Brooklyn
1953
Lo primero que advertía uno al mirar a Sarah Adler eran las grandes gafas de concha prendidas a su delgada cara. Charlie también había reparado, cuando se inclinó hacia delante, en la pequeña estrella de David que llevaba colgada entre los pechos. Luego, al mirar bajo los lentes, vio que sus ojos no sólo tenían una mirada intensa, sino una mágica tonalidad parda aureolada de una portentosa luz.
Sarah Adler tenía veinticuatro años. En ese preciso momento, mientras miraba con aquellos ojos castaños a Charlie Master desde el otro lado de la mesa del elegante restaurante del Saint Regis, se preguntaba: «¿Qué edad tendrá? ¿Cincuenta años, tal vez?». En todo caso le doblaba la edad, aunque parecía estar muy bien conservado.
Aparte, había que reconocer que los hombres mayores eran mucho más interesantes.
El Saint Regis, situado en la Quinta Avenida a la altura de la Cincuenta y Cinco, no era sólo un hotel: era un palacio. La había llevado a tomar algo, primero al bar revestido de madera, donde un luminoso y enorme mural de Maxfield Parris titulado Old King Cole proporcionaba un cálido ambiente a todo el espacio. A ella le había gustado. Después habían ido al comedor, con su multitud de pilares. El señor Charles Master sabía, desde luego, cómo tratar a las chicas. Además, hablaba bien.
Hacía sólo tres semanas que había aceptado el trabajo en la galería, aunque pagaban una miseria. Por eso, cuando el señor Master llegó aquella mañana con su increíble colección de fotografías y el propietario de la galería le dijo que se encargara de ella, no dio crédito a su suerte. Y ahora se encontraban sentados en el Saint Regis y estaba disfrutando de una de las conversaciones más interesantes que había mantenido en toda su vida.
Aquel hombre parecía conocer a todo el mundo. Había sido amigo de Eugene O’Neill y toda la gente del mundo del teatro de los años treinta, y él mismo había escrito obras dramáticas. Había oído a los grandes intérpretes de jazz en Harlem antes de que se hicieran famosos, se acordaba de Charlie Chaplin cuando aún actuaba en escena. Y ahora acababa de decirle algo todavía más asombroso.
—¿Conoces a Ernest Hemingway? —Ella adoraba a Hemingway—. ¿Dónde lo conociste? ¿En París?
—En España.
—¿O sea, que estuviste en la Guerra Civil española?
Sarah tenía sólo siete años cuando se inició la Guerra Civil en España, pero le habían hablado de ella en la escuela… y en su casa. En la casa de los Adler, en Brooklyn, las discusiones sobre el tema habían sido interminables. Nadie apoyaba, por supuesto, el bando que al final resultó ganador. El general Franco, el fascista, aliado con los autoritarios católicos y monárquicos, era la encarnación de todo cuanto detestaba la familia Adler.
—No es mejor que Hitler —solía afirmar su padre.
Esther Adler, por su parte, proveniente de una familia sindicalista de izquierda, ¡estaba dispuesta incluso a alistarse en las Brigadas Internacionales para ir a luchar al frente! Todo el mundo era partidario de las izquierdas.
La excepción era el tío Herman. El hermano de su padre era un hombre corpulento que se vanagloriaba de conocer a fondo lo que se cocía en Europa. Fuera cual fuese el tema, él siempre estaba mejor informado que los demás.
—Escúchame bien —reclamaba—, Franco es un autoritario a la antigua usanza. Que es un hijo de puta, lo es, pero no es un nazi.
—¿Y esos católicos monárquicos que lo respaldan? —replicaba entonces su madre—. ¿Sabes lo que les hizo la Inquisición española a los judíos?
Al poco estallaba una acalorada pelea.
—¿Y crees que los que luchan contra Franco son liberales americanos como tú? Pues para que lo sepas, Esther, la mitad de esa gente son trotskistas y anarquistas, ni más ni menos. Quieren convertir el país en otra Rusia como la de Stalin. ¿Y a ti te parece que eso es algo bueno? ¡No! —gritaba de repente el tío Herman cuando su hermano trataba de intervenir—. Primero quiero saber si ella cree que ése es un objetivo loable.
—A tu tío simplemente le gusta discutir —le explicaba más tarde su madre a Sarah—. No sabe de qué habla.
Cuando estaba solo con Sarah, en cambio, el tío Herman le daba caramelos y le contaba cuentos con una voz muy dulce, con lo cual ella sabía que era una persona amable y bondadosa. Era sólo que le gustaba discutir.
Por desgracia, aquéllos eran los únicos recuerdos que Sarah conservaba de su tío Herman. La Guerra Civil española aún no había acabado cuando se fue a Europa… aunque no para luchar en España. Quizá su suerte habría sido otra si hubiera ido allí.
El tío Herman nunca regresó. Aquél era un tema del que su padre no soportaba hablar y por eso la familia nunca lo mencionaba ya, al pobre.
—Trabajaba como periodista —precisó Charlie—, para las publicaciones de Hearst. Estuve bebiendo unas cuantas veces con Hemingway, eso es todo.
Sarah soltó una carcajada.
—Te burlas de mí —la acusó él.
—No. Estoy impresionada. ¿Cómo era Hemingway?
—Era agradable como compañía. Me gustaba más que Dos Passos o George Orwell.
—¿Dos Passos? ¿Orwell? Ay Jesús, aquello debió de ser asombroso.
—Desde luego. Pero las guerras civiles son horrendas, sangrientas.
—A Hemingway lo hirieron.
—A mí también, de hecho.
—¿Sí? ¿Cómo?
—Había un hombre abajo, bastante cerca del lugar desde donde yo informaba. Se lo oía gritar. Tenían una camilla pero sólo una persona para transportarlo, de modo que me ofrecí voluntario. Cuando volvía, me estalló un proyectil a unos pasos. Todavía tengo un trozo de metralla en la pierna que de vez en cuando deja sentir su presencia.
—¿Tienes una cicatriz?
—Por supuesto.
—Pero salvaste a un hombre.
—No se salvó.
Charlie Master llevaba bigote, entreverado de canas. No acababa de precisar si le recordaba más a Hemingway o a Tennessee Williams. En cualquier caso, tenía una buena presencia. Había mencionado que tenía un hijo. ¿Tendría también una esposa?
—¿Y qué hiciste durante la Segunda Guerra Mundial? —preguntó—. ¿Luchaste en Europa?
—Estuve en Newport.
—¿En Newport, de Rhode Island?
—Allí hay uno de los mejores puertos de aguas profundas del país. Los británicos lo utilizaron durante la Guerra de Independencia. En ese lugar hubo mucha actividad, sobre todo en el cuarenta y tres y el cuarenta y cuatro, en cuestiones de defensa del litoral y escuelas navales concretamente. Yo estuve de guardacostas. —Esbozó una sonrisa—. Para mí fue como un retorno a la infancia. Por entonces teníamos una casa allí.
—¿Como uno de esos palacios que hay en ese sitio?
—No, pero era muy espaciosa. Después de que mi padre perdiera todo el dinero en el crack, vendieron las casas de Newport y de Nueva York. Tuvieron que mudarse a un apartamento en Park Avenue.
Ya se había imaginado que Charlie Master era una especie de aristócrata. Tenía aquella manera de hablar suave, tan distintiva. Aunque eso de trasladarse a Park Avenue porque uno era pobre no acababa de encajarle. Desde luego, se trataba de otro mundo.
—¿Así que pasaste penalidades durante la Depresión? —bromeó, aunque enseguida lamentó el sarcasmo.
—Suena un poco tonto, ¿no? —repuso él con ironía—. Pues puedes creerme —continuó con más seriedad—, que al principio de la Depresión mediaba sólo un paso de una situación de considerable riqueza a la pobreza absoluta. Para toda oferta de empleo se formaban colas larguísimas. Los agentes de Wall Street, gente a la que uno conocía, vendían manzanas en la calle. Recuerdo en una ocasión en que iba caminando con mi padre y, al reparar en uno de esos individuos, me dijo: «Un par de puntos de porcentaje más, Charlie, y yo podría encontrarme en su lugar».
—¿Crees que era cierto?
—Totalmente. Cuando la agencia de Bolsa de mi padre quebró podríamos habernos quedado en la ruina, acabados del todo. ¿Viste alguna vez Central Park durante los primeros años de la Depresión? La gente construía cabañas allí, como en un campamento de chabolas, porque no tenían donde vivir. Un día, mi padre se encontró a uno de sus amigos allí. Lo llevó a casa, y estuvo viviendo con nosotros durante meses. Recuerdo que dormía en un sofá. O sea, que tuvimos suerte, pero éramos conscientes de ello. —Asintió para sí—. ¿Y a tu familia? ¿Cómo les fue?
—¿A mi familia de locos? En la familia de mi padre, a uno de los hijos siempre se le obligaba a estudiar, y le tocó a mi padre. Llegó a ser dentista. Incluso durante la Depresión, la gente necesitaba que le arreglaran la dentadura, de manera que no notamos mucho la crisis.
—Qué bien.
—No tanto. Mi padre no quería ser dentista, sino concertista de piano. Aún tiene un piano en su sala de espera y practica mientras espera a los pacientes.
—¿Es buen pianista?
—Sí, pero es un dentista terrible… Mi madre nunca le ha dejado ocuparse de su dentadura.
A Sarah no le apetecía, con todo, hablar de su familia. Quería oír más sobre la vida de él. Estuvieron charlando un rato de los años treinta. Fue muy interesante y, además, descubrió que tenía la capacidad de hacerlo reír.
Finalmente, tuvo que regresar a la galería. Concertaron la próxima cita para el mes siguiente, de modo que supuso que no lo volvería a ver hasta entonces.
—Hay una nueva exposición en la galería Betty Parson —comentó él, no obstante, mientras se despedían—. ¿Vas a las inauguraciones?
—Sí —respondió, sorprendida.
—Ah, entonces puede que nos veamos allí.
—Es posible.
«Voy a ir, no te quepa duda», resolvió de inmediato. Aún no había averiguado si estaba casado. Claro que también había cosas de ella de las que él tampoco sabía nada.
El sábado, Charlie tomó el transbordador para ir a Staten Island. Hacía un bonito día de octubre y el trayecto resultó placentero. Solía efectuarlo cada dos semanas, para ir a recoger al pequeño Gorham.
No fue idea suya ponerle ese nombre a su hijo. Julie había querido ponerle el nombre de su abuelo y la madre de Charlie la había apoyado.
—Yo encuentro bonito llevar el nombre de un antepasado que firmó la Constitución —declaró Rose, siempre tan pendiente de aquellas cuestiones de abolengo.
La familia de Julie era una familia de solera y también tenía bastante dinero. Ella era rubia, de ojos azules e insulsa, y su familia constaba en el Registro Social, al igual que los Master. La famosa lista de Cuatrocientos de la señora Astor era algo del pasado, pero los registros, aquellas guías donde se incluían las buenas familias asentadas desde hacía tiempo en Estados Unidos, estaban aún muy presentes. Charlie suponía, de hecho, que era posible llevar una vida social plenamente satisfactoria sin tratarse con nadie que no constara en sus páginas. Rose estuvo encantada cuando, al final de la guerra, Charlie se casó con Julie.
El año anterior, cuando se divorciaron, se llevó un disgusto.
Probablemente el responsable del fracaso del matrimonio era él. Julie se había cansado de sus continuos cambios de trabajo. Tampoco se podía decir que no ganara dinero. En los años treinta, aunque tampoco habían nadado en la abundancia, siempre había ganado lo suficiente ejerciendo diversas actividades por cuenta propia, e incluso durante la Depresión se podía ganar dinero en la industria del ocio. Había colaborado en obras de teatro y películas; por la época en que se casó, tenía incluso una pequeña participación en un musical de Broadway. Y después de que Julie comprase el apartamento, siempre fue capaz de costear el mantenimiento y ese tipo de gastos. Cuando nació su hijo, pensó que quizá aquello los uniría más.
El pequeño Gorham. La mayoría de la gente que conocía tenía apodos. A quien le habían puesto John, pasaba a llamarse Jack; Henry se convertía en Harry; Augustus en Gus, Howard en Howie; Winthrop en Win; Prescott en Pres… Así lo llamaban a uno los amigos y conocidos. El pequeño Gorham, en cambio, siempre se llamó Gorham.
Luego Julie le dijo que quería el divorcio para poder casarse con un médico, de Staten Island, precisamente. Él no tenía nada contra Staten Island, claro. El distrito de Richmond, según su denominación oficial, no estaba aún conectado con ningún otro mediante un puente, lo cual hacía de él un reducto rural con un carácter casi dieciochesco que la isla de Manhattan había perdido por completo. Aunque la vista del agua fuera agradable, resultaba un tanto pesado tener que ir hasta allí a buscar a su hijo los fines de semana.
Julie y Gorham lo esperaban en la estación. Ella llevaba una chaqueta nueva y un sombrerito de fieltro. Tenía buen aspecto. Charlie no puso ninguna clase de reparo a sus demandas de dinero cuando se divorciaron. No valía la pena tomarse la molestia. Ella había vendido el apartamento y, como el médico con el que se casó poseía ya una bonita casa, tenía mucho dinero a su disposición.
En el trayecto de regreso, con el brazo apoyado en el hombro de su hijo, fue señalándole los lugares por los que pasaban. Gorham tenía cinco años. Era rubio y tenía los ojos azules, como su padre y su madre. Aunque los niños presentan una semejanza con distintos parientes según la franja de edad, por el momento Gorham se parecía a su padre. Charlie sabía que su hijo lo necesitaba y hacía lo posible por estar con él.
—¿Vamos a ir a ver un espectáculo esta noche? —preguntó el niño.
—Sí. Vamos a ver South Pacific.
—¿Sí? ¿De verdad?
—Te lo había prometido.
—South Pacific —murmuró con cara de felicidad.
Aunque era muy pequeño para esa clase de obra, se había empeñado en verla y tampoco él veía ningún motivo para no complacerlo. Unos años atrás, cuando se enteró de que iban a adaptar el libro de James Michener para montar un musical firmado por Rodgers y Hammerstein, tuvo sus dudas de si iba a funcionar. Después del rotundo éxito que habían alcanzado las canciones interpretadas en la obra y las casi dos mil representaciones que llevaba ya, la respuesta estaba clara. Incluso a aquellas alturas había tenido que pagar el doble del precio oficial a un revendedor por las localidades de esa noche. Cabía esperar que, después de todo aquel esfuerzo, el pequeño disfrutara con el espectáculo.
Mientras su hijo se regocijaba con aquella perspectiva, Charlie rememoró su encuentro con aquella chica.
La colección de fotografías era importante para él. Había apreciado mucho a Edmund Keller. Durante la Depresión, aparte de ofrecerle su amistad, éste le había conseguido algunas clases que impartir en Columbia que le habían representado ingresos adicionales. Dos años atrás, para Charlie supuso una conmoción saber que su amigo padecía un cáncer.
—Charlie, quiero que tú seas el custodio de las fotografías de mi padre. No hay nadie en la familia que sepa cómo tratar estas cuestiones. Si sacas algún dinero de ellas, debes quedarte una comisión y añadir el resto a mi herencia. ¿Querrás hacerme ese favor?
La colección era magnífica. A Charlie le gustaba trabajar en un pequeño apartamento situado en un edificio del Riverside Drive, cerca de la Universidad de Columbia, que le servía de oficina y almacén. Unos meses atrás había planteado una propuesta a la galería y, después de acudir a ver la colección, el propietario había accedido a mostrarla en una exposición. Charlie se encargaría de la publicidad.
Se llevó una gran decepción cuando el propietario delegó todas las gestiones a una joven que acababa de empezar a trabajar allí. De mala gana, entregó a ésta la carpeta que había traído consigo para que le echara un vistazo.
Lo asombroso fue que en lugar de hojearlas y emitir los educados murmullos aprobadores de rigor, la chica se puso a mirarlas una por una, con tanta atención que Charlie hasta pensó si no se habría olvidado de él.
—Éstas podrían ser del primer periodo de Stieglitz —señaló, separando media docena de fotografías.
Tenía toda la razón. El legendario fotógrafo de Nueva York y empresario artístico había producido durante el periodo de cambio de siglo, después de regresar de Alemania, unas cuantas obras muy hermosas de un estilo próximo al de Theodore Keller.
—¿Se conocieron? —preguntó la joven.
—Sí. Se vieron varias veces. Tengo los diarios de Keller.
—Deberíamos mencionarlo. —Tomó una foto anterior, en la que aparecían unos hombres caminando en las vías de tren contiguas al río Hudson—. Qué maravilla —alabó—. Es una composición asombrosa.
Empezaron a hablar de la técnica de Keller y siguieron conversando durante una hora.
—Yo me tengo que desplazar al centro después. Si quiere podemos ir al Saint Regis —propuso él.
Se preguntó si aparecería en la inauguración de la exposición de Betty Parson la semana siguiente.
En la estación del transbordador de Manhattan llamó a un taxi. Al poco subían por el East River Drive y cruzaban la Primera Avenida. Al pasar por la calle Cuarenta y Dos, señaló el flamante nuevo edificio de las Naciones Unidas, que se reflejaba en el agua. Le gustaba la moderna sobriedad de su silueta. Gorham lo miró, pero era imposible saber qué pensaba de él.
—El River House queda un poco más arriba —explicó Charlie—. Tu abuela tiene muchos amigos en ese edificio.
Se trataba, tal vez, del edificio de apartamentos más opulento de la ciudad, aunque el pequeño Gorham no tenía ni idea de qué significaba aquello, claro.
Charlie siempre había dado por supuesto que su hijo viviría en el mismo mundo que él. Lo daba por sentado hasta que Julie se trasladó a Staten Island. ¿Acaso se podía respirar el osado espíritu pionero de aquella gran ciudad desde Staten Island? Tal vez sí. Al fin y al cabo, formaba parte de uno de sus cinco distritos. ¿Su hijo llegaría a comprenderla realmente, aun así? ¿Sabría cuáles eran los mejores edificios del Upper East Side? ¿Conocería todos los restaurantes y clubes? ¿Y los íntimos rincones y olores del Greenwich Village, la peculiar textura del Soho? En momentos así, Charlie tomaba conciencia de lo mucho que amaba Manhattan y le producía un terrible dolor, un sentimiento de pérdida, la idea de que tal vez no pudiera llegar a compartir la ciudad con su hijo.
En la calle Cuarenta y Siete doblaron a la izquierda. Al cruzar la avenida Lexington, Charlie apuntó hacia el sur.
—La Gran Estación Central queda allí —dijo.
Gorham guardó silencio. Llegaron a Park Avenue y giraron en dirección norte.
—Cuando yo era niño —evocó Charlie—, aquí había talleres y depósitos de trenes. Park Avenue no era tan pulcro entonces, pero ahora las líneas de tren van bajo tierra y todo se ve muy bonito aquí ¿no te parece?
—Sí, papá —confirmó el niño.
Se dio cuenta de que había algo más que quería transmitir al pequeño, algo de gran calado. Más allá de la magnificencia de las casas y apartamentos, lo importante era la ebullición de vida de las calles, los periódicos, los teatros, las galerías, los grandes negocios de la ciudad. Lo que realmente contaba, lo que necesitaba que Gorham entendiera, puesto que formaba parte de su herencia, era el indómito espíritu de Nueva York.
Ni siquiera la Depresión había llegado a derribar la ciudad. Tres gigantes la habían salvado. En primer lugar, el presidente Franklin D. Roosevelt, que con su apellido holandés era un neoyorquino de pura cepa. Era preciso tener los arrestos y la osadía de un neoyorquino, pensaba Charlie, para llevar adelante el New Deal[5]. El segundo coloso fue el animoso alcalde La Guardia, que estuvo al frente de la ciudad desde principios de los años treinta hasta el cuarenta y cinco. Aun siendo formalmente un republicano, trabajó a favor del New Deal y dirigió la corporación municipal más honrada que había tenido la ciudad en toda la historia, velando por los pobres a lo largo de aquel doloroso periodo. El tercer personaje, bastante espectacular a su manera, fue el brutal Robert Moses.
Nadie había visto emprender jamás tantas obras públicas a la escala que impulsó el comisario Moses. Por una parte estaban aquellos imponentes puentes, como el Tribourough, que comunicaba Long Island con Manhattan o el hermoso Whitestone, tendido entre Long Island y el Bronx. También impulsó la creación de unos cuantos parques públicos, pero sobre todo, las grandes carreteras que facilitaban el creciente tráfico de vehículos entre los distritos de Nueva York. Con aquellos titánicos proyectos, Moses atrajo inversiones federales millonarias a la ciudad que permitieron, por otra parte, dar empleo a miles de personas.
Alguna gente opinaba que Moses aplicaba métodos crueles. Decían que la gran autopista de Long Island evitaba las grandes fincas de los ricos pero destruía las casas de los pobres, que sólo se preocupaba por la circulación de los coches y se desentendía del transporte público. Llegaban incluso a afirmar que las nuevas vías de circulación creaban obstáculos que suponían una barrera física entre los barrios negros y los parques públicos.
Charlie no estaba seguro de que tuvieran razón. El transporte público de Nueva York era bastante bueno y, en aquella nueva era presidida por el automóvil, la ciudad habría quedado bloqueada si no hubiera contado con esas nuevas carreteras. Aunque las críticas relacionadas con los parques y los vecindarios negros eran tal vez fundadas, el trazado de las autovías era magnífico. Cuando conducía por la avenida Henry Hudson del West Side —que le permitía a uno circular como una seda junto a la gloriosa panorámica del río hasta más allá del puente George Washington— Charlie estaba casi por perdonarle cualquier cosa a Moses.
Lo difícil era, pensó mientras aparcaba en Park Avenue junto al edificio de su madre, encontrar la manera de explicarle todo aquello a su hijo.
El portero, con guantes blancos, los acompañó al ascensor. Rose ya los esperaba en la puerta del apartamento. Aunque tenía más de ochenta años, aparentaba unos sesenta y cinco. Después de saludarlos con cariño se dirigieron juntos al salón.
El piso era espacioso. Según la manera usual de contar las estancias en la ciudad, tenía seis habitaciones: salón, comedor, cocina, dos dormitorios y un cuarto para la criada contiguo a la cocina. Los tres cuartos de baño no se incluían en el cómputo. Si bien era una vivienda bastante respetable para una señora viuda, no acababa de ser suficiente para la categoría de su familia. Charlie habría preferido que tuviera ocho habitaciones, con lo cual se podría disponer de otro dormitorio o una biblioteca y un cuarto más para el servicio. En los apartamentos de ocho piezas, las habitaciones solían ser además más espaciosas. Cuando se casaron, Charlie y Julie se instalaron en un piso de ocho habitaciones, aunque no en Park Avenue.
Claro que si hubiera buscado una ocupación en Wall Street, si se hubiera dedicado a ganar dinero como algunos de sus amigos, a aquellas alturas Charlie tendría posiblemente uno de aquellos espaciosos apartamentos en Park Avenue o en la Quinta, con diez habitaciones, o quince incluso. Eran enormes, como mansiones, con cuatro o cinco cuartos para el servicio.
Charlie tenía por aquel entonces un apartamento en la Setenta y Ocho con la Tercera, no lejos de la casa de su madre. Aquélla era una buena calle, donde los apartamentos tenían grandes salones semejantes a los estudios de los artistas, bastante idóneos para un hombre soltero. Él no disponía de portero, sin embargo, y la gente bien tenía que tener un portero.
Rose tenía buena mano con los niños. A Gorham le enseñaba fotografías de su abuelo y su bisabuelo, cosa que le encantaba. También había fotos de la casa de Newport, vestigios destinados a recordar al pequeño sus verdaderos orígenes.
A mediodía, salieron y fueron en taxi al hotel Plaza. En el Palm Court los condujeron hasta una mesa. Se notaba que Gorham estaba impresionado con el restaurante Palm Court.
—A veces voy andando hasta el Carlyle —dijo Rose—, pero me gusta venir aquí. Es agradable estar cerca del parque.
Ella eligió una ensalada mientras que su nieto, después de comerse juiciosamente el pescado, se relamió con un postre a base de chocolate. Estuvieron hablando de la escuela adonde había comenzado a asistir.
—Cuando seas mayor —pronosticó Rose—, irás a Groton.
Julie no había puesto ningún impedimento al respecto. Todos estaban de acuerdo. Para ser exactos, según precisó Charlie, eran su madre y su exesposa quienes se habían puesto de acuerdo. Él sólo tenía que pagar las facturas. A él le habría gustado que Gorham fuera a uno de aquellos colegios de la ciudad y no a un internado, pero aquello no resultaba fácil residiendo en Staten Island y la posibilidad de que fuera a vivir con él, o con su abuela, en el supuesto de que siguiera viva para entonces, parecía difícil.
—¿Tú fuiste a Groton, papá? —preguntó el niño.
—No —contestó Rose—, aunque probablemente hubiera valido más que fuera.
Se trataba de un centro muy bueno, desde luego. Aquel internado de Massachusetts, que seguía el modelo del Cheltenham College de Inglaterra, tenía como lema en latín «Servir a Dios y gobernar», tal como tradujo Charlie. Se trataba de un cristianismo disciplinario, episcopal, por supuesto. Impartían una buena educación impregnada de sensatez, alejada del intelectualismo, con mucho deporte y duchas frías. Al igual que los dirigentes del Imperio británico, los propietarios de las grandes fortunas de América no debían caer en la molicie.
—Allí conocerá al tipo de personas adecuadas —reconoció alegremente Charlie.
Con eso se refería a los Roosevelt, Auchincloss, Morgan, Whitney, Du Pont, Adams, Harriman, Grew y muchos más, gente con el tipo de apellidos que frecuentaban el Groton.
—¿No hubo uno allí que se llamaba Peabody? —preguntó Gorham.
—Sí, Gorham —confirmó Charlie—. Él fundó el colegio. Fue el director durante cincuenta años e hizo una gran labor.
—Fíjate —comentó en voz baja su madre—, he oído que han dejado entrar en Groton a un chico negro.
—Sí —dijo Charlie—. Hará un par de años. Eso está bien.
—Hombre… —murmuró su madre—. Por lo menos no era un judío.
Charlie sacudió la cabeza. En ciertas ocasiones, lo mejor era no hacer mucho caso a su madre.
Cuando salieron a la calle, Gorham vio uno de aquellos preciosos cabriolés tirados por caballos parado en la esquina y pidió si podían dar una vuelta en él. Charlie consultó con la mirada a su madre, que asintió.
—¿Por qué no? —aceptó.
Fue un placentero paseo. Primero bajaron por la Quinta Avenida.
—Aquí estaba antes la casa de los Vanderbilt —explicó su madre, fiel a sus costumbres, cuando pasaron delante de los elegantes grandes almacenes Bergdorf—. Aquí antes sólo había casas particulares, y ahora sólo hay iglesias y tiendas —comentó con tristeza un par de minutos después, mientras se aproximaban a la fachada neogótica de la catedral de Saint Patrick.
En realidad, según cayó en la cuenta Charlie, estaban llegando a la auténtica médula espiritual del centro de la ciudad. Ello no se debía a la catedral, por más importante que fuera ésta. No, la médula espiritual de Manhattan se encontraba frente a la catedral, justo al otro lado de la calle.
¡Con qué nitidez recordaba todos aquellos años, que abarcaron toda la década de 1930 y parte de los años cuarenta, en que cuando uno tendía la vista sobre Manhattan veía el inmenso rascacielos del Empire State Building como un símbolo que dominaba el cielo! En realidad era un símbolo de fracaso. Ochenta y ocho pisos de oficinas… que no había manera de alquilar. De vez en cuando se alquilaba alguna, pero durante los años de la Depresión el rascacielos estuvo casi vacío. En vista de ello, habría sido previsible que otros se lo pensaran dos veces antes de construir más edificios de oficinas en aquel periodo… aunque quienes conocieran a los neoyorquinos, o a la familia Rockefeller, no habrían sido de la misma opinión.
Justo antes del crack de 1929, John D. Rockefeller hijo había arrendado veintidós acres en el lado occidental de la Quinta Avenida para construir un complejo de edificios de oficinas de estilo art déco y un teatro de ópera. La crisis bursátil obligó a Rockefeller a renunciar a este último, pero no lo hizo desistir de llevar a cabo el resto del proyecto. Sin ayuda de nadie, la familia más rica del mundo no sólo levantó un rascacielos, sino catorce, provistos de jardines en la azotea y una plaza central, con lo que compuso el espacio peatonal más elegante de la ciudad. Su encantador patio central servía de restaurante al aire libre en verano y de pista de patinaje en invierno. Hacia el final de una década de obras, un día de diciembre, algunos obreros que trabajaban en ella decidieron poner un árbol de Navidad en la plaza.
El Rockefeller Center fue un triunfo. Era grande, era elegante y era opulento. Lo proyectaron neoyorquinos que no se resignaban ante los obstáculos. Ni siquiera la Depresión podía sumirlos en el desaliento. Ésa era la cuestión capital, meditaba Charlie. Ése era el carácter distintivo de Nueva York. Los emigrantes llegaban con los bolsillos vacíos y, aun así, salían adelante. Incluso el primer Astor había llegado prácticamente con nada. Ésa era la tradición, que se podía remontar hasta aquellos toscos y curtidos capitanes de barco y colonos de la costa Este de quienes descendían él y su hijo. Rockefeller fue un titán, al igual que Pierpont Morgan o el presidente Roosevelt… todos príncipes del mundo, imbuidos del espíritu de Nueva York.
—Ése es el Rockefeller Center —informó a su hijo—. Lo siguieron construyendo a lo largo de la Depresión porque Rockefeller tenía dinero y arrestos. ¿No es bonito?
—Sí —acordó Gorham.
—A un neoyorquino nunca pueden derrotarlo, Gorham, porque se vuelve a levantar enseguida. No lo olvides.
—De acuerdo, papá —prometió el niño.
El cabriolé los subió por la Sexta y los devolvió cruzando el Central Park. Lo pasaron muy bien. Al llegar a su punto de partida, sin poder evitarlo, Charlie se dio cuenta de la pura e insoslayable verdad: que acababan de subirse a un coche de caballos, como unos turistas. Esa noche llevaría a Gorham a un espectáculo, más o menos como un turista, y al día siguiente tendría que volver a acompañarlo a Staten Island.
Y entonces su hijo tomó la palabra.
—Papá.
—¿Qué, Gorham?
—Cuando sea mayor, voy a vivir aquí.
—Vaya, eso espero.
El chiquillo frunció el entrecejo, dirigiendo una solemne mirada a su padre, como si sintiera que no lo había comprendido bien.
—Sí, papá —insistió con aplomo—, eso es lo que voy a hacer.
Charlie llegó a la galería bastante temprano, pero Sarah Adler ya estaba allí.
La galería de Betty Parsons se encontraba en la calle Cincuenta y Siete. Aunque había abierto hacía sólo seis años, ya era famosa. Ello se debía en parte al carácter de Betty, sin lugar a dudas. Nacida en el seno de una buena familia, había seguido la trayectoria de rigor, casándose joven y con alguien de buena posición. Después se había rebelado, sin embargo; se había ido a París a vivir con otra mujer. En los años treinta vivió en Hollywood y frecuentó a Greta Garbo. Al final, como ella también era artista, montó una galería en Nueva York.
En los años cincuenta, Nueva York era la meca de toda persona interesada en el arte moderno.
Hubo escuelas estadounidenses de arte con anterioridad: la Escuela del Río Hudson en el siglo XIX, con sus magníficos paisajes del valle del Hudson, del Niágara y del Oeste; los impresionistas americanos, que a menudo se reunían en Francia, en torno a la residencia de Monet en Giverny, antes de volver a su país. No obstante, pese a su calidad, no se podía decir que hubieran inventado ningún tipo nuevo de pintura. De hecho, los grandes movimientos del arte abstracto moderno, del cubismo en adelante, habían nacido todos en Europa.
La tendencia había cambiado entonces. De improviso, en el panorama neoyorquino habían irrumpido una multitud de artistas con grandes y audaces obras. Jackson Pollock, Hedda Sterne, Barnett Newman, Motherwell, De Kooning, Rothko. La gente solía darles el apelativo de «los Irascibles», aunque el nombre oficial de su escuela era el expresionismo abstracto.
Los modernos Estados Unidos poseían un arte totalmente propio. En el centro de aquel auge creativo se encontraba una señora bajita e infatigable, educada en el mundo de los colegios privados de Nueva York y en los ambientes de verano en Newport que prefería la compañía de los artistas más atrevidos de su tiempo: Betty Parsons.
Se trataba de una exposición colectiva. Motherwell figuraba en ella, y también Helen Frankenthaler y Jackson Pollock. Charlie acompañó a Sarah para presentarle a Pollock antes de iniciar la ronda para ver las obras.
La exposición era magnífica. Hubo un cuadro de Pollock que les gustó en especial… una densa explosión de tonos marrones, blancos y grises.
—Parece como si hubiera dado vueltas encima de la tela con una bicicleta —susurró Sarah.
—Igual lo hizo —señaló Charlie con una sonrisa. De todas maneras tenía la impresión, como de costumbre, de que en aquella arremolinada masa de color abstracto de caótica apariencia podían localizarse repeticiones y complejos ritmos subliminales que conferían una asombrosa potencia a la obra—. Alguna gente cree que es un impostor —dijo—, pero yo creo que es un genio.
Había un Motherwell muy interesante también que formaba parte de la serie «Elegía por la República española», con grandes glifos negros y barras verticales sobre fondo blanco.
—Es como si tuviera una resonancia —comentó Sarah—, como un mantra oriental. No sé si me explico…
—Perfectamente —le aseguró Charlie.
Era curioso, constató. La diferencia de edad apenas importaba cuando había una verdadera sintonía mental. Sonrió para sí, pensando que aun cuando por doquier se afirmara que el dinero y el poder eran los más potentes afrodisíacos, él tenía la sensación de que la imaginación compartida tenía efectos más duraderos.
Ambos vieron a conocidos y se separaron para ir a hablar con ellos. Charlie charló un poco con Betty Parsons.
Le gustaba Betty. Observando su pulcra cara tan propia de la gente de Nueva Inglaterra, con su mandíbula cuadrada y la frente despejada, y su expresión de arrojo, casi le daban ganas de besarla… aunque probablemente a ella no le habría hecho mucha gracia.
Al cabo de una hora, en el otro lado de la sala, vio a Sarah absorta conversando con unos jóvenes de su edad y, conteniendo un suspiro, resolvió que lo mejor sería esfumarse. Antes se aproximó, no obstante, para despedirse.
—¿Te vas a casa? —preguntó ella, con tono de decepción.
—A no ser que quieras ir a comer algo. Aunque deberías quedarte con tus amigos…
—Me encantaría ir a comer —aseguró—. ¿Estás listo?
Decidieron ir al Sardi’s. Todavía era temprano y los espectadores de las obras de teatro aún no habían invadido el local. Ni siquiera tuvieron que esperar para que les dieran una mesa. Charlie no se cansaba de admirar el decorado de la sala, con sus paredes revestidas de fotos de actores de teatro. Aunque la gente que visitaba la ciudad acudía al Sardi’s porque era un lugar famoso, seguía siendo divertido.
Pidieron bistecs y vino tinto, y pronto tuvieron que encargar otra botella. No hablaron de la exposición. Charlie le contó las actividades que había efectuado con su hijo y después el diálogo se centró en la ciudad en los años treinta. Él le confió los sentimientos que le inspiraban Rockefeller y Roosevelt, y el ancestral espíritu de Nueva York.
—Pero no hay que olvidarse del alcalde La Guardia —le recordó ella—. Él también salvó Nueva York.
—Muy cierto —convino Charlie—. Menos mal que existen los italianos.
—La Guardia no era italiano.
—¿Ah, no? ¿Desde cuándo?
—Su padre era italiano, pero su madre era judía, con lo cual él era judío. Pregúntale a mi familia.
—De acuerdo. ¿Y qué piensan de Robert Moses? Él tenía padre y madre judíos.
—Lo detestamos.
—Ha hecho mucho por la ciudad.
—Es verdad, pero mi tía Ruth vive en el Bronx, y él ha destruido el valor de su propiedad. —La gran autopista que Moses iba a hacer pasar por el medio de aquel distrito era el proyecto más difícil que había emprendido nunca. A consecuencia de ello, mucha gente se veía obligada a desplazarse, viendo cómo sus propiedades perdían todo valor, y eso suscitaba bastante animadversión—. Ella repite que ojalá se rompa la crisma. Mi familia piensa más o menos igual. Estamos de su lado. Moses va a acabar mal al final.
—¿Tienes una familia numerosa?
—Una hermana y dos hermanos. La familia de mi madre se fue de Nueva York. La tía Ruth es la hermana de mi padre. —Abrió una pausa—. Mi padre tenía un hermano, Herman, que vivía en Nueva York, pero se fue a Europa antes de la guerra y después… —Calló, dubitativa.
—¿No volvió?
—No hablamos nunca de él.
—Lo siento.
Ella se encogió de hombros antes de cambiar de tema.
—O sea que tu hijo vive en Staten Island. ¿Tiene madre?
—Sí, mi exmujer.
—Ah. Supongo que no es asunto mío.
—No importa. Ella y yo nos llevamos bien. —Esbozó una sonrisa—. ¿Sabes? Cuando en la galería me dijeron que tú te ibas a ocupar de la exposición de Keller, tuve mis dudas.
—¿Qué te hizo cambiar de idea?
—Lo que dijiste sobre la obra de Keller y Stieglitz. Claro que… todavía tengo que averiguar si eres competente.
—Lo soy. Y soy una gran fan de Alfred Stieglitz, por cierto. No sólo admiro su propia fotografía, sino todas las otras exposiciones que montó. ¿Sabías que organizó una de las primeras expos que se hicieron de Ansel Adams en Nueva York?
La exhibición de las impresionantes fotografías de los inmensos paisajes americanos había sido uno de los momentos culminantes del año para Charlie, allá en el treinta y seis, poco antes de que viajara a España para cubrir la Guerra Civil.
—Estuve allí —dijo.
—También admiro su vida personal. El hombre con quien se casó Georgia O’Keefe tenía que ser muy especial.
En opinión de Charlie, la relación y matrimonio del fotógrafo con la gran pintora había constituido una de las más destacadas alianzas del mundo del arte del siglo XX, pese a haber sido bastante tormentosa.
—Él le fue infiel —señaló.
—Era Stieglitz. —Sarah se encogió de hombros—. De todas maneras, hay que reconocerle algo. Cuando empezó a vivir con O’Keefe tenía casi cincuenta y cinco años, y cuando inició la relación con aquella otra chica tenía sesenta y cuatro.
—Dorothy Norman. La conocí.
—Y ella sólo tenía veintidós.
—Una diferencia de edad considerable.
—Uno sólo tiene la edad que siente adentro —afirmó, mirándolo.
El viernes por la tarde, Sarah Adler se desplazó a Brooklyn en metro. Había comenzado a leer un nuevo libro, Los puentes de Toko-Ri, una novela breve y trepidante de James Michener sobre la reciente guerra de Corea. Apenas se fijó en la sucesión de estaciones hasta que llegó a Flatbush.
A Sarah le encantaba Brooklyn. Quien se criaba en Brooklyn, se sentía para siempre vinculado a aquel barrio. Ello se debía, en parte, a su disposición geográfica. Con sus mil quinientos kilómetros cuadrados de territorio y sus más de tres mil kilómetros de línea de costa, no era de extrañar que ya hubiera suscitado el interés de los holandeses. Brooklyn tenía una luminosidad especial. Los ingleses le habían puesto el nombre de condado de Kings. Aparte del de Brooklyn, para entonces había otros dos puentes que lo conectaban con Manhattan: el Williamsburg y el Manhattan. Además estaba el metro. Setenta años de crecimiento habían cubierto con viviendas buena parte de su tranquilo terreno rural, aunque aún quedaban extensos parques y calles sombreadas con árboles. Pese a todo ello, al pasear una tranquila mañana de fin de semana por una de sus calles flanqueadas de casas de piedra parda provistas de porches de estilo holandés, uno casi podía pensar, disfrutando de aquella límpida luz típica de Brooklyn, que se encontraba en un cuadro de Vermeer.
Todavía no había anochecido cuando Sarah salió de la estación. La totalidad del barrio de Flatbush estaba llena de lugares significativos de su niñez, desde los modestos puestos de helados y refrescos, los colmados kosher[6] y el restaurante de la avenida Pitkin donde de vez en cuando se daban el gusto de ir a comer, hasta el propio campo Ebbets, aquel abarrotado pero sagrado espacio donde jugaban los Dodgers de Brooklyn. Pasó junto a la tienda de caramelos, siempre frecuentada por niños, y después entró en la calle donde solían jugar a la pelota.
Los Adler vivían en una casa de piedra parda. Cuando Sarah era muy joven, su padre había alquilado primero una parte de la planta baja para instalar su consulta. Deseoso de atraer buenos inquilinos durante la Depresión, el propietario no había tardado en ofrecerles a sus padres los dos pisos de arriba, con tres meses de alquiler gratuitos. Como se trataba de un excelente alojamiento, seguían viviendo allí desde entonces.
Cuando llegó, su madre acudió a recibirla a la puerta.
—Michael está listo, y tu padre y Nathan van a bajar dentro de un momento. Rachel iba a venir mañana, pero dice que todos están resfriados.
Sarah no se llevó un gran disgusto por la ausencia de su hermana. Rachel tenía dos años más que ella; se había casado a los dieciocho y no entendía por qué Sarah no quería seguir el mismo camino. La joven fue a dar un beso a su hermano Michael, que había cumplido ya dieciocho años y cada vez estaba más guapo. Después subió al piso de arriba y llamó a la puerta de Nathan. Tenía la habitación igual que siempre, con las paredes cubiertas de fotografías de jugadores de béisbol y banderines de los Dodgers. A sus catorce años, Nathan era un buen estudiante que se aplicaba aprendiendo en la yeshiva. El agujero de los Dodgers seguía siendo, de todas formas, lo más importante en su vida.
—¡Ya estoy listo, ya voy! —gritó, poniendo de manifiesto lo poco que le gustaba que fueran a importunarle en su habitación.
Después Sarah notó la mano de su padre posada en su hombro.
El doctor Daniel Adler era bajo y rechoncho. Tenía una calva en la coronilla y llevaba un corto bigote oscuro. Aunque lamentaba ser dentista en lugar de concertista de piano, hallaba harto consuelo en su familia y en la religión, dos pilares depositarios de su amor y que para él constituían una sola unidad. Sarah siempre había considerado con gratitud aquella actitud y por eso, siempre que se lo permitían sus actividades, acudía los viernes a casa para pasar el sabbat con ellos.
Se congregaron en el salón, donde ya estaban a punto las dos velas. Mientras los demás permanecían sentados en silencio, la madre las encendió y después, tapándose los ojos con las manos, recitó la bendición.
—Baruch atah Adonai, Eloheinu melech ha-olam…
A la madre le correspondía dirigir aquella mitzvah. Luego, para terminar, se descubrió los ojos y miró la luz.
A Sarah le gustaba el ritual, lo que representaba el sabbat: el regalo de un día de descanso que Dios dispensaba al pueblo elegido. Le agradaba reunirse con la familia al atardecer y aquella sensación de gozo íntimo. Aunque no fuera una persona muy religiosa, le encantaba volver a casa para disfrutar de aquello.
Después de encender las velas, se fueron en medio del crepúsculo hacia la sinagoga.
Sarah apreciaba la religión de su familia. La gente que no comprendía aquellas cosas a veces imaginaba que el casi millón de judíos que vivían en Brooklyn adoraban a Dios de la misma manera. No había nada más alejado de la realidad, desde luego. En la zona de Brownsville, que contaba con una mayoría aplastante de judíos y en cuyas calles imperaba un clima de cierta violencia, la gente era casi toda laica. Allí abundaban los judíos que nunca asistían a ningún servicio. En Borough Park había muchos sionistas. El área de Williamsburg, muy ortodoxa, había acogido en los últimos años bastantes jasídicos llegados de Hungría, al igual que Crown Heights. Con su anticuada vestimenta y su rigurosa observancia de las leyes judías, los jasídicos vivían en un mundo aparte.
Provenientes en gran medida de Alemania y Europa del Este, los judíos de Brooklyn eran askenazis al principio. En los años veinte, sin embargo, un nutrido grupo de judíos sirios se había instalado en Bensonhurst. Aquella comunidad sefardí era totalmente distinta de las demás.
Flatbush, por su parte, presentaba una gran variedad. En la misma calle había judíos ortodoxos, conservadores y reformistas. Algunos jasídicos húngaros también se habían instalado en la zona. No obstante, todo el mundo se llevaba bastante bien, siempre y cuando se fuera hincha de los Dodgers.
Los Adler eran conservadores.
—Ser ortodoxo no tiene nada de malo, si a uno le apetece serlo —repetía muchas veces su padre—, pero para mí es demasiado. La yeshiva es buena, pero también lo es otro tipo de educación. O sea, que yo soy conservador, pero no ortodoxo.
A escasa distancia de su casa había una familia que acudía a un templo reformista. Daniel Adler se ocupaba de su dentadura, y Sarah había jugado con los hijos de niña. Ya entonces comprendía, con todo, que existía una diferencia.
—Los judíos reformistas se exceden un poco —le había explicado su padre—. Afirman que la Tora no es divina y ponen en tela de juicio todo. Ellos consideran que eso es progresista y liberal, pero si se va muy lejos por ese camino, un día no va a quedar nada.
La mayoría de los amigos que Sarah tenía en Manhattan eran liberales o laicos. Durante la semana estaba con ellos, y después iba a pasar el fin de semana con su familia. Hasta el momento, no le disgustaba vivir en aquellos dos mundos.
Después del breve servicio del viernes regresaron juntos. En casa, una vez congregados en la mesa, los padres bendijeron a sus hijos, el padre recitó el kiddush sobre el vino y después de formular la oración sobre dos barras de challah, empezaron a comer.
A lo largo de su infancia, Sarah siempre había sabido con antelación qué clase de platos iba a comer. El viernes tocaba pollo. El miércoles, chuletas de cordero. Eso era en cuanto a la carne. Los martes, pescado y los jueves, ensalada huevo y latkes de patata. Únicamente los lunes eran imprevisibles.
El resto del sabbat transcurrió plácidamente. El servicio del sábado por la mañana siempre era largo, ya que duraba de las nueve a las doce. Antes lo encontraba pesado, pero curiosamente, aquella sensación se había disipado. Después vino la agradable y pausada comida en familia. A continuación, su padre les leyó algo antes de irse a hacer la siesta, mientras ella jugaba al ajedrez con Michael. A Sarah y a su hermano les gustaba estar juntos. Michael, que era aficionado a la música, iba a ir a un concierto con su padre el domingo por la tarde, en el Brooklyn Museum. Hasta el final del sabbat no estaba permitida la televisión, pero el sábado por la tarde, su padre le propuso escuchar un disco que acababa de comprar: una grabación de Leonard Bernstein dirigiendo su propia Primera Sinfonía. Se sentó en el sofá junto a él y observó con afecto cómo su redondo rostro se relajaba hasta adoptar una expresión de pura felicidad. Después se fueron a dormir temprano. Había sido un día perfecto.
El domingo por la mañana, no obstante, cuando Sarah llegó a la cocina, la situación no era tan halagüeña. Su madre estaba sola, preparando torrijas. Abajo, oyó el sonido del piano de su padre, pero cuando se dispuso a ir a saludarlo su madre la llamó.
—Tu padre ha pasado una mala noche. Estaba pensando en tu tío Herman.
Sarah emitió un suspiro. El año antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, el tío Herman residía en Londres, aunque hablaba bien francés y había pasado alguna temporada en Francia, donde tenía un pequeño negocio de exportación.
A ellos no les extrañó el hecho de no haber recibido noticias suyas durante un año.
—Nunca escribe cartas. Simplemente aparece de improviso —se quejaba su padre.
A finales de 1939 recibieron, con todo, una carta remitida desde Londres. En ella decía que iba a ir a Francia, lo cual preocupó a su padre.
—No sé cómo se puede entrar en el país —decía—, ni tampoco cómo se sale.
Pasaron los meses sin que llegara otra noticia. Ellos esperaban que estuviera en Londres, menos cuando se produjo el bombardeo alemán contra las ciudades británicas.
—Quizá cabría desear que esté en Francia —apuntó entonces su padre.
El silencio persistió.
Transcurrieron más de cuatro años antes de que averiguaran la verdad. Aquélla fue la única ocasión en que Sarah vio a su padre realmente indignado, inconsolable. También fue aquélla la primera vez que comprendió la fuerza del dolor. Viendo sufrir a su padre, pese a su temprana edad, sintió un intenso deseo de protegerlo.
Después los Adler hicieron lo que hacen las familias judías cuando pierden a un ser querido: sentarse para celebrar la shiva.
Se trata de una buena costumbre. Durante siete días, a menos que se observe una práctica menos estricta, los familiares y amigos acuden a la casa llevando comida y consuelo. Tras pronunciar las tradicionales fórmulas hebreas de condolencia al entrar, las visitas hablan en voz baja a los allegados del difunto, que permanecen sentados en cajas o taburetes bajos.
La madre de Sarah tapó con telas todos los espejos de la casa. Los niños llevaban todos una cinta negra prendida a la ropa, pero su padre se rasgó la camisa y se instaló en un rincón. Fueron muchos los amigos que fueron a verlos; todos comprendían la pena de Daniel Adler y procuraban aportarle consuelo. Sarah nunca lo olvidó.
—Los días en que celebramos la shiva por tu tío Herman fueron los peores de mi vida —aseguraba su madre—, peores que el día en que me despidieron.
El día en que despidieron a su madre había pasado a formar parte de los anales de la familia. Aquello sucedió mucho antes de que naciera Sarah, antes de que se casara. Fue a buscar trabajo en el centro de la ciudad y consiguió un empleo de secretaria en un banco. Su padre le advirtió que no lo aceptara, pero algo la impulsó a demostrarle que estaba equivocado. Con el cabello pelirrojo que tenía por aquel entonces y sus ojos azules, la gente no solía pensar que era judía.
—Y mi apellido es Miller —aducía.
—En otro tiempo fue Millstein —la corregía su padre.
También podría haber añadido que Miller era el tercer apellido más frecuente entre los judíos de Estados Unidos.
El caso fue que en el banco le dieron el empleo sin hacer preguntas comprometedoras y durante tres meses trabajó allí, con entera satisfacción. Aquello exigía que no respetara el sabbat, desde luego, pero como su familia no era religiosa, no tenía mucha importancia.
Fue un comentario casual lo que acarreó su caída. Un viernes, estaba charlando con otra chica con la que se habían hecho bastante amigas. Hablaban de uno de los cajeros, un individuo de carácter desabrido que se había estado quejando de su amiga.
—No te preocupes más por él —le aconsejó—, siempre está kvetcheando por algo.
Dijo la palabra en yiddish sin pensarlo y apenas se dio cuenta de que la había pronunciado, aunque sí reparó en la extraña mirada que le dirigió la muchacha.
—¿Y sabéis una cosa? No puedo demostrarlo, pero creo que esa chica me siguió hasta casa, hasta Brooklyn, porque el lunes por la mañana la vi hablando con el director y a mediodía me despidieron. Por ser judía.
El incidente había cambiado la vida de su madre.
—Después de eso —declaraba—, me dije a mí misma «ya basta de goyim» y volví a profesar mi religión.
Un año después se casó con Daniel Adler.
El hilo de aquellos recuerdos pronto quedó interrumpido con la llegada de Michael y Nathan. Sarah ayudó a su madre a servir el desayuno mientras su padre seguía abajo tocando el piano.
Una vez se hubieron marchado sus hermanos, Sarah y su madre ordenaron la cocina.
—¿Y qué —preguntó su madre, cuando todo estuvo en su lugar—, todavía estás a gusto en ese apartamento que tienes?
La madre no se había tomado muy bien que se fuera a vivir a Manhattan, pero aquel apartamento del Greenwich Village había sido un golpe de suerte. El hermano de uno de los pacientes de su padre era su propietario. Se iba a ir a California, donde preveía quedarse un año o dos, o incluso más, no estaba seguro. Con la condición de que lo dejara disponible de inmediato en el momento en que él necesitara recuperarlo, lo había alquilado por un módico precio a una familia de quien su hermano aseguraba que era de fiar. Por ese motivo, Sarah tenía un bonito piso de un dormitorio donde podía vivir incluso con el irrisorio sueldo que le pagaban en la galería.
—Está muy bien —repuso—, y me encanta el trabajo que hago.
—¿Vas a venir el próximo fin de semana?
—Supongo que sí. ¿Por qué?
—¿Te acuerdas de lo que te dije del nieto de Adele Cohen? ¿El chico que estudió en Harvard? ¿El médico?
—¿El que se fue a Filadelfia?
—Sí, pero ahora está instalado en Nueva York. Acaba de mudarse aquí, y va a venir a ver a su abuela el próximo fin de semana. Creo que es muy agradable.
—Pero si no lo conoces…
—Siendo nieto de Adele, estoy segura de que es muy agradable.
—¿Qué edad tiene?
—Adele dice que va a cumplir los treinta el año que viene. Y está muy interesado en el arte. Compró una pintura.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo Adele. Cree que compró varias.
—¿Qué clase de cuadros?
—¿Cómo voy a saberlo? Pinturas…
—Debería casarme con él.
—Podrías conocerlo.
—¿Tiene dinero?
—Es médico. —Su madre marcó una pausa, como para dar a entender que aquello era suficiente—. Cuando su padre se casó con la hija de Adele, era contable. Pero no le gustaba ese trabajo, de modo que montó un negocio vendiendo estufas para las casas. También vende aparatos de aire acondicionado por todo Nueva Jersey. Adele asegura que le ha ido muy bien.
De modo que el nieto de Adele tenía dinero, constató Sarah con una sonrisa. Se imaginaba a su madre y a Adele tramando todo aquello. ¿Y de qué se iba a quejar, si igual resultaba que era el hombre perfecto?
—Lo conoceré —prometió.
Mientras regresaba de Brooklyn esa tarde, no era el médico quien acaparaba sus pensamientos en el metro. Era Charlie Master.
En el Sardi’s había coqueteado con él, desde luego. Le había formulado discretamente un reto en lo tocante a su edad. Había suscitado su interés, estaba convencida de ello. Él había reaccionado con cautela, de todas maneras, y creía conocer la razón.
No iba a hacer nada que, en caso de torcerse las cosas, pudiera poner en peligro la exposición de las fotografías de Theodore Keller. Él apreciaba realmente aquella obra, y ella respetaba su actitud. Una parte de él se sentía atraído hacia ella, mientras que la otra mitad deseaba mantener la relación en un plano profesional. Aquel desafío no hacía más que incrementar su interés por seducirlo.
A Sarah Adler le gustaba su trabajo. Quería a su familia y respetaba su religión, pero de vez en cuando le gustaba transgredir las normas.
Sarah Adler no era virgen. Sus padres no tenían por qué saberlo.
Charlie Master era un hombre interesante de cierta edad y tenía curiosidad por saber más de él. Quería aprender lo que él sabía. Y, aparte, no era judío.
Era una persona prohibida para ella, por consiguiente.
Aquél era un punto que daba qué pensar, por supuesto.
Al día siguiente comenzó a preparar una posible disposición de las obras en la exposición de Keller. Reflexionando sobre el equilibrio y la fluidez, llegó a la conclusión de que éste mejoraría si dispusieran de más ejemplares de ciertos periodos de la obra de Keller. Plasmó por escrito la sugerencia y también realizó un bosquejo del catálogo. Aunque Charlie Master iba a redactar el texto, ella destacó media docena de puntos que pensaba que debían constar en él.
La galería tenía una buena lista de direcciones, pero se le ocurrió que sería útil tener acceso a una lista de los coleccionistas e instituciones que habían adquirido obras de Stieglitz o Ansel Adams. Tomó nota de ello también, preguntando a Charlie si tenía alguna idea de cómo podría conseguir aquella información. Luego, después de enseñar todo el material al dueño de la galería, lo envió a Charlie.
«Tanto si te acabo conquistando como si no, señor Master —se dijo—, ésta va a ser una exposición memorable». Luego se puso a esperar.
No se enamoró de ella de inmediato. Diez días después de que hubiera recibido el material, se reunieron en su pequeña oficina cercana a Columbia y pasaron un par de horas planificando la exposición. Decidieron seleccionar cinco fotografías más para incluirlas y descartar una de las elegidas previamente.
Sarah era muy eficiente, pero humilde al mismo tiempo. Le gustaba aquella combinación.
—Ésta es la primera exposición que organizo para la galería —le confesó— y me queda mucho que aprender. Me da miedo cometer errores.
—Lo estás haciendo muy bien —le aseguró él.
A la semana siguiente se encontraron en la galería. Utilizando un detallado diagrama, ella le enseñó el aspecto que iba a tener la exposición.
—No tendremos la certeza hasta que no empecemos a colgar las obras —dijo él—, pero por ahora me parece que se va a ver bien. Muy bien.
Cuando ella no podía oírlo, la elogió ante el propietario.
—Parece que tiene un gran talento —comentó.
—El otro día se quedó hasta las diez de la noche repasando la lista de direcciones —abundó el propietario—. Es digna de respeto su dedicación.
Al cabo de unos días, Charlie la invitó a comer para presentarle a un coleccionista al que conocía. El hombre quedó impresionado con ella.
—Parece muy eficiente —señaló después—. Y detrás de esas gafas… hay puro fuego —añadió, sonriendo.
—¿Eso cree?
—¿No lo ha probado?
—Hum, aún no —reconoció Charlie.
Tal vez podría convertirse en su mentor, pensó.
Fue la casualidad la que precipitó las cosas. Una tarde Charlie volvía de una reunión y cayó en la cuenta de que se encontraba cerca de la galería. Al ver las luces encendidas, resolvió entrar. Sarah estaba sola. Pareció complacida al verlo.
—Estaba a punto de cerrar.
—Pasaba por aquí y se me ha ocurrido que podría volver a mirar la distribución de las fotos.
—Adelante.
Había dos salas. Se dirigió a la segunda y se quedó de pie, mirando las paredes.
—¿Quieres más luz? —le preguntó ella.
—No, gracias. Ahora me voy a casa. ¿Qué vas a hacer esta noche?
—Pues tengo un amigo que está en un pequeño grupo de teatro. Esta noche dan una representación, no sé muy bien de qué… pero he prometido ir.
—Parece interesante.
—Quizá lo sea. ¿Quieres venir?
Calló un instante, dubitativo.
—Hace bastante que no asisto a un espectáculo de teatro de ésos. ¿Por qué no?
El teatro se encontraba en el West Village, concretamente en el sótano de una casa. En la acera había dos o tres jóvenes, uno de ellos con una taza de café en la mano. La puerta del local estaba, sin embargo, cerrada. Un papel enganchado en la puerta advertía: NO HAY REPRESENTACIÓN ESTA NOCHE.
—Vaya —dijo Sarah.
—Igual no tenían bastante público —dedujo Charlie.
—Eso no les impide actuar —intervino el individuo de la taza de café—. Es que Julian estaba enfermo.
—¿Y Mark?
—Se ha peleado con Helga.
—Ah.
—Quizá mañana —aventuró el hombre.
—Lo siento mucho —dijo Sarah a Charlie—. No tendría que habértelo propuesto.
—Esta situación me resulta familiar —le restó importancia Charlie—. ¿Y si fuéramos a cenar?
Recorrieron el Village, mirando en cafés y restaurantes, hasta que encontraron una trattoria italiana donde pidieron chianti y pasta.
—Me siento como si volviera a tener veinte años —confesó, sonriente, Charlie.
—No hay nada de malo en eso —replicó Sarah.
Mientras comían, hablaron de música. Él le detalló los mejores sitios donde se podía escuchar jazz en la ciudad. Ella le contó la suerte que había tenido al conseguir un apartamento en el Village. Después de la pasta, tomaron flan.
—¿Vienes a pasear alguna vez al Village? —preguntó ella, cuando hubieron acabado.
—Sí. ¿Por qué?
—Tengo ganas de pasear.
—De acuerdo.
En las estrechas calles reinaba una gran animación y los restaurantes estaban casi llenos. Charlie no estaba seguro de cómo iba a acabar la noche, ni de qué deseaba. Se sentía un poco incómodo. Pasaron por un bar donde había mesas dispuestas para jugar al ajedrez, junto a las cuales permanecían sentados varios individuos con solemne actitud. Los camareros les servían bebidas de vez en cuando.
—¿Quieres jugar una partida? —propuso Sarah.
—De acuerdo. ¿Por qué no? —Se sentaron y ambos pidieron un coñac. Estuvieron jugando en silencio durante media hora, hasta que Charlie la miró con suspicacia—. ¿Me estás dejando ganar?
—No.
—¿Estás segura?
—¿Crees que te iba a mentir?
—Sí.
—Confía en mí.
—Hum. Jaque mate.
—¿Lo ves? —Se echó a reír—. Ni siquiera me había dado cuenta.
Cuando se fueron, pasaron por una confitería. Entonces Sarah le indicó que esperara, entró y salió con dos bolsitas de dulces.
—Un regalo para ti —dijo, dándole una.
—Gracias.
—¿Quieres tomar café? Mi piso queda a la vuelta de la esquina, en Jane Street.
Él vaciló un momento.
—No estás obligado —le advirtió ella.
—Sí me apetece un café —dijo Charlie.
Durante aquel invierno y comienzos de primavera se estuvieron viendo unas dos o tres veces por semana. A veces pasaban la noche en casa de él, otras en la de ella, en el Village. Para ambos, aquello era en parte una aventura. Charlie sabía que ella ansiaba poseer el conocimiento y experiencia que él le podía ofrecer. Él, por su lado, disfrutaba compartiendo las cosas que apreciaba con una persona tan inteligente, observando cómo crecía y evolucionaba. Su relación no se limitaba, con todo, a eso.
Llegado el mes de enero, el delgado y pálido cuerpo de Sarah se había convertido en una obsesión para él. Muchas veces por las tardes, mientras ella estaba en la galería, se quedaba una hora embobado en su oficina de Columbia o en su casa pensando en ella. Cuando la tenía a su lado, a Sarah le bastaba con efectuar un sinuoso movimiento cerca de él para que lo arrebatara el deseo de poseerla.
Cada vez, antes de hacer el amor, ella se quitaba el pequeño colgante que llevaba en el cuello. Aquel gesto, que ella efectuaba de manera casi inconsciente, se convirtió para él en un momento de excitación que le suscitaba una gran ternura. En la cama, era capaz de volverlo loco de pasión. No era sólo una amante joven; tenía algo más que no acababa de precisar, algo antiguo, algo que debía provenir de oriente, según suponía. La primera noche descubrió que sus menudos pechos eran mayores y más rotundos de lo que había previsto. Cuando hicieron el amor y, después, cuando ella permaneció tendida a su lado, tuvo la impresión de que Sarah no era simplemente una chica, por más interesante que fuera, sino una mujer intemporal, cargada de riqueza y misterio.
Pasaba tanto tiempo pensando en ella que a veces se maldecía a sí mismo por no tener bastante que hacer.
Cada dos semanas veía al pequeño Gorham como siempre. Casi tenía ganas de presentarle a Sarah, pero incluso si le decía que sólo era una amiga, Julie no tardaría en enterarse y adivinar la verdad. Entonces vendrían las explicaciones y las complicaciones. Además, en tales ocasiones, Sarah estaba siempre en casa de su familia.
Aquél era un pequeño inconveniente. A él le habría gustado pasar todos sus fines de semana libres con ella, pero ella solía insistir en que debía ver a su familia.
—Comenzarían a concebir sospechas si faltara muchos fines de semana —le explicaba, riendo.
Algunos conseguía escaparse, sin embargo. A finales de febrero la llevó a esquiar a Vermont. Después de caer unas cuantas veces, con buen humor, se miró pesarosa los moratones y aceptó volver a probar otra vez, aunque no durante una buena temporada. Después, en febrero, la agasajó con un fin de semana en un hotel rural de Connecticut.
Salieron de Nueva York una fría tarde de viernes. Las carreteras estaban despejadas, aunque aún quedaba nieve en las orillas. Charlie tenía un De Soto Custom Sportsman de 1950 del que estaba muy orgulloso.
Había reservado la habitación por adelantado en un encantador establecimiento que conocía, situado a tan sólo una hora en coche de la ciudad, a nombre del señor y la señora Charles Master. Los hoteles no solían efectuar muchas indagaciones, siempre y cuando uno firmara en el libro de registro de ese modo. Anochecía cuando llegaron. Él mismo llevó el par de maletas hasta la puerta de la casa de madera blanca. Sarah se acercó a la chimenea encendida del vestíbulo mientras el director saludaba a Charlie y éste se ocupaba de las gestiones. Al cabo de un momento, se quitó el abrigo y se sentó en la otomana frente a las llamas. Llevaba una camisa blanca y un suéter. Mirándola, Charlie esbozó una sonrisa; el fuego ya estaba confiriendo una hechizadora luz a su cara. En ese momento, una brasa salió expulsada del hogar. Entonces ella cogió las tenazas para volverla a colocar adentro y con el gesto, la pequeña estrella de David quedó visible en la punta del colgante, reflejando la luz. Una vez hubo restituido la brasa al fuego, se levantó y se aproximó al mostrador.
El director le estaba hablando de la habitación cuando Charlie advirtió la mirada que clavó a Sarah en el instante en que se inclinó hacia el fuego. Entonces, al tenerla cerca, fijó la mirada en su escote.
—Un bonito fuego —alabó ella.
—Disculpen un momento —dijo el director, antes de entrar en la pequeña oficina contigua al mostrador—. Cuánto lo lamento, señor —dijo a Charlie cuando regresó al cabo de un par de minutos—, pero parece que hay un problema con la reserva. Cuando han llegado, los he confundido con otros huéspedes. Por lo visto, no tenemos ninguna reserva a nombre de Master.
—Pero si llamé por teléfono… La reserva se hizo efectiva.
—No puedo precisarle cómo pudo ocurrir, señor, y le presento mis excusas, pero siento decirle que estamos al completo. Acabo de verificarlo. Todos los clientes del fin de semana han llegado ya.
—Tiene que haber alguna habitación.
—No, señor. No queda nada. No sé qué decir.
—Pero si he conducido desde la ciudad para venir aquí…
—Sí, señor. Hay otro hotel a unos tres kilómetros. Es posible que tengan habitaciones libres.
—Al diablo con el otro hotel. Yo reservé en éste y exijo mi habitación.
—Lo siento mucho.
—Charlie, ven un momento al lado del fuego —le pidió, en voz baja, Sarah—. Quiero decirte algo.
Con un ademán de irritación, se acercó a ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Charlie, no quiero quedarme aquí. Te lo explicaré en el coche. —Al ver que él se disponía a protestar, apoyó la mano en su brazo—. Por favor.
Furioso y desconcertado, cogió el equipaje y se encaminó al coche con ella. Una vez adentro, ella se volvió hacia él.
—Es por mí, Charlie. Ha dicho que no tenían habitación después de haberme visto.
—¿Te refieres a que se ha fijado en que no llevabas un anillo de casada? No creo que…
—No, Charlie. Lo que ha visto es mi colgante.
—¿Tu colgante?
—La estrella de David. Se ha dado cuenta de que soy judía.
—Eso es absurdo.
—En este hotel no reciben personas judías, Charlie. Esto es Connecticut… ¿A cuántos kilómetros estamos de Darien?
Corría el rumor de que una persona judía no podía ni siquiera comprar una casa en las proximidades de Darien. Charlie no sabía si era verdad; lo más probable era que se tratase sólo de un desagradable chisme. De todas formas, los horrores cometidos en los años treinta y durante la guerra habían cambiado bastante las mentalidades. La gente había dejado de ser antisemita. No podía ser de otro modo.
—No me lo creo.
—Si sales conmigo vas a tener que aceptar que ocurran este tipo de cosas. ¿Crees que un judío puede tener acceso a la mayoría de los clubes de campo? A mi madre la despidieron de un banco por ser judía. ¿Me vas a decir que la gente que conoces, como tu propia familia, no efectúan comentarios antisemitas?
Charlie reflexionó un momento.
—De acuerdo, puede que a veces sí, pero eso es sólo una actitud de la gente bien, de iglesia episcopal. Las personas como mi madre miran por encima del hombro a cualquiera que no sea de su clase, tanto si son judíos, como irlandeses o italianos. Es ridículo, pero en el fondo no significa nada para ellos. Quiero decir que nunca…
—Tienes razón, Charlie. Perdona. ¿Y qué se siente cuando a uno lo echan de un hotel?
—Lo voy a obligar a que nos dé esa habitación.
—Llévame a casa solamente, Charlie. Ha sido muy amable por tu parte traerme aquí, pero ¿no podemos cenar en Nueva York, por favor?
Con el transcurso de las semanas, Charlie se dio cuenta de que ella tenía razón. Al estar relacionado con el teatro y el arte, siempre había tenido muchos amigos judíos. A decir verdad, tenía amigos de toda clase. Cuando estaba con ellos, a veces hacían alusión a su condición de judíos, o le tomaban el pelo por ser un episcopal de clase alta, pero aquello no sucedía con frecuencia. Cuando estaba con gente de su propia clase, personas que había conocido en el colegio o ese tipo de cosas, podían surgir comentarios sobre cualquier tipo de raza que uno no diría en compañía de otra clase de personas. Eran prejuicios inofensivos, chistes sin importancia que apenas parecían revestir trascendencia cuando tenían por blanco a otra persona. Entonces, empero, comenzaba a observar esos comentarios con otros ojos.
Charlie le había hablado a menudo a Sarah de su familia. Le había contado anécdotas de su vida de antaño y explicado que, en la mayoría de actitudes, su madre era una espléndida reliquia de aquel pasado.
—Me encantaría que la conocieras —señaló en una ocasión.
—No creo que fuera una buena idea —contestó ella.
Él, de todos modos, siguió pensando en ello.
—Vamos a Park Avenue a ver a mi madre —le propuso de improviso una tarde de principios de marzo, al salir de una exposición en una galería de la calle Cincuenta y Siete.
—No sé, Charlie —objetó ella—. ¿Cómo vas a presentarme?
—Muy sencillo. Eres la persona que organiza la exposición de Theodore Keller. Ya te dije que nuestra familia fue su primer mecenas.
—Supongo que tienes razón —repuso, dubitativa.
La visita tuvo un magnífico desenlace, de hecho. Su madre se mostró encantada de verlos. Relató a Sarah la gran fiesta que había dado, en los viejos tiempos, a raíz de la publicación del libro de Edmund Keller, y prometió llevar gente a la inauguración de la exposición.
—Quiero que me des al menos treinta invitaciones para que las pueda enviar. Escribiré una carta y llamaré por teléfono. Conozco a muchas personas que seguro van a comprar.
—Eso sería estupendo, señora Master —se congratuló Sarah.
El pequeño incidente tuvo lugar a la salida del edificio. El portero, George, había llamado a un taxi. Como no le gustaba tener que correrse en el asiento, Charlie rodeó el taxi mientras George aguantaba la puerta a Sarah. Justo cuando ésta se subía al taxi, vio que el portero le miraba la cabeza con cara de repugnancia.
—¿Hay algún problema, George? —le preguntó, tajante.
—No, señor Master.
—Espero que no —dijo, con tono amenazador.
Dado que un día iba a heredar aquel apartamento, a George le convenía tener cuidado. Se instaló al lado de Sarah, enojado.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella mientras se alejaban.
—Nada.
—También me ha mirado así cuando hemos llegado, pero tú no te has dado cuenta.
—Haré que lo despidan.
Sarah se quedó mirando por la ventana un momento y luego cambió de tema.
—Tu madre es estupenda —alabó—. Podría ser muy útil con esas invitaciones.
Una semana después, cuando cenaba en casa de su madre, ella sacó a colación el tema de Sarah.
—Tu novia parece una buena chica.
—¿De qué hablas?
—De la chica que trajiste el otro día.
—Sarah Adler. Está realizando una magnífica labor con la exposición, creo.
—Estoy segura, cariño. Parece muy competente. Y también es tu amante. —Rose lo miró a los ojos—. Se nota, ¿sabes?
—Ah.
—Es muy joven. ¿Le sigues el ritmo?
—Sí.
—Perfecto. ¿Y es difícil, siendo ella judía?
—¿Por qué debería serlo?
—No te hagas el tonto, cariño. Ya sabes que en este edificio no abundan precisamente los judíos.
—El maldito portero estuvo impertinente.
—¿Qué esperabas? Aunque creo que no ha surgido la cuestión, que yo sepa, no imagino que la junta de copropietarios permitiera que un judío comprara un apartamento aquí.
Charlie siempre había encontrado divertida aquella característica de la vida en los pisos de la ciudad. La mayoría de los edificios de pisos de Park Avenue eran cooperativas ahora. Su madre ya no alquilaba el apartamento, sino que era una accionista del edificio. Éstos elegían una junta que tenía derecho a vetar a quien quisiera integrarse en ella. Si uno quería vender su piso a alguien a quien los otros ocupantes del edificio consideraban indeseable, la junta podía negarse a permitir que culminara la transacción. En ese caso era posible que expusieran los motivos o no. En cualquier caso, se regían por ciertas normas que se sobreentendían sin necesidad de expresarlas.
—Es absurdo —se indignó—. Estamos en los años cincuenta, por el amor de Dios.
—Hay muchos edificios que los vetan, en el West Side, en todo caso. —Lo miró con aire pensativo—. ¿No estarás planeando casarte con ella?
—No —contestó, sorprendido por la idea.
—Te quitarían del Registro Social, ya sabes.
—No había pensado en eso.
—Pues creo que deberías. Aunque no pongan reparos a que uno sea pobre, sí se fijan en las personas con quien se casa uno.
—Al diablo el Registro.
—De todas maneras —concluyó con sentido práctico—, en realidad no puedes permitirte fundar otra familia ¿no?
Su relación con Sarah también le hizo caer en la cuenta de que no conocía gran cosa sobre el judaísmo. Tenía amigos judíos y, ocasionalmente, había asistido a alguna boda o funeral. Aparte de la chuppah y la tradición de romper la copa, la ceremonia de boda judía no parecía muy distinta de las cristianas, a su modo de ver. Estaba claro que las omnipresentes bendiciones cristianas provenían directamente de la tradición hebrea.
Aparte de eso, sabía poco más. A veces le hacía preguntas a Sarah sobre el modo de vida de su familia y las costumbres judías. Su curiosidad iba en aumento.
—¿Quieres venir a un Séder de Pascua? —le preguntó de repente Sarah a finales de marzo.
—¿Un Séder? ¿Dónde?
—En Brooklyn. Con mi familia.
—¿Que vaya a conocer a tus padres?
Era muy consciente de que los padres de Sarah no tenían ni idea de la relación que mantenía con él. Según había explicado ella, todavía imaginaban que era virgen, o cuando menos mantenían la esperanza. La perspectiva de conocerlos lo intrigaba, pero también lo ponía nervioso.
—¿De veras crees que es conveniente? —planteó.
—Se sentirían muy honrados. Ten en cuenta que me han oído hablar de ti, en tanto que propietario de la colección Keller. Tú eres mi primer cliente realmente importante. Saben que representas mucho para mí.
El día acordado, Charlie entró en Brooklyn por el puente Williamsburg. No conocía muy bien la zona. Contaba con una gran extensión de muelles y un sinfín de pequeñas fábricas, almacenes y plantas industriales que aún hacían de ella uno de los puntos principales de producción del país. Aunque en el mundo de Charlie uno estaba enterado de eso, normalmente ni lo veía. Tenía un amigo profesor que vivía en una amplia y bonita casa de piedra parda en el barrio de Heights, cerca de Prospect Park, y había estado allí unas cuantas veces. La vivienda le recordaba las espaciosas casas del West Side, y pasear por el extenso Prospect Park resultaba una delicia. Sabía que Brownsville quedaba a unos kilómetros al este. Había oído decir que había muchos judíos allí, pero lo que sí sabía sin margen de duda era que se trataba de un suburbio peligroso donde tenía su sede la agencia de Murder Inc., especializada en los asesinatos del hampa. Desde Prospect Park, la avenida Flatbush proseguía, no obstante, hacia el sur, lo que daba pie a suponer que la barriada de Flatbush debía de ser un lugar mucho más tranquilo.
Como no podía ser de otro modo, Sarah le había dado un mapa dibujado con toda precisión acompañado de instrucciones, de modo que localizó sin dificultad la casa de sus padres. Ella lo recibió en la puerta y lo acompañó al interior.
Estaban todos allí: sus padres, sus hermanos y su hermana Rachel con su familia. Hasta la tía Ruth, que detestaba a Robert Moses, había acudido desde el Bronx. Se sintió un poco fuera de lugar en su condición de único gentil presente, aunque la familia Adler no evidenció ningún reparo al respecto. Tal como había vaticinado Sarah, lo trataron como a un honorable invitado.
—Le iremos explicando en qué consiste el Séder poco a poco —le aseguró Rachel, la hermana.
Toda la familia se mostró complacida con la idea.
El doctor Adler resultó ser exactamente igual a como había previsto Charlie. Como padre de familia, consideraba aquel día muy importante para él y estaba resplandeciente de gozo. A Charlie no le costó mucho trabar conversación con él, a propósito de sus compositores favoritos y los pianistas que él había visto actuar en el Carnegie Hall.
Los Adler también se interesaron por la exposición de las fotografías de Theodore Keller en la que estaba invirtiendo tanto esfuerzo Sarah, así que les habló de la relación que su familia venía manteniendo durante varias generaciones con los Keller, de la gran amistad que lo había unido a Edmund Keller y de lo honrado que se había sentido de que éste le hubiera encomendado aquella misión.
—Para mí cuidar y dar a conocer la colección supone una obligación que tengo contraída con la familia Keller —explicó—, pero mi deber para con ella no acaba allí, porque tiene que ver con el respeto hacia la obra en sí. —Se volvió hacia el doctor Adler—. Imagine cómo se sentiría si la familia de un compositor al que admira le entregara todos sus papeles y encontrara decenas de composiciones, de sinfonías completas incluso, que nunca habían sido interpretadas ni publicadas.
—Se trata de una gran obligación —corroboró, admirado, el doctor Adler.
—Por eso le estoy tan agradecido a su hija por la magnífica labor que realiza en la galería —aprovechó para añadir Charlie—. Eso también es muy importante para mí.
El doctor Adler estaba radiante. Toda la familia parecía encantada. Si antes se habían mostrado cordiales y acogedores, a partir de entonces advirtió otro grado de calidez en su actitud hacia él.
Sólo hubo un nubarrón que se interpuso en el idílico marco. Charlie hablaba con Rachel cuando oyó la conversación que Sarah mantenía con su madre, a escasa distancia.
—Todavía no me has dicho nada —oyó que le reclamaba a la señora Adler—. ¿Cuándo vas a volver a ver al nieto de Adele?
—No lo sé. Supongo que pronto.
—Adele dice que te llevó a cenar a Manhattan.
—¿Lo tenéis que saber todo?
—Dice que le gustas mucho.
—¿Ella sabe eso?
—Sí, porque él se lo dijo. Es un médico muy bueno.
—Te creo.
—Bueno, no quiero meterme en estos asuntos.
—Me alegra oírlo.
Charlie había estado escuchando con tanta atención que poco faltó para que perdiera el hilo del diálogo que mantenía con Rachel relacionado con sus hijos. ¿Qué médico sería ése? ¿Cuándo llevó a Sarah a cenar?
Luego llegó el momento de iniciar la ceremonia. La mesa presentaba un aspecto magnífico, con toda la vajilla de plata resplandeciente. Durante el pausado transcurso de la comida, Rachel o su madre explicaban el simbolismo de cada gesto con la ocasional intervención de alguno de los hermanos.
—La mitzvah de Pascua tiene como finalidad transmitir a las generaciones siguientes el episodio de la servidumbre sufrida en Egipto y la posterior liberación —introdujo Rachel—. La ceremonia tiene por ello dos partes. La primera es para recordarnos nuestra esclavitud y la segunda, nuestra libertad.
—Y éste es el pan ázimo, el pan sin levadura —dedujo Charlie, observando una bandeja situada en el extremo de la mesa.
—En efecto. Hay tres panes ázimos. En la bandeja del Séder también ponemos hierbas amargas, para acordarnos de la amargura de la esclavitud, y charoset, que es una especie de engrudo y representa la argamasa que utilizaban los esclavos judíos para construir los almacenes de Egipto. A modo de verdura, tenemos perejil, que mojamos en agua salada para acordarnos de nuestras lágrimas. También están presentes, como símbolos, los huevos asados y una pierna de cordero deshuesada. Durante la comida bebemos cuatro copas de vino, o zumo de uva para los menores, como recordatorio de las cuatro promesas realizadas a Dios.
El doctor Adler inició el Séder con una bendición, después de la cual se lavaron las manos. Luego mojaron el perejil en sal y tras partir en dos el pan ázimo situado en el centro, dieron comienzo al relato de la primera Pascua.
Charlie observaba con creciente admiración el desarrollo de la velada. Nunca había tenido conciencia de lo hermoso que podía ser aquello. Después de escuchar la recitación del Séder, no en hebreo sino en arameo, cayó en la cuenta, como si de una revelación se tratara, de que aquéllos debían de haber sido exactamente los mismos gestos que efectuó Jesús en la Última Cena. Pensando en los envarados episcopalianos de Nueva Inglaterra que tan bien conocía, se preguntó cuántos de ellos debían comprender realmente la compleja textura de Oriente Medio, a la cual pertenecía su propia religión.
Luego le llegó el turno al menor de los hijos de Rachel de formular las Cuatro Preguntas.
—¿Por qué es esta noche distinta de las otras noches? —fue la primera.
Qué emotivo resultaba. Charlie lo comparó con la fiesta de Acción de Gracias, la celebración familiar más arraigada en la tradición de Estados Unidos, en la que todos se reunían en torno a la mesa. Esa fiesta era algo auténtico. Era importante, y ya contaba con tres siglos de tradición. La Navidad era, desde luego, más antigua, pero la moderna forma de celebrarla, con la cena, el árbol de Navidad e incluso Santa Claus —las costumbres que para todos eran sinónimos de Navidad— no eran ni de lejos tan antiguas como la de Acción de Gracias. Con todo, en los hogares judíos existía una tradición que no se remontaba a siglos, sino a milenios.
Las enseñanzas que se impartían a los niños eran fundamentales en el ritual. Éstos debían participar de forma activa en el relato de la Pascua, las Cuatro Preguntas, el significado del Séder. El doctor Adler estuvo hablándoles un rato sobre el significado de la aflicción y la huida de Egipto y después enumeraron las Doce Plagas. A continuación vino la segunda copa de vino, tras lo cual se volvieron a lavar las manos e impartieron bendiciones antes de dar comienzo a la cena.
A medida que se desarrollaba el ritual del Séder, Charlie quedó no sólo conmovido sino impresionado. El rostro del doctor Adler, tan afable y paternal, tenía algo del hombre que comparte una comida con sus nietos. Tras la primera imagen había, sin embargo, una pasión y una intensidad que despertaron la admiración de Charlie. Aquella gente profesaba un gran respeto por la tradición, por la educación y por las cuestiones espirituales.
Entre los gentiles, aquello no era tan corriente. Se encontraba algo comparable en las familias de los profesores, maestros y el clero, pero no con aquella intensidad. La familia de Sarah pertenecía a una comunidad que poseía una marcada conciencia de unas raíces de tres mil años de antigüedad, convencida de haber recibido el fuego divino de la mano del propio Dios.
Cuando por la noche se disponía a regresar a Manhattan, Charlie se despidió de Sarah y su familia imbuido de un nuevo respeto y admiración.
No tardó mucho en indagar en torno a la cuestión del médico.
—¿El nieto de Adele Cohen? —contestó Sarah—. Es muy buena persona, aunque no es mi tipo, pero dejo que la familia crea que podría interesarme. Así se quedan contentos. —Lo miró con ironía—. Supongo que tendría que casarme con él si fuera mi tipo. Tiene todas las cualidades que podría desear una chica judía como Dios manda.
Charlie no sabía qué actitud adoptar al respecto. Más tarde, consciente de sus celos, meditó sobre el asunto y se dijo que no tenía por qué reaccionar como un tonto. En un momento dado, aquella muchacha tendría que asentarse con un joven de su misma clase. En todo caso, aquello no debía producirse todavía. Tendría que pasar mucho tiempo y, mientras tanto, la quería, intensamente, para él.
Su asistencia al Séder tuvo asimismo otro tipo de consecuencias. Empezó a hacerle preguntas a Sarah. Algunas eran bastante simples.
—¿Por qué vosotros decís sinagoga, cuando la mayoría de judíos dicen templo?
—Eso depende en gran medida de a qué categoría de judío pertenece uno —explicó ella—. El templo por antonomasia, el Templo de Jerusalén, fue destruido hará casi dos mil años. Los judíos ortodoxos y conservadores creen que llegará el día en que se reconstruya. Ése será el Tercer Templo. El movimiento reformista, por su parte, propugna que no esperemos la reconstrucción del mismo, y por eso llaman templos a sus sinagogas. De la misma manera, en la diáspora existen muchas formas de designarlas. Los judíos ortodoxos suelen llamarla shul, que es una palabra yiddish; mi familia dice sinagoga y los reformistas acostumbran a decir templo.
Otras preguntas eran más complejas, como: ¿qué posición tenía Sarah sobre sus obligaciones en tanto que judía? ¿Cómo quería vivir? ¿Creía realmente en Dios? Por sus respuestas, descubrió con sorpresa el desgarro con que vivía su condición.
—¿Dios? ¿Quién puede saber algo de Dios, Charlie? Nadie puede tener la certeza. En cuanto a lo demás, yo incumplo una gran cantidad de reglas. No tienes más que fijarte en lo que hago contigo. —Se encogió de hombros—. Supongo que, en el fondo, soy seglar los días entre semana y el fin de semana vuelvo a casa a recuperar mi tradición. No tengo ni idea de qué va a dar eso más adelante.
En una ocasión, ella lo encontró leyendo un libro sobre el judaísmo.
—Vas a acabar sabiendo más que yo —comentó con una carcajada.
No era sólo el judaísmo lo que suscitaba la curiosidad de Charlie. El contacto con su familia le había hecho tomar conciencia de todas las otras comunidades que poblaban la ciudad: los irlandeses, los italianos y las gentes venidas de otros lugares. ¿Qué sabía él de sus vecindarios? Apenas nada, debía reconocer.
La exposición se inauguró en abril y fue un gran éxito. Rose Master se superó a sí misma, logrando atraer a ella a coleccionistas, encargados de museos y personas de la alta sociedad. El catálogo y las notas históricas que había reunido Sarah eran perfectos. Charlie había llevado periodistas y gente del ambiente literario; la galería había hecho el resto.
Antes de fallecer, Theodore Keller había sacado miles de copias firmadas, una buena proporción de las cuales se vendieron ya el primer día. Aparte, un editor se puso en contacto con Charlie para proponerle editar un libro sobre su obra.
En el acto inaugural estuvieron presentes varios Keller, descendientes de Theodore y de su hermana Gretchen. La familia de Sarah acudió y permaneció modestamente en un segundo plano, muy orgullosa de la acogida de su trabajo. Charlie experimentó un momento de pánico al caer en la cuenta de que varios de sus amigos estaban enterados de la relación que mantenía con ella, pero le bastó hablar un instante con un par de ellos para asegurarse de que nadie hiciera ningún comentario delante de su familia.
Charlie dio un encantador discurso sobre Theodore y Edmund Keller en el que expresó su agradecimiento a la galería y en especial a Sarah por aquella exposición que, a su parecer, habría merecido la total aprobación del propio artista.
Era frecuente que al final de una inauguración, la galería invitara al artista y algunos amigos a cenar. Aunque en ese caso el autor de las fotografías estaba ausente, Charlie se había planteado qué debía hacer. El propietario de la galería iba a ir a cenar con Sarah y su familia, y a él le habría gustado sumarse a ellos. Por otra parte, su madre estaba cansada y, después de todo lo que había hecho, sentía que debía acompañarla a casa.
Al despedirse de Sarah y su familia, lo embargó un sentimiento de profundo orgullo por ella y, al mismo tiempo, un instinto de protección. De repente sintió una gran desolación por tener que separarse de ella.
Si al menos pudieran mostrarse juntos ante todos, pensó. Pero ¿en condición de qué?
Un aspecto de su relación que procuraba gran regocijo a Charlie era observar a Sarah en su apartamento. Desde su divorcio, había vuelto a recuperar sus costumbres de soltero. No es que fuera desordenado, al contrario. En su apartamento de paredes blancas estaba todo bien colocado, con sencillez y precisión.
—Es casi como una galería de arte —señaló ella la primera vez que lo vio.
En todo caso, era espartano. En la cocina casi no había comida, porque solía comer fuera. Ella le compró cazuelas y sartenes y utensilios que él no creyó que fuera a usar nunca, además de toallas blancas para el cuarto de baño. Lo hizo con tacto, sin embargo, sin dar la impresión de que se entrometía en sus cosas. Después la vio tan complacida con los resultados, y tan a gusto cuando se encontraba allí, que dedujo que debían de tener gustos compatibles. Nunca se le había ocurrido que le costara vivir con una mujer que quería cambiar su casa o decidiera poner cortinas con estampados de flores cuando él quería tener unas sencillas persianas venecianas, pero ahora se daba cuenta de que no deseaba volver al mismo ritmo doméstico convencional que había mantenido cuando estaba casado con Julie.
—Es curioso, pero tengo la impresión de que no me molesta que estés en el apartamento —comentó una vez.
—Gracias por el cumplido —respondió ella, riendo.
—Ya sabes a qué me refiero —adujo.
La única ocasión en que experimentó un acceso de irritación, acompañado de miedo, fue por algo que duró sólo un instante. Una noche, al entrar temprano en su dormitorio, la encontró revolviendo sus cajones.
—¿Buscas algo? —inquirió con aspereza.
—Me has pillado —reconoció ella, avergonzada—. Necesito ver tus corbatas.
Según la experiencia de Charlie, las mujeres nunca lograban regalarle corbatas que le gustaran, de modo que se estaba planteando cómo disuadirla de intentar tan imposible tarea, cuando ella frunció el entrecejo y sacó algo del fondo del cajón.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Hacía mucho tiempo que no había visto el cinturón de wampum. Se lo quitó de las manos y lo observó, pensativo.
—Adivina.
—Parece indio.
—Lo es. —Recorrió con los dedos la áspera superficie del decorado de diminutas cuentas—. Es wampum —explicó—. ¿Ves todas estas cuentas blancas? Están hechas con conchas. Las negras forman un motivo, como ves, que en realidad es una especie de escritura. Este cinturón contiene probablemente un mensaje.
—¿De dónde proviene?
—Ha pertenecido a la familia durante generaciones, cientos de años quizá. No sé cómo llegó a ella, pero se supone que trae suerte, como si fuera una especie de hechizo.
—¿Te ha traído suerte alguna vez a ti?
—Mi padre lo llevaba puesto el día en que perdió todo su dinero… después del crack. Me dijo que lo llevaba cuando decidió saltar del puente GWB. Pero luego no saltó, porque si no no tendríamos todavía el cinturón. Se podría decir que eso fue una suerte, en cierto modo.
—¿Lo puedo mirar?
Cuando se lo entregó, ella lo llevó hasta la mesita contigua a la ventana para examinarlo. Charlie, mientras tanto, se puso a pensar en el cinturón y en su elaboración. ¿Cuánto tiempo habría llevado? ¿Habría sido una labor impulsada por el amor, o tal vez una mera obligación tediosa? Él prefería creer lo primero, aunque no tenía manera de comprobarlo.
—Sea cual sea su significado, esto es un asombroso diseño abstracto —elogió de improviso Sarah—, muy sencillo, pero de una gran fuerza.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Es un objeto magnífico para mantenerlo en una familia.
—Supongo que sí.
—Es una obra de arte —afirmó.
Diez días más tarde, Sarah le regaló una corbata. Como era de prever, la eligió a la perfección. Era de seda cruda, con fondo rojo oscuro y un sutil estampado de cachemira, discreta pero elegante.
—¿Está bien?
—Más que bien —alabó él.
—¿Te la pondrás?
—Muchas veces.
—Tengo algo más para ti —anunció, sonriendo con satisfacción.
—¿Otro regalo?
—Sólo algo que vi paseando, pero puedo devolverlo si no te gusta.
Le entregó un paquete rectangular envuelto con papel. Era demasiado ligero para ser un libro. Lo abrió con cuidado, y se quedó mirándolo, estupefacto.
Era un dibujo de Robert Motherwell.
—He pensado que podría quedar bien allí —dijo, señalando un espacio libre de la pared del salón—. Si te gusta, claro —añadió.
—¿Que si me gusta?
Todavía tenía la vista fija en el dibujo, incapaz casi de hablar. Era un dibujo abstracto simple, en blanco y negro, que le recordaba la caligrafía china, hermosísimo.
—No te muevas —le pidió ella, y cogiendo el dibujo, se dirigió al lugar de la pared que había indicado y sostuvo la lámina allí—. ¿Qué te parece?
Era inmejorable. Su efecto transformaba toda la habitación.
—Eres un genio —dijo él.
—¿De veras? —contestó, muy satisfecha.
¿Cuánto le habría costado? Prefería no pensar en eso. Seguramente Betty Parsons se lo habría dejado a plazos, para que fuera pagándolo. De todas maneras, con su modesto sueldo, tendría que estar pagando por aquel dibujo durante meses, o incluso años.
«¿Y estaba dispuesta a hacer aquello por él?», se preguntó, asombrado y conmovido.
Luego estuvo estrujándose el cerebro varios días tratando de encontrar lo que podía regalarle a cambio. Tenía que ser algo que le procurase placer, pero no sólo eso. Un abrigo o una joya caros, algo que ella no pudiera costearse, podrían complacerla, pero no sería suficiente. Tenía que encontrar un regalo que demostrara que había realizado un esfuerzo particular. Algo con un significado, con un valor emocional.
Al final, se le ocurrió la idea.
Era un fresco y despejado día de domingo cuando llegó a su apartamento, justo antes de mediodía. Sarah había ido a ver a sus padres a Brooklyn y había regresado esa mañana para pasar el día con él. Bajó con cuidado el regalo del taxi. Tuvo que subir despacio las escaleras, porque era engorroso de llevar.
Una vez adentro, depositó la carga en el suelo del salón.
—Para ti —dijo con una sonrisa—. De mi parte.
—¿Qué puede ser?
El paquete era bastante raro, de unos diez centímetros de ancho y casi dos metros de largo. Tardó un par de minutos en retirar el envoltorio.
—Cuesta un poco —advirtió él, aunque Sarah se desenvolvía muy bien.
—¡Oh, Charlie! —exclamó, mirándolo boquiabierta—. No puedes darme esto.
—Sí puedo.
—Pero es una reliquia familiar. Se lo tienes que dar a Gorham, para los hijos de tus hijos. Pertenece a tu familia.
—Él no espera recibirlo. No sabe nada de su existencia. Creo que tú lo apreciarías más que cualquier otra persona que conozco. Lo han enmarcado muy bien ¿no?
Era cierto. El cinturón de wampum lo habían aplanado y montado sobre una fina plancha forrada de tela, sujetándolo con unos simples clips que permitían desprenderlo fácilmente. La plancha iba metida en una larga caja blanca con la parte frontal de vidrio, que podía colgarse o exponerse fijándola a una pared.
—Una bonita pieza de arte abstracto —reiteró, sonriente, Charlie.
—No puedo creer que me regales esto, Charlie —dijo ella—. ¿De veras estás seguro?
—He pensado mucho en ello, Sarah. Sé que eres la persona adecuada para tenerlo.
—Me emociona mucho el detalle —dijo—, muchísimo.
—En ese caso, supongo que es un buen regalo —repuso él alegremente.
A partir de ese fin de semana comenzó a preguntarse si podrían ser marido y mujer.
Pensaba todos los días en ello. No se podía negar que había dificultades… numerosas, en efecto. Aunque, bien pensado, tampoco eran de tanto calado.
Él era mayor que ella, sí, pero no tan viejo. Conocía a otras parejas en que la mujer era mucho más joven que el marido, y parecían disfrutar de un buen matrimonio. Si de algo no le cabía duda era de que ella estaba contenta con él.
¿Qué harían con la cuestión de la religión?, se planteaba. Su familia habría querido que Sarah se casase con el médico judío. Por otra parte, teniendo en cuenta todos los aspectos del caso, casándose con él ella ascendería un escalón en la sociedad. También se preguntaba qué tipo de ceremonia nupcial debían celebrar. La simple ceremonia episcopal era, en todo caso, muy parecida a la judía.
Además, cuando estuvieran casados, ella se hallaría bajo su protección. Si el portero de su madre se atrevía siquiera a pestañear delante de su esposa ya podía despedirse de su empleo. Sus amigos la acogerían sin reticencias… y el que no lo hiciera así, no era amigo suyo. De todas maneras, ¿era tan maravillosa la gente bien? ¿Acaso tenía tanto en común con ellos? ¿Y si acababa de soltar las amarras del todo? Había conocido a más de una persona de su propia clase que se había casado como convenía la primera vez y, después de un matrimonio desgraciado, se había vuelto a casar con alguien inaceptable para su entorno y había sido feliz durante el resto de su vida.
Aparte, había que tomar en cuenta el tema del dinero. Dada su juventud, Sarah querría seguramente tener un hijo o dos. ¿Podía permitirse pagar una nueva casa, con colegios privados y todo lo demás? Si realmente se aplicaba en ello, Charlie consideraba que podría ganar muchísimo más que hasta entonces. La compañía de Sarah sería una inspiración para él. La exposición de Keller había sido un rotundo éxito y el contrato del libro podría reportar bastante dinero. Les transferiría una parte a los Keller que quedaban, desde luego, pero en realidad no estaba obligado a darles un porcentaje concreto. Edmund lo había dejado a su discreción, y nadie podía decir que no se hubiera hecho cargo de todo el trabajo. Por ese lado, ya estaba entrando algo de liquidez.
Además, si iba a abandonar realmente el club, por así decirlo, podría incluso dar un paso más allá. El pequeño Gorham saldría adelante con la educación en centros privados que él le costeaba y el dinero de su madre. Las expectativas de Sarah con respecto a sus hijos serían, sin duda, diferentes. ¿Y si se instalaban en otro vecindario como Greenwich, donde había escuelas municipales tan buenas como los centros privados? Era una posibilidad. Ponderando todo aquello, Charlie sentía como si su vida se inundara de una nueva e intensa luz, embargado por una sensación de libertad.
En resumidas cuentas, era un hombre de edad madura enamorado de una mujer más joven que él.
Era un tibio y placentero día de mayo, casi tocando al mes de junio. Acababan de ir a ver una colección de grabados en la Biblioteca Pública de Nueva York y justo salían a las amplias escalinatas.
—En la familia conservamos el recuerdo de una tradición asociada a este lugar —informó Charlie a Sarah.
—¿De qué se trata?
—Se remonta a la época en que aquí había un depósito de agua. Éste es el sitio donde mi bisabuelo pidió a mi bisabuela si quería casarse con él. Supongo que hoy en día podría resultar un poco peligroso.
—Letal. ¿Y fueron felices?
—Sí. Su matrimonio fue todo un acierto, según tengo entendido.
—Qué bien.
De repente Charlie hincó una rodilla en el suelo.
—Sarah ¿quieres casarte conmigo?
—Ya veo —contestó ella, riendo—. Debió de ser muy romántico.
Charlie no se levantó, sin embargo.
—Sarah Adler, ¿quieres casarte conmigo?
Un par de personas que subían por las escaleras se quedaron mirando con curiosidad a Charlie y luego se pusieron a cuchichear.
—¿Hablas en serio, Charlie?
—Como nunca en toda mi vida. Te quiero, Sarah, y deseo pasar el resto de mi vida contigo.
—Charlie, no imaginaba que… —Calló un instante—. ¿Me dejas un poco de tiempo para reflexionar?
—Todo el que necesites.
—Charlie, es que… me has tomado por sorpresa. Me siento muy halagada. ¿Estás seguro? Me parece que será mejor que te levantes ahora, porque estás atrayendo a una multitud —señaló con una sonrisa. Era cierto. Había media docena de personas que los miraban, algunas entre risas. Cuando se incorporó, le dio un beso—. Voy a tener que pensármelo muy en serio.
Rose Master se quedó muy sorprendida cuando, dos días después, el portero George la llamó para informarle, con una voz con la que daba a entender que mantenía a la visita esperando en la acera, de que una persona llamada señorita Adler deseaba verla.
—Hágala subir —indicó Rose. Acudió a abrir la puerta en persona y, una vez se encontraron en el salón, su sorpresa fue aún mayor cuando Sarah le preguntó si podía hablarle con confianza—. Por supuesto que sí —respondió con cautela—, si eso es lo que deseas.
—¿Le ha hablado Charlie de mí? —preguntó la chica.
—No. —Era cierto.
—Se quiere casar conmigo.
—Ah, comprendo.
—Por eso he venido a consultarle qué piensa al respecto.
—¿Has venido a consultarme?
—Por eso estoy aquí.
Rose se quedó mirándola un momento y luego asintió con aire pensativo.
—Es un detalle de tu parte, querida —aprobó, antes de marcar una pausa—. Eres muy lista.
Ella estaba sentada muy derecha en una silla y Sarah en el sofá. Dirigió la mirada hacia la ventana, por donde entraba la tenue luz de última hora de la tarde.
—Estoy segura de que quieres que sea sincera contigo.
—Se lo ruego.
—Pues bien, no creo que sea una buena idea, aunque entiendo que esté enamorado de ti.
—¿De una chica judía con gafas?
—Oh sí. Eres inteligente y atractiva… Supongo que debería haberse casado con alguien como tú de entrada. Yo me habría quedado horrorizada, desde luego. Bueno —añadió, encogiéndose de hombros—, tú me has pedido que fuera sincera.
—Así es.
—Es sólo que me parece que es demasiado tarde ahora. ¿Te gusta?
—Sí. He estado pensando mucho en esto. Le quiero.
—Qué suerte tiene Charlie. ¿Qué te gusta de él?
—Muchas cosas. Creo que es el hombre más interesante que he conocido.
—Eso es sólo porque es mayor que tú, querida. Los hombres mayores parecen interesantes, porque conocen muchas cosas, pero al final puede resultar que no lo sean tanto.
—Usted, que es su madre, ¿no cree que sea interesante?
Rose exhaló un suspiro.
—Yo quiero a mi hijo, querida, y deseo lo mejor para él, pero soy demasiado vieja para no querer ver la realidad. ¿Sabes cuál es el problema que tiene Charlie? Que es inteligente y puede que hasta tenga talento, pero viene de una familia rica, de solera. No es que él tenga dinero, claro, pero ésa es la clase a la que pertenece. La culpa es mía, siento decirlo. —Volvió a suspirar—. Y eso es porque yo siempre le di mucha importancia a esas cosas.
—¿Ahora ya no lo considera tan importante?
—Ahora ya soy vieja. Es extraño cómo cambia la manera de ver la vida cuando una envejece. Es como si… las cosas se alejaran de una.
—Nunca había conocido a nadie de esa categoría social antes de Charlie, señora Master. A mí me gustan sus modales. Lo encuentro hechizador.
—Lo es. Siempre lo ha sido. Pero te diré cuál es el problema con las personas como nosotros, querida: no tenemos ambición. —Calló un momento—. Bueno, a veces algunas personas de nuestra clase la tienen, como por ejemplo los dos Roosevelt. Dos presidentes salidos de una misma familia… de dos ramas muy diferentes de la familia, claro, pero de todas maneras… —Volvió a tender la vista por la ventana—. Charlie no es así. Sabe muchas cosas, tiene una conversación muy interesante, es muy considerado, es muy atento conmigo… pero no ha hecho nada en la vida, e incluso teniéndote a ti a su lado, querida, dudo que llegue a hacerlo. Es que él es así.
—¿Usted cree que se necesitan judíos emprendedores para llevar a cabo las cosas?
—Lo de los judíos no sé, pero en cuanto a lo de carácter emprendedor, desde luego que sí. —Observó a Sarah con gravedad—. Si mi hijo se casa contigo, querida, no sé cómo va a ser capaz de mantener a otra familia, pero incluso si consigue el dinero, será viejo mucho antes de que tú llegues a la vejez. Y a medida que pase el tiempo, me temo que vas a impacientarte con él. Mereces algo mejor. Eso es cuanto te puedo decir.
—No esperaba oírle hablar de este modo.
—Entonces no habrías averiguado nada de interés, ¿no?
—No —convino Sarah—, supongo que no.
El viernes Sarah fue a casa de sus padres como de costumbre. La reconfortó volver a estar con su familia y ponerse al corriente de las actividades diarias de sus hermanos. El sabbat transcurrió sin incidencias. Durante el servicio de la mañana, escuchó al rabino y trató de no pensar en nada más. Por la tarde, sin embargo, su hermano Michael le ganó tres partidas de damas con una facilidad increíble. Después permaneció sentada, concentrada en sus pensamientos.
¿Qué sentía por Charlie? En realidad no esperaba que él la pidiera en matrimonio de ese modo. No estaba preparada para ello. ¿Lo quería de veras?
Llegó a una conclusión cierta: cuando no estaban juntos, lo echaba de menos. Si veía una película que le gustaba, oía una pieza de música, o incluso un chiste, quería compartirlo con él. Hacía unos días, entró un cliente desagradable en la galería y, automáticamente se puso a pensar: «Ojalá Charlie estuviera aquí. Seguro que lo encontraría detestable».
Le gustaba vestirlo como creía que iba a lucir mejor. Le había comprado una bufanda azul que le sentaba muy bien. Claro que él tenía aquel horrible sombrero viejo que se negaba en redondo a dejar de usar… En el fondo no le importaba, sólo le suponía un desafío calcular cuánto tiempo tardaría en dar el brazo a torcer. En realidad le gustaban los desafíos. Si hubiera cedido sin oposición, habría quedado decepcionada.
¿Cómo se sentiría entonces teniendo a Charlie por marido? Muy bien. En cuanto a lo de tener un niño que se pareciera a Charlie, o una niña que él pudiera mimar… le parecía la perspectiva más maravillosa del mundo.
Estaba, no obstante, el asunto de la religión. ¿Insistiría la familia Master en que ella o sus hijos fueran cristianos? Ese punto no podía aceptarlo. De todos modos, el hecho de que Charlie no hubiera planteado la cuestión indicaba que no era algo importante para él. Había previsto que la anciana señora Master planteara objeciones al respecto, pero a menos que estuviera fingiendo, no parecía tener muchos reparos por el hecho de que Sarah fuera judía. Todo apuntaba a que los episcopalianos Master no eran muy estrictos en cuestiones de observancia religiosa.
En lo que a ella respectaba, pese al cariño que le inspiraba la tradición de su pueblo, se creía muy capaz de vivir en Manhattan como una judía seglar e incluso educar a sus hijos en esa línea… a condición de que pudieran estar en contacto con su herencia cuando fueran a ver a sus padres. Si Charlie estaba dispuesto a aceptar aquello, podría adaptarse. Sabía que no era una empresa imposible. Conocía a varios matrimonios mixtos que parecían felices.
Todavía quedaba, con todo, un enorme problema por resolver: sus padres. Su padre, sobre todo. Todo el mundo conocía la postura de Daniel Adler.
¿Podría servir de algo el hecho de que a su padre le hubiera caído bien Charlie?
—Me tenía preocupado que te fueras a vivir a Manhattan —le había dicho tiempo atrás—, pero la galería es seria, se nota. Y tu cliente, el señor Master, es un hombre distinguido, una buena persona.
Charlie le había causado una buena impresión, no cabía duda. Quizá aquello podría allanar el camino.
Además, siempre podía argüir con su padre que sus nietos serían de todos modos judíos puesto que tendrían una madre judía. Tal vez Daniel Adler podría resignarse a tener hijos laicos, siempre y cuando acudieran a su casa por la Pascua, para que pudiera educarlos. «Al fin y al cabo, de este modo —ya se imaginaba diciéndole—, tendrán la posibilidad de elegir cuando sean mayores. No hay nada que impida que un hijo mío llegue a ser rabino incluso, si así lo desea».
Aquéllas eran las esperanzas, los cálculos, los concisos argumentos que Sarah inventaba a solas en su casa, pensando en el hombre que amaba.
Quizá podría funcionar. No lo sabía. Quizá al terminar la semana tendría las ideas más claras. Entre tanto, resolvió que lo mejor sería no hablar con nadie de aquello.
Por eso la tomó totalmente desprevenida lo que de repente le dijo esa noche su madre cuando estaban en la cocina, antes de irse a acostar.
—Por lo visto ese hombre, el señor Master, se está enamorando de ti.
Por fortuna, la sorpresa de Sarah fue tan mayúscula que tardó en reaccionar.
—¿Qué quieres decir? —alcanzó a articular.
—Vaya, tú no sabes nada —exclamó Esther Adler, levantando los brazos.
—¿Quién iba a pensar tal cosa? ¿Y por qué?
—Tu hermana. Me lo dijo hace dos días. Se dio cuenta cuando estuvo aquí. Estaba hablando con él cuando te pregunté por el nieto de Adele Cohen y nos oyó. Según Rachel, estaba escuchando con tanta atención que ni siquiera respondió a las preguntas que le hacía ella.
—¿Y eso significa que está enamorado de mí?
—¿Por qué no?
—Tú querrías que todo el mundo se enamorase de mí, madre. Además, no es judío.
—He dicho que estaba enamorado de ti, no que pudiera casarse contigo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que tengas cuidado.
—Lo tendré, madre. ¿Algo más?
—Si necesitas hablar conmigo, Sarah, puedes hacerlo, pero no hables con tu padre ¿comprendes?
—No, no lo entiendo. ¿Y ahora puedo ir a acostarme?
—Conmigo siempre puedes hablar —reiteró su madre encogiendo los hombros.
«Esperemos que así sea», se dijo Sarah. Por el momento, sin embargo, optó por escapar escaleras arriba.
La mañana del domingo fue apacible. Sarah y su madre prepararon tostadas francesas para los chicos. Su padre se fue a tocar el piano abajo. Después de unas cuantas escalas, comenzó a tocar Chopin. Sonaba muy bien.
Qué feliz se sentía… qué contenta estaba de tener un hogar como aquél. Charlie sería feliz en aquel entorno, pensó. Se encontraría a gusto leyendo el periódico del domingo mientras su padre tocaba el piano abajo. Con su amplitud de miras y su calado intelectual, para él no supondría una transición difícil.
¿Debía hablar con su madre del tema? ¿Debía decirle la verdad después del desayuno, cuando estuvieran solas? No estaba segura.
Sus hermanos aún comían cuando oyó que llamaban a la puerta. Su madre estaba ocupada cocinando y como era inútil esperar que los chicos se levantaran de sus sillas, fue a abrir ella misma. Por un momento, pese a que sabía que se encontraba en Manhattan con su hijo, concibió la descabellada esperanza de que fuera Charlie.
Abrió la puerta.
Dos personas aguardaban frente al umbral. La mujer, rubia, de unos cincuenta y pico años, le resultaba del todo desconocida. El hombre era corpulento y vestía una chaqueta negra y sombrero de fieltro. Se quedó observándolos en silencio.
—Perdonen que lleguemos tan temprano —se disculpó, incómoda, la mujer con acento británico.
—¿Qué, no vas a invitar a entrar a tu tío Herman? —dijo el hombre.
Se encontraban de pie en la cocina. Abajo, su padre seguía tocando el piano, ignorante de su presencia.
—Ya te dije que tocaba bien —señaló el tío Herman a su esposa.
—No debiste haber venido —le reprochó la madre de Sarah—. Debiste haber escrito, o llamado por teléfono, al menos.
—Yo ya se lo advertí… —adujo la mujer del tío Herman, pero nadie le prestó atención.
—¿Para que me dijera que no viniera? —replicó el tío Herman—. Pues ahora estoy aquí. —Miró a Michael—. De ti me acuerdo. —Miró a Nathan—. A ti no te conozco. Soy el tío Herman.
Esther Adler dedicó una ojeada a la esposa de su cuñado antes de dirigir la palabra a éste.
—No quiero explicar lo que ocurrió.
—Ella lo sabe —contestó él con voz de trueno—. Lo sabe. Ya te lo conté —dijo a su mujer—. Celebraron mi funeral cuando me casé contigo, porque no eres judía. Para ellos estoy muerto, ¿entiendes? Me trataron como a un muerto. Llamaron a sus amigos para que vinieran al velatorio y nunca volvieron a hablar de mí. Esto es lo que se hace en familias como la nuestra. Somos muy especiales.
—Yo nunca oí tal cosa —les aseguró, a modo de disculpa, la esposa—. No lo sabía.
—Tú no tienes por qué preocuparte —intervino el tío Herman—. El único muerto soy yo, no tú.
—Tienes que irte, Herman —aconsejó la señora Adler—. Yo le diré que has venido. Quizá acceda a verte. No lo sé.
—Esto es ridículo —se indignó el tío Herman.
Sin decir nada, Sarah abandonó discretamente la cocina.
Su padre ni siquiera la oyó entrar en la sala de espera donde tocaba, pero al verla, sonrió. Viendo su cara de satisfacción, sintió una oleada de amor por él.
—Padre, ha ocurrido algo —le anunció con dulzura—. Tengo que decirte algo.
—¿Qué es, Sarah? —preguntó, dejando de tocar.
—Tienes que prepararte para algo que no esperabas.
Volvió la cabeza, evidenciando la expresión de ansiedad de su cara.
—No pasa nada. Nadie se ha hecho daño. Nadie está enfermo. —Respiró hondo—. El tío Herman está aquí, con su esposa. —Calló un momento—. La esposa es bastante agradable, y el tío Herman no le hace caso. —Esbozó una sonrisa—. Es tal como lo recordaba. Pero madre quiere echarlo. ¿Es eso lo que tú deseas?
Su padre guardó un largo silencio.
—¿Herman está aquí?
—Sí. Acaba de presentarse en la puerta.
—¿Con esa mujer con la que se casó? ¿Viene aquí sin avisar, y trae a esa mujer a mi casa?
—Quiere verte. Me parece que quiere reconciliarse contigo. Quizá se disculpe. —Vaciló un instante—. Ha pasado mucho tiempo —añadió con tono suave.
—Mucho. Si uno comete una ofensa, ¿no tiene más que esperar unos cuantos años para que la ofensa se borre? ¿Acaso el tiempo lo convierte en algo correcto?
—No, padre. Pero tal vez si hablaras con él…
Su padre inclinó la cabeza, fijando la vista en las teclas del piano. Primero sacudió varias veces la cabeza y luego se puso a oscilar el torso, de atrás hacia delante.
—No puedo verle —dijo en voz baja.
—Tal vez si…
—No lo entiendes. No puedo verlo. No puedo soportar…
De improviso Sarah comprendió que su padre no estaba enfadado, que sufría tan sólo.
—Así es como empiezan las cosas —dijo—. Siempre ocurre lo mismo. En Alemania, los judíos creyeron que eran alemanes y se casaron con alemanes, pero después, aunque tuvieran una abuela o una bisabuela alemana… los mataron. ¿Crees que a los judíos los van a aceptar? Eso es ilusorio.
—Eso fue en tiempos de Hitler…
—Y antes fueron los polacos, los rusos, la Inquisición española… Muchos países han aceptado a los judíos, Sarah, y siempre han acabado volviéndose contra ellos al final. Los judíos sólo sobrevivirán si son fuertes. Ésta es la lección que nos da la historia. —Levantó la vista hacia ella—. Se nos ordenó preservar nuestra fe, Sarah. Por eso hay que tener presente que cada vez que un judío se casa con un gentil debilita a la comunidad. Si uno se casa con un gentil, al cabo de dos o tres generaciones su familia ya no será judía. Puede que con eso queden a salvo, o puede que no, pero de una manera u otra, al final todo lo que tenemos se perderá.
—¿Tú crees eso?
—Estoy convencido. —Sacudió la cabeza—. Yo ya celebré el funeral por mi hermano. Para mí está muerto. Ve a decírselo.
Tras un instante de vacilación, Sarah se volvió hacia las escaleras. Antes de que alcanzara a ver al tío Herman, la voz de éste resonó desde arriba.
—Daniel, estoy aquí. ¿No piensas hablar con tu hermano?
Sarah observó a su padre. Todavía tenía la vista fija en el teclado cuando volvió a resonar la voz del tío Herman.
—El tiempo ha pasado, Daniel. —Se abrió una pausa—. No volveré a venir. —Se produjo otra pausa antes de que añadiera, con voz airada—: Pues si eso es lo que quieres, se acabó.
Se oyó un portazo. Después se hizo el silencio.
Sarah se quedó sentada en la escalera. No quería importunar a su padre, pero tampoco quería dejarlo solo. Estuvo esperando un rato. Luego, al ver el movimiento de sus hombros, pese a que no hacía ningún ruido, se dio cuenta de que estaba llorando.
No pudo reprimirse. Tenía que consolarlo. Volvió a acercarse al piano y lo abrazó.
—¿Crees que no quiero a mi hermano? —logró articular, al cabo de un poco.
—Ya sé que lo quieres.
—Sí, quiero a mi hermano. ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer?
—No lo sé, padre.
Ladeó la cara para mirarla. Las lágrimas le rodaban por las mejillas hasta impregnarle el bigote.
—Prométeme, Sarah, prométeme que tú no harás nunca lo que hizo Herman.
—¿Quieres que te lo prometa?
—No podría soportarlo.
Tardó sólo un minuto en responder.
—Lo prometo.
Quizá fuera mejor así.