CAPÍTULO SIETE
Fue una tortura. La peor tortura del mundo.
No podía ni respirar la noche que Levi se marchó de mi casa para ir a ver a Emily. Clavé la mirada en el teléfono, convencida de que estaba a punto de descubrir la versión de Levi que me quedaba por conocer: con el corazón partido.
Sonó el celular, pero era Emily.
—Por favor —me suplicó—. Sé que cometí un error pero, si la verdad sale a la luz, Levi será el único perjudicado. Tú no quieres que sufra, ¿verdad?
No, no quería, pero no era yo la que le había puesto el cuerno.
—Te prometo que nunca volveré a hacer nada parecido y, si lo hago, te doy permiso para que no vuelvas a hablarme nunca en la vida. De todos modos, no lo harías —casi podía oír su pulso acelerado—. Me gusta mucho Levi y no quiero que corte conmigo. Por favor, Macallan.
No me gusta guardar secretos. Los secretos acaban por lastimar a todos los implicados.
Ella siguió suplicando.
—Eres mi mejor amiga. Y si no puedo confiar en mi mejor amiga, ¿en quién voy a confiar?
Apuesto a que Levi pensaba lo mismo.
—Te conozco de toda la vida y hemos pasado muchísimas cosas juntas. ¿Me perdonas, por favor, para que pueda perdonarme a mí misma?
Aquello me tocó la fibra sensible. No había pensado en lo mal que la estaba pasando Emily, en lo dura que debía de resultar la situación para ella también. Por más que se lo hubiera buscado.
—Por favor, Macallan. Te lo suplico. Si estuviera allí contigo, me arrastraría por el suelo. Si es lo que quieres, me planto allí en dos minutos y te lo pido de rodillas.
Me sentía dividida. ¿Podía aceptar su palabra de que aquello nunca volvería a suceder? Sabía que la verdad destrozaría a Levi. A lo mejor, pensé, es preferible fingir que no ha pasado nada.
—Está bien —repuse en voz baja.
Se hizo un silencio al otro lado.
—¿De verdad? Oh, Dios mío, Macallan. ¡Graciasgraciasgracias! Los compensaré por esto, lo juro. A los dos.
—Por favor, trata bien a Levi. Se lo merece.
—¡Lo haré! ¡Te lo prometo! ¡Te quiero!
Debería haber experimentado alivio cuando la llamada finalizó, pero sólo sentía miedo. Por más que quisiera borrar aquella horrible noche de mi pensamiento, sabía que algunos recuerdos son más persistentes que otros.
Sobre todo, los recuerdos dolorosos.
Me había mentido a mí misma muchas veces a lo largo de los años. Y mi mentira favorita era “Todo irá bien”.
Sí, todo iría bien.
Vas a crecer sin mamá, pero todo irá bien.
Te despertarás cada mañana y comprenderás que no tuviste una pesadilla, que sucedió realmente. Pero todo irá bien.
Tendrás que guardar un secreto que podría destruir la relación con tus dos mejores amigos, pero todo irá bien.
En el fondo, mentir se me daba fatal.
En cambio, me había vuelto una experta en el arte de disimular. Evitaba encontrarme con Emily y con Levi al mismo tiempo. Evitaba hablar de su relación con cualquiera de los dos. Evitaba cualquier tema de conversación relacionado con fiestas, Troy, mi dormitorio, traumas, etcétera.
Lo conseguí durante tres meses enteros. Tres meses sin concederme permiso a mí misma para ser totalmente sincera. Tres meses vigilando cada una de mis palabras, cada uno de mis movimientos. Tres meses de completa y absoluta tortura.
Cuando la nieve se fundió y los primeros rayos de sol empezaron a asomar entre las nubes, pensé que quizá hacia el verano ya lo habría superado. A principios de abril, vi abrirse una flor mientras caminaba hacia la cafetería de la escuela. Lo consideré un buen presagio.
Danielle me llamó por gestos desde nuestra mesa de siempre.
—Adivina a quién me encontré ayer.
—¿A quién?
Saqué mi lonchera con el almuerzo: zanahorias y hummus casero.
—A Ian.
Movió las cejas con expresión traviesa.
—¿Ian?
Suspiró.
—Ian Branigan, de tu fiesta de Año Nuevo.
Oh. Casi había olvidado que aquella noche habían sucedido más cosas.
—Sí. Y parecía muy interesado en saber qué tal te va últimamente.
—¿Y?
—“¿Y?”, responde ella —comentó Danielle sin dirigirse a nadie en particular.
—Oh, lo siento. ¿Preguntó por mí? ¿Debería empezar a redactar la lista de invitados a la boda?
—Ahora bromea.
—Sí, bromea.
Danielle se echó hacia delante y me robó un poco de hummus.
—Pensaba que te agradaría saber que un chavo muy lindo se interesa por ti. Y a lo mejor le conté que el viernes asistiremos a la competencia de atletismo.
—Vamos porque Levi quiere echar un vistazo.
—Claro, y mientras Levi echa un vistazo al equipo del que le gustaría formar parte, tú puedes echarle un vistazo a Ian.
—Está en primero de secundaria.
Danielle se golpeteó el labio con el dedo índice.
—Cierto. ¿Y qué puede querer un sujeto perteneciente al último eslabón de la cadena alimentaria de la secundaria de una chica tan guapa como tú?
—No quería decir eso —no sabía qué quería decir exactamente.
—Yo sólo digo que preguntó por ti y que le comenté que acudiremos a la carrera del viernes. No tiene más importancia.
—Ya —era yo la que le estaba dando importancia.
—Sí, no tiene más importancia —Danielle me dedicó esa sonrisa suya que usaba para informarme de que estaba a punto de soltarme uno de sus típicos comentarios sarcásticos—. Y ahora, ¿te importaría explicarme por qué te pusiste como un jitomate?
Yo siempre recurría a la mamá de Levi cuando tenía dudas sobre cuestiones femeninas, pero no me apetecía consultarle qué me podía poner para asistir a la competición de atletismo. Sabía que me habría ayudado encantada, pero no estaba segura de que le sentara bien saber que me gustaba un chico. Siempre que Levi y yo empezábamos a lanzarnos indirectas, descubría a nuestros papás intercambiando miraditas. Con cara de “pero qué lindos son”. Una parte de mí estaba segura de que se alegraría, pero otra parte pensaba que la mamá de Levi quería que su hijo y yo acabáramos juntos.
Si bien no creía que Ian estuviera interesado en mí en ese aspecto, también sabía que, si yo saliera con alguien, no estaría tan pendiente de la relación de Emily y Levi. Y yo adoraba las distracciones.
Así que acudí a la única persona, aparte de la mamá de Levi, que me inspiraba confianza en cuestiones femeninas: Emily.
Le envié un mensaje de texto rápido para decirle que iba a pasar por su casa y me puse en marcha. Estaba demasiado emocionada como para aguardar su respuesta. A menudo pasábamos por la casa de la otra sin avisar.
Casi había llegado al portal cuando la puerta se abrió. Durante una milésima de segundo, pensé que Emily me había visto desde la ventana, pero entonces vi salir a alguien.
A Troy.
—¡Eh, Macallan! —me saludó—. ¿Cómo va todo?
La puerta se abrió del todo y Emily apareció tras él.
—¡Hola, qué sorpresa!
—Te envié un mensaje —balbuceé mientras intentaba asimilar lo que estaba viendo.
Emily agitó la mano con aire despreocupado.
—Oh, no pasa nada. Troy vino a… este… hacer un trabajo de historia.
Troy la miró extrañado.
—Sí, eso. Luego nos vemos.
Se alejó calle abajo como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
—No es lo que parece —me aseguró Emily cuando entramos en su recámara.
—¿Y entonces qué es? —le pregunté.
No quise sentarme a su lado en la cama. Me crucé de brazos esperando una explicación.
—Troy y yo sólo estábamos platicando. De verdad. Sencillamente, me gustaría conocerlo mejor. La última vez que pregunté, no era ningún crimen.
—¿Y qué pasa con Levi?
—Levi lo sabe.
Agarró una revista de su buró y se puso a hojearla como si diera la conversación por terminada.
No dejé que se saliera con la suya.
—¿Qué sabe Levi? —la presioné.
—Sabe que Troy venía hoy a mi casa para estudiar. Son amigos.
—Ya, vaya amigo.
—Es complicado.
Estaba harta de aquella excusa. Y sabía que no era sino eso: una excusa.
—Pues explícamelo. Porque sinceramente, Emily, no sé qué es lo que te pasa últimamente.
Emily soltó la revista como si fuera yo la que no quería entrar en razón.
—Estoy confusa, eso es todo. Y te agradecería que no me juzgaras. No todos podemos ser tan perfectos como tú.
Fulminé a mi amiga con la mirada. Me molestaba mucho que me echara la culpa. Aquello no tenía nada que ver conmigo. Por más que yo tuviera la sensación de que sí.
Emily se dio cuenta de que yo seguía esperando una explicación.
—Mira, me gusta Levi, claro que me gusta. Es supercariñoso y muy mono. Pero también me gusta Troy. Así que lo vi unas cuantas veces para saber si, ya sabes…
—No, no sé.
Casi pude oír cómo las sílabas se congelaban al salir de mis labios.
Emily se enfurruñó.
—Me gustan los dos. Quiero estar bien informada antes de tomar una decisión.
—¿Estás hablando en serio? Lo que le estás haciendo a Levi no tiene nombre.
—Ya lo sé —reconoció Emily con tristeza—. Claro que lo sé. Me prometí a mí misma que tomaré una decisión antes de la graduación.
—Pero si falta un mes para eso… —le recordé.
—Por favor, no se lo cuentes a Levi, ¿quieres?
Me levanté y me encaminé hacia la puerta.
—¿Que no se lo cuente? No sabría ni por dónde empezar.