HABLA…  MENTE (II)

Empezó todo, sí.

Les expliqué, a mis criaturas, las razones.

Les dije el por qué.

Era una ley natural en todas las creaciones: la supervivencia.

Pero no les dije, claro, que en aquella aventura de subsistencia que íbamos a emprender, llevaba implícita mi venganza.

¿Para qué tenían que saberlo?

Les bastaba que yo, Mente, hubiese encontrado una pronta y efectiva solución al problema que amenazaba con extinguirles.

¿Y los humanoides? —me preguntó mi fiel Craig.

No son obstáculo —le contesté.

Y no lo eran con relación a mi proyecto.

No lo son, de veras.

Les conozco demasiado bien.

Fui creado con ellos. De su misma naturaleza aunque con poderes infinitos, claro. Quien los hizo no podía pensar en lo que luego habría de calificarse como mi rebeldía y que había de desembocar en mi expulsión. No fui concebido como desidente, claro.

Tampoco Caín fue engendrado para matar a Abel.

Aunque yo, desde lo alto, nunca me he atrevido a calificar de malo a Caín. La culpabilidad es relativa. Lo es todo, en realidad.

¿Estás seguro de ello? —insistió, respetuoso pero alerta, Craig.

Por completo.

Los humanoides son terriblemente débiles. Son frágiles como frágil es su condición. Por muchas cosas. Por su propia egolatría, por su apológico endiosamiento. Por sus continuas alabanzas y su propio loor. No se rebelan mirando hacia lo alto porque poseen un elevado nivel de cobardía. Han querido conocer el miedo y usan de él en su perjuicio. Y en el de los demás.

Porque conocen también el odio y lo barajan con el miedo.

De entre el miedo y el odio surgen muchas de las caóticas reacciones de los humanos. Se temen entre sí —miedo ancestral de unos a otros— y eso les lleva a destruirse.

Cada uno de ellos quiere ser el único inteligente, el único poderoso, el único que ame, el único que esté en lo alto del podio del poder. Y se matan. Poco a poco. Vienen destruyéndose metódicamente desde el mismo día en que fueron creados.

Quizá por todo eso Caín mató a Abel.

Guerra. Ellos, le llaman guerra.

Y el que vence, sino el mejor, si es el más poderoso.

Hace ya siglos, algunos de los llamados filósofos, librepensadores, eruditos, sentenciaron que las guerras eran necesarias: necesarias para la propia supervivencia. Necesarias para contener el alarmante aumento del índice demográfico.

Ahí está la prueba más palpable de la estulticia de los terrícolas. Sus grandes sabios no encontraron mejor panacea para la continuidad del mundo que la sistemática, parcial y hasta controlada destrucción de los más débiles... o de los más peligrosos.

Guerra.

Según los filósofos, los sabios, la Guerra contribuye al progreso. Estimula el ingenio, aguza más la inteligencia, hace que esta estalle con toda su grandiosidad dando paso a lo que ellos llaman inventos.

Megalomanía de poder, es como deberían llamarle.

¿O acaso no son capaces de inventar en paz, de controlar en paz su propia expansión sin necesidad de tener que matarse?

Son estúpidos e imperfectos, Craig —le dije.

Ahora, sus máximas ambiciones, están centradas en lo que llaman Conquista del Espacio.

Dos potencias asumen esa magna empresa en nombre de los demás países de la Tierra. Pero con enorme desconfianza.

Con temor mutuo.

Con odio.

Aunque se reúnan alrededor de pupitres a discutir sus estrategias, sólo piensan en cómo anticiparse al otro. En como desbancarse.

Esa debilidad, ese odio, esa abierta facilidad que tienen para la lucha —la Guerra— y la destrucción, será mi arma.

Yo, Mente, haré que se destruyan.

No todos.

No todos necesariamente.

Porque yo he planeado una especie de fusión entre la Tierra y Disidente. Mi planeta, el planeta que pronto tendremos que abandonar para trasladarnos al de los terrícolas. Y en esa fusión, nosotros seremos los dueños. Los poderosos...

Esa es mi venganza.

Pienso que aunque tratara de obrar por medios pacíficos no conseguiría gran cosa.

No, porque ellos no aceptarían como amigos a unos entes que llegasen procedentes de otra galaxia.

No quiero, de todas formas, vivir en paz con los humanoides.

Los que sobrevivan —todo está previsto— serán nuestros... ¿esclavos les llaman ellos? Sí así les llaman, serán nuestros esclavos.

No hay problema.

Ya he dicho que todo está previsto.

Bueno... debo confesar, admitir, que no todo.

Hay un problema, sí.

Y ese problema, ese único problema, tiene nombre propio: AUREA.

Aurea es... mi problema.

Aurea es la disidente de mi propia Creación.

Aurea se ha revelado.

Contra mí, contra Mente, sí.

Piensa que es la única capaz de concebir una existencia sin violencias en todo el Universo creado y en los Universos que se puedan crear.

¡Estúpida!

Pero ahora, hoy, Aurea es algo más que un problema.

Es un peligro. Un peligro latente, constante, que atenta contra mi proyecto.

Ha desaparecido con un grupo de imbéciles sediciosos.

Pero acabaré con ellos como exterminaré de la faz de la Tierra a buena parte de los humanoides.

¡Aurea...!

¡Aurea! ¿Dónde estás, maldita?

Debo concentrarme para localizarla. Sé que se halla en algún lugar del Espacio, que se está concentrando en algún punto del Tiempo para, ¡pobre ilusa!, iniciar la batalla contra mí.

Es necesario que solucione este problema.

Ahora.

Ahora que las primeras naves de mis entes creados han partido para estacionarse en el cosmos, cerca de la Tierra, no puedo permitir que Aurea siga su loca carrera de rebeldía contra mí.

Aurea... debe morir.

Tengo que reducirla a polvo.

Como a una mayoría de los terrícolas.

Tengo que concentrar todo mi poder, el infinito poder de Mente, para localizarla.

Y desintegrarla.

¡Aurea! ¿Dónde te hayas, mi pequeña y maldita disidente?

Siento terribles y lacerantes dolores a causa del tremendo esfuerzo de concentración que estoy realizando. Mis células se sobreponen y convergen hasta convertirse en una sola.

Estoy buscándola.

Busco a Aurea.

¡Pero...! ¿Qué estoy viendo? Es ella..., ¡es Aurea!

Allá abajo, cerca de la Tierra. Su nave está detenida por encima de la ionosfera terrestre. Y... ¿qué es ese borrón...? ¡Un terrícola! ¡Aurea se está poniendo en contacto con un humanoide!

Pobre Aurea.

Pobre ilusa.

Te lo has buscado, pequeña. Serás la primera, Aurea. Tú, estúpida rebelde. Tú que has querido disentir como yo sin pensar que en todo lo Creado y lo que está por Crear sólo puede existir un disidente, sólo UNO. Voy a pulverizar tu nave con ese insignificante terrícola a bordo. Porque sólo debo quedar yo, el ÚNICO disidente. Yo y mis seres. Aquellos que me sean fieles. Exterminando a cuantos traten de rebelarse a mí poder.

Sólo uno.

Sólo yo.

Sólo Mente.

Voy a reducirle a polvo, te voy a devolver a la nada de que fuiste creada, Aurea. Las naves ya se están acercando para tomar posiciones y apoyar la primera fase del proyecto. Un proyecto que se iniciará dentro de pocas fechas. Y no voy a correr el menor riesgo, no. Del éxito depende la subsistencia de mis entes y la cristalización de mi venganza contra el que me condenó a vagar como un apátrida del Universo por los confines perdidos del Infinito. No puedo correr nesgo alguno, no. Ni vacilar lo más mínimo, tampoco. Sí, Aurea, sí. Te voy a destruir.

Independientemente de que se ha convertido en un gravísimo obstáculo con respecto al triunfo final de mi gigantesca aventura, de mi proyecto, tendría que deshacerme igualmente de ella.

Tendría que reducirla a nada.

Por muchísimas razones. La principal, dejando a un lado el proyecto que me ocupa, evitar semejante precedente.

Seguir manteniendo mi férreo principio de obediencia y disciplina.

Y ella, Aurea, se niega a obedecer,

Me niega la sumisión que me debe por el hecho de ser su Creador.

Tengo que hacerlo, sin más.

Porque cuando mi dominio se extienda definitivamente sobre la faz de la Tierra, sólo debe existir un ser supremo.

Un único ser supremo.

Yo: Mente.

Aurea debe morir,

Pero antes, voy a infiltrarme en tus elucubraciones. Voy a escuchar lo que le dices al terrícola. Lo que pretendes de él. Voy a saber tu proyecto. Ese proyecto que disiente del mío.

Después, inmediatamente después, Aurea morirá.

Morirá, sí.

Desaparecerá para siempre.