Capítulo Nueve

Ethan estudió la placa de bronce que identificaba la puerta ante él y volvió a preguntarse qué demonios estaba haciendo poniendo a una buena chica como Angie el Ángel en una posición tan precaria como aquella. SuiteLuna de miel, decía el letrero con una letra demasiado elegante y bonita como para estar asociada con él.

Luna de miel, repitió para sí. Una frase tan sencilla e inofensiva que estuviese conjurando una imagen tan elaborada y preocupante en su cabeza. Esa clase de habitaciones eran adecuadas para otras personas, no para él. Personas con vidas normales, que no tenían que llevar constantemente un arma encima, ni ir de aquí para allá como un vagabundo por todo el país, ni andar rodeado de asesinos mañosos. Personas que tenían algo que ofrecer a sus seres queridos, aparte de una vida rodeada de crímenes y peligros.

Entonces miró a su supuesta mujer. Jamás había pensado en casarse, ni siquiera temporalmente como en aquella ocasión. No sólo porque hubiera creído imposible encontrar una mujer de la que enamorarse para toda la vida, sino porque tampoco le había parecido posible que una mujer se enamorase de él.

De hecho, aún era así, se recordó. La única razón por la que Angie estaba a su lado era porque temía por su seguridad y porque él no le había dejado otra opción. Pero no pasaba nada, porque él no la quería. No podía quererla. No era capaz de esa clase de compromiso; ni siquiera de esa clase de emoción.

Al menos, así había sido hasta entonces, se corrigió, contemplando el elegante perfil de la mujer con quien se había casado. No hasta que se había encontrado a Ricitos de Oro en su cama. Desde entonces, la cabeza y el corazón habían estado jugándole malas pasadas.

Tenía que ser ese condenado cometa. Él era la última persona en el mundo dispuesta a creer en fuerzas cósmicas y esas tonterías, pero incluso él tenía que admitir que últimamente no había venido actuando como siempre. Quizás, y sólo quizás, hubiese algo de cierto en toda aquella historia de Bob. Quizás, y sólo quizás, estuviese bajo una influencia celestial que estaba jugando con él.

O quizás, sólo quizás, se estuviera enamorando de Angie Ellison.

–¿Ethan? –le preguntó la mujer de sus sueños.

–¿Mm? –contestó él, aún perdido en sus ensoñaciones.

–¿Es que no vas a abrir la puerta?

Ethan volvió a mirar la placa de bronce. SuiteLuna de Miel. Demonios... después de lo que había dicho y hecho, tenía derecho a una luna de miel como cualquier otro. Y si Angie estaba dispuesta a seguir adelante con la farsa, él también. Había sido idea suya, y no importaba qué más tuviera que hacer durante su estancia en Endicott: su prioridad sería la seguridad de Angie.

Al introducir la llave en la cerradura, se preguntó hasta dónde estaría Angie dispuesta a llevar sus votos matrimoniales, porque él no estaba demasiado fuerte en sus convicciones morales en lo concerniente a Angie el Ángel.

Pero le había hecho una promesa. Le había prometido no volver a tocarla a no ser que ella se lo pidiera, e inmediatamente lamentó haber ido tan lejos, porque la verdad era que quería tocarla, quería volver a acariciar los lugares suaves y acogedores a los que todavía no había llegado.

Ahora que, teniendo en cuenta lo que pensaba de él, iba a tener pocas posibilidades de que le permitiese acercarse a menos de cien metros de esos lugares. Por lo tanto, lo único que tenía que hacer era encontrar la forma de hacerle cambiar de opinión.

Pan comido, ¿no?, pensó con ironía. Pero nadie había dicho que lo del matrimonio fuese fácil.

Abrió la puerta y cuando Angie fue a entrar, él la sujetó por la cintura. Cuando ella se volvió a mirarlo, él sonrió y la tomó en brazos.

–¡Ethan! –exclamó–. ¿Qué estéis haciendo?

–Cruzar el umbral con mi novia en brazos –contestó.

Una vez dentro, cerró la puerta con el pie y vagamente reparó en que la habitación en la que iban a pasar dos noches tenía el aspecto de lo que era: una suite para pasar la luna de miel. Estaba decorada con profusión, iluminada sólo con luces indirectas y exageradamente romántica.

El centro de la habitación lo ocupaba una cama de madera profusamente labrada y cubierta por una colcha de encaje color marfil, convenientemente abierta en espera de la llegada de los novios, complementada con un montón de almohadas de satén junto al cabecero. Una mullida alfombra oriental, la mayor que Ethan había visto, descansaba a sus pies. En una mesa antigua junto a la pared del fondo, la dirección del hotel les había dejado una botella de champán en un cubo de hielo, junto con una cesta de fruta y unos aperitivos que no había visto nunca.

Era el sueño de un hedonista hecho realidad: vino caro, comida deliciosa, una cama diseñada para el placer carnal y una mujer hecha para amar. La buena noticia era que esa mujer era, en efecto y al menos por el momento, su esposa. La mala, que estaba decidida a tenerle como mínimo a un metro de distancia.

Sabía que debía dejarla ir, no sólo de sus brazos, sino de su vida. La situación no podía ya ser más extraña. Estaba de pie en una habitación diseñada para acomodar apetitos insaciables, y estaba allí con una mujer que merecía mucho más que satisfacción meramente física.

Pero en lugar de dejar a Angie, Ethan la apretó contra él. Ella lo miró a los ojos en silencio, con una mezcla de aprensión y algo que decidió no contemplar. Porque en aquel momento, con Angie mirándose así, casi podría creer que eran verdaderos marido y mujer.

–Bueno, ya estamos dentro –dijo Angie con suavidad cuando vio que Ethan no la dejaba en el suelo–. Ya puedes bajarme –añadió, e hizo un movimiento que, en lugar de separarlos, los juntó por el pecho, de modo que su mano quedó sobre la piel desnuda de su espalda.

Despacio, con un ritmo constante, empezó a acariciarla con el pulgar, maravillándose de la forma en que su piel parecía cobrar vida. Era tan suave, tan cálida, tan sugerente. No había conocido a otra mujer igual. Y él no podía responder a su invitación.

Qué demonios, pensó. Échale la culpa a Bob, pero lo único en que podía pensar era en lo mucho que deseaba hacer a Angie su mujer en la forma más básica y bíblica, una y otra vez. Si ella le decía que no, pues tendría que conformarse, pero si no lo hacía...

Si no lo hacía, se ocuparía personalmente de que los dos pasaran la noche de bodas más inolvidable del mundo.

–¿Y si no quisiera soltarte? –le preguntó.

Ella abrió los ojos de par en par, pero no dijo nada.

–¿Y si –continuó–, no quisiera dejarte marchar... nunca?

Ella siguió guardando silencio, pero Ethan había esperado que le apartase de su lado, física o verbalmente, pero lo que sintió fue que los brazos que le rodeaban el cuello le apretaban un poco más, ligerísimamente, pero un poco más.

–¿Y si... –continuó despacio –...quisiera hacer de nuestra noche de bodas eso... una noche de bodas? La forma en que dos personas que acaban de casarse celebrarían su noche de bodas.

Ella entreabrió los labios como si quisiera decir algo, pero guardó silencio. Sin embargo, sus ojos hablaban de una manera que nunca podrían hacerlo las palabras. vio temor en ellos, cierto, pero vio algo más; algo más elemental, más intrigante, mucho más fuerte que el miedo. Vio deseo. Vio necesidad y... ¿podría haber visto... amor?

–Ángel... –empezó de nuevo, sin saber bien qué quería decirle, pero con la seguridad de que había algo muy importante que debía decirle.

–¿Qué? –preguntó ella ante su silencio.

–Ángel –repitió él, enredando uno de los rizos sueltos de su pelo en un dedo. Se sentía aturdido; no estaba seguro de estar haciendo lo correcto.

Sintió que ella se soltaba de su cuello y el corazón se le disparó cuando hundió los dedos en su pelo. Un relámpago de algo abrasador y furioso le alcanzó, y cerró los ojos.

–¿Sí? –la oyó preguntar.

Apretó los ojos al oír el sonido denso, lánguido y sensual de su voz. Hizo un esfuerzo de concentración para poder decirle lo que tenía que decir, pero su cabeza parecía sumida en arenas movedizas.

–Ángel –dijo una vez más.

–¿Sí, Ethan?

Inspiró profundamente.

–Yo... eh... es que..

–¿Sí?

–Es que... tengo que decirte una cosa.

–¿Qué es?

Angie apoyó la cabeza más cerca de la suya y su respiración rozó el pelo de su sien. Su calor y su fragancia le rodearon, hasta que se sintió ahogándose en un pozo de sensación.

Cuando abrió los ojos, descubrió que su boca estaba sólo a unos centímetros de la suya y que sus labios se separaron a modo de inconfundible invitación.

–Ángel –dijo una vez más.

–Ethan, por favor –susurró, su voz cargada de necesidad–. Dime lo que sea.

«Y sigamos adelante con nuestra noche de bodas».

Sin saber cómo, estaba seguro de que ella pensaba lo mismo que él. Deseaba tanto como él consumar su noche de bodas; quería hacer el amor con él tanto como él con ella, sin pensar en las implicaciones, ni en las repercusiones.

Con cometa o sin él.

Entonces comprendió que, en realidad, a Angie poco le importaba quién dijera ser o a qué se dedicase. Sentía algo por él. Hasta cabía la posibilidad de que se hubiera enamorado.

De algún modo había visto más allá del exterior, más allá de la imagen que había estado esforzándose por proyectar desde su llegada a Endicott, y sabía... sabía que no era el asesino que le había dicho con tanta insistencia que era.

Sentía algo por él... qué maravilla. Por él. Sabía que tenía que decirle algo, pero aunque su propia vida hubiera dependido de ello, no habría podido recordar de qué se trataba. Sólo sabía que Angie le deseaba, a él, a su verdadera persona, y que él la deseaba a ella, así que se olvidó de todo lo demás y la besó como si no existiera el mañana.

Porque, en el fondo, temía que así fuera. Una vez supiera la verdad sobre él, y el verdadero motivo que le había empujado a venir a Endicott y a interpretar el papel que estaba interpretando, no querría saber nada más de él. Así que, mejor que decirle algo que pudiera echar a perder ese momento, la besó. Una vez, y otra más, y ella, tras la sorpresa inicial, se derritió en sus brazos con la misma pasión y con la misma necesidad.

Durante un momento pelearon por poseerse el uno al otro, y sus lenguas se mezclaron en una danza de desesperación.

Algo tórrido y explosivo hizo saltar por los aires el control de Ethan, y caminó con ella en los brazos hasta la cama. Pero en lugar de dejarla en el centro y abalanzarse sobre ella, que era lo que en realidad deseaba hacer, se sentó en el borde y la acomodó a ella en su regazo, pero sin poder dejar de besarla.

Y mientras seguían explorándose el uno al otro, fue quitando una a una las horquillas de su tocado, dejándolas caer al suelo, hasta que pudo quitárselo y soltar su pelo.

Cuando una cascada de tirabuzones rubios cayeron a su espalda, él hundió en ellos las manos para sujetarla mientras devoraba su boca. Angie le respondió colocándose frente a él, pero como aquel vestido impedía sus movimientos, le soltó el tiempo necesario para subirse la falda hasta los muslos para poder sentarse a horcajadas sobre él, las rodillas apoyadas en el colchón.

Ethan no habría podido imaginarse una sola buena acción que hubiera realizado durante toda su vida y suya recompensa hubiera podido ser Angie Ellison. Pero tenía el pensamiento demasiado enredado en aquel momento para pensar. Lo único que podía hacer era responderla, disfrutar del regalo que le estaba ofreciendo, por temporal que pudiera ser.

La rodeó con fuerza por la cintura, no fuera a ser que recuperase la cordura e intentara separarse de él y se tumbó boca arriba sobre el colchón, llevándola con él.

Angie no sabía qué clase de locura debía haberse apoderado de ella para reaccionar ante un hombre como Ethan con tanta necesidad. Quizás el problema fuese que no se lo podía imaginar con maldad alguna. Desde su primer encuentro, había sentido una enorme incertidumbre sobre él, ya que la había tratado con ternura una vez se había dado cuenta de que no representaba una amenaza para él.

Incluso habiendo admitido que era la clase de hombre que ella sospechaba, su atracción por él no había disminuido. Era una estupidez, sin duda, pero parte de sí misma estaba convencida de que lo único que a Ethan le faltaba para ser un miembro normal de la sociedad era el amor proverbial de una mujer buena.

Era inteligente y divertido, amable y generoso, atractivo y fuerte. Tenía todo lo que se podía buscar en un compañero para toda la vida. «Pero es un criminal», le dijo una voz interior. «Un hombre cuya ocupación, cuyo estilo de vida atenta contra todo lo que tú consideras bueno y verdadero».

«No», se contestó inmediatamente. «No es así». Aún no sabía cómo podía estar tan segura, pero Ethan Zorn no era así.

Entonces se sintió caer en la cama sobre él, y dejó por completo de pensar. Estaba abrazándola como si fuese la respuesta al mejor de sus sueños, al mejor de sus deseos. Sus manos acariciaban su espalda con avidez hasta hundirse en su pelo mientras besaba sus labios, sus mejillas, su cuello. Una y otra vez.

Jamás se había sentido más deseada, más necesitada, más venerada, más... amada. Y de pronto se dio cuenta de que Ethan Zorn era un hombre del que podría enamorarse para siempre. Una punzada como un navajazo le atravesó el corazón, pero se obligó a no pensar en ello.

En aquel momento, lo único que quería era pasar una noche con él. Una noche para olvidar quién era y para qué había llegado a su ciudad. Una noche para olvidar ella también quién era. Una noche para desear que las cosas pudieran ser diferentes. Quince años antes, había pedido que le ocurriese algo excitante, y aquella noche Bob parecía dispuesto a otorgarle su deseo, aunque durase sólo unas cuantas horas.

Y en el corazón, en cada gota de su ser, sabía que lo que estaba ocurriendo entre ellos era bueno. Era lo que tenía que ser. Y ninguno iba a evitar que ocurriese.

Después, echó la llave al baúl de los pensamientos y se concentró en sentir.

Uno a uno, Angie fue desabrochando los botones de su camisa hasta que, poco a poco lo desnudó, acariciando con los labios cada centímetro de piel que dejaba al descubierto.

Cuando sacó la prenda de la cinturilla de sus pantalones, la abrió de par en par, y como si una fuerza invisible la atrajese, deslizó los dedos por el vello oscuro de su pecho, bajo el cual, su piel era cálida y satinada. Fue trazando músculo a músculo, tendón a tendón, primero con las manos y después con la boca.

Llegó cerca de a cinturilla de sus pantalones y puso su mano sobre la hebilla del pantalón. Ethan gimió, un sonido primitivo y animal que a ella le hizo sonreír, pero sintió que tiraba de ella para volver a su boca, y antes de que pudiera decir algo, si es que hubiera querido hacerlo, Ethan tiró del vestido. Dado el escote tan pronunciado que tenía, se deslizó por sus brazos sin esfuerzo alguno.

Sentir su pecho contra su piel le hizo estremecerse de arriba abajo e instintivamente se frotó contra él, arrancándole un sonido áspero, una mezcla de deleite y delirio, antes de que él la sujetara por los hombros para separarla.

De pronto e irracionalmente la timidez se adueñó de ella, y Angie se resistió, pero Ethan era persistente, y enlazando sus manos, volvió a empujarla suavemente. Pero ella volvió a evitar separarse de él, pegándose a su cuerpo.

–Quiero verte –murmuró él en un tono de voz tan suave, tan seductor que le costó un tremendo esfuerzo no rendirse a él–. Por favor, Ángel –insistió–. Déjame mirarte.

Siguió resistiéndose un momento más hasta que, al final, apretó su mano y se separó de él, cerrando los ojos. Ethan soltó sus manos y le sintió trazar la línea de sus brazos, sus hombros, su cuello. Cuando por fin abrió los ojos, le encontró no mirando sus pechos, sino su rostro. Con su mirada de ojos oscuros clavada en ella, bajó despacio las manos hasta cubrir sus pechos, y siguió mirándola a la cara mientras acariciaba sus pezones con el pulgar. Sólo entonces bajó los ojos.

Angie hizo lo mismo, y el corazón le latió aún más deprisa al ver dos manos grandes y masculinas sepultando sus pechos, y él siguió acariciando sus pezones hasta que estuvieron enardecidos y pidiendo más, y fue en aquel momento cuando se incorporó para seguir acariciándola con la boca.

Sentir su lengua fue algo extraordinario, y cerró los ojos para no perderse en las sensaciones que la asaltaban. Se aferró casi violentamente a sus hombros y Ethan la empujó hacia él por las nalgas, lamiéndola, excitándola.

Angie tenía aún el vestido enrollado en la cintura y él seguía teniendo los pantalones puestos, y lo que deseaba por encima de todas las cosas era sentirle desnudo junto a ella, de modo que le empujó para que volviera a tumbarse en el colchón y retrocedió para sentarse sobre su cintura. Los ojos de Ethan brillaban como piedras oscuras y preciosas y cuando Angie empezó a desabrocharle los pantalones, sonrió como un gato satisfecho.

Ethan tenía la sensación de que sus manos habían cobrado vida propia, y las dejó acariciar sus pantorrillas e ir subiendo a lo largo de la seda blanca de sus medias. Más arriba, cada vez más arriba, por debajo del vestido, hasta que encontró algo que lo detuvo.

Un liguero. Angie el ángel llevaba un liguero y medias. Para el día de su boda.

Para su noche de bodas.

Entonces recordó qué era lo que con tanto empeño había intentado recordar, y supo que no podían continuar hasta que ella supiera la verdad. Sería peligroso. Sería inmoral. Podía ser hasta ilegal, y sin duda, no estaría bien.

–Ángel –le dijo con la voz temblorosa–. Hay algo que tengo que decirte antes de que sigamos adelante con esto.

Ella sonrió, pero el gesto pareció incompleto en cierto sentido.

–Me parece que ya hemos ido demasiado lejos para revelaciones de última hora.

Ethan intentó mirarla a los ojos, pero el resto de su piel parecía tenerle hechizado.

–No. Esto es importante.

Pero Angie no parecía tener interés en lo que él pudiera decirle, porque en aquel momento, bajó la cremallera de sus pantalones. Él fue a protestar, pero ella empezó a jugar con su excitado sexo que encontró tías la cremallera. Con los ojos abiertos de par en par, al descubrir que no llevaba ropa interior, sonrió.

–Ángel –susurró, ahogando un gemido.

Ella subió y bajó su mano una vez, dos, tres.

–¿Qué? –musitó.

–Yo... tengo que decirte... algo.

Ella abrió la mano y siguió acariciándole con la palma.

–Ya sé todo lo que necesito saber.

–Pero...

–Todo –repitió.

Antes de que pudiera decir nada más, cubrió su boca para ahogar cualquier cosa que hubiera intentado decir.

En fin... si ella se negaba a escucharle, no iba a insistir. Al fin y al cabo, Angie no era una niña, y en aquel escenario estaba interpretando su papel tan ávidamente como él. Ya habría tiempo para hablar.

En aquel momento, habían llegado ya demasiado lejos para mantener una conversación.

«Más tarde», se dijo. Más tarde.

Pareció tardar toda una eternidad, pero al fin encontró en lugar en el que el liguero se cerraba, y mientras la besaba aún más apasionadamente, se deshizo del encaje reemplazándolo con las palmas de sus manos, moldeando su carne firme, hundiendo los dedos en sus delicados pliegues. Le oyó murmurar algo incoherente y después la sintió quedarse inmóvil.

Por un momento temió haber ido demasiado lejos, pero después, la sintió arquear la espalda y acomodarse más en sus manos. Entonces se atrevió a continuar y la penetró con un movimiento suave y decidido. Primero la oyó contener la respiración, y después la sintió moverse sobre él. En un instante, ambos se deshicieron de sus pantalones.

–Ángel –susurró, mirándola a los ojos con la sensación de que debía hablar aún con ella–, antes de que sigamos, hay algo que tengo que decirte sobre mí. Yo...

–Sh... –le interrumpió, poniéndole el dedo sobre los labios–. No. No hay nada sobre ti que necesite saber.

–Es que tú no...

–Sh...

–Pero Ángel...

Angie le cubrió la boca con la mano.

–Calla, y hazme el amor, Ethan. Ahora.

Se la quedó mirando un instante, sabiendo que se merecía mucho más que lo que él podía darle y sabiendo también que la necesidad de tenerla le estaba devorando vivo.

Miró entonces sus pechos firmes y maduros, su abdomen liso, la curva de su cintura, el liguero y el vello rubio que cubría su monte de Venus...

Él era un hombre fuerte en cuerpo, en mente y en autocontrol, pero sabía que de ninguna manera tendría la fuerza suficiente para resistirse a ella, así que tiró de su cintura y contuvo la respiración al sentir de nuevo el roce de sus pechos en la piel.

–Lo que tú quieras, Ángel –le dijo con una voz que casi no reconoció–. Lo que tú quieras.