CAPITULO VII

 

—Se está preparando para actuar, señor —le contestó uno de los que «cortaban» el bacalao en el Pimpernel.

—¿Y su amiguito Leslie?

—Debe estar con Myrna en su camerino.

—¿Y dónde está el camerino de Myrna, mi querido informador?

—Oiga, señor..., comprenda que no...

—No me he distinguido nunca por ser un tipo comprensivo. ni muy estimado colaborador. Usted se ha metido dos libras en su bolsillo procedentes del mío y ello, está fuera de toda duda, me autoriza a saber dónde se encuentra el camerino de marras.

El otro suspiró nervioso.

—Bien, sí... ¡Pero no diga que yo le he informado!, ¿eh?

—Nunca digo más de lo que debo decir.

—¿Ve aquella escalerilla de caracol que hay al final de la barra? Por ella alcanzará el altillo. Hay un corredor. Es la puerta dos de la izquierda.

—Gracias, buen samaritano.

Y siguió al pie de la letra las indicaciones del buen samaritano, pasando al linde de un vetusto escenario donde una cuarentona se estaba despelotando ante el babeo de la concurrencia, con más procacidad que arte.

Escalerilla arriba que te crió, pasadizo por el que caminas y puerta dos de la oposición gubernamental —léase izquierda— con la que te das casi de bruces.

La abrió, violentamente.

De par en par.

—¡Ooooh!

Y tras el gritito corrió por una bata que colgaba del biombo para taparse las vergüenzas que exhibía al abrirse inesperadamente la hoja de madera.

—¡Pero...! ¿Qué diablos se ha creído usted? ¿Quién supone que es, qué derecho...? ¡Se lo voy a explicar de otra manera, hombre!

Así se manifestó el menda que sentado cómodamente en un «puf» de skai contemplaba con libidinoso embeleso el strip-tease detallista y excitante, que sólo para él efectuaba Myrna Cárter.

Y avanzaba hacia Kirk Seymour.

—No seas zoquete, Leslie. Si extiendes una mano te la voy a quebrar, con brazo y todo, para los restos.

—¡Ah...! Encima chulerías, ¿eh?

Se abalanzó tratando de darle con el puño en la cara.

Pero la cara de Seymour no se hallaba donde Burton había calculado en función de la más elemental de las lógicas. Lo que sí estaba era la rodilla derecha del desconocido que, con fuerza inaudita, se incrustó en mitad de la jeta del albañil, hoy delincuente, produciéndole un impacto tan estremecedor que millones de lucecitas brillaron, bailaron grotescas, delante de unos ojos que se habían cerrado, instintivos, ante el violento trallazo.

—¡Le va a matar...! —chilló la grosera Myrna, cayéndose la bata al alzar las manos—. ¡Déjelo!

— En seguida, preciosa...

Pero antes lo cazó con un gancho de zurda que llevó a Leslie por los aires, estrellándolo contra el biombo, enredándolo en su caída, clavándosele en los riñones, trompicando hombre y utensilio contra la banqueta del tocador, rebotando en Myrna y acabando lodos, ridículamente, en tierra.

—¿Sigo... o dialogamos?

Leslie Burton, hecho un dolorido ovillo de carne, apartó a puntapiés biombo y banqueta. Y casi a Myrna también.

—¡Me vas a hacer daño... idiota!

—¡Cierra el pico, pendón!

—Las discusiones familiares guárdenlas para luego, ¿eh? —intervino Kirk.

Leslie, aviesamente pero asustado, miró al desconocido que había penetrado en el camerino como un vendaval.

—¿Que... qué quiere de nosotros?

—De ti para ser concretos, buena pieza. Quiero hablar contigo de... cementerios.

Leslie Burton, al instante, se quedó lívido. Pálido como un muerto. Más pálido, casi, que cualquier muerto de cualquier cementerio.

Aquel tipo había dicho... CEMENTERIOS.

—No..., ¡no comprendo!

—Me explicaré y en seguida entenderás —sonrió, burlón y agresivo, peligrosamente agresivo, el en otros círculos considerado todo un gentleman. El flemático y apuesto inspector-jefe de la London General Insurance por quien Belinda Chatel y alguna otra, quizá ahora también Sue Elen Majors, bebían los vientos. Puntualizando con remarcado énfasis—: Losas que desaparecen, losas que aparecen..., muertos que salen de las tumbas, muertos que vuelven a las tumbas..., resucitados que acuchillan sepultureros... ¿A que se me entiende todo, Leslie?

Sudaba. Lo mismo que si estuviera realizando un agotador trabajo.

—¡Le juro... —no había la menor convicción en su inicio de juramento, no existía seguridad ni aplomo en la mentira iniciada—, le juro que no sé lo que quiere...!

Kirk Seymour, lo mismo que si tuviera alas, se plantó frente a Burton.

Y le pegó una patada en la cara que estuvo en un tris de arrancársela de cuajo del cuello.

Le dio media vuelta, eso sí.

Y cuando volvía al frente, lo hizo salpicando de sangre todo lo que halló en el medio giro de regreso.

—¡Oh..., qué asco! —exclamó Myrna, cuyos pechos resultaron rociados con la viscosa pringue escarlata—. ¡Qué horror! ¡Aaaags!

—Te voy a patear, Leslie Burton... —siguió Seymour, aparentemente tranquilo, implacable, sin impresionarle lo más mínimo la máscara de sangre y babas en que se había metamorfoseado el rostro del otro. Añadiendo—: Te voy a patear, a masacrar metódica, matemática, brutal y despiadadamente, Leslie Burton, si no me cuentas con pelos y señales lo que hiciste ayer por la noche en el Kensal Green Cemetery. Como en los concursos de la tele, tienes treinta segundos de tiempo para empezar... y todo el tiempo del mundo para explicarte.

—¡Suelta la lengua, idiota! —le estimuló ella «cariñosamente»—. ¡Díselo! ¿O prefieres que ese bruto te despedace? Yo... ¡me buscaré otro al fin y al cabo! —Ia chica era todo un poema consolador y le daba una moral al sangrante que ya la tenía por los suelos, que era como para pegarse veinte tiros—. ¡Tú eres el que va a perder!

—¡Calla ya, furcia de mierda! Como vuelvas a pronunciar...

—Veinticuatro segundos, veinticinco...

—¡Vale, vale..., vale! ¡No me pegue más!

—Eres un tío de lo más razonable que he conocido, Leslie. ¿Decías que fuiste al cementerio y...?

—Recibí por la mañana una misteriosa llamada al Café de las Artes y Oficios —se disparó, lengua por delante, el delincuente de tres al cuarto—. ¡Así empezó todo!

—Me tienes en ascuas. ¿Qué te dijeron por teléfono, aprendiz de canalla?

—Primero... me ofrecieron mil libras por un trabajo. Mil libras... son muchas libras para dejarlas pasar así como así. Pregunté de qué se trataba y me contestaron que tenía que estar a las nueve en punto de la noche en el cementerio de North Kensington con todo el material necesario para alzar una losa de manera impecable, sin dejar huella, sustituyéndola por otra igual de cartón piedra. Objeté que eso era un delito muy grave y...

Dudaba.

—Y... ¿qué?

—Subieron la cantidad a mil quinientas.

—Con lo que tus escrúpulos se volatilizaron, ¿verdad?

Afirmó con la chorreante cara, cuya sangre contenía con la bata de Myrna. Ella tras alzarse, había comenzado a vestirse para su pase de strip-tease. Prosiguiendo el albañil:

—Le dije, eso sí, que un trabajo así no podía realizarlo solo. Que necesitaba un par de ayudantes. El comunicante me contestó que ése era problema mío... pero que me sirviera de peones que supiesen mantener la boca bien cerrada si no queríamos todos ir a parar, como «inquilinos», al cementerio. Contesté que por esa parte no había problema. Me llevé a Prost y Walker...

—Yo tengo que actuar dentro de tres minutos —interrumpió Myrna, solicitando con la mirada, inteligentemente, la aprobación de Seymour para salir del camerino.

—Lárgate, prenda. Pero como alguien venga a interrumpirnos... te aseguro que aunque éste se muera no podrás buscarte otro. No con la cara que yo voy a ponerte, ¿eh?

Asintió, saliendo rápida.

—¿Qué pasó en el Kensal Green Cemetery? —inquirió Kirk cuando la tía se hubo largado.

Leslie, limpia de sangre que te limpiarás, tragó saliva.

—¡Eso no se ve ni en las películas de terror!

—Al grano, Burton.

—Nos encontramos con un tipo vestido de negro rigurosamente y encapuchado hasta la mitad del torso, que dijo ser la persona que me había telefoneado. Con él entramos en el cementerio y nos llevó a la tumba de un tal... Majors, Craig Majors creo. Hicimos nuestro trabajo: sacar limpiamente la losa. El enmascarado nos dijo entonces dónde estaba la de cartón piedra que debía sustituir la de granito. Fuimos por ella y al regreso la encajamos sobre la sepultura. El de la capucha nos dijo que saliéramos por el mismo acceso empleado para entrar y que regresáramos a la una en punto. Así lo hicimos... ¡le juro que yo no contaba con aquello!

—¿Qué era... aquello?

—El viejo. Lo habían acuchillado brutalmente y estaba tirado en la grava junto al tronco de un ciprés. Un espectáculo nauseabundo, ¡se lo juro! El de la máscara pareció leer el pensamiento puesto que me significó que éramos cómplices y por tanto reos de delito con igual cuantía inculpatoria y condenatoria. Yo sabía perfectamente que estaba en lo cierto comprendiendo que no tenía más opción que seguir adelante.

—Y entonces colocasteis la losa genuina, ¿no?

—Sí. Eso hicimos.

—Empleando medios sintéticos de secado y un cemento especial, ¿verdad?

Cabeceó contundente. Prosiguiendo Kirk:

—Bien, Leslie, bien. Así que profanador de tumbas, ¿eh? Eso representa bastantes años de talego, ¿Io sabes? —le vio asentir nuevamente y dijo—: Yo, ahora, podría llevarte de la mano a Scotland Yard, dándole opción a esa golfa a que te pusiera los cuernos por los siglos de los siglos... Pero no me parece justo impedir que sigas revoleándote con ella.

Brillaron los ojos de Burton y hasta se olvidó de seguir limpiándose la sangre.

—¿De veras que no me va a denunciar? ¿Habla..., habla usted en serio?

—No lo sabes bien, pequeño. Pero mi silencio, claro, pide un pequeño favor.

Leslie se animó notable y notoriamente.

—¿Cuál...?

—Que esta noche... vuelvas a levantar la losa de marras.

Se quedó lo mismo que si Seymour le hubiese propinado otra demoledora patada en mitad de su jeta destrozada y sanguinolenta.

Tardó treinta largos segundos en articular:

—¿Cóm...o, cómo ha... dicho?

—Tal como lo has oído, basura. Que esta noche, tú, Prost y Walker, trabajéis gratuitamente para mí. Bueno, a cambio de mi mutismo como te he dicho, desde luego. Sacáis la losa, luego el ataúd, yo miro lo que hay dentro, lo devolvemos al fondo de la sepultura y se coloca de nuevo la losa sin dejar huellas, con ese sistema tan profesional vuestro, ¿eh? Así de sencillo. Y luego podrás disfrutar a tope de las marranadas que haces con Myrna y de las mil y pico de libras esterlinas. ¿Qué te parece, Leslie Burton?

—Lo mismo que el encapuchado, no me deja usted opción.

—Pues ahora, maestro albañil, te vendrás conmigo e iremos por Prost y Walker. Te diré la verdad: no me fío de dejarte solito, ¿sabes? Podrían acometerte tentaciones de desaparecer. ¡Arriba y andando, muchachote!

—¿Quiere que vaya por la calle con esta cara...?

—Ya nos meteremos en una farmacia de personal discreto para que te la arreglen un poco. ¡En marcha, Burton!