso al volante del Vauxhall, dispuesto a ventilarse las cotidianas habichuelas.
Circulaba por Compton Street a la altura de Goswell Road cuando el primer cliente del día alzó la mano, requiriendo sus servicios.
—¡Menos mal! —suspiró—. Hoy empiezo pronto.
Detuvo el coche.
Penetró el pasajero.
—¿Dónde le llevo, señor?
—Al Abney Park Cemetery, en Stocks Newington.
Un latigazo, un escalofrío mezcla de hielo y electricidad, recorrió la columna vertebral de Craig Majors.
Y sucumbió, instantáneamente, al deseo desesperado de mirar por el espejo retrovisor.
Era el mismo hombre que en su sueño, en su pesadilla, había tomado el taxi pidiéndole, como ahora, que lo llevase al cementerio.
Un sudor glacial y ardiente al mismo tiempo perló con gotas grasientas la frente del taxista.
Permaneció inmóvil, con las manos agarrotadas al volante, erecto, rígido como una estatua de mármol.
—¡Eh, chófer...! ¿Qué ocurre? ¿Es que no me ha oído?
Craig Majors cayó de lo alto del iceberg que el sol no conseguía derretir, exclamado, en difícil lucha por hacerse a la realidad:
—¡Sí, sí, señor...! Perdone, es que estaba... distraído. Me ha dicho... al Abney Park Cementery, ¿no?
—En Stocks Newington, sí. Eso he dicho. ¿Algo va mal, chófer?
—¡No, no, de veras que no, señor!
—Si usted lo dice... —murmuró, con desconfianza, el enigmático pasajero.
Sacando fuerzas de flaqueza, Craig, puso e! vehículo en marcha y condujo nerviosa y atolondradamente por las calles londinenses. Cuando dejaron atrás la capital y sin consultar ni una sola vez más el retrovisor, Majors no pudo impedir cerrar los ojos cuando cruzaron frente el arbusto que en sus sueños, en la pesadilla, había detenido trágicamente las «eses» y zigzagueos del vehículo cuyo volante él abandonara.
Pero ahora, en la realidad, nada anómalo sucedió.
Llegaron junto a la verja de! cementerio sin que se produjese el más mínimo contratiempo.
El pasajero, enigmático, tanto o más que en la pesadilla eso sí, tras abonarle el importe de la carrera, saltó a tierra.
— Buenos días —se despidió.
—Adiós, señor... —murmuró el taxista.
Y al verle cruzar la puerta del camposanto no pudo contener un suspiro de tranquilidad... de satisfacción. Después, no obstante, Majors se vio sumido en instantes de profunda abstracción.
Y recordaba las palabras de su esposa acerca de la conveniencia de visitar al doctor Everett McKean.
¡Pero aquello había sido una casualidad!
—...post mortem, tibi manifestabitur —recordó, de súbito, estremeciéndose.
¿CASUALIDAD?
Un caos terrible de confusión y pánico empezaba a envolver su cerebro, cuando una delicada voz de timbre musical femenino, preguntó:
—¿Está libre?
—¿Eh...? ¡Oh, sí, sí! Perdóneme. Estaba distraído.
Era una muchacha jovencita de aspecto sonriente y agradable.
Subió.
—Lléveme a... ¡Eh, mire! Alguien se ha dejado aquí un paquete —y le tendió a Majors un envoltorio de proporciones cuadradas.
Lo tomó él, musitando:
—Pues se lo habrá olvidado mi anterior pasajero, ya que ha sido el primero de esta mañana. ¿Le importa que trate de devolverlo, señorita? Encontrará con facilidad otro taxi libre, seguro.
—Hágalo, sí —se apeó la chica. Añadiendo, comprensiva—: También me agradaría que me lo hicieran a mí —y sonrió con suave distensión de sus jóvenes labios.
Craig, dándole vueltas J paquetito en la diestra, se percató de que llevaba una etiqueta Que decía así:
MISTER PERCIVAL STEIGER.
ABNEY PARK CEMENTERY. STOCKS.
NEWINGTON. LONDON N 16
Unas señas algo raras, si.
Pero si se daba prisa, era fácil que aún localizara a aquel enigmático e insólito pasajero que... que ya había subido a su taxi en la pesadilla de la noche anterior.
Bajó del Vauxhall rumbo a la entrada de la necrópolis.
Mientras caminaba entre sepulturas, cruces de hierro, panteones, lápidas y tumbas, con una auténticas torre de babel estallando en su cerebro, con extraños y tumultuosos pensamientos chocando contra los acantilados de su mente, Craig se preguntó el porqué.
¿Por qué hacia aquello?
Era prácticamente imposible que encontrara al propietario del paquete extraviado dentro de aquel interminable laberinto en que se iba convirtiendo el camposanto conforme avanzaba por su interior.
¿Por qué se empeñaba en buscar a aquel individuo?
—...mortem, tibi manifestabitur —la frase machacona, martilleaba con morbosidad en sus sienes.
¡Eso, morbosidad!
¿Una necesidad morbosa de intentar verlo nuevamente?
De mirarlo...
De esperar que volviera a producirse la siniestra metamorfosis.
Así, en aras de aquel castigo voluntario, de aquella tortura, de semejante masturbación psíquica, de una flagelación mental que casi le complacía con el dolor e incertidumbre que le causaba, vagó por dentro del postrer recinto, recorriendo sus senderos y avenidas, mirando de cuando en cuando de un lado para otro por si...
Mirando, se dio contra la sobresaliente arista de un ostentoso mausoleo cubierto con una magnífica lápida de auténtico mármol de Carrara.
Instintivamente leyó las letras brillantes y doradas que habían sido adheridas sobre el blanco mármol. Eran éstas:
R.I.P.
PERCIVAL STEIGER
1828 – 1882
DESCANSE EN PAZ EL QUE FUE HONRA Y GLORIA
DE NUESTRAS LETRAS Y NUESTRA HISTORIA
Craig Majors se quedó atónito, estupefacto.
Rápidamente leyó otra vez la inscripción del mármol y luego llevó sus ojos a la etiqueta del paquetito que un caballero extraño, siniestro mejor, olvidara en su taxi:
MISTER PERCIVAL STEIGER.
ABNEY PARK CEMETERY. STOCKS
NEWINGTON. LONDON N 16
¡No... no podía ser!
¡Un muerto había viajado en su taxi... un hombre que había fallecido cien años atrás!
¡No!
Era... ¡era para volverse loco!
Tiró el paquete bruscamente.
Y como si lo persiguiera el mismísimo diablo, echó a correr con toda la velocidad que le permitían sus extremidades inferiores, camino de la salida del cementerio.
Más que subir saltó dentro del vehículo y lo puso en marcha con movimientos maquinales, de manera instintiva, pero con un nerviosismo in crescendo que le llevaba del calor al frío, de la rigidez a la convulsión espasmódica.
El Vauxhall, volaba literalmente, ya, por la carretera.
Craig Majors pisaba, pisaba, pisaba y pisaba el pedal del gas.
Oyó, inesperadamente, la voz.
Filtrándose en el maremágnum de fúnebres pensamientos que distorsionaban su cerebro.
La voz siniestra.
Anunciando con tétrico matiz:
—...post mortem, tibi manifestabitur
Alzó los ojos, desorbitados, hasta el retrovisor.
Allí estaba, sí.
¡ESTABA!
La calavera descarnada, sin nariz, ojos, ni labios.
Amarillenta. Calcinada.
Cuyas mandíbulas descarnadas comenzaron a batirse, repentina, espectralmente, inundando el interior del vehículo con el eco diabólico de aquellas carcajadas horrísonas.
Craig Majors estrelló ambas manos sobre el rostro.
—¡¡NOOOO!!
Dejando el volante suelto.
—...post mortem, tibi manifestabitur —repitió la siniestra calavera, interrumpiendo sus infernales carcajadas.
—¡¡NOOOO!!
El vehículo, zigzagueó.
Y frente al morro del taxi surgió, como nacido de pronto, el tronco del arbusto.
Se produjo un impacto bestial. De estruendo estremecedor.
El Vauxhall, en cuestión de segundos, quedó arrugado como un aciago acordeón cuya partitura mortal estrujó entre sus notas, disonantes, caóticas, el cuerpo de Craig Majors.
Luego surgió una rojísima llamarada cuyo color se mezcló con el estruendo de la explosión.
Y los ávidos crespones rojo-anaranjados fueron devorando celéricamente el coche.
Mientras el taxista volaba ya, en la lejanía del tiempo, buscando la respuesta, una respuesta que jamás había deseado encontrar. Una incógnita que no quería le fuese despejada. Una ignorancia que deseaba a toda costa seguir manteniendo.
Quod ignoras, post mortem, tibi manifestabitur.