Capítulo 10
—¿Tú?
Katie se dijo a sí misma que debía haber oído mal. No era posible que Cooper le estuviera ofreciendo hacer lo que le estaba ofreciendo. ¿Por qué lo iba a hacer? ¿Por qué cualquier hombre iba a aceptar la responsabilidad de un hijo que no era suyo?
—Sí, yo. Yo soy el padre legal de Andy, después de todo, ¿no? Lo dice muy claro en su certificado de nacimiento.
—Pero…
—Katie, es la única manera en que vas a poder mantener la custodia de tu hijo sin correr el riesgo de perderlo. Tú y yo podríamos casarnos.
—¿Casarnos?
—Eso, casarnos. Así tendrías todo lo que no tienes ahora y que un juez puede considerar tan importante, parientes, raíces, un hogar, unos ingresos… una forma de mantener a Andy, el entorno perfecto para criarlo. Le darás un padre legal, legítimo y a tiempo completo.
Cooper sonrió maliciosamente antes de añadir:
—Tal vez si pensáramos juntos podríamos inventarnos una historia decente para contrarrestar la reclamación de paternidad de William y esparcir unos cuantos rumores sobre su carácter. Cierto que cometeríamos perjurio si llegamos al juzgado, pero sería por una buena causa.
Como Katie permaneció en silencio, él se levantó y se sentó a su lado. Luego le pasó un brazo sobre los hombros y la apretó.
—Incluso si sucede algo que demuestre que William es el padre biológico de Andy, por lo menos estar casada te dará algunas ventajas. Podrías estar en posición de ofrecerle a tu hijo un futuro tan estable como el que le pudiera ofrecer William. De clase media en vez de alta, pero aún así… Tal vez, sólo tal vez, solamente por ser la madre del niño, te quedarás con la custodia. Así que ¿por qué no…? Ya sabes ¿por qué no te casas conmigo?
Bueno, eso si que era efectivo para dejarla sin palabras. A Katie no se le ocurría ningún otro momento en su vida en que se le hubieran ocurrido menos cosas que decir. Entonces él añadió:
—Por lo menos el tiempo suficiente como para que William sepa que no tiene ninguna posibilidad de llevarse a Andy y que ese animal se busque otra mujer reproductora.
Katie agitó la cabeza vehementemente.
—No, ésa es otra cosa, Cooper. Tengo que asegurarme de que no va a volver a hacer algo así. Porque está lo suficientemente loco como para hacerlo. Sólo que la próxima vez puede que no sea tan bueno con la mujer que consiga como lo fue conmigo.
—Bueno. ¿Tú crees que fue bueno contigo?
—En comparación con lo que podía haber sucedido y, después de ver la forma en que le pegaba a su esposa, sí. No quiero ni pensar en lo que podría hacer la siguiente vez.
—Bueno, ¿qué me dices? ¿Te casarás conmigo?
—Por supuesto que no.
Él la miró con la expresión en blanco por un momento.
—Eso lo has dicho muy deprisa. ¿Quieres pensártelo otra vez?
—No. No es necesario. No voy a destruir más tu vida de lo que ya lo he hecho.
Ya es suficiente que Andy y yo nos hayamos instalado aquí por una semana y, puede que tarde meses en encontrar una forma legal para arreglar lo de su certificado de nacimiento. Me niego a ponerte peor las cosas de lo que ya están.
—Katie…
—Te he dicho que no, Cooper, y se acabó. Ha sido muy amable por tu parte, pero…
Estaba claro que él no podía haber pensando bien en todas las repercusiones que podría traerle aquello, pero había algo más.
¿Cómo podía ella casarse con Cooper sintiendo lo que sentía por él? ¿Cuando ni siquiera sabía con certeza lo que sentía por él? Durante esa semana había habido veces en las que había pensado que estaba enamorada de él. La noche anterior, cuando habían hecho el amor, por un breve momento se había permitido creer que, tal vez, él también la amara a ella.
En su momento se había enamorado mucho y rápidamente de un hombre y había tenido que huir de él para tratar de proteger a su hijo. ¿Cómo se suponía que podía confiar en sus sentimientos hacia Cooper? Seguramente lo único que sentía por él era gratitud. O tal vez alguna especie de extraña reacción posparto que la hacía pensar que lo amaba.
En cualquier caso, si se casaba con él, no tardaría mucho en recuperar el sentido y darse cuenta del horrible error que había cometido. O, tal vez fuera Cooper el que llegara a esa misma conclusión.
No, de ninguna manera, no iba a volver a arriesgarse a pasar por aquello de nuevo. Cooper se estaba portando muy bien con ella, pero no estaba siendo realista.
Por suerte, uno de ellos tenía la suficiente cabeza como para darse cuenta de eso.
—Andy y yo nos iremos mañana —dijo ella mientras se levantaba con el niño en brazos.
Cooper la miró incrédulamente.
—¿Qué? ¿Mañana? ¿Por qué?
Katie hubiera jurado que él parecía decepcionado en vez de aliviado.
—Porque llevamos aquí demasiado tiempo y nos hemos aprovechado de ti. Y
porque ese abogado me ha hecho sospechar por alguna razón. Creo que Andy y yo tenemos que mudarnos.
Cooper se levantó también y puso los brazos en jarras.
—¿A dónde? ¿Es que tienes algún sitio a donde ir?
—No lo sé. Pero tampoco lo sabía la primera vez y Andy y yo estuvimos bien.
Él se rió sin humor.
—Katie, cuando apareciste en la puerta estabas medio muerta de cansancio y completamente aterrorizada. Yo no llamaría a eso estar bien.
—Lo estaremos esta vez.
—No creo que sea una buena idea.
—Lo que tú creas no importa, Cooper. No eres responsable de nosotros.
Sin esperar a que él dijera nada más, Katie se metió en el dormitorio y se dejó caer en la cama al lado de su hijo. Sólo entonces se dio cuenta de lo rápidamente que le estaba latiendo el corazón. Trató de tranquilizarse y cerró los ojos.
Lo que más la afectaba no era que Cooper la hubiera ofrecido mentir por ella en un juzgado, ni que se hubiera quedado sin más opciones. Ni que un cerdo pudiera estar averiguando en ese mismo momento el lugar donde se estaba quedando.
No, lo que más afectaba a Katie era lo desesperadamente que había deseado aceptar la propuesta de matrimonio de Cooper. Tanto si él la amaba como si no, si la necesitara como si no. Por todo el tiempo que pudiera durar ese acuerdo tenue.
Una vez había hecho el idiota por un hombre, se recordó a sí misma. Había pensado que alguien la amaba lo suficiente como para hacerla suya para siempre. Y, al contrario que su supuesto marido, Cooper ni había mencionado la palabra amor.
Ni había dicho nada de para siempre.
Por lo menos él era sincero, se dijo a sí misma. Pero eso la consoló bien poco.
Cooper se quedó mirando por un momento la puerta del dormitorio, tratando de decirse a sí mismo que no había hecho lo que acababa de hacer. ¿De verdad que se había ofrecido a cometer perjurio por el bienestar de un niño? ¿De verdad que le había pedido a Katie que se casara con él? ¿De verdad que le había dicho que le hiciera a él responsable de su hijo a los ojos de la ley?
¿De verdad que le había dolido cuando ella había rechazado su proposición?
No. No podía ser.
Él tampoco había dormido mucho desde que Andy y Katie habían entrado en su vida, eso era todo. Ya se le pasaría.
Pero una cosa era cierta. Su vida nunca iba a volver a la normalidad de antaño hasta que Katie y su hijo no hubieran normalizado la suya. Y, si ella se marchaba al día siguiente, eso sólo empeoraría las cosas.
Se acercó lentamente a la puerta del dormitorio y llamó levemente tres veces.
—¿Sí? —respondió Katie desde el otro lado.
—¿Podemos hablar un poco más sobre esto?
—No ahora. Estoy dando de comer a Andy.
—Entonces, ¿cuándo?
Katie tardó un momento en responder.
—Creo que ya nos hemos dicho todo lo que había que decir.
—Y yo creo que te equivocas en eso.
—Cooper, déjalo estar, por favor.
—Todavía no. Prométeme que no vais a ir a ninguna parte hasta que yo averigüe una cosa más.
—¿Qué?
Cooper se preguntó cuánto más debía decirle y luego decidió no decirle nada en absoluto. No quería fomentarle falsas esperanzas, ver su decepción si las cosas no salían como él quería.
Lo que estaba pensando era dar un palo de ciego. Pero podía llevarlos a algo que les podía ayudar. Él podía no tener muchos amigos, pero sí que conocía a mucha gente y los abogados eran sólo la punta del iceberg. Podría venir bien contarle algo a alguna gente y luego ver qué pasaba.
—Tengo que salir un rato —dijo rápidamente—. No sé cuándo volveré. No me esperes levantada.
Como ella no dijo nada que indicara que lo había oído, la llamó más fuerte.
—¿Katie?
—De acuerdo, no te esperaré levantada.
—Y prométeme que no os iréis a ninguna parte todavía.
Se produjo un momento de duda que a Cooper no le gustó nada.
—De acuerdo.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Di: Cooper, te prometo que Andy y yo no nos vamos a ir a ninguna parte hasta que tú no vuelvas.
Entonces la oyó suspirar exasperada.
—Cooper, te prometo que Andy y yo no nos vamos a ir a ninguna parte hasta que tú no vuelvas.
No es que él estuviera muy seguro de que fuera a cumplir esa promesa, pero iba a tener que conformarse con eso.
Cuando él volvió a casa, Katie estaba dormida, pero no así Andy. Lo oyó cuando cerró la puerta. Estaba tumbado, como siempre, en medio del salón, con su madre al lado, profundamente dormida. Se dio cuenta de que el agotamiento había hecho presa finalmente en ella. Si no hubiera sido porque respiraba, podría haber pensado que estaba muerta.
Con todo el cariño y la experiencia que le daba su trabajo, la levantó en brazos y la llevó al dormitorio, instalándola en el mismo lado de la cama que solía ocupar él.
Entonces se dio cuenta de que las sábanas olían levemente a ella y se preguntó cuánto duraría ese olor después que se hubiera ido. Esperaba que mucho tiempo.
Volvió al salón a por Andy, lo tomó en brazos como antes a su madre y ya se lo iba a llevar al dormitorio cuando, siguiendo un impulso inexplicable, se dirigió a la mecedora y se sentó en ella, decidido a dormir al niño antes de llevarlo con su madre. Se lo puso en el regazo y empezó a moverse adelante y atrás. No estaba muy seguro de cómo se podía dormir a un niño así de despierto, pero hasta hace unos días tampoco había tenido ni idea de cómo cambiar unos pañales y eso ya lo estaba haciendo muy bien.
Katie y Andy habían representado un cambio radical en su vida. Hasta esa misma tarde, cuando había visto la expresión del rostro de Katie, no se había dado cuenta por completo de lo que podía significar perder un hijo. Pero el miedo de Katie había sido palpable y sobrecogedor. De alguna manera le había pasado a él ese miedo. Ahora la comprendía a ella porque había empezado a temerlo él mismo.
Mientras miraba a Andy pensó que no era justo. ¿Qué pasaría si William ganaba la custodia de Andy? Ese mismo niño inocente que tenía en brazos bien podría transformarse en un adulto insensible y duro, como su padre biológico.
En la leve luz del salón, Cooper siguió mirando al niño que tenía en brazos. No iba a permitir que Andy terminara en manos de ese tipo.
De eso nada.
Siguió acunándolo y se lo echó sobre el hombro, con lo qué sintió la cálida respiración del niño y el latir de su corazón. Una vida. Así de simple. ¿Cómo podía no haberlo visto antes?
El niño pareció querer dormirse, por lo que Cooper empezó a tararear. No conocía ninguna canción de Gershwin, pero sí muchas de Sam Cooke. Cerró los ojos y empezó a cantar en voz baja con su voz de barítono.
Para cuando terminó con el segundo estribillo, el niño ya estaba dormido, pero él siguió cantando, por si acaso y porque no le gustaba dejar algo sin terminar.
Seguía teniendo los ojos cerrados y con una de las manos sujetaba al niño por el trasero. Algún día, Andy sería tan grande como él, pero ahora era de lo más pequeño.
Cuando terminó la canción, Cooper abrió los ojos y fue a levantarse de la mecedora. Su intención había sido dejar a Andy en la cama, al lado de su madre, pero entonces se dio cuenta de que Katie estaba despierta y, evidentemente, llevaba algún tiempo así. Estaba sentada en la cama, con las piernas dobladas delante y se las rodeaba con los brazos. Lo único que se le ocurrió a Cooper era lo mucho que le apetecía hacer el amor con ella.
Sin pensar en que lo había pillado en un momento en el que no le habría gustado tener testigos, volvió a llevarse a Andy al salón, lo dejó sobre su manta en el suelo y luego volvió al dormitorio, entró en él y dejó la puerta entornada. Luego miró a Katie mientras se acercaba a ella, pero no dijo nada cuando se tumbó también en la cama. Luego la tomó en sus brazos y la besó.
No fue el beso exigente que se había imaginado que sería, sino que rozó sus labios con los de ella una vez, dos, tres, antes de hundir la cabeza en la suave piel de su garganta. Luego se quitó la camiseta y la volvió a besar.
—Cooper —susurró ella cuando se apartaron—. No podemos hacer esto. Una vez ya fue un error. Dos puede ser…
—Shhh. Ahora estás soñando. Limítate a soñar.
Luego la volvió a besar otra vez.
Ella le devolvió el beso pero luego se volvió a apartar.
—No creo que esto sea un sueño —dijo suavemente—. Mis sueños nunca me han hecho sentir tan bien.
—De acuerdo, no es un sueño.
—Cooper…
—Shhh. Estoy tratando de hacerte cambiar de opinión.
Ella suspiró cuando él le abarcó un seno con la mano.
—¿Sobre qué?
Cooper siguió acariciándole el seno y no respondió a su pregunta.
—Oh —murmuró ella suspirando—. Oh, Cooper…
Entonces él le quitó la camisa y la tiró al suelo. Inmediatamente después, le quitó también el sujetador y apretó la cara entre sus senos y le abarcó cada uno con una mano, acariciándoselos y saboreándolos hasta que Katie pensó que se iba a volver loca de deseo.
Porque continuar era una locura y lo sabía. Pero de alguna manera no se le ocurría ninguna manera de detenerlo. Simplemente porque no quería hacerlo. Hacer el amor otra vez con Cooper seguramente sería la mayor estupidez que pudiera hacer. Pero también podía ser la última oportunidad que tenía de experimentar semejante alegría.
Al día siguiente Andy y ella se marcharían. En aquel momento, Katie deseaba amarlo por lo que era y nada más.
Entrelazó los dedos en el cabello y lo hizo acercarse, abriéndose a lo que él deseaba muy evidentemente. Cooper abrió la boca sobre la punta de uno de sus senos, lamiendo y chupando mientras le acariciaba los costados con las manos.
Luego ella sintió esas manos en la cintura, desabrochándole los vaqueros. Katie lo ayudó y se quitó lo que le quedaba de ropa. Pronto estuvo bajo él, desnuda.
Cooper empezó a tratar de quitarse su ropa, pero sus movimientos sólo consiguieron excitar más a Katie, por lo que ella le tomó la mano y se la guió hacia esa parte suya que exigía más atenciones.
Cooper obedeció y hundió sus dedos en esa parte cálida y húmeda. Sus movimientos eran lentos unas veces, otras rápidos. Y gradualmente Katie empezó a sentir que perdía el control por completo. Se agitaba contra esa mano sabia, agarrándole la muñeca con las dos manos, como tratando de aprisionarlo allí donde estaba para siempre. Y entonces se quedó muy quieta y rígida por un momento para que luego un fuerte estremecimiento la recorriera todo el cuerpo. Después de eso, se colapso y entrelazó las piernas con las de Cooper.
Él estaba de lo más excitado sobre ella. Katie podía sentir cada centímetro de él lleno de vida, ansioso por continuar. Por un momento más se limitó a permanecer bajo él, disfrutando de su peso, su calor, su vida. Luego le soltó las manos y terminó de desnudarlo.
Cooper se apartó lo suficiente como para desprenderse de la ropa y luego se volvió a juntar con ella, para a continuación encajarse fácilmente en su interior.
—Me encantaría poner otro niño en tu interior —susurró él—. Ver como te crece la barriga, oír su primer latido del corazón, la primera patada. He sido testigo de un nacimiento Katie, ahora quisiera ser testigo también del principio de la vida.
Ella abrió la boca para preguntarle cuál era la diferencia y por qué quería crear un lazo que los ataría para siempre. Pero entonces él empujó y ella se vio sobrepasada por las sensaciones que la asaltaron. Cooper se salió por un momento y luego volvió a introducirse de nuevo.
Después de eso, Katie apenas pudo pensar. Cuando Cooper entró en ella fue como si ella se transformara en un ser nuevo por completo. Como si la unión de los dos los hiciera uno solo y completo. Juntos subieron por una escalada de ritmo hasta que, por fin, llegaron a la cima y gritaron al unísono.
Katie fue la primera en recuperarse y su cuerpo se desparramó sobre la cama mientras murmuraba algo ininteligible. Cooper cayó a su lado, también agotado.
Cuando ella se durmió, Cooper se quedó mirándola durante un largo rato. Por primera vez desde que se conocían, ella parecía haberse olvidado por completo de sus problemas. Por primera vez parecía estar en paz.
Cooper sonrió. Sabía como se sentía ella.
Luego se acercó a ella y la abrazó por la cintura.
Pensó que al día siguiente volverían a hablar. Le ofrecería de nuevo que se casara con él. Entonces podría ser sincero sobre las razones por las que quería que se quedaran con él para siempre.
Entonces las cosas serían diferentes entre ellos.
Katie estaba sonriendo cuando se despertó y comprendió por qué inmediatamente. Cooper todavía estaba tumbado a su lado, muy pegado a ella.
Afuera oía los ruidos que hacía su hijo para indicar que tenía hambre. Todavía estaba oscuro fuera y una leve y cálida brisa agitaba las cortinas en las ventanas abiertas.
Pensó entonces que una mujer debería despertarse siempre así. Tal vez algún día ella lo haría.
Se apartó de Cooper sin querer despertarlo, pero quería ver a su hijo. Salió al salón y lo tomó en brazos para darle de mamar. Afuera oyó el motor de un coche que pasaba y recordó sus tiempos en Las Vegas, cuando tenía que levantarse a aquellas horas para ir a trabajar, ¡qué tiempos!
Oyó otro coche que se acercaba, pero esta vez pareció como si se detuviera en esa calle. Y además apagó el motor. Eso la extrañó, así que miró por la ventana.
Entonces casi se le paró el corazón y se despertó del todo.
Era un Jaguar negro con las ventanas tintadas, exactamente como el de William.
No, no como el de William, era el de William. Katie lo conocería en cualquier parte.
Andy había terminado de desayunar y se había vuelto a dormir en sus brazos.
Katie sólo pudo quedarse allí sentada, inmóvil y mirándolo. Por un momento no tuvo ni idea de qué hacer, luego su cerebro entró en acción.
¿Cómo podía haberla encontrado William? ¿Quién le había dicho que estaba allí? Ya sabía que él era muy capaz de ejercer la violencia, ¿significaba eso que le haría daño? ¿Le haría daño a su hijo? ¿A Cooper? Cooper.
De repente se le ocurrió que debía haber sido él quien le había dicho a William donde estaba, sólo él lo sabía. Ella llevaba meses ocultando las pistas. Hasta que había ido a casa de Cooper, entonces se había relajado. Se había permitido confiar en él, había dejado que él pensara por los dos.
Entonces recordó la forma providencial en que él había aparecido la noche que dio a luz y las sospechas que había tenido al principio de que había sido William el que lo había enviado para asegurarse de que su hijo nacía bien.
¿Habría ido a ver a William? ¿La habría estado vigilando durante toda esa semana mientras William hacía planes para quedarse con su hijo? Esa ridícula charla acerca del matrimonio que habían tenido. ¿Habría sido una táctica para mantenerla entretenida mientras William apretaba el lazo alrededor de su cuello?
¿O estaba Cooper tratando de ayudarlos sinceramente a ella y a su hijo?
No podía creerse del todo que él estuviera trabajando para William, a pesar de la evidencia que había ahí fuera. Se dijo que Cooper no podía tener nada que ver con esa aparición.
Pero entre tantas dudas, no se podía arriesgar, así que, todo lo silenciosamente que pudo, recogió sus cosas.
Cooper seguía dormido y tenía un aspecto tan inocente…
Como el que había tenido William en su momento.
De vuelta en el salón, se puso unos vaqueros y una camiseta, cerró la bolsa, colocó a Andy en la mochila y se la puso. Luego se dirigió a la cocina y salió por la puerta trasera.
Anduvo por las sombras hasta que estuvo a casi dos kilómetros del apartamento de Cooper. Luego encontró un restaurante abierto las veinticuatro horas y entró. Se instaló en una de las mesas más escondidas y sólo entonces se permitió ponerse a llorar.
Pero seguía sin saber qué hacer.