—¡Hijo de...!

Baxter no podia consentir que aquel cabestro exclamara en voz alta insultos acerca de su madre. Ni que los pensara tan siquiera, porque la madre de Jason, como casi todas las madres, había sido una santa.

Por eso, para salvaguardar el honor de su santa madre, aquel que era llamado Space Temerary se sostuvo inverosílmente sobre la puntera del pie zurdo largando el otro con fuerza escalofriante al encuentro de la jeta de Marcus.

Que estaba resultando el pobre, además de cornudo, apaleado.

Mucha sangre, roja por más señas, salió de la nariz y boca del infortunado..., y por la boca, amén del caudal rojizo, se escaparon a la vez un par de dientes con raíz y todo. Algo que a las primeras de cambio y sin preparación alguna como había sucedido, habría causado la mayor envidia en cualquier odontólogo.

Por muy enorme, bestia, simiesco y descomunal que fuera Marcus Galaxis, incluidos sus 218 centímetros de altura, el castigo propinado por Jason había sido, estaba siendo brutal, despiadado, demoledor. Y el otro tenía, por razones lógicas y físicas, que acusarlo. Lo acusó en verdad, desplomándose casi de golpe, viniéndose abajo encima de la cama.

—¡Uy, casi me chafa! —Melody saltó del catre como alma que lleva el diablo. Añadiendo—: ¡Me largo de aquí para no volver nunca!

Entendiendo Baxter el contenido de la última exclamación de la aún desnuda y deseable marciana, advirtió seriamente:

—Conmigo no cuentes, prenda. Si quieres largarte lo haces por tus propios medios, ¿eh? Pero a mi no me compliques más la vida.

—¡Cerdo! —le escupió ella, furiosa—. Pasártelo bien conmigo, si. Romper mi estabilidad con Marcus a todo los niveles, también. Acabas de hundirme en la más terrible de las desgracias y no eres lo suficiente hombre como para responsabilizarte de mí.

—Además de golfa, muñeca, eres una perfecta cínica. Te estás acostando con todos los astronautas que se dejan caer por aquí y ahora pretendes que yo, precisamente yo, Jason Baxter, el Space Temerary, el hijo de mi madre, YO... me haga cargo de tu..., ¿de tu qué muñeca? ¡Anda ya, olvídame! Me largo antes de que esa marmota vuelva a resoplar.

—¡Y yo me largo contigo, héroe del cosmos! Me has buscado la ruina y vas a ocuparte de mí, quieras o no.

—Tendré que tocarte la cara, prenda.

—¿Y qué más da? —ella estaba congestionada, desafiante—, ¿No me lo has tocado ya todo?

Marcus, que no estaba tan groggy como su caída vertiginosa, a plomo, había dado a entender, estiró una de sus goriláceas manazas de simio prehistórico aferrando con fuerza el tobillo izquierdo, desnudo como todo lo demás, de su infiel compañera.

Farfullando entre chispazos de saliva sanguinolenta:

—¡Tú no vas a ninguna parte, zorra!

La presión que los dedos enormes de él ejercían en torno al terso y delicado tobillo de melody era tal, que pareció escucharse el crujir de un hueso.

—¡Bestia! ¡Mal nacido! ¡Suelta...! —miró expresiva y desesperadamente a Baxter, interrumpiéndose para gritar con mayor zozobra—: ¿Yo? —y exclamando a la vez que emprendía carrera hacia la puerta que el burlado Marcus abriera poco ha con cierta violencia—: ¡A mí... que me registren!

—¡Te cortaré el cuello cuando vuelva a encontrarte! —rugió la que ahora se sentía traicionada—, ¡Te cortaré...!

—Tú a mí, nena, me vas a...

Se dio de bruces Jason Baxter con dos tipos de envergadura muy similar a la de Galaxis que vestían uniforme de policemen espaciales.

—De follón en follón, ¿eh, Baxter? —sonrió, interrogante y peligroso uno de ellos, poniendo una manaza en el torso del que se largaba.

—¡Pues verás, detective cósmico, algo de eso hay! Follón, fol...

—Cierra el pico y no compliques más las cosas. Te estábamos buscando —dijo el otro uniformado.

—¿A mí?

—¿Conoces a otro Jason Baxter? —preguntó a su vez el que primero le había interpelado.

—No...

—¡Afortunadamente! —exclamó, con sonrisa tolerante ahora y hasta admirativa, el policeman espacial que primero le había mostrado los dientes en torva sonrisa—, Porque de lo contrario, ¡apañados íbamos!

—Y cornificados —puntualizó su camarada.

—¡Es un cerdo! —aprovechó para desesperarse de nuevo la ridiculizada Melody Sullivan, marciana de origen, hija de una pareja de colonizadores enviados a Marte en la expedición del año 2204—, ¡Un canalla en toda la extensión de la palabra! ¡Me ha violado y ahora...!

—¡Por favor, Melody! —la interrumpió, burlón, uno de los policías—. Que te conocemos todos, hija. Anda, mira de hacer las paces como siempre con ese pobre...

—Habéis dicho que me buscabais, ¿no? ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? —intervino, en triple interrogante, el Space Temerary.

—Si ha ocurrido algo o dejado de ocurrir —repuso uno de los agentes encargados de velar por la ley y el orden en la estación interplanetaria Stratosferus II—, lo ignoramos. Pero sí es cierto que en la Tierra echan leches por contactar contigo.

—¿Quién?

Se encogió de hombros el otro poli.

—Un pez gordo, hermano. Un militar de alto grado según parece, que ha dicho hablar desde Washington Central en nombre del propio presidente de la República Federal de Noriberoamérica.

Jason Baxter evidenció sorpresa. Una buena dosis de ésta se adueñó de sus facciones varoniles, cínicas, agradables y plenas de desenfado.

Hasta darles una expresividad tontorrona incluso.

—¿El presidente...?

—El presidente, sí.

—¿Estáis seguros? —insistió el Space Temerary.

Uno de los policemen espaciales, evidentemente mosqueado por el dubitativo interrogante de Jason acerca de su capacidad profesional, dijo ominoso:

—Oye, Baxter...

—¿Sí?

—Este y yo —señalaba a su colega al decir «éste»—, ¿tenemos cara de idiotas?

Jason escondió entre sus labios una sonrisa lobuna.

—¡Hombre...! ¿Cómo puedes pensar que yo haya tan siquiera imaginado que vosotros...?

—Entonces ese tipo, el militar de alta graduación, te ha llamado, te está llamando, en nombre del presidente.

—¡Voy volando a la sala de control y cosmo-comunicaciones!

—¡Te cortaré lo que tienes de hombre! —bramó Me- lody, al entender que Baxter se largaba definitivamente.

—¡No hay tijeras para eso, prenda! —murmuró, audible el tono, el Space Temerary.

Todo un tipo, ¡sí, señor!

Porque en el año 2237, siglo xxill, ciertas cosas no habían cambiado excesivamente.

Y por eso las mujeres seguían admirando y enloqueciendo por los fulanos como Jason Baxter.

Y dejándose llevar por ellos al «huerto» con una sonrisa en los labios.

Y si ellos no se decidían —él, en nuestro caso concreto— por la razón que fuese, ellas preguntaban, ansiosas, salidas de madre y salidas de todo:

—¿Por qué no me llevas al «huerto», Jason?

Jason Baxter, en aquel momento, no iba al «huerto» ni mucho menos.

Iba camino de la sala computada de control y cosmocomunicaciones de la estación interespacial Stratosferus II.

Para enterarse de lo que deseaba aquel pez gordo que urgía comunicarse con él en representación del presidente.

La respuesta era la siguiente:

«Le queremos en la Tierra, en Washington Central, dentro de veinte horas exactamente. Ni un minuto más, Baxter, ¡ni un minuto más!»

Cuando él, aquel a quien llamaban por sus muchos valores humanos y profesionales, puede que por su atrevimiento y caradura también, Space Temerary, quiso presentar una serie de razonadas y lógicas objeciones, desde el otro extremo, desde abajo, desde la Tierra, le dieron con la comunicación en las narices.

Y eso, obvio, a un tipo como él, le supo bastante mal.

Un «feo» de aquella índole no debía hacérsele a Jason Baxter.

¡No podía hacérsele, qué cono!

—Usted será muy general y mucha...

—Yo de ti, en vez de cabrearme —le cortó uno de los técnicos en cosmocomunicaciones—, emprendería viaje al momento. Tengo los canales dispuestos para que realices una salida de emergencia.

—Me están reparando mi...

—Tu cosmonave A venturer IV ya está en condiciones de hundirse por entre las azules estepas del espacio. Temerary —volvió a interrumpirle el otro. Puntualizando—: Acabo de ponerme en contacto con reparaciones y mantenimiento y eso es lo que me han dicho.

—¡Joder, tú! Estáis en todo, ¿eh?

—Serle útil a un tipo de tu linaje —se burló esta vez el técnico, aunque en el fondo no hubiera podido negar que envidiaba a Baxter— es un honor para nosotros, caballero —y desde lo alto de su asiento ensayó una especie de reverencia.

—¡Vete a la mierda!

Y se alejó hacia el segmento de lanzamiento convencido de que los mecánicos ya habían trasladado a una de las rampas su deteriorada y apedazada Aventurer IV.

En efecto.

Dispuesta para largarse de la Stratosferus II la habían situado aquellos chicos que, ¡joder!, estaban en todo.

Bueno, aquellos chicos, el que más y el que menos, tenía compañera. Y se sentían más tranquilos conforme Jason Baxter se hallaba lo más lejos posible de aquella estación interplanetaria.