3: La ciudad de los cuervos

3

La ciudad de los cuervos

Malus perdió pronto la cuenta de los muertos.

Yacían por todas partes en las calles y cunetas de Har Ganeth, contorsionados por el dolor y la violencia, y dejados enfriar en charcos de sangre que se secaba. Algunos estaban amontonados en estrechos callejones como basura vieja; otros yacían desplomados contra las murallas de mármol teñidas de rojo, donde habían dejado pintadas grandes franjas con su propia sangre. La mayoría eran druchii como él, aunque en más de una ocasión vio el cadáver de un esclavo, desnudo salvo por el collar distintivo. Todas las víctimas habían sufrido tajos hasta morir. Muchas presentaban las sanguinarias heridas de un hacha o un draich, el gran mandoble preferido por los verdugos del templo. Había hombres y mujeres, druchii jóvenes y viejos. Algunos habían muerto luchando, con espadas y dagas en las manos y heridas mortales en la cabeza y el cuello. Otros simplemente habían huido y recibido las heridas en la espalda. El resultado era el mismo.

Muchas de las víctimas habían sido decapitadas y los cráneos añadidos a las pirámides de trofeos similares, algunas de las cuales llegaban a la altura de un hombre, levantadas a los lados de la calle o cerca de la puerta de un comercio o casa. Casi todas las pilas de cráneos descansaban sobre gruesas capas de sucio polvo gris. Aquello desconcertó a Malus en un principio, hasta que reparó en que se trataba de un macabro estrato de las propias pirámides. Las cabezas más próximas a la cúspide eran las más frescas, por supuesto, aún recubiertas de carne y piel tensa. Más cerca de la base, las alimañas y los elementos habían limpiado los cráneos y dejado una capa de hueso descolorido en la parte inferior. Con el tiempo, incluso esos resistentes huesos se desmenuzaban, aplastados por el peso de los de arriba, y se transformaban en polvo pálido.

La ciudad olía como un campo de batalla. En las plazas abiertas el hedor ya era bastante malo, pero ascender por las estrechas calles serpenteantes hacia los distritos más altos era como caminar por un matadero mal iluminado. Rencor gruñía y olfateaba la fuerte fetidez de sangre putrefacta y órganos derramados, y Malus luchaba contra el impulso de cubrirse la cara con un pliegue de la capa. Nunca había visto nada parecido, ni siquiera en las más brutales batallas, camino de Hag Graef.

La Ciudad de Verdugos había sido construida sobre terreno elevado en la costa del Mar Frío. Lo que al principio era sólo una colección de formidables torres que se alzaban hacia el cielo sobre una colina de granito, a lo largo de los siglos se había extendido como un manto de piedra blanca por las laderas de la colina y por el terreno llano que la rodeaba. Cuando Har Ganeth fue entregada al templo por un edicto del Rey Brujo, se había abandonado el templo de la zona inferior de la ciudad y los ancianos se habían apoderado de los distritos que rodeaban la cima de la colina. Muchos de los ciudadanos más ricos habían sido desalojados de sus casas, y estas demolidas para construir la enorme fortaleza del templo que encerraba las manchadas torres blancas del drachau en un puño de piedra oscura. Con independencia de dónde se hallara uno en la zona inferior de la ciudad, sentía la ominosa sombra del templo de Khaine.

Al igual que todas las ciudades druchii, Har Ganeth era un laberinto de estrechas calles y callejones serpenteantes, diseñadas a propósito para confundir a los intrusos. Los altos y estrechos edificios conducían a los pretendidos intrusos hasta callejones y otros sitios sin salida, donde quedarían a merced de ciudadanos que los aguardaban en los altos balcones de hierro forjado. Salvo unas pocas avenidas principales destinadas al comercio o la guerra, no había ninguna calle lo bastante ancha para permitir el paso de dos jinetes, y en muchos casos eran aún más estrechas. El sol raras veces llegaba al interior de estas claustrofóbicas vías, e incluso a plena luz del día una de cada dos casas estaba iluminada por un farol de intrincada forja de hierro que pendía en el exterior de la pesada puerta de roble.

Al entrar en Har Ganeth, Malus se encontró en el distrito de los comerciantes. Los remolinos de niebla giraban en torno a los flancos de Rencor mientras Malus lo conducía pasando ante destrozados almacenes y a través de mercados sembrados de basura. A continuación venía el barrio de los esclavos, con amplias plazas y jaulas de hierro. El primero de los muchos santuarios de la ciudad estaba justo saliendo de la plaza, y fue allí donde el noble vio los primeros signos de matanza. Malus no pudo evitar preguntarse cuánta carne era comprada en el mercado y llevada al otro lado de la plaza simplemente para desangrarla sobre el altar del Señor del Asesinato.

Las estrechas calles del barrio de los artesanos se hallaban allende el santuario, y más allá estaban los lupanares y los pozos de sangre del barrio dedicado al ocio. Todas las casas de huéspedes y tabernas estaban bien cerradas, con los salones desiertos de indigentes y borrachos. No se veía rastro alguno de los excesos de la noche pasada, sólo pilas de cabezas maltratadas con expresión contraída. Hacía semanas que fantaseaba con un baño, botellas de vino y una cama blanda en una de esas casas de huéspedes, pero la horripilante quietud del lugar borró de su mente todas las tentaciones.

Allende el vecindario de casas de huéspedes y tabernas, la calle comenzaba a ascender por la ancha colina. Las altas casas miserables de los plebeyos se alzaban en torno a él, y el camino se hacía más difícil. A Malus se le puso el pelo de punta al conducir a Rencor por las estrechas callejas. Las angostas ventanas tenían echados los postigos y los balcones de lo alto estaban desiertos, pero no podía deshacerse de la sensación de que lo observaban. El noble desenvainó la espada y la colocó sobre el regazo, mientras deseaba haber pensado en ponerse la armadura que llevaba envuelta en tela y colgada de la parte posterior de la silla de montar.

Cuanto más numerosas eran las escenas de carnicería ante las que pasaba, mayor se hacía su inquietud. De algunos de los cuerpos aún manaba vapor en el gélido aire matinal, cosa que sugería que sus verdugos aún estaban cerca. La idea de que tuviera lugar en ese mismo momento una batalla con una turba de fanáticos —en el propio terreno de estos—, le dio escalofríos.

Sabía, por las conversaciones mantenidas con los viajeros, que los distritos de la nobleza se hallaban en torno a la cima de la colina, pero no estaba muy seguro de cómo llegar a ellos. ¿Durante cuánto tiempo podría deambular por las laberínticas calles antes de tropezar con un grupo armado que buscara más trofeos para apilarlos ante la puerta de su casa? No tenía modo de saberlo. Nada de lo que había visto hasta el momento tenía sentido alguno para él. Por primera vez desde el horrendo e interminable viaje de regreso de los desiertos del Caos, se sentía vulnerable y expuesto.

La verdad era que no podía ir de puerta en puerta y preguntar cómo llegar hasta la casa de Sethra Veyl. Por un breve instante, consideró encaminarse directamente hacia el templo y simplemente presentarse allí, ya que estaba seguro de que, cuando la herejía hervía en la ciudad, los sacerdotes no podrían escrutar demasiado minuciosamente a alguien que ofreciera ayuda. La solución era sencilla y directa, pero lo hizo pensar. Tenía que haber una razón para que los fieles estuvieran siendo alojados en casas de la propia ciudad. ¿Tal vez se habían infiltrado entre las tropas del templo? De ser así, ¿cómo podía estar seguro de que el sacerdote con quien hablara no era un aliado secreto de Urial? Dado que no tenía ninguna otra alternativa, hizo avanzar a Rencor y aguzó el oído por si captaba sonidos de movimiento en los callejones o en los balcones de lo alto.

Al romper el alba en el este, Malus oyó las primeras señales de vida, a la sombra de los aleros de las casas. Frotamiento de plumas y trocitos de piedra que caían por la manchada fachada de las casas. A Malus, desde tan abajo, le pareció que los sombreados antepechos de las ventanas situadas cerca de los tejados de pizarra se mecían y desperezaban con vida invisible. Entonces, con un quejumbroso graznido y un batir de pesadas alas, un cuervo enorme se lanzó desde las sombras y pasó muy bajo, en vuelo rasante por encima de la cabeza de Malus, antes de posarse sobre la cumbre de una pirámide de trofeos de carne. El ave carroñera le lanzó una desafiante mirada al noble que pasaba, antes de inclinar la lustrosa cabeza para contemplar el resplandeciente banquete rojo.

Al cabo de pocos minutos el aire estaba negro de cuervos que aleteaban y se llamaban unos a otros al recorrer las calles de la ciudad. Pasaban tan cerca que Malus sentía el viento de las alas en la cara, y no demostraban tenerle ningún miedo a Rencor. En una ocasión, el gélido pasó justo por encima de un cuerpo yacente que estaba cubierto de hambrientos cuervos, y las aves no prestaron la menor atención a la pesada bestia.

El constante parloteo de las aves ponía nervioso a Malus. Algunas de ellas incluso le graznaron a Malus en un druhir aceptable.

—¡Espada y hacha! —chilló una.

—¡Cráneos! ¡Cráneos! —graznó otra.

—¡Sangre y almas! ¡Sangre y almas! —dijo una tercera.

Sus ojos destellaban cruelmente al acometer la carne desgarrada con los picos como dagas.

Le clavó los talones a Rencor para hacerlo trotar, y continuó adelante. Cada casa tenía el mismo aspecto que la anterior: muros manchados y puertas de roble oscuro con herrajes de hierro, sin símbolos ni signos que identificaran a quienes moraban en el interior. A cada giro, Malus escogía la senda que ascendía por la colina y espantaba nubes de cuervos que alzaban el vuelo entre graznidos ante los pasos de una tonelada de peso del nauglir.

Cuando Malus oyó el tintineante chocar del acero y los alaridos de los heridos, no dudó en hacer que Rencor girara en esa dirección, ya que sus temores de antes habían quedado eclipsados por la morbosa celebración de las aves.

Avanzó por una larga calle recta, seguro de que la lucha tenía lugar justo delante. Momentos después, Malus llegó a una curva de ciento ochenta grados, y de pronto se encontró con que descendía la colina. Con un gruñido, tiró de las riendas de Rencor y lo hizo girar en el estrecho espacio para volver sobre sus pasos, y a continuación cogió otra calle que parecía rodear la ladera de la colina, aproximadamente en dirección a la batalla.

La calle que había escogido no tenía salida y acababa en un tramo donde se apilaban huesos viejos y blancos cráneos limpios. Un solitario druchii anciano se hallaba de pie ante la barandilla de un balcón alto, y miraba con ferocidad mientras Malus hacía girar a Rencor. El gélido derribó pilas de huesos que aplastó con las patas, y lanzó dentelladas irritadas al manto de fino polvo que se alzó de ellos. El noble gruñó y espoleó al nauglir para que se lanzara al trote ligero, ansioso por librarse de la fija mirada del silencioso anciano.

Estuvo a punto de pasar por alto el estrecho callejón al avanzar tan de prisa por la calle. Malus captó un atisbo de él y tiró de las riendas con tal brusquedad que Rencor gruñó, colérico, y reculó por el empedrado. El callejón parecía dirigirse hacia la lucha, y era apenas lo bastante ancho para que el nauglir pasara apretadamente, hasta tal punto que Malus tuvo que subir las piernas y apoyar los pies en el borrén de la silla mientras la bestia de guerra lo recorría.

El callejón se cruzaba con otra calle que parecía ascender por la colina en diagonal. Malus tiró de las riendas mientras maldecía en voz baja aquel maldito laberinto. Entonces oyó, justo delante, el inconfundible sonido de una espada que hendía carne, y un alarido agónico.

—Despacio ahora, Rencor —dijo Malus en voz baja al tiempo que presionaba los costados del gélido con las espuelas.

Giraron en el cruce y avanzaron apenas una docena de metros hasta la primera curva. Como era de prever, la calle acababa en un punto sin salida, unos diez metros más adelante. Era allí donde los asesinos habían acorralado a las presas.

Eran cinco los que habían sido acorralados contra el liso muro del fondo de la calle, pero sólo uno permanecía aún en pie y sangraba por una veintena de heridas profundas. Seis druchii se enfrentaban a él; naturales de la ciudad, dedujo Malus, por la similitud de los ropones oscuros que vestían. Llevaban el pálido semblante pintado con sangre seca —el sigilo de cinco dedos del Dios de Manos Ensangrentadas—, y empuñaban una mezcla de hachas, garrotes y cuchillos. La víctima vestía un kheitan de noble y un peto de acero, y luchaba con un cuchillo en una mano y un hacha de mango largo en la otra. A pesar de las heridas, el druchii rugía como un nauglir a los atacantes y hacía girar el hacha en mortíferos círculos que hicieron retroceder a los agresores. Tenían buenas razones para mostrarse prudentes; otros cuatro yacían tendidos sobre el empedrado, destripados por obra de la feroz hacha.

Malus vio que los naturales de la ciudad cedían terreno ante el hombre y se mantenían justo a la distancia suficiente para evitar que el hacha los alcanzara, pero lo bastante cerca como para atacarlo si tenían la oportunidad. Lo único que tenían que hacer era esperar, pensó el noble. El que blandía el hacha ya estaba tan blanco como el mármol de Har Ganeth, y tenía la ropa oscurecida y pesada, empapada en su propia sangre. Dentro de muy poco se volvería más lento, vacilaría, y entonces los cuchillos se le clavarían.

El noble estaba a punto de marcharse cuando vio la pila de zurrones de tela colocados ordenadamente uno junto a otro contra la pared lisa que se alzaba detrás del asediado druchii del hacha. Era uno de los fieles.

Malus se deslizó silenciosamente de la silla de montar y se acercó a la cabeza de Rencor. Señaló a uno de los naturales de la ciudad.

—Ese —le dijo al gélido—. ¡Caza!

Las fauces del gélido se abrieron de par en par mientras avanzaba con asombroso sigilo hacia el desprevenido druchii. El noble escogió una víctima para sí y avanzó en silencio por detrás, con el espadón en alto.

En el último momento, la presa de Rencor se puso rígida. Tal vez Khaine le había enviado una premonición, o tal vez simplemente percibió un soplo del aliento de carroñero del nauglir. Se dio la vuelta, con el arma a punto, y apenas tuvo tiempo para gritar antes de que las mandíbulas del gélido lo cortaran por la mitad. Sangre y entrañas regaron el empedrado y el nauglir recogió la parte inferior del cuerpo para devorarla.

Malus atacó en el mismo momento, e hizo volar la cabeza de encima de los hombros del druchii con un solo barrido del espadón. El cuerpo decapitado se desplomó mientras la brillante sangre arterial salía a borbotones por el cuello cercenado, y el noble, con un grito salvaje, saltó hacia el hombre siguiente de la hilera.

Los atacantes supervivientes se recobraron con sorprendente rapidez, y dos de ellos se volvieron hacia Malus al considerarlo la amenaza mayor. Uno de los naturales de la ciudad, con los dientes desnudos en una mueca sedienta de sangre, acometió al noble con un tajo en diagonal dirigido al extremo del hombro derecho. Al mismo tiempo, el segundo lo atacó por la izquierda y lanzó un golpe hacia una rodilla de Malus con un garrote manchado de sangre. Con una odiosa carcajada, Malus calculó la velocidad del hacha y retrocedió en el último segundo, para luego desviar el arma a un lado con un fuerte golpe de espada. El hacha salió disparada hacia el compañero y le partió una espinilla con un crujido. El que empuñaba el garrote cayó boca abajo, con un chillido de angustia, y Malus acabó con el druchii del hacha con un tajo de revés que le abrió la garganta hasta la columna. El noble se volvió hacia el caído y se entretuvo un momento para patearle un costado de la cabeza. Luego se dio la vuelta hacia el fanático herido, pero su oponente ya había caído y le manaba sangre a borbotones por media docena de heridas brutales.

Sonriente de satisfacción, Malus volvió atrás y remató al druchii de la pierna rota. Al del hacha le dedicó una sonrisa de camaradería.

—Ha sido bueno para ti que pasara por aquí cuando lo hice, hermano.

El fanático aún continuaba de pie ante el cadáver del enemigo caído. Tenía la cabeza muy baja y le temblaban los hombros. Sobre la pálida piel del rostro y las manos brillaban regueros de sangre. Inspiró entrecortadamente.

—Tú… tú me has salvado, santo —jadeó el hombre.

Malus se inclinó para limpiar la espada en el pelo del druchii muerto.

—Bueno, confieso que quería hacerte una pregunta…

Si el fanático no hubiese estado medio muerto debido a la pérdida de sangre, el primer tajo habría abierto a Malus desde la coronilla al ombligo. Pero el noble oyó el suave raspar de la bota del druchii y su instinto de batalla lo hizo lanzarse a un lado. El hacha cayó girando y cortó en dos el cadáver, pero el fanático apenas perdió un segundo. Recogió el arma y saltó tras Malus, con una expresión de locura y odio que le deformaba el rostro.

No había tiempo para la confusión ni para gritar órdenes, ya que el hacha, transformada en un borrón carmesí, acometía contra la cabeza, el cuello y el pecho de Malus. La destreza del fanático era increíble, y Malus apenas podía contener la lluvia de golpes de la afiladísima hoja. En la calle resonaba el estruendo del hacha contra la espada como una campana tocada por un demente.

Malus cedía terreno y su cólera aumentaba a cada paso. La hoja del hacha silbó al pasar junto al espadón del noble y le abrió un tajo en la parte superior de la manga izquierda. Sintió que la sangre tibia empapaba la tela de los ropones.

—¿Qué clase de gratitud es esta? —gruñó.

Pero el druchii no hizo más que redoblar los ataques al tiempo que aullaba de furia. El fanático avanzó de un salto para hacer una finta dirigida al cuello de Malus, y luego continuar con un tajo ascendente destinado a destrozarle la cabeza. El noble apenas logró lanzarse hacia atrás para ponerse fuera del alcance del arma, y sintió que el filo le abría un leve tajo en el mentón al pasar de largo.

—Aun sin brazos puede responder preguntas —sugirió el demonio con voz sedosa.

—Muy cierto —jadeó Malus. Justo en ese momento, el druchii dirigió con saña un tajo hacia la cabeza del noble. Malus se dejó caer sobre las rodillas y el impulso del barrido del hacha hizo que el druchii perdiera el equilibrio. Antes de que pudiera recuperarse, el noble cercenó un pie del atacante justo por encima del tobillo.

El fanático gritó y cayó, sin dejar de acometer a Malus. El hacha le asestó un golpe de soslayo en el brazo derecho, y le dejó un largo tajo desigual allí donde partió los eslabones de la malla. Enfurecido, el noble cayó sobre el sangrante druchii y le cercenó la mano derecha. El acero resonó sobre el empedrado al salir el hacha girando hasta el otro lado de la calle.

—¡Mátame! —gimió el fanático, tembloroso debido a la pérdida de sangre y la desesperación—. ¡Devuélveme mi honor, santo! No he hecho nada para ofenderte.

«No, sólo has intentado convertirme en salchichas», pensó Malus, furioso. Se inclinó sobre el druchii.

—Tu honor no me importa en absoluto, estúpido —le escupió—. Yo sólo quería hacerte una pregunta. Esto te lo has buscado tú mismo.

—¿Yo he hecho esto? ¿Cómo? Si tú no hubieras aparecido, esos me habrían matado. ¡Hemos estado luchando durante casi una hora!

Era obvio que el hombre deliraba. Malus estaba francamente sorprendido de que aún le quedara sangre que perder.

—Sólo dime una cosa: ¿dónde está la casa de Sethra Veyl? Era cuanto quería saber. Dímelo… —Malus hizo una pausa e intentó pensar en una amenaza adecuada—. Dímelo… o te dejaré vivir.

—¡No! —se lamentó el druchii, cuyos ojos se abrieron de horror.

—Puedo hacerte un torniquete en los muñones y cauterizarte las heridas. Puedo encargarme de que vivas durante mucho tiempo. —No podía creer lo que estaba diciendo.

El fanático miró a Malus como si fuera un monstruo.

—¡De acuerdo, de acuerdo! Su casa está en el barrio noble, cerca de la armería de la ciudad. Una casa con la puerta blanca.

—¿Puerta blanca, dices? —le espetó Malus—. Debería ser fácil de encontrar en este sitio empapado de sangre. —Apoyó la punta de la espada contra el cuello del druchii—. Si me mientes… —El noble hizo una pausa—. Te… Bah, no importa. —Remató al fanático, que murió con una expresión de agradecimiento en los ojos.

Mientras sacudía la cabeza de asombro, Malus se volvió y llamó a Rencor.

—En Har Ganeth se perdona la vida a los enemigos y se mata a los amigos —murmuró—. ¿Qué tengo que hacer cuando conozca a Sethra Veyl? ¿Ofrecerme a incendiar su casa?

Por pura suerte —Malus ya no sabía si buena o mala—, la siguiente calle que ascendía por la colina lo llevó directamente al barrio noble. Las calles comenzaban a despertar; de las formidables casas comenzaban a salir sirvientes que iban a hacer recados para sus amos, camino del mercado o tal vez a reaprovisionarse de esclavos tras la juerga de la noche anterior. Los sirvientes avanzaban con determinación, los hombros caídos y la vista baja, sin mirar a nadie a los ojos ni demorarse en la calle durante más de un momento. Esquivaban elegantemente las pilas de cráneos y los cadáveres frescos, y daban un respetuoso rodeo en torno a los gordos y presuntuosos cuervos.

Tardó una hora más en encontrar la armería de la ciudad, donde se guardaban las lanzas y armaduras de la milicia en previsión de la guerra. Malus la tomó como punto de referencia y comenzó a explorar cada una de las calles cercanas, hasta que al fin encontró una vivienda con una puerta inmaculadamente blanca.

Malus desmontó y repasó mentalmente su historia una vez más mientras golpeaba la puerta de roble con un puño.

Pasaron varios minutos. Finalmente, oyó que descorrían un cerrojo y se abría una mirilla. Un ojo oscuro lo contempló desapasionadamente.

—Saludos, hermano —dijo Malus—. He recorrido un largo camino para responder a la llamada de los fieles. Me dijeron que habría sitio para mí aquí.

El ojo lo contempló durante un momento más, y luego la mirilla se cerró. Unos cerrojos más grandes rechinaron en los encajes, y la puerta se abrió. En la entrada apareció una mujer joven ataviada con ropones asombrosamente blancos. Un largo tajo reciente trazaba una línea roja que descendía por un lado de su semblante pálido, y de él aún caía un fino reguero de sangre. La expresión del rostro era inquietantemente serena.

—Bienvenido, santo —dijo con voz mesurada. Malus aguardó. «¿Debo entrar o desenvainar la espada?», pensó.

Se decidió por lo primero. Al atravesar la puerta se halló en un pequeño patio amurallado lleno de druchii armados. Todos llevaban ropones blancos, al igual que la mujer, y escasa o ninguna armadura, aunque cada uno de los fanáticos tenía en la mano una espada desnuda, y estudiaban a Malus con beligerancia apenas disimulada.

Malus evitó cuidadosamente las miradas de los druchii reunidos, y se centró en la mujer herida.

—Necesitaré un sitio para mi nauglir —dijo. Se le ocurrió que casi todos los fanáticos que había visto en el camino viajaban a pie.

—Se te proporcionará —respondió la mujer—. En el barrio hay pozos para nauglirs atendidos por gente de confianza. —Hizo un gesto hacia uno de los hombres armados, que inclinó la cabeza y atravesó el patio a la carrera hasta una escalera que conducía a la casa—. Tu llegada es propicia —le dijo ella—. Los herejes se han enterado de cuántos fieles se han escabullido al interior de la ciudad en las últimas semanas, y han decidido venir contra nosotros.

Malus asintió con la cabeza.

—Vi una sangrienta batalla cuando venía hacia aquí. Los sirvientes del hereje acorralaron a cinco fieles y los asesinaron, no muy lejos de aquí. ¿Dónde está Sethra Veyl?

La expresión serena de la mujer se ensombreció.

—Muerto, santo. Los herejes enviaron asesinos por la noche y mataron a Veyl mientras dormía. Tyran el Intacto es el nuevo anciano, y ha jurado que la atrocidad no quedará sin venganza. —En ese momento se le ocurrió una idea—. Debo llevarte ante él, santo. Podrías resultar de gran utilidad para sus planes.

—Por supuesto —admitió Malus con tranquilidad, mientras consideraba las posibilidades. Cualquier cosa que pudiera hacer para ganarse la confianza de los fanáticos haría que su posición fuese tanto más sólida—. Tendremos que actuar con rapidez —dijo—. Llevadme ante el anciano. Si los herejes se han puesto en movimiento, Urial debe de estar a punto de apoderarse de la espada.

—En efecto —asintió la mujer con una sonrisa feroz—. Los ancianos no podrán evitarlo durante mucho más tiempo. Pronto empuñará la espada y barreremos a los herejes en una marea de sangre. Si los planes de Tyran tienen éxito, tú abrirás la senda para que comience el Ritual de la Espada. ¡Piensa en las gratificaciones que recogerás cuando renazca la fe verdadera y el Portador de la Espada ocupe su lugar como supremo dirigente del templo!