16
—¿Tú…? ¿Tú me conocías de mi anterior vida aquí?—Zarah lo miró a los ojos de manera renovada.
—¿Conocerte?—Bufó el otro, cruzándose de brazos—. No te me despegabas de los talones… Está bien, está bien. Tal vez yo no me despegaba de ti—se corrigió, riendo entre dientes—. Eras mi mejor amiga.
—¿Lo dices en serio?—Zarah no podía creer lo que escuchaba—. ¿Por qué nunca me dijeron nada? El abuelo, Aidan…
—Zyanya, ¿qué tanto te han dicho realmente sobre tu vida pasada?—Contestó el otro, apoyándose con la espalda en el tronco de un árbol cercano, y cruzándose de brazos sobre el pecho—. ¿No me acabas de decir que no tenías ni idea del enorme control que tenías sobre tu poder?
—Pero nadie podía saber en aquel entonces que yo era un Alma Azul, ¿no se supone que es hasta…?
—No tienes que saber qué tipo de Alma tienes para tener poderes. Eres una Capadocia, hija de una gran Capadocia—hizo énfasis en esas palabras—. Tu madre, la princesa Elizabeth, era famosa en los cinco reinos por su enorme poder. Y tú eras su viva estampa, Zyanya. En todo…—ladeó la cabeza, escrutándola con la mirada.
—¿Qué ocurre?—Preguntó ella, un tanto incómoda—. ¿Qué estás haciendo?
—Te pareces mucho a tu madre.
—No es cierto…—Zarah agachó la cabeza. Había visto un retrato de su madre en el palacio, Elizabeth era preciosa, ella ni se le acercaba a los talones…
—Zyanya, puedes usar los polvos conmigo si así lo quieres—hizo un gesto con los ojos hacia la caja—. Pero no te miento. Te juro que eres una mujer preciosa.
Zarah sintió que el rubor se encendía en su rostro, pero se forzó por mantenerse tranquila. Había algo en Valdemar que le resultaba vagamente conocido, aunque no podría haber dicho qué era.
—Se me ocurre una idea. Esta noche debo regresar a mi reino, tengo algunos asuntos que atender en casa, pero en cuanto termine puedo venir a visitarte y planearemos algo divertido que hacer juntos. En otro tiempo solías divertirte de lo lindo cuando estabas conmigo—bromeó él, abrazándola por los hombros.
—Si tú lo dices…—Zarah lo miró a los ojos—. Me cuesta tanto creer todo lo que me cuentas, no puedo recordar nada.
—En ese caso, tal vez debas fiarte de mi palabra… O usar los polvos—bromeó nuevamente, aunque se inclinó para permitirle lanzarle lo que deseara a su libre deseo.
—No usaré los polvos en ti, Valdemar—rió Zarah, obligándolo a levantarse—. Y dime, ¿qué más hacíamos cuando éramos niños? ¿Jugábamos a algo…?
—Si lo que deseas saber es si nos sentábamos por las tardes a tomar el té con tus muñecas, puede que te decepciones—Zarah soltó una risita, y él continuó—. Eras una guerrera estupenda, Zyanya. Desde que tuviste la fuerza de levantar una espada, no dejaste de buscar la manera de combatir. Eso era lo que hacíamos. Eras una pequeña niña de bucles rizados y grandes ojos verdes enfundada en una armadura demasiado grande para tu edad e irguiendo tu espada al primero que se te ponía enfrente. Así fue como nos conocimos, yo acepté tu reto… Y tú me ganaste—confesó de mala gana, provocando que Zarah riera de nuevo—. Desde entonces nunca dejamos de practicar. Nuestras familias, por ser reales, se conocían, y coincidimos en varios eventos. Recuerdo una ocasión, en uno de los torneos de los cinco reinos, yo te enseñé unos cuantos trucos nuevos que había aprendido en el tiempo que no nos habíamos visto, los cuales tú perfeccionaste enseguida. Y tú me enseñaste otros tantos…, que tardé un poco más en aprender—confesó, encogiéndose de hombros—. Eras genial, Zyanya, te admiraba mucho… Es decir, te admiro. Es por esa razón que vine hasta aquí a verte, sé que no recuerdas nada, pero no sé…—se encogió de hombros nuevamente—. Tal vez podríamos reanudar algo de nuestra antigua amistad, ahora que has vuelto.
—Creo que eso me gustaría —confesó ella, sonriendo abiertamente.
—Zyanya, es hora de irnos—Zarah se giró al escuchar la voz de Aidan , aproximándose por el camino. A su lado, erguido en toda su estatura, caminaba Allan, sus ojos brillantes clavados en la figura de Valdemar.
—En seguida voy—Zarah se estremeció ante la imponente mirada de Allan, pero no podía permitir que su amigo se sintiera intimidado. Después de todo, era su invitado, y sabía muy bien lo que se sentía estar en un lugar donde no eres bien recibido—. Valdemar, ¿tú vendrás al palacio con nosotros?
—Me temo que aquí nos despedimos, princesa—le dijo él con una afable sonrisa, estirando la mano para estrecharla con la de ella—. Ha sido un placer y un honor compartir este día a tu lado.
—Igualmente—sonrió también ella—. Espero verte pronto una vez más, Valdemar. Y que continuemos esta conversación.
—Me encantaría. Y antes de irme, un consejo, princesa…—se inclinó y le dijo al oído—. Sé que comenzarás a hacer preguntas. He aquí un regalo más de tu viejo amigo, si realmente deseas saber algo de importancia sobre tu pasado, haz la pregunta correcta: averigua sobre Kudrow y los Rayas.
—Zarah, es momento de irnos—rugió Allan, quien seguramente había escuchado cada palabra.
Valdemar le dedicó una sonrisa mordaz, y sin prestarle atención, como si aquello significase rebajarse a sí mismo, continuó:
—Hazlo, confía en mí, es la llave que estás buscando—le guiñó un ojo antes de alejarse, diciendo en voz alta, sin importarle quién más lo escuchara—. Pero si yo fuera tú, no le preguntaría a él. A menos que uses el pequeño regalito que te di.
***
El transcurso de esa semana fue bastante monótono, también de la siguiente, similar a los primeros días vividos de su entrenamiento, con la excepción de que Zarah vio poco o nada a Allan.
Por la mirada que él le dedicó durante su encuentro con Valdemar, sabía que estaba molesto. No había vuelto a hablar con él hasta entonces, y Dios que deseaba hacerlo, él podía darle muchas respuestas que tanto su hermano como su abuelo parecían reacios a otorgarle, pero, sobre todo, podía darle paz…
Su corazón afligido lloraba en silencio mientras se mantenía alejada de él, no saber nada de Allan la mataba lentamente, lo extrañaba con cada molécula de su cuerpo, Allan vivía en cada uno de sus pensamientos, en cada uno de los latidos de su corazón, no tenerlo era una tortura en vida, él era el aire de sus pulmones, y su ausencia, una agonía eterna y sin fin…
Después de dar varias vueltas en la cama, se levantó y se dirigió a la ventana, sin cuidar de ponerse una bata, en esos días el tiempo era tan caluroso, que de haber podido, se habría quitado hasta el camisón de dormir. Debía ser ya de madrugada, la madrugada del viernes. Su abuelo le había abierto la posibilidad de ir a visitar a su familia, y, aunque la noticia del posible suceso le había alegrado, la verdad era que su corazón continuaba llorando en silencio, y nada, ni siquiera volver a ver a sus padres y hermanos, parecía conseguir subirle el ánimo.
Decidida a que no iba a volver a pegar ojo en la noche se asomó al balcón y atisbó en los alrededores en busca de Allan. Aidan le había dicho que él siempre se encontraba cerca, aunque ella no pudiera verlo.
Si lo estaba esa noche, no lo sabría… Ella, a diferencia de él, no podía ver en la oscuridad.
Si tan sólo consiguiese que él le revelara la verdad de sus sentimientos, si la amaba como ella a él, si realmente la quería a ella, no a la mujer que una vez fue su esposa…
Un rayo de luz despejó su mente, al tiempo que se giraba sobre los talones para dirigirse a la carrera de regreso a su habitación. Abrió el cajón superior de su buró y extrajo la pequeña caja de piedra con los polvos que le había dado Valdemar.
Desde el primer instante una idea había pasado por su mente cuando se las pidió; conocer la verdad de los sentimientos de Allan.
Sabía que debía preocuparse de su seguridad, muchos estaban sufriendo a costa suya, intentando protegerla del peligro. Valdemar le había advertido que intentara averiguar sobre Kudrow y los Raya, pero por muy buenos que fueran los polvos, no se había atrevido a utilizarlos con su abuelo ni su hermano; el primero era demasiado hábil para engañarlo, en cuanto al segundo, no deseaba perder el cariño y la confianza que se había ganado de su hermano.
Así pues, sólo quedaba Allan.
Él la había metido en eso. Él le había mentido, o al menos, ocultado la verdad. Debía ser él quien se la revelase…
Aunque la única pregunta que deseaba formular para él era la que la había estado atormentando todo ese tiempo: ¿realmente él la amaba?
Y esa noche, por todos los cielos que lo averiguaría…