Extra: Capítulo I de Si el jazmín
hablara
Serie Durham Nº 1
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Inglaterra. Año 1821.
Con veintiséis años ya cumplidos, Daphne Tindale está resignada a ser todo lo que se espera de ella, a su soltería y a hacer las veces de carabina de su hermana menor.
Cuando su vigilada huya de Londres hacia Gretna Green con un presunto cazafortunas, Daphne los perseguirá en una carrera contra el tiempo para evitar un matrimonio que los arruinaría.
Pero las fuerzas de la naturaleza y su salud obran contra sus planes, por lo que deberá pedir asilo en un castillo aislado a la vera de la ruta. Allí conocerá a Neil McKay, un escocés empobrecido y retirado del mundo, y a su particular familia.
La dejadez y el hipnotismo se funden en la persona de su anfitrión, un rebelde sin fe en Dios que enciende tanto como desbarata las fantasías y creencias de Daphne.
¿Llegará a Gretna Green a tiempo de impedir el casamiento de su hermana? ¿Y si encontrara el amor a una edad impensada y con alguien que no es de su clase social?
Dorothy McCougney nos sumerge una vez más en una historia de amor en la Inglaterra decimonónica cuyos protagonistas son peculiares y distan de ser perfectos, dotándolos de un especial sabor humano.
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Julio de 1821, Londres, Inglaterra.
Veintiséis años, y la edad casadera ya se me había pasado hacía demasiado tiempo. Veintiséis años sin tener idea de cómo se sentía aquello de estar enamorada.
Lo peor era, quizás, que con esa cantidad de primaveras ya me había transformado en la carabina implícita de mi hermana menor, Dora, situación que ella lamentaba en parte y agradecía en otra. Supongo que, ante la idea de que el mismo rol pudiera ser cumplido por mi madre, aún más conservadora que yo, prefería el mal menor.
Aquella noche en el baile de los Vaughan había sido igual a las de los quince anteriores de la temporada. Los rostros de las matronas y solteras casaderas eran siempre los mismos, con ligeras modificaciones de atuendo y peinado; tan ligeras que podían ignorarse, a no ser que uno tuviera mucho tiempo para reparar en ello, como lo tenía yo.
Mi vestido, como de costumbre, no era ni bonito ni feo, sino que cumplía con el mandato de ser elegante y había sido elegido en tonos siena para destacar mi cabellera rubia. Mi peinado estaba perfecto y equilibrado; era muy cuidadosa con eso. La única nota de excentricidad de mi presencia era un bucle de cabellos blancos que nacía en el lado derecho de mi coronilla y que había comenzado a formar tiempo después de que mi madre y hermana atacaran mi manía de querer esconder el mechón rebelde. Mi figura curvilínea se había ensanchado en el último tiempo.
Dora, por el contrario, con su alegría de los diecisiete años desprendía cierta luz proveniente del ánimo, que amplificaba el efecto que el fulgor de las velas producía sobre su vestido celeste de corte imperio, que había elegido especialmente para lucir la curvatura de su busto.
Aunque había nacido con cierto innegable carisma, aquella noche algo en torno a sus ojos azules, en sus dientes al sonreír, en sus mejillas al contraerse, en cada poro del rostro lucía diferente. Quizás madre no se hubiera dado cuenta, pero para mí era evidente.
También lo era la razón de su alegría, y se llamaba Evander Bromhead. Los movimientos elegantes que hacían los bucles de su cabellera de color rubio oscuro para encantar a este joven tampoco escapaban a mi atención.
El señorito, demasiado flaco para mi gusto, demasiado parco para mi entendimiento, demasiado insulso para mi instinto y demasiado pobre para las expectativas de toda la familia, había pedido a Dora los dos conjuntos de baile que la etiqueta marcaba como máximo permisible, como en todas las otras ocasiones en que se habían encontrado en todos los otros bailes. Haciendo cierto recuento matemático, materia en la que siempre me había destacado, llegué a la conclusión de que no era posible que se encontrasen siempre en los mismos bailes, a no ser que lo hubieran acordado en silencio.
Los movimientos del abanico de mi hermana, obvios en exceso, apoyaban mi hipótesis. Tantas personas conocían ya el lenguaje de esos objetos que hablar en él era casi lo mismo que hacerlo a los gritos, pero, por algún motivo que escapaba a mi comprensión, las parejas de enamorados lo utilizaban de todos modos.
En algunas ocasiones me parecía que su trato para con él rozaba lo descarado. Luego de dos o tres bailes, encontrándonos en la cama dispuestas a dormir, había recriminado esto a Dora mediante frases indirectas, pero en aquellas ocasiones había contestado riéndose de mí, como si la actitud infantil fuese mía y no suya, y dándome la espalda para demostrar que mi discurso le parecía intrascendente, por lo que acabé por comprender la inutilidad de mis palabras invertidas en tal fin.
Mi madre, distante, discutía con dos señoras sobre los galanes más deseados de la temporada. Mi padre se hallaba lejos de mi vista, probablemente jugando al whist en una sala adyacente, algo que le gustaba mucho más que bailar.
En determinado instante perdí de vista a mi hermana y su compañero de baile, por haberme distraído con una pareja que flirteaba entre dientes. Aunque me esforcé en buscarlos entre la masa de gente que se movía de modo coreográfico, no logré encontrarlos. Habían desaparecido.
Me levanté de la silla en la que había permanecido sentada durante larga hora y media y me dirigí hacia el salón lateral, donde un susurro del instinto me dijo que podían encontrarse. Allí los hallé, charlando frente a una ventana, muy cercanos entre sí, en un lugar que, aunque no era solitario, se hallaba menos concurrido.
La sensibilidad auditiva también era uno de mis fuertes, por lo que llegué a escuchar la frase final que Bromhead dirigió a Dora antes de que reparasen en mi presencia:
—Será mañana, entonces.
La vi asentir, con claridad, al asentar su abanico sobre la mejilla derecha. Tal como había estado pensando antes, el lenguaje de los abanicos no era ya en aquel tiempo algo discreto.
Se giró hacia mí y me tomó del brazo, llevándome nuevamente hacia el salón central donde se desarrollaba el baile, como si mi interferencia la hubiera salvado de un momento bochornoso; pero aquello me parecía de una sinceridad muy dudosa, por lo que la inquietud no me abandonó durante el resto de la velada.
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