CAPITULO VI
El modus operandi de los inspectores de seguros a la hora de poner en marcha una investigación es, en la mayoría de ocasiones, idéntico al que emplean los detectives privados.
Por la sencilla y elemental razón de que la causa que genera tal efecto es la misma que lleva a un prívate eye, muchas veces, a iniciar unas pesquisas: asesinato. O supuesto asesinato.
Al detective, indiferente pero profesional frente a la cuestión, le paga un cliente para que averigüe quién y por qué cometió el crimen.
Al inspector de seguros la cosa le llega más de cerca porque su misión consiste en evitarle, posiblemente, un notable compromiso a la compañía que cada mes, de manera religiosa, le satisface los honorarios estipulados en su nómina.
Pero la razón que a ambos les motiva, prácticamente igual.
Y el modus operandi, como decíamos más arriba, idéntico.
Kirk Seymour tenía experiencia en el terreno de la investigación. No era la ocasión número uno aquélla, no. Kirk había llevado a buen puerto operaciones más complicadas incluso, pero menos siniestras desde luego.
Exentas de la morbosa teatralidad que rodeaba el asunto Craig Majors.
Kirk, mientras consumía tranquila y pausadamente una taza de humeante crema de café, repasaba con su característica agilidad mental los acontecimientos.
Había empezado escuchando la historia de Sue Elen, sus fantasías, porque la chica le cayera muy bien, demasiado bien, peligrosamente bien... con sólo mirarla una vez.
Pero no había dado el menor crédito a su desbordada imaginación. Incluso pensó, el día anterior, en una rebeldía humana, puede incluso que visceral, por parte de ella frente al hecho de una herencia millonaria que escapaba de sus manos.
Tras lo sucedido la noche pasada en el Kensal Green Cemetery, el vuelco era espectacular. Y Kirk había considerado, muy seriamente ya, los argumentos de Sue Elen. Aunque desde una óptica más fría y razonada, menos unilateral de la albergada por la chica.
Craig Majors, según las declaraciones de una anciana mugrienta a la que se estimaba fuertemente agitada por extrañas emociones y por haber ingerido excesiva cantidad de alcohol, era reo convicto de haber surgido de las tinieblas de la sepultura y acuchillado a su marido.
La tumba en cuestión, tras ser minuciosamente repasada, no ofrecía la menor señal de violación.
Ahí empezaba la incógnita y ahí, desde luego, iban a principiar las investigaciones de Kirk Seymour. Investigaciones a las que iba a prestas una agilidad mental, y física si llegaba la ocasión, que hubieran envidiado muchos detectives privados.
Se acercó a la barra del snack, con las ideas muy claras y definidas, solicitando del barman la guía de teléfonos alfabético-profesional.
Fue consultándola sin prisas al tiempo que en una servilleta de papel tomaba notas.
Después abonó el café saliendo del establecimiento.
A bordo de su Ford-Fiesta metalizado en gris, se traslado a una de las señas que anotara en la servilleta. Las primeras, para seguir un orden geográfico, de hacerse necesario, a través de la capital neblinosa del Reino Unido.
Pero la suerte iba a estar con él, al menos de entrada.
Estacionó el vehículo frente al número 129 de Albany Street.
Un taller de albañilería.
Cuya razón social era: Shepard Hermanos. Albañiles.
Le atendió el mayor de los tres que componían la firma, Clint Shepard.
Un tipo de mediana estatura, calvo, rechoncho, barrigudo, pero con expresión amigable.
—Soy inspector de seguros...
—jHuy! Pierde el tiempo, amigo. Tenemos en orden esas cuestiones.
—No se trata de eso, señor Shepard. Estoy llevando a término unas investigaciones y quiero formularle unas preguntas de carácter profesional. Relacionadas con el tema de la albañilería en el que me confieso un total y absoluto neófito.
—¡Ah...! —suspiró el barrigudo Clint, como si sacara un enorme peso de encima—. ¡Eso es diferente entonces! Pregunte, pregunte... Todo aquello que esté en mi mano... Ya sabe, ¿no?
Kirk le sonrió cordial.
—Gracias. Me interesaría saber, señor Shepard, si es posible levantar la losa de una sepultura y volverla a poner sin que queden huellas y sin que el cemento empleado en la unión de las juntas ofrezca señales de humedad, de haber sido aplicado recientemente.
La tripa de Shepard se movió, mejor dicho osciló como un enorme flan, al iniciar él una tímida carcajada.
—¡Ya veo por dónde van los tiros! Usted se refiere a esa noticia que ha conmovido a todo Londres..., la del muerto que ha salido de la tumba asesinando a uno de los empleados del Kensal Green Cemetery, ¿no?
—Es usted un Perry Masón cualquiera...
—Mejor me compara con Sherlock Holmes o Hércules Poirot. señor Seymour. Prefiero nuestros héroes nacionales de ficción policíaca que a los que se inventan los escritores americanos. Todavía hay clases, ¿comprende?
—Su sentido patriótico es altamente considerable. Edificante. Todo un ejemplo a seguir... ¿Me decía?
—Pues le iba a decir que sí, que eso puede hacerse. Existen medios modernos de ultrasecado, sistemas artificiales que se emplean con una determinada mezcla de cemento, que permiten eliminar las huellas de! reciente trabajo efectuado. Sólo un largo proceso de investigación con los elementos necesarios llegaría a demostrar lo inmediato de ese trabajo cuya apariencia ofrece la solidez de otro cualquiera realizado cinco, seis o siete días atrás.
—Y esos sistemas artificiales, esos medios modernísimos de ultrasecado y las mezclas a emplear, es obvio que sólo las dominan los auténticos profesionales, ¿verdad?
—¡Como un templo, amigo! Ningún remendista sería capaz de realizar un trabajo de esas características.
—Usted sí...
—Yo sí. ¡Eh...! Hablo en teoría. ¿Cree que iba a jugarme el prestigio de veinte años involucrándome en semejante canallada?
—Por dinero hay gente que se involucra en muchas cosas feas.
—¡Yo no! Y me parece que está...
—No me refería a usted, señor Shepard. Me he informado con antelación sobre su honradez. Lo que trato es de llegar a la respuesta, a su respuesta. ¿Quién, en el oficio, es capaz de eso por dinero?
Hizo una pausa el titular del taller que regía junto a sus otros dos hermanos. Se mesó con cariño la adiposa papada que pendía de su garganta. Permaneciendo así por espacio de un par de minutos. Reflexivo. Meditando.
—Es... —apuntó al fin—, es muy difícil y complicado responder a eso. Tendría que estar dentro de la piel de cada uno, de su cabeza: Hay por ahí mentalidades muy retorcidas... —casi pegó un brinco al iluminarse, seguramente, el cuadro de su memoria. La barriga osciló de nuevo cuando él exclamaba—: ¡Hombre..., ahora que lo pienso, quizá hay algo que pueda serle útil!
—¿De qué .se trata, señor Shepard? —arqueó las cejas, procurando dominar su nerviosismo, acudiendo a toda se flema británica.
—Bueno, verá..., pienso que me he precipitado un poco. Porque es algo de lo que personalmente no tengo conocimiento, ¿sabe? Rumores, cosas que uno, a veces, escucha por ahí... Me han comentado algunos compañeros de profesión que existe un antro, bar, ¡o lo que sea!, por los alrededores del Soho, donde suelen reunirse hampones del tres al cuarto, tipos que están en la órbita marginal y que anteriormente hablan sido excelentes profesionales en sus respectivos oficios. Son gentes que un día, por la circunstancia que fuere, delinquieron, se marcaron a sí mismos y ya no han sabido escapar al entorno. A ésos, por lo que cuentan, igual les da que les «contraten» para delinquir con palanqueta, ganzúa y pistola, o que les pongan cualquier operación ilegal vinculada con su antigua profesional. Pienso... que en ese lugar puede encontrarse el tipo que busca.
—Es posible, sí. ¿Cómo se llama el antro?
Se mordió su morcilludo labio inferior.
—Espere..., espere. Me suena y no consigo... ¡Mierda de memoria! Es algo íntimamente relacionado... —Ia panza sanchopancesca, valga la redundancia, pegó un nuevo brinco de oronda satisfacción—. ¡Ya lo tengo! Café de las Artes y los Oficios. ¡Sabía que era un nombre largo pero muy significativo! Eso... Lo que desconozco es su dirección exacta.
—No se preocupe, señor Shepard. Y gracias. Muchas gracias. Me ha sido usted de gran utilidad.
—Ya lo sabe, ¡hombre! ¡A mandar! Siempre a mandar. Aquí estamos a su servicio para lo que usted...
Seymour le tendió la diestra en señal de despedida para cortar su profesional verborrea, saliendo acto seguido, con rapidez, del taller de albañilería.
* * *
El Soho...
Emporio londinense del delito y la perversión.
Como lo hay en cualquier parte del mundo, ¡valga la paradoja!, civilizado.
Un mundo diferente dentro del mundo cabal, que la sociedad establece en todas las ciudades de cada país, un mundo que está en contraposición con el otro por aquello de lo que pueda definirse donde está el bien, donde termina... para dar principio al mal.
Se trata de una filosofía tan real como rebuscada: lo del bien y el mal tuvo su primera escenificación junto al tronco de un árbol en el que un buen día apareció enroscada una serpiente pregonando las excelencias de una sabrosa manzana.
Lo que les había costado a Eva y Adán salir en cueros del paraíso terrenal.
Pero lo cierto es que el Soho formaba en Londres otro mundo distinto al que le rodeaba.
Y formaba un mundo falso, también. Hecho de cuerpos aparentemente perfectos, de luces de neón, insinuaciones abiertas, mucho color y un especial ruido de fondo, pero que ello cumplía a la perfección su papel de ghetto de carne, placeres, pasiones malsanas, elucubraciones morbosas, proyectos delincuentes, delincuentes con proyectos cuya realidad acabara concluyendo en una comisaría de camino a la cárcel, etc., etc.
Esa es la misma grandeza que encierra la real miseria de los mundos como el Soho.
Kirk pensaba eso, pero lo pensaba fugazmente.
El iba a lo suyo.
Por eso pegó un codazo que tuvo mucho de violento al tipo esmirriado, pitillo colgando del labio, chaqueta raída con el cuello alzado, que se recostaba contra uno de los pilares que componían los soportales de la placeta.
—¡Eh...! ¿Pero qué coño se ha creído...? ¡Hombre! ¡Pero si es el señor Seymour! ¿Cómo usted por aquí?
—Contra mi voluntad, enano maléfico. Como cada vez que me veo obligado a asomarme. ¿Tú qué, Mike? Tan golfo y tirado como de hábito.
—¡Joder, señor Seymour! No hay vez que venga que no me ponga usted de vuelta y media.
—Es que eres una basura de tío, Mike. Un chulo barato que vive de cuatro viejas macilentas, del chivaterío y de algún que otro tirón de bolso por los autobuses y el Metro. Cómo quieres que te ponga, ¿eh?
Mike Cooper rehuyó una polémica en la que llevaba todas las de perder.
—¿De qué se trata esta vez, señor Seymour? ¿Qué póliza es la que no quiere abonar su compañía?
Le metió otro codazo que obligó a encogerse al canijo.
—No seas mordaz, ¿eh? Un tío de mierda como tú no puede hablar así de la gente que se supone honrada. ¿Está claro, golfo?
—¡Vale, vale...! ¡Pero no me arree más codazos, leche! Duelen, ¿sabe?
—Sé... Compro información a buen precio.
—La bolsa informativa ha subido en los últimos tiempos...
— Deja que yo juzgue la cotización, ¿eh? Necesito un buen albañil, Mike. Me han dicho que los hay por un sitio llamado Café de las Artes y los Oficios. Necesito el mejor. Uno que sea capaz de levantar una losa de un sepulcro y volver a ponerla, intacta, sin que se note que ha sido tan siquiera rozada.
—¡Eso está «cupao», señor Seymour! ¿Cuánto ofrece?
—Veinticinco...
—¡Pero, hombre de Dios! ¿Dónde va con esa miseria?
Codazo. Exclamación de dolor. Y:
—Treinta, basura. Es mi última palabra.
—¡Y su último codazo! Acepto, acepto... El tipo se llama Leslie Burton. Es el mejor... ¡de largo! Venga la pasta, ¿no?
Le metió unos billetes en la mano extendida que el chivato arrugó al instante metiéndolos en el bolsillo de su mugrienta y raída chaqueta.
—¿Dónde está ese café, canijo?
—¡Muy cerca de aquí, señor Seymour! En el número 26 de Windmill Street. Pero vaya con cuidado que esa calle está llena de putas. Dos por portal y cinco por esquina. Le harán muchas proposiciones desh...
El cuarto codazo dejó a Mike Cooper sin respiración y con las palabras cortadas a ras de boca. De sus sucios morros.
—¡Qué gracioso eres!
Kirk Seymour se alejó, dejando a! otro retorciéndose, camino de aquella callejuela donde las prostitutas hacían proposiciones de toda clase y precio, según los «servicios» ofertados.
Daban pena la mayoría y asco casi todas.
El número 26.
¡Y tanto que era un tugurio!
Hizo tripas corazón y enfiló el pasadizo sembrado de call-girls que pedían a gritos plaza en un asilo; corredor sembrado también de pósters pornográficos por el que se obtenía acceso al Café de las Artes y los Oficios.
¡Menudo arte!
Un marica que hacía muy poco por disimularlo le salió al encuentro intentando decirle que ella lo hacía mejor que las titulares del sexo femenino, más barato y que...
Kirk, sin demasiado miramiento, le metió un rodillazo donde los hombres, y también las mariconas para desgracia de ellas, solían llevar las pelotas que ella, al punto, le subieron a la garganta.
Cuando empezaba a encogerse llevándose las manos velozmente para abajo, Seymour le clavó la rodilla de nuevo, esta vez en la cara, y lo puso, patas arriba como una cucaracha.
¡Si alguien hubiera observado la metodología mundana del inspector jefe de la London General Insurance se hubiera quedado de piedra!
Porque todos le tenían por un hombre exquisito y educado. Por un verdadero gentleman.
¡Sí, hombre! Estaba la cosa como para ir de gentleman por el Soho.
Aquello olía a mil y un demonios.
—¡Qué peste..., puaf! Hijos de perra. No se lavan ni por prescripción facultativa.
¡Pues anda que ¡as tías que se daban el pico con ellos, no habla por donde cogerlas! Las chicas de ellos, las que los mantenían cuando ellos no tenían un delito que llevarse a la práctica... Ellas, las nenas, cuya mayoría le había dado la vuelta a los cincuenta desde hacía tiempo, trataban de ahogar el sudor y el hedor de sus partes pudendas, con derrame de colonias baratas y comercialmente hediondas, lo cual, hacia la atmósfera irrespirable, inaguantable.
—No entiendo cómo pueden pasarse el día aquí metidos —siguió monologando Seymour para sus adentros— y sobrevivir al mismo tiempo. ¡Son de otra pasta, desde luego! Lo que decía aquél sobre lo sabía que era la naturaleza, si no, no se explica.
Codeando entre gente y cerrando la pituitaria, en lo posible, a los efluvios penetrantes, alcanzó la barra.
—¡Eh, tú...!
—¿Dígame, señor? —entendió al punto que Kirk era distinto.
—Busco a un tal Leslie Burton. Me han dicho que para por aquí.
Hizo el camarero, o lo que fuese, un gesto bastante revelador. Explícito y elocuente.
—¡Eso pasó a la historia, señor! A Leslie le ha tocado una... quiniela —entonó la palabra significativa y remarcadamente—. Tardará en volver por aquí. Bueno..., tardará todo el tiempo que tarde en gastarse la «tela».
—¿Qué clase de... quiniela? —acompañó Seymour la pregunta con un billete que tendió al camarero, o lo que fuese.
«O lo que fuese», atrapó el billete al vuelo.
—Hizo ayer un trabajito para alguien y está claro que se lo pagaron de puta madre.
—Ya... Leslie es albañil, ¿no?
—Y de los buenos, señor. Creo que la... quiniela ha tenido que ver con el cemento.
—¿Dónde puedo dar con él?
«O lo que fuese» se hizo el remolón. A fingir dudas, a vacilar, a hacer demostraciones extremas de que su cabeza, lo cual era mucho suponer, estaba pensando a marchas aceleradas, etc.
—Pues... esto, la verdad... Ya sabe, ¿no? Esos tipos... Estoy intentando deducir... Claro que se hace muy difícil... Porque... Usted ya lo entiende, ¿verdad? Esos individuos en cuanto tienen unas libras en el bolso... ¿Dónde diablos podemos suponer que...? ¡No, no quiero equivocarle, señor! Y de veras... Claro que...
—¿Pensarías mejor, más coherentemente, con menos dosis de cinismo, al socaire de otros veinticinco?
—¡Se nota que es usted todo un caballero!
—Pero no intentes tomarme el pelo, cabrón de mierda... —soltó, inesperada y groseramente, de una forma impropia de un caballero, pero nítidamente comprensible para un tipo como «o lo que fuese»—, porque salto detrás del mostrador y te pateo. ¿Entiendes?
El barman se giñó. Porque él sabía captar cuando alguien soltaba bravatas o era muy capaz de hacer lo que estaba diciendo.
—Sí... ¿Los veinticinco? —Kirk se los dio y «o lo que fuese», dijo—: Leslie vive con una chavala del strip-tease, Myrna Cárter. Viven en el apartamento de ella.
—¿Señas?
—Eso no lo sé... —Kirk se aupó sobre la barra y el barman, asustado, bramó—: ¡Espere, hombre, espere! ¡Por favor...! ¡Déjeme terminar!
Seymour detuvo la acción:
—¡Habla! Pronto o te crujo.
—Myrna actúa en una de las salas que tienen abierto las veinticuatro horas del día —largó de un tirón. Añadiendo con singular presteza—: ¡Muy cerca de aquí, señor! En el 107 de Demman Street. El local se llama Pimpernel.
Giró de espaldas abandonando aquella guarrería al instante.