Capítulo 2
Llegó la mañana y, para entonces, la ventisca se había transformado en una nevada de aspecto casi mágico, ya había vuelto la electricidad y Cooper la había ayudado a dar a luz a un precioso niño.
Saber eso lo había dejado enormemente sorprendido.
A pesar de que la luz había vuelto, seguía manteniendo encendida la chimenea y todas las luces estaban muy bajas, se sentó allí delante, en el suelo, rodeado por todo el lujo y la opulencia de esa casa, pero él lo ignoró todo y sólo miraba a la madre durmiente y su hijo, del que se sentía, por lo menos en parte, responsable.
Pensó en las tradiciones de otras culturas que decía que, cuando una persona le salvaba a otra la vida, se hacía responsable de quien hubiera rescatado y supuso que podía ser lo mismo cuando alguien ayudaba a nacer a otra persona. Esa era la única razón que se le ocurría para el fuerte lazo que sentía hacia ese niño que dormía en brazos de su madre.
Observó también a la madre. Por alguna razón, se sentía también responsable de Katie Brennan ahora. Estaba tumbada en el suelo, apoyada en un montón de cojines, desnuda entre unas sábanas. Tenía los ojos rodeados por unos círculos color púrpura y el oscuro cabello empapado de sudor. No sabía nada de ella, salvo su nombre y dirección y, aún así, no se podía quitar de encima la sensación de que estaba unido a ella irrevocablemente.
Bajó entonces la mirada hasta el anillo que ella llevaba en la mano izquierda.
Era de diamantes, de esos que un hombre le daba a una mujer a la que pretendía tener siempre a su lado. Esa certeza era algo que él no podía siquiera esperar de una mujer, por mucho que la amara. Evidentemente, Katie Brennan era una mujer acostumbrada a una clase de vida muy distinta de la suya.
Se dijo a sí mismo que eso no importaba. Después de todo, estaba casada y atada a su marido por algo mucho más significante que ese anillo. Tenía un hijo, el hijo de su marido. Y nada en el mundo podía atar tanto como eso.
Cooper se llevó una mano a la nuca y se la frotó. Aquello había sido mucho más que una larga noche. Si él estaba ahora así de cansado, sólo se podía imaginar cómo estaría ella después de aquello. Había gritado, llorado y ambos habían jurado y maldecido como marineros borrachos. Ella había empujado, gemido y llorado. Él la había amenazado, engañado y animado. Y, en algún momento del amanecer, había nacido Andrew Cooper Brennan.
El que el niño llevara su nombre había sido idea de Katie, más bien una exigencia. Le dijo que Andrew era el nombre de su padre. Cuando Cooper le preguntó qué pensaría él de que su hijo llevara el nombre de un desconocido, Katie le había sonreído débilmente y le dijo que él era menos desconocido para ella que lo que era su marido. Antes de que le pudiera aclarar eso, se quedó pesadamente dormida y él pensó que aquello debía tratarse de una especie de delirio posparto y que ella no había sabido de lo que estaba hablando.
Luego miró las fotos de encima de la chimenea. En una de ellas se veía a Katie con un hombre de buena apariencia, sonriendo ambos ampliamente, delante de un Jaguar negro, felices y contentos.
Otra de las fotos parecía un poco fuera de lugar y, de alguna manera, le pegaba a Katie más que las demás. Era una foto suya de adolescente, delante de los escalones que daban a un edificio que parecía una vieja granja. Detrás de ella se veían un hombre y una mujer tiesos como postes y ambos tenían una mano sobre cada uno de sus hombros. La única que sonreía era Katie. Pero esa era una sonrisa triste.
Volvió a mirar a la mujer que dormía tan cerca de él y, de nuevo, lo asaltó la sensación de que, de alguna manera, ahora era responsable de ella. De ella y del niño.
Seguía pensando en eso cuando Katie abrió los ojos y sonrió.
—Buenos días —dijo ella suavemente.
Evidentemente, estaba tan cansada como lo había estado hacía un par de horas, cuando se había dormido.
Cooper le devolvió la sonrisa.
—Buenos días a ti también.
Ella miró al niño que tenía en brazos, que se despertó y gimió un poco, Katie se rió y se lo colocó mejor. El niño buscó entonces y su boca se encontró con el pezón por fin y empezó a chupar.
—Voy a tener que encontrar a alguien que sepa más de dar de mamar que yo —
dijo ella cuando volvió a mirar a Cooper—. No creo que ni Andrew ni yo tengamos ni idea de cómo se hace.
Entonces Cooper se dio cuenta por primera vez del acento sureño de ella.
Evidentemente, no era de por allí.
—En el hospital tiene que haber alguien que te pueda ayudar. O, por lo menos, podrán darte alguna referencia.
A ella le desapareció la sonrisa.
—¿Hospital?
—Claro. Parece que está nevando menos y, teniendo en cuenta la cantidad de ricos que viven por aquí, no habrá problema en conseguirte una cama.
—Pero…
—Pero ¿qué? ¿Es que no estás ansiosa por llegar al hospital para asegurarte de que estáis bien el niño y tú?
Ella agitó la cabeza.
—Sé que todo está bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
Cooper asintió, pero aquello le pareció extraño.
—Sí, bueno, pero puede que no sea una mala idea que os echen un vistazo a los dos. Sólo para estar seguros. He llamado al hospital hace un rato y han mandado una ambulancia. Por supuesto, con toda la nieve que hay ahí fuera, van a tardar un buen rato.
El rostro de ella se puso más pálido todavía.
—¿Qué has hecho?
—He llamado al hospital y llegará una ambulancia dentro de un par de horas.
Es el procedimiento habitual. ¿Cuál es el problema?
Katie agitó la cabeza y se preguntó qué iba a hacer ahora. El problema estaba en que, si iba al hospital, iba a tener que registrar el nacimiento de Andrew e iba a tener que responder a un montón de preguntas acerca de su padre. Sabía que tenía que registrar al niño, aunque con ello le estuviera proporcionando al monstruo que era su supuesto marido un arma para que se lo pudiera quitar para siempre. Una vez que el apellido Winslow estuviera en el certificado de nacimiento de Andrew, el montón de caros y amorales abogados que trabajaban para su padre, harían todo lo necesario para asegurarse de que ella no lo volviera a ver.
—No puedo ir al hospital —dijo.
Cooper la miró sorprendido.
—¿Por qué no?
—Es sólo que… no puedo. Cooper, tienes que volver a llamarlos y decirles que te has equivocado.
—¿Que me he equivocado? ¿Perdona? ¿Qué quieres que haga, que los vuelva a llamar y les diga: Hola, soy Cooper de nuevo ¿Sabéis lo del niño que he dicho que he ayudado a dar a luz? Bueno, pues me he equivocado. Realmente lo que he traído al mundo era una pizza suprema. Lamento el error.
Ella hizo una mueca.
—No, por supuesto que no. Pero es muy importante que Andrew y yo no vayamos al hospital.
—¿Por qué?
—No podemos…
—Bueno, mala suerte. Porque los dos vais a ir al hospital. Y yo pretendo acompañaros en todo momento.
Katie abrió la boca para protestar, pero decidió que era inútil. En algún momento de esa noche había descubierto, cuando de repente le dijo a él que había cambiado de opinión y que no iba a tener ese hijo, por mucho que Cooper le suplicara o amenazara, que ese hombre no aceptaba una negativa por respuesta.
Miró a Andrew, que seguía chupando. Era gordito y rosado. Entonces se dio cuenta de repente de que era completamente responsable de él. Era cosa suya asegurarse de que nada malo le pasara a su hijo y de que tuviera lo mejor que le pudiera ofrecer, que fuera feliz y libre para vivir una buena vida. Era cosa de ella asegurarse de que William Winslow no le pusiera nunca las manos encima a su hijo.
Pero por otra parte tenía que asegurarse de que tanto ella como el niño estaban físicamente bien antes de pensar en esconderse.
Volvió a mirar a Cooper entonces.
—De acuerdo, iremos al hospital.
Él suspiró aliviado.
—Bien, muchas gracias.
—No tienes que ponerte sarcástico.
Entonces se le ocurrió a ella que estaba sentada en medio de su salón, completamente desnuda con un hombre al que apenas conocía. Un hombre que la había ayudado a traer al mundo a su hijo. Un hombre que seguía teniendo manchas de sangre suya en sus ropas. La completa comprensión de la intimidad que había compartido con ese desconocido la golpeó de lleno y se tapó un poco con la sábana.
Cooper apartó la mirada cuando lo hizo y ella pensó que lo había visto ruborizarse. Sonrió. La confortaba el que, a pesar de lo que habían pasado juntos, él todavía podía respetar su pudor.
—Entonces… ¿dónde está el perro? —preguntó él.
—¿Qué perro?
—Ese de las fotos.
—Es una perra. Es de una amiga de Las Vegas. No las he visto desde hace un año.
—¿Eres de Las Vegas? Es curioso, juraría que tu acento me sonaba sureño.
Ella se rió y luego se pasó a Andrew del seno derecho al izquierdo. Cuando volvió a mirar a Cooper, él apartó de nuevo la mirada y ella sonrió más todavía.
—¿Todavía lo tengo? Creía que se me había quitado por completo.
—¿Eres del sur?
Katie asintió.
—Del oeste de Kentucky. Tengo un primo que solía vivir en Las Vegas, así que me fui para allá cuando me gradué en el instituto, hará unos ocho años, para ganarme la vida como cantante. En vez de eso, terminé trabajando de camarera.
Hasta… hasta que conocí a William.
Cooper asintió, pero no dijo nada.
—¿Y tú? —le preguntó ella.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Estás casado? ¿Tienes hijos?
Él se rió ansiosamente.
—¡De eso nada!
—No eres de los que se casan, ¿eh?
—No. Ni tampoco soy dado a la paternidad —dijo él como si fuera muy importante aclarar su posición en eso.
—Bueno, si luego te ves en tu lecho de muerte arrepintiéndote de esa decisión, podrás descansar en paz sabiendo que eres responsable de que, por lo menos, haya un niño más en el mundo. No sé lo que Andrew y yo habríamos hecho si no hubieras aparecido anoche. Tengo que mandarle una nota de agradecimiento a sea quien sea quien te haya mandado aquí por equivocación.
—No es necesario. Estoy seguro de que ha sido cosa del destino.
Katie lo observó mientras se desperezaba. Si él estaba soltero, ciertamente no sería porque ninguna mujer lo encontrara suficientemente atractivo. Durante la noche ella no había tenido ni el tiempo ni las ganas de pensar mucho en él. Pero ahora, por la mañana, mientras su hijo se volvía a dormir en sus brazos, se tomó un momento para pensar en el hombre que había llegado a ella en medio de la oscuridad y la nieve la noche anterior.
Era simplemente hermoso. No estaba segura de haber visto alguna vez en su vida a un hombre más atractivo que Cooper Dugan. Y nunca había conocido a alguien tan seguro de sí mismo. Durante la noche ella había sentido un poco de pánico, comprensiblemente, pero él se las había arreglado para tranquilizarla. Nunca olvidaría esa profunda voz suya animándola. Ni sus fuertes manos cuando le dejó el niño sobre el vientre nada más salir de ella.
No por primera vez se encontró deseando que Cooper Dugan fuera el padre de su hijo. O, por lo menos, un hombre como él. ¿En qué podía haber estado pensando cuando se enamoró de William?
Abrió la boca para decirle algo a Cooper, pero se le olvidó por el agotamiento.
—Tengo que dormir ahora —logró decir antes de que se le cerraran los párpados.
—Lo comprendo —oyó ella ya semi inconsciente.
Y entonces ella se encontró pensando que si él pudiera…
Cooper la observó mientras dormía por unos minutos, luego se miró la ropa, manchada de sangre. Normalmente ver sangre y demás no le afectaba nada, pero darse cuenta de que esa sangre era de Katie le produjo una sensación extraña.
Normalmente la sangre que solía llevar encima cuando terminaba de trabajar era por algo violento, un accidente, un disparo o cosas así, pero no era ese el caso ahora. Esta vez en vez de oír un último suspiro, lo que había oído había sido la primera respiración de un niño.
Esta vez, por primera vez, había sentido un curioso calor en el corazón, una tensión en su interior que nunca antes había sentido. Y no lo podía comprender.
Apartó esos pensamientos extraños y se dirigió a la cocina y siguió pensando en los lujos de esa casa, la mayoría parecían sin utilizar. Se quitó la camiseta y la tiró a la basura. Luego llenó la pila y, después de ponerse la relativamente limpia sudadera, fue a buscar el dormitorio de Katie. Seguramente, en alguna parte de la casa se encontraría esas inevitables bolsas con que las embarazadas suelen estar preparadas para ir al hospital. Las primerizas generalmente se pasan metiendo cosas en esas bolsas y las tienen preparadas desde mucho tiempo antes.
Para su sorpresa, lo que se encontró en el dormitorio fue una gran maleta en el suelo y, desparramadas por ahí, muchas más prendas de las necesarias para una breve estancia en el hospital. Era como si Katie hubiera estado haciendo la maleta cuando rompió aguas.
Cooper apartó una sospecha incómoda de su mente. Katie le había dicho que el bebé se había adelantado varias semanas, así que, evidentemente, no había pensado que fuera a dar a luz esa mañana. No podía tener en mente una estancia en el hospital cuando estaba haciendo la maleta el día anterior. Así que, ¿por qué…?
Se interrumpió antes de seguir pensando. Sin duda, el que ella hubiera hecho la maleta el día anterior era el resultado de algo perfectamente normal. Tal vez hubiera pensado ir a reunirse con su marido, allá donde él estuviera. Tal vez fuera a visitar a algún pariente. Tal vez estuviera metiendo cosas en la maleta para ponerla debajo de la cama…
Tal vez aquello no fuera asunto suyo.
Definitivamente, no lo era, decidió. Lo que Katie hiciera con su vida no le importaba a él. La noche anterior él había estado en el lugar adecuado en el momento preciso y la había ayudado en una situación muy precaria. Pero una vez que llegara la ambulancia para llevársela con el niño, eso terminaría con cualquier atadura que tuviera con ella. Ellos eran los dos clásicos barcos en la noche. Dos desconocidos que se juntan en una crisis. Después de la llegada de la ambulancia, no volvería a ver a Katie Brennan nunca más.
Entonces, ¿por qué le importaba tanto darse cuenta de ello?
Sin pensar en lo que estaba haciendo, Cooper recogió las cosas de Katie y las puso sobre la cama todo lo ordenadamente que pudo, luego tomó unas pocas cosas que iba a necesitar ella en el hospital y las metió en una bolsa pequeña que encontró en el armario.
Trató de no pensar en la intimidad que conllevaba lo que estaba haciendo por ella en ese momento, lo mismo que había tratado durante toda la noche de no pensar en la intimidad que representaba el estar con ella mientras daba a luz a su hijo. De todas formas, inevitablemente, esa intimidad no había desaparecido de su mente ni por un momento.
Se recordó a sí mismo que ya era mayorcito. Había visto mujeres desnudas anteriormente, había compartido cosas con algunas de ellas que iban más allá de lo íntimo. Katie Brennan era una desconocida. ¿Cómo podían ponerse en plan íntimo unos desconocidos?
—Vaya, Coop —se dijo a sí mismo mientras cerraba la bolsa—. ¿Desde cuándo te has vuelto filósofo?
Apartó de su mente todas las incómodas preguntas que llevaban acosándolo desde que entró en esa casa, pero no lo logró por completo. Exigiendo respuestas, permanecieron en el fondo de su mente y, se dio cuenta de que, probablemente, nunca podría disipar los recuerdos de esa noche que había compartido con Katie Brennan y su hijo.
Lo que, probablemente, no estaba mal, decidió luego. Porque no le cabía duda de que había sido lo más cerca que estaría de ser parte activa en el nacimiento… o la vida de un niño.