PRÓLOGO

 

«¿Dedicarse...?»

Se dedicaba a aquella hora y en aquel dia —24 de marzo de 2237, siglo XXIII— a cuidar, retozar, excitar y estimular los pechos ubérrimos y deliciosamente locuelos de Melody Sullivan.

Melody Sullivan, además de haber nacido en Marte y tener unos pechos locuelos muy capaces de volver loco al apuntador, era lo que en otra etapa de la historia de la humanidad se había definido como una tía muy buena.

Maciza.

Y muy puta también, que todo hay que decirlo. Porque a Melody Sullivan, menos con su pareja (antaño marido), le apetecía encamarse con cualquiera y darle juego al esqueleto y a sus pechos locuelos. Pechos, insistimos, que ahora eran devorados, succionados, avariciosamente utilizados, por aquel tipo carente de prejuicios que sólo se atenía a sus propias leyes morales, dentro de lo que él entendía por moral, al que llamaban Space Temerary y que se llamaba Jason Baxter.

Melody, sacudida por dulces latigazos epilépticos que le hacían encoger y estirar súbitamente sus extraordinarias piernas y que la obligaban también a que sus redondos y nutriditos glúteos —donde estaban aferradas las zarpas de Jason Baxter, dicho sea de paso —botaran como juguetonas pelotitas encima del lecho, al borde de un orgasmo paroxístico, susurró:

—¡Ah, Jason! Cuando te veo sólo pienso en esto. En... ¡aaaah! ¡Qué gusto me das, canalla! En... hacer el amor. En ser tuya... No me importa morir de placer en tus brazos.

—Me jode... —inició él, retirando los labios del pezón izquierdo de Melody, al que ahora dedicaba su interés y atención, al tiempo que seguía cabalgando frenético dentro de la ardiente naturaleza de aquella marciana de locura.

—De eso... ¡de eso se trata! —interrumpió ella con vehemente exclamación.

—...que sólo aprecies en mí las cualidades sexuales, muñeca. Al decir de la gente que sabe y entiende de esas cosas, yo soy un tío que vale mucho. Inteligente, agudo, hábil, con extraordinarios recursos...

—¡Ay, ay... Jason, JASON! ¿Qué me está suced..., qué es este fuego que está incendiando mis entrañas? ¡Jason! JASON! ¡Me voy a morir de gusto!

Melody, la de los pechos locuelos de pezones color café muy tiesecitos, granulados e incitantes, no se murió de gusto pero salvó las fronteras del éxtasis a la velocidad de crucero de la más moderna de las astronaves, lo cual la obligó a golpear la cama con el filo de los talones, a contorsionarse, ir de un lado para otro, gritar, bramar, aullar para ser más exactos, decirle a Jason que quería estar así toda la vida... y demás chorradas que suelen soltar las hembras cuando el orlgasmo les cruza los cables del cerebro, funde los plomos y las deja totalmente a oscuras.

Jason Baxter se apresuró entonces en sus galopadas y tras un espasmo que le hizo encogerse lo mismo que si acabasen de meterle un brutal puñetazo en la boca del estómago, le dijo a Melody con lengua de trapo que tenia unos pechos de fábula, que le iba a cortar uno para podérselo chupar siempre... y luego le vino lo que le vino.

Al final se relajaron los dos y Jason preguntó:

—¿Tienes un pitillo, nena?

—¿Rubio o negro?

—El primero que pilles —el atlético, despreocupado y cínico Baxter dio a entender que le daba lo mismo uno que otro con tal de fumar.

Melody atrapó el paquete que fumaba su cornificado marido, extrajo un pito que puso entre los labios carnosos, gruesos y húmedos, prendiéndolo. Chupó un extremo con fruición para pasárselo después a él, consciente de que su saliva pegada en el papel del cigarrillo iba a excitar considerablemente a Baxter.

Así fue. Me lo puso cachondo en un santiamén y el fulano, tirando el cigarrillo, dio media vuelta para irse de cara a los pechos locuelos, hermosos, rígidos y marciales, que ella exhibía generosamente con legitimo orgullo.

—¿Es que nunca tienes bastante, ladrón? —trató de ocultarse la hembra, pretendiendo sólo aumentar el deseo de Jason.

—De ti, Melody, no se puede saciar uno jamás. Tu cuerpo siempre apetece. Es igual que un segundo antes pero se ofrece distinto, con nuevos atractivos, con distintas excitaciones.

—Nunca me habían dicho nada igual, Jason Baxter.

—Es que yo soy único, muñeca.

—Esto... —la mano izquierda de Melody había descendido hacia las ingles del hombre para adueñarse, avarienta, de todo el tinglado reproductor de Baxter—, esto sí que es único. Y sabroso. ¿Por qué no me dejas..., entiendes?

—¿Te apetece?

—¡Me vuelve loca, Jason! ¡Voy a dejarte sin vida en las entrañas!

Melody se movió hasta quedar situada de la forma que debía quedar para poder hacer con tranquilidad lo que ella deseaba hacer, cuando la puerta del dormitorio en que se hallaban, dormitorio ubicado en la sala de relax de la Stratosferus II, se abrió, repentinamente, y con cierta violencia.

La Stratosferus II era una de las estaciones interplanetarias situadas equidistantemente unas de otras, entre las órbitas de la Tierra y Marte. Aquel tipo de «oasis espaciales» tenía como función prioritaria atender el aprovisionamiento de un tipo determinado de ingenios espaciales, o naves, y el ocupante de la reparación de cualquier avería que pudiera producirse en cualquier cosmonave, o facilitar la puesta en contacto con la Tierra o Marte en el caso de que por razones técnicas se hubiera perdido dicho contacto desde el interior de la propia nave.

Precisamente, Jason Baxter se había detenido en la Stratosferus II porque su ya un tanto caduca Aventurer IV (Jason se dedicaba al transporte spacecomercial entre Marte y la Tierra o viceversa, y similares, desde el momento en que el director de la NASA lo puso en la puta calle por irrespetuoso y «enterado») tenia dificultades en los sensores de transmisión y además, el Space Temerary (al decir de sus admiradores y admiradoras, estas últimas superaban, de largo, en número, a los otros) habia detectado también anomalías en los sistemas de aproximación y trazado de pasillos orbitales.

De todas formas y aunque su nave no hubiese «gozado» de aquella serie de pequeñas pegas, Jason Baxter ya hubiera encontrado excusa verosímil para hacer parada y fonda en la Stratosferus II pretendiendo el justificado fin de usar apropiarse y abusar, de los pechos locuelos de Melody y restantes encantos exhaustivos que poseía cuantitativa y cualitativamente aquella hembra de fuego que los antepasados del Space Temerary habrían calificado de tía buena.

Maciza.

Y muy puta también por las razones que ya se han apuntado al principio y descrito después.

¿Estábamos...? ¡Ah, sí!

La puerta, con cierto estrépito y violencia, acababa de abrirse en el momento en que Melody Sullivan, nacida en Marte de padres terrestres que habían formado parte en el 2204 de la primera expedición colonizadora... Melody decíamos, muy musical ella como su propio nombre indicaba, se proponía interpretar una partitura muy personal en íntimo solo de flauta.

El fulano que estaba ahora enmarcado por el umbral de la puerta, embutido en un mono de látex rojo con un logotipo que hablaba de su condición de «mecánico-técnico especialista-espacial», puso la cara que desde el principio de la humanidad venían poniendo los cabrones cuando encontraban a su parienta en despelote privado y entrega absoluta de favores a otro..., otro que sin darle de comer ni vestirla, puede que incluso sin comprarle caprichitos ni chucherías, obtenía de ella cuanto le apetecía y más, se la pasaba por la piedra y ella, encima, le daba las gracias.

Y es que en el caso concreto y particular de Jason Baxter, debemos significarlo remarcadamente en honor a la verdad y para hacerle al Space Temerary la justicia que se merece, muchas hembras, casi todas, le agradecían con vehemencia y sin ahorrar calificativos los servicios prestados.

Y lo requerían además para futuras ocasiones. Algunas incluso, las más atrevidas, liberadas y a la vez descaradas y golfas, evidentemente, añadían sin sonrojo, encarnaditas eso sí, pero de deseo: «Cuanto antes mejor, Jason. ¿Eh...?»

El fulano, decíamos, después de poner la cara de sorprendido y gilipolla (esto último no había pasado de moda ni con el devenir de los años y siglos tan siquiera) que en buena lógica tenía que poner, montó en cólera como también era lógico. Alzando ambas manos con los puños crispados a la altura de la frente, lo mismo que si pretendiera desenroscarse los cuernos que Melody y Jason le habían adjudicado sin pedirle parecer ni contar con su opinión, gritó:

—¡Puta! ¡Eres una furcia despreciable!

Se refería, obvio, a Melody. Su pareja. Su hembra. En otras etapas de la humanidad: su esposa.

Melody no puso la menor objeción a lo exclamado.

Cargaba con la responsabilidad de ser !o que era, como el otro debía acarrear sus adornos frontales. El asunto de la cornificación era otra de las cosas que tampoco había cambiado lo más mínimo.

Jason, muy incómodo eso sí, muy violento el muchacho, salió de la cama sigilosamente dejando a la fémina sin la partitura e instrumento que ella pretendía en la interpretación sui géneris del solo.

Y el que estaba todavía encuadrado en el umbral, tirando el índice de su diestra contra la atlética y desnuda anatomía de Baxter, volvió a gritar:

—¡Y tú un cabrón!

—¡Hombre... —se estaba Jason metiendo dentro de su traje de astronauta a toda prisa, por lo que pudiera pasar—, Marcus! Que me digas que soy un mal amigo, hasta un traidor, ¡pase! Pero lo otro... ¿No crees que ese rol te corresponde más bien a ti?

El tal Marcus, pareja de Melody y cornudo porque ella asi lo había decidido, era además un montón de músculos sin demasiada cabeza que medía sus buenos 218 centímetros, lo cual, dejaba a Baxter convertido en un enano pese a que el Space Temerary era lo que todavía seguía llamándose un atleta. Metro noventa de altura, tórax fibroso, músculos plenos de elasticidad, bíceps de boxeador y todo lo que ustedes quieran, pero un enano al lado de Marcus.

—¡Te voy a chafar la cabeza, Baxter!

—¡Hombre.,. —volvió a exclamar el transportista espacial, terminando al fin de vestirse—, tampoco es eso! Piénsatelo bien, Marcus. Tú sabes que yo no he sido el primero que..., que..., ¿eh?

El tipo, además de grande, de enorme, era torpe. Por eso preguntó:

—¿Que no has sido el primero de qué?

—¡De meterse en la cama conmigo y ponerte los cuernos, asno! —gritó la propia Melody, haciéndole un gesto burlón y obsceno a la vez a su pareja. Añadiendo—: Si tuvieras un mínimo de dignidad desaparecerías de aquí buscando planetas que colonizar. Cualquiera me viene de gusto, menos tú. ¿O todavía no lo entiendes?

—¿Ves, Marcus? Yo no tengo la culpa de que...

—¡Te mataré, zorra!

Marcus Galaxis, marciano también, podía ser muy burro y muy cornudo, lo cual estaba fuera de toda duda, pero era también muy bruto. Y dentro de su corto entendimiento quedaba muy claro que además de haberle ridiculizado y vejado, Melody se permitía ahora el lujo de insultarle, humillarle y burlarse de él en presencia del advenedizo que le había arrebatado el derecho exclusivo de utilizar y encontrar placer en el apetitoso y excitante cuerpo de ella.

Por todo eso y loco de furia al pensar que aquel fulano había gozado hasta cansarse de los pechos ubérrimos y erotizantes de Melody, aquello de: «¡Te mataré, zorra!» iba muy en serio.

Tan en serio, que apenas pronunciada la «O», se tiró en plancha hacia Melody.

—¡Perra! —la obsequió en el momento definitivo de la embestida.

Jason Baxter, de veras, hubiese deseado no intervenir. Pero las circunstancias estaban mandando y no podía desentenderse de lo que allí iba a suceder. No podía, en una palabra, hacerse el sueco. Por eso y aunque el Space Temerary tenía muy claro que las mujeres como Melody no valían un intercambio de mamporros con otro tipo, porque moralmente no eran acreedoras a ello, tampoco podía dejárselas a merced de un loco furioso y cornificado como lo era en aquel instante Marcus Galaxis.

El terrestre hizo uso de sus profundos conocimientos en la modalidad marcial conocida por jukarwondo (1), interponiéndose en el trayecto que recorría Marcus con velocidad centelleante y por el aire, pese a lo espectacular de su envergadura, en busca del cuerpo desnudo y acurrucado, sobre el lecho, de la adúltera Melody. Se interpuso situándose de perfil para agacharse justo en el momento en que el otro colisionaba con él, metiéndole el hombro izquierdo prácticamente dentro del plexo solar.

Marcus Galaxis, brusca y brutalmente detenido en pleno plongeón, lanzó un aullido de dolor que casi hizo añicos los tímpanos de la chica y su amante. Hecho que aprovechó Baxter para dar un medio giro veloz, casi invisible, que le llevó a incrustar el codo opuesto, el izquierdo, donde su gigantesco adversario llevaba colgando los masculinos atributos.

—¡ AAAAAAAAAAAAG!

Este berrido largó la garganta de Galaxis y fue luego escupido por sus labios gordos y repulsivos, babeantes incluso ahora, como consecuencia del intenso dolor, de la angustia casi mortal, que le causaba sentir como sus viriles exponentes dejaban de estar ubicados donde siempre para subirle por el interior del vientre hasta...; ¡hasta vaya a saberse dónde!

 

 

_________________________________

(1) Método de lucha resultante de la fusión del judo, karate y taekwondo