CAPÍTULO VIII

Los cálculos de Zlay habían sido matemáticamente perfectos.

Walt, al obtener cuerpo de nuevo, no se percató de ello en principio.

Hasta no usar convenientemente del poder conferido por Aurea.

Entonces, sí.

Comprendió que se encontraba frente a él.

Delante de Mente.

Sólo había captado una forma vaga, difusa, oscilante, que como una sombra proyectada desde un objeto por la luz, se movía tenue, fugazmente.

Conforme él se concentraba yendo en sus percepciones visuales, sensoriales y psíquicas, donde ningún humano alcanzaría jamás, lo que era una forma difusa, vaga, oscilante, adquirió volumen, dimensión.

Una esfera oscura, color café, rugosa...

¡Qué decepción!

¿Aquello era Mente?

Aquello...

Y de aquel bulto negruzco podía emanar un Poder tan grande, tan decisorio, con tan infinita capacidad de destrucción... De aquella criatura de remotos mundos; del interior de aquello... ¿podía surgir la Fuerza y Energía que alimentaban toda una Creación, unos entes...?

¡Absurdo!

¡Absurdo admitir que aquello estuviera a punto de ser el causante de la destrucción de los humanos!

Captó, ahora, una oscilación más profunda y sonora de la masa bulbosa. Lo que podía aceptarse como forma adquirió superiores dimensiones como si se esparciera sobre un mayor volumen del piso de aquel segmento de la nave.

Walter —cuyo asombro acerca de las cosas que él podía hacer activado sensorialmente por la Fuerza y Energía de Aurea, había decrecido, asimilando al fin con naturalidad los eventos—, no dejó de asombrarse ahora ante la metamorfosis que experimentaba el ser, obedeciendo a una serie de impulsos que, por calificar de alguna manera, llamó para sí vitales, produciendo una serie de extrañas figuras, de contorsiones...

Posiblemente se estaba contorsionando.

Había una vibración nerviosa. Si es que podía admitirse que aquel ente, contuviera centros y movilidad neurálgica.

Era, quizá, desasosiego.

¡Porque había captado su presencia!

¡Claro! ¡Era eso!

Estaba girando...

Y algo parecido a unas fauces tomaron aspecto externo en el conjunto de aquella criatura espectral, diabólica...

¡Diabólica, sí!

Le oyó gorgotear. Y sus gorgoteos se hicieron, al punto, totalmente inteligibles para el periodista. Percibiendo en traducción sensorial autodidacta:

¡Hay alguien cerca de mí con... CON NATURALEZA HUMANA! Es...

—Sí, Mente, soy yo —respondió el humanoide viajero—. El periodista. Soy Walter Lambert.

¡Maldito terrícola! ¡Maldito! ¿Cómo...? ¿Cómo has llegado hasta mí?

—Utilizando el Poder que tú mismo le conferiste al aparato pensante de Aurea.

¡Aurea...! ¡Despreciable criatura disidente!

Lambert, alerta y tenso, captó otro estremecimiento en la forma.

— ¿Y tú qué crees, Mente? ¡Otro disidente! El primer disidente de la Creación...

¡Qué sabrás tú de Creación! ¡Qué sabrás lo que eso significa! Tu... miserable insecto humano carente de intelecto, de capacidad, de Poder...

—Tengo el Poder de Aurea y eso me basta.

¡No la nombres! ¡Ella desaparecerá! Como tú... ¡como tú vas a desaparecer ahora!

Una carcajada pobló el ámbito tras batirse las mandíbulas de Lambert. Fue un sonido entre nervioso, histérico y áspero.

—Sabes que no podrás destruirme, Mente. Lo sabes porque estás leyendo en mi complejo cerebral lo mismo que yo entro en tu aparato pensante. Y sabes que te enfrentas por segunda vez a lo imposible.

¡No hay nada imposible para mí! ¡Nada! ¡Porque yo soy...!

—Yo, Mente, SE QUIEN ERES. Por eso he llegado a ti con la única arma que puede reducirte a polvo, devolverte a la nada... —alzó su diestra enviando hacia la forma los metálicos destellos del instrumento que le entregara Aurea segundos antes de la magnetoimpulsión. Gritando—: ¡¡¡ESTA!!!

El brillo, de súbito, adquirió una densidad Estallando sus rayos encima del bulbo negruzco que había ido acentuando su volumen instantes atrás. Y de repente, empezó a encogerse, a estremecerse...

Lo mismo que un ofidio venenoso al recibir las descargas de un rayo exterminador.

En aquel instante una voz de eco sobrehumano restalló en el interior del segmento. Una voz diáfana, grave, que parecía acompañada del tañir de campanas y de cánticos angelicales, coreada por un interminable aleluya, procedente de todos y cada uno de los rincones del Universo.

Una voz que dijo:

«No tomarás el nombre de Yahvé, tu Dios, en falso, porque Yahvé no dejará impune al que tome en falso su nombre...»

Las fauces de la forma, ahora, pareció que estallaban:

-¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOH!!!

Añadiendo:

OTRA VEZ... ¡¡¡NOOOOOOOH!!!

Walter, sobrecogido también por la voz que habíase filtrado hasta allí proveniente de un lugar ignoto de los confines de la Creación, siguió manteniendo en alto aquel instrumento metálico de brillo cegador, cuyos destellos seguían incrustándose en la forma.

Y al propio tiempo, Lambert, en uso de toda la Energía que le transmitiese Aurea, controlaba su imperio pensante, fortalecía sus Poderes aniquiladores, intensificaba sus células destructoras dotándolas de la máxima tensión, enviando todo aquel conjunto pulverizador hacia los restos espasmódicos de Mente.

Oyó, como hundiéndose en un precipicio vertiginoso de alucinantes tinieblas y rebotando en aquel y en aquellas, al aullido restallante, de matices satánicos:

-¡OTRA VEZ NO...! ¡OTRA VEZ NO...!

¡¡¡NOOOOOOOOOOO!!!

La forma experimentó una última contracción, un chasquido, un algo extraño, antes de quedar reducida a polvo y pringue, a líquido, a nada.

Del poder de Mente, no quedaban residuos ni vestigios. No quedaba nada.

NADA.

Walt sintió un profundo dolor en las sienes. Un vértigo enloquecedor. Un espasmo agudo que le empujaba al desfallecimiento. Y al instante siguiente de captar la desaparición, la desintegración de la forma, su cerebro se quedó por completo a oscuras.

NADA...

*  *  *

Parpadeó.

Brincando del lecho con sobresalto.

— ¡Aurea...! ¡Aurea! ¿Qué ha sucedido?

— ¿No recuerdas nada. Walt?

—Con vaguedad. En mi cerebro solo tengo borrosas percepciones. Sombras... ¿Dónde estamos?

—En la Tierra. Todo ha concluido, Walt. La pesadilla ha terminado, ya. Con el exterminio de Mente toda su Creación ha desaparecido.

— ¿Y... y la guerra? ¿La catástrofe nuclear?

Se inclinó, besando los labios del periodista.

—Cálmate, por favor. La hecatombe no se ha consumado. Hay daños, sí, pero reparables. Los principales Gobiernos de las naciones están reunidos para estudiar la situación actual y estructurar un programa conjunto de defensa por si vuelve a producirse una coyuntura como la provocada por Mente. Algunos miembros de esos Gobiernos han estado aquí, a verte...

— ¿Aquí...? ¡Entonces! ¿Cuánto tiempo llevo...?

— ¿Durmiendo? Tres días y medio. Cuando mi Energía se volatilizó de tu psiquis caíste en una especie de sopor a causa del tremendo esfuerzo realizado. Te han visto varios médicos y todos coinciden en que cuando te hayas recuperado de la fatiga psíquica estarás en perfectas condiciones.

— ¡Aurea, Aurea querida! —exclamó. Musitando—: ¿Y tú... cómo estás?

—Sin Poder ni Energía. Tú vaciaste mi capacidad. Soy... simplemente Aurea.

— ¿Quieres decir que tu cerebro, ahora, es tan humano como tu cuerpo?

—Algo así, Walt.

— ¿Y podré vivir tranquilo sin temor a que leas mi pensamiento?

La sonrisa fue de complicidad. De genuino amor.

—Sí... —hubo otro beso apasionado de la hembra, volcándose sobre Walt—. Y lamento no poder adivinar todas las veces que me serás infiel.

—Sabes que no, Aurea. Eres la única mujer a quién no podré traicionar

— ¡Aaaay! ¡Vanas palabras de hombre! Promesas... Siempre promesas al principio. Además, cuando ocupes tu nuevo cargo y empieces a viajar por ahí...

— ¿Nuevo cargo? —se sorprendió él—, ¿De qué estás hablando, Aurea?

De la propuesta que en breve te efectuará el Gobierno de los Estados Unidos para que ocupes la Secretaría de Defensa, periodista.

— ¿Y tú qué opinas, princesa? —fingió expresión boba, Walt.

Bueno... Pienso que das la talla. Además, puede que hasta seas inteligente. En tu caso, aceptaría.

Se estrecharon fuertemente. Meciéndose al arrullo de la pasión.

— ¡Aurea, Aurea... te amo tanto!

—Y yo a ti, Walt.

Del apocalipsis, de la hecatombe, del holocausto a la felicidad, sólo había mediado un paso.

El que diera Walter Lambert, periodista, para destruir a Mente.

 

 

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