CAPÍTULO CATORCE

 

Tenía que ordenar mis ideas. Así que hice lo único que siempre me ayuda a sentirme mejor.

Correr.

Como la temporada de futbol había terminado, no tenía que preocuparme por correr demasiado o por quemar calorías de más. No tenía que pensar en ganar peso. Ni en nada.

Me bastaba con correr.

Reconozco que atrapar el balón y oír los aplausos fue alucinante. Entiendo que la gente se clave en momentos así. Que quieras revivir una y otra vez esa fracción de segundo en la que te sientes invencible.

Mi papá tiene un amigo de la época de la secu que siempre lo obliga a narrar la historia de cierto partido de beisbol. Cada vez que ese tipo viene a casa, la cuenta. Y los demás nos quedamos allí escuchando, como si no la hubiéramos oído ya un millón de veces. Antes me parecía patético que alguien volviera la vista una y otra vez hacia un único partido, hacia una jugada, y la considerara el momento más importante de su vida.

Ahora lo entiendo.

Yo era el machote. El héroe. El jugador más valioso del equipo. Lo único que tuve que hacer fue atrapar un balón. Un balón que Jacob me había lanzado con la máxima precisión. ¿Recibió él los elogios que merecía? No tantos como yo.

Allí estaba yo, en pleno apogeo de mi ego, cuando Macallan tuvo que venir a arruinarme la fiesta.

¿Y qué hizo el machote, el héroe, el jugador más valioso del equipo? Se quedó allí, aterrorizado, sin mover un dedo.

No hizo nada de nada.

Me tocó relatar lo sucedido no sólo a la directora sino también al padre de Macallan. Parecía preocupadísimo cuando llegó al colegio. Luego tuvo que escuchar lo valiente que había sido su hija.

Mientras yo estaba allí sin intervenir.

Me tocó repetir las horribles palabras que Keith había pronunciado.

Mientras yo lo escuchaba todo de brazos cruzados.

Jamás en la vida me he sentido tan fracasado.

Antes de pensar siquiera a dónde me dirigía, acabé en el parque Riverside. Había corrido tan deprisa que veía salir mi propio aliento en forma de breves vaharadas. Caminé un poco para tranquilizarme, aunque el frío ya me estaba causando ese efecto.

Por lo general, no suelo forzarme tanto a principios del invierno, pero necesitaba poner distancia con lo sucedido el día anterior.

Había echado a andar hacia los columpios cuando divisé a alguien haciendo estiramientos en la zona de las mesas de picnic. Me detuve en seco cuando reconocí a Macallan. Había apoyado la pierna derecha en la mesa y se inclinaba sobre sí misma para estirar los tendones.

Fui presa de la confusión. ¿Debía acercarme a ella o marcharme antes de que me viera?

Decidí aproximarme. Ya iba siendo hora de que me comportara como el tipo rudo que había fingido ser a lo largo de la semana pasada. O, para ser más exactos, de los meses pasados.

—Eh —la saludé.

Ella se dio media vuelta, sobresaltada.

—Ah, hola.

Se quedó quieta un momento antes de seguir estirando.

—¿Empiezas ahora?

—No, terminé.

Yo ya lo sabía. Conocía sus costumbres. Le gustaba correr a solas. La ayudaba a despejar la mente. No necesitaba el aplauso de un equipo o de toda una multitud para hacer lo que le gustaba.

Titubeé. Quería arreglar las cosas entre nosotros, pero no estaba seguro de a qué precio. Así que empecé por hacer lo que debería haber hecho meses atrás: disculparme.

—Mira, Macallan…

Me interrumpió.

—No quiero hablar de eso.

—Es un pendejo —le aseguré.

Esbozó una sonrisa irónica.

—Es tu mejor amigo.

Quise decirle: “No, tú eres mi mejor amiga”. Sin embargo, yo no me había comportado como un amigo últimamente, y mucho menos como su mejor amigo.

Abrí la boca con la intención de decir algo que disipara la tensión que flotaba entre nosotros. Sólo me salió:

—Nos vemos en Acción de Gracias.

“¿Nos vemos en acción de gracias?” Debería haberle pedido que me diera un puñetazo allí mismo. A lo mejor así me inculcaba algo de sentido común.

—Sí —empezó a alejarse.

—Eh, Macallan —la llamé—. ¿Aún te apetece que vayamos?

Dudó un instante.

—Claro.

Aunque la vacilación sólo duró un par de segundos, bastó para que comprendiera la gravedad de los daños.

 

Mis papás me dejaron que los llevara a la fiesta de Acción de Gracias en mi coche nuevo. En circunstancias normales, esta responsabilidad me habría emocionado, pero estaba nervioso. Por primera vez desde que conocía a los Dietz, no tenía nada claro cómo debía comportarme. Quería esforzarme al máximo para asegurarme de que Macallan se la pasara en grande. No hacer o decir nada que la disgustara.

Adam abrió la puerta con una sonrisa inmensa en el rostro.

—¡Feliz Día de Acción de Gracias!

El sentimiento de culpa me atravesó como un puñal cuando recordé las palabras de Keith.

Todos nos felicitamos por las fiestas mientras mis papás y yo dejábamos los abrigos y los regalos. Habíamos llevado un centro de mesa, pastel de calabaza, camarones para botanear y bebidas para los adultos.

El delicioso aroma de las fiestas nos inundó cuando entramos en la sala.

Mi mamá dejó el coctel de camarones en la mesita baja, junto a los aperitivos que había preparado Macallan: nueces pecanas especiadas, rollitos de tocino y, para mi infinita alegría, bola de queso.

—¡Sí! —me senté y agarré una galleta salada.

—¡Deja algo para los demás!

Adam me empujó suavemente cuando los dos empezamos a servirnos. Si Acción de Gracias cayera en verano, no me costaría nada engordar un poco durante la temporada de futbol.

—¡Macallan! —mi mamá la saludó con un enorme abrazo cuando ella entró en la sala—. Todo esto se ve delicioso. ¿En qué puedo ayudarte?

—En nada, de verdad —echó un vistazo al reloj—. No tengo que preocuparme por nada durante al menos treinta minutos.

—¿No quieres que te releve con el pavo? —se ofreció mi mamá.

—El pavo está listo. Lo preparé ayer —Macallan se llevó un rollito de tocino a la boca—. La última vez hice un pavo relleno creativo. Este año quería preparar la receta de mi tía Janet. Ayer asé el pavo y lo dejé marinándose en salsa de carne toda la noche.

—Está riquísimo —aseguró Adam mientras me quitaba el cuchillo para servirse más bola de queso.

—No se lo coman todo, que preparé muchos platillos: relleno, arroz salvaje, macarrones con queso, cazuela de camote, zanahorias glaseadas… Creo que hay ensalada por alguna parte. Pero no estoy segura, ¡hoy es fiesta!

—Todo suena delicioso —mi mamá frotó el brazo de Macallan—. Estás preciosa, mi vida —era verdad. Se había puesto el vestido verde que tanto resalta el rojo de su cabello—. Te extrañamos. Levi no para de decirnos lo ocupada que estás.

La pasta de queso se me atragantó. Ser descubierto en una mentira no era el mejor modo de empezar la velada. Me había propuesto que la cena fuera tan divertida como las que compartíamos antes, aunque mi mera presencia bastara para arruinarla.

Escudriñé el rostro de Macallan para averiguar si iba a revelar que yo había recurrido a mil excusas para explicar por qué ya nunca pasaba por la casa. Por qué ya no podíamos celebrar las cenas del domingo. Que si Macallan tenía que hacer tal cosa con sus compañeros de cocina, que si había quedado con los amigos de la escuela para tal otra…

Ahora bien, la verdadera razón de su ausencia había sido mi egoísmo. No quería que nada me impidiera pasar tiempo con los chicos. Me molestaba depender tanto de Macallan. Como si ella fuera una especie de lastre. Sin embargo, el único culpable era mi ego, esa inseguridad mía que me inducía a querer encajar a toda costa.

Macallan sonrió.

—Sí, estos meses han sido una locura.

Agarró un puñado de pecanas y se encaminó a la cocina.

—Voy a ver si necesita ayuda —dije a la vez que me paraba.

Hice oídos sordos al comentario sarcástico de mi papá, pues todos sabían muy bien que la única ayuda que puedo ofrecer en la cocina es mantenerme alejado.

Macallan estaba lavando una olla, de espaldas a mí. Por sus movimientos, no pude adivinar si la había ofendido.

—¿Puedo hacer algo? —me ofrecí.

Sus hombros se crisparon.

—No, gracias.

—¿Estás segura?

Me coloqué a un lado del fregadero y agarré una jerga.

—Como quieras —me tendió la olla mojada.

Macallan se dio impulso para sentarse en la isla de la cocina mientras yo empezaba a secar el traste.

—¿Invistaste a Stacey a comer el postre? —me preguntó.

Cuando mi mamá había llamado a Macallan para preguntarle qué podía llevar, ella le había sugerido que invitara a Stacey a venir cuando su propia cena familiar hubiera terminado.

—No. Pensé que estaríamos mejor sólo los de la familia —titubeé—. Si te soy sincero, no sé si seguiré con ella mucho más tiempo.

Era verdad. Aunque Stacey me gustaba, estaba con ella sobre todo porque me hacía ilusión salir con una animadora. Era lo que hacían casi todos los deportistas de la secundaria. Lo que hacía Keith. Además, pensaba que tener novia me ayudaría a mantener a raya mis sentimientos por Macallan. Y eso no era justo para Stacey. Ni para mí.

—Qué lástima —replicó Macallan.

Su rostro no reflejó emoción alguna. Yo no sabía si de verdad lo lamentaba o lo había dicho con sorna. Normalmente identificaba al momento sus sarcasmos, casi siempre a mi costa.

Una sonrisa bailó en mis labios mientras recordaba algunos de nuestros duelos verbales más sonados. Los chicos nos creemos muy cínicos, pero Macallan nos gana a todos en ingenio y reflejos.

Me miró extrañada.

—¿Sonríes porque tu relación se acabó?

—No, no —no quería darle aún más motivos para consolidar la pobre opinión que tenía de mí—. Es que me estaba acordando de aquella vez que fuimos a un partido de los Brewers…

—Y se te cayó la salchicha al piso —terminó.

—Sí, y a ti no se te olvidará nunca porque…

—¡Te la comiste igualmente!

—Sí —dije en un tono más alto de la cuenta, sobre todo porque me emocionaba que se acordara de los momentos divertidos que habíamos compartido—. Pero…

—No hay “peros” que valgan. Fue asqueroso.

—Sólo estuvo…

—Cinco segundos en el piso.

Adoptó un tono grave para repetir la excusa que yo había dado una y otra vez aquel día. Siempre ponía aquella voz cuando me imitaba. Por lo general me daba coraje que lo hiciera, pero ahora me sonaba a música celestial.

—Recuerda que aún no le había añadido nada.

—Por desgracia, porque si lo hubieras hecho podrías haber retirado la cátsup, como mínimo.

—Sí, pero me habrías molestado de todas formas.

—Porque fue asqueroso —lo dijo muy despacio, como si hablara con un niño pequeño.

Me eché a reír. Durante todo aquel partido, cada vez que pasaba algo —como que los Brewers fallaban o el otro equipo marcaba—, Macallan se inclinaba hacia delante y decía: “Eh, puede que vayan perdiendo, pero al menos no se comieron una salchicha mugrosa”. O: “Zas, eso se les habrá atragantado, aunque no tanto como una salchicha sucia”.

Macallan me escudriñó:

—Bueno, ¿y qué?

—¿Qué de qué?

Frunció la nariz.

—¿Qué me dices de aquel partido?

—Ah, eso —repuse decepcionado—. Fue divertido.

—Sí —asintió ella. Sonó el temporizador del horno—. Bueno, tendré que pedirte que te vayas. Yo no sirvo comida mugrosa, y con la suerte que tienes…

No terminó la frase, pero me alegré de que me hubiera molestado. Macallan no pierde tiempo ni hace comentarios mordaces con personas que no le importan.

 

Bien pensado, el hecho de que Macallan fuera mi mejor amiga me preparó para todas las indirectas que se intercambian en un vestidor. Y en la sala de pesas.

—¿Llamas a eso una repetición? —molestó Keith a Tim, que levantaba pesas en la banca una semana después de Acción de Gracias.

Tim se incorporó y se sentó a mi lado en el tapete que yo había extendido para hacer levantamientos de piernas.

—Te voy a enseñar cómo se hace.

Keith se tendió en la banca y se puso a subir y a bajar las pesas sin mostrar esfuerzo alguno.

—Claro, hermano, tú sólo pesas veinte kilos más que yo —le recordó Tim.

—Qué le voy a hacer, hermano, si me veo mejor.

Yo seguí estirando mis extremidades inferiores en silencio. Tim se puso a hacer estiramientos también mientras me preguntaba:

—¿Gustas unos cuantos suicidios en la cancha?

El tiempo refrescaba por momentos a medida que se acercaba la Navidad, así que habíamos optado por quedarnos dentro. Habíamos pasado por la sala de pesas que había encima del gimnasio después de que Tim terminara el entrenamiento de baloncesto.

—Por mí está bien.

Me levanté y agarré la toalla.

—Eso, lárguense a otra parte, flacuchos, ya que no soportan la presión —gruñó Keith mientras acababa la última serie.

—Eso no tiene ni pies ni cabeza —se rio Tim.

—Eh, que llevo un montón de rato haciendo pesas. Es que me reservo para los partidos.

—Excusas —lo molesté.

—¿Qué problema tienes, California? —Keith se levantó y caminó hacia mí—. Últimamente estás rarísimo.

Yo no estaba “rarísimo”. Sólo había dejado de reírle a Keith las bromas que no tenían gracia.

Keith prosiguió:

—Me parece que, ahora que saboreaste la buena vida, te hace falta más. Pero no te preocupes, el año pasará volando y muy pronto volveremos al campo. Este curso será alucinante. Te pondrán de titular, seguro, y seremos los mejores. Ya lo creo que sí.

Me encogí de hombros. Sonaba bien, pero no sabía qué precio tendría que pagar. Por primera vez, no estaba seguro de que valiera la pena.

—Te digo —Keith me tiró una botella de agua—. El atletismo te va a dejar frío. Pasarás de jugar delante de cientos de personas que gritan tu nombre a… ¿qué? ¿Cinco personas como máximo en las gradas?

Sí, pero las personas que más me importaban no se perdían una competición.

En aquel momento me di cuenta de que quizá Macallan no se dejara ver este año por las pistas. En el fondo, lo entendía, pero me había acostumbrado a que estuviera allí, animándome.

Siempre podía contar con ella cuando la necesitaba. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí mismo.

—Me parece que ya sé de qué va todo esto —Keith se sentó y me ordenó por gestos que me acomodara en el banco de enfrente. Yo obedecí porque siempre lo había hecho—. Mira, siento lo que pasó con tu chica.

—Macallan —le corregí.

—Macallan —suspiró al decir el nombre—. Me disculpé con ella, aunque estoy seguro de que no me tomó en serio. Prácticamente le supliqué a Boockmeier que no la expulsara. Me pasé con ella, ya lo sé. No sé qué tiene esa chica, pero me saca de mis casillas. Es como si le diera igual lo que piensen de ella.

“No”, respondí mentalmente. “Sólo le da igual lo que tú pienses de ella.”

—Bah —Keith se quedó pensativo un momento y luego se palmeó las rodillas—. Chicas, ya sabes.

No, yo no sabía. Era obvio que no tenía ni idea.

Sin embargo, no dije nada. Me quedé allí en silencio hasta que bajamos al gimnasio y empezamos a correr suicidios.

Tim y yo nos colocamos en la línea de base, bajo la cesta. Keith sacó el cronómetro y marcó la salida. Corrí a la línea de tiro libre, luego de vuelta a la base, después al centro del campo, otra vez a la línea de base, a la línea de tiro libre del otro extremo y de vuelta a la base. Estaba deseando recorrer la pista entera. Era lo que se me daba mejor. Sólo le llevaba unas zancadas de ventaja a Tim, pero le sacaría más cuando empezáramos a recorrer tramos largos.

No oía lo que gritaba Keith. Estaba concentrado en la meta siguiente, en el próximo punto que debía tocar antes de girar y echar a correr otra vez.

Sabía que Tim avanzaba exhausto hacia la línea de base opuesta. Lo único que tenía que hacer era pivotar y correr de vuelta. Me incliné para tocar la línea de base pero, al girar, se me clavó la pantorrilla y me torcí la pierna. Noté un crujido y, sin saber lo que estaba pasando, me venció mi propio peso y me desplomé en la cancha. Un dolor insoportable me recorrió el cuerpo desde la rodilla. Me la agarré y grité.

Sujetándome la pierna, me mecía adelante y atrás.

—¡No te muevas, Levi! —Keith se arrodilló a mi lado—. Intenta relajarte. Tim fue a buscar al entrenador.

Yo no podía estar quieto. Me dolía demasiado para quedarme allí tendido. Empecé a temblar.

Algo iba mal.

Algo iba muy, muy mal.