CAPÍTULO CUATRO

 

De haber sabido que un corte de pelo me iba a convertir en un imán para las nenas, me habría rasurado la cabeza en cuanto llegué a Wisconsin.

Desde el primer momento, me di cuenta de que Emily se comportaba de manera distinta, pero di por supuesto que su actitud se debía a que Macallan no estaba presente. Luego empezó a hacer todas esas cosas que hacen las chicas para informarte que están interesadas en ti. Se moría de risa cada vez que yo abría la boca, aunque no hubiera dicho nada especialmente divertido. No paraba de tocarme el brazo y de mirarme a los ojos. Al principio, pensé que quizá se le había aflojado un tornillo durante el verano, pero luego caí en la cuenta: Emily estaba coqueteando.

No digo que fuera la primera vez que una chica tonteaba conmigo. En casa había salido con unas cuantas. Sin embargo, desde que había llegado al país del queso, ninguna me había prestado atención en ese sentido.

No estaba seguro de si contarle a Macallan lo de Emily. O sea, sabía que Macallan y yo sólo éramos amigos, pero la gente siempre daba por supuesto que andábamos. Y cuando lo hacían, Macallan fruncía la nariz o fingía que la mera idea le producía arcadas. Lo cual no era nada halagador, pero yo entendía por qué lo hacía.

Y cuando Macallan me dijo que Emily estaba interesada en mí e incluso me ayudó a pedirle que saliera conmigo, lo tuve claro. Macallan y yo nunca seríamos pareja. Sólo éramos amigos. No quería nada más de mí. Y quizá fuera mejor para los dos que nuestra relación no pasara de ahí.

A mí me parecía bien. Sobre todo porque era mi mejor amiga aquí en Wisconsin.

Decidí darle una sorpresa después de la escuela. Le dije a mi mamá que no viniera a buscarnos para poder estar a solas con ella.

—¿A dónde vamos? —me preguntó cuando tomé un desvío a la izquierda en lugar de doblar a la derecha.

—Es una sorpresa.

La agarré por el codo y la guie calle abajo.

—Está bien —lo dijo como si no se fiara de mí—. ¿Ya sabes lo que van a hacer el viernes?

—¿A quién le importa?

Aquella semana, había repetido esa misma frase hasta el cansancio. Cada vez que Macallan se interesaba por mi inminente cita, yo me preguntaba si lo hacía por mera curiosidad o si me estaba sonsacando información para pasársela a Emily.

—A mí. Lo preguntaba por si no sabías qué hacer.

—Oh —me sentí un bobo por haberme puesto paranoico—. Pensaba ir a comer algo y al cine. ¿Te parece aburrido?

—A mí me parece bien. Por aquí no hay muchas más opciones.

—Ya, en casa tampoco.

Advertí que Macallan se crispaba. Estuve a punto de preguntarle si había hecho algo que le molestara, pero ya llegábamos a nuestro destino.

—¡Mira!

Señalé la marquesina del restaurante Culver’s.

Abrió los ojos como platos.

—¡Sí! ¡La crema de pastel de queso es mi favorita! Ya lo sabías, ¿verdad?

—Claro. Cuando pasé por aquí y vi que era el sabor del día, decidí traerte. Invito yo.

Cuando entramos en el restaurante y nos formamos en la cola, Macallan sonreía.

—Bueno, si tú invitas, pediré cuatro raciones.

—Lo suponía. Yo pediré una hamburguesa doble. Tengo que engordar un poco —me di unas palmaditas en la barriga. Quería inscribirme a algún deporte cuando fuera a la secundaria, pero seguía siendo el alumno más delgado del salón—. Creía que, entre lo bien que cocinas y todas las frituras que se comen en esta ciudad, habría ganado unos kilos a estas alturas, pero no.

—Vaya problema —negó con la cabeza—. Será mejor que no le comentes a Emily lo mucho que te cuesta engordar. Tiene buen cuerpo, pero eso no significa que esté contenta con él.

—Qué absurdo. Nunca he entendido por qué las chicas están, o sea, tan obsesionadas con el peso. Emily está… mm… —en momentos así, el hecho de que tu mejor amiga sea una chica te pone en apuros. No podía decir “enferma” como les habría dicho a mis amigos de casa—. No está gorda. Ni mucho menos. Ni tú tampoco. Las dos están… este… o sea… muy… bien.

Macallan se cruzó de brazos. Decidí que sería mejor cerrar la boca. Sabía que el tema la incomodaba. Macallan había engordado un poco últimamente, aunque sólo por… bueno… ciertas partes del cuerpo. Me había fijado en que las playeras le apretaban más que antes.

Soy un chico, luego soy humano.

Muy, muy humano.

Sacudí la cabeza para alejar de mi mente la imagen de Macallan con su suéter lila de cuello en V. Gracias a Dios, nos tocaba ordenar. Cuando nos sirvieron, buscamos una mesa.

—Bueno, ¿algún otro tema de conversación que deba evitar el viernes? —pregunté mientras Macallan se abalanzaba sobre su crema de vainilla con caramelo, chocolate y nueces pecanas.

Asintió.

—Será mejor que no le hables del próximo curso. Está paranoica con la idea de ir a la secundaria.

Mientras me contaba la historia de la hermana de Emily, tomé notas mentalmente. Por lo visto, el viernes tendría que ir con pies de plomo. No sería como salir con Macallan; con ella podía hablar de casi todo.

Bueno, excepto de cambios corporales.

—Sí, ya lo sé, ella…

Me callé cuando Macallan se quedó mirando la zona del rincón. Cuando me volteé, vi que un grupo de chicos grandes se estaba metiendo con el empleado que limpiaba las mesas del fondo. Lo señalaban y se reían de él. No supe por qué hasta que se dio media vuelta y vi que tenía síndrome de Down o algo así.

—¿Esos chicos…?

Me interrumpió.

—Qué idiotas. No tienen por qué hacer eso.

Estaba muy agitada.

—¿Quieres que vaya a buscar al encargado? —me ofrecí.

Macallan, sin embargo, pasó directamente a la acción. Se levantó y se encaminó al rincón. Yo vacilé un momento pero enseguida comprendí que debía seguirla por si necesitaba ayuda.

—¿Hay algún problema? —les espetó a los tres chicos, que debían de tener unos dieciséis o diecisiete años.

—Oh, ¿es tu novia? —preguntó uno.

Estaba acostumbrado a oír esa pregunta dirigida a mí, pero esta vez se la formulaban al joven que limpiaba la mesa de al lado.

—Ohhh —otro chavo tiró un refresco al suelo—. Será mejor que limpies esto, retrasado.

—¿PERDONA?

La voz de Macallan resonó por todo el local. La gente de la cola empezó a mirar en nuestra dirección.

—No hablaba contigo.

El otro se echó a reír.

Ella se plantó ante la mesa.

—Bueno, pues ahora sí.

Los chicos soltaban risitas tontas y decían cosas que yo no alcanzaba a oír. Macallan golpeó la mesa con los puños. El tipo que parecía el cabecilla se sobresaltó.

—¿Qué les pasa? —les preguntó ella, temblando con todo el cuerpo—. Este chavo está aquí trabajando, sin molestar a nadie, limpiando la porquería de cerdos como ustedes. Contribuye a la sociedad, que es más de lo que se puede decir de ustedes. Así que, ¿quién es el que sobra aquí?

El encargado se acercó.

—¿Está todo bien?

Los chicos farfullaron que sí, pero Macallan no pensaba dejar que se libraran tan fácilmente.

—No, no está todo bien. Estos caballeros —pronunció la palabra con infinito desdén— estaban molestando a uno de sus empleados que, por cierto, está haciendo un trabajo excelente.

—Sí —asintió el encargado, que debía de tener la misma edad que los revoltosos—. Hank es uno de nuestros mejores empleados. Hank, ¿por qué no descansas un poco?

Hank agarró su jerga, recogió las charolas de la mesa y se alejó.

El encargado aguardó a que el chico se marchara. Luego se volteó hacia la mesa del grupito.

—Voy a tener que pedirles que se vayan.

Ellos se rieron.

—Da igual. De todas formas, ya nos íbamos.

Cuando se levantaron para marcharse, uno de ellos me empujó al pasar diciendo:

—Tendrás que ponerle un bozal a tu novia.

Yo me había quedado allí callado, sin hacer nada. Macallan les había plantado cara a aquellos maleducados mientras yo lo miraba todo pasmado.

Macallan platicó unos instantes con el encargado y, por fin, él le dio las gracias por haber intervenido.

—Te felicito por lo que hiciste. Por desgracia, esas cosas pasan.

—Pues no deberían —replicó ella con frialdad.

Cuando regresamos a la mesa, de nuevo a solas, le pregunté:

—¿Estás bien?

—No. Odio a esa gente. Se creen mejores que Hank. Y seguramente se creen mejores que tú y que yo. Me pone mal que esos idiotas vayan por ahí metiéndose con la gente sin que nadie les diga nada. Te aseguro que Adam trabaja más en un solo día de lo que trabajarán esos tipos en toda su vida.

Nunca había visto a Macallan tan enojada. Sabía que no aguantaba las estupideces, pero no tenía ni idea de que la sacaran de quicio hasta tal punto.

—Tienes razón —le dije—. Y estoy orgulloso de ti. Además, juro que nunca te haré enojar. Aluciné.

Una sonrisa se abrió paso en su semblante.

—Lo siento. No puedo evitarlo.

—No, lo digo en serio. Fue alucinante. Nunca te había visto así. Lo tendré en cuenta.

—Sólo cuando se comete un abuso, espero.

—Marchémonos de aquí. Esto requiere una maratón de Buggy y Floyd.

—Y un poco más de crema.

Ésa era la Macallan que yo conocía.

—Ya sabes que no puedo negarte nada.

Se rio mientras nos formábamos otra vez en la fila. Le di un codazo.

—Te lo juro, en casa no hay ninguna chica tan cool como tú.

Macallan volvió a crisparse. Al instante, miré a mi alrededor para comprobar si aquellos tipos habían regresado.

—¿Sabes? —se volteó a mirarme—. Entiendo que pasaras los primeros doce años de tu vida en California, pero ahora ésta es tu casa.

Yo no acababa de entender por qué estaba tan molesta.

—Yo no…

Hundió los hombros e impostó un tono de voz más grave.

—Sí, mis amigos de casa esto, en casa hacemos esto otro, en casa tal y cual, en casa todo es alucinante.

Creo que me estaba imitando, pero yo no hablo con un acento tan fresa. Al menos, eso espero. Me miró fijamente.

—Ahora, éste es tu hogar.

Se acercó al mostrador y pidió una segunda ración de crema. Yo me quedé donde estaba, pensando en lo que Macallan acababa de decir.

Puede que siguiera viviendo en el pasado. Era posible que no hubiera aceptado que el traslado era definitivo. A lo mejor había llegado la hora de vivir en el presente, de aceptar la nueva escuela y a mis nuevos compañeros. Quizá no me hubiera esforzado lo necesario.

Tenía que afrontar el hecho de que ahora Wisconsin era mi hogar.

 

Dejé de considerarlo todo, en especial la escuela, como algo temporal. Tendría que encontrar la manera de sentirme cómodo en ella y también entre los estudiantes.

No obstante, primero debía centrarme en un asunto más inminente: la cita con Emily.

Estábamos sentados el uno frente al otro, como hacíamos cada día a la hora de comer. Esta vez, sin embargo, todo era distinto. No sólo porque estuviéramos en una pizzería haciendo tiempo antes de ir al cine. Esto era una cita. Y no una cita cualquiera, sino con la más guapa del salón que, además, era la mejor amiga de Macallan. Gran responsabilidad.

Emily siempre se ponía muy guapa para ir a la escuela, pero aquella noche estaba despampanante. Me quedé impresionado cuando nos vimos en el centro comercial. Llevaba un vestido de flores y un pasador de brillos en el pelo. Y cada vez que me sonreía, me entraban náuseas. No náuseas del tipo “voy a vomitar”, sino más bien onda “estoy superemocionado”.

Di un gran trago al refresco y Emily me sonrió mientras esperábamos la pizza. Tenía la sensación de que debía decir algo ingenioso, algo que no fuera el típico repaso a la jornada escolar.

—Y bien… —se enrolló un mechón suelto en el dedo.

—Y bien… —fue mi brillante respuesta.

Tendió la mano libre hacia mí.

—Me alegro tanto de que hayamos quedado…

—Yo también.

Puaj. Juro que no se me da mal conversar con chicas. Hablo con Macallan constantemente. Por desgracia, empezaba a temer que, platicando con Emily a la hora de comer, hubiera agotado mi capacidad de decir banalidades.

—Estoy pensando en dar una fiesta de Halloween —comentó Emily sin dejar de retorcerse el mechón. Yo no era el único que estaba algo nervioso.

—Sería divertido.

Asintió.

—Sí, sobre todo porque estoy pensando en invitar a los chicos. A Keith, a Troy…

—Troy me cae muy bien.

Además, era el único que me daba los buenos días.

—Ya, y tengo la sensación de que te vendría bien pasar más tiempo con ellos.

Me molestó saber que todo el mundo había notado que los chicos de la escuela pasaban de mí.

Me tragué mi maltrecho orgullo.

—Gracias.

—No te agobies por eso. Incluso a mí me cuesta integrarme.

El comentario me sorprendió. Emily era una de las chicas más populares de la escuela.

Siguió hablando:

—Sobre todo con Keith. Siempre ha tenido muchísimos amigos, desde que éramos pequeños. Todos queríamos que nos invitara a sus fiestas de cumpleaños. Para él, no va a cambiar nada. No tendrá problemas para encontrar su lugar. Pero la secundaria es muy grande. Me da miedo sentirme sola —bajó la voz y se hundió un poco en el asiento. Emily siempre era tan alegre y encantadora que tuve la sensación de estar descubriendo una nueva faceta suya—. No sé. Supongo que le doy demasiadas vueltas. Es que me gusta este pequeño círculo que tenemos. Las cosas ya han cambiado mucho desde que tú llegaste. O sea, ahora veo menos a Macallan.

Emily agrandó los ojos como si acabara de darse cuenta de que estaba hablando más de la cuenta.

Antes de que yo pudiera responder que no tenía la menor intención de separarlas, Emily me cortó para aclarar:

—No digo que… —titubeó un momento—. Me alegro de que vinieras. Espero que no me malinterpretes.

—No, lo entiendo perfectamente.

—De todas formas… —Emily se irguió, y supe que la conversación también iba a cambiar de tono— conozco a una persona que no tendrá ningún problema en formar parte del círculo de Keith el año que viene.

Enarcó las cejas con ademán travieso.

¿A quién se refería? A mí no, eso seguro.

—Macallan. Hace un tiempo Keith estaba loquito por ella. No me extrañaría que aún lo estuviera.

Juraría que los ojos casi se me salieron de las órbitas.

Emily se echó a reír.

—¿Te sorprende que un chico esté interesado en Macallan?

—No, no, para nada.

En realidad, alguna que otra vez me había preguntado por qué nunca me hablaba de chicos. Había supuesto que reservaba ese tipo de conversaciones para sus amigas.

—Sí, cuando estábamos en sexto. Pero a ella no le interesaba Keith, ni nada en realidad, después de que su mamá…

La frase inacabada de Emily proyectó una sombra sobre nosotros, como una nube negra. Yo siempre evitaba mencionar a la madre de Macallan. Sabía que lo correcto habría sido decirle lo mucho que sentía su pérdida si se presentaba la ocasión, pero nunca encontraba el momento. Macallan siempre me hablaba de su padre, de su tío, de la escuela…, casi nunca de su madre.

—No sé cómo le hace para llevarlo tan bien.

No sólo me sorprendió que aquellas palabras hubieran salido de mi boca, sino también la timidez con que las pronuncié.

Emily agachó la cabeza.

—Fue horrible. Espantoso. Ojalá hubieras conocido a Macallan antes de que muriera su mamá. Era otra persona. Siempre estaba sonriendo y riendo. No digo que ahora vaya por ahí con cara de funeral, pero fue… muy fuerte.

Estaba seguro de que “muy fuerte” era decir poco.

—Pero te digo una cosa: últimamente está mucho mejor. Como cuando empieza a hablar de las clases de cocina o de las recetas nuevas que ha aprendido. Y, además, no sé si te das cuenta de lo mucho que tu mamá la está ayudando.

Asentí. Tenía clarísimo que Macallan adoraba a mi mamá. Me había ayudado a comprender la suerte que tenía de contar con ella. De contar con los dos, con mi papá y con mi mamá, por mucho coraje que me diera que mi papá pasara tanto tiempo en el hospital.

—¡Oh! —Emily empezó a brincar en el asiento—. ¡Ya lo tengo! Le pediré a Macallan que prepare algo para la fiesta de Halloween. Se pondrá muy contenta, ¿no crees?

—Sí, le encantará —me puse a pensar en todos los platillos que Macallan había aprendido últimamente—. ¿Por qué no le pides que prepare los bocadillos de carne de cerdo?

—Hecho —Emily sonrió radiante.

Nos saltamos la función de las siete y luego la siguiente. Emily y yo nos quedamos platicando horas y horas. Todo el nerviosismo del principio se había esfumado.

Sólo volví a ponerme nervioso cuando llegó la hora de despedirnos. Porque tenía ganas de besarla. No sólo porque fuera muy bonita sino porque, por primera vez desde que había llegado, tenía un aliciente que no incluía a Macallan.

Así que la besé. Y ella me regresó el beso.

No volvería a desperdiciar ninguna otra oportunidad.

 

Normalmente, cuando empiezas a salir con una chica, acabas pasando menos tiempo con tus amigos. Con Emily sucedió todo lo contrario.

Antes de que me diera cuenta, había trabado amistad con Keith y Troy. Fuimos juntos al centro comercial para comprar los disfraces que pensábamos llevar a la fiesta de Halloween. Acabamos comiendo unas pizzas y hablando de deportes. No había pasado tanto tiempo en plan de cuates desde que me marché de California. Incluso me emocioné cuando Keith me tomó el pelo por ser tan amigo de Macallan sin intentar nada. Me tomé sus burlas como un cumplido. O sea, ya era uno más.

—¿Te dije que eres el mejor novio del mundo?

La noche de la fiesta, Emily me pellizcó la mejilla mientras yo colocaba la última telaraña de mentira en la sala de su casa.

—Hoy no.

Le hice un guiño.

Se rio y echó un último vistazo a la habitación antes de que llegaran los invitados. Habíamos movido los muebles para dejar una zona despejada donde platicar o bailar. Pusimos una mesa a un lado, sobre la que servimos “limo verde” (que básicamente era ponche de color verde), papas fritas, salsas, galletitas saladas y chucherías. Y dejamos mucho sitio para la comida de Macallan.

Macallan, como tenía por costumbre, se superó a sí misma. Trajo minipizzas de momia (con aceitunas negras como ojos), huevos picantes con cuernos hechos de pimiento (de tal modo que los huevos parecían diablos) y cupcakes decorados con palomitas dulces. Y, por supuesto, sus inigualables bocadillos de carne de cerdo.

—¡Todo se ve increíble, Macallan! —Emily la abrazó.

Habíamos decidido disfrazarnos de personajes de Grease. Las chicas iban de Damas Rosas, mientras que los chicos nos habíamos vestido de T-Birds. Emily se había disfrazado de Sandy con una chamarra de cuero, ropa negra y unos zapatos rojos. Se había rizado el pelo, que era oscuro y liso cuando lo llevaba al natural, y le había dado tanto volumen que casi no se la reconocía. Si Emily era Sandy, supongo que a mí me tocaba hacer de Danny. Los chicos lo teníamos fácil; sólo tuvimos que buscar playeras blancas y escribir en ellas “T-Birds”. Algunos llevábamos chamarras de cuero. Yo agarré la vieja chamarra de motociclista de mi papá (mi mamá lo obligó a deshacerse de la moto cuando quedó embarazada). Las chavas habían comprado playeras rosas y habían escrito “Damas Rosas” con tinta de brillantina. Completaron el disfraz con faldas amplias, diademas de color rosa y cardados en el pelo.

El señor Dietz, Adam y los padres de Emily se quedaron en la cocina mientras la fiesta transcurría en la sala y en el comedor. Casi todos los chicos que no pertenecían a nuestro grupo se habían disfrazado de jugadores de futbol o de vaqueros, lo cual significaba básicamente una playera a cuadros y un sombrero de cowboy. Fueron las chicas las que se esmeraron al máximo: maestras, colegialas de uniforme y en general cualquier cosa que requiriera un disfraz llamativo y un montón de maquillaje.

No podía quejarme.

—¡Eh, California! —me gritó Keith. Estaba sentado en el sofá, delante de la tele—. Te toca.

Me tiró un control y me apoltroné a su lado.

Estuvimos jugando con la consola durante cosa de una hora. De vez en cuando, Keith se burlaba de mi acento, de mi disfraz (que era idéntico al suyo), de mi pelo (que llevaba corto desde hacía dos meses, pero él no se había percatado) y de casi todo lo que decía. Yo lo soporté estoicamente. Keith trataba así a sus amigos.

—Hermano, el próximo fin de semana en mi casa. ¿Te apuntas? —me dijo después de que le ganara una pelea de boxeo.

No tenía ni idea de qué fin de semana era ése ni de lo que haríamos en su casa, pero asentí.

Tenía novia, una amiga íntima alucinante y un grupo de amigos.

La vida empezaba a sonreírme.