CAPITULO II
Londres, 29 de marzo 1983.
Algo más de cuatro meses, después, de los hechos acontecidos en la realidad... y aquí transcritos.
Kirk Seymour, inspector jefe del Departamento de Accidentes y Decesos de la London General Insurance, atendió con presteza la llamada telefónica que llegaba hasta su despacho por la línea interior.
—¿Sí, señorita Chatel?
—Una señora desea verle, míster Seymour.
—¿Sabe de qué se trata?
—No ha querido ser muy explícita, míster Seymour —respondió la recepcionista. Puntualizando—: Pero por sus apellidos parece tener relación con un tal Craig Majors. ¿Lo recuerda?
—¿El taxista que murió de accidente hace unos meses?
—Sí...
—¿Ha dicho al menos como se llama esa señora?
—Eso sí —le contestaron—. Sue Elen Majors.
Kirk largó un sonoro suspiro de resignación que el tendido telefónico llevó hasta la orejita de Belinda Chatel.
—Bien..., ¿qué le vamos a hacer? Acompáñela hasta mi despacho.
Belinda le devolvió el suspiro. Pero el suyo no tenía que ver con la resignación y sí con una forma expresiva y casi callada de exteriorizar los sentimientos que en su corazoncito y en algún otro punto clave de su anatomía despertaba la apostura de Kirk Seymour.
Era tan alto.
Y tan atlético.
¡Con aquel tórax de moderno tarzán!
Y aquellos ojos gris-azul que la desnudaban a una suavemente, con elegancia... o que una creía que la desnudaban, ¡vaya usted a saber!
Y la boca de labios carnosos, gruesos, que debían comerse los de una al besarla... o que una se los comía al sentirse besada por ellos, ¡vaya usted a saber!
Belinda Chatel, que en segundos y sólo escuchando la voz de él habíase autotransportado a un verdadero paraíso de delicias, amores, pasiones y éxtasis, suspiró también, así.
—¡Aaaaah!
Y Kirk Seymour ahora, pegó un respingo.
—¡Señorita Chatel! ¿Sucede algo?
—¿Eh...? —bajó de las nubes—. ¡Qué...! ¿Cómo...? —cayó de la higuera—. ¡No, no, nada señor Seymour! Disculpe es que... Esto, en seguida. Ahora mismo la acompaño a su despacho.
Una risita extraña floreció en los labios —gruesos, carnosos, que Belinda hubiese mordido con fruición—, de Seymour al devolver el auricular a su posición de origen.
Instantes después se abrió la puerta.
Aparecieron los pechos impactantes, casi escandalosos de Belinda Chatel, y ella detrás. Con su mejor sonrisa. Con la más insinuante ondulación de su archivo de ondulaciones sugerentes.
—Buenos días, señor Seymour. Con permiso... —se hizo a un lado y miró a la otra de pies a cabeza con prevención. Como una mujer mira a otra cuando aquélla le da diez y raya físicamente. No hay que olvidar que por lo que más se envidian las mujeres, por lo que más se odian cordialmente, es por la posición económica y por el físico. Anunciando—: La señora Sue Elen Majors.
—Señorita si no le importa — corrigió la visitante.
—Señorita Sue Elen Majors —repitió, con desgana, casi con un atisbo de burla en la voz, la recepcionista.
Seymour salió de la mesa tras tirarse instintivamente de los faldones de su chaqueta y sacudir aquellas manchas hipotéticas de polvo que, por lo regular, nunca existían.
Adelantando el torso atlético para iniciar una distinguida inclinación al tiempo que tendía la diestra, dijo:
—Es un placer, señorita Majors.
—Gracias, señor Seymour —estrechó ella la mano que le tendían. Añadiendo—: Gracias por recibirme,
—Nada más agradable que recibirla, señorita Majors —señaló una silla que se hallaba detrás, o delante según se juzgara la posición, de la mesa por él ocupada—. Tenga la amabilidad de tomar asiento.
Belinda seguía en el dintel de la puerta, embobada. Observando al inspector jefe como una tonta, lo mismo que una colegiala enamorada. Mordiéndose los labios con el pensamiento, claro. ¡Qué remedio!
Seymour le dirigió una severa mirada.
—¿Algo más, señorita Chatel?
Cayó de otro universo. De otro mundo.
—¡Eh...! ¡Oh, no...! Es que... Esperaba por si usted deseaba...
—No, gracias —le contestó Kirk secamente—. Puede retirarse.
—Sí, sí, sí... En seguida, señor Seymour.
Se cerró la puerta y el hombre pasó a sentarse tras la mesa.
—Usted dirá en qué puedo servirla, señorita Majors.
Las verdosas pupilas, personales pupilas, profundas y enigmáticas pupilas de Sue Elen Majors recorrían con profunda y aprobadora admiración, sin recato y abiertamente, la figura de Seymour. Y se detuvieron en aquellos ojos de tonalidad azul-gris que también la escrutaban a ella sin demasiado protocolo.
—Soy la hermana de Craig Majors. El taxista...
—Lo suponía, sí.
—Tengo entendido, señor Seymour...
—Prescinda de las formalidades u llámeme Kirk a secas. Somos jóvenes y tanto los tratamientos como el «usted» se me antojan absurdos. La cordialidad no tiene por qué estar exenta del debido respeto.
—Gracias... —pillada por sorpresa, se colorearon con indiscreto y evidente rubor las mejillas de la bonita mujer—, ¿Va bien de tul —vio el cabezazo y la sonrisa aquiescentes del apuesto Seymour, prosiguiendo—: Tengo entendido que tú te ocupaste personalmente de las investigaciones pertinentes con relación al accidente que le costó la vida a mi hermano, ¿no es así?
—Sí. Se hace siempre. Normalmente suele ser un informe rutinario. Ya sabes lo que se dice por ahí que hacen las compañías de seguros antes de soltar un chelín, ¿no? Tampoco es eso, pero sí se hacen unas comprobaciones.
— En el caso concreto de Craig Majors las investigaciones arrojaron negativo, ¿no?
—Si negativo se entiende por un accidente casual, fortuito, de los muchos que a diario se producen... sí.
Una extraña sonrisa, o quizá una complicada mueca, contrajo los labios sutiles, tremendamente femeninos y brillantemente carmesíes de Sue Elen Majors. Y dijo después:
—No fue un accidente fortuito y casual, Kirk Seymour.
Enarcó las cejas, sorprendido. Más que eso, confuso.
—No entiendo...
—La muerte de mi hermano fue premeditada.
—Eso es... asesinato, Sue Elen.
—Llámalo como quieras.
—¿Qué evidencias tienes para lanzar una acusación tan grave, tan delicada?
—Sólo evidencias morales —repuso ella con resuelta personalidad, con apasionada vehemencia—, Pero a mí me bastan. Son tan inculpatorias como si hubiese estado presenciando la actitud de quién ponía en movimiento los mecanismos del criminal acto.
—¿Quién, muchacha...?
—Magali Lenan, mi cuñada, contrajo matrimonio hace un mes.
—¡Por Dios! —exclamó Seymour, alzando ambas manos al techo, pero queriendo con ellas, en realidad, llegar al cielo—. ¿Esa es la evidencia moral?
—Ya contaba con tu escepticismo, ya. Pero tengo otras evidencias...
—¡Ah...! —Ia exclamación que brotó de la garganta de Kirk Seymour, tuvo lagunas irónicas.
—El nuevo marido de Magali se llama Everett McKean. Psiquiatra. El que atendía a mi tío Edward Majors... que falleció de paro cardíaco hace una semana.
—Ni idea...
—Edward Majors había declarado heredero universal suyo a mi hermano Craig. Y pese a enterarse de la muerte de él, no quiso redactar otro testamento ni modificar el actual con cláusula alguna. Como a su vez mi hermano había dejado como única y legítima heredera a su mujer Magali Lenan...
—El psiquiatra se cargó primero a tu hermano, se casó después con la viuda y pasa ahora a compartir, y hasta puede que administrar, la herencia de su ex paciente Edward Majors. The end.
—No es ninguna película, Kirk. Esperaba escepticismo pero no burla.
—No me burlo, Sue Elen. Pero estarás conmigo en que suena a película y de ciencia ficción.
—Puede. Pero yo te juro que es real.
La miró.
Empezando a dudar. Empezando a considerar la posibilidad de si debía o no dar un margen de confianza a tan insólita historia.
Ella, Sue Elen Majors, parecía total y absolutamente convencida de que las cosas habían sucedido tal y como ella las explicaba.
Kirk, de lo que sí estaba ya total y absolutamente convencido, era de que Sue Elen brillaba con luz propia, lucía preciosa, como la más encendida y rutilante de las estrellas, porque era preciosa.
Y que fuera preciosa tenía directa influencia a la hora de que el hombre valorase la posibilidad de pensar hasta qué punto era creíble la historia.
No tan creíble como bonita era ella, desde luego.
Porque además de unas pupilas que desde luego sólo se veían en el cine y muy de tarde en tarde y además también de unos labios inventados para besar... sus facciones en general reunían una picara perfección, una personalidad y una serie de matices flexibles poco comunes, nada corrientes. Su cuerpo, con recortes cincelados, con maestría de escultor, ofrecía unos relieves que iban desde la sugerencia hasta lo más desbocado que podía aceptar una destacada imaginación.
Era evidente así por encima, a sus ojos vista desde luego, que Kirk Seymour tenía desbordado algo más que la imaginación.
—Te veo muy segura —dijo a! fin, por decir algo y porque algo tenía que contestarle y porque ella, que era muy bonita y atractiva, estaba esperando que él respondiese algo. Añadió—: ¿Por qué no desayunamos juntos y ordenas esas ideas, o esas realidades, de una manera cronológica?
—¿Con la certeza de que luego harás algo más que el sólo y simple hecho de haberme escuchado y de haber desayunado con una chica... bonita?
—E inteligente. Porque es una virtud que destaca más que tu belleza y menos común a las mujeres que la hermosura física. ¿Entiendo que has dicho que sí... que desayunamos juntos?
—Has entendido bien.
Cuando Kirk Seymour al pasar cerca de recepción volvió la cabeza hacia Belinda Chatel para decirle que salía, que estaría fuera algo más de una hora aproximadamente... y ella intuyó, porque las hembras son así de lógicas e intuitivas, que iba a desayunar con la otra, sintió la misma sensación de alegría que si le rascaran el vientre con cuchillo y tenedor.
Pensó, también con muchísima lógica, que la vida era así de injusta. De cruel, por supuesto. Una se pasaba tiempo y tiempo admirando a un ejemplar como Kirk Seymour y de repente, con sus manilas limpias y vacías, llegaba una forastera y ¡zas!
Mientras Belinda Chatel llegaba a esas conclusiones tras las previas conjeturas, Sue Elen y Kirk habían llegado a una moderna cafetería ubicada en el 712 de Saint George’s Road, cercana al punto donde se alzaban las oficinas de la London General Insurance, y tras ocupar una mesita funcional y rústica a la vez de dispar mescolanza bien conseguida, le habían pedido el desayuno al camarero que puntualmente acudía a recibirles.
La vida, lo que decía... o pensaba Belinda. Aunque para Sue Elen y con relación a Kirk, parecía ser más justa y por supuesto mucho más generosa.
Seymour, la escuchó, sin interrumpirla ni una sola vez. Quizá porque hablando la encontraba más personal y terriblemente más bonita.
—¿Por qué has acudido a mí, Sue Elen?
—Por varias razones, Kirk. Yo no soy la chica protagonista de la novela para la cual, el autor, se saca de la manga una cuenta corriente con la que satisfacer posteriormente los honorarios de un famosísimo y competente detective privado que, al final y como se enamora locamente de ella, no le cobra.
—Yo puedo enamorarme de ti. Sería... ¡sería de lo más sencillo del mundo!
—Gracias... —le sonrió la hermosa hembra—. Gracias tanto si es cumplido como verdad... Y luego, Kirk, porque he pensado que si conseguimos demostrar que lo de mi hermano fue el producto de una confabulación criminal, además de obtener el castigo para los asesinos, tu compañía se ahorrará una respetable cantidad de dinero.. El seguro de vida de mi hermano del que es beneficiaria Magali así como la póliza a todo riesgo del taxi cuyas derramas también cobraría ella.
—No sé... —musitó Kirk.
—Mi cuñada es una zorra, ¡te lo juro!
—¿Por qué se ha casado con otro a los tres meses de la muerte.de Craig?
—No por eso solamente. ¡Porque es una zorra! No tengo argumentos explícitos porque eso son cosas que sólo entendemos e intuimos las mujeres. Cosas que están en el aire, que se detectan la primera vez que se conoce a una persona. ¡Pero Kirk...!
Casi le sobresaltó.
—¿Qué ocurre ahora, Sue Elen?
—¿Es que acaso puede dar crédito a tantas casualidades concatenadas? Mi hermano se estrella con su taxi, Magali se casa a los tres meses con el psiquiatra que atiende a Edward Majors, tío de Craig y mío. que ha nombrado heredero a su sobrino y que no ha modificado para nada ese testamento aún siendo consciente de la muerte de aquél... ¿Alguien mejor y más cerca de Edward para manipular su mente que Everett McKean? ¿Alguien más idóneo para provocar un paro cardíaco? ¿Y qué mejor medio para acudir a la herencia de Edward Majors, que calculo por arriba del millón doscientas mil libras esterlinas, que casarse con la zorra de Magali? ¡Y a vivir que son cuatro días!
—No descarto que, oído varias veces, lo tuyo suena verosímil. Pero tú tampoco puedes descartar que sin la menor evidencia física, sin una sola prueba tangible, es tarea difícil llegar a demostrar...
—¿No te crees capacitado para hacerlo, con mi ayuda?
—Bueno... —le ofreció a la chica una cálida sonrisa—, contigo al lado sería capaz de entrar a saco en el infierno y meter a Satán en sus propias calderas. ¿Para qué voy a engañarme?
—Tú también me caes muy bien, Kirk.
—¿Hablas en serio?
Sue Elen, sonriente, alzó la mano diestra lo mismo que si se encontrase frente a un tribunal, delante de un juez y ante la presencia de un jurado:
—Juro solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Kirk Seymour, a quien acabo de conocer hace algo más de media hora, es un tipo simpático, agradable y guapo, lo confieso sin rubor, y me cae bien. Lo que acabo de decir puede que con el tiempo sea empleado por el propio señor Seymour en mi contra.
Kirk, ahora, la miraba embelesado. Con un entusiasmo que desbordaba la expresividad de sus ojos azul-gris.
—Eres una maravilla, Sue Elen.
—¿Por qué digo las cosas tal como las siento y las pienso?
—Porque eres una maravilla...
—A la cual, todavía no has dado una respuesta.
—Hoy... —seguía hechizado por los encantos, la luminosidad, los chispazos agresivos, la espontaneidad y su personal manera de producirse, por todo lo que emanaba y se desprendía de la piel, imaginaba que suave y tersa, de aquella preciosidad. Saliendo del éxtasis en que le sumía la contemplación de aquel obsequio singular de la naturaleza, consiguió seguir—: Hoy tengo varios asuntos, pendientes que solucionar, y no puedo posponer ninguno. Pero mañana, en vez de desayunar, almorzaremos juntos. Estudiamos con detenimiento tus convicciones y estructuramos las líneas maestras de nuestra actuación al respecto. ¿Te parece bien, Sue Elen?
—Me parece perfecto, Kirk. Gracias.
—A ti, por haber venido. Y a Dios y al destino que te han puesto en mi órbita...
—¿Me tomas por una nave Soyuz o algo parecido al Columbia?
—Verás... de estar, lo que se dice estar, ¡estás como un satélite!
—Pero no soy artificial, ¿sabes?
—Eso me está pareciendo, sí... No eres artificial, no...