CAPÍTULO DIECIOCHO
Conozco a Macallan desde hace tanto tiempo que me cuesta muy poco intuir lo que pasa por su cabeza. Por ejemplo, aquella noche, cuando salió corriendo de mi recámara, supe que estaba aterrada.
No teme a muchas cosas. Es una de las personas más fuertes que he conocido en mi vida. Y no me refiero al tipo de fuerza que se mide por las repeticiones que haces en la banca.
Hablo de valor. De ser capaz de defender tu postura. De no importarte lo que la gente piense de ti.
Y, sin embargo, algo la asustaba. Si se había largado corriendo y no me había respondido con una broma, seguro que tenía sus motivos.
Pero ¿cuáles? Yo no estaba del todo seguro.
O, más bien, no quería hacerme ilusiones.
—¡California! —Keith me dio unas palmaditas en el hombro—. Avísame si te caes en la pista de baile. Ya sabes que cuando empiezo a moverme, pierdo el norte.
—Gracias —musité.
—¿Qué le pasa? —le preguntó a Stacey.
Ella se encogió de hombros. Yo sabía que debería mostrar más entusiasmo, por ella. Sabía que debería estar haciendo muchas cosas.
Mirando a las personas que me rodeaban, pensé en lo mucho que había soñado con aquel momento. Tener un grupo de amigos. Formar parte de la élite. Ser uno de los mejores atletas.
Por fin tenía lo que quería.
Ahora, no obstante, sabía que querer y necesitar son dos cosas completamente distintas.
No estaba obligado a elegir entre Macallan y aquella vida. Ya lo sabía. Pero sí tenía una elección pendiente: quedarme allí e ignorar algo muy importante para mí o ir en busca de Macallan y confesarle lo que sentía. Y obligarla a escucharme. Era consciente del riesgo. Había muchas posibilidades de que ella saliera corriendo y pasara el último curso de secundaria en una estación espacial internacional.
Sin embargo, cuando la invité a asistir conmigo al baile, se quedó callada. Ella sabía que mi pregunta implicaba algo más. Y no se había rehusado. Se había quedado callada y, ante aquel silencio, yo supe que quizá, sólo quizá, ella sentía lo mismo que yo.
Tenía que dejar de engañarme a mí mismo e ir a buscar lo que quería. Lo que necesitaba.
—Stacey —dije con suavidad. Lo que iba a hacer era un asco—. Lo siento mucho pero tengo que irme.
Ella asintió como si ya se lo temiera.
—¿Macallan?
Stacey lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Por eso nos preguntaban tan a menudo si estábamos juntos o bromeaban diciendo que parecíamos un viejo matrimonio. Todo el mundo se daba cuenta; sólo nosotros habíamos sido demasiado necios como para aceptarlo.
Abrí la boca para responder, pero no había palabras. ¿Cómo decirle a una chica que consideras fantástica que estás enamorado de otra?
—No pasa nada —siguió hablando Stacey—. Hace tiempo que me lo espero.
—No quiero que pienses que esto tiene algo que ver contigo —yo me sentía más culpable con cada palabra que pronunciaba.
—Ya lo sé, o sea, ¿en serio, Levi? —sonrió—. Todos sabíamos que al final acabarías con Macallan. Supongo que debería sentirme ofendida, pero, no sé, puede que haya leído demasiadas novelas románticas como para no alegrarme por la parejita feliz. Y, qué quieres que te diga, la pasamos bien. Has sido muy lindo conmigo.
Se encogió de hombros.
Aquel gesto demostraba lo poco que significaba nuestra relación para ninguno de los dos.
—Voy a volver con… —señaló el grupo de amigos que bailaba en la pista—. Buena suerte.
—Gracias.
La iba a necesitar.
Cojeé hacia la salida lamentando no poder quitarme la férula para correr más deprisa. El frío aire de febrero me azotó la cara y me di cuenta de que no tenía medio de transporte. Llamé a Macallan, pero no respondió. Llamé a la casa de los Dietz y tampoco hubo respuesta. No quería pedirle a mi mamá o a mi papá que me llevaran. Era un asunto demasiado personal.
De repente, supe a quién podía llamar. La única persona que haría cuanto estuviera en su mano por ayudarme. Y lo haría con una sonrisa en el rostro.
Tras recibir mi llamada, Adam tardó menos de diez minutos en llegar. No me frió a preguntas. Le pedí que fuera a buscarme y me preguntó dónde estaba.
—Eh, Levi, ¿qué tal?
Salió del coche para ayudarme a subir.
—Genial. Muchísimas gracias, Adam.
Se aseguró de que estuviera bien sentado antes de cerrar la puerta.
—¿Te llevo a casa? —quiso saber.
—La verdad es que necesito hablar con Macallan. ¿Sabes si está en su casa?
Negó con la cabeza y arrancó el auto.
—Sólo hay un modo de averiguarlo.
Gracias a Dios, Adam guardó silencio durante el breve trayecto. Cuando detuvo el vehículo, advertimos que la luz brillaba en la sala. Adam me ayudó a salir y luego abrió la puerta con su propia llave.
—¿Macallan? —gritó. Me latía el corazón a toda velocidad.
Nadie respondió.
Volví a marcarle a su celular y lo oí sonar. Seguí el ruido hasta la mesa de la cocina, donde yacía olvidado.
Adam se reunió conmigo en la cocina.
—Arriba no está. Miré en el armario y su abrigo no está. ¿Quieres que llame a su padre? Esta noche trabaja hasta tarde.
—No.
Lo último que quería hacer ahora mismo era llamar al señor Dietz para decirle que Macallan había desaparecido.
Todo el mundo estaba en el baile, así que no podía haber quedado con Danielle. Dondequiera que se encontrara, había acudido sola. A lo mejor había salido a dar un paseo para pensar.
De repente, supe dónde buscar.
—Adam, ¿me puedes llevar al parque Riverside?
No soportaba la idea de quedarme sola en casa mientras todo el mundo se divertía en el baile. No era la primera noche del sábado que pasaba sola, pero, por alguna razón, aquel día en concreto la soledad me hacía sentir fatal.
La razón era Levi.
Tenía que ordenar mis ideas, así que fui a dar un paseo. No me sirvió de nada. Pensé que estaba caminando al azar, doblando una esquina aquí, un recodo allá, pero de repente me sorprendí a mí misma delante del parque Riverside.
Me senté en un columpio y empecé a darme impulso. Lejos de consolarme, el movimiento me hizo sentir aún peor. Me sentía más sola que nunca en aquel columpio, sin que Levi estuviera allí para empujarme.
Siempre me he sentido un poco sola cuando no lo tengo cerca.
Al principio, cuando lo oí avanzar renqueando, pensé que la mente me jugaba una mala pasada. Supuse que, como tenía tantas ganas de verlo, estaba sufriendo una alucinación auditiva.
Y entonces oí su voz.
—¿Macallan?
Se quedó un momento inmóvil antes de darse la vuelta despacio.
—¿Levi? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en el baile? ¿Era el auto de Adam el que se acaba de marchar?
—Sí —sólo respondí a su última pregunta porque no tenía ni idea de qué contestar a las demás—. ¿Podemos hablar?
Me ayudó a caminar hacia la zona de picnic, la misma en la que nos habíamos encontrado hacía unos meses. Nos sentamos, y al momento noté que el cuerpo se me tensaba del frío.
—Tengo que decirte una cosa —empecé— y quiero que me escuches antes de decir nada… o de huir a Irlanda.
Esperaba que me respondiera con un sarcasmo o que me mirara asustada. En cambio, se limitó a decir:
—Te lo prometo.
En aquel instante, comprendí que ya no había vuelta atrás.
Así que tomé aire.
—Me marché del baile porque tú no estabas allí. Ambos sabemos que a lo largo de estos últimos meses me he portado como un idiota. Durante todo ese tiempo, creía que mi máxima aspiración era estar con los chicos del colegio, tener novia, pertenecer a un equipo. Pero, aunque lo tenía todo, me sentía incompleto. Porque no puedo estar completo sin ti.
No pude contenerme.
—Levi, calla, por favor.
Ya sé que había prometido no decir nada, pero quería que me escuchara.
—Lo sé —repuse. Bajé la vista. Tenía la sensación de que si lo miraba a los ojos no sería capaz de decírselo todo—. Sé lo que vas a decir porque a mí me pasa lo mismo.
Se me paró el corazón.
—¿Sí?
Me miró por fin.
—Claro.
—¿Y qué me dices de Irlanda?
Me sonrió. El corazón me estalló en mil pedazos.
—Tú no eres el único que ha hecho tonterías.
Se quedó de piedra cuando reconocí que me había portado como una idiota. Es lógico. Me cuesta mucho aceptarlo.
—¿Macallan?
Yo estaba aterrorizado, pero sabía que nunca me perdonaría a mí mismo si no lo volvía a intentar.
—Te amo.
No pensaba volver a desperdiciar la oportunidad. Esta vez no me asustaría. No escaparía. No pondría excusas.
Después de hablar, me quedé unos segundos casi sin respirar. Macallan se volteó hacia mí y se inclinó. Yo me acerqué a ella.
Sólo nos separaban unos centímetros. Todo mi cuerpo vibraba de la emoción. Nos habíamos besado antes, y no muy lejos de donde estábamos ahora, pero esta vez todo era distinto. No era una broma, ni una manera de hacerlo callar, sino algo que íbamos a hacer porque así lo deseábamos los dos.
La besé.
Lo besé.
Y fue…
Maravilloso.
A diferencia de la primera vez que nos besamos, no me agarró por sorpresa. Saboreé sus labios contra los míos. Su mano me acarició el pelo con delicadeza. La atraje hacia mí; no quería que volviera a haber distancia entre nosotros.
Aunque hacía frío, yo no sentía nada salvo la calidez de Levi. Se apartó un momento para besarme la frente.
—No tienes ni idea de lo feliz que me acabas de hacer.
—Creo que sí —respondí.
Nos quedamos en esa postura unos minutos, con sus labios sobre mi frente. Apoyados el uno en el otro, como siempre.
Aquello lo cambiaba todo, pero existía la posibilidad de que el cambio fuera a mejor. Porque nunca había experimentado con nadie lo que vivía con él. No concebía que pudiera llegar a sentirme tan unida a ninguna otra persona.
Había luchado contra mis sentimientos, pero tenía la sensación de que aquello estaba bien. No podía negarlo.
Así debían ser las cosas entre nosotros. Creo que ambos lo sabíamos. Noté que Macallan se estremecía.
—Vámonos a casa —le dije, y volví a besarla.
Aunque no especifiqué a qué casa me refería, daba igual. Durante todo aquel tiempo, me había preguntado una y otra vez dónde estaba mi hogar en realidad. Al principio, pensaba en California como mi verdadera casa; luego en Wisconsin. La verdad, sin embargo, es que tu hogar no tiene por qué ser el lugar donde duermes por las noches.
Tu hogar está donde sientes que puedes ser tú mismo.
Donde estás a gusto.
Donde no tienes que fingir, donde te muestras tal como eres.
Por fin había llegado a aquel lugar, porque Macallan es mi hogar.