CAPITULO VII
Eran las diez de la noche y algo más.
Desde donde estaba el grupo de personas se divisaba perfectamente una de las entradas del Kensal Green Cemetery.
Mónica Bogarde estaba muy alterada, nerviosa.
Todos lo estaban sin lugar a dudas. Pero la mujer más que nadie. O no lo sabía disimular y los demás sí.
—Mónica... —trató de animarla Seymour—, no sé si exactamente es un bien o un mal lo que voy a hacerte. Pero se trata de que nos ayudes y de ayudarte a que termine tu incertidumbre.
—Lo siento, señor Seymour. Tengo mucho miedo, ¿para qué voy a engañarles? Pero estoy dispuesta a sufrirlo. Prefiero la realidad, un millón de veces, por dura y cruel que sea... a la duda horrible que lleva cinco largos meses consumiéndome.
—¡Animo, chica! —exclamó la bellísima Sue Elen. Añadiendo—: Esperemos que todo sea para bien. Aunque en ese lugar... —ladeó la cabeza hacia el cementerio—, no sé qué podremos hallar que sea de bien.
—En tu afán de arreglar las cosas —la reconvino Kirk—, no haces más que estropearlas. Por qué no mantienes la boca cerrada, ¿eh, bonita?
—Huuuuum...
—¡Oiga, jefe! —exclamó Prost, el que iba en el asunto de peón de albañil—. Usted sabe lo que nos jugamos si nos pescan, ¿no?
Kirk, con mala leche, le atrapó por la solapa de una ajustada cazadora de pana que cubría el esquelético cuerpo del menda. Y zarandeándole, dijo:
—¡Eso tenias que haberlo pensado ayer, cerdo! O es que cuando se hace gratis se corre más riesgo, ¿eh?
—¡Bueno, bueno...! —intervino Walker—. Tranquilo, hombre. Nosotros vamos a cumplir nuestra parte en el trato y esperamos que usted cumpla la suya.
—Leslie ya os habrá dicho que soy un tipo de palabra. Y ahora, basta de palabrería. ¡Andando!
Se dirigieron a la entrada del cementerio que desde allí avistaban. Kirk, con una habilidad que nadie hubiera podido sospechar, ni imaginar, en un inspector de seguros, forzó rápidamente la medio herrumbrosa cerradura.
—¡Entrar por aquí me impresiona, coño! —exclamó, haciendo un gesto elocuente el llamado Walker.
—¿Es que acaso ayer entramos con helicóptero? —se burló Leslie Burton.
—¡Silencio! —recomendó Kirk.
Las dos mujeres iban muy cerca de él fuertemente estrechadas la una a la otra.
—Pero no es lo mismo un cementerio en sombras que los carnavales de Río —insistió Walker. Matizando—: ¡Se entre como se entre!
—¿Quieren callarse de una puñetera vez? —Kirk se plantó, amenazadoramente agresivo frente al persistente Walker—. La próxima vez que le oiga hablar le desencuaderno las orejas a puñetazos, ¿está claro?
Walker tragó saliva y asintió con la cabeza.
Seymour pasó de nuevo a encabezar la insólita' comitiva, encendiendo la potente linterna de piloto rojo intermitente que empuñaba con la diestra.
Avanzaron, escuchando el siniestro crujido de la grava bajo sus pisadas.
En absoluto silencio ahora.
El sendero, unos quince metros por arriba, describía una amplia curva internándose ya en la necrópolis. En mitad de la curva se erguía un imponente monolito rematado por una cruz tosca salpicada de herrumbre. Kirk proyectó contra él los chispazos luminosos y todos pudieron leer, con vivos y manifiestos estremecimientos:
EN LA AURORA Y MEDIODÍA DE LA CORTA PEREGRINACION SOBRE LA TIERRA, CUANDO ' EL MUNDO SE MUESTRA SEMBRADO DE FLORES Y CARICIAS, DE FANTASIAS Y ESPERANZAS VANAS, DE TARDE EN TARDE Y SIEMPRE A LA LIGERA, SUELE VISITARSE EL LUGAR PAVOROSO DONDE LOS QUE AYER VIVIAN... DUERMEN HOY EN EL PROFUNDO SUEÑO DE LA MUERTE.
—¡Joder! —no pudo contenerse Prost, ahora—. ¡Qué edificante! Ayer no pasamos por aquí, desde luego.
Kirk ladeó la testa y el peón de albañil cerró el pico al punto.
Siguieron avanzando.
—¡Ahí a la derecha! —exclamó Leslie Burton—. En el pasillo C. señor Seymour.
—Ya lo sé...
Las chicas se apretaban, apiñaban cada vez más, batidas por un miedo secular, el que producía el sólo nombre de camposanto, una contra la otra.
Rodearon el filosófico pedrusco. Seymour se dirigió hacia el camino indicado por Leslie y que él ya conocía, puesto que previamente y con luz del sol todavía se preocupó, por la tarde, de efectuar un breve recorrido por el Kensal Green Cemetery.
Ululó el viento por entre las copas de los agudos y estáticos cipreses, lo cual puso una nota de in crescendo en el temor de las muchachas. Y de los hombres también, que todo hay que decirlo. El silbido tuvo la cadencia inquietante de una melodía macabra.
Y para completar la pincelada espectral y como si obedeciera a una misteriosa llamada de ultratumba, apareció la luna en el centro del firmamento moteado de brillantes puntitos luminosos, y sólo durante fugaces instantes pareció quedar inmóvil, suspendida, encima de la ciudad de los muertos.
Bajo la hiriente luz de sus destellos, el panorama que ofrecía el camposanto era sencillamente horrible.
Lujosos mausoleos, sepulturas modestas, atavíos luctuosos ornamentando artísticos panteones, pulidas losas de blanco mármol, otras de sencillas piedras...
La expresividad de la muerte también se cimentaba en la proyección social y económica que se hubiese tenido en vida.
Absurdo, pero cierto.
Kirk Seymour se detuvo, echando el cono luminoso sobre la losa de granito.
—¡Leslie...!
—Sí, sí. señor. Empezamos ahora mismo. ¡Venga, chicos!
—Cuanto antes acabemos mucho, mejor —anunció Prost, echando al suelo la gaveta que contenía parte de las herramientas.
Walker hizo lo propio.
Leslie Burton, sirviéndose de la luz proyectada por Seymour se acercó , a la sepultura. Tocando las juntas de los vértices inferiores con la yema de los dedos, anunció:
—Los cantos son los más delicados. Procederemos como lo hicimos...
¡BANG!
El impacto atronó el silencio que envolvía la necrópolis.
El proyectil barrenó la nuca de Leslie Burton dejando sin voz su garganta, sin aliento sus labios, sin aire sus pulmones... doblándolo trágicamente encima de la tumba que, por segunda vez, se disponía a profanar.
—¡Maldita sea! —bramó Kirk, tirándose en plancha encima de las aterradas muchachas—. ¡Al suelo!
—¡Estamos perdidos! —se desesperó Walker—. ¡Es una emboscada!
Cometiendo a renglón seguido el grave error de echar a correr por entre mausoleos y tumbas, entre panteones y criptas, ofreciendo un blanco zigzagueante, pero blanco al fin y a la postre.
¡BANG! ¡BANG!
Walker fue cazado como un conejo.
El primer proyectil le entró por la izquierda de la garganta, justo bajo la oreja, desplazándolo violentamente contra una sepultura, el borde de cuya losa le aumentó el mortal trastabilleó. El plomo número dos le barrió prácticamente la cabeza empujándole con tal violencia hacia adelante, que el peón de albañil transcrito al mundo de la delincuencia, tras un espectacular giro cayó encima de la cruz de hierro que atravesó su pecho con horribles desgarros salpicando de rojizos borbotones viscosos el horror de la noche.
—¡Ooooooh! —chilló Sue Elen, tapándose los ojos.
—¡Me voy a volver loca! —gritó a su vez Mónica.
Kirk las había empujado hacia detrás de un grueso arbusto cuyo tronco les servía de protección.
—Si no mantenéis la calma, estamos perdidos —dijo él, sereno. Añadiendo—: Están disparando desde allí... —extendió el índice de la diestra al frente y a la derecha—, desde aquella rotonda formada por panteones convergentes que se abren en abanico. Sue Elen...
—¿Sí?
—Vas a ser todo lo valiente que las circunstancias nos exigen, ¿verdad? —y besó, suavemente, los sedosos cabellos de la hembra.
—Sí, sí... Kirk. Haré lo que tú digas.
—Toma... —Seymour había sacado de su bolsillo interior un negro y pavonado artefacto.
Sue Elen tendió la mano y al contacto de aquello, exclamó:
—¡Es una pistola!
—Exacto. Un revólver marca Cok, para ser más exactos, del calibre 38. Y tú, pequeña, empezarás a darle al gatillo, cuando hayas contado diez desde el momento en que yo empiece a rodear la posición del que nos quiere integrar en el censo de esta casa. ¿Está claro?
—¡No tengo puntería! ¡No he disparado nunca en mi vida!
—¡Yo sí...! —exclamó, resuelta, Mónica Bogarde—. Trae.. —Y casi le arrebató el arma de la mano. Inquiriendo—: Sólo debo disparar para distraer su atención, ¿verdad, señor Seymour?
—Exacto, Mónica. ¡Bravo! Y ahora, desde el instante en que yo me aleje, contar diez. Luego, ve disparando metódicamente hasta agotar el tambor.
—De acuerdo...
—¡Ahora! —y se alejó, reptando sobre la grava, el sorprendente inspector jefe de la London General Insurance.
—Uno... —comenzó a contar Sue Elen—, dos..., tres...
Seymour avanzaba, como en los buenos tiempos del ejército, hacia el enemigo. Pero un enemigo real esta vez. Peligroso. No el componente de un supuesto táctico como entonces. Ahora se trataba de un enemigo dispuesto a matar... al que había que matar.
— ...¡diez! —gritó Sue Elen—, ¡Ahora, Mónica!
Y estalló el primer disparo.
Y fracciones de segundo después, el otro.
¡BANG!
Quién les había agredido, replicó a la inesperada respuesta que en forma de plomo silbaba muy cerca de él.
¡BANG!
Mónica apretó el gatillo por tercera vez.
¡BANG!
Mientras Seymour ya culminaba, casi, su maniobra envolvente.
Vio el bulto en la oscuridad amparándose tras la silueta de un ciprés.
Tal como se lo dijera Leslie Burton.
Completamente vestido de negro y cubierta la cabeza con un largo y amplísimo capuchón.
¡BANG!
Kirk calculó, tras izarse sobre la losa de una tumba marmórea, Ía distancia que le separaba de su enemigo.
Luego, como en busca del agua de una piscina, salió por los aires con ambos brazos extendidos.
¡BANG!
El fulano, como si tuviera ojos al reverso de la capucha o un misterioso sexto sentido, se revolvió cuando sólo le quedaban a Seymour fracciones de segundo de planeo.
—¡Maldito...! —rugió el enmascarado al tiempo que se ladeaba, enfilando el cañón de su pistola hacia la testa de Seymour.
Kirk no pudo atraparle como tenía previsto, pero sí su mano derecha golpeó con fuerza sobre la muñeca armada obligando al encapuchado a soltar el arma que, con macabro y apagado «ploc», cayó en tierra.
—¡Hijo de perra! ¡Te voy a destrozar!
—Se acabó tu macabra escenografía, fantasmón...
Esas palabras las cruzaban mientras ambos rodaban por encima de la gravilla que cubría el piso del cementerio, terriblemente abrazados, tratando de cambiarse golpes brutales y nada ortodoxos.
¡BANG!
En la vorágine de giros y vueltas que daban con velocidad ambos contendientes, Kirk tuvo la desgracia de que su nuca contactara con una piedra demasiado saliente, sumiéndose en una momentánea inconsciencia.
El enmascarado se alzó veloz.
¡BANG!
Estalló el último disparo efectuado por Mónica.
Pero el agresor ignoraba ese detalle y más bien supuso que a aquél, seguirían nuevos balazos. Eso le hizo desistir de la idea inicial de machacar a Seymour y rápidamente, sin entretenerse tampoco en buscar el arma que había perdido en la embestida del otro, agachándose precautorio, zigzagueó entre tumbas, losas y cruces, alejándose hacia la más inmediata salida del camposanto.
Tras unos instantes de silencio una angustiada voz femenina, gritó:
—¡Kirk...! ¡Kirk! ¿Qué ocurre?
Y otro registro de mujer, preguntó:
—¿Está bien, señor Seymour?
Prost, que hasta aquel instante había permanecido con la jeta aplastada contra la grava, se alzó poco a poco, prudentemente, y tuvo el rasgo de reptar hacia el punto donde suponía se encontraba Kirk.
Lo halló.
—¡Eh, señoras! ¡Vengan! ¡Está aquí...!
Sue Elen y Mónica corrieron hacia el sitio desde donde Prost las llamaba. Cuando llegaron a su altura, Seymour comenzaba a dar señales de vida.
—¡Maldit...! Se ha escapado, ¿verdad?
—Eso me temo... —susurró Sue Elen, inclinándose para besarle la frente.
—¡Y ahora tenemos que largarnos nosotros, señor Seymour! —exclamó Prost—, Los disparos habrán alarmado a los empleados que viven aquí y también a la gente de la vecindad... ¡En menos que canta un gallo tenemos a la bofia aquí!
—Es cierto..., sí —admitió Kirk, torpe todavía—. Debemos largarnos del cementerio inmediatamente. Lo siento por ti más que por nadie, Mónica. Pero las circunstancias mandan, ya lo ves.
—Tranquilo, Kirk —sonrió la valiente mujer—. Las cosas no siempre salen como pretendemos. Tu intención —le tuteó por vez primera—, valía la pena que corriéramos el riesgo. Buscabas soluciones para ti y para mí, pero no ha podido ser...
Prost, echando ambas manos al cielo tachonado de estrellas, de fragmentos de luminosa luna y del hechizo macabro que hasta las alturas trasladaba la influencia siniestra de la necrópolis, se desesperó:
—¡Pero... coño, paren ya de «cascar»! Es que no se enteran... o piensan que pasemos aquí la noche en plan de cháchara, ¿eh? ¡Nos van a meter entre rejas de por vida! ¡Y ustedes dale que dale al «boquino»! ¡Sin enterarse... leche! ¡Si tendrá pelendengues la cosa!
—Prost está en lo cierto, chicas. ¡Venga..., echadme una mano! Y tú, mafioso de baratillo, ¡tranquilo! Tengo el coche cerca de aquí...
—¡Mientras no sea el celular de la poli!
Instantes después con un Seymour totalmente recuperado, abandonaban el Kensal Green Cemetery en North Kensington.
El saldo de la nocturna, siniestra y espectral aventura, en la ciudad de los difuntos, no había sido positivo.
Todo había estado a punto de suceder, todo habría quedado resuelto, seguramente, si Seymour se hubiese hecho con el misterioso personaje de la capucha. Porque Kirk estaba seguro de que la respuesta a todas las terroríficas incógnitas las tenía aquel hombre... o mujer, que se tapaba la cara con el largo y amplio capuchón.
Se acomodaron en el interior del vehículo, se apretujaron dentro, justo en el instante que se dejaban oír, cerca ya, las sirenas policiales.
—¡Lo que yo decía! —se expansionó Prost, largando a continuación un profundo suspiro de tranquilidad.
Seymour, en silencio, meditativo y pasando balance mental a todo lo sucedido hasta entonces, puso el Ford-Fiesta en marcha.