CAPÍTULO V
La chica le miró con interés.
Con demasiado interés y excesiva curiosidad.
—Soy guapo, prenda. Pero no es para tanto, ¿eh? —trató Walt, con aquella gracia masculina distraer el pensamiento de la mujer.
—Oiga... —ella, que seguía con sus ojos almenados incrustados en la cara del periodista, mordiéndose el labio inferior, exclamó—: ¡Yo lo he visto a usted en alguna parte!
— ¡Chhhnhhhhist! —se llevó un dedo a la boca con expresión cómica—, ¡No lo grite, se lo ruego! ¡No lo diga, por favor! Usted me ha visto desnudo en la portada de este mes del «Sexycosmic»... Si la oyen las chicas que puedan haber por aquí se me tirarán encima.
—No, yo no compro nunca el «Sexycosmic». Es muy anticuado...
— ¡Habrá sido en otra revista! Vivo de eso, ¿comprende? Soy hombre-artículo.. Hay hembras en plena menopausia que tratan de estimularse viéndome desnudo. ¡Fíjese, fíjese, en qué muslos tengo! —se arremangó un tanto los camales y observó como la otra asomaba su cabecita azabache de ojos curiosos al vacío por afuera del tablero—. El pantalón no le permitirá observar en su plenitud, pero... ¡toque, toque si quiere! Verá qué carnes más prietas.
La chica extendió los dedos de la diestra pero se detuvo en seco.
— ¡Oh... qué iba a hacer! Es usted contagioso...
—La base de mis éxitos prenda. Soy contagioso, sí. Y ahora, ¿quiere decirle por favor a Brenda Olswen que un caballero desea verla?
—Es que... —la encargada de la centralita de videófono siguió dudando— Brenda está muy ocupada. Me ha dicho que nadie la moleste...
— Puedo devolverte el favor en carne, muñeca. ¿De acuerdo?
Se le iluminaron sus redondotas pupilas.
—Bueno... Si insiste...
Manipuló en el cuadro de mandos y la imagen de Brenda Olswen, secretaria administrativa del profesor Tracy apareció en la pantalla del vídeo.
— ¿Qué ocurre, Janet?
—Un señor desea verte.
— ¿Quién es...? ¿De qué se trata?
La tal Janet arqueó las cejas para mirar al hombre, interrogándole.
—Es... es privado. Confidencial. Dile que vengo de Washington.
—Lo he oído, señor —respondió el rostro que se hallaba fijo en el vídeo—. Washington ha dicho. ¿Enviado por quién?
Lambert no se lo pensó ni un segundo. Dudar podía ser fatídico. Dijo de un tirón:
—Me envía el secretario de Defensa.
— ¿Míster Young?
—El mismo.
—Qué extraño... —la imagen ofrecía una clara expresión de asombro y duda—. Nadie me ha advertido de su visita.
—Mi visita está calificada de Top Secret. Por favor, señorita Olswen... Además de confidencial es muy urgente.
—Está bien. Suba.
Lambert se alejó al instante de la centralita de videófono. Y la chica exclamo entonces:
— ¡Claro..., ya sé quién eres! ¡Tú foto está en la primera página de todas las ediciones especiales! ¡Tú... tú eres el loco!¡Walter Lambert! ¡El periodista loco!
Pero el «periodista loco» ya estaba prácticamente en el umbral encristalado del despacho de la señorita Olswen.
—No veo nada clara su forma de presentarse, ¿míster...?
—Walter Lambert.
Brenda Olswen pegó un sonoro respingo. Se puso en pie de un brinco.
— ¡Largo de aquí, Lambert! ¡Largo ahora mismo! ¿O prefiere que avise a los agentes de seguridad y al comandante McKean de la Cosmopol, eh?
—Por favor, Brenda. Sólo le pido unos minutos. Luego..., después de escucharme, proceda como crea más conveniente. O como le dicte su conciencia.
Las facciones de la secretaria administrativa del profesor Tracy experimentaron, en fracciones de segundo, una extraña metamorfosis. Una metamorfosis que Lambert juzgó positiva sin ir más allá de su simple exteriorización física, sin preguntarse el cómo y el por qué en aquel cambio radical, instantáneo, veloz.
Estaba muy lejos del por qué. Su ansiedad sólo le hacía vislumbrar la posible vía de entente que le garantizaba aquella sonrisa luminosa, abierta, que presidía los dulces y carnosos labios de la hembra. Sonrisa que parecía irradiar también desde el fondo de sus grandes pupilas grises.
—Está bien. Siéntese —y le indicó la silla metálica que había al otro lado de la mesa que ella ocupaba.
—Gracias.
Y sentándose, la miró profundo. Si sus ojos eran ahora expresivos y cálidos, radiantes y preciosos como sus labios carnosos y aún sonrientes, perfecto resultaba el trazo de sus facciones exquisitas y el conjunto de todas ellas. Y muy elegante aquel moño en forma de cono truncado, hacia arriba, que recogía la mata tupida de su cabello negro y sedoso.
Sus pechos que flotaban a ras de la superficie de la mesa eran opulentos y sexuales. Magnéticos casi, como consecuencia de su fuerte carga erótica.
— ¿Prefiere admirarme. Lambert?
—Eres una mujer que gustas, Brenda. Que atraes...
— ¿Tratas de ganarme por el camino de la adulación?
—Me porto siempre así con las mujeres hermosas y deseables como tú... ¡de veras! Y sería bueno que nos borraran de la faz de la Tierra para seguir disfrutando de los ágapes sexuales, ¿no te parece?
—Entiendo que has venido a hablarme de tus visiones, ¿no?
—Ya meterme contigo en la cama si me dejas, muñeca —le echó rostro al asunto, Walt. Añadiendo—: Pero si eres juiciosa como te creo, entenderás que estoy perfectamente cuerdo. No hay visiones, Brenda. Hay un mundo diferente al nuestro, ahí arriba, con sus entes embarcados en naves invasoras, dispuesto a utilizar nuestro oxígeno porque el suyo se extingue. Y un peligro inminente: el lanzamiento del «Buspace I». No sé cómo se conecta una cosa con la otra pero sé que están conectadas.
Brenda le miró con cierto interés... personal. Walt, captó ese interés y se dijo para sí que la cosa marchaba.
— ¿Qué puedo hacer yo, Lambert?
—Mediar acerca del profesor Tracy para que me reciba en secreto. Yo no puedo ir a la «Pacific Plataforma» a pecho descubierto. Me están esperando porque saben que todo mi interés se centra en convencer al profesor de que suspenda el lanzamiento.
—Es difícil... —se mordió el labio y echó adelante sus pechos lúbricos que amenazaban desbordar por completo el escote de la blusa. Abriendo el cajón central del escritorio extrajo un llavín que por encima de la mesa empujó hacia Walt, diciendo—: Pertenece a mi apartamento. Lunapark Avenue, 1817. Espérame allí. No es prudente que sigas aquí, Lambert. En cuanto pueda iré para allá, ¿de acuerdo? Ponte cómodo y sírvete algo.
— ¿No estarás pensando...?
—Si quisiera, periodista, no saldrías de este edificio. ¿Comprendes que estoy jugando limpio?
Walter recogió la llave y se puso en pie.
—Creo que sí, Brenda —admitió.
Saliendo al punto del despacho.
— ¿Estás seguro de que juega limpio, Walter?
Experimentó idéntica vibración que si un venenoso alacrán acabase de incrustarle sus tenacillas en el cogote.
Girando veloz, tenso.
— ¡Aurea...!
Y repitió, entre sorprendido, alegre y confuso:
— ¡Aurea! ¿Cómo estás... aquí?
—Estoy aquí porque no puedo dejarte sólo, Lambert. Sucumbes pronto al hechizo del sexo.
—Aurea... —la miró, embelesado.
Se había convertido en una mujer modernísima cuyo encanto y atractivo estaba muy por encima de las que hasta entonces conociera el periodista.
Un jersey fino, muy blanco, cerrado al cuello, oprimía sus pechos firmes, suaves a la vez, excitantes y vibrátiles. Parecían como encarcelados y daba la sensación de que iban a romper su cautiverio para estallar vivos, libres, ardientes, con toda la carga sexual que almacenaban. Una corta faldita de cuero, negra, estaba adherida a su talle fugaz y apenas si cubría una mínima porción de sus muslos plenos, bronceados y sugestivos. La perfección escultórica de sus piernas largas quedaba totalmente al descubierto.
—Aurea... —no se cansaba de repetir aquel nombre tan hermoso como ella misma—. Dices hechizo del sexo... ¡y sexo eres tú!
Avanzó un par de pasos.
— ¿Sólo piensas en eso, Walter?
— Bueno, hay circunstancias... —hizo ademán de estrecharla entre sus brazos pero ella eludió la efusión. Walt, un tanto desengañado, preguntó—: ¿No dejas que te bese?
—No.
—Has dicho que habías leído en mi cerebro mi amor por ti. Cuando un hombre ama a una mujer la besa...
— Antes de aparecer yo estaba pensando en besar a Brenda y...
— ¡De acuerdo! ¿Cómo voy a negarle evidencia a quién lee mi pensamiento? Pero hay que distinguir entre el amor y el deseo. Se puede poseer a una hembra sin amarla, por simple excitación de la libido. Esa mujer me ha excitado sobremanera, lo reconozco. Hay algo extraño en ella, en sus ojos... Brenda me ha excitado, sí.
Y se dejó caer con tristeza y abatimiento en una de las butaquitas tapizadas en rojo que componían el funcional tresillo que ocupaba una parte del living de aquel confortable y bien aprovechado apartamento.
—No es ella quien te ha excitado —pronunció, con significativo matiz, la bella y sorprendente Aurea.
Walt, respingó.
— ¿Cómo...? ¿Qué quieres decirme?
—Que no es Brenda Olswen, sino Marka.
— ¿Marka...?
—Un ente de características femeninas que procede de Disidente. Que sirve a Mente con criminal fidelidad. Ella se ha posesionado del cerebro de Brenda y te ha captado en su arma sexual. Piensa producir una estimulación vibratoria en tu complejo cardiovascular, cuando la estés poseyendo, concretando orgásmica, al estallar el éxtasis.
— ¡Dios Santo! —balbució.
—Por eso me ha materializado, Walter. Una emisión de mis sensores a los tuyos no habría servido de nada cuando hubieses estado cautivo en la hipnosis sexual provocada por Marka. Entrar en la cama con ella hubiera significado, irreversiblemente, tu muerte. Quizá eso, en el fondo, no me preocupe demasiado... Pero sí la salvación del espécimen humano, lo cual, depende más de ti que de mí.
—Me desprecias, ¿no?
—No es eso. Te hacía más fuerte, simplemente.
—Pero yo te quiero y tú lo sabes, Aurea.
—Y tú sabes, Walter, que ahora no es momento de hablar de ello. Tienes algo más importante y fundamental que hacer... La hora del lanzamiento del «Buspace I» se acerca. Mírame con fijeza, por favor.
— ¿Qué ocurre, Aurea?
—Necesitas de mi fuerza para combatir a Marka... Mírame con fijeza.
Lo hizo.
Debieron transcurrir dos, tres, quizá cuatro minutos.
Walt, parpadeó. Mirando a su entorno. Convenciéndose de que estaba... solo.
Áurea se había esfumado en el éter de igual forma que se materializara por entre él.
Sonó en aquel instante el zumbador.
Integrado por completo en la realidad, Walt abrió la puerta.
Brenda cayó en sus brazos y le estrelló los labios en la boca.
Walter, dueño de sí, hizo no obstante por complacerla entregándose, supuestamente, a un beso demoledor.
Los pechos de ella brincaban estrellándose, violentos, excitantes, provocativos, con toda su carga de energía sexual, contra el tórax varonil. Se incrustaban en él buscando transporta a las regiones ebrias y ciegas del deseo y la pasión.
— ¡Cómo besas, amor...! —jadeó.
Fueron hacia el living y Walt se revolvió, mirándola. Le sonrió al preguntar:
— ¿Has pensado en algo. Brenda?
— ¿Sobre...? —rompió la pregunta al darse cuenta de su error, exclamando—: ¡Ah, sí, te refieres a Tracy! Creo que tengo una fórmula para que puedas entrevistarte con él.
-¿Cuál...?
Brenda, en pleno vestíbulo, se estaba desnudando.
—Luego, cielo, luego. Ahora estoy que quemo... Necesito que apagues ese fuego que has encendido en mí. Hay tiempo. Primero poséeme...
Walter Lambert, perniabierto, casi desafiante, se había plantado frente a ella tras adelantarse unos pasos.
Su pregunta restalló como la abrasante columna del láser:
— ¿Qué debo hacer para sacarte de ahí... Marka?
Un rugido inhumano, estremecedor, surgió de la garganta de quien físicamente era Brenda Olswen. Un gorgoteo animal, como de ultratumba, que al contacto con el aire cobraba matices diabólicos.
Y entonces sucedió.
Del interior de los preciosos ojos grises de la secretaria del profesor Maximillian Tracy empezaron a surgir unas columnas tenues de algo que parecía humo. Humo...
Como el de la puerta ardiente de un cigarrillo, al consumirse, que se va elevando al ámbito y acaba por diluirse en él.
Pero aquellas extrañas, siniestras columnitas, no se diluyeron.
No....
Todo lo contrario.
De sus inicios o ejes concéntricos que se hallaban ubicados en el centro de los iris de Brenda Olswen, las columnas fueron tomando cuerpo. La espiral, ambas espirales, sin perder equidistancia concéntrica con sus génesis, se aunaron en el aire hasta convertirse en una sola ante la atónita mirada de Walter Lambert. Y lo que era humo, hipotético humo en principio, se hizo tangible.
Terrible y espeluznante tangible.
Allí estaba Marka.
Allí estaba... el ente.
Con características muy similares a las humanas, sí. Pero lo que en un terrestre era carne cubriendo el hueso, en aquel engendro era...
Como una pulposa epidermis de membrillo, como una pincelada viscosa, marronácea clara, con estructura humanoide... Repugnaba a la vista por parecer que de un momento a otro iba a convertirse en una balsa de pringue esparcida por el suelo.
Pero no valía la comparación.
Porque aquel ser que lógicamente tenía que descomponerse por falta de consistencia material, aquel ente sin fuerza aparente que reuniese sus átomos... se movía igual que cualquier terrestre. Con sus piernas, sus brazos y manos, sus ojos de luminosidad rojiza, infernal, diabólica...
—Yo soy Marka, sí —se movieron aquellos labios que casi se perdían en el conjunto marronáceo claro de la estructura membrillesca.
Walt, tras la prolongada sorpresa, reaccionó. Así:
—Entonces —dijo con enorme entereza —ya sabes que tu proyecto... el proyecto de Mente, ha fracasado. Voy a desintegrarte, Marka.
— ¡Tú no tienes poder para eso, terrícola!
Y la silueta fláccida y enhiesta al mismo tiempo, inició el avance hacia él.
— Aurea me ha concedido ese poder.
El poder de Aurea pareció enervarla. Porque Marka, a su conjuro, cobró una erectitud impropia de su apariencia, imposible de concebir en aquella pringue oscilante que la exteriorizaba. Y los puntos orillantes, rojizos... que se movían chispeantes dentro de lo que debían ser órbitas, adquirieron unos matices ígneos que, muy a su pesar, hicieron estremecer al periodista.
— ¡Aurea... —rugió con un espasmo—, Aurea maldita! ¡Traidora! ¡Morirá igual que tú! ¡Se perderá en la nada, en los confines del abismo!
Walter inició, al punto, un esfuerzo de concentración, con sus pupilas azules muy fijas en el repugnante aspecto de Marka.
Ella, entendió. Pero hubo una vacilación en su complejo pensante, quizá, porque admitía la posibilidad del poder transmitido al humanoide. Y pese a estar mentalizada para el tránsito, trató de evitar su destrucción.
— ¡Sensath, Dropp... aquí!
Lambert se revolvió justo a tiempo de ver concretarse a los alienígenas.
A Sensath ya lo conocía. Y como la primera vez y lo mismo que el ente que ahora le acompañaba, su materialización era por completo humana. Y gigantesca también.
Hubo un impasse de duda en los tres. Pero de los ojos de Sensath brotaron, al segundo siguiente, dos chorros de azul luminosidad con reminiscencias láser.
Walter vio venir la desintegración hacia él.
Su zambullida desesperada tirándose por debajo de las columnas azuladas que pretendían barrerle y borrarle de la faz de la Tierra fue un alarde de reflejos y una reacción providencial.
Su trayectoria le llevó a estrellarse contra el abdomen de Sensath que se fue atrás como consecuencia de la andanada.
Dropp se apresuró a saltar sobre él aprovechando que tomaba tierra, de bruces, cerca del trompicado Sensath cuya espalda le había llevado a colisionar con el sofá, volcándose al otro lado.
Walt alzó una pierna, encogiéndola y disparándola después con toda la violencia de que se sentía capaz. La coz se estrelló en la cara del alienígena y un ronco gemido pareció ser arrancado de su garganta. Reaccionó con velocidad no obstante estirando ambas manos para atrapar por la cintura a Walter, alzarlo como si fuera una pluma y acabar tirándolo contra el mueble-bar.
El periodista estalló con estrépito sintiendo dolorosas punzadas en la cabeza.
Marka se había hecho a la izquierda para centrar el poder destructor de sus ojos en el medio inconsciente Lambert que ahora llegaba a tierra resbalando sobre la pulida superficie del mueble.
Había una diabólica mueca de triunfo en las facciones repulsivas de la hembra.
Brotaron de sus pupilas los chorros de fuego.
Lambert, recibió en aquel justo instante una vivificadora fuente de energía que alertó su cerebro, dotando de una fuerza hiperhumana todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo. Como si en su entorno se hubiera hecho de súbito la ingravidez, el periodista se alzó en el aire cuando las columnas desintegradores alcanzaban la posición que su naturaleza había estado ocupando una fracción de segundo antes.
Marka, rugiendo algo ininteligible, una expresión en su lenguaje seguramente, trató de perseguirle en su inesperado vuelo con las encendidas pupilas.
Walter se integró de nuevo en la ley de atracción posando sus plantas en el suelo.
Sensath, que reaccionaba pasando de un salto por encima del sofá, se tiró por él.
Cruzándose en la trayectoria que desde los ojos de Marka hasta Walter habían trazado ya los artículos desintegradores.
— ¡Maldición! —rugió la repulsiva ente.
— ¡Aaaaag...! —se retorció Sensath en su humana concreción al sentirse barrido por aquel aluvión térmico que lo reducía a la nada.
Hubo una crispación en Dropp al presenciar la consunción de su compañero.
Y un extraño artefacto surgió entre los dedos de su diestra.
Lambert disparó la pierna zurda, veloz, consciente de que en la anticipación estaba el posible éxito, alcanzando la mano armada y obligándole a soltar el aparato que rebotó en tierra. Dropp se agachó tratando de recuperarlo y un nuevo patadón se estrelló esta vez en su cara proyectándole como tres metros atrás.
Walt, sin concederse ni un segundo de tregua, cayó encima del arma, tomándola. Y sin pensárselo enfiló el extraño y estrecho cañón hacia Dropp a 1a vez que tiraba atrás de aquel gancho curvo que se suponía gatillo.
Una llamarada roja nada más. Sin el menor estruendo.
Dropp alzó los brazos, se contorsionó, trató de iniciar un escorzo que evitase su tránsito pero acabó carbonizado, convertido en un montón de cenizas negras. En una montaña de polvo chamuscado.
Marka, confusa, atropellada su caja intelectual por la rapidez de los sucesos y por el imprevisto desarrollo de los mismos, intentó de batirse en retirada.
Walt vio como parte de su cuerpo fláccido se iba volatizando, metamorfoseándose en el principio concéntrico de aquellas espirales... desaparecido.
Abrió mucho los ojos.
Pero no a causa del asombro.
Decidido a enviar sobre lo que quedaba de Marka en aquella mutación todo el poder destructor que Aurea le había conferido.
Concentrándose con doloroso repiqueteo de sus sienes en la necesidad de pulverizarla.
De pronto, el «membrillo» estalló.
Marka, cazada por el raudal destructor que emanaba de los ojos del periodista antes de concluir la mutación, comprendió que ardía, que se consumía, que se volatilizaba...
Que entraba en el tránsito definitivo.
Y estalló en el vacío perdiéndose por el resto de la eternidad.
Walter Lambert lanzó un sonoro y prolongado suspiro de alivio.
— ¡Buuuuuf!
Añadiendo:
—Después de esto si que no puedo pretender que me crea nadie. Ni ésta...
Y extendió el índice de la derecha sobre el cuerpo inmóvil de Brenda Olswen. La secretaria del profesor Tracy desde el instante en que Marka se concretara saliendo a través de sus pupilas, no había movido ni un músculo. No había parpadeado. Prendida en trance, había permanecido ausente y ajena a todo lo sucedido a su alrededor.
Walt pensó que era conveniente desaparecer de allí antes de que la muchacha regresara a su correcta ubicación. Ahora ya no podría serle de ninguna utilidad. Y era lógico. Lógico esperar que Brenda Olswen no aceptara las explicaciones de lo sucedido. Y lógico que se convirtiera en un obstáculo intentando evitar que Walt se entrevistara con Tracy... todo lo contrario que él pretendía.
Había llegado el momento de arriesgarse... abiertamente. O de estudiar un sistema subrepticio, camuflado, de arribar junto al científico sin que fuera detectado.
¿Cómo...?
A pecho descubierto era suicida tomar forma en la «Pacific Plataforma». Habría estado la alerta roja. Guardias de seguridad y de la Cosmopol por todas partes con sus pistolas anestésicas. Prevención instintiva y psíquica del propio Maximillian Tracy hacia él.
Miró el cronósfero, cuyas agujas viajaban implacables por el tiempo, entendiendo que cada minuto que transcurría era vital.
Porque no significaba nada el hecho de que hubiera salido victorioso en aquellas escaramuzas contra los enviados de Mente. Por qué el seguía allí, en algún lugar del espacio, dispuesto a concretar definitivamente su proyecto.
Y para evitarlo, según Aurea, había que impedir el lanzamiento al cosmos del «Buspace I».
¿Cómo llegar hasta Maximillian Tracy?
Escuchó un gimoteo en la garganta de Brenda Olswen.
La miró, entendiendo que iniciaba su reacción.
Brenda Olswen...
—¡Brenda Olswen...! —exclamó, espontáneo y casi con infantil alegría. Repitiendo—: ¡Brenda Olswen, CLARO! ¡Pero...! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Se fue hacia la mujer depositando, cuidadosamente, la palma de su diestra sobre los labios de ella.
—Es preciso que duermas durante un tiempo, pequeña. Debes dormir, sí. Para asimilar las emociones vividas. Dormir. Brenda, dormir. Tienes que dormir...
Y sus ojos estaban muy agrandados, muy abiertos, muy fijos, en las pupilas grisáceas de la secretaria administrativa del profesor Tracy.
—Dormir...