CAPÍTULO VII

Walter Lambert, después de su fracaso intento, desesperado intento podía decirse, de convencer al profesor Tracy de la urgente necesidad de no lanzar al espacio el «Buspace I», y tras su autorización merced a los poderes transferidos por Aurea, ésta le había magnetotransportado a su nave, desde una de las pantallas videocósmicas de la cual, el periodista, con zozobra, angustia y desesperación, había seguido segundo a segundo la caótica odisea espacial que había concluido con la desintegración de las naves de escolta y el propio conquistador de Mercurio.

Si en la Tierra, para muchos, la aventura del «Buspace I» no había sido un fracaso y sí el estallido agresor de una potencia que no se conformaba con un segundo puesto en la conquista del espacio, poniendo con su acto vandálico la paz mundial en entredicho, para Walt Lambert, no era más que el preludio de una sinfonía apocalíptica. De la sinfonía que estaba interpretando un poderoso alienígena llamado Mente.

Era cuestión de horas, de minutos quizá, que una potencia y otra se enzarzaran en una conflagración nuclear, destructora, que extinguiría buena parte de la humanidad, facilitando así el proyecto genocida de que aquel ser inconcreto que estaba, paradójicamente concretando el exterminio de los terrícolas y ultimando los preparativos de la invasión definitiva.

Por indicación, insistencia de Aurea sobre el particular, Walt se había recluido en una dependencia de la nave para relajarse de la tensión psíquica sufrida, después que le administrasen un calmante hipnógeno.

Aun así, entro en los abismos de un sueño extraño, horrendo y espectral, por el que se debatió, sudoroso y sobresaltado, brincando despavorido de la inverosímil litera que ingravitaba, sorprendentemente fija, en el ámbito de la estancia... Huyendo de los vapores asfixiantes de la pesadilla. Gritando:

-¡AUREA... AUREA, POR FAVOR!

La bella hembra surgió ante él.

—Walt, cálmate. Necesitas reposo. Has vivido una fuerte tensión nerviosa y ello puede afectar incluso tus coordenadas cardiovasculares.

— ¡Es imposible, Aurea! —se desesperó—. ¡He tenido un sueño monstruoso, diabólico! Destrucción, todo era destrucción. Horror y muerte. Ciudades enteras arrasadas, edificios reducidos a polvo, cientos de miles de cadáveres en estado de putrefacción... ¡la apocalipsis! No puedo permanecer aquí, quieto, de brazos cruzados, mientras mi mundo está al borde de la desesperación.

—Me he estado concentrando en pos de Mente y de la forma de exterminarle, pero sigo sin encontrar la conducción. Vierto en ello toda la fuerza de mi Poder pero no obtengo más que sombras y negación. ¿Qué pretendes hacer, Walt?

—Tengo que llegar hasta el Presidente.

—No te escuchará.

—Ahora, quizá sí.

—El peligro de un conflicto nuclear es inminente, Walt. Los ánimos están exacerbados y no razonarán.

— ¿No fuiste tú, Aurea, quién dijo que había que agotar los recursos a nuestro alcance... que teníamos que luchar hasta el fin?

—Puede que entonces ignorase la estulta obcecación de la raza a la que realmente pertenezco...

— ¡Tengo que ver al Presidente!

—Si estás convencido de que la última posibilidad...

—Lo estoy, Aurea, lo estoy.

—Bien, Walt. Entonces... —le sonrió—, voy a disponerlo todo para que se te magnetoimpulse a la Tierra. ¿Washington, no?

—Sí... ¿Estarás en contacto conmigo, Aurea?

—De continuo, Walt. Hiperexcitaré mis sensores para que estén permanentes en los tuyos. Prepárate para el traslado...

—Estoy dispuesto.

*  *  *

Walt Lambert, el terrícola que en pocas fechas había vivido unas emociones que jamás ningún otro congénere suyo lograría equilibrar, se materializó ahora en un fragante bosquecillo que se abría en la parte noreste de las afueras de Washington.

Justo diez horas y veinticinco minutos después que el «Buspace I» hubiese estallado en el cosmos.

Salió a la carretera y viendo en la cercanía las luces de un motel, caminó hasta allí. Estudiaba, entretanto la estrategia que le permitiera llegar al Presidente sin que lo impidieran los Servicios de Seguridad.

Asomó a la planta baja que servía de restaurante y se sorprendió de que estuviese desierto. Sólo una camarera rubita, muy joven, permanecía en su puesto de trabajo. Había una extraña crispación en las facciones de la bonita chica.

—Hola —saludó el periodista encaramándose sobre un taburete.

— ¡También tiene usted valor, amigo! —comentó ella, mirándole.

— ¿Por qué? —indagó él.

— ¿No me dirá que no sabe...?

— ¿Lo del estallido de esa astronave...?

— ¡Qué estallido ni qué niño muerto, amigo! —exclamó la camarera, rompiendo aquel juego inconexo de mutuos interrogantes—, ¡Una agresión soviética! ¡Una provocación que ha sido debidamente contestada por los Estados Unidos!

Walter renunció a razonar con la chica respeto a la naturaleza de los agresores del «Buspace I». Unas palabras pronunciadas por ella le habían estremecido vivamente. Preguntó de nuevo:

— ¿Qué quiere decir con eso de... debidamente contestada?

Ella hizo un gesto, ahora, de tedio y fastidio.

— ¡Usted no se entera de nada!, ¿eh amigo?

— ¿De qué mierda tengo que enterarme, eh amiga? ¡Quieres explicarte de una puta vez!

Viendo la excitación del hombre y su faz congestionada, exclamó ella:

— ¡Calma, muchacho! Se lo diré por llano: misiles láser americanos han pulverizado la ciudad rusa de Stalingrado.

Walter se quedó como un cadáver.

— ¿Que... qué han destruido...? —ahogó el interrogante, gritando—: ¡No es posible que hayan sido tan necios!

— ¡Mire, amigo, mire! Ahora hablan de ello. ¡Mire el teletrivisor!

Miró, sí. En la pantalla del aparato situado al fondo, en un vértice, asomaba la imagen del locutor de Telemundo, asombrando a los televidentes de cualquier lugar del orbe, con estas palabras:

—Tras la destrucción del ingenio espacial «Buspace I» por vehículos soviéticos, agresión negada y desmentida por el Kremlin, el Alto Estado Mayor norteamericano se ha reunido conjuntamente con el Senado y el Congreso, en sesión de urgencia., y al parecer, Estados Unidos ha decidido declarar la guerra a Rusia... aprobándose, según se ha sabido por filtraciones, una operación sorpresiva que ha cristalizado con la destrucción total de Stalingrado. Como antes hicieran los hombres fuertes de Moscú respecto al ataque en el espacio, Washington, que admite haber acordado la declaración de guerra a la URSS, niega rotundamente su participación en el exterminio de Stalingrado y sus habitantes.

«Lo que sí está claro y tiene un vilo a la humanidad entera es el estallido definitivo de las hostilidades entre una y otra potencia, lo cual, obviamente, puede concluir con la destrucción de nuestro planeta.

«Seguidamente conectaremos con nuestro centro emisor en la Confederación Continental Europea, para que nos ofrezcan imágenes...»

Walt saltó del taburete corriendo a la puerta como una exhalación.

— ¡Eh, amigo! ¿Es que no va a tomar ni un mal café? ¡Bah…! ¡Está loco!

Lambert ya estaba en la carretera. Observó los vehículos estacionados en el aparcamiento anexo al motel.

— ¡Uno cualquiera servirá! —se dijo, agitado—, ¡Tengo que llegar al Presidente antes de que sea demasiado tarde! ¡He de evitar la destrucción total!

Entonces escuchó el dulce susurro, suave, de la voz de Aurea, llamándole:

-¡Walt...!

Giró la cabeza.

Ella, la exquisita hembra, estaba allí. Erguida y sonriente a la vez. Casi desafiante. Oteando al viento su melena.

— ¡Aurea! ¿Qué sucede?

Corrieron el uno hacia el otro.

— ¡Lo hallé al fin, Walt! ¡Lo hallé'

— ¿El qué, princesa?

—El... ¡sistema de pulverizar a Mente!

Los ojos azules de Walt colgaron al borde las órbitas.

— ¿Estás... estás segura? —logró, al fin, articular.

—Por completo —sonrió ella, con amplitud—. Y he podido ubicar su posición en el cosmos. La nave en que viaja está muy cerca de la órbita terrestre. Ya no es necesario que vayas junto al Presidente.

—Sí... ¿Pero qué esperas para destruirle, Aurea?

Ella le miró con largueza. Con severidad incluso. Gravemente, al decir:

—Yo no puedo. Walt. Has de hacerlo tú.

Se quedó boquiabierto.

—No entiendo..

—Ven. Nos serviremos del mismo discoimán para ser magnetotransportados a mi nave.

Obedeció sin presentar la más mínima objeción.

* * *

—Has de ser tú. Walt —le dijo Aurea, de nuevo, una vez a bordo. Significando—: Aunque existo de naturaleza humana, mi aparato pensante, mis características psíquicas, fueron intervenidas por él. No puedo combatirle. Tú, sí.

Uno de los seres que tripulaban aquel vehículo interestelar, de apariencia externa humanoide, apareció y dijo, respetuoso:

—Todo está a punto, Aurea. He dispuesto sondas de camuflaje alrededor de la nave que nos permitirán acercarnos sin riesgo alguno a la de Mente. He insonorizado por completo nuestro sistema de conducción de manera que no se puede detectar ningún impulso de los que emitimos. No somos visibles en pantalla ni se nos puede captar en ninguna frecuencia. Es... como si no existiésemos en el espacio.

— ¿A qué distancia estamos de ellos, Zlay?

—A un cuarto de revolución. El señor Lambert debe prepararse para ser atomizado. Lo he programado todo para que se materialice en el sector de la nave donde su ubica el segmento ocupado por Mente. ¿Está dispuesto, señor Lambert?

—Bueno... —tragó saliva forzando una sonrisa—, creo que después de cuanto he visto y vivido últimamente, no me sorprendo de nada y estoy decidido a lo que sea. ¡Cuando queráis! ¡Ah…! y por sí no regreso y la humanidad se salva, que alguien les cuente lo mío, ¿eh? Es por si deciden ponerle mi nombre a algún paseo o autovía.

—Celebro su humor, señor Lambert —anunció el ente.

—Déjenos solos, Zlay. Te activaré sensores para que pulses el rayo de magnetoimpulsión.

—Bien, Aurea. Buena suerte, señor Lambert.

Y se volatilizó.

La preciosa hembra, al tiempo que adelantaba con suavidad su busto hacia él y ofrecía sus labios humanos, rendidos, frutales y húmedos, pidió:

—Bésame, Walt.

— ¿Es una despedida, Aurea?

—Es una confesión de amor, periodista.

Ya nada le sorprendía... o sí. Porque inquirió:

— ¿Me amas, princesa?

—Entiendo que sí. Bésame...

Sepultó los suyos en aquellos labios embriagadores cuya caricia, cuyo ardor, cuya fe y voracidad puestos en el beso, la produjeron un vértigo de éxtasis. Y admitió que valía la pena ser desintegrado bajo el poder de Mente luego de saborear el placer que brindaba semejante beso.

—Creo que sí... —jadeó Walt tras el ósculo.

— ¿Qué... qué es lo que crees, amor? —susurró Aurea.

—Que sí, que me he vuelto rematadamente loco. Que estoy navegando por un mar de alucinaciones y paranoia. Que nada es real desde el momento en que me trajiste aquí por primera vez...

— ¿No te parezco real, Walt?

—Te lo he dicho, ¿no? ¡Me pareces la locura!

La voz, sólo la voz de Zlay, les interrumpió. Así:

—Ha llegado el momento. Todo está dispuesto.

—Bien —repuso ella, consignando—. Cuenta atrás a seis cuando active tus sensores, Zlay —y mirando a Lambert, anunció—: Todo mi Poder, Walt, impregnará otra vez tu aparato pensante. Seréis tú y mi Fuerza quiénes iréis, juntos, al encuentro de Mente en pos de su destrucción. ¡Ah!, y esto.

Del bolsillo superior de su uniforme extrajo un pequeño artilugio, dorado, que parecía de metal.

Lambert lo tomó entre sus dedos, estudiándolo. Y al darse cuenta de lo que realmente era, exclamó:

— ¡Pero, Aurea...! Esto es una...

—Esto es lo que necesitas —le cortó ella—, Walter Lambert, para exterminar a Mente de todas las Creaciones. De la suya propia. Y de aquella de la que fue expulsado hace millones de años y a la que trata ahora de integrarse con genocida desesperación. Ve, Walt, y vuelve pronto. Yo... te esperaré.

Y los sensores de Aurea activaron los de Zlay.