2: Ojos de latón

2

Ojos de latón

Malus reprimió una maldición. «Bravo por tu facilidad para mezclarte con la grey», se dijo amargamente. Pensando con rapidez, cogió el zurrón de las ofrendas y se puso lentamente de pie.

—Dónde decida alojarme en la ciudad es asunto mío —dijo con voz cortante, y clavó una mirada acerada en la doncella del templo—. El hecho de que sea cauteloso no me convierte en uno de los enemigos. Resulta obvio que las infiltraciones en nuestras filas os preocupan tanto como a mí, o no haríais tantas preguntas.

Malus vio que los dos de Hag Graef dudaban, con las armas a medio desenvainar. Miraron a la doncella del templo para saber qué hacer.

Ella se detuvo y los músculos de las mandíbulas se le contrajeron al luchar contra la sed de sangre. La doncella abrió la boca para hablar, pero lo que fuera a decir quedó en nada cuando la otra mujer que los acompañaba chilló como una esclava escaldada y se lanzó hacia Malus.

La daga serrada de la mujer silbó al hender el aire cuando intentó degollar a Malus. Él paró el ataque con el manchado zurrón de ofrendas, y la hoja, afilada como una navaja, cortó la tela como si fuera papel mojado. Trozos de cuerpos, arrugados y en estado de descomposición, regaron el campamento, y algunos cayeron en el fuego entre siseos y columnas de chispas. Malus apoyó firmemente el pie que tenía más atrás y lanzó el zurrón vacío hacia los ojos de la mujer para detener su avance. Luego, agarró la botella de vino y se la estrelló contra un lado de la cabeza. Cayó con un aullido de furia, y sus compañeros recogieron el alarido y corrieron por el terreno húmedo hacia Malus, con las armas ante sí.

Malus retrocedió mientras maldecía con ferocidad y desenvainaba el espadón. Los fanáticos lo acometieron por ambos lados y le lanzaron salvajes tajos con espadas y cuchillos. El noble paró un cuchillo con la espada a medio desenvainar, y luego giró precipitadamente a la izquierda para esquivar el tajo descendente de una espada que hizo saltar chispas de la cota de malla ennegrecida. Rugió al blandir el espadón e hizo retroceder un paso a los fanáticos con un barrido feroz dirigido a los ojos, pero menos de un segundo después volvían al ataque y rodeaban a Malus con una red de destellante acero.

Lo que a los fanáticos les faltaba en destreza marcial, lo compensaban con un absoluto arrojo, al parecer sin miedo de perder la vida en el proceso de acabar con la de Malus. Continuaron con el implacable avance que lo obligaba a permanecer a la defensiva contra las destellantes puntas de espadas y cuchillos. Se daba cuenta de que los fanáticos estaban calibrando sus reflejos, y los ataques adquirían un ritmo mortífero. Los dos de Hag Graef lo acometían por la derecha, mientras que la doncella del templo y el de Ciar Karond se desplazaban hacia la izquierda. Uno de los de Hag Graef arremetió con una estocada larga dirigida al cuello de Malus. Cuando desvió la hoja a un lado con un rápido movimiento de espada, la daga de la doncella del templo atacó en el mismo momento y se le clavó en el costado. Se partieron algunos eslabones de la cota y la punta de la daga dejó un surco en el kheitan de cuero, pero la armadura contuvo lo peor de la puñalada. Gruñendo, Malus acometió con un tajo salvaje dirigido al cuello de la doncella, pero esta saltó ágilmente hacia atrás y se puso fuera del alcance del noble. En ese instante, el otro de Hag Graef avanzó y clavó la daga en el muslo derecho de Malus.

El ataque fue flojo porque el druchii se había avanzado demasiado, y la hoja penetró sólo unos cuantos centímetros en la pierna de Malus, pero el feroz estallido de dolor hizo que el noble diera un traspié. El de Hag Graef le enseñó la hoja manchada de sangre a su compañero, y soltó una risa como un cacareo que dejó a la vista los dientes toscamente afilados.

Malus miró los frenéticos ojos del druchii y lanzó un bramido furioso, para luego acometer contra la mano que sujetaba el arma manchada de sangre. El hombre saltó hacia atrás igual que lo había hecho la doncella del templo, pero el movimiento fue un desperdicio de energía porque el ataque del noble había sido sólo una finta. Tras detener el golpe en el último momento, Malus invirtió la dirección justo cuando el de Ciar Karond lo acometía por la izquierda. El druchii se lanzó a fondo para asestar un tajo bajo con el cuchillo, y el pesado espadón de Malus se le clavó en un lado de la cabeza. El druchii se tambaleó a causa del impacto, al tiempo que un estrangulado jadeo sanguinolento silbaba al pasar por la mandíbula partida. Dejó caer el cuchillo y aferró la espada de Malus con las manos desnudas para atraparla en la presa de la muerte.

El fanático cayó mientras la sangre manaba abundantemente del destrozado rostro y las manos, y arrastró a Malus consigo. Sin pensarlo, Malus apoyó una bota en la cara del druchii y aferró la empuñadura de la espada con ambas manos, pero no lo hizo con la rapidez suficiente para arrancar la espada. El cuchillero de Hag Graef lo aferró por la cintura y lo derribó.

Malus cayó al suelo con un rugido al sentir que la espada se le escapaba de las manos. La daga del fanático quedó atrapada bajo el noble, por el momento. Malus aporreó y arañó la cabeza del druchii, pero el fanático pegó el mentón al pecho y cerró con fuerza los ojos para protegerse de los puntiagudos dedos del noble.

Malus cambió de táctica y palpó en busca de la daga que llevaba al cinturón, pero la doncella del templo y los restantes fanáticos cayeron sobre él con las armas preparadas.

—Sujetadle los brazos —ordenó ella. La doncella se pasó una lengua rosada por los relucientes dientes blancos—. Quiero que observéis cómo bebo de su corazón palpitante.

Malus se debatió y pateó, pero los druchii de Hag Graef lo aferraron por las muñecas y le echaron los brazos atrás por encima de la cabeza. La doncella se arrodilló y levantó con una mano la cota de malla de Malus hasta dejar a la vista el kheitan. La hoja serrada que empuñaba hendería con rapidez el duro cuero. Apoyó la punta del cuchillo justo por debajo de las costillas del noble y le dirigió una sonrisa lujuriosa.

—Servidor del falso Portador de la Espada —susurró—, fuiste un estúpido al pensar que podías enfrentarte a nosotros en solitario. Depositaste tu fe en un falso profeta, y ahora pagarás por ello.

El noble hizo un último intento de soltarse, lo que provocó masculladas maldiciones de los fanáticos, pero lo sujetaron con manos férreas. Finalmente, se rindió al tiempo que sacudía la cabeza.

—¿En solitario? Creo que no —replicó Malus con frialdad—. Deja que te muestre dónde deposito yo mi fe, puta del templo. —El noble inspiró hasta llenarse los pulmones, y bramó—: ¡Rencor!

Se oyó un silbido siseante, como si vertieran agua sobre una forja caliente, y una enorme forma oscura salió a la carga de las profundas sombras de debajo de los árboles. El nauglir era pequeño para su especie, no más de siete metros de largo desde el romo hocico a la puntiaguda cola, pero las fauces abiertas mostraban colmillos largos como dagas y las garras delanteras eran tan anchas como el pecho de un hombre. Se impulsaba con las poderosas patas posteriores y sus pisadas hacían temblar la tierra. Músculos magros, como cables, ondularon bajo la piel verde acorazada cuando cargó como un león hacia los pasmados fanáticos. La mujer de Ciar Karond, a quien le corría sangre por un lado de la cara, estaba poniéndose de pie en el momento en que el gélido llegó hasta ella. El alarido se interrumpió con un potente crujido húmedo cuando las fauces de Rencor se cerraron sobre su torso y la cortaron en dos. La bestia de guerra ni siquiera ralentizó la carga al lanzar la mitad inferior de la druchii por el aire con una sacudida seca de la cabeza, y soltó un rugido como un trueno.

La doncella del templo respondió al bramido de caza de Rencor con un chillido, pero fue como un grito de guerra ante una aullante tormenta. Se puso en pie de un salto, con la daga preparada, pero el de Hag Graef que empuñaba la daga lanzó un grito aterrado y huyó para salvar la vida.

Rencor llegó hasta ellos en pocos instantes, y las garras golpearon el suelo al caer a ambos lados de Malus y los fanáticos que lo sujetaban. De las fauces del gélido gotearon trocitos de carne y saliva venenosa cuando le lanzó un mordisco al druchii que aún no había soltado a Malus. El noble maldijo y gritó junto con los enemigos al tiempo que rodaba de costado y tiraba del brazo sujeto con todas sus fuerzas. El gélido le cortaría el brazo fácilmente en el ardor del momento, sin darse cuenta de la diferencia.

El de Hag Graef se negaba a soltar a Malus, y chillaba maldiciones contra la escamosa bestia de guerra y la doncella del templo por igual. Rencor adelantó la cabeza hacia el druchii y cerró las mandíbulas, pero el fanático lo esquivó en el último momento y evitó por muy poco perder la cabeza.

Sin dejar de gritar de furia, la doncella del templo intentó clavar el cuchillo en el cuello del gélido, pero no calculó el grueso de la correosa piel del nauglir. La hoja serrada apenas penetró unos cinco centímetros en las escamas verde oscuro, y quedó atascada. Rencor gruñó y se volvió contra la doncella, pero esta previo el movimiento y saltó hacia atrás, fuera del alcance de las fauces de la bestia de guerra. O al menos esa era su esperanza.

Justo cuando saltaba, Malus la cogió por un tobillo con la mano que tenía libre, y le impidió huir. La doncella tropezó, pero Rencor la atrapó antes de que cayera al suelo. El grito de furia de la mujer se transformó en un alarido de dolor cuando el nauglir la sacudió como un terrier que ha atrapado una rata y luego la lanzó contra el druchii que aún sujetaba a Malus. Ambos fanáticos rodaron por el suelo, y el impacto estuvo a punto de sacarle al noble el brazo de la articulación antes de que el druchii lo soltara.

Rencor saltó tras las aturdidas presas, abiertas las fauces manchadas de sangre, y Malus logró sacar la daga en el momento en que el druchii que le sujetaba las piernas veía la oportunidad de escapar e intentaba apartarse. El fanático rodó hasta ponerse de pie, con los ojos brillantes de odio, y Malus lanzó con la mano izquierda la daga, que se clavó en la garganta del druchii.

Para cuando el noble se puso trabajosamente de pie, los únicos sonidos que se oían en el claro eran el crepitar del fuego y el crujido de los huesos que se partían. Rencor se encontraba ante los restos de la doncella del templo y el druchii de Hag Graef, y devoraba ropa, carne y hueso con veloces mordiscos. Malus describió un amplio rodeo en torno al gélido que comía, y buscó al druchii que había huido hacia el camino de los Esclavistas. Pasado un momento, atisbo un semblante pálido que se encontraba en el camino, a varios centenares de metros de distancia, en dirección nordeste. No distinguía detalles, pero imaginó al hombre corriendo a la máxima velocidad que le permitían las piernas y lanzando aterrorizadas miradas por encima del hombro cada pocos metros, por temor a que el espantoso nauglir le diera alcance.

—¡Rencor! —llamó Malus. El gélido alzó la vista de la comida, con el hocico recubierto de sangre caliente de la que se desprendía vapor. Chasqueó una vez los dientes, y luego saltó pesadamente hacia el noble como un fiel sabueso.

Malus señaló camino abajo.

—Allí, bestia de la tierra profunda —dijo con tono frío—. ¿Hueles su miedo? Caza, Rencor. ¡Caza!

El nauglir alzó el hocico, se le dilataron las fosas nasales, lanzó un rugido atronador y partió con velocísimo trote. No pasaría mucho tiempo antes de que el fanático lanzara una mirada por encima del hombro y no viera otra cosa que ojos rojos y dientes como dagas.

Malus regresó al lugar en que se encontraban los cuerpos de los fieles y reprimió un gruñido de consternación.

—Condenación —dijo con voz cansada, mientras recogía la daga primero y luego el pesado espadón—. Un día tendré un plan que funcione a la perfección, y probablemente el asombro de que sea así me matará.

—Fuiste un estúpido al pensar que los engañarías, pequeño druchii —se burló Tz’arkan—. Todos los cultos nacen de los secretos y el engaño para identificar mejor a los profanos. Una palabra incorrecta, una mirada errónea, y tu cráneo acabará en lo alto de una pila, en una esquina de Har Ganeth.

—¿Y qué querías que hiciera? —le contestó Malus—. ¿Que entrara abiertamente en Har Ganeth y les pidiera cortésmente la espada?

La presencia del demonio se deslizó contra sus costillas como si fuera de seda. Malus había llegado a pensar en la sensación como la versión de una sonrisa de Tz’arkan.

—¿Por qué no? Está destinada a ti, después de todo.

Malus dejó escapar un gruñido involuntario y se puso a registrar los zurrones de los fanáticos. Dentro de uno de ellos tenía que haber una botella de vino.

—No estoy interesado en tus enigmas —gruñó—. No estoy atado por destino ni profecía algunos, y mucho menos por los tuyos.

En tiempos antiguos, cuando los druchii aún gobernaban Nagarythe, el culto de Khaine estaba proscrito a causa de sus violentos excesos y por su negativa a reconocer la autoridad del condenado Aenarion, rey de los elfos. En aquellos tiempos, los fieles que adoraban al Dios de Manos Ensangrentadas se aferraban a una profecía que afirmaba que un día el Señor del Asesinato enviaría a su servidor elegido para que condujera a los druchii a la gloria eterna en una época de sangre y fuego.

Urial pensaba que ese era él, elegido por Khaine debido a su pureza y devoción, a pesar de sus deformidades físicas. Ciertamente, se ajustaba a los criterios expuestos en la profecía. Pero, por otro lado, también lo hacía Malus.

El Azote estaba destinado a empuñar la Espada de Disformidad de Khaine. Si Urial era realmente la figura de la profecía, iba a sorprenderse mucho cuando Malus recogiera el arma de sus frías manos muertas. Tenía que conseguir la espada, y que el resto se fuera a la Oscuridad Exterior.

—Tu madre te ha llenado la cabeza de mentiras —susurró Tz’arkan.

—Pareces celoso —replicó Malus, ausente, cuando arrojaba a un lado el último de los zurrones. No era de extrañar que los fanáticos fuesen unos desgraciados tan miserables. No llevaban ni una sola gota de vino. No era natural.

—Yo nunca te he mentido —replicó el demonio, quejumbroso—. He compartido contigo mi poder cuando lo has necesitado, incluso cuando me causaba un gran dolor hacerlo.

—Y me has destruido en el proceso —le espetó Malus—. No tengo ni riquezas, ni posición ni futuro; lo he perdido todo gracias a ti.

—Naderías —se burló el demonio—. Fruslerías baratas indignas de alguien como tú. —Tz’arkan se deslizó suavemente bajo la piel de Malus, cosa que le hizo rechinar los dientes—. ¿Has considerado alguna vez que quizá esta búsqueda no es más que una prueba?

—¿Una prueba? —escupió Malus—. ¿De qué?

Volvió a sentir el sedoso, escamoso roce de la sonrisa del demonio.

—Malus, querido Malus. Piensa por un momento. Yo no he nacido de carne. Soy Tz’arkan, el Bebedor de Mundos. Soy eterno. ¿Piensas honradamente que sufro dentro de mi prisión de cristal en el norte?

La respuesta parecía evidente.

—Por supuesto.

—Necio druchii. Para ti, un milenio de prisión constituye un horror que escapa a la imaginación, pero ¿para mí? No es más que un parpadeo. Si permanezco encerrado en ese cristal hasta que el sol se apague en el cielo, me resultará tan oneroso como pasar una larga tarde aburrida.

El noble se detuvo.

—¿Así que no te importa de verdad si recobras la libertad o no lo haces?

Tz’arkan rió.

—Recobraré la libertad, Malus. De eso no hay duda. La pregunta es si tú podrás ponerme en libertad.

Malus frunció el entrecejo.

—Ahora estás hablando con enigmas.

—No, tú te muestras obtuso. ¿Acaso tengo que deletreártelo? No me importan en lo más mínimo los pequeños mundos lastimosos ni las naciones de pálidos gusanos que se retuercen sobre ellos. Soy como un dios, Malus. También tú podrías serlo, si eres digno.

El noble rió y sacudió la cabeza con asombro.

—¿Y esperas que me crea eso? ¿Que tú me convertirás en un dios, así de simple?

Esperaba que el demonio se burlaría de él. En cambio, la respuesta de Tz’arkan fue extrañamente sombría.

—¿De qué otro modo piensas que nacen los dioses?

El pensamiento detuvo a Malus en seco.

«Está mintiendo —pensó el noble—. Tiene que ser así. Está intentando recuperar la ventaja, ahora que Eldire se ha aliado conmigo». Y sin embargo…, todo aquello tenía una especie de sentido terrible.

Malus lo meditó.

—De acuerdo —dijo con lentitud—. Devuélveme el alma.

—¿Qué?

—Ya me has oído —replicó el noble—. Si esto no tiene que ver con tu libertad, no hay necesidad de retener mi alma para obligarme a cooperar. Devuélvemela, y yo te conseguiré las reliquias.

El demonio se retorció dentro del pecho de Malus.

—¡Druchii impertinente! ¡Te ofrezco un poder con el que nadie ha soñado siquiera, y tú me insultas!

—Interpreto eso como una negativa —dijo Malus, complacido ante la idea de haber derrotado al demonio. Poco a poco, pero con seguridad, estaba aprendiendo el juego.

Tz’arkan se agitaba como una tormenta dentro de su pecho, pero Malus apretó los dientes e intentó concentrarse en lo que tenía entre manos. Había pensado que con un zurrón de huesos y un ingenio rápido podría fingir que era un peregrino y entrar con engaños en la ciudad, pero había subestimado las tensiones que se vivían dentro del culto. Daba la impresión de que el templo estaba al borde de la guerra civil.

No obstante, ahora sabía más que antes acerca de la situación. Sabía que los fieles estaban reuniéndose en Har Ganeth para detener al falso Portador de la Espada, cosa que le daba ánimos. También sabía que los fanáticos estaban reuniéndose en la casa de Sethra Veyl.

Absorto en sus pensamientos, Malus avanzó hasta los restos de la doncella del templo. Rencor no había dejado mucho. La cabeza y parte de un hombro yacían en medio de trozos del druchii sobre el que había caído. El rostro de la doncella estaba petrificado en un rictus de odio, desafiante hasta el final.

El noble se arrodilló y estudió la cara. Lo que necesitaba era un detalle más para su disfraz, algo que hiciera que los fanáticos se lo pensaran dos veces antes de sospechar de él.

—Muy bien, demonio —dijo, pensativo—. Olvídate de darme el poder de un dios. Ahora mismo, me conformo con un par de ojos color latón.

Tz’arkan lo había complacido sin vacilar. Era una mala señal.

El dolor había sido inmenso y pareció durar horas. Hubo un momento en que Malus pensó que el demonio había decidido tomar su petición al pie de la letra y transformarle los ojos en metal fundido. Al cabo de un rato ya no pensaba mucho en nada, con los brazos apretados en torno al pecho para evitar sacarse los ojos con las uñas.

Para cuando el dolor se calmó, la niebla había llegado a la linde del bosque y el fuego se había consumido hasta quedar apenas unas ascuas. Tenía la cara enrojecida y cada parpadeo hacía que le recorrieran el cuerpo escalofríos de dolor.

Malus oía cómo Rencor se movía por el claro y mordisqueaba ociosamente los restos de los fanáticos. Tras pensarlo un poco, el noble rodó para apoyarse sobre manos y rodillas, y gateó hacia las ascuas de la hoguera. Incluso la mortecina luz de las brasas le clavaba agujas de dolor en los ojos, pero, tras rebuscar un poco, encontró el zurrón de ofrendas de la doncella. Malus llamó al gélido y subió torpemente a la silla de montar. Luego guió a Rencor camino arriba en dirección a Har Ganeth, y lo dejó que continuara por su cuenta.

Viajaron durante toda la noche. Malus se balanceaba sobre el lomo de la cabalgadura, con los ojos cerrados con fuerza. Ya muy pasada la medianoche, sintió la garganta reseca tan contraída que apenas podía respirar, y palpó la parte posterior de la silla de montar en busca de un pellejo de agua. Bebió largamente el líquido salobre y luego, por impulso, se vertió un poco en cada ojo. El dolor fue tan repentino y fuerte que gritó, pero después se sintió mucho mejor.

La luz previa al alba coloreaba las montañas del este cuando llegaron a la Ciudad de Verdugos. La brisa marina cambió y le llevó el olor a cobre quemado de la sangre, momento en que Malus abrió lentamente los ojos.

La ciudad rielaba como un fantasma en la luz perlada.

Har Ganeth, la Fortaleza de Hielo. Antes de que los druchii construyeran Karond Kar en la desembocadura de los Estrechos de los Esclavos, Har Ganeth había sido la ciudad más septentrional de la Tierra Fría. Sus murallas y torres habían sido construidas con el más puro mármol blanco, extraído de las montañas cercanas a las Casas de los Muertos. La Fortaleza de Hielo era fría, cruel y eterna, un símbolo del corazón despiadado de los druchii.

Eso había sido antes de que Malekith le entregara el control de la ciudad al templo de Khaine, antes de la noche de la matanza, hacía siglos, cuando las calles se habían transformado en ríos de sangre.

Las murallas de piedra de nueve metros se encumbraban por encima de Malus, con la superficie pintada con capas de rojo desde las almenas hasta la base. Las murallas recubiertas de sangre podían ser vistas desde kilómetros de distancia; pero al verla de cerca, cuando la luz del amanecer despertaba el mármol blanco de debajo, Malus contempló con asombro los cientos y cientos de huellas de manos ensangrentadas, unas sobre otras, destinadas a crear sutiles matices y homicidas tonalidades. El brillante rojo parecía fresco. A pesar de sí mismo, Malus sintió la tentación de tocarla, de contribuir a la totalidad del mosaico de matanza con una fina capa más.

La puerta de la ciudad era insólitamente ancha y baja, lo bastante amplia para que seis jinetes montados pudieran entrar cómodamente uno junto otro, pero no con las lanzas en alto. Un enorme cuerpo de guardia se encumbraba muy arriba, con la ancha fachada perforada por saeteras y aspilleras. Salidas para aceite pendían como lenguas arqueadas desde las bocas talladas de dragones y basiliscos, preparadas para verter abrasadora muerte sobre cualquier invasor. No obstante, las puertas de Har Ganeth habían desaparecido hacía mucho tiempo y el rastrillo había sido desmantelado. La entrada parecía la enorme boca de un leviatán que bostezaba, siempre hambriento de nuevas presas.

No había ningún guardia sobre las almenas, ni luz verde de fuego brujo que ardiera tras las saeteras. Al otro lado de la entrada, Malus contempló calles envueltas en remolinos de pálida niebla.

En algún lugar lejano, una voz gritó de cólera y dolor. Malus clavó los tacones en los costados de Rencor y entró en la Ciudad de Verdugos, en busca de la casa de Sethra Veyl.